Eduardo Martos

Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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OVNI

O
Los vídeos de los avistamientos siempre eran nítidos al principio. Luego se iban emborronando, como su memoria. Le pasaba lo mismo cada vez que abandonaba la nave: Al principio todo era cristalino, pero a medida que transcurrían las horas, el recuerdo se iba empañando hasta que invariablemente se convertía en sueño o en olvido.

Entropía

E
Acababa de declarar en público una mentira que ocultaba sus más oscuros pecados, y se la habían creído. Horas antes, abandonaba un motel perdido en el que había estado recluida, fustigándose, durante once días insoportables. La culpa, la humillación, la vergüenza y el miedo, la cercaban sin cesar. Había llegado al motel algo confusa y conmocionada, pero acertó a registrarse con un nombre falso elegido con precisión. Ese nombre simbolizaba todo el dolor que la había conducido hasta ese lugar, y también una liberación repentina. Venía caminando desde la cuneta de una carreterita secundaria. Acababa de estampar su coche contra un árbol. Mientras aceleraba, solo pensaba en chocar tan fuerte que su marido, Poirot, Nancy Neale, Agatha Christie y todo lo demás quedaran hechos un amasijo irrecuperable.

Carta abierta a Felipe González

C

Biblioteca Felipe González Márquez

Estimado Señor González,

Como usted sabe, en Sevilla hay una biblioteca que lleva su nombre. Se me ocurren pocos honores mayores que ese: un intrincado universo de libros que lleve el nombre de uno. A excepción, como gozó Borges durante años, de trabajar en una biblioteca y estar en contacto permanente con todas esas letras llenas de magia.

Usted mejor que nadie, como defensor de lo público, tiene que estar por fuerza a favor de que existan lugares tan maravillosos como las bibliotecas, que acercan la cultura y el saber a todas las personas, sin tener en cuenta su condición económica o académica. Y si ese acercamiento incluye a los niños, tenemos una muy buena esperanza de que nuestra sociedad crezca en sabiduría, valores y respeto.

Ignoro si es usted consciente de que el área infantil de la biblioteca Felipe González Márquez está cerrada por falta de personal. Leo que ha sido “la crisis”, pero no tengo claro si es la económica o la de valores, la que nos está convirtiendo cada vez en una sociedad más conformista y alejada de todos esos sentimientos que nos hicieron despertar hace ya más de 40 años. Me pregunto qué opinión le merece semejante despropósito. Y me pregunto si no le duele a usted que el honor de haber dado nombre a un lugar tan especial, se vea empañado por esa terrible carencia: que los niños no tengan un espacio para leer, para aprender, para desarrollarse como personas libres.

Alguien que ama la cultura como usted no debería quedarse en silencio. Su voz es mucho más potente que la mía y puede otorgarle a esta biblioteca el brillo que merece.

Gracias por su tiempo.

Máscaras Rotas: Acabemos con el bullying

M

Máscaras rotas

En ocasiones, más de las que nos gustaría admitir, hemos mirado hacia otro lado en lugar de ayudar a quien lo necesitaba. Eso es más cómodo y seguro. Al menos para uno mismo. En ocasiones, incluso, hemos podido ser cómplices de situaciones que negaríamos ante cualquiera. Puede ser que una o dos veces hayamos sido los agresores, conscientes o no de lo que estábamos haciendo.

Yo sé que he hecho lo primero y lo último. Lo primero porque, echando la vista atrás, me doy cuenta de que compartí aula durante años con personas que no tenían relación con los demás, y apenas me esforcé por hablar con ellos. Nunca supe si tenían dificultades para relacionarse, si sufrían en su casa, si me podían haber necesitado. Lo último porque una vez, hace ya muchos años, tuve una cita a ciegas con una chica muy linda, muy especial, vital y simpática, y me fui cuando vi que llegaba en una silla de ruedas motorizada. Nunca llegué a pedirle perdón por ser tan mezquino, y nunca podré dejar de reprocharme esa cobardía y esa falta de empatía y de humanidad.

Por fortuna, nunca he sido cómplice de ninguna agresión, pero creo que he obrado bastante mal como para tener una noción de lo que supone ese problema tan complejo, tan grave y tan voraz como es el acoso escolar. Hay una constante en esos casos que he descrito, y es que no sé nada de cómo se sintieron esas personas. ¿Cómo vivieron ese momento? ¿Sería traumático para ellas? ¿Habrán podido superarlo? ¿Son felices a día de hoy?

Y por encima de todo, hay un pensamiento que me corroe: Todos somos uno. No hace falta ser religioso para que esta frase cobre un sentido literal. La distancia genética que separa a un ser humano de otro es infinitamente menor que la que hay entre nosotros y cualquier otra forma de vida existente. Visto así, casi se podría decir que todos somos hermanos. Cuando pienso en el sufrimiento silencioso que tantos niños sufren cada día, sumado al hecho de que yo podría haber sido uno de ellos, me estremezco. ¿Cuántas circunstancias habría que variar en mi vida para que ocupara el lugar de alguno de ellos? No sé cómo calcular algo así, pero sospecho que no demasiadas.

Pero en realidad, cuando me sumerjo en el pasado, me vienen a la mente recuerdos en mi propio pellejo. Que yo sepa, me he cruzado al menos tres veces con acosadores. La primera vez fue en la guardería. Allí había uno de esos niños que tienen fama de ser un trasto, de ir arreándole a todos los demás. Se llamaba Israel. Nunca lo olvidaré. Yo estaba sentado en un poyete, contemplando el sol, cuando sentí que me empujaban. Di de cabeza contra el suelo. El siguiente recuerdo es un jarro de agua fría y una profesora con un cubo azul en la mano. Estaba sentado en una silla y me estaban tratando de reanimar de una manera precaria. Estuve internado varios días en el hospital, y por suerte salí ileso, al igual que ese pequeño demonio que disfrutaba, ya a esa corta edad, haciendo sufrir a los demás.

La segunda vez fue en el colegio. Había un grupo de chavales, tres o cuatro, liderados por un cabecilla, que gozaban dándole palizas a los que no les plantaban cara. A mí me cogieron dos o tres veces hasta que aprendí a esconderme de ellos. Sé que lo conté y que se tomaron algunas medidas, y después de eso no volvieron a tocarme.

La tercera vez, también en el colegio, a un abusón le dio por amenazarme. No recuerdo los detalles con claridad, pero sé que durante dos o tres meses pasé mucho miedo yendo a clase y tratando de evitar cruzarme con ese bastardo.

Estoy seguro de que hay personas más afortunadas que yo, y otras que han corrido suertes mucho peores. Pero sé que no quiero seguir mirando hacia otro lado, y que bajo ningún concepto voy a volver a dañar a nadie de manera consciente. Como me acompaña un buen puñado de años, hace ya bastante tiempo que no soy un objetivo fácil para los acosadores.

Mi manera de luchar contra el acoso escolar es hacer una de las cosas que mejor se me da: escribir. Llevo bastante tiempo involucrado en un proyecto muy especial que quiero compartir con quien desee prestarme algo de atención. Se llama Máscaras Rotas, y es una antología de relatos solidaria que busca prevenir el acoso escolar. Todos los que participamos en este hermoso proyecto lo hacemos de manera altruista y desinteresada, con el objetivo de combatir esta una lacra tan nociva para la sociedad.

Quizá al leer mis palabras, has sentido que algo se movía en tu interior. Tal vez has sentido que también necesitas hacer algo, y puede que te estés preguntando cómo puedes colaborar con este proyecto. Hay muchas maneras de hacerlo:

  1. Comprando el libro. El dinero va destinado a AMACAE, una asociación que lucha contra el acoso escolar.
  2. Compartiendo nuestra fanpage entre tus contactos.
  3. Poniéndonos en contacto con AMPAs, colegios o asociaciones educativas para mover el proyecto.

Cualquier ayuda es bienvenida para acabar con este grave problema social que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos.

Gracias por tu colaboración.

Kellys

K

Dedicado a toda las kellys que hacen de nuestros viajes una experiencia placentera. También a los recepcionistas 🙂

donotdisturb

Me alojaba en un hotel moderno, cerca del centro pero no en el centro, lo cual intento evitar siempre que puedo porque me gusta sumergirme en la ciudad desde el principio. No me podía quejar. Todo estaba limpio y ordenado. Todo era (o parecía) nuevo. Los recepcionistas eran agradables y sonrientes, y la habitación, aunque justa en todos los sentidos, era útil para mis propósitos. Pese a todo lo que percibía allí (no olía a nada en absoluto), desde que puse el pie en la recepción empecé a sentir algo extraño en mi interior. Era una sensación casi física, como de agobio, que me atravesaba de parte a parte justo por encima del estómago. Como estaba cansado y no tenía mucho ánimo de buscar nada para cenar, encargué algo mediante el servicio de habitaciones. No tardaron en llamar a la puerta. El carrito, aséptico y sobrio pero limpio como todo lo demás, lo empujaba una señora de cierta edad a la que bien podían haberle trocado el alma por un trozo de madera. No sabría decir por qué, pero a la expresión de su cara le faltaba algo. Intenté hacer una broma para romper el hielo, y entonces me miró y sonrió como alguien que hubiera olvidado cómo se hacía y le hubieran enseñado por medio de ilustraciones. Detrás de esa sonrisa no había nada. Mientras me preguntaba si todo estaba correcto, me volví para buscar una propina. Cuando me giré para dársela, su rostro se había transformado. Era una expresión de horror congelado, de pánico. Sus manos estaban entrelazadas en posición de rezo, como si me estuviera rogando ayuda. Sus labios se movían despacio y pude leer sin problemas la palabra A-YU-DA. Justo cuando le iba a preguntar qué estaba pasando, llamaron a la puerta con urgencia. Di paso y entró un recepcionista muy agitado. Cogió a la camarera por el brazo y le dijo, mirándola muy fijo, que la estaban buscando desde hacía un rato y que la necesitaban ya. Sin darme tiempo de responder, me pidió disculpas y me dijo, mientras salía con la camarera, que el hotel me invitaría a la cena y a una botella de champagne por las molestias. Estuve tentado de bajar a preguntar qué había pasado, pero sentía que no había mucho que explicar. Sin embargo, la petición de ayuda me había estremecido. No me costó conciliar el sueño tras la cena y un rato de lectura.

A la mañana siguiente, justo cuando me iba a asear y me estaba mirando al espejo, me vino de golpe el sueño que había tenido esa noche. Fue una visión súbita, como una película de una hora que uno pudiera ver en un segundo. Era una especie de mazmorra sucia y fétida donde se agolpaban mujeres de mediana edad. Alguien les gritaba desde lo alto y las humillaba, obligándolas a gritar como animales, quedarse en silencio, reír o llorar. Sentí miedo y asco por aquella situación.

Después de un largo paseo por la ciudad, de mezclarme con la gente y de respirar los rincones ocultos que no se filtran en ninguna guía turística, regresé a mi habitación para descansar. Todo estaba en orden, recogido y limpio. Todo salvo un trozo de papel que se cayó al coger uno de mis libros. En una caligrafía difícil de leer, creí entender “ayuda” otra vez. No sabía si se estaban riendo de mí o si estaba empezando a volverme loco, pero bajé a recepción a preguntar qué significaba aquello. El recepcionista, sin inmutarse, empezó pidiéndome disculpas. Me contó que algunas de las camareras tenían problemas nerviosos porque tenían un convenio con una asociación de personas con no recuerdo qué problemas. Me aseguró que aquello no volvería a suceder. Me quedé más o menos satisfecho con las explicaciones y regresé a mi habitación, pero justo antes de entrar, vi a una camarera de piso que parecía tener sangre en la espalda. Acto seguido, un recepcionista la empujó hacia una habitación y cerró la puerta. Salí corriendo y golpeé la puerta para que abrieran, pero la única respuesta fueron unos sollozos que se acabaron apagando. Cuando me giraba para ir a mi habitación y llamar a la policía, sentí que me caía, después un fuerte dolor en la cabeza, y luego nada.

Fui recobrando la conciencia poco a poco, primero con la noción de un olor acre, luego con unas sombras que se movían en la penumbra. El suelo era rocoso y estaba húmedo. “Es nuevo”, “es nuevo”, “nuevo”, “nuevo”, escuché desde varios puntos casi al mismo tiempo. “Te atraparon”, me dijo una voz de mujer. “No saldrás de aquí”, dijo otra. “Ahora eres una de las kellys, tenemos que cuidarnos”. “Lo primero”, dijo una voz masculina y metálica en la que reconocí a uno de los recepcionistas, “es cambiar tu aspecto. De lo contrario, tendrás que trabajar para siempre en las calderas. Y ahora, ¡sonríe!”

Fruto del dolor

F

A Ascensión, Alberto, sus familiares

(especialmente sus hijos),

con todo el cariño de mi alma

I

No fue el llanto que rompe

después de la tragedia.

La noche ya lloraba crudamente,

se derramaba impotente

contra el empedrado

porque sabía lo inevitable.

 

La mañana,

como la marea de un mar ebrio

y abatido,

abandonó al margen

tres rosas que habían sido blancas.

Horas sonámbulas mediaban

entre el estruendo

y el crujir del unánime corazón

más de mil veces fulminado.

 

Nada cuesta imaginar el paseo,

las rosas en la mano,

el acecho chacal.

Nada cuesta recordar

el dolor que nunca se abrazó al olvido,

ni las noches abismales

donde se retuerce

sin descanso

el último instante de agonía.

 

Pero nadie puede ser quien esperaba,

al abrigo de sueños inocentes,

el regreso de unos padres

bruscamente ausentes.

 

Nadie puede recordar

todas las palabras de consuelo,

las caricias recibidas

y las ausentes,

las buenas noches

que faltaban al día siguiente.

 

Todos los años,

cuando llega esta tristeza,

me abate la certeza

de no poder servir de aliento,

haber sido feliz,

seguir viviendo.

Esos detalles,

esas breves satisfacciones

que nosotros malgastamos

y ellos ya no tienen.

 

II

Aquí os arrancaron

de las horas,

aquí os congelaron

para siempre

unos viles carroñeros

del infierno.

 

En esta calle apartada,

silenciosa,

en este fragmento

de muros y puertas y ventanas,

descansa vuestra memoria imperturbable.

 

Cuando las noches solitarias

os visitan,

¿no os cuentan

que os lloramos todavía,

que nadie os ha olvidado?

¿No os cuentan

que dos flores misteriosas

crecen al amparo de la sombra

en la esquina maldita

donde os perdimos de vista?

 

Desde los adoquines impasibles

os hago en las alturas,

fuera de aquí,

en un lugar

donde la miseria,

el odio,

la violencia,

el rencor y la locura

ya no os tocan ni os alcanzan.

 

 

Nota: Poemas publicados originalmente en la revista Margen Cero.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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