Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagmuerte

¡Contente!

¡

Sintió que se moría y contuvo la respiración para evitar irse del todo. Así, quedó entre la vida y la muerte: viendo y oyendo y sintiendo frío y calor, pero sin poder moverse, sin poder hablar. Vivía en la más completa soledad, nadie llamaba nunca a su puerta. Nadie encontraría jamás su cuerpo eternamente moribundo.

Ejecución

E

Presionando fuertemente sobre su cabeza, le indicó el procedimiento con frialdad:

—Los técnicos incrustan el cañón de la pistola en el cráneo para minimizar el recorrido de la bala. De esa forma, el sufrimiento es casi inexistente.

Antes de pasar a la cámara de ejecución, me permitieron despedirme de mi familia, a la que ya no volvería a ver. Toda mi vida (la futura, la que no iba a vivir ni a sentir) se dibujaba vertiginosamente en mi mente. Me quedarían unos minutos en esa sala blanca, aséptica, con esos extraños contemplando mi horrible final. Sentí que el mundo se me escapaba por los pies y traté de urdir algún plan de fuga, que resultó ser completamente inútil. La puerta estaba abierta y los técnicos me esperaban con la pistola cargada.

Abrupto

A

Pajarita

A gritos, tirando de tus manos y tus pies bruscamente, con lágrimas en los ojos, te dicen que está muerto, está muerto, ven con nosotros, está muerto, y te sacan corriendo de un dormitorio que no reconoces, pasas por corredores en penumbra donde hay gente comiendo ratas rebozadas, llegas a una casa vieja donde los otros apartan a un tumulto de plañideras, te conducen por un pasillo angosto y húmedo, te plantan en medio de un cuarto iluminado apenas por una velita y por fin ves al finado, blanco y tieso y ya ido, vestido con un esmoquin y una pajarita que tú nunca usarías, sin esa sonrisa que te caracteriza, sin esa sonrisa tierna y muda que ya se ha ido para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Cuerpo sin vida

C

Cuerpo

Donar mi cuerpo a la ciencia me parece una opción muy coherente. En primer lugar, puedo contribuir con el conocimiento colectivo y ayudar a salvar vidas en el futuro, lo cual es en sí una recompensa. En segundo lugar, supone un ahorro económico para mis allegados, sobre todo porque se me ocurren pocas maneras más absurdas de gastar dinero que en mi cuerpo sin vida. Por último, el hecho de que mi cuerpo no quede atado a un lugar concreto, ya sea en forma de tumba o de cenizas, permite que mis seres queridos me recuerden donde quieran y cuando quieran, sin ataduras, incluso que me reinventen si les apetece. No es ninguna forma de inmortalidad (al cabo de un par de generaciones acabas siendo irremisiblemente olvidado), pero sí es una hermosa manera de prolongar el ser, de seguir estando entre los que te han querido en vida.

Delicioso bocado

D

Pixelated Crumb - http://bit.ly/pcE93o
Pixelated Crumb – http://bit.ly/pcE93o

Un leve espasmo y la pierna extendida cogiendo más de su mitad de la cama indica inequívocamente que se ha dormido. Su larga melena ha capturado el aroma del exquisito pastel que ha preparado esta tarde. A él le cuesta un poco más coger el sueño, tiene demasiadas preocupaciones rondándole la cabeza. Las orejas le tiemblan en un gesto que es mitad nerviosismo, mitad cansancio. Se ha echado con hambre, pero ya era tarde para cenar. De un momento a otro está soñando. Se encuentra en una habitación donde todo es blanco y sólo hay una mesa, también blanca, en el centro. Sobre ella hay un pastel muy apetecible. Se acerca porque su olor lo inunda y lo embriaga. No hay cubiertos, así que decide morderlo a la vieja usanza. Al principio le cuesta dar el primer bocado, está muy duro. Pero cuando lo consigue, un cálido relleno se abre paso y riega el pastel y su agradecida lengua. Es un cálido relleno carmesí que se le antoja crema de frambuesa y que ya se derrama por toda la mesa, por el suelo, entre sus manos inquietas. Es un sabor delicioso que lo incita a seguir comiendo. A medida que va arrancando pedazos del pastel, éste parece hacerse más grande, al igual que su apetito. Sigue mordiendo, masticando, saboreando y tragando sin medida, y el pastel no se acaba. Nunca ha probado nada parecido. Se detiene a gozar de la jugosa textura y del aroma que deja una vez que pasa por el paladar. De pronto siente un ligero cosquilleo en la nariz y se despierta. Está mojado, pringoso. Enciende la luz y ve las sábanas blancas teñidas de carmesí, como sus manos y el suelo, a su novia en el centro de la cama, dormida para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El Alma Cálida

E

Forgotten - Abandoned Factory by *ThoRCX
Forgotten – Abandoned Factory by *ThoRCX (http://bit.ly/VwgtpH)

A Brian W. Aldiss

Siguiendo instrucciones que sólo él podía entender, pues se hallaban escritas en un gran cartel blanco, extrajo una pesada caja de vida del interior del Alma Cálida. Ahora sólo restaba introducir otra caja igual, que debía estar en la sala contigua.

Nunca se hablaba del Alma Cálida. Sólo se sabía de ella por la Leyenda Ancestral, que compilaba el saber pasado y futuro de toda su civilización y que pasaba de padres a hijos en forma de cuentos.

El día que el Inútil fue requerido por el Consejo Primordial, su madre se sintió tan orgullosa que no dejó de preparar comida en todo el día. El Inútil era el único habitante del mundo incapaz de hacer algo aprovechable. Todos los demás llevaban a cabo un oficio con más o menos habilidad. Él, en cambio, sólo sabía leer y escribir. Su aprendizaje era un misterio, porque cuando era interrogado al respecto, sonreía con simplicidad y terminaba por disuadir a sus interlocutores con una mirada fija e inexpresiva que podía durar horas.

Ya en el erudito salón donde lo habían citado, el Consejero Índice le habló en estos términos:

—Te hemos hecho venir para encomendarte una misión. Eres libre de aceptarla o declinarla, pero debes saber que la continuidad de nuestro mundo depende de su éxito.

—El Inútil había adoptado esa odiosa actitud de sordera intelectual que tanto irritaba a sus conciudadanos. Los ancianos esperaban una respuesta.

—La aceptaré —dijo de manera monocorde.

—No te hemos explicado en qué consiste —replicó uno de los ancianos, de ojos pequeños y mandíbula estrecha.

—Nunca he hecho nada útil —aclaró el muchacho—. Mi madre se alegrará.

—Bien —dijo el Consejero Índice—, no cabe más demora. Debes llegar hasta el Alma Cálida y reanimarla. Podemos indicarte el principio del camino, pero nadie ha llegado muy lejos, o al menos no ha vuelto. La Leyenda Ancestral dice que cuando estés ante ella, sabrás cómo actuar.

—¿Qué es el Alma Cálida? —preguntó el Inútil.

—Es el alma del mundo, lo que nos mantiene vivos —le explicó un anciano espigado—. Su calor ha durado innumerables generaciones, pero se está enfriando, lo cual nos condena inexorablemente.

Ahora estaba allí, en una sala oscura dominada por una cúpula, frente a la mítica Alma Cálida. Era enorme, cilíndrica y parecía de cristal, porque en su interior se veía una placa gris que se alzaba más o menos hasta la mitad de su altura. A lo largo de la superficie había numerosas rayas horizontales, unas más prolongadas que otras. Las más largas tenían números a su izquierda, que iban del cero al cincuenta. Siempre se la había imaginado como un ser vivo, pero a pesar de su simplicidad, entendió que sólo era un objeto inerte. Aunque le habría gustado ser recibido por sus amigos en una gran fiesta que celebrara su heroicidad, aunque el descenso de la placa gris no se detenía, aunque sobre sus hombros recaía toda la esperanza, la última esperanza, allí no había ninguna caja de vida que salvara a la enigmática Alma Cálida. Recordó las últimas palabras que había cambiado con los ancianos:

—Yo no tengo ninguna virtud. No sé trabajar ni usar las manos —protestó el Inútil.

—Tienes la única virtud que puede servir en este viaje —le respondió el Consejero Índice—: sabes leer y escribir. Se dice que sólo un lector puede reanimar el Alma Cálida.

La lectura ya no servía. Empezaba a hacer frío, así que el Inútil se arrinconó para escribir la prodigiosa historia de su mundo, los pasteles de su madre, la incisiva mirada del Consejero Índice y la paradójica frialdad del curioso artilugio que llamaban Alma Cálida, testigo ulterior de un sueño que todos debían dormir. Mientras tanto, la placa gris seguía decreciendo. Cuando llegó a la cifra más baja, a los cero grados centígrados, los papeles cayeron con suavidad y el indicador luminoso de un destartalado aparato, cuyas baterías se habían agotado, se apagó definitivamente. En el viejo almacén sólo quedaba una fría penumbra azul que ocultaba el polvo de las máquinas, de todos esos cementerios que alguna vez fueron universos llenos de vida.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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