Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagcuento

Little Freddie

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Freddie Krueger | emartos.es

Freddie Krueger estaba frente a mí. Tenía las cuchillas alzadas para asestarme un golpe fatal. —¡Espera! ¡Espera un segundo! —le dije. Por su cara, creo que nunca le habían pedido algo así. Se quedó mirándome. —Mira, te propongo un trato. Juguemos una partida de ajedrez. Si gano, te largas para siempre. Si pierdo, me torturas el tiempo que haya durado la partida. Sonrió y asintió. Como sueño que era, ya estábamos sentados en un parque con un precioso tablero de ajedrez artesanal. Todo lo demás era lóbrego y solitario, como roído por los siglos. Yo le di mi toque haciendo aparecer una botella de vodka y un par de vasos. Por cada jugada, caía un trago. El tipo no era malo, aunque se le notaba la falta de instrucción. Tampoco ayudaba su empeño en usar la mano de las garras. En un momento en que estaba a punto de perder, serví el doble de vodka. A la mitad de su jugada, el tipo había caído rendido. Con cuidado, lo eché hacia atrás y le tapé la cara con el sombrero. Así, dormido en su propio sueño, podría parecer entrañable si no fuera porque es un depravado repugnante.

No lo he vuelto a ver desde entonces. No tiene mal perder.

La Muerte (no) en Samarra

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La muerte (no) en Samarra

El criado llega aterrorizado a casa de su amo.

—Señor —dice—, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.

El amo le da un caballo y dinero, y le dice:

—Huye a Samarra.

El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra a la Muerte en el mercado.

—Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza —dice.

—No era de amenaza —responde la Muerte— sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.

—Pero ha tocado madera —argumenta el amo.

—Ah, entonces nada —dice la Muerte.

Doscientos. Cincuenta. Diez metros.

D

El animal estaba lejos, a unos doscientos metros. Era una especie de reptil gigantesco, de colores muy vivos y con una cresta roja y puntiaguda que iba desde la cabeza hasta la mitad de la espalda. Parecía un lagarto porque la barriga y la cola tocaban el suelo. Por las referencias que tenía a su alrededor, diría que rondaba los cincuenta metros de largo. Se movía muy rápido. Había salido de la densa arboleda para atrapar algunas reses que pastaban. Ahora las estaba masticando. Yo estaba en una colina y lo veía desde arriba. Escuchaba los huesos de las vacas quebrándose a cada bocado. Me agaché muy despacio para empezar a retroceder. En ese momento, el viento cambió y empezó a soplar desde mi posición hacia la del lagarto descomunal. Levantó la cabeza y olfateó. Sin seguridad de que me hubiera descubierto, empecé a correr preñado de horror. El monstruo me vio y empezó a avanzar hacia mí. No había sentido más miedo en toda mi vida, seguro de que cuando lo tuviera a menos de diez metros, sería el fin. Por suerte, desperté en mi cama empapado en sudor. En ese momento, vi la sombra de una lengua brutal asomarse por la puerta de mi habitación.

Vuelta a casa

V
Dolorido aún por el portazo del Parlamento Europeo, Puigdemont se lame la dignidad junto a Comín. Se lamen las dignidades mutuamente en una habitación de hotel, con la luz baja.
Como siempre, Carles se había imaginado la escena de otra forma. Ellos dos entrando en el Parlamento, vitoreados y homenajeados por todos esos demócratas avanzados, y las caras de sus archienemigos rojas de ira. Pero no. El destino vuelve a castigarlo, acaso (piensa él) para endurecerlo aún más, para curtirlo como el Líder-Mesías que el independentismo necesita. Le pide a Comín que lo deje solo un rato:

(más…)

Rocky Balboa

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Rocky Balboa | emartos.es

A Antonio Moreno.

Tras uno de sus baches emocionales, Rocky Balboa se encuentra fuerte y animado. Quiere salir a correr y entrenar con el frío de la mañana. Adora las peculiares calles de su Filadelfia natal. Se enfunda su chándal gris y sale trotando de su casa. A los pocos metros, un grupo de pandilleros de corta edad lo abordan:
Illo, Rocky, ¿tienes hora?
—Las diez y cinco —responde sonriendo.
—¡Por el culo te la hinco! —responden varios de ellos.
Rocky los ignora. Sabe que siempre le están vacilando porque quieren ser como él. Un semental italiano.
—Rocky, Rocky, illo, párate, que te tengo que desí una cosa —insiste uno de los macarras juveniles.
—¡Al carajo ya, hombre! —intenta zanjar el púgil.
Los niñatos lo persiguen sin descanso. Conforme van cruzándose con otras pandillas, sus componentes se van uniendo a la persecución y jalean a Rocky llamándole cosas feas y soeces. En un intento de zafarse, Rocky acelera como un gamo perseguido por leones, pero su resistencia no es infinita. Cree que subiendo una escalera muy larga, conseguirá despistar a los pandilleros, que no suelen ser demasiado inteligentes. Pero se equivoca. Una vez en la cima, y ya agotado por completo, los pandilleros suben corriendo y lo rodean.
Illo, Rocky, qué reloj más guapo.
—Dame el peluco, illo.
—¡Illo, que me des el peluco ya, me cago en to tus muertos!
Son menores y la ética de Rocky le impide golpearlos. Uno de ellos le agarra el reloj y empieza a tirar con violencia. Al soltarse, el macarrilla cae al suelo y se golpea la cabeza. Empieza a brotar sangre de su cabeza mientras convulsiona.
—¡Lo siento! —exclama Rocky con media boca.
—¡Illo, que lo ha matao! —exclama un pandillero.
Rocky empieza a recibir golpes por todas partes. Ponderando su ética y su propia supervivencia, decide empezar a repartir hostias como panes. Los canis van cayendo al suelo sin dificultad, pero cada vez vienen más. Algunos golpean con puños americanos. De pronto, distingue el brillo de una navaja. No puede correr hacia ninguna parte porque no le quedan fuerzas y está rodeado. Rocky se emplea a fondo y grita mientras golpea. Una horda de canis alfombra ya el suelo, pero siguen llegando más. Rocky grita pidiendo ayuda mientras los pandilleros se le cuelgan del pescuezo y lo obligan a arrodillarse.
—¡No hay dolor! ¡No hay dolooooooor! —exclama Rocky.
De pronto se hace el silencio. Los canis empiezan a retirarse. Sirenas de la policía se acercan desde una lejanía insondable. En el suelo solo queda un chándal gris y un enorme charco de sangre.

Reality show

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Reality show | emartos.es

A Delicia Trolera y Motarrd 3 por inspirarme este relato justo aquí.

Cycle, Sabrina Claudio

Te despiertas desorientada. Has tenido sueños inexplicables y pegajosos. Lo último que recuerdas es un fuerte dolor en el abdomen. Una fuerte luz te ciega mientras los murmullos apagados se van haciendo más audibles. Escuchas palabras sueltas. «Operación», «cicatriz», «analgésico», «hay prisa». Poco a poco, vas reconociendo la cocina de tu casa. Intentas moverte sin éxito, como si tus brazos y tus piernas no te pertenecieran. Figuras difusas se mueven de un lado para otro.
—¡Se ha despertado! ¡Dale más caña, corre!— exclama una voz de anciana.
Te ponen una mascarilla que apesta a grifa y te duermes. Cuando vuelves a despertar, sientes un dolor aún más fuerte en el estómago. Tienes la boca seca. Quieres beber, pero parece que no hay nadie más en la habitación. Intentas gritar. Solo te sale un murmullito como de gato. Clavado en la tabla de cocina, un enorme cuchillo ensangrentado.
—Es una hoja de Damasco de 250 capas con empuñadura de cocina —dice una voz masculina—. Lo forjé yo mismo y parece que te ha salvado la vida.
—¿Ya está consciente? —pregunta la voz de la anciana— La fabada está calentita. Vamos a darle un poco.
«¿Pero qué coño?», piensas. No eres capaz de articular ninguna palabra con sentido. La baba te cae por el labio. El dolor del estómago se agudiza y se empieza a repartir por todo el cuerpo. Tienes mucho calor. El tipo que hablaba del cuchillo (aunque borroso, ahora lo ves) te levanta la cabeza y te acerca una cuchara con fabada. La anciana se acerca y te abre la boca con una mano.
—Venga, come, come, que hay prisa —dice, muy nerviosa.
Va vestida como la anciana del anuncio de Fabada Asturiana. De hecho, estás por jurar que es ella. El tipo que te sostiene la cabeza te resulta familiar. Viste un chaleco gris y tiene un bigote cano muy peculiar. En la puerta, haciendo muecas, crees ver a Carlos Sobera. Mira el reloj y se impacienta.
—Oye, por aquí está saliendo sangre —comenta la anciana—. Yo he repasado bien la costura.
—A ver, a ver —dice una voz chillona de hombre—, esto es una chapuza. Como me sigáis cosiendo así, no vais a durar mucho en este taller.
No puedes creerlo. ¡Es Lorenzo Caprile!
—Yo he seccionado la carne limpiamente —dice el tipo del bigote—. Mi cuchillo, sin duda, corta.
—Dale otro chute y probamos —dice Sobera con desidia.
Intentas apartar la cabeza, pero te la sujetan y vuelven a dormirte a base de porros.
Una vez más, despiertas sin estar segura si has estado soñando. Ahí están todos, mirándote con un gesto compungido.
—Lo hemos intentado todo —dice Sobera—, pero no vas a poder superarlo. Los aspirantes se han dejado la piel, pero estás hecha un desastre y así no te puedes llevar el premio.
Te duele cada poro de la piel. Estás hinchada y sudorosa, y la respiración es intermitente y nerviosa. Sientes que te estás yendo.
—Hemos puesto todo nuestro empeño en conectar contigo —dice Paulina Rubio—, pero hoy no ha sido tu día. Esto es La Voz y apenas has murmurado. Te animamos a intentarlo otro día… si no te mueres sobre la isla de la cocina.
—¡Esto no es La Voz, es Forjado a Fuego! —replica el tipo del bigote.
—¡Y un jamón! —dice Caprile.
—¡Venga, venga, tapadla, que hay prisa! —apremia la anciana de la fabada mientras te tapa con una sábana.
La respiración se va quedando entre tu cara y la sábana. Los gritos se van apagando. De un golpe, alguien te tira de la isla y te quedas con la boca pegada al suelo, en un imponente charco de sangre. Respiras dos o tres veces más.

Milonga con variaciones

M
https://bit.ly/2SWJKmN
A Rafa Chacón, alma de tango
El pibe llegó a Buenos Aires en una fecha incierta. Vino con ganas de quemarlo todo, de matarse a tangos y a milongas y aprender de los mejores. Fijate que a poco de llegar, ya casi se le había ido el acento. Y eso que tenía una voz que parecía un pozo solitario. Bailaba como solo bailan los genios y los locos, de una manera tan personal que pareciera que el quejido del tango se le hubiera incrustado en el alma. Ahora no hay quien dé con él. Es como si se hubiera vuelto a España de la noche a la mañana, sin decirle a nadie. Y sin embargo, ayer lo vieron bailando en lo de Viola, en el Canning. Para cuando puse el pie, ya no quedaba ni su sombra. ¿Y ese gallego que vino preguntando por él? Iba diciendo que no regresó al laburo, que lo dieron por desaparecido, no sé qué del consulado y que se vino acá a buscarlo. Suerte, le dijo con sorna un viejo en lo de Andretti. Que era amigo de la infancia y no se podía creer que lo hubiera dejado todo atrás. Cosas más raras se han visto. Y luego está lo que se rumoreaba en lo de Arribas. Que el pibe se había convertido en tango y ya solo rondaba las salas. ¡Como si estuviera atrapado en la música, loco!

La croqueta mística

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La croqueta mística | emartos.es

A Bella Indómita, por descubrirme el Día Internacional de la Croqueta

Dontcha, The Internet

¿No te pasa algunas veces que empiezas a escuchar una canción conocida y crees que está en una escala (tu cerebro cree que está en una escala) inferior o superior y te suena disonante pero poco a poco vas llegando, como en esos largos orgasmos lentos, y al ubicarte donde deberías haber estado desde el principio, sientes un placer suspendido en la nada? A mí me salta ese resorte con la música y con las croquetas. No me mires con esa cara de asombro. Las croquetas son (más…)

Violencia animal

V

Violencia animal | emartos.es

—¡Ciertos dichos populares ejercen violencia contra los animales! —dijo el animalista, muy excitado.
—No tienes que preocuparte por los animales —le respondió el tipo de la chamarra amarilla, mientras se hurgaba en el bolsillo.
—¿Ah, no? ¿Y por qué?
—Pues porque voy a matar dos pájaros de un tiro.
Y diciendo esto, sacó una pistola y le pegó un tiro entre ceja y ceja.

Atrapado

A

Trapped | Timo Waltari
Trapped | Timo Waltari

A José Tena, por inspirarme este relato
Una serie de circunstancias encadenadas me acaba llevando a una parada de metro muy alejada de la estación de tren. Es 30 de diciembre y tengo que regresar a Córdoba desde Madrid. Me bajo solo. Camino hasta la salida y la encuentro cerrada con un candado. Intento localizar otra puerta. También cerrada. El plano de metro no me ofrece muchas más alternativas. No hay personal del metro y todas las garitas están apagadas. Grito, al principio con timidez, a la tercera con garra. Nadie responde. De pronto, las luces se apagan y me quedo a oscuras mientras subía una escalera. Por poco me mato del susto. Ya en el piso superior, intento llamar a emergencias para que me ayuden. Sin cobertura. En medio de mi creciente desesperación, busco algo con lo que partir el candado. Oigo un chirrido, y justo después, un desplomarse de cajas o algo parecido. Ha sido cerca. Doy una voz por si es algún empleado rezagado. Me responde un gruñido y un golpeteo que se asemeja (más…)
Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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