Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagmuerte

El abrazo

E

Antonio Perejil Delay

A Antonio Perejil Delay

Como cada mañana, un destello de sol deslumbra a Antonio, que ha salido a pasear temprano. Le gusta respirar la ciudad, ya sea en primavera o en invierno. Con la edad le van disgustando más cosas: el ruido de las motos, la ridícula acerita que queda por culpa del carril bici, la gente que va mirando el móvil sin levantar la vista. Pero aunque todo eso le pesa y lo agobia, siempre encuentra un pesito con el que compensar la balanza, incluso hacerla caer un poco del lado bueno. Antonio es un optimista racional, convencido. Un optimista que ha sufrido y por eso lo que ve de positivo en los demás, tiene un valor más amplio. (más…)

La Muerte (no) en Samarra

L

La muerte (no) en Samarra

El criado llega aterrorizado a casa de su amo.

—Señor —dice—, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.

El amo le da un caballo y dinero, y le dice:

—Huye a Samarra.

El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra a la Muerte en el mercado.

—Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza —dice.

—No era de amenaza —responde la Muerte— sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.

—Pero ha tocado madera —argumenta el amo.

—Ah, entonces nada —dice la Muerte.

Doscientos. Cincuenta. Diez metros.

D

El animal estaba lejos, a unos doscientos metros. Era una especie de reptil gigantesco, de colores muy vivos y con una cresta roja y puntiaguda que iba desde la cabeza hasta la mitad de la espalda. Parecía un lagarto porque la barriga y la cola tocaban el suelo. Por las referencias que tenía a su alrededor, diría que rondaba los cincuenta metros de largo. Se movía muy rápido. Había salido de la densa arboleda para atrapar algunas reses que pastaban. Ahora las estaba masticando. Yo estaba en una colina y lo veía desde arriba. Escuchaba los huesos de las vacas quebrándose a cada bocado. Me agaché muy despacio para empezar a retroceder. En ese momento, el viento cambió y empezó a soplar desde mi posición hacia la del lagarto descomunal. Levantó la cabeza y olfateó. Sin seguridad de que me hubiera descubierto, empecé a correr preñado de horror. El monstruo me vio y empezó a avanzar hacia mí. No había sentido más miedo en toda mi vida, seguro de que cuando lo tuviera a menos de diez metros, sería el fin. Por suerte, desperté en mi cama empapado en sudor. En ese momento, vi la sombra de una lengua brutal asomarse por la puerta de mi habitación.

Violencia animal

V

Violencia animal | emartos.es

—¡Ciertos dichos populares ejercen violencia contra los animales! —dijo el animalista, muy excitado.
—No tienes que preocuparte por los animales —le respondió el tipo de la chamarra amarilla, mientras se hurgaba en el bolsillo.
—¿Ah, no? ¿Y por qué?
—Pues porque voy a matar dos pájaros de un tiro.
Y diciendo esto, sacó una pistola y le pegó un tiro entre ceja y ceja.

Knockout

K

Knockout | emartos.es

Un tipo fornido viene corriendo de frente. Cuando va llegando a tu altura, le sueltas un gancho en la mandíbula que lo manda al suelo. La gente grita y pregunta por qué, te gritan salvaje y asesino porque el tipo no se mueve, y mientras va cerrando los ojos y tu desesperación crece, notas que él está alcanzando la paz porque en su carrera huía de algo a lo que no se le puede dar esquinazo.

Crudo

C

Lo vio ahí acurrucado, pasando frío en esa noche de invierno, y en lugar de pensar como la mayoría, se acercó a él y lo invitó a dormir en su casa. Le preparó la cena, le dio toallas y ropa limpia y le ofreció una cama. En los ojos del mendigo brillaba una luz que el anciano interpretó como agradecimiento. Se fue a dormir satisfecho. En pago por sus favores, el mendigo lo asfixió con la almohada y le robó lo poco de valor que tenía. Lo dejó ahí tirado, sin mirar atrás. Al menos, estaba a cubierto del raso.

La música oscura

L

La música te está arrastrando, no lo disimules. Te arrastra y tú te dejas llevar como el coco que arrastra la marea, como el diente de león al viento, como la tentación. No sabes por qué, pero esas notas obran en ti algo distinto y nuevo, algo excitante. Temes el final sin saber por qué, sin cuestionártelo, pero lo temes. Te hubiera gustado que ese texto tan hermoso fuera tuyo, tuyo y solo tuyo, no del otro que lo perpetró sin apreciarlo y se llevó todas las flores. ¡Qué sabrá él! ¡Qué sabrá! No tiene tu talento pero sí le sonríe la suerte. No tiene que trabajar duro como tú para que le reconozcan, o ya ni eso, para que al menos pueda llevarse algo a la boca. Lo tiene todo, o le fue dado todo. A ti te lo negaron desde siempre. Y ahora eso. La gloria. La aclamación. La eternidad en ciernes. Eso es demasiado. La música… La música es oscura y te lleva con ella. Te hace temblar. Te quiebra pedacito a pedacito por dentro. Te incita. Te tienta. Te mete pensamientos nublados en la cabeza que te hacen levantar la llave inglesa y abrirle la cabeza como el coco que viajaba a la deriva, ver que dentro solo tenía sangre y vísceras como cualquier otro, que sus pensamientos ahora se desparraman sin sentido por toda la habitación.

Permutaciones

P

Sentí el metal clavándoseme con fuerza en la boca, y acto seguido, un fuerte tirón hacia arriba. Por insitinto y con todas mis fuerzas, contuve el arrastre por unos momentos, pero en seguida volvieron los jalones. Supe entonces que mi destino estaba sellado, que como mi padre y mis tíos, acabaría asfixiándome entre violentas convulsiones. Y fue ahí donde te vi, donde me vi. A través de ese largo hilo, de la fina pero firme caña, tu ser pasó a mí y el mío pasó a ti. Y así es como tú te asfixiaste y yo te honré sirviéndote en la cena.

Costumbres vitales

C

Uno aterriza en la vida y se acostumbra rápido a respirar, a sentir, a sufrir, a vivir. Y fácilmente olvida que un día, sin previo aviso, todo eso se acaba de golpe.

Importancia

I

Una fotografía (o un recuerdo que aparece como una fotografía), una canción que ya habías olvidado, los dos o tres momentos más importantes de tu vida, un temor vibrante y efímero, olor a lejía, la sensación del frío repentino subiendo que te golpea el estómago, dos o tres deseos incumplidos seguidos del remordimiento de todo lo que se va a quedar sin hacer.

Todas estas cosas, o algunas de ellas, mutadas o matizadas, podrían pasarte por la cabeza cuando estés muriendo. Y todavía le das importancia al seguro del coche, a una discusión absurda, a lo último que ha dicho un político irrelevante.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

Contacto

Categorías

Archivos

Este sitio web utiliza cookies + info

ACEPTAR
Aviso de cookies