Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagrelatos

El guardián

E

Angkor

En algún lugar de Angkor hay un templo que muchos desconocen. En su interior habita un monstruo. En la única puerta, un guardián que vive y pernocta en el umbral y que nunca sueña. Su misión es contener al monstruo a cualquier precio. La hoja de su espada refleja el inmenso poema de sus víctimas. Para que el monstruo quede liberado, alguien debe sacrificarse en el interior del templo. El guardián sabe que de un rincón, en un momento incierto, surgirá un alma atormentada dispuesta a llevarlo a cabo.

A veces, su espada se estremece, incapaz de saber si ha matado ya a ese infeliz.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Soledad ficticia

S

Soledad

El viejo Kúmard se debatía entre dos finales para un mundo ficticio mientras levitaba por el espacioso salón de su morada de cristal de Ócrom. Yo simplemente lo observaba, lo miraba tácitamente. El círculo de la planta albergaba esta vez un acuario espectral y varios artefactos olvidados; la butaca donde me hallaba recostado transmitía una comodidad etérea, desligada de la materia, sensación que alimentaba el rojo carmesí de su forro. Kúmard llevaba un rato dando vueltas en torno a mí, alrededor de la mesa pétrea; sus blancos bigotes sobre su perilla blanca dejaron escapar una frase que quizá no iba dirigida a mí:

—No estoy de acuerdo con la maldita frase «todo comenzó con…» —dijo, divagando en voz alta—. Nada comienza, ni siquiera la misma frase; en realidad, cada suceso está encadenado con todos los demás, formando parte de un caos absoluto…

De pronto calló como si su intervención en el silencio hubiera sido un descuido de su pensamiento interior. Ante ese gesto decidí agravar el mutismo y dejé al viejo con su conflicto. Asomé la vista al exterior, a través de la ventana triangular, y advertí en qué clase de día me encontraba; sin duda era uno de esos que comienzan a descubrirse rodeados de una inexistente neblina matinal y terminan por entenderse, aunque de mala gana, cuando cae la noche. Así estaba mi ánimo entonces, nublado por una presencia persistente y pegajosa como la sustancia de las calurosas tardes de Frise, la anaranjada ciudad de Frise. Todas esas impresiones, esos recuerdos, no hacían más que sacarme a rastras de una variable habitación de curvas paredes azules donde Kúmard no paraba de reflexionar. Algunas aves volaron hacia el lejano atardecer en trayectorias que, por un momento, me parecieron sólidas.

—¿Qué te parece la teoría sobre la Eternidad, ese símil con las ondas de un estanque?—me preguntó Kúmard con aire de curiosidad.

—Ciertamente, viejo, no estoy de acuerdo contigo —respondí—. Los recuerdos son lo único que me permiten existir; más allá de ellos no encuentro nada, así que nada es lo que había antes de mí.

—Curiosa teoría —añadió—; algo egocéntrica pero curiosa. Por cierto, te agradecería que me ayudaras con la creación de mi mundo ficticio; tal vez alguna sugerencia…

Estas últimas palabras se dejaron caer en el aire como gotas de agua sobre agua. Apenas adquirieron sentido en mi mente entonces (aunque más tarde serían claras). El tiempo se apresuraba por pasar aun sabiendo que no podía, y mis recuerdos acudían en bandadas a mi mente. Recordé las expediciones a los montes de arcilla, el moteado rojo del gato de mi hermana, las falsas lágrimas de mi familia cuando nos quedamos huérfanos, la etiqueta de la botella de whisky que mi hermano escondía bajo la cama, el descuido al colocar las flores el día del entierro, los forzados pésames de tantos desconocidos, el amor que me asesinó varias veces, las risas de mis amigos cuando jugábamos a colarnos en los trenes, el humo del tabaco frente a mis ojos mientras creía olvidar en un rincón de cualquier taberna, y todo para perderme finalmente entre tantas imágenes y tantos detalles, para no saber a cuál atender y confundirlos en un caos que, a diferencia del que había propuesto Kúmard, era fino y luminoso, bello, apasionado, profundo. Kúmard me miró; tal vez lo supe después, cuando volvió la cara velozmente y fingió seguir pensando.

—¿Qué te parece una inversión de la situación, del planteamiento? —le pregunté difusamente.

—¿Qué? ¡Oh! ¿Me hablas a mí? —le oí musitar.

—Me refiero al final de tu mundo.

—Perdón, no te estaba prestando atención —se disculpó.

—Podrías finalizar tu mundo invirtiendo las circunstancias de los personajes, jugando con sus personalidades.

—¡Muy buena idea! —respondió entusiasmado.

Enseguida se puso a trabajar en el curioso desenlace. Ese viejo pequeño y tan peculiar no estaba trazando una novela o una crónica, sino un mundo con todos sus misterios (aun para él), sus casualidades y trivialidades, sus posibilidades infinitas, sus particulares personajes, su evolución… Y a todo ello pretendía ponerle fin; pues, aunque estaba convencido de la irrefutable Eternidad, prefería evitar una imitación imperfecta de tan maravilloso concepto. Ese mundo (que, como he dicho, no es una obra literaria) no estaba escrito, sino ideado completamente por el pensamiento abstracto (admirablemente abstracto) de Kúmard. Su mente no era infinita; por ende, el mundo que estaba creando tampoco. Me distrajo el ruido de la noche al declinar, ese ahogado aullar lejano, y después el viento del sol precipitándose tras el horizonte; miré, pero ya era tarde: el día había resuelto acabar rápidamente. Lo único que alcanzaba a ver era una llanura (donde hacía dos horas se erigían enormes bloques de azúcar) bañada por la ilusoria incandescencia de la luna, fría incandescencia de un azul pálido. Hite siempre decía que la niebla de los malos días se disipa haciendo confesiones; después, la yerma sensación lunar deja descansar el alma.

—¿Debo variar la casualidad de todos los personajes o sólo de uno en concreto? —me preguntó repentinamente Kúmard, o tal vez le preguntó al aire.

—De todos, de alguno —vacilé—. Supongo que del más interesante o del más miserable, pero nunca del más virtuoso.

Kúmard no hizo más comentarios durante varias horas. Aún no había pensado si me quedaría en su casa aquella noche; en tal caso tendría que llamar a mis hermanos para que decidieran qué iban a hacer. El destello luminoso de alguna piedra de Izam jugó con mi memoria y me forzó a recordar las aguas purpúreas de las cavernas de Kilegh; allí conocí a Sivada, que también las estaba visitando. Todo se confundía después en mi mente, todo caía en un abismo con millones de manos a los lados que luchaban por apoderarse de los recuerdos. Ya sólo me quedaba dolor por pensar que la persona más importante de mi vida me había traicionado. El viejo se paseaba dando vueltas sobre sí mismo, cavilando hipotéticas soluciones, posibles acontecimientos; sus ojos miraban apenas, estaban totalmente absortos en el desarrollo de su mundo.

—¿Cómo se llama tu mundo? Aún no me lo has revelado —dije sin querer.

—Aún no lo he pensado —murmuró, algo molesto y a la vez cariñoso—. Podría ser cualquier nombre, pero prefiero que no sea complicado. Te lo diré más tarde.

Cerré los ojos; necesitaba evadirme de las minucias de aquel lugar. Me imaginé abrazado a mis hermanos en una sorda oscuridad. A lo lejos estaba mi familia, metida dentro de una gran lágrima que parecía de juguete. Con ellos, pero fuera de aquella lágrima, estaban mis padres; su expresión seria y solemne les confería un aspecto cotidiano. Lentamente se dirigieron hacia la familia y se introdujeron en la enorme lágrima.

—Taleth… ¿Suena bien? —dijo Kúmard, interrumpiendo mis pensamientos—. No, déjalo; creo que debo pensarlo mejor.

Yo seguía con los ojos entornados, por lo que no me resultó difícil seguir fantaseando. La oscuridad era la misma; todo lo demás se había esfumado. Junto a mí estaba Sivada; la recordaba más alegre, y en cambio la veía triste, apenada, mirando hacia abajo, hacia la negrura infinita. Lejos (más aún que mi familia) vi a Sivada, aunque esta vez sonriendo. Estaba en ambos lugares al mismo tiempo: la que tenía al lado esperaba eternamente un llanto que no llegaba (que no llegaría); y la otra me observaba y se divertía. La última comenzó a caminar hacia ése del que nunca supe ni su nombre y desapareció, quedando sólo Sivada, a la que no recordaba pero intuía. Después de esa compleja simbología me rendí ante los recuerdos que anhelaban entrar en mi conciencia. Todos me fueron mostrados a la vez, todos me torturaron al mismo tiempo: el sabor de la diceína mineral, los rizos negros de la chica del ciento setenta y tres, los regalos de cumpleaños que nunca me gustaron, las inútiles vacaciones de verano, el olor a chocús húmedos cayendo de los árboles, el último sorbo de café antes de ir a recoger a Juincè al aeropuerto, las prisas durante los días de competiciones, las chiquilladas de mis hermanos que después pagaba yo, la visión de una iglesia y en ella un horrible sacerdote y bajo él mis padres, la simetría de las formas en la Galería Ufgae, los juegos de otoño, la estatua que me miraba en la calle Adapasor, las lluvias de cometas, de nuevo perdido en esa luminosidad impecable de un caos que se dejaba entender gradualmente, de nuevo aturdido por ese pasado asfixiante. Dejé de meditar porque tenía que llamar a mis hermanos. Hablé con Leran (el más pequeño), quien me aclaró que preferían pasar la noche en casa de Kúmard. Como al viejo no le importaba que se quedasen, le dije a Leran que no había ningún problema.

—Espero que tus hermanos me dejen trabajar —dijo Kúmard en tono afable, casi sonriendo.

—Descuida, viejo; los conozco bien y sé qué debo decirles para mantenerlos callados.

Ambos nos distanciamos mutuamente para dedicarnos a nuestros respectivos asuntos. El de Kúmard era un mundo con millones de preocupaciones, pero la sola remembranza de mi pasado se me antojaba mucho más inquietante que todas ellas. Alcancé a comprender que cada individuo de ese mundo pensaría igual que yo acerca de sus problemas. Todo ello me pareció patético y absurdo: ninguna preocupación era realmente importante, o acaso había preocupaciones indiscutibles, como las verdades absolutas. Me negué el derecho a considerarme desgraciado, pero al instante retomé la interminable (aparentemente interminable) lista de recuerdos, impresiones y sensaciones. Por un momento dejé de pensar y miré al viejo: estaba quieto, extrañamente inmóvil; incluso había dejado de levitar. Supuse que le faltaba muy poco para concluir su obra. Llamaron a la puerta; recordé a mis hermanos. Kúmard ni se inmutó. Fui hasta la puerta y abrí: los tres pequeños me abrazaron y entraron. La pequeña Ynda comentó que le divertía la volátil estancia de Kúmard; Leran me miró y se acomodó en una de las butacas de la sala; Ated, sonriendo, saludó a Kúmard. Todos eran menores que yo, tan indefensos y necesitados de un guía. El viejo levantó la cabeza, me miró y todo empezó a desvanecerse: vi desaparecer la llanura, y después (aunque no por completo), la butaca tapizada de rojo.

—¿Qué sucede? —pregunté alarmado a Kúmard.

—He terminado —sentenció.

—¿Qué tiene eso que ver? —añadí.

—Mi mundo ha finalizado —dijo con voz apagada—. No he conocido sus consecuencias hasta el preciso instante de su conclusión.

—¿Y qué has concluido? —pregunté desesperado.

—He seleccionado un personaje al azar; él imaginaba que vivía en mi mundo. Siguiendo tu consejo, he invertido sus circunstancias: él siempre se había sentido acompañado, rodeado de un cariño incondicional; he disipado esa ilusión, de modo que ya no podrá soñar más que vive en mi mundo, en Fictenia, y regresará a su soledad eterna, fría, oscura.

—¿Acaso tu mundo afecta a esta realidad? —sollocé confundido.

—Aún no lo comprendes —comentó, sonriendo irónicamente—. Mi mundo no es una invención; es real, es lo que estás terminando de ver.

—¿El efecto de ese personaje… influye sobre todos los demás? —traté de preguntar entre lágrimas, intuyendo ya mi terrible destino.

—No, sólo a él —pronunció gravemente el viejo.

Callé; decidí que era mejor callar. Miré por última vez a mis hermanos, a Kúmard; eché un vistazo a los acuarios espectrales y presentí que no volvería a contemplar ese mundo prodigioso. La butaca roja terminó de desvanecerse ante mí, dejándome sumergido en una vasta oscuridad. Al fondo distinguí la luz de una lamparita de noche curiosamente esférica y transparente recordándome algo, quizá una imagen, quizá una sensación. Estaba en mi habitación, sentado en mi antigua butaca roja, de donde no me había movido sino con la imaginación; llevaba años sin contemplarla realmente. Me sorprendió una foto de mis padres, que eran iguales que los de mi fantasía; otra foto (esta vez de Miranda) me disgustó por los recuerdos que me inspiraba. Para mí siempre había constituido un misterio por qué las seguía guardando, pero entonces lo vi con claridad: mis padres, ese constante abandono; Miranda (o Sivada), el dolor agudo y amargo; mis hermanos… Miré el teléfono, que nunca suena, y me pregunté si a Kúmard le importaría que llamase a mis hermanos para que pasaran la noche en su casa.

El hermanito

E

Su último intento de engatusar a su marido para que la fecundara fracasó. Se le acababa el tiempo y pronto lo notaría. Demasiado tiempo sin que la tocara, tenía que confesarlo. Así que se armó de valor y le imploró por su antiguo amor, por todo lo que habían sido, por su pequeño hijito. Le pidió perdón incontables veces y derramó lágrimas de verdadero arrepentimiento. Él no dijo ni una palabra. Sólo la miraba fijamente.

—¿Y mami? —preguntó el pequeño.

—Con tu hermanito.

—¿Qué hermanito?

El dios del lago

E

En sueños, o en imaginaciones, viajé a la India y sentí la llamada del dios del lago, cuyo nombre no se puede pronunciar porque, como el agua, se derrama entre los labios. Pasé días buscándolo, pregunté a todo el mundo, pero nadie supo decirme dónde podía encontrarlo, aunque tampoco nadie me negó su existencia. Un día, cansado y triste, llegué a un lago profundo, rodeado de pastos y de fiestas de primavera y vivos colores. Quise beber pero un impulso me hizo sumergirme por entero en sus aguas, y allí supe que lo encontraría. Buceé alegremente, respirando sin ahogarme, hasta que vi a un joven vestido de naranja que sonreía con toda la belleza del universo. Su cara dichosa relumbraba con el sol del mediodía, y su pose era tan relajada como las suaves corrientes del lago. Sin hablar me dijo que se alegraba de verme. Sabía que mi búsqueda había sido larga, pero su presencia, como el agua, sólo se toma cuando se tiene sed. Y en ese momento de revelación, de calma infinita, mecido de un lado a otro por las aguas del lago, mi sed se vio saciada.

Cornudo

C

Cornudo

La descubrió poniéndole los cuernos en la casa de campo. Hacía tiempo que sospechaba que se pasaba por la piedra a todo el que podía, pero esta vez lo estaba presenciando. Asomado tímidamente por la ventana del dormitorio, vio cómo disfrutaba largamente del acto con ese desconocido. Sus gestos, su generoso abrirse hasta extremos difíciles de creer, le resultaban del todo ajenos. Sintió frustración y asco y miedo, pero en el fondo, también, algo de placer. Estaba disfrutando viéndola disfrutar. Así que los dejó terminar y esperó a que el tipo se fuera. Despacio y en silencio, se deslizó hacia el interior de la casa y le quitó la ropa, sabiendo que allí no tenía nada más. Se guardó las llaves, y justo cuando salía de la ducha, la empujó hacia el exterior y cerró la puerta.

—Ahí tienes, para que te tapes —dijo, tirándole a los pies una manta. —No vales ni para cornudo —le dijo ella sonriendo mientras recogía la manta y se lamía los dedos con gesto lascivo. —¿Quieres las sobras, o no te ves capaz?

Incapaz de soportar la tensión del momento, se metió en el coche y se fue a toda prisa, abandonándola en medio de la noche. Justo enfrente vivía, en una mansión impresionante, un hombre que la codiciaba desde hacía tiempo. Dio la casualidad de que uno de sus lacayos estaba en el jardín y había presenciado la escena. Sin dudarlo, salió a por ella, la invitó a entrar y la acomodó en un salón lleno de lámparas y alfombras y pieles caras. Ella no preguntó porque la incógnita era mejor que estar desnuda en la calle. Allí, al menos, no hacía frío y le habían dado algo para taparse. El señor llegó y la miró sin ocultar su deseo. Ella sonrió.

—¿Y su marido? —preguntó mientras se sentaba.
—¡Mi marido es un cornudo! Hablemos de algo interesante.
—¿Vamos a mi habitación? —preguntó él.
—Un tío directo… me gusta.
Así, sin saber su nombre, fue tras él y se desnudó sobre su cama, esperando recibirlo de una forma o de otra. Ella tenía sus preferencias, pero teniendo en cuenta la situación, estaba dispuesta a dejarse hacer.
—Ponte boca abajo y cierra los ojos —le ordenó. Su tono había cambiado.
Sin saber por qué, obedeció. Mientras lo escuchaba caminar alrededor de la cama, empezó a ponerse tensa. Se le pasó por la cabeza irse, pero justo en ese momento sintió cómo se le tumbaba encima. Estaba desnudo. Empezó a tocarla de una manera aleatoria y a jadear ansiosamente. Estaba incómoda, pero algo frenaba su instinto de huir.
—¿Puedo mirar ya? —preguntó con un hilo de voz.
—Calla. Tú aquí ya no pintas nada —le respondió bruscamente.
Otras manos empezaron a tocar sus pechos. Abrió los ojos y vio a varios desconocidos desnudos que la miraban. Uno de ellos la estaba acariciando. Otras veces había participado en orgías, pero esto era diferente. Intentó zafarse, pero la sujetaron con fuerza. El miedo la llenó aún más que esos miembros duros y ajenos que la penetraban una y otra vez. Quiso gritar pero no pudo.
—¡Sonríe! —le ordenó el dueño de la casa— Me gusta cuando sonríes. Eres naturalmente lasciva. Sonríe o te arrepentirás.
Una lágrima se le resbalaba sobre una sonrisa inestable.
—Así no me sirves —dijo el dueño antes de terminar. Se puso un batín y salió de la habitación.
Los invitados comenzaron entonces un violento festín carnal en el que ella no era más que un objeto. Uno a uno, terminaron sobre ella y fueron abandonando la habitación. Bañada por la luna, violada en el sentido más profundo de la palabra, no se atrevía ni a sollozar.
La puerta se abrió de golpe y el dueño se tiró encima, apuñalándola con rabia.
—El cornudo de tu marido me lo agradecerá mañana —dijo al aire mientras la arrojaba, inerte y quebrada, frente al portón de la casa de campo.

De nada

D

Behind the smile
Photo by Jean Fan (JFotography)

Llevaba mucho tiempo queriendo, deseando, anhelando con todo su ser dominar el arte de la palabra. No se trataba de escribir mejor o peor, con más soltura o un estilo más elegante, sino de lograr que la palabra escrita tuviera un efecto inevitable y único en el lector. Si quería que llorase, éste debía llorar; si quería que riese, debía reír; si quería que se enfureciera, debía enfurecer. Se dice que lo consiguió. Fue tal su maestría que logró que un joven asesinara a sus padres tras leer un cuento compuesto justamente por cincuenta palabras. Tras ese grotesco incidente, fue juzgado y condenado a prisión en uno de los procesos más surrealistas y peculiares que ha vivido la judicatura de cualquier país moderno. En los lentos años de la cárcel, tuvo tiempo de perfeccionar su técnica. Y así, pronto reunió a un fiel séquito de sirvientes que le procuraban cualquier capricho y le proporcionaban protección. Pero su ambición, combinada con la sed de venganza contra la humanidad, urdieron un plan mucho mayor. Pasó noches sin dormir, horas encadenadas consagradas a un texto que se le resistía como ningún otro. Un texto que mutaba, se retorcía y chillaba atormentado en el silencio de las horas bajas. Un texto que atemorizaba a los reclusos más violentos. Un texto que un día, a una hora precisa, dejó de cambiar y quedó terminado. Se lo entregó al carcelero, que lo leyó y se lo entregó al alcaide, que lo leyó y lo transcribió y se lo envió a cientos de personas. Y cada una de ellas hizo lo mismo, y pronto no quedó nadie que no hubiera leído ese texto misterioso. El texto contenía una orden y un efecto. La orden era reproducirlo. El efecto, no sentir nada. Y así fue. Nadie pudo sentir nada al leer el texto. Ni rabia, ni pasión, ni lástima, ni asco, ni siquiera indiferencia. Nada. Nadie pudo volver a sentir nada jamás. Y él, medio tumbado en su catre, estaba ya seguro de ser la única persona en el mundo que había sentido algo al crear ese texto, al leerlo paladeando cada palabra con lentitud, al recordarlo como se recuerda el sexo profundo.

Con soberbia.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El río prodigioso

E

Estoy cruzando un puente. Uno que no existe, creo, o que aún no se ha construido, o que se derribó hace mucho tiempo. A mi derecha está la Torre del Oro, algo lejos. Es de noche. Instintivamente miro hacia la oscuridad líquida del Guadalquivir como si supiera que voy a ver algo. Y así es.

Veo formas enormes moviéndose bajo la superficie del agua. Son muchas y son blancas. Nadan a gran velocidad. Con gran emoción acierto a ver un grupo de delfines. Algo después, varios cachalotes seguidos de una ballena azul. Nadan río arriba, como si escaparan del mar. En un islote que nunca ha estado ahí, un elefante africano juega o lucha con un león, y los ilumina una luz dorada que viene de todas partes pero sólo incide en ellos.

Entonces mis sentidos despiertan, pero yo sigo allí, en medio del prodigio.

Zumbido

Z
Cosmos
Estábamos en el pasillo y escuchamos una pelotita rebotando tras la puerta del dormitorio, en el que no había nadie. Cuando entramos, vimos una pelotita naranja de ping pong rebotando de una pared a otra, en una trayectoria rectilínea perfecta, sin que ninguna fuerza la estuviera impulsando en apariencia. La pared estaba llena de objetos que se habían quedado pegados. Había una katana, un vaso de plástico, una lámpara y muchas otras cosas. Agarré la katana con las dos manos y la separé de la pared con un leve esfuerzo, como cuando uno separa un par de imanes. Volví a colocarla en la pared y siguió ahí pegada, perpendicular a la pared.
En ese momento nos dimos cuenta de que había un zumbido que lo envolvía todo. Era un sonido ascendente, como una escala de Shepard que parecía insinuar una grieta hacia el infinito más atroz. Por instinto apagué la luz y el sonido, el magnetismo arbitrario y la pelotita que rebotaba cesaron de golpe.

Carcajada

C

Moreno dijo algo que le pareció gracioso y empezó a reírse por dentro. Estaba en medio de una reunión y tenía que contenerse. De hecho, lo que había dicho no era gracioso ni divertido, pero no podía evitar verlo así. Era más que Moreno le parecía ridículo diciendo eso, y se lo imaginaba como si fuera un pollo intentando picar sus propias palabras, que se le caían del pico a puñados. Se le escapó un hilito de carcajada y su jefe lo miró con gesto reprobatorio. Era un tipo serio, chapado a la antigua en los negocios, en la moral… en todo. No le gustaba el humor en la oficina. Allí se iba a trabajar, no a pasarlo bien. Se contuvo un momento, pero Moreno seguía disertando y las palabras se le seguían cayendo del pico. Ya le veía incluso ojitos de pollo, redondos, pequeños y negros, desprovistos de chispa y de ironía. Soltó un gruñido, que era el eco de la carcajada interna que lo desestabilizaba y que disimuló con un carraspeo. Moreno se detuvo y lo miró, girando la cabeza bruscamente, su cabeza de pollo tímido. Luego siguió con su discurso aviar que olía a granja y a agua de abrevadero. Intentaba contener la risa en el estómago y estaba empezando a hacerle daño. Se retorcía en la silla intentando no ser detectado. Al tercer carraspeo, su jefe le lanzó una mirada que pretendía ser intimidatoria y que acabó por elevarle los nervios y la risa interior. Se levantó para salir, pero el jefe lo cogió del brazo y lo obligó a sentarse. Se señaló la garganta con una sonrisa de oreja a oreja, que ya preconizaba el desastre, y el otro negó con la cabeza y con el alma. De esa reunión no se iba nadie. Le soltó un caramelito de menta. Bien podría ser arvejón para Moreno, que había empezado a mover las alas para echar a volar en vano. Intentaba calmarse pensando en lugares armoniosos y desiertos, pero al final siempre aparecía Moreno moviendo el cuello con espasmos, arrastrando los pies y picando palabras, y las ganas de reír a pecho abierto se hacían más grandes. En ese momento, a Moreno le salió un gallo que detonó la risa colérica de botella de refresco que ha recibido dos patadas y se ve abierta por un incauto con sed. Era risa pero parecían gritos de tortura. El jefe se agarró a la silla y Moreno dio un paso atrás, tropezando con su propio pie y cayendo al suelo. La carcajada era ya tan poderosa que toda la oficina los miraba a través de la cristalera de la sala. El cristal podría romperse de un momento a otro. Mientras se reía, daba golpes con los puños en la mesa intentando zafarse de los borbotones que brotaban de su interior como ese cuerno mítico del que siempre mana cerveza. Reía tanto que casi no podía respirar. Uno de los asistentes de la reunión había salido corriendo asustado. Moreno intentaba calmarlo clocando y picoteándole el pecho, y el jefe gritaba histérico “intolerable”, “inadmisible”, “recato”, y la risa ya empezaba a doler como si le estuvieran separando las costillas a la fuerza. Las plumas que cubrían a Moreno eran de colores vivos de pollo de feria. El jefe trató de colocarlo en su silla, pero no pudo contenerlo y acabó tirado sobre la mesa, retorciéndose de regocijo y dolor al mismo tiempo. Para cuando dejó de respirar, todos habían abandonado ya la sala.

<br /><br />
  El pollo negro<br /><br />

Mientras salía, Moreno intentaba tomar la palabra con el pico.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Formas

F

Cotidiano | FILHIN
Cotidiano | FILHIN

A Isa

Primer Premio del Premio Internacional de Relatos MIL PALABRAS

Al principio me pareció algo gracioso. Inexplicable pero gracioso, como un inofensivo truco de magia o una broma sin importancia. No lo había visto suceder, pero encima del edredón de la cama había surgido un peluche de la nada. Era un payaso con muchos colorines, zapatos grandes y sonrisa enorme. En otras circunstancias, con tiempo para pensar, habría tratado de buscar una explicación. Pero el tiempo no nos sobraba. Estábamos todo el día de un lado para otro entre trabajo, casa y niños, entre facturas y cuentas y no llegar a fin de mes. Lo que más anhelábamos en el mundo era eso que al parecer rompe los matrimonios y que nosotros éramos incapaces de alcanzar o de simular vagamente: la rutina. El payaso se lo quedó Raquel porque los dos mayores no le hicieron ni caso, ocupados con entretenimientos mucho más interesantes que un simple muñeco. Era un regalo sorpresa que yo le había traído. No supe explicarlo de otra manera, ni siquiera a ti.

El payaso desapareció como había llegado y nunca volvimos a verlo.

Hay quien piensa que solo vemos una parte de la existencia, que a la manera de la luz ultravioleta y la infrarroja, existen otros espectros que sencillamente se nos escapan. Si algo se oculta en esas zonas inciertas, está fuera de nuestra capacidad de medir, percibir o sentir. Pero en ocasiones, nuestros mundos se mezclan por casualidad, y entonces somos capaces de atisbar el otro lado. Si miramos sin cuidado, incluso podemos caernos al fondo de un pozo insondable. Quizá por eso perdimos a Grande, nuestro perro. Estaba inquieto incluso antes de irse a dormir. A ratos gruñía en sueños. Se calmaba cuando me acercaba y luego volvía a lloriquear. Nuestro barrio no destaca por ser ruidoso, pero es inevitable que a veces se cuelen fragmentos de conversaciones por alguna ventana, que ladre un perro. De noche, en cambio, la casa parece protegernos del ruido, incluso en verano, cuando dormimos con las ventanas abiertas para aliviar el calor. Esa noche, el silencio era más profundo que de costumbre y por eso escuchaba a Grande con más facilidad. Me levanté muy temprano para darle un paseo largo. Llevaba bastante tiempo sin quejarse, pensé que dormía. Creo que nunca podré estar seguro de lo que pasó, pero junto a su colchón vi una mancha canela (como su lomo) que se desvanecía en el suelo, como si se lo estuviera tragando muy despacio. Me quedé congelado en el sitio, sin poder gritar ni moverme ni sentir miedo. Lo último que vi fue una oreja que se iba hacia abajo. Aquel dia os conté que se me había escapado. Pusimos carteles, lo buscamos y esperamos (yo sin esperanza), y no regresó.

Hasta aquella noche no establecí (no quise establecer) ninguna conexión entre el muñeco y lo de Grande, pero a partir de ese momento no me quedó más remedio que aceptarlo. Estábamos cenando en el salón. Te habías levantado a coger un chaleco del dormitorio y de pronto gritaste. Fue un grito ahogado que me recordó mi reacción con Grande. Fuimos corriendo a donde estabas y vimos una figura que emergía entre las sábanas. Parecía estar tomando forma humana. Los niños se reían, tú y yo nos cogimos de la mano. Temblábamos. Casi se habían dibujado unos rasgos tristes en su rostro cuando se desinfló, dejando apenas unas arrugas. El silencio duró varios minutos, mientras los niños jugaban saltando sobre la cama. Al soltarnos, se me había cortado la circulación de la mano, que estaba blanca y fría como el resto de nosotros. No recuerdo qué nos inventamos para los pequeños, pero sé que esa noche te lo conté todo, que me lo recriminaste, discutimos, lloramos asustados y decidimos mudarnos cuanto antes, aunque ello significara construir un hogar desde cero, abandonar una buena parte de nuestra identidad compartida y hacerlo bruscamente, sin pensar.

Inmersos todavía en la vorágine de localizar vivienda, tuvo lugar otro incidente. Íbamos a salir de compras cuando nos dimos cuenta que la bolsa del carrito, con todos los cachibaches de Raquel, se había quedado en el piso. Subiste a cogerla mientras yo metía a los niños en el coche. Al abrir la puerta oíste un ruido como de alguien que tropieza, y te quedaste inmóvil y en tensión, esperando. Te sentiste un poco idiota teniendo miedo en tu propia casa, así que pasaste a por la bolsa y de reojo te pareció ver algo, una sombra, un movimiento, una persona que estaba en el salón y entraba en el pasillo sin mirarte pero sabiendo que estabas ahí. Gritaste sin palabras y saliste corriendo detrás. Te dio tiempo de ver cómo entraba en nuestro dormitorio, y ahí ya no tenías dudas de que era un hombre corpulento, calvo, vestido de negro y muy pálido. Y al entrar en el cuarto ya no estaba, allí no había nadie. A saltos te fugaste de tu propia casa dejando varias luces encendidas y diste un portazo. Creo que ni te paraste a cerrar con llave.

Improvisamos una excusa para pasar la noche con tus padres, y resolvimos que los de la mudanza se encargarían de recogerlo todo. Mientras, viviríamos en un apartamento provisional. A tus padres no les contamos nada, no tenían por qué saberlo, y con suerte todo quedaría en que los niños tienen una imaginación prodigiosa. En algún momento nos sentimos culpables por dejar que otras personas ocuparan la casa, pero necesitábamos el dinero y no teníamos tiempo.

A mediodía me llamaste a la oficina. Me costó entenderte por los gritos y la cobertura que iba y venía. Conducías a toda velocidad. Raquel quería un juguete que se había dejado atrás la tarde antes y tus padres los habían llevado a casa. Llegamos casi a la par y oímos a los niños llorando. La puerta estaba abierta. Corrimos hasta el dormitorio principal. Raquel señalaba la cama y llamaba a los abuelos. Tú ya estabas en el pasillo con Bruno y Daniel y me gritabas: “¡Coge a la niña! ¡Coge a la niña!”, pero dejé de escucharos cuando sentí que mis pies empezaban a hundirse en el mármol frío y viscoso.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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