Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaReflejos de Oniris

El río prodigioso

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Estoy cruzando un puente. Uno que no existe, creo, o que aún no se ha construido, o que se derribó hace mucho tiempo. A mi derecha está la Torre del Oro, algo lejos. Es de noche. Instintivamente miro hacia la oscuridad líquida del Guadalquivir como si supiera que voy a ver algo. Y así es.

Veo formas enormes moviéndose bajo la superficie del agua. Son muchas y son blancas. Nadan a gran velocidad. Con gran emoción acierto a ver un grupo de delfines. Algo después, varios cachalotes seguidos de una ballena azul. Nadan río arriba, como si escaparan del mar. En un islote que nunca ha estado ahí, un elefante africano juega o lucha con un león, y los ilumina una luz dorada que viene de todas partes pero sólo incide en ellos.

Entonces mis sentidos despiertan, pero yo sigo allí, en medio del prodigio.

Zumbido

Z
Cosmos
Estábamos en el pasillo y escuchamos una pelotita rebotando tras la puerta del dormitorio, en el que no había nadie. Cuando entramos, vimos una pelotita naranja de ping pong rebotando de una pared a otra, en una trayectoria rectilínea perfecta, sin que ninguna fuerza la estuviera impulsando en apariencia. La pared estaba llena de objetos que se habían quedado pegados. Había una katana, un vaso de plástico, una lámpara y muchas otras cosas. Agarré la katana con las dos manos y la separé de la pared con un leve esfuerzo, como cuando uno separa un par de imanes. Volví a colocarla en la pared y siguió ahí pegada, perpendicular a la pared.
En ese momento nos dimos cuenta de que había un zumbido que lo envolvía todo. Era un sonido ascendente, como una escala de Shepard que parecía insinuar una grieta hacia el infinito más atroz. Por instinto apagué la luz y el sonido, el magnetismo arbitrario y la pelotita que rebotaba cesaron de golpe.

Ejecución

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Presionando fuertemente sobre su cabeza, le indicó el procedimiento con frialdad:

—Los técnicos incrustan el cañón de la pistola en el cráneo para minimizar el recorrido de la bala. De esa forma, el sufrimiento es casi inexistente.

Antes de pasar a la cámara de ejecución, me permitieron despedirme de mi familia, a la que ya no volvería a ver. Toda mi vida (la futura, la que no iba a vivir ni a sentir) se dibujaba vertiginosamente en mi mente. Me quedarían unos minutos en esa sala blanca, aséptica, con esos extraños contemplando mi horrible final. Sentí que el mundo se me escapaba por los pies y traté de urdir algún plan de fuga, que resultó ser completamente inútil. La puerta estaba abierta y los técnicos me esperaban con la pistola cargada.

Abrupto

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Pajarita

A gritos, tirando de tus manos y tus pies bruscamente, con lágrimas en los ojos, te dicen que está muerto, está muerto, ven con nosotros, está muerto, y te sacan corriendo de un dormitorio que no reconoces, pasas por corredores en penumbra donde hay gente comiendo ratas rebozadas, llegas a una casa vieja donde los otros apartan a un tumulto de plañideras, te conducen por un pasillo angosto y húmedo, te plantan en medio de un cuarto iluminado apenas por una velita y por fin ves al finado, blanco y tieso y ya ido, vestido con un esmoquin y una pajarita que tú nunca usarías, sin esa sonrisa que te caracteriza, sin esa sonrisa tierna y muda que ya se ha ido para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Los clones

L

Los clones

Cada cierto tiempo, un clon de su hijo pequeño surgía de pronto. A veces aparecía en una habitación, otras en medio de la noche. En ocasiones llamaba a la puerta. Su edad variaba levemente de la del original, a quien marcó tras la primera visita inesperada. Alguna vez se había preguntado qué hacer con ellos. Una sombra atravesaba su pensamiento, pero la desechaba con repugnancia. Cuando los miraba jugar, veía a sus hijos. Todos eran su hijo.

Nómadas

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Mientras todos duermen - Eduardo Martos
Mientras todos duermen – Eduardo Martos

Los telediarios seguían comentando las mismas noticias de siempre en un tono de grotesca normalidad, pero nosotros caminábamos como nómadas entre casas súbitamente abandonadas, por calles desoladas y envejecidas por la soledad. Nos organizábamos sobre la marcha y regresábamos a veces a nuestros antiguos hogares para traer comida y ropa limpia. Nunca nos quedábamos mucho tiempo en una misma casa, y sólo escogíamos las que todavía tenían agua corriente. Mis padres se resistían a irse. Pensaban que era algo pasajero, que los telediarios tenían razón. Dormíamos hacinados en una o dos habitaciones para protegernos unos a otros, y nos salían hongos en los pies por la humedad de los baños comunes. Sin darnos cuenta, llegó el día en que debíamos dar el salto a un lugar mucho más lejano, dormir al raso durante semanas y comer lo que torpemente encontráramos o cazáramos. Dudé y volví a casa de mis padres, que ya no estaban. Cuando intenté alcanzar al grupo, sólo quedaban calcetines rotos y alguna cantimplora. En ese momento estarían lejos, en alguna parte incierta, y estaba anocheciendo.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Delicioso bocado

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Pixelated Crumb - http://bit.ly/pcE93o
Pixelated Crumb – http://bit.ly/pcE93o

Un leve espasmo y la pierna extendida cogiendo más de su mitad de la cama indica inequívocamente que se ha dormido. Su larga melena ha capturado el aroma del exquisito pastel que ha preparado esta tarde. A él le cuesta un poco más coger el sueño, tiene demasiadas preocupaciones rondándole la cabeza. Las orejas le tiemblan en un gesto que es mitad nerviosismo, mitad cansancio. Se ha echado con hambre, pero ya era tarde para cenar. De un momento a otro está soñando. Se encuentra en una habitación donde todo es blanco y sólo hay una mesa, también blanca, en el centro. Sobre ella hay un pastel muy apetecible. Se acerca porque su olor lo inunda y lo embriaga. No hay cubiertos, así que decide morderlo a la vieja usanza. Al principio le cuesta dar el primer bocado, está muy duro. Pero cuando lo consigue, un cálido relleno se abre paso y riega el pastel y su agradecida lengua. Es un cálido relleno carmesí que se le antoja crema de frambuesa y que ya se derrama por toda la mesa, por el suelo, entre sus manos inquietas. Es un sabor delicioso que lo incita a seguir comiendo. A medida que va arrancando pedazos del pastel, éste parece hacerse más grande, al igual que su apetito. Sigue mordiendo, masticando, saboreando y tragando sin medida, y el pastel no se acaba. Nunca ha probado nada parecido. Se detiene a gozar de la jugosa textura y del aroma que deja una vez que pasa por el paladar. De pronto siente un ligero cosquilleo en la nariz y se despierta. Está mojado, pringoso. Enciende la luz y ve las sábanas blancas teñidas de carmesí, como sus manos y el suelo, a su novia en el centro de la cama, dormida para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El desierto que ruge

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Desierto del Sahara - Aitor López de Audikana
Desierto del Sahara – Aitor López de Audikana (http://bit.ly/Xwwptb)

A Rocío, por este sueño

Llegué a la Meca tras viajes noctámbulos por rutas de contrabando. Semanas atrás había sentido la llamada de la Media Luna. Fatigué amplios mares en navíos quejumbrosos, me estremeció el pavor hacia el océano infinito y vivo, y una noche sin luna creí escuchar, a lo lejos, el nítido canto de una sirena. Una mañana que anticipaba un sol despiadado, el mapa me reveló la ubicación de mi destino. Inexplicablemente todo era desierto. El agotamiento me arrastraba por la arena cálida y seca. Temí haberme desviado y estar en ninguna parte. Entonces lo escuché. Era un profundo sonido, como el de un eterno gong atenuado, como la voz del Averno, que emanaba de todas partes. Su profundidad, su gravedad atroz, me aterraron porque me supe incapaz de soportar, en aquella soledad, el peso de su significado espantoso. Entendí que permanecer equivaldría al caos y a la locura.

Sin transición estaba en un hotel. Trabajosamente intentaba hablar en inglés con la recepcionista.

—Usted es de España —me indicó. Su tono y su mirada tenían algo de reproche.

—Así es.

Era un hotel de Cádiz. Bruscamente me invadió la sospecha de que había llegado atravesando a nado el Estrecho de Gibraltar. La recepcionista me preguntó por mi domicilio. Imposible recordarlo. En ese punto tan sólo quedaba el sonido del gong, del desierto que ruge.

El Autodeterminado Método

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Mi cuñado es un inútil. Le habían roto la moto a su novia y no era capaz de defenderla. Casi le pidió disculpas al imbécil que había destrozado el cristal. El caso es que había que llevar la moto a arreglar, y como siempre le tocó al abuelo. Fuimos con él mi hermana pequeña y yo.

Era una tienda del centro, una de esas pequeñas tiendas que están ahí desde siempre, que huelen a antiguo y cuyo dueño parece saberlo todo de casi todo. Parecía cualquier cosa menos una cristalería, incluso una tienda de antigüedades. El mostrador estaba al fondo, iluminado por una tenue lamparita de luz cálida. A la derecha conforme se entraba por el estrecho pasillo, una escalera que conducía al segundo piso. Casi todo era de madera; nada del metal de los modernos.

El dueño nos atendió con amabilidad. Mi hermana lo miraba con los ojos muy abiertos. El abuelo le explicó lo del cristal de la moto, y el dueño, que sería de su misma edad, sonrió y dijo algo de los jóvenes, uno de esos comentarios que sólo resultan graciosos a los viejos, porque mi abuelo asintió sonriendo.

—La reparación —dijo— será muy sencilla.

El abuelo y yo nos extrañamos porque no había visto la moto. Pareció darse y cuenta y añadió que no importaba el modelo, todas las reparaciones eran la misma. Mientras hablaba, sacó un libro de la estantería que tenía detrás, un libro pequeño y polvoriento titulado Métodos. Se puso unas gafas de leer y lo abrió por una página que parecía conocer bien.

—El autodeterminado método —dijo—. Un antiguo sistema ideado por matemáticos de la Antigüedad capaz de resolver cualquier problema.

Nos miramos sorprendidos. Mi hermana seguía con los ojos fijos en el cristalero, que acababa de sacar una regla y un montón de palillos de madera. Mi asombro aumentó cuando empezó a colocar los palillos como si de un juego se tratase. Llevábamos un rato mirándolo, y ya empezaba a pensar que al hombre le faltaba una tuerca cuando, de pronto, tiró de dos palillos colocados en los extremos, y el resto dibujó el contorno exacto del cristal de la moto. A mi hermana le pareció magia. Yo no sabía qué pensar. Entonces el cristalero nos indicó que debíamos ayudarlo. Mi abuelo se mostró dispuesto y empezó a colocar palillos con él. Mi hermana y yo no participamos en ese extraño ritual. A los pocos minutos, la expresión de mi abuelo había cambiado notablemente. Parecía no estar viendo los palillos ni la tienda ni a nosotros, sino otra cosa.

El cristal de la moto empezó a surgir de la nada, justo entre los palillos. Mi abuelo se había detenido pero seguía fijo en los palillos. El cristalero dijo que tenía que subir a por algo. Entonces mi abuelo dio un suspiro y dijo, mirando al infinito, que había entendido el autodeterminado método. Al instante siguiente salió corriendo hacia la calle. Traté de seguirlo pero, cuando crucé la puerta, ya no estaba, parecía haberse perdido entre la gente que cruzaba hacia las dos enormes alas de la biblioteca del Sur. Subí a toda prisa para avisar al cristalero. En el segundo piso encontré libros, muchos libros de matemáticas y extraños sistemas, pero a ningún cristalero y ninguna salida posible.

A mi hermana le contamos alguna historia de niños que la ayudó a superar la pérdida del abuelo. Al fin y al cabo era muy pequeña. A mí nadie me explicó nada. Nadie me dijo por qué sobre la mesa de la cristalería sólo estaba la visera de la moto. Sólo eso y ningún libro de métodos antiguos.

 

Relato incluido en Lapso.

El manual de aprendiz

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Dicen que ella pudo coger el libro de una de las dos salas de la Biblioteca del Sur al azar. Y que en ese libro sólo hubiera lecciones de álgebra.

Pero los hechos son mucho más complejos. Porque durante meses visitó la misma estantería y leyó el mismo libro. Ella, una persona cualquiera, una solitaria oficinista sin aparente interés por las matemáticas.

Un día de sol, de pronto, dejó de ir a la biblioteca. Todo se supo gracias al eficaz registro de préstamos: faltaba un desconocido tomo único, el libro de Métodos, que ya nunca se pudo recuperar porque su puerta no volvió a responder a las llamadas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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