Eduardo Martos

Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Antonio Perejil Delay

A Antonio Perejil Delay

Como cada mañana, un destello de sol deslumbra a Antonio, que ha salido a pasear temprano. Le gusta respirar la ciudad, ya sea en primavera o en invierno. Con la edad le van disgustando más cosas: el ruido de las motos, la ridícula acerita que queda por culpa del carril bici, la gente que va mirando el móvil sin levantar la vista. Pero aunque todo eso le pesa y lo agobia, siempre encuentra un pesito con el que compensar la balanza, incluso hacerla caer un poco del lado bueno. Antonio es un optimista racional, convencido. Un optimista que ha sufrido y por eso lo que ve de positivo en los demás, tiene un valor más amplio. (más…)

Cinco años

C

Hoy, este blog cumple cinco años y quizá lo he abandonado más que nunca, lo que tal vez quiere decir que estoy viviendo de manera más intensa. Mi voz ha cambiado mucho en los últimos meses. Ahora soy más brusco, pero también más sincero. He perdido muchos prejuicios, muchos adornos y muchos reparos.

Ya es una tradición publicar aquí un cuento de Navidad. Están todos aquí, incluido el de este año. Espero que lo disfrutéis. Gracias a todos por acompañarme un año más.

Odio la Navidad

O

Photo by Janko Ferlic from Pexels
Photo by Janko Ferlic from Pexels

Odio la Navidad. La odio a muerte. Es una época insoportable. Todo el mundo quiere aparentar ser buena persona, querer a los demás en exceso, acordarse de todo el mundo. Pero es una gran mentira. Las calles se llenan de gente y no se puede caminar. Hay un derroche de adornos y luces en todas las ciudades, amén de la contaminación lumínica. Y mientras nos entregamos regalos innecesarios y superfluos, los pobres siguen siendo pobres y las zonas de guerra siguen siendo devastadas. Creamos mitos para los niños que luego acabamos destrozándoles porque son insostenibles. ¿Qué clase de locura es esta? (más…)

Little Freddie

L

Freddie Krueger | emartos.es

Freddie Krueger estaba frente a mí. Tenía las cuchillas alzadas para asestarme un golpe fatal. —¡Espera! ¡Espera un segundo! —le dije. Por su cara, creo que nunca le habían pedido algo así. Se quedó mirándome. —Mira, te propongo un trato. Juguemos una partida de ajedrez. Si gano, te largas para siempre. Si pierdo, me torturas el tiempo que haya durado la partida. Sonrió y asintió. Como sueño que era, ya estábamos sentados en un parque con un precioso tablero de ajedrez artesanal. Todo lo demás era lóbrego y solitario, como roído por los siglos. Yo le di mi toque haciendo aparecer una botella de vodka y un par de vasos. Por cada jugada, caía un trago. El tipo no era malo, aunque se le notaba la falta de instrucción. Tampoco ayudaba su empeño en usar la mano de las garras. En un momento en que estaba a punto de perder, serví el doble de vodka. A la mitad de su jugada, el tipo había caído rendido. Con cuidado, lo eché hacia atrás y le tapé la cara con el sombrero. Así, dormido en su propio sueño, podría parecer entrañable si no fuera porque es un depravado repugnante.

No lo he vuelto a ver desde entonces. No tiene mal perder.

La Muerte (no) en Samarra

L

La muerte (no) en Samarra

El criado llega aterrorizado a casa de su amo.

—Señor —dice—, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.

El amo le da un caballo y dinero, y le dice:

—Huye a Samarra.

El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra a la Muerte en el mercado.

—Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza —dice.

—No era de amenaza —responde la Muerte— sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.

—Pero ha tocado madera —argumenta el amo.

—Ah, entonces nada —dice la Muerte.

Doscientos. Cincuenta. Diez metros.

D

El animal estaba lejos, a unos doscientos metros. Era una especie de reptil gigantesco, de colores muy vivos y con una cresta roja y puntiaguda que iba desde la cabeza hasta la mitad de la espalda. Parecía un lagarto porque la barriga y la cola tocaban el suelo. Por las referencias que tenía a su alrededor, diría que rondaba los cincuenta metros de largo. Se movía muy rápido. Había salido de la densa arboleda para atrapar algunas reses que pastaban. Ahora las estaba masticando. Yo estaba en una colina y lo veía desde arriba. Escuchaba los huesos de las vacas quebrándose a cada bocado. Me agaché muy despacio para empezar a retroceder. En ese momento, el viento cambió y empezó a soplar desde mi posición hacia la del lagarto descomunal. Levantó la cabeza y olfateó. Sin seguridad de que me hubiera descubierto, empecé a correr preñado de horror. El monstruo me vio y empezó a avanzar hacia mí. No había sentido más miedo en toda mi vida, seguro de que cuando lo tuviera a menos de diez metros, sería el fin. Por suerte, desperté en mi cama empapado en sudor. En ese momento, vi la sombra de una lengua brutal asomarse por la puerta de mi habitación.

Vuelta a casa

V
Dolorido aún por el portazo del Parlamento Europeo, Puigdemont se lame la dignidad junto a Comín. Se lamen las dignidades mutuamente en una habitación de hotel, con la luz baja.
Como siempre, Carles se había imaginado la escena de otra forma. Ellos dos entrando en el Parlamento, vitoreados y homenajeados por todos esos demócratas avanzados, y las caras de sus archienemigos rojas de ira. Pero no. El destino vuelve a castigarlo, acaso (piensa él) para endurecerlo aún más, para curtirlo como el Líder-Mesías que el independentismo necesita. Le pide a Comín que lo deje solo un rato:

(más…)

Trémulo

T

Gracias por todo, Eduard Punset. Hasta siempre.

¿Qué es la vida?
Nos iremos sin saberlo.
Sin haberlo intuido siquiera.
Pero llenos de ella.
Colmados.
Siempre hambrientos.
Siempre insatisfechos.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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