Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagcuento

Éxito

É

Éxito | emartos.es
https://bit.ly/2GgXOkY

Recibo una llamada de no sé qué periódico. La periodista habla a gran velocidad, como si me estuviera alertando de un peligro. Creo entender algo sobre “mi repentina fama” y “repercusión internacional”. Sin poder contener una breve carcajada, le digo que se ha equivocado y corto. De la calle viene un jaleo inusual. Me asomo a la ventana y hay un grupo de paparazzis que, al verme, se lanzan en jauría a fotografiarme. Asustado, me oculto tras las cortinas y agradezco no estar viviendo en Alemania. Me gritan intentando provocarme para que me asome de nuevo. Pienso que llamar a Braulio me puede salvar de esta locura, Braulio siempre tiene buenas ocurrencias, sensatas y sopesadas. Al desbloquear el móvil, veo cientos de notificaciones por todos los canales imaginables, incluso algunos cuya existencia desconocía. El aparato empieza a quemar, literalmente. Emocionadísimo y enfadado al mismo tiempo, Braulio aúlla que cómo he podido ocultarle algo así, que claro que me quiere ayudar pero ve difícil poder llegar a mi casa porque está viendo en Twitter que la multitud está muy cerca de aquí. Me noto un mareo de película sin llegar a desmayarme, sobre todo porque no entiendo una coma de lo que está ocurriendo. Me lavo la cara con agua fría con la ilusa esperanza de despertar de algo que sé que no es una pesadilla. Según Braulio, aún me quedan unos minutos para poder escapar. Corro hacia la calle con la elegancia de un pavo, y es entonces cuando, a unos cien metros, veo a la multitud enardecida. Jóvenes de apenas veinte años llevan una camiseta con mi cara y el lema PREMIO NOBEL escrito en rojo sangre. Al verme, saltan, señalan y chillan como si yo fuera una estrella del rock. Del otro lado, los paparazzis me han localizado y ya casi los tengo encima. Mi única salida es el callejón estrecho de enfrente. Agradezco al miedo la velocidad que siempre otorga y les gano la suficiente ventaja para colarme por una alcantarilla que ya tenía identificada para cuando nos invadieran los alienígenas. Ahí abajo, entre cucarachas y pestilencia, los oigo pasar como una estampida, gritando mi nombre, llorando por no poder tocarme. Saco el móvil. Tengo varias llamadas de Braulio. Antes de responder, leo la prensa. Mi cara es portada en todas partes. El escritor definitivo, El renacido, La literatura, son algunos de los titulares. No hay artículo de opinión que no hable de mí. Ha habido disturbios en Oslo a causa de la negativa de la Academia Sueca a otorgarme un Nobel de urgencia. La policía ha tenido que escoltar a una comisaría para protegerlos de la turba, que exigía conocer mi paradero. Llamo a Braulio, él sabrá qué hacer. Mientras lo escucho contarme cómo ha sucedido todo en menos de dos horas, empiezo a advertir que ya nunca más podré pasear por mis rincones favoritos, dormirme leyendo junto a la ventana, opinar con libertad en las redes sociales. Y entiendo que la ficción puede solidificarse y llegar a ser tan persistente como la realidad misma. Al parecer, alguien encontró un relato que publiqué hace más de diez años en mi recóndito blog y lo convirtió en viral. Un relato que describe, parte a parte, la situación que me está terminando de ahogar en mierda ahora mismo.

Ciclo Mirada de hoy (3ª y 4ª rondas)

C

Como muchos ya sabíais, me he incorporado como presentador habitual del ciclo Mirada de hoy, organizado por La i Crítica e Índigo Crea, del que soy miembro. Ninguno ganamos nada con esto y ganamos mucho, pero solo desde el plano espiritual. Si algún mecenas quiere impulsar todo esto para convertirnos en rockstars de la literatura y que este ciclo sea como las charlas TED del arte, estaremos encantados de sentarnos a hablar.

Hoy os traigo, con bastante retraso, la 3ª y 4ª rondas. Si no habéis venido hasta ahora, os recomiendo que os apuntéis a la próxima. Estar tan cerquita de artistas tan polivalentes, intrigantes y talentosos, no es algo que te ofrezcan todos los días.

Mascarada

M

Mascarada | emartos.es

Un Mitsubishi Grandis se detiene en una zona tranquila de la Plaça dels Traginers. El conductor se baja y abre el maletero, y después, un compartimento que recuerda a los ingenios que usaban los berlineses para cruzar, de incógnito, el Muro. Puigdemont sale con dificultad. El sol lo ciega por un momento. Quiere detenerse a contemplar Barcelona en un día tan hermoso como histórico, pero lo empujan con urgencia hacia las cloacas. Un pequeño contingente de mossos fieles lo conducirá hasta el Parlament. Antes de que termine de bajar, le dan una protección para el calzado y los pantalones. Es su gran día y debe llegar impoluto. Está previsto que nadie los detendrá antes de colarse en el Parlament, y así sucede.

Nadie de su partido sabe que está allí, tampoco Torrent. Avanza con innecesaria cautela hasta llegar al Salón de Sesiones. Irrumpe con la imagen mental de todo el independentismo aplaudiendo su retorno con lágrimas en los ojos. En lugar de eso, se encuentra con una escena bastante extraña: todo el mundo lleva una careta de Puigdemont. Apenas se giran para ver quién ha entrado. Están escuchando a un orador que, a poco que pronuncia un par de frases, revela que se trata de un discurso de investidura.

Però què és això! —exclama, consternado.

Nadie lo mira. Todos siguen, con suma atención, el discurso de investidura de Puigdemont. Se da cuenta, entre extrañado y nervioso, que las bancadas de los constitucionalistas están llenas y que todos llevan su rostro. Está por jurar que esa menudita de pelo largo es Inés Arrimadas, que hace gestos de triunfo con el puño cerrado.

Traïció! —grita, con la sospecha de que Ciudadanos ha orquestado una pantomima para suplantarlo.

Què et passa? —le pregunta una señora Puigdemont a Puigdemont.

Que jo sóc Puigdemont! responde, encendido L‘autèntic.

Ja, i jo també le responde, sosegada, la señora Puigdemont a Puigdemont, mientras se gira hacia el Puigdemont que está siendo investido Puigdemont.

Se da la vuelta para pedir ayuda a su séquito, pero ya no están, o se han colocado caretas y se han integrado en la marea de falsos Puigdemont. Si alguien pudiera tomar una foto aérea de la sala, y pedirle a todo el mundo que mirara hacia arriba, sería un curioso homenaje a los libros de Martin Handford, con Puigdemont en lugar de con Wally. Rojo de ira, con el nervio del ojo izquierdo tiritándole de furia, corre hacia el impostor y lo aparta de un empujón.

Jo sóc Puigdemont! grita con los brazos en alto.

Hubiera podido esperar cualquier reacción menos que explotaran en carcajadas y aplaudieran la ocurrencia como si se tratara de un chiste de Eugenio.

Jo sóc Puigdemont! gritan todos al unísonoJo sóc Puigdemont! Jo sóc Puigdemont! Jo sóc Puigdemont!

Mientras todos gritan y ríen, la chica que cree haber identificado como Inés Arrimadas se acerca corriendo, exaltada, hasta que llega hasta él, que se encoge por instinto.

Jo sóc Puigdemont! —viene chillando, casi afónicaJo sóc Puigdemont!

Ahora, todos lo señalan con el dedo, como si estuvieran celebrando un rito tribal. No dejan de cantar lo que parece haberse convertido en un himno: Jo sóc Puigdemont!

Movidos por una fuerza invisible, todos se llevan la mano a la careta al mismo tiempo. Aunque ya lo intuye, Puigdemont no se atreve a cerrar los ojos para comprobar, horrorizado, que tras la careta está su rostro, repetido hasta la infamia en todos y cada uno de los hombres y mujeres que lo jalean y ya lo llevan en volandas hacia la calle.

Derechos

D

Sabiendo que le asistía el derecho a la vida, se paseó sin ropa, con la piel embadurnada en sangre de cordero, a la vista de los lobos. Todavía les reclamaba respeto cuando ya le habían desmembrado una pierna.

Puigdemont o Ragnarök

P

Puigdemont o Ragnarök

Llegas a los gélidos dominios de Nilfheim y Muspell, de Ginnungagup y los yotes, de Odin y Midgård. Mientras esperas tomando un café que te sabe a exilio, recuerdas un pasaje del Ragnarök de Borges: «¡Ahí vienen! y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses!» Y también este otro: «Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.» Esta conclusión te conmueve. Esos dioses «taimados, ignorantes y crueles» son Rajoy, la Comisión Europea, todas las instituciones que te han dado la espalda a pesar de las falsas embajadas y los ministros de exteriores postizos.

Tú eres savia nueva. Estás aquí para darles muerte, figurada, eso sí. Quieres saltarles a la cara, agarrarte a su frente y quitarles la máscara con todo el peso de los cien millones de votantes, o quizá más, que han refrendado todo lo que estás haciendo, te han dado carta blanca para actuar fuera de las leyes y de las fronteras geográficas y lógicas, y te aplauden a diario. Eres consciente de tu sacrificio, incluso de tu más que probable inmolación. Pero alguien tiene que abrir las puertas que les han cerrado a tus conciudadanos. Y ese alguien eres tú, que fuiste ungido por la CUP y aclamado por las multitudes.

Ya se va acercando la hora de entrar en el auditorio y enfrentarte con todos esos gigantes sin piedad. Te sientes como David ante Goliat, como Hércules ante el Olimpo de dioses furiosos. Por un momento dudas (eres humano, a fin de cuentas). Temes no reunir el valor necesario para defender tus ideales. Y entonces, como un rayo que te ilumina desde el cielo, recuerdas a los miles de millones de catalanes que te han dado no ya su voto, sino su confianza plena para reiniciar esta Matrix implacable. Piensas que una gabardina negra te ayudaría ahora. E irrumpes en la sala.

Allí no están los dioses. No hay una multitud enardecida a la que debas aplacar. Tan solo un grupo de periodistas te esperan para cubrir un breve espacio en la prensa local. El Ragnarök, piensas, como la independencia, puede esperar.

Regalo de Navidad

R

Es día 25. Puigdemont contempla el frío paisaje belga desde su escritorio. Llaman a la puerta. Le ha llegado una carta. El remitente es M. Rajoy. Intentando aparentar tranquilidad, la abre mientras se traga la impaciencia. Es un texto breve: (más…)

Independencia

I

Independencia de Cataluña - Puigdemont

Agitadas las calles, disueltas las leyes y esparcido el caos, Puigdemont se sienta en su sillón a meditar su siguiente paso. Se ha servido una copa, que paladeará sin prisas mientras lee los últimos titulares del día. De pronto, una noticia lo asalta, más por enterarse de esta manera que por el peligro que encierra: Barcelona se declara independiente de una futurible nación catalana. Hay revueltas en las calles y el Ayuntamiento ha tenido que ser rodeado por la Guardia Urbana. Su mano izquierda, de pronto, golpea la copa, que se hace añicos contra la pared. No ha sido un acto fruto de la irritación. Es como si su mano hubiera tomado conciencia propia y se lo quisiera demostrar. Intenta coger un bolígrafo con su mano izquierda, pero no es capaz de moverla. Aunque la siente todavía, ya no le responde. Usando su mano derecha, prueba a pellizcarla. Justo antes de alcanzarla, su mano izquierda se agita y se le lanza contra el cuello, apretándolo con firmeza. Se libera como puede y grita para pedir ayuda: la voz no le sale del cuerpo. Entonces, con un hilito de voz, se dice a sí mismo: «Soy tu voz y me independizo de ti desde este momento.» Una lágrima rueda por su mejilla, ya solo del ojo derecho: el izquierdo se acaba de independizar, y gira enloquecido provocándole un fuerte dolor de cabeza. Teme que sus pulmones o su corazón decidan declararse independientes y lo fulminen, aunque ya poco puede hacer. Entonces, como un último acto de rebeldía, siente el adiós de cada una de sus células, que han optado por la libérrima y suicida senda de la independencia absoluta. Se pregunta, en el momento antes del sueño, si los átomos que conforman sus células marcarán su propio destino, si el ciclo es eterno, si antes de disolverse en el individualismo absoluto, Cataluña conseguirá la independencia.

Permutaciones

P

Sentí el metal clavándoseme con fuerza en la boca, y acto seguido, un fuerte tirón hacia arriba. Por insitinto y con todas mis fuerzas, contuve el arrastre por unos momentos, pero en seguida volvieron los jalones. Supe entonces que mi destino estaba sellado, que como mi padre y mis tíos, acabaría asfixiándome entre violentas convulsiones. Y fue ahí donde te vi, donde me vi. A través de ese largo hilo, de la fina pero firme caña, tu ser pasó a mí y el mío pasó a ti. Y así es como tú te asfixiaste y yo te honré sirviéndote en la cena.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

Contacto

Categorías

Archivos

Este sitio web utiliza cookies + info

ACEPTAR
Aviso de cookies