Eduardo Martos

Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Últimos posts

Mentor de Escritura Creativa

M

¿No consigues escribir como te gustaría?

¿Te bloqueas?

¿Tu literatura no se entiende?

 

Te ayudaré a encontrar su voz a través de técnicas de creación literaria fruto de mi experiencia como escritor.

 

Y lo haré de un modo directo, sencillo y divertido, aprovechando mis propios errores para evitar que tú los cometas.

Podría darte mil motivos para animarte a probar mi mentoría de literatura creativa, pero si no conectas con esta sencilla idea, sería inútil intentarlo.

El camino del escritor es uno de los menos profesionalizados que existen, y al mismo tiempo, el que más gente toma. Por eso es tan frecuente escuchar que es difícil escribir o que no hay nada que hacer sin inspiración.

No pretendo negar la experiencia personal de otros, aunque no la comparto. Mi intención es ayudarte a descubrir tus propias habilidades para canalizar tu creatividad de manera sólida.

Anímate a contarme qué te inquieta, qué persigues y qué te bloquea. Estoy seguro de que, juntos, encontraremos el camino.

Knockout

K

Knockout | emartos.es

Un tipo fornido viene corriendo de frente. Cuando va llegando a tu altura, le sueltas un gancho en la mandíbula que lo manda al suelo. La gente grita y pregunta por qué, te gritan salvaje y asesino porque el tipo no se mueve, y mientras va cerrando los ojos y tu desesperación crece, notas que él está alcanzando la paz porque en su carrera huía de algo a lo que no se le puede dar esquinazo.

El dilema del tren

E

Mientras caminas por el desierto, divisas una vía de ferrocarril. Hay un cambio de agujas. Es un tremendo golpe de suerte porque las vías te llevarán a una estación. A medida que vas llegando, distingues algunos bultos en las vías. Ya más de cerca, compruebas con horror que hay personas amordazadas y atadas a las vías. En la más próxima hay un hombre. En la otra, cinco personas. Antes de que puedas reaccionar, oyes el sonido de un tren que se aproxima. Entiendes que no tendrías tiempo de desatar a nadie, y tu única opción pasa por decidir si mueren cinco personas o una. Todos son adultos. Todos son desconocidos. Tu razonamiento es simple: salvar a cinco es mejor que salvar a uno. Accionas la palanca y dejas de mirar al tipo que te suplica con la mirada. El tren lo hace papilla con un sonido que no olvidarás. Cuando termina de pasar, las otras cinco personas ya no están en la vía, sino frente a ti, al otro lado, sonriendo. Despiertas. Hay una persona accionando el cambio de agujas para que el tren salve, una vez más, a cinco asesinos.

El láser

E

Siempre quise convertirme en el láser que me apuntaba desde la casa de enfrente. Allí no vivía nadie no se sabe desde cuándo. Y la luz sería (aunque nunca me atreví a comprobarlo) del contador de la luz. Pero a mis ocho años, para mí era un misterio y un motivo de terror. De noche, el láser apuntaba justo a la cerradura de mi casa, como si quisiera colarse y vernos dormir. Alguna vez, tras despertar de una pesadilla, habría jurado que estaba iluminando mi cuarto. Nunca se lo conté a nadie. Ni a mis padres, ni a mis primos, ni a Manolito, mi mejor amigo. Por eso, cuando vuelvo a la vieja casa de mis padres en verano, nunca termino de entender por qué me veo a mí mismo, durante una fracción de segundo, desde el punto exacto en que el láser observa, silencioso, desde siempre.

Lugares no demasiado lugares

L

A Óscar, Ara y Driss

Ciertas reuniones
no se hacen en un lugar,
sino en un momento
o en una sucesión
de momentos salteados.
Uno va recordando,
otro añade una circunstancia,
y entre todos reinventamos
aquella memoria colectiva.
Creemos ser inmunes
a estos viajes en el tiempo.
Pero siempre, sin excepción,
se quedan con algo nuestro.
Una carcajada, una mueca,
la muletilla gastada y frágil
que nos sigue pareciendo
ingeniosa y válida.
Volvemos a esos pasados
para contenplarnos
un poquito, como personas
imperfectas pero llenas
de incertidumbres,
como seres indefensos
que cargan con sus miedos
ocultos en la espalda.

Parestesia

P

A Driss, porque se lo había escrito antes de que la sufriera

Otras veces me he despertado con un brazo tan dormido que creí haberlo perdido. Hay gente a la que le ha pasado, o eso dicen. Se te queda un brazo o una pierna dormida mucho tiempo, y te la tienen que amputar por falta de riego sanguíneo. Una vez incluso fueron los dos brazos. Me despertó el timbre, me levanté corriendo para abrir, y me di un trompazo contra la puerta porque los brazos no me respondieron. Lo de hoy es distinto. Llevo un rato intentando moverlos y parecen dos colgajos. Incluso me he hecho una herida al morderme la mano para comprobar si siento algo. Como sangro, deduzco que no están muertos del todo. Tengo que ir al hospital, pero no puedo abrir la puerta. Llamaré a Lucrecia para que me ayude. Con un esfuerzo sobrehumano, desbloqueo el móvil, que por suerte estaba en la mesa del salón, usando la lengua y la nariz. Debo tener cuidado de no empaparlo con la saliva. Buscar un contacto en estas circunstancias es una tarea propia de Hércules. Por fin, llamando a Lucrecia. Un tono. Dos tonos. Tres. Cinco. Se corta la llamada. Siento que la pierna izquierda empieza a fallarme. Me golpeo la barbilla contra la mesa, pero consigo no seguir cayendo. Despacio y con mucho cuidado, voy reptando con la pierna derecha y el cuello hasta alcanzar, a falta de un verbo más preciso, el móvil. Vuelvo a llamar. Un tono. Dos. Lucrecia contesta. Le cuento. Se ríe, ajena al peligro que estoy corriendo. Viene enseguida. Cuelga. Me desplomo. La pierna derecha me ha fallado también. Intento gritar pero la voz no me sale. Empiezo a temer que se me paren los pulmones o el corazón. La espera se hace insoportable, entre otras cosas porque desde mi posición solo veo la parte de abajo de la mesa, que por cierto necesita limpieza, y el techo tan blanco y tan aburrido. Pasa tanto tiempo que acabo escuchando el tic tac de mi reloj de pulsera. Oigo la puerta. Es Lucrecia, ya se va a resolver todo. Viene con Juanjo. Se me quedan mirando con cara de preocupación. Se miran entre ellos y sueltan una carcajada. Juanjo dice que parezco una tortuga que no se puede voltear. ¿Por qué coño no llaman a una ambulancia? Lucrecia sugiere eso mismo, pero antes vamos a hacernos unos selfies con él. Tiene pulso, así que hay tiempo, dice Juanjo mientras me presiona el cuello. Entre los dos, me suben al sofá y se sienta cada uno a un lado. Se hacen fotos poniendo caras. De pronto, Juanjo se da la vuelta y hace un calvo. ¡Mira, mira, hazle un vídeo, que parpadea! ¡Qué arte tiene!, suelta Juanjo entre risas. Entra una llamada en el móvil de Lucrecia. La escucho decir algo de unas entradas, y Juanjo que vamos para allá, que casi ha empezado. Se levantan bruscamente y al caer, me doy un bocazo en el suelo. Veo sus pies salir corriendo por la puerta, y lo último que siento es el portazo con el que me dejan atrás.

No hay lugar donde esconderte

N

Preludio: La tesis original

Tesis Pedro Sánchez | emartos.es

En alguna carpeta perdida de un disco duro que está cogiendo polvo, descansa la única copia digital de una tesis doctoral. O mejor dicho, de la tesis doctoral. Una que ha adquirido más importancia que las de Marie Curie o Einstein. Es tu tesis. La que te hizo doctor. La que ahora te puede arrojar del Paraíso donde todos te admiran al fango de los mortales. La abres con un triple clic, por los nervios. La revisas con una fuerte presión en el estómago y en el pecho. Deberías estar orgulloso de ella y ahora, sin embargo, estás sopesando borrarla. Si la conservas, podría filtrarse. (más…)

Te mereces un respiro

T

https://www.pexels.com/photo/build-builder-construction-equipment-585419/

A Alber Lemus

Te has sentado en una terraza a tomarte una caña. Te la mereces después de tanto trabajo duro. Los niños van serpenteando entre las mesas y tu mujer te mira como si esperase que le dijeras algo, o que dijeras algo en general. Te mira con sus ojos de pez fresco de mercado. Estará pensando en sus cosas, que no son tus cosas y que ignoras por hastío. Los niños gritan y corren y tiran una silla y obligan a la camarera a practicar parkour en horas de trabajo. Hay veces que no sabes si tienes tres o cuatro. Llega un momento en que uno pierde la cuenta de los años, de los niños, de las cervezas. El tipo de al lado, un sofisticado joven (o no-tan-joven que aparenta menos que tú), de barba a lo arbusto neoclásico, tatuajes desde el cuello hasta la muñeca y gafas de sol espectaculares, mira su móvil mientras se fuma un liado. Piensas en todo lo que debe de follar con tanto tiempo libre y ese estilo tan cuidado, en contraste con todo lo que deberías follar tú. Tu mujer lo mira también, y los niños siguen alegrándole la vida a todas las otras mesas. Te llega el humo de su cigarrillo y te apetece fumarte uno, pero no te quedan. «Amigo, ¿tienes un cigarrillo?», y te lo extiende sonriendo. Te lo enciende con un mechero metálico que tiene forma de dragón. Imaginas que su inodoro debe de ser un cisne negro. Mientras le das la primera calada, que te sabe a gloria, tu alrededor parece más calmado, los niños hacen menos ruido o sus chillidos te suenan amortiguados o lejanos. Es el mejor pitillo que te has fumado. Te preguntas si estará aliñado pero tampoco te importaría. Tu mujer se ha puesto a mirar el móvil y ya no sabes cuántas cervezas te has tomado, aunque te hace falta otra más. Sin apenas darte cuenta, el pitillo se ha consumido. Las cenizas sobre el mechero tienen algo de ritual. El joven te arrima otro sin que se lo pidas. Lo invitas a una cerveza. Degustas el aroma inigualable de ese pedacito de paz, la inocencia y la mirada limpia que te llenan y te limpian. Tienes la sensación de que los niños están corriendo cada vez menos, o que se han escondido en alguna parte. Pero hoy le toca a ella. Tú necesitas relajarte. Te lo mereces. El humo adopta formas extrañas al salir de tus labios. Por momentos ves una cara, un bracito, un zapato pequeño. Te ríes para adentro. Ya no sabes cuántos pitillos han caído, a cuántas cervezas has invitado, cuánto tiempo lleva tu mujer mirando el móvil. Ha oscurecido y te cuesta localizar a los niños entre las mesas. Bajas la vista y por un segundo te da la sensación de que el pitillo tenía la forma de una piernecita aún por terminar de hacerse. El joven se ha marchado. Tu mujer está de pie, buscando a los niños con la mirada. Ya no suena ningún grito, ninguna carrera.

Crudo

C

Lo vio ahí acurrucado, pasando frío en esa noche de invierno, y en lugar de pensar como la mayoría, se acercó a él y lo invitó a dormir en su casa. Le preparó la cena, le dio toallas y ropa limpia y le ofreció una cama. En los ojos del mendigo brillaba una luz que el anciano interpretó como agradecimiento. Se fue a dormir satisfecho. En pago por sus favores, el mendigo lo asfixió con la almohada y le robó lo poco de valor que tenía. Lo dejó ahí tirado, sin mirar atrás. Al menos, estaba a cubierto del raso.

Amor metálico

A

Vuelvo al podcast, quién sabe por cuánto tiempo. No esperéis regularidad, ni una temática concreta, ni siquiera un tono. Como yo, este podcast será volátil y disperso, lleno de dudas, incertidumbres y miedos.

Roto

R
Roto,
hecho de tiritas
de ti mismo.
Inservible,
o útil solo
para llorarte
y saberte quebrado.
Te arrugas,
te acurrucas,
intentas que el sueño
te aleje del dolor,
pero siempre vuelve,
incluso ahí,
en lo más recóndito,
en tus sueños
que ya no te abrigan,
que no te consuelan,
que no te dan
descanso.
Y al final,
herido de ti,
te tumbas
respirando apenas,
cansado y eternamente
moribundo,
esperando que nadie
te descubra,
que el mundo
te olvide,
que tu tragedia
se disuelva.
Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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