Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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No hay lugar donde esconderte

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Preludio: La tesis original

Tesis Pedro Sánchez | emartos.es

En alguna carpeta perdida de un disco duro que está cogiendo polvo, descansa la única copia digital de una tesis doctoral. O mejor dicho, de la tesis doctoral. Una que ha adquirido más importancia que las de Marie Curie o Einstein. Es tu tesis. La que te hizo doctor. La que ahora te puede arrojar del Paraíso donde todos te admiran al fango de los mortales. La abres con un triple clic, por los nervios. La revisas con una fuerte presión en el estómago y en el pecho. Deberías estar orgulloso de ella y ahora, sin embargo, estás sopesando borrarla. Si la conservas, podría filtrarse. (más…)

Te mereces un respiro

T

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A Alber Lemus

Te has sentado en una terraza a tomarte una caña. Te la mereces después de tanto trabajo duro. Los niños van serpenteando entre las mesas y tu mujer te mira como si esperase que le dijeras algo, o que dijeras algo en general. Te mira con sus ojos de pez fresco de mercado. Estará pensando en sus cosas, que no son tus cosas y que ignoras por hastío. Los niños gritan y corren y tiran una silla y obligan a la camarera a practicar parkour en horas de trabajo. Hay veces que no sabes si tienes tres o cuatro. Llega un momento en que uno pierde la cuenta de los años, de los niños, de las cervezas. El tipo de al lado, un sofisticado joven (o no-tan-joven que aparenta menos que tú), de barba a lo arbusto neoclásico, tatuajes desde el cuello hasta la muñeca y gafas de sol espectaculares, mira su móvil mientras se fuma un liado. Piensas en todo lo que debe de follar con tanto tiempo libre y ese estilo tan cuidado, en contraste con todo lo que deberías follar tú. Tu mujer lo mira también, y los niños siguen alegrándole la vida a todas las otras mesas. Te llega el humo de su cigarrillo y te apetece fumarte uno, pero no te quedan. «Amigo, ¿tienes un cigarrillo?», y te lo extiende sonriendo. Te lo enciende con un mechero metálico que tiene forma de dragón. Imaginas que su inodoro debe de ser un cisne negro. Mientras le das la primera calada, que te sabe a gloria, tu alrededor parece más calmado, los niños hacen menos ruido o sus chillidos te suenan amortiguados o lejanos. Es el mejor pitillo que te has fumado. Te preguntas si estará aliñado pero tampoco te importaría. Tu mujer se ha puesto a mirar el móvil y ya no sabes cuántas cervezas te has tomado, aunque te hace falta otra más. Sin apenas darte cuenta, el pitillo se ha consumido. Las cenizas sobre el mechero tienen algo de ritual. El joven te arrima otro sin que se lo pidas. Lo invitas a una cerveza. Degustas el aroma inigualable de ese pedacito de paz, la inocencia y la mirada limpia que te llenan y te limpian. Tienes la sensación de que los niños están corriendo cada vez menos, o que se han escondido en alguna parte. Pero hoy le toca a ella. Tú necesitas relajarte. Te lo mereces. El humo adopta formas extrañas al salir de tus labios. Por momentos ves una cara, un bracito, un zapato pequeño. Te ríes para adentro. Ya no sabes cuántos pitillos han caído, a cuántas cervezas has invitado, cuánto tiempo lleva tu mujer mirando el móvil. Ha oscurecido y te cuesta localizar a los niños entre las mesas. Bajas la vista y por un segundo te da la sensación de que el pitillo tenía la forma de una piernecita aún por terminar de hacerse. El joven se ha marchado. Tu mujer está de pie, buscando a los niños con la mirada. Ya no suena ningún grito, ninguna carrera.

Crudo

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Lo vio ahí acurrucado, pasando frío en esa noche de invierno, y en lugar de pensar como la mayoría, se acercó a él y lo invitó a dormir en su casa. Le preparó la cena, le dio toallas y ropa limpia y le ofreció una cama. En los ojos del mendigo brillaba una luz que el anciano interpretó como agradecimiento. Se fue a dormir satisfecho. En pago por sus favores, el mendigo lo asfixió con la almohada y le robó lo poco de valor que tenía. Lo dejó ahí tirado, sin mirar atrás. Al menos, estaba a cubierto del raso.

La música oscura

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La música te está arrastrando, no lo disimules. Te arrastra y tú te dejas llevar como el coco que arrastra la marea, como el diente de león al viento, como la tentación. No sabes por qué, pero esas notas obran en ti algo distinto y nuevo, algo excitante. Temes el final sin saber por qué, sin cuestionártelo, pero lo temes. Te hubiera gustado que ese texto tan hermoso fuera tuyo, tuyo y solo tuyo, no del otro que lo perpetró sin apreciarlo y se llevó todas las flores. ¡Qué sabrá él! ¡Qué sabrá! No tiene tu talento pero sí le sonríe la suerte. No tiene que trabajar duro como tú para que le reconozcan, o ya ni eso, para que al menos pueda llevarse algo a la boca. Lo tiene todo, o le fue dado todo. A ti te lo negaron desde siempre. Y ahora eso. La gloria. La aclamación. La eternidad en ciernes. Eso es demasiado. La música… La música es oscura y te lleva con ella. Te hace temblar. Te quiebra pedacito a pedacito por dentro. Te incita. Te tienta. Te mete pensamientos nublados en la cabeza que te hacen levantar la llave inglesa y abrirle la cabeza como el coco que viajaba a la deriva, ver que dentro solo tenía sangre y vísceras como cualquier otro, que sus pensamientos ahora se desparraman sin sentido por toda la habitación.

Viaje hacia atrás

V

Viaje hacia atrás | emartos.es

Hace tiempo que no cogía un tren. Está siendo un viaje cómodo. El paisaje es monótono pero con leves variaciones que lo hacen tan imprescindible como pasajero para mi memoria. He tenido la suerte de caer en el vagón del silencio, que es un nombre demasiado poético para designar una prohibición sobre uno de los más terribles impulsos de nuestra época: la comunicación compulsiva. También soy afortunado porque mis acompañantes de vagón son (más…)

Éxito

É

Éxito | emartos.es
https://bit.ly/2GgXOkY

Recibo una llamada de no sé qué periódico. La reportera habla a gran velocidad, como si me estuviera alertando de un peligro. Creo entender algo sobre «mi repentina fama» y «repercusión internacional». Sin poder contener una breve carcajada, le digo que se ha equivocado y corto. De la calle viene un jaleo inusual. Me asomo a la ventana y hay un grupo de paparazzis que, al verme, se lanzan en jauría a fotografiarme. Asustado, me oculto tras las cortinas y agradezco no estar viviendo en Alemania. Me gritan intentando provocarme para que me asome de nuevo. Pienso que llamar a Braulio me puede salvar de esta locura, Braulio siempre tiene buenas ocurrencias, sensatas y sopesadas. Al desbloquear el móvil, veo cientos de notificaciones por todos los canales imaginables, incluso algunos cuya existencia desconocía. El aparato empieza a quemar, literalmente. Emocionadísimo y enfadado al mismo tiempo, Braulio aúlla que cómo he podido ocultarle algo así, que claro que me quiere ayudar pero ve difícil poder llegar a mi casa porque está viendo en Twitter que la multitud está muy cerca de aquí. Me noto un mareo de película sin llegar a desmayarme, sobre todo porque no entiendo una coma de lo que está ocurriendo. Me lavo la cara con agua fría con la ilusa esperanza de despertar de algo que sé que no es una pesadilla. Según Braulio, aún me quedan unos minutos para poder escapar. Corro hacia la calle con la elegancia de un pavo, y es entonces cuando, a unos cien metros, veo a la multitud enardecida. Jóvenes de apenas veinte años llevan una camiseta con mi cara y el lema PREMIO NOBEL escrito en rojo sangre. Al verme, saltan, señalan y chillan como si yo fuera una estrella del rock. Del otro lado, los paparazzis me han localizado y ya casi los tengo encima. Mi única salida es el callejón estrecho de enfrente. Agradezco al miedo la velocidad que siempre otorga y les gano la suficiente ventaja para colarme por una alcantarilla que ya tenía identificada para cuando nos invadieran los alienígenas. Ahí abajo, entre cucarachas y pestilencia, los oigo pasar como una estampida, gritando mi nombre, llorando por no poder tocarme. Saco el móvil. Tengo varias llamadas de Braulio. Antes de responder, leo la prensa. Mi cara es portada en todas partes. El escritor definitivo, El renacido, La literatura, son algunos de los titulares. No hay artículo de opinión que no hable de mí. Ha habido disturbios en Oslo a causa de la negativa de la Academia Sueca a otorgarme un Nobel de urgencia. La policía ha tenido que escoltar a mis padres a una comisaría para protegerlos de la turba, que exigía conocer mi paradero. Llamo a Braulio, él sabrá qué hacer. Mientras lo escucho contarme cómo ha sucedido todo en menos de dos horas, empiezo a advertir que ya nunca más podré pasear por mis rincones favoritos, dormirme leyendo junto a la ventana, opinar con libertad en las redes sociales. Y entiendo que la ficción puede solidificarse y llegar a ser tan persistente como la realidad misma. Al parecer, alguien encontró un relato que publiqué hace más de diez años en mi recóndito blog y lo convirtió en viral. Un relato que describe, parte a parte, la situación que me está terminando de ahogar en mierda ahora mismo.

Puigdemont o Ragnarök

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Puigdemont o Ragnarök

Llegas a los gélidos dominios de Nilfheim y Muspell, de Ginnungagup y los yotes, de Odin y Midgård. Mientras esperas tomando un café que te sabe a exilio, recuerdas un pasaje del Ragnarök de Borges: «¡Ahí vienen! y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses!» Y también este otro: «Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.» Esta conclusión te conmueve. Esos dioses «taimados, ignorantes y crueles» son Rajoy, la Comisión Europea, todas las instituciones que te han dado la espalda a pesar de las falsas embajadas y los ministros de exteriores postizos.

Tú eres savia nueva. Estás aquí para darles muerte, figurada, eso sí. Quieres saltarles a la cara, agarrarte a su frente y quitarles la máscara con todo el peso de los cien millones de votantes, o quizá más, que han refrendado todo lo que estás haciendo, te han dado carta blanca para actuar fuera de las leyes y de las fronteras geográficas y lógicas, y te aplauden a diario. Eres consciente de tu sacrificio, incluso de tu más que probable inmolación. Pero alguien tiene que abrir las puertas que les han cerrado a tus conciudadanos. Y ese alguien eres tú, que fuiste ungido por la CUP y aclamado por las multitudes.

Ya se va acercando la hora de entrar en el auditorio y enfrentarte con todos esos gigantes sin piedad. Te sientes como David ante Goliat, como Hércules ante el Olimpo de dioses furiosos. Por un momento dudas (eres humano, a fin de cuentas). Temes no reunir el valor necesario para defender tus ideales. Y entonces, como un rayo que te ilumina desde el cielo, recuerdas a los miles de millones de catalanes que te han dado no ya su voto, sino su confianza plena para reiniciar esta Matrix implacable. Piensas que una gabardina negra te ayudaría ahora. E irrumpes en la sala.

Allí no están los dioses. No hay una multitud enardecida a la que debas aplacar. Tan solo un grupo de periodistas te esperan para cubrir un breve espacio en la prensa local. El Ragnarök, piensas, como la independencia, puede esperar.

Independencia

I

Independencia de Cataluña - Puigdemont

Agitadas las calles, disueltas las leyes y esparcido el caos, Puigdemont se sienta en su sillón a meditar su siguiente paso. Se ha servido una copa, que paladeará sin prisas mientras lee los últimos titulares del día. De pronto, una noticia lo asalta, más por enterarse de esta manera que por el peligro que encierra: Barcelona se declara independiente de una futurible nación catalana. Hay revueltas en las calles y el Ayuntamiento ha tenido que ser rodeado por la Guardia Urbana. Su mano izquierda, de pronto, golpea la copa, que se hace añicos contra la pared. No ha sido un acto fruto de la irritación. Es como si su mano hubiera tomado conciencia propia y se lo quisiera demostrar. Intenta coger un bolígrafo con su mano izquierda, pero no es capaz de moverla. Aunque la siente todavía, ya no le responde. Usando su mano derecha, prueba a pellizcarla. Justo antes de alcanzarla, su mano izquierda se agita y se le lanza contra el cuello, apretándolo con firmeza. Se libera como puede y grita para pedir ayuda: la voz no le sale del cuerpo. Entonces, con un hilito de voz, se dice a sí mismo: «Soy tu voz y me independizo de ti desde este momento.» Una lágrima rueda por su mejilla, ya solo del ojo derecho: el izquierdo se acaba de independizar, y gira enloquecido provocándole un fuerte dolor de cabeza. Teme que sus pulmones o su corazón decidan declararse independientes y lo fulminen, aunque ya poco puede hacer. Entonces, como un último acto de rebeldía, siente el adiós de cada una de sus células, que han optado por la libérrima y suicida senda de la independencia absoluta. Se pregunta, en el momento antes del sueño, si los átomos que conforman sus células marcarán su propio destino, si el ciclo es eterno, si antes de disolverse en el individualismo absoluto, Cataluña conseguirá la independencia.

Permutaciones

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Sentí el metal clavándoseme con fuerza en la boca, y acto seguido, un fuerte tirón hacia arriba. Por insitinto y con todas mis fuerzas, contuve el arrastre por unos momentos, pero en seguida volvieron los jalones. Supe entonces que mi destino estaba sellado, que como mi padre y mis tíos, acabaría asfixiándome entre violentas convulsiones. Y fue ahí donde te vi, donde me vi. A través de ese largo hilo, de la fina pero firme caña, tu ser pasó a mí y el mío pasó a ti. Y así es como tú te asfixiaste y yo te honré sirviéndote en la cena.

Árboles

Á

Árboles

Evitaba los bosques y las alamedas, y en general, cualquier paseo en el que hubiera muchos árboles. No era una simple aversión lo que le provocaban. Para él eran seres vivos con una conciencia muy similar a la nuestra, pero confinados en una existencia inmóvil y sin comunicación. A pesar de la falta de pruebas, esa perturbadora creencia fue reforzándose hasta que despertó en la calma de la noche, la suave brisa meciendo sus cabellos, sus brazos estirados en un rictus inamovible, sus pies hundidos en lo más hondo de la loma, incapaz de hacer o decir o llorar.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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