Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Consultoría

C
A todos los consultores que han trabajado en empresas de mierda

Office at night

Tiene que presentar una importantísima oferta comercial y el plazo vence hoy. No, no es importante: es vital. Si no lo hace a tiempo, es más que probable que no conserve su empleo. Unos y otros asuntos de proyectos paralelos, de urgencias de última hora y de encargos de jefes de otros departamentos, le han impedido terminar la propuesta con más holgura. Sabe que hoy le tocará cerrar la oficina, así que intenta no sentir la urgencia de los compañeros que salen pitando para evitar el atasco de última hora. Bendita consultoría, piensa mientras sonríe con resignación. Necesita concentrarse, poner la mente en blanco y escribir los cuatro o cinco párrafos cruciales, la tabla comparativa y el capítulo económico. Algo difícil de conseguir cuando su jefe no para de ponerse a su espalda con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la corbata casi rozando su espalda, sin preguntar pero inquiriendo con vehemencia. Mientras la oficina se va quedando hueca y silenciosa, ensaya algunas fórmulas eficaces, y a qué negarlo, repetidas. Antes de marcharse, su jefe le dedica una mirada que contiene una amenaza y la verbaliza sin reparos. “O la presentas a tiempo, o te vas a la puta calle. Y si no ganamos, ya veremos.” Portazo, y al fin, todo en calma. Un entorno manejable, controlado salvo por algún teléfono despistado que sonará en algún momento de la tarde. Ahora puede empezar a soltar todas esas frases que se habían quedado a medias por el jaleo y los nervios. Coloca las manos sobre el teclado y mira hacia arriba, buscando la inspiración. Pero las frases no están. Se han ido corriendo con todos los demás. Retrocede hasta la primera página para ponerse en contexto y recordar, una técnica que le ha venido funcionando razonablemente bien. Y sí, se pone en contexto, recuerda lo que hay que completar, pero no le consigue dar forma. Mira el reloj para controlar el tiempo que le queda y empieza a sentir la presión. Sabe que tiene tiempo, pero no le sobra. Decide poner a un lado la literatura y atacar los números, que se dejan hacer mejor. Necesita un documento con anotaciones que estaba en su mesa. Un documento que estaba, porque ahora no lo encuentra. Intenta localizarlo en su buzón de correo electrónico. El documento parece haberse esfumado con las frases, sus compañeros y la inspiración. Sin esas anotaciones, no hay propuesta que valga. Llama a su jefe sabiendo que se va a llevar una bronca. Salta el buzón de voz. Le envía un mensaje. Vuelve a las frases y se apoya en propuestas anteriores. Más o menos encuentra los puntos que tiene que expresar, aunque no sean exactos. Empieza a escribir y se equivoca. Donde quisiera haber escrito evolución, sale evlocluión. Es normal, la prisa arruina la más rigurosa mecanografía. Borra. Vuelve a escribirlo. Evlocluión de nuevo. Borra y respira hondo. Teclea más despacio, esta vez mirando las teclas. Evlocluión aparece como una broma pesada. Borra y escribe de nuevo evlocluión. Su grito parte en dos la calma de la oficina con la luz solar ya casi ausente. Opta por un sinónimo. Desallorro en lugar de desarrollo. Se ríe a carcajadas. Borra. Escribe. Desallorro con el cursor detrás, parpadeando como una burla. Coge un papel y lo escribe bien. Prueba a escribir evolución y surge con normalidad. Vuelve a teclear, con mucho cuidado, evlocluión y desallorro. Se levanta y va al baño para refrescarse. Bebe agua directamente del grifo y aprovecha para llamar a su jefe otra vez, que sigue teniendo el buzón de voz y no responde a los mensajes. El reloj no le deja casi ningún margen. Su empleo depende de esta propuesta en la que todo sale mal. Hace calor o lo tiene. Se quita el jersey. Respira con la boca abierta porque parece que no queda suficiente aire en la oficina. Se levanta y apaga la luz para ver si la oscuridad le ayuda. Desde la ventana ve las luces de la ciudad, las ráfagas de los coches en los que le gustaría estar dirigiéndose a esos puntos de evasión, esas luciérnagas tentadoras que otorgan el olvido y la paz. Vuelve a la pantalla, cuya luz no promete nada. Evlocluión, desallorro, progesro, cmabio, ninguna funciona. En cambio, puede escribir a la perfección otras palabras auxiliares que no le van a servir para terminar la propuesta. Piensa en el día siguiente, cuando le den la carta de despido, pero sobre todo, en los gritos de su jefe, y al imaginar esa escena, cierra los ojos y agacha la mirada como un acto reflejo. El dolor de cabeza empieza a asomar y amenaza con arruinar las escasas dos horas que tiene para terminar ese documento infinito y esos cálculos que ya ni siquiera entiende. Cuando reciba la llamada del director de Personal y se encierre en ese despacho sin ventanas ni vida, tras soportar los gritos y las increpaciones de su jefe, se tendrá que enfrentar a las miradas de todos sus compañeros, que ya lo sabrán todo y que se burlarán sin reparos. En esas escenas imaginadas, su jefe aparece más grande, más desafiante, con la frente enorme como si fuera una especie de pirámide invertida, y sus compañeros, como triunfadores llenos de calma y de seguridad en sí mismos. Ensaya nuevas combinaciones pero ninguna funciona. Se le ocurre una idea desesperada: dejar en blanco esas palabras malditas y escribirlas a mano. El problema siguen siendo los números, pero ya se encargará de eso. Sin saber muy bien lo que está haciendo, termina de redactar los contenidos que puede escribir con normalidad. Rehace los cálculos sin tener en cuenta las anotaciones. Deduce que es mejor aducir un despiste que no presentar nada. Se prepara para imprimir. El tóner se ha acabado. Lo envía a la otra impresora y empieza a salir papel. De pronto, más o menos a la mitad, en lugar de caracteres normales, empiezan a aparecer símbolos extraños. Cancela y vuelve a lanzar la impresión desde esa página. De nuevo los símbolos. Copia el contenido a otro documento nuevo y lo vuelve a lanzar. Lo mismo, símbolos ilegibles. Mira el reloj. No le queda tiempo para buscar una imprenta y que, para colmo, le vuelva a pasar lo mismo. A esa hora ni siquiera queda personal en las oficinas de las otras empresas a quien pedirles el favor. Una nueva iluminación: fotografiar las páginas con el móvil e imprimir las imágenes. A estas alturas maldice los estúpidos hábitos de usar documentos impresos. No ya por el medio ambiente. Ni siquiera por el gasto que supone el papel (y su distribución, y su almacenamiento), las impresoras, la tinta… No, es por estas complejidades del demonio. Estas situaciones absurdas en las que todo se conjura para no funcionar y en las que sería más sencillo pulsar un botón y enviar un documento adjunto. Y maldice, sobre todo, que a su jefe no se le haya ocurrido intentar negociar un período de gracia para presentar la oferta. La idea de imprimir las fotografías parece funcionar, y antes de que la tinta pueda acabarse, tiene el documento impreso. Todavía le queda tiempo. A toda prisa mete los papeles en una carpeta y se pone el abrigo, sale corriendo hacia la puerta, y cuando casi ha dado un portazo triunfal, recuerda las palabras en blanco. Son palabras clave, sin las cuales ni siquiera se van a molestar en tener en cuenta la propuesta. A la puta calle. A la puta calle. Se apoya en la mesa de la recepción y busca los huecos vacíos en medio de todas esas palabras que se mueven solas y que casi no puede leer. El dolor de cabeza tampoco ayuda. Encuentra el primer hueco. Escribe evlocluión, que hace un rato pudo escribir sin problemas. En un post-it prueba a escribir otra palabra cualquiera: caballo aparece impecable. Incluso involución. Pero evlocluión es lo máximo que puede sacar. En el mismo post-it intenta las alternativas que ya había probado: desallorro, progesro, cmabio. En un ataque de furia destruye el bolígrafo contra la mesa. Presentarla así o no hacerlo es lo mismo. A la puta calle. El edificio no tiene vigilante, y a esa hora es imposible encontrar a nadie en la zona, alguien que pudiera escribir esas palabras en su lugar. Llamar a algún amigo no sirve, no llegaría a tiempo. El dolor de cabeza es ya demasiado fuerte. Apoya la espalda en la pared y se resbala como a cámara lenta. Al fondo, el cristal de la ventana muestra los reflejos de las luces lejanas, de toda esa gente que se divierte lejos de sus preocupaciones.

A la mañana siguiente, el primero en llegar ve los papeles desparramados en la recepción, el bolígrafo hecho pedazos, su cuerpo como si durmiera con el abrigo a medio poner o a medio quitar.

 

Relato incluido en Lapso.

Sobre el autor

Eduardo Martos

Padre, emprendedor (@soynatiboo), fotógrafo (@tengofilhin) y escritor que ama la vida y desconoce el Universo.

2 comentarios

    • Muchas gracias por tu comentario, Daniel. Me alegra saber que mis letras le sirven a alguien más, y siento ser tan inconstante actualizando algo que me gusta tanto.

      Un abrazo.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
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Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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