Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagbreve

Reality show

R
Reality show | emartos.es

A Delicia Trolera y Motarrd 3 por inspirarme este relato justo aquí.

Cycle, Sabrina Claudio

Te despiertas desorientada. Has tenido sueños inexplicables y pegajosos. Lo último que recuerdas es un fuerte dolor en el abdomen. Una fuerte luz te ciega mientras los murmullos apagados se van haciendo más audibles. Escuchas palabras sueltas. «Operación», «cicatriz», «analgésico», «hay prisa». Poco a poco, vas reconociendo la cocina de tu casa. Intentas moverte sin éxito, como si tus brazos y tus piernas no te pertenecieran. Figuras difusas se mueven de un lado para otro.
—¡Se ha despertado! ¡Dale más caña, corre!— exclama una voz de anciana.
Te ponen una mascarilla que apesta a grifa y te duermes. Cuando vuelves a despertar, sientes un dolor aún más fuerte en el estómago. Tienes la boca seca. Quieres beber, pero parece que no hay nadie más en la habitación. Intentas gritar. Solo te sale un murmullito como de gato. Clavado en la tabla de cocina, un enorme cuchillo ensangrentado.
—Es una hoja de Damasco de 250 capas con empuñadura de cocina —dice una voz masculina—. Lo forjé yo mismo y parece que te ha salvado la vida.
—¿Ya está consciente? —pregunta la voz de la anciana— La fabada está calentita. Vamos a darle un poco.
«¿Pero qué coño?», piensas. No eres capaz de articular ninguna palabra con sentido. La baba te cae por el labio. El dolor del estómago se agudiza y se empieza a repartir por todo el cuerpo. Tienes mucho calor. El tipo que hablaba del cuchillo (aunque borroso, ahora lo ves) te levanta la cabeza y te acerca una cuchara con fabada. La anciana se acerca y te abre la boca con una mano.
—Venga, come, come, que hay prisa —dice, muy nerviosa.
Va vestida como la anciana del anuncio de Fabada Asturiana. De hecho, estás por jurar que es ella. El tipo que te sostiene la cabeza te resulta familiar. Viste un chaleco gris y tiene un bigote cano muy peculiar. En la puerta, haciendo muecas, crees ver a Carlos Sobera. Mira el reloj y se impacienta.
—Oye, por aquí está saliendo sangre —comenta la anciana—. Yo he repasado bien la costura.
—A ver, a ver —dice una voz chillona de hombre—, esto es una chapuza. Como me sigáis cosiendo así, no vais a durar mucho en este taller.
No puedes creerlo. ¡Es Lorenzo Caprile!
—Yo he seccionado la carne limpiamente —dice el tipo del bigote—. Mi cuchillo, sin duda, corta.
—Dale otro chute y probamos —dice Sobera con desidia.
Intentas apartar la cabeza, pero te la sujetan y vuelven a dormirte a base de porros.
Una vez más, despiertas sin estar segura si has estado soñando. Ahí están todos, mirándote con un gesto compungido.
—Lo hemos intentado todo —dice Sobera—, pero no vas a poder superarlo. Los aspirantes se han dejado la piel, pero estás hecha un desastre y así no te puedes llevar el premio.
Te duele cada poro de la piel. Estás hinchada y sudorosa, y la respiración es intermitente y nerviosa. Sientes que te estás yendo.
—Hemos puesto todo nuestro empeño en conectar contigo —dice Paulina Rubio—, pero hoy no ha sido tu día. Esto es La Voz y apenas has murmurado. Te animamos a intentarlo otro día… si no te mueres sobre la isla de la cocina.
—¡Esto no es La Voz, es Forjado a Fuego! —replica el tipo del bigote.
—¡Y un jamón! —dice Caprile.
—¡Venga, venga, tapadla, que hay prisa! —apremia la anciana de la fabada mientras te tapa con una sábana.
La respiración se va quedando entre tu cara y la sábana. Los gritos se van apagando. De un golpe, alguien te tira de la isla y te quedas con la boca pegada al suelo, en un imponente charco de sangre. Respiras dos o tres veces más.

Milonga con variaciones

M
https://bit.ly/2SWJKmN
A Rafa Chacón, alma de tango
El pibe llegó a Buenos Aires en una fecha incierta. Vino con ganas de quemarlo todo, de matarse a tangos y a milongas y aprender de los mejores. Fijate que a poco de llegar, ya casi se le había ido el acento. Y eso que tenía una voz que parecía un pozo solitario. Bailaba como solo bailan los genios y los locos, de una manera tan personal que pareciera que el quejido del tango se le hubiera incrustado en el alma. Ahora no hay quien dé con él. Es como si se hubiera vuelto a España de la noche a la mañana, sin decirle a nadie. Y sin embargo, ayer lo vieron bailando en lo de Viola, en el Canning. Para cuando puse el pie, ya no quedaba ni su sombra. ¿Y ese gallego que vino preguntando por él? Iba diciendo que no regresó al laburo, que lo dieron por desaparecido, no sé qué del consulado y que se vino acá a buscarlo. Suerte, le dijo con sorna un viejo en lo de Andretti. Que era amigo de la infancia y no se podía creer que lo hubiera dejado todo atrás. Cosas más raras se han visto. Y luego está lo que se rumoreaba en lo de Arribas. Que el pibe se había convertido en tango y ya solo rondaba las salas. ¡Como si estuviera atrapado en la música, loco!

La croqueta mística

L

La croqueta mística | emartos.es

A Bella Indómita, por descubrirme el Día Internacional de la Croqueta

Dontcha, The Internet

¿No te pasa algunas veces que empiezas a escuchar una canción conocida y crees que está en una escala (tu cerebro cree que está en una escala) inferior o superior y te suena disonante pero poco a poco vas llegando, como en esos largos orgasmos lentos, y al ubicarte donde deberías haber estado desde el principio, sientes un placer suspendido en la nada? A mí me salta ese resorte con la música y con las croquetas. No me mires con esa cara de asombro. Las croquetas son (más…)

Violencia animal

V

Violencia animal | emartos.es

—¡Ciertos dichos populares ejercen violencia contra los animales! —dijo el animalista, muy excitado.
—No tienes que preocuparte por los animales —le respondió el tipo de la chamarra amarilla, mientras se hurgaba en el bolsillo.
—¿Ah, no? ¿Y por qué?
—Pues porque voy a matar dos pájaros de un tiro.
Y diciendo esto, sacó una pistola y le pegó un tiro entre ceja y ceja.

Atrapado

A

Trapped | Timo Waltari
Trapped | Timo Waltari

A José Tena, por inspirarme este relato
Una serie de circunstancias encadenadas me acaba llevando a una parada de metro muy alejada de la estación de tren. Es 30 de diciembre y tengo que regresar a Córdoba desde Madrid. Me bajo solo. Camino hasta la salida y la encuentro cerrada con un candado. Intento localizar otra puerta. También cerrada. El plano de metro no me ofrece muchas más alternativas. No hay personal del metro y todas las garitas están apagadas. Grito, al principio con timidez, a la tercera con garra. Nadie responde. De pronto, las luces se apagan y me quedo a oscuras mientras subía una escalera. Por poco me mato del susto. Ya en el piso superior, intento llamar a emergencias para que me ayuden. Sin cobertura. En medio de mi creciente desesperación, busco algo con lo que partir el candado. Oigo un chirrido, y justo después, un desplomarse de cajas o algo parecido. Ha sido cerca. Doy una voz por si es algún empleado rezagado. Me responde un gruñido y un golpeteo que se asemeja (más…)

Knockout

K

Knockout | emartos.es

Un tipo fornido viene corriendo de frente. Cuando va llegando a tu altura, le sueltas un gancho en la mandíbula que lo manda al suelo. La gente grita y pregunta por qué, te gritan salvaje y asesino porque el tipo no se mueve, y mientras va cerrando los ojos y tu desesperación crece, notas que él está alcanzando la paz porque en su carrera huía de algo a lo que no se le puede dar esquinazo.

El dilema del tren

E

Mientras caminas por el desierto, divisas una vía de ferrocarril. Hay un cambio de agujas. Es un tremendo golpe de suerte porque las vías te llevarán a una estación. A medida que vas llegando, distingues algunos bultos en las vías. Ya más de cerca, compruebas con horror que hay personas amordazadas y atadas a las vías. En la más próxima hay un hombre. En la otra, cinco personas. Antes de que puedas reaccionar, oyes el sonido de un tren que se aproxima. Entiendes que no tendrías tiempo de desatar a nadie, y tu única opción pasa por decidir si mueren cinco personas o una. Todos son adultos. Todos son desconocidos. Tu razonamiento es simple: salvar a cinco es mejor que salvar a uno. Accionas la palanca y dejas de mirar al tipo que te suplica con la mirada. El tren lo hace papilla con un sonido que no olvidarás. Cuando termina de pasar, las otras cinco personas ya no están en la vía, sino frente a ti, al otro lado, sonriendo. Despiertas. Hay una persona accionando el cambio de agujas para que el tren salve, una vez más, a cinco asesinos.

El láser

E

Siempre quise convertirme en el láser que me apuntaba desde la casa de enfrente. Allí no vivía nadie no se sabe desde cuándo. Y la luz sería (aunque nunca me atreví a comprobarlo) del contador de la luz. Pero a mis ocho años, para mí era un misterio y un motivo de terror. De noche, el láser apuntaba justo a la cerradura de mi casa, como si quisiera colarse y vernos dormir. Alguna vez, tras despertar de una pesadilla, habría jurado que estaba iluminando mi cuarto. Nunca se lo conté a nadie. Ni a mis padres, ni a mis primos, ni a Manolito, mi mejor amigo. Por eso, cuando vuelvo a la vieja casa de mis padres en verano, nunca termino de entender por qué me veo a mí mismo, durante una fracción de segundo, desde el punto exacto en que el láser observa, silencioso, desde siempre.

Parestesia

P

A Driss, porque se lo había escrito antes de que la sufriera

Otras veces me he despertado con un brazo tan dormido que creí haberlo perdido. Hay gente a la que le ha pasado, o eso dicen. Se te queda un brazo o una pierna dormida mucho tiempo, y te la tienen que amputar por falta de riego sanguíneo. Una vez incluso fueron los dos brazos. Me despertó el timbre, me levanté corriendo para abrir, y me di un trompazo contra la puerta porque los brazos no me respondieron. Lo de hoy es distinto. Llevo un rato intentando moverlos y parecen dos colgajos. Incluso me he hecho una herida al morderme la mano para comprobar si siento algo. Como sangro, deduzco que no están muertos del todo. Tengo que ir al hospital, pero no puedo abrir la puerta. Llamaré a Lucrecia para que me ayude. Con un esfuerzo sobrehumano, desbloqueo el móvil, que por suerte estaba en la mesa del salón, usando la lengua y la nariz. Debo tener cuidado de no empaparlo con la saliva. Buscar un contacto en estas circunstancias es una tarea propia de Hércules. Por fin, llamando a Lucrecia. Un tono. Dos tonos. Tres. Cinco. Se corta la llamada. Siento que la pierna izquierda empieza a fallarme. Me golpeo la barbilla contra la mesa, pero consigo no seguir cayendo. Despacio y con mucho cuidado, voy reptando con la pierna derecha y el cuello hasta alcanzar, a falta de un verbo más preciso, el móvil. Vuelvo a llamar. Un tono. Dos. Lucrecia contesta. Le cuento. Se ríe, ajena al peligro que estoy corriendo. Viene enseguida. Cuelga. Me desplomo. La pierna derecha me ha fallado también. Intento gritar pero la voz no me sale. Empiezo a temer que se me paren los pulmones o el corazón. La espera se hace insoportable, entre otras cosas porque desde mi posición solo veo la parte de abajo de la mesa, que por cierto necesita limpieza, y el techo tan blanco y tan aburrido. Pasa tanto tiempo que acabo escuchando el tic tac de mi reloj de pulsera. Oigo la puerta. Es Lucrecia, ya se va a resolver todo. Viene con Juanjo. Se me quedan mirando con cara de preocupación. Se miran entre ellos y sueltan una carcajada. Juanjo dice que parezco una tortuga que no se puede voltear. ¿Por qué coño no llaman a una ambulancia? Lucrecia sugiere eso mismo, pero antes vamos a hacernos unos selfies con él. Tiene pulso, así que hay tiempo, dice Juanjo mientras me presiona el cuello. Entre los dos, me suben al sofá y se sienta cada uno a un lado. Se hacen fotos poniendo caras. De pronto, Juanjo se da la vuelta y hace un calvo. ¡Mira, mira, hazle un vídeo, que parpadea! ¡Qué arte tiene!, suelta Juanjo entre risas. Entra una llamada en el móvil de Lucrecia. La escucho decir algo de unas entradas, y Juanjo que vamos para allá, que casi ha empezado. Se levantan bruscamente y al caer, me doy un bocazo en el suelo. Veo sus pies salir corriendo por la puerta, y lo último que siento es el portazo con el que me dejan atrás.

No hay lugar donde esconderte

N

Preludio: La tesis original

Tesis Pedro Sánchez | emartos.es

En alguna carpeta perdida de un disco duro que está cogiendo polvo, descansa la única copia digital de una tesis doctoral. O mejor dicho, de la tesis doctoral. Una que ha adquirido más importancia que las de Marie Curie o Einstein. Es tu tesis. La que te hizo doctor. La que ahora te puede arrojar del Paraíso donde todos te admiran al fango de los mortales. La abres con un triple clic, por los nervios. La revisas con una fuerte presión en el estómago y en el pecho. Deberías estar orgulloso de ella y ahora, sin embargo, estás sopesando borrarla. Si la conservas, podría filtrarse. (más…)

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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