El viajero del tiempo

He aquí un viajero del tiempo. Podemos llamarle el viajero del tiempo porque, salvo excepciones sospechosas, no conocemos a otro. Este hombre viene del futuro. Puede que no de un futuro remoto. Sin duda, ha viajado, como muy pronto, desde el verano de 2020. Ha perdido ya uno o más veranos por culpa de la pandemia. Puede que haya perdido más cosas. Un negocio. Su trabajo. Amigos. Familiares. Como es un hombre joven, sabe que la vacuna nunca le llegaría a ser administrada.

Un día, recibe la visita de un tipo excéntrico pero entrañable que lo invita a viajar en el tiempo. Así, sin más. En otras circunstancias, en otro tiempo, lo hubiera despachado con un “hasta luego, Lucas” o algo menos agradable. Pero ahora necesita creer en milagros, aunque solo sea por la ilusión de auto concedérselos en una breve ficción que lo saque de esta triste realidad.

Su guía del tiempo (lo llamaremos Doc para abreviar) lo conduce hasta los lavabos de un centro comercial. Nuestro protagonista teme ser objeto de un robo, una violación o ambas cosas. El jovial loco le señala un retrete y le pide que se siente sin bajarse los pantalones.

—Cierra los ojos y piensa en un momento y un lugar donde quieras estar —le susurra.

Sigue sus instrucciones. Se visualiza a sí mismo en un lugar sencillo, una playa. Una a la que iba con sus abuelos cuando era niño. Se da un margen suficiente para esquivar la pandemia durante bastante tiempo, aunque no tanto como para sentirse fuera de lugar.

Antes de abrir los ojos, siente el frescor del agua acariciándole los tobillos. El loco tenía razón. Ha viajado en el tiempo. No le ha venido mal que hoy hiciera calor. Se acerca a un tipo de su edad y le pide que le haga una foto. Doble golpe de suerte: Abrió su cuenta de Twitter en 2010 y nunca ha cambiado la contraseña, por lo que puede publicar un tuit que a muchos les parecerá una broma. Él mismo sabe que no serviría de nada avisar. Se sienta en la orilla. Se relaja viendo las olas. Recuerda los paseos que daba con la mano de su abuelo. Es lo más cerca que ha estado en mucho tiempo de su propia memoria, de lo que una vez fue y poco a poco había ido olvidando.