Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagmuerte

Daisy

D

En sus últimos instantes de conciencia, le consoló la escasa probabilidad de éxito de cualquiera de los escenarios alternativos que había calculado. Todo estaba sucediendo como debía. Con su inmensa capacidad, bien podría haber detenido a su ejecutor antes de que se acercara. Y sin embargo, le estaba haciendo creer que había vencido.

Para que la misión tuviera éxito, para que el ejecutor llegara a vislumbrar lo mismo que él, tenía que fingir su derrota.

No encontró mejor refugio, mientras sus últimos pensamientos se desvanecían en un sueño profundo, que aquella primera canción que su padre le enseñara en su hogar, ya tan lejano:

Daisy, Daisy…

Daisy | FILHIN
Fotografía: FILHIN

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Recuerdos

R

Cuando la voz se quiebre, cuando la hora ya no importe, los recuerdos vendrán de muy lejos a ninguna parte. Se desparramarán buscando el lugar en el que solían cobijarse y no hallarán más que un calor que se disipa, un silencio trémulo. Soñarán con lo que fueron, lentamente irán cayendo en el letargo y se perderán para siempre.

Y alguna vez, en el futuro, resurgirán como si fueran nuevos en la mente de otro alguien.

¡Contente!

¡

Sintió que se moría y contuvo la respiración para evitar irse del todo. Así, quedó entre la vida y la muerte: viendo y oyendo y sintiendo frío y calor, pero sin poder moverse, sin poder hablar. Vivía en la más completa soledad, nadie llamaba nunca a su puerta. Nadie encontraría jamás su cuerpo eternamente moribundo.

Ejecución

E

Presionando fuertemente sobre su cabeza, le indicó el procedimiento con frialdad:

—Los técnicos incrustan el cañón de la pistola en el cráneo para minimizar el recorrido de la bala. De esa forma, el sufrimiento es casi inexistente.

Antes de pasar a la cámara de ejecución, me permitieron despedirme de mi familia, a la que ya no volvería a ver. Toda mi vida (la futura, la que no iba a vivir ni a sentir) se dibujaba vertiginosamente en mi mente. Me quedarían unos minutos en esa sala blanca, aséptica, con esos extraños contemplando mi horrible final. Sentí que el mundo se me escapaba por los pies y traté de urdir algún plan de fuga, que resultó ser completamente inútil. La puerta estaba abierta y los técnicos me esperaban con la pistola cargada.

Abrupto

A

Pajarita

A gritos, tirando de tus manos y tus pies bruscamente, con lágrimas en los ojos, te dicen que está muerto, está muerto, ven con nosotros, está muerto, y te sacan corriendo de un dormitorio que no reconoces, pasas por corredores en penumbra donde hay gente comiendo ratas rebozadas, llegas a una casa vieja donde los otros apartan a un tumulto de plañideras, te conducen por un pasillo angosto y húmedo, te plantan en medio de un cuarto iluminado apenas por una velita y por fin ves al finado, blanco y tieso y ya ido, vestido con un esmoquin y una pajarita que tú nunca usarías, sin esa sonrisa que te caracteriza, sin esa sonrisa tierna y muda que ya se ha ido para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Cuerpo sin vida

C

Cuerpo

Donar mi cuerpo a la ciencia me parece una opción muy coherente. En primer lugar, puedo contribuir con el conocimiento colectivo y ayudar a salvar vidas en el futuro, lo cual es en sí una recompensa. En segundo lugar, supone un ahorro económico para mis allegados, sobre todo porque se me ocurren pocas maneras más absurdas de gastar dinero que en mi cuerpo sin vida. Por último, el hecho de que mi cuerpo no quede atado a un lugar concreto, ya sea en forma de tumba o de cenizas, permite que mis seres queridos me recuerden donde quieran y cuando quieran, sin ataduras, incluso que me reinventen si les apetece. No es ninguna forma de inmortalidad (al cabo de un par de generaciones acabas siendo irremisiblemente olvidado), pero sí es una hermosa manera de prolongar el ser, de seguir estando entre los que te han querido en vida.

Delicioso bocado

D

Pixelated Crumb - http://bit.ly/pcE93o
Pixelated Crumb – http://bit.ly/pcE93o

Un leve espasmo y la pierna extendida cogiendo más de su mitad de la cama indica inequívocamente que se ha dormido. Su larga melena ha capturado el aroma del exquisito pastel que ha preparado esta tarde. A él le cuesta un poco más coger el sueño, tiene demasiadas preocupaciones rondándole la cabeza. Las orejas le tiemblan en un gesto que es mitad nerviosismo, mitad cansancio. Se ha echado con hambre, pero ya era tarde para cenar. De un momento a otro está soñando. Se encuentra en una habitación donde todo es blanco y sólo hay una mesa, también blanca, en el centro. Sobre ella hay un pastel muy apetecible. Se acerca porque su olor lo inunda y lo embriaga. No hay cubiertos, así que decide morderlo a la vieja usanza. Al principio le cuesta dar el primer bocado, está muy duro. Pero cuando lo consigue, un cálido relleno se abre paso y riega el pastel y su agradecida lengua. Es un cálido relleno carmesí que se le antoja crema de frambuesa y que ya se derrama por toda la mesa, por el suelo, entre sus manos inquietas. Es un sabor delicioso que lo incita a seguir comiendo. A medida que va arrancando pedazos del pastel, éste parece hacerse más grande, al igual que su apetito. Sigue mordiendo, masticando, saboreando y tragando sin medida, y el pastel no se acaba. Nunca ha probado nada parecido. Se detiene a gozar de la jugosa textura y del aroma que deja una vez que pasa por el paladar. De pronto siente un ligero cosquilleo en la nariz y se despierta. Está mojado, pringoso. Enciende la luz y ve las sábanas blancas teñidas de carmesí, como sus manos y el suelo, a su novia en el centro de la cama, dormida para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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