De espaldas

El caminante sobre el mar de nubes - Caspar David Friedrich

El caminante sobre el mar de nubes – Caspar David Friedrich

Él la esperaba al filo del acantilado, de espaldas. Ella sabía que si se acercaba demasiado, la arrojaría y tendría una muerte violenta, ¡pero nunca le había visto la cara! Había estado en su vida durante años. Lo había sentido en lo más profundo y en la distancia más insoportable, siempre de espaldas, sin mostrarse, sin saber si lloraba o sonreía, sin saber si era horrible o hermoso.

Le pudo la curiosidad.


La sombra de las palabras

Estas palabras podría haberlas dicho cualquiera, pero las he dicho yo. Es posible que el orden y los términos escogidos por mí en esta ocasión dependan, en parte, a la tradición que me determina, y en parte, a mi propia identidad. Hay, por tanto, una pequeña parte de mí en estas palabras que me identifican. Se podría decir que algunos fragmentos de mí viven en ellas. Como es posible, a partir de la impresión de una llave en un molde, reconstruir esa llave, o a partir de la sombra de una estaca fue posible calcular el radio de la Tierra, podría llegar un tiempo en que fuera posible rescatar a una persona de sus palabras, y si no devolverlo a la vida con todos sus rasgos y sus peculiaridades, sí, al menos, poder conversar con ella.

Aquí estoy, esperando.


Siempre

Con la dulce inconsciencia de los animales que pacen al sol pudiendo ser devorados en cualquier momento, intuyo que siempre estaré aquí, en alguna parte, para los que me habéis dado un nombre propio. Y en mí estaréis siempre, como un eco que varía levemente con el tiempo, y que al cabo de millones de años es un sonido irreconocible pero intrigante, y en el fondo, hermoso.


Buenas personas

Aunque me esfuerzo en ser una buena persona, nunca he tenido del todo claro qué significa eso exactamente, y tampoco creo que sea posible llevarlo a cabo.

Siempre hay momentos en los que uno renuncia (por pereza o por necesidad) a hacer las cosas todo lo bien que sabe o puede, a tratar a los demás como le gustaría que lo tratasen, a cosechar un buen recuerdo de uno mismo.


Pena de muerte

Pena de muerteHoy debo confesarle una pequeña travesura. Posiblemente un delito, eso ya lo decidirá usted. Verá, yo no soy quien ustedes han creído todo este tiempo. Ha sido una mezcla entre una broma de mal gusto y la necesidad de sentir una experiencia nueva. La casualidad me llevó a cruzarme con él, con el verdadero asesino. Fue tal la fascinación que sentí por nuestro parecido físico, que decidí seguirlo a todas partes. Por suerte, él nunca me advirtió, y así pude ir asimilando sus gestos, sus hábitos, sus defectos… No tardé mucho en darme cuenta de que era una mala persona, y que tarde o temprano acabaría haciendo algo terrible. Lo observé durante semanas, durante meses, sin que hiciera nada digno de ser contado. Pero una noche cambió su ruta y supe que todo se había puesto en marcha. Confieso que me sentí excitado casi como si yo mismo fuera a perpetrar el acto. A la víctima no le dio tiempo a reaccionar… ¿Por dónde iba? Ah, sí, decía que la víctima, consciente de su propio fin, fue víctima durante unos pocos instantes. No le repetiré los detalles porque los conoce de sobra. Pero le diré que ni él ni yo disfrutamos del todo con esa muerte. Quizá faltó algo, no lo sé. Era mi primera vez y puede que también la suya. Cuando el cuerpo cayó al suelo, material y hueco, salí de mi escondite. En ese momento de éxtasis mutuo casi no hizo falta hablar. Ambos entendimos. Fue él quien hizo la llamada anónima. Lo demás ya es historia. Mi vida nunca ha sido fácil ni plena. Nunca he recibido suficiente amor, puede que ninguno. No se ría, no lo digo para que me compadezca, sino para que entienda por qué le propuse la suplantación. Necesitaba sentirme vivo, y aquí lo he conseguido. Les debo a ustedes mucho. Les debo la vida. Por eso le pido que inicie los trámites para anular mi condena a pena de muerte, y si lo cree conveniente, me acuse de los delitos que estime oportunos por encubrir al asesino. Lógicamente, no reclamaré nada por mi reclusión ni por daños psicológicos. Soy consciente de que he actuado mal, y me arrepiento… ¿Qué sucede? ¿Le resulta gracioso? Contaba con que no me creería. Pero déjeme hacerle una pregunta. Si lo que le he contado es cierto, el asesino sigue libre. ¿Y si él supiera que su esposa de ojos verdes, sus dos hijos y su hija, una hermosa adolescente, viven con usted en una casita con un limonero en el jardín, con esa desvencijada puerta de entrada y un césped al que no dedica demasiado tiempo?


El ombligo

Quien se mira mucho el ombligo, no puede llevar la cabeza bien alta.


Blink

Mi hijo entró corriendo en el edificio, a pocos pasos de mí. Giró hacia la izquierda, donde estaba el ascensor, y en ese momento se apagó la luz. Ahí estaba entre las sombras. Su pequeño cuerpecito, su cabecita inquieta. Al encender la luz, no era mi hijo. Era otro niño de la misma edad pero más oscuro, como borroso, que con una sonrisa siniestra me preguntó:

¿Ahora quieres ser mi papá?


Jodidos

Esta vida es impredecible. Se nos va entre las manos como si fuera arena, y sólo la notamos cuando nos acaricia los pies y se ha mezclado sin remedio con las vivencias perdidas de tantos otros. Pasamos demasiado tiempo mirando atrás con nostalgia y adelante con miedo. Peleando por causas que no sabemos si son justas o necesarias. Soñando que jugamos y despertando tristes o angustiados. Sintiendo que podíamos haber dado más de nosotros mismos. Haber sido nosotros intensamente. Con rabia. Con deseo. Sin ansiedad ni miedo ni peso en el alma.


Angustia

—¿Cómo sabré que he muerto?

—Cuando no te quede angustia.


El dios del lago

En sueños, o en imaginaciones, viajé a la India y sentí la llamada del dios del lago, cuyo nombre no se puede pronunciar porque, como el agua, se derrama entre los labios. Pasé días buscándolo, pregunté a todo el mundo, pero nadie supo decirme dónde podía encontrarlo, aunque tampoco nadie me negó su existencia. Un día, cansado y triste, llegué a un lago profundo, rodeado de pastos y de fiestas de primavera y vivos colores. Quise beber pero un impulso me hizo sumergirme por entero en sus aguas, y allí supe que lo encontraría. Buceé alegremente, respirando sin ahogarme, hasta que vi a un joven vestido de naranja que sonreía con toda la belleza del universo. Su cara dichosa relumbraba con el sol del mediodía, y su pose era tan relajada como las suaves corrientes del lago. Sin hablar me dijo que se alegraba de verme. Sabía que mi búsqueda había sido larga, pero su presencia, como el agua, sólo se toma cuando se tiene sed. Y en ese momento de revelación, de calma infinita, mecido de un lado a otro por las aguas del lago, mi sed se vio saciada.


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