El auténtico regalo de Papá No Noel

Cuento escrito por Julio Martos Barea, que a sus diez años, tiene una imaginación prodigiosa.

 

Érase una vez, en las nubes, un anciano, pero no uno cualquiera, era un generoso y prodigioso “repartidor” de regalos llamado Papá Noel, que era amigo de los tres Reyes Magos. Tenía un adversario, por así decirlo, un villano que odiaba la Navidad y no quería recibir regalos. Se llamaba Papá No Noel. Como todas las Navidades, Papá Noel salió a repartir los regalos. Señaló con el brazo y dijo:

—Ahí es donde está nuestro destino, queridos renos.

Era una noche de invierno fría y hacía mucho viento, tanto que el magnífico trineo de Papá Noel se rompió cuando iba a velocidad hipersónica. Disgustado, tuvo que “volar” por el suelo. Se dio cuenta de que esos trineos no tenían una gran confiabilidad. Para colmo, ya ni siquiera lo podía devolver a la tienda donde lo compró. Papá Noel había recibido un golpe en el aterrizaje forzoso sobre el hielo. Le dolía el abdomen y estaba muy, pero que muy incómodo y no tenía muy buen humor. En cambio, los renos estaban bien. Él ya no era tan joven como en su trigésimo tercer cumplesiglos. Buscó refugio para ver si había perdido algún regalo. Cuando vio que todo estaba en su sitio, metió los regalos (puzles, sonajeros, patines, yo-yos, naves extraterrestres…) en cajas, las colocó en los restos del trineo y siguió su camino.

Mientras caminaba sin medio de transporte, empezó a cojear y se le cayó una bicicleta amarilla del saco. Tuvo que pararse a recogerla. Si no fuera porque tenía que entregarla como nueva, la usaría para repartir los regalos. ¡Con lo bien que estaría ahora comiéndose un pavo, jugando al ajedrez o leyendo una novela de xenomorfos de esas que tanto le gustaban!

Aunque iba más lento, ya casi había conseguido repartir todos los regalos. Solo le quedaba una ciudad, Sevilla, su ciudad preferida de toda la geografía.

Después de un largo trayecto, Papá Noel cogió un álbum de fotos y dijo:

—¡¡¡Este era yo!!!

Salía en muchas fotos y en una de ellas estaba mezclando huevos, azúcar, vainilla, harina, leche, en fin… Había muchas fotos. Esos recuerdos le produjeron mucha felicidad. Su deber era hacer feliz a la gente, así que guardó el álbum y siguió caminando.

Tuvo tanto frío que se puso una bufanda. Le quedaba pequeña, pero algo es algo. Ya solo faltaba dar un regalo a una persona. Una a la que nunca le habían regalado nada y que a Papá Noel le vino a la mente mientras estaba en Sevilla. Su objetivo era entregar ese regalo antes del alba. Esa persona era Papá No Noel. Vivía en un búnker subterráneo donde practicaba biología, sobre todo con animales omnívoros evolucionados gracias a una inyección que había inventado él. Papá Noel buscó en su mapa y fue hacia allí. Cuando llegó, del búnker salió un coche conducido por Papá No Noel. Entonces, Papá Noel se montó en un reno y lo persiguió por las calles de Sevilla para darle su regalo. Papá No Noel se puso nervioso y se estrelló contra una roca cerca de un acantilado. Se bajó del coche y dijo:

—Déjame tranquilo, yo ya tengo lo que quiero.

Papá Noel dijo entonces:

—Pero yo tengo que darte tu regalo para que seas feliz.

—Yo ya era feliz en mi casa —dijo Papá No Noel—. Yo ya era feliz en mi casa recordando aquellos buenos momentos de la Navidad.

—Pero sería mejor estar con alguien, ¿no crees? —dijo Papá Noel.

—No, no me parece bien. Esa persona no tiene los mismos gustos que yo. Lo sé por experiencia —dijo Papá No Noel.

De repente, el coche de Papá No Noel explotó y él cayó por el acantilado. Papá Noel lo dio por muerto. Aquel día, Papá Noel comprendió que lo que quería Papá No Noel era estar solo y que al haberse ido para siempre seria mas feliz.

 

 

Foto de Daniel Reche en Pexels

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