Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Éxito | emartos.es
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Recibo una llamada de no sé qué periódico. La periodista habla a gran velocidad, como si me estuviera alertando de un peligro. Creo entender algo sobre “mi repentina fama” y “repercusión internacional”. Sin poder contener una breve carcajada, le digo que se ha equivocado y corto. De la calle viene un jaleo inusual. Me asomo a la ventana y hay un grupo de paparazzis que, al verme, se lanzan en jauría a fotografiarme. Asustado, me oculto tras las cortinas y agradezco no estar viviendo en Alemania. Me gritan intentando provocarme para que me asome de nuevo. Pienso que llamar a Braulio me puede salvar de esta locura, Braulio siempre tiene buenas ocurrencias, sensatas y sopesadas. Al desbloquear el móvil, veo cientos de notificaciones por todos los canales imaginables, incluso algunos cuya existencia desconocía. El aparato empieza a quemar, literalmente. Emocionadísimo y enfadado al mismo tiempo, Braulio aúlla que cómo he podido ocultarle algo así, que claro que me quiere ayudar pero ve difícil poder llegar a mi casa porque está viendo en Twitter que la multitud está muy cerca de aquí. Me noto un mareo de película sin llegar a desmayarme, sobre todo porque no entiendo una coma de lo que está ocurriendo. Me lavo la cara con agua fría con la ilusa esperanza de despertar de algo que sé que no es una pesadilla. Según Braulio, aún me quedan unos minutos para poder escapar. Corro hacia la calle con la elegancia de un pavo, y es entonces cuando, a unos cien metros, veo a la multitud enardecida. Jóvenes de apenas veinte años llevan una camiseta con mi cara y el lema PREMIO NOBEL escrito en rojo sangre. Al verme, saltan, señalan y chillan como si yo fuera una estrella del rock. Del otro lado, los paparazzis me han localizado y ya casi los tengo encima. Mi única salida es el callejón estrecho de enfrente. Agradezco al miedo la velocidad que siempre otorga y les gano la suficiente ventaja para colarme por una alcantarilla que ya tenía identificada para cuando nos invadieran los alienígenas. Ahí abajo, entre cucarachas y pestilencia, los oigo pasar como una estampida, gritando mi nombre, llorando por no poder tocarme. Saco el móvil. Tengo varias llamadas de Braulio. Antes de responder, leo la prensa. Mi cara es portada en todas partes. El escritor definitivo, El renacido, La literatura, son algunos de los titulares. No hay artículo de opinión que no hable de mí. Ha habido disturbios en Oslo a causa de la negativa de la Academia Sueca a otorgarme un Nobel de urgencia. La policía ha tenido que escoltar a una comisaría para protegerlos de la turba, que exigía conocer mi paradero. Llamo a Braulio, él sabrá qué hacer. Mientras lo escucho contarme cómo ha sucedido todo en menos de dos horas, empiezo a advertir que ya nunca más podré pasear por mis rincones favoritos, dormirme leyendo junto a la ventana, opinar con libertad en las redes sociales. Y entiendo que la ficción puede solidificarse y llegar a ser tan persistente como la realidad misma. Al parecer, alguien encontró un relato que publiqué hace más de diez años en mi recóndito blog y lo convirtió en viral. Un relato que describe, parte a parte, la situación que me está terminando de ahogar en mierda ahora mismo.

Puigdemont o Ragnarök

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Puigdemont o Ragnarök

Llegas a los gélidos dominios de Nilfheim y Muspell, de Ginnungagup y los yotes, de Odin y Midgård. Mientras esperas tomando un café que te sabe a exilio, recuerdas un pasaje del Ragnarök de Borges: «¡Ahí vienen! y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses!» Y también este otro: «Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.» Esta conclusión te conmueve. Esos dioses «taimados, ignorantes y crueles» son Rajoy, la Comisión Europea, todas las instituciones que te han dado la espalda a pesar de las falsas embajadas y los ministros de exteriores postizos.

Tú eres savia nueva. Estás aquí para darles muerte, figurada, eso sí. Quieres saltarles a la cara, agarrarte a su frente y quitarles la máscara con todo el peso de los cien millones de votantes, o quizá más, que han refrendado todo lo que estás haciendo, te han dado carta blanca para actuar fuera de las leyes y de las fronteras geográficas y lógicas, y te aplauden a diario. Eres consciente de tu sacrificio, incluso de tu más que probable inmolación. Pero alguien tiene que abrir las puertas que les han cerrado a tus conciudadanos. Y ese alguien eres tú, que fuiste ungido por la CUP y aclamado por las multitudes.

Ya se va acercando la hora de entrar en el auditorio y enfrentarte con todos esos gigantes sin piedad. Te sientes como David ante Goliat, como Hércules ante el Olimpo de dioses furiosos. Por un momento dudas (eres humano, a fin de cuentas). Temes no reunir el valor necesario para defender tus ideales. Y entonces, como un rayo que te ilumina desde el cielo, recuerdas a los miles de millones de catalanes que te han dado no ya su voto, sino su confianza plena para reiniciar esta Matrix implacable. Piensas que una gabardina negra te ayudaría ahora. E irrumpes en la sala.

Allí no están los dioses. No hay una multitud enardecida a la que debas aplacar. Tan solo un grupo de periodistas te esperan para cubrir un breve espacio en la prensa local. El Ragnarök, piensas, como la independencia, puede esperar.

Independencia

I

Independencia de Cataluña - Puigdemont

Agitadas las calles, disueltas las leyes y esparcido el caos, Puigdemont se sienta en su sillón a meditar su siguiente paso. Se ha servido una copa, que paladeará sin prisas mientras lee los últimos titulares del día. De pronto, una noticia lo asalta, más por enterarse de esta manera que por el peligro que encierra: Barcelona se declara independiente de una futurible nación catalana. Hay revueltas en las calles y el Ayuntamiento ha tenido que ser rodeado por la Guardia Urbana. Su mano izquierda, de pronto, golpea la copa, que se hace añicos contra la pared. No ha sido un acto fruto de la irritación. Es como si su mano hubiera tomado conciencia propia y se lo quisiera demostrar. Intenta coger un bolígrafo con su mano izquierda, pero no es capaz de moverla. Aunque la siente todavía, ya no le responde. Usando su mano derecha, prueba a pellizcarla. Justo antes de alcanzarla, su mano izquierda se agita y se le lanza contra el cuello, apretándolo con firmeza. Se libera como puede y grita para pedir ayuda: la voz no le sale del cuerpo. Entonces, con un hilito de voz, se dice a sí mismo: «Soy tu voz y me independizo de ti desde este momento.» Una lágrima rueda por su mejilla, ya solo del ojo derecho: el izquierdo se acaba de independizar, y gira enloquecido provocándole un fuerte dolor de cabeza. Teme que sus pulmones o su corazón decidan declararse independientes y lo fulminen, aunque ya poco puede hacer. Entonces, como un último acto de rebeldía, siente el adiós de cada una de sus células, que han optado por la libérrima y suicida senda de la independencia absoluta. Se pregunta, en el momento antes del sueño, si los átomos que conforman sus células marcarán su propio destino, si el ciclo es eterno, si antes de disolverse en el individualismo absoluto, Cataluña conseguirá la independencia.

Permutaciones

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Sentí el metal clavándoseme con fuerza en la boca, y acto seguido, un fuerte tirón hacia arriba. Por insitinto y con todas mis fuerzas, contuve el arrastre por unos momentos, pero en seguida volvieron los jalones. Supe entonces que mi destino estaba sellado, que como mi padre y mis tíos, acabaría asfixiándome entre violentas convulsiones. Y fue ahí donde te vi, donde me vi. A través de ese largo hilo, de la fina pero firme caña, tu ser pasó a mí y el mío pasó a ti. Y así es como tú te asfixiaste y yo te honré sirviéndote en la cena.

Árboles

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Árboles

Evitaba los bosques y las alamedas, y en general, cualquier paseo en el que hubiera muchos árboles. No era una simple aversión lo que le provocaban. Para él eran seres vivos con una conciencia muy similar a la nuestra, pero confinados en una existencia inmóvil y sin comunicación. A pesar de la falta de pruebas, esa perturbadora creencia fue reforzándose hasta que despertó en la calma de la noche, la suave brisa meciendo sus cabellos, sus brazos estirados en un rictus inamovible, sus pies hundidos en lo más hondo de la loma, incapaz de hacer o decir o llorar.

Z

Z

Dedicado a Iker Jiménez, por ayudarme a descubrir a Fawcett.

No son pocas las versiones de la desaparición o muerte de Percy Fawcett. Nada se sabe con certeza de sus restos. Algunos dicen que simplemente desapareció río abajo. Otros afirman que fue asesinado por motivos viscerales. Hay quien apunta a la muerte accidental a manos de alguna bestia salvaje. Los menos, que son tomados por locos o charlatanes, repiten la historia del Hombre Poderoso, siempre joven, que reina bajo tierra sobre una estirpe legendaria desde 1925.

Desgajada

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guitar

 

 

Las primeras notas, como de costumbre, te pasan desapercibidas. Sueles pensar en otras cosas. No son más que calentamiento, y el calentamiento es necesario pero poco valioso. Haces un barrido entre el público y te fijas en tres o cuatro personas concretas. A partir de ese momento, tus miradas irán dirigidas solo a ellos. Y como si te lanzaras en paracaídas o fueras a saltar dentro de un volcán, empiezas a hablar con tu guitarra. Hay quien piensa que los gestos que los guitarristas hacen con la boca, sus movimientos de cabeza, son un truco para darle emoción al tema. Puede que algunos lo hagan así, pero no tú. La manera que tienes de acariciar la guitarra, de mimarla entre tus brazos y sacarle, a un tiempo, las notas más agresivas, es tan peculiar que nadie ha conseguido definirla nunca. Para ti es un juego. En ese punto ya han desaparecido todos los demás y solo quedan esos tres o cuatro admiradores que saben leerte en lo instintivo. Siempre está esa viejecita que te acompaña a todos tus conciertos, y que aunque bien podría ser tu abuela, no te conoce de nada. Luego está el solitario, que cambia de piel de un concierto a otro, dejando su alma intacta. El grupo de amigos que se ha equivocado de concierto pero que acaba viviéndolo con pasión. Y la chica peleada con el mundo, que te recuerda a ti hace unos años. Te gusta tocar para un auditorio minúsculo, íntimo, aunque te obliguen a plantear esos macroconciertos tan horribles. La música es una comunicación efímera llena de belleza, y eso no puede suceder con cualquiera. Siempre das una parte de ti, algo que nunca regresa, que se queda en ese grupo reducido. Ves sus ojos brillar y eso es toda la recompensa que necesitas. Hoy, los de la anciana están fulgurantes. Sin darte cuenta, has empezado a tocar Tender surrender de Steve Vai. Ese tema no estaba programado. Tu manager te mira con el morro subido, como para decirte algo, y luego se resigna. Bastante haces con estar ahí. Hace calor, el sudor te chorrea por la espalda como un arroyo improvisado. Los dedos van solos. No tienes que pensar en los acordes. Las notas salen de ti como si ese tema hubiera estado contigo desde siempre, como si existiera antes de que tú nacieras, antes de que Steve Vai lo compusiera. Te trae recuerdos de momentos felices y extraños. Ese viaje a la sierra a los cinco o seis años, esa calma ruidosa de la naturaleza, el cielo cubierto de tantas estrellas que apenas había hueco para la oscuridad, que sin embargo está ahí siempre, al acecho, detrás de cada pequeña memoria. Dejas de sentir tu propia respiración, y el sudor, que debe de seguir ahí, parece correr por la espalda de otro alguien. En la parte más apasionada del tema, cuando tienes que dejarte la piel y todo sube por una escala infinita, vuelves a mirarlos, y ves en ellos una felicidad inédita. Te miran embelesados, tan ajenos a todo lo demás como tú. A duras penas notas ya los dedos, y pese a todo, la música sigue brotando de la guitarra, de ti, de tu alma. Sientes algo tan profundo que te hace llorar limpiamente. Ahí te vienen todas las escenas que te han hecho ser quién eres, que te justifican y te dan aliento. El brillo en sus ojos es casi cegador. Con los últimos acordes, el tema ya bajando por una pendiente apacible, echas en falta los latidos de tu corazón, el aire pasando por tu garganta, el peso de la guitarra en tus manos. Lo último que escuchas son sus aplausos atenuados, justo antes de fundirte con tu pasado, las estrellas y la naturaleza que te esperaban desde siempre.
Desde sus asientos, con los ojos llenos de lágrimas, el público aplaude enfurecido, sin advertir que la guitarrista se ha desvanecido. La anciana, el solitario y el grupo de amigos, sin saberlo, se llevan de este concierto algo mucho más profundo que tu música.

Entropía

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Acababa de declarar en público una mentira que ocultaba sus más oscuros pecados, y se la habían creído. Horas antes, abandonaba un motel perdido en el que había estado recluida, fustigándose, durante once días insoportables. La culpa, la humillación, la vergüenza y el miedo, la cercaban sin cesar. Había llegado al motel algo confusa y conmocionada, pero acertó a registrarse con un nombre falso elegido con precisión. Ese nombre simbolizaba todo el dolor que la había conducido hasta ese lugar, y también una liberación repentina. Venía caminando desde la cuneta de una carreterita secundaria. Acababa de estampar su coche contra un árbol. Mientras aceleraba, solo pensaba en chocar tan fuerte que su marido, Poirot, Nancy Neale, Agatha Christie y todo lo demás quedaran hechos un amasijo irrecuperable.

La Navidad que llevamos dentro

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La Navidad que llevamos dentro

Siempre se había mostrado contrario a la Navidad. Le molestaba ver toda esa felicidad exprés, ese buenismo concentrado en unos cuantos días y ese zampar sin criterio que gobernaba todas las reuniones familiares. Llegó a crecerse tanto en sus críticas que lo acabaron apodando el Grinch. Y no sólo eso. Empezaron a apartarlo de algunas conversaciones, a mirarlo en grupo cuando creían que no se daba cuenta, a hacer planes sin contar con él. Aunque esos comportamientos le molestaban, le podía más su cruzada contra la Navidad. Sin embargo, había algo que estaba más allá de lo que podía argumentar y que vertebraba esa repulsión que sentía hacia lo navideño. Algo que lo acompañaba desde que tenía uso de razón. Era una pulsión, un rechazo primordial que se movía en su interior como si tuviera vida propia.

Ese año, en Nochebuena, todos charlaban sobre asuntos irrelevantes y estaban contentos porque habían conseguido reunirse un día como otro cualquiera, aunque revestido de solemnidad y misticismo. En un rincón junto al ventanal, intentaba pasar desapercibido y ser cordial en un entorno que le resultaba sofocante. Algunos empezaron a gastarle bromas sobre su militancia antinavideña, pero su coraza era resistente y se limitó a seguirles la corriente. Sin saber cómo, al cabo de unos minutos ya no había una conversación en la mesa que no girase en torno a su rechazo hacia la Navidad. Querían saber los motivos. Se burlaban de sus respuestas. Empezó a sentirse incómodo en muchos sentidos, pero sobre todo físicamente. Intentó cambiar de tema sin éxito, incluso tras rogar que lo dejaran en paz. Las preguntas eran cada vez más directas y crudas. Y con cada una, venía una invitación a comer y a beber. Sintió mareo y pensó que algo le había sentado mal. Quiso excusarse pero varias manos lo mantuvieron sentado. Más que una indigestión, era como si estuviera dejando de sentir sus entrañas, o como si sus entrañas ya no fueran suyas. También le pareció que el botón del cuello le apretaba demasiado, así que se aflojó la corbata y se desabrochó sin que la sensación de agobio, de tener una abrazadera metálica presionándole el cuello, desapareciera del todo. Le costaba tragar un sorbo de agua. En medio de todo el jaleo, de todas las bruscas preguntas, reposaba un zumbido que parecía una plegaria. Hizo un nuevo intento de levantarse para ir al baño pero no lo dejaron. Le costaba respirar y tenía calor y mareo, pero ya no sabía cómo salir de allí. Se sentía débil y fuera de sí. Con esfuerzo tomó la palabra y les gritó su odio hacia la Navidad, hacia todo lo que consideraba falso y efímero, hacia todos ellos, que en lugar de enfadarse o abochornarse, reían y lo celebraban. Cuanto más gritaba, peor se sentía por dentro, y los otros más lo jaleaban, siempre con ese zumbido de fondo y sin dejar de ofrecerle comida y bebida. En algún momento, presa de un pánico similar al que debe de sentir un cerdo en el matadero, intentó correr hacia la puerta, pero tropezó y cayó entre las risas enloquecidas de los comensales, que se agolpaban en torno a él y seguían hablando para perpetuar ese asqueroso zumbido. Con las últimas estrofas de ese cántico del averno, notó que algo lo abandonaba, una sustancia pegajosa y viscosa que se le iba separando de los huesos y de los músculos y de la sangre. No pudo terminar de ver cómo la Navidad emanaba de su cuerpo, apaciguando el hambre de sus amigos y familiares.

El guardián

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Angkor

En algún lugar de Angkor hay un templo que muchos desconocen. En su interior habita un monstruo. En la única puerta, un guardián que vive y pernocta en el umbral y que nunca sueña. Su misión es contener al monstruo a cualquier precio. La hoja de su espada refleja el inmenso poema de sus víctimas. Para que el monstruo quede liberado, alguien debe sacrificarse en el interior del templo. El guardián sabe que de un rincón, en un momento incierto, surgirá un alma atormentada dispuesta a llevarlo a cabo.

A veces, su espada se estremece, incapaz de saber si ha matado ya a ese infeliz.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
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Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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