Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Parestesia

P

A Driss, porque se lo había escrito antes de que la sufriera

Otras veces me he despertado con un brazo tan dormido que creí haberlo perdido. Hay gente a la que le ha pasado, o eso dicen. Se te queda un brazo o una pierna dormida mucho tiempo, y te la tienen que amputar por falta de riego sanguíneo. Una vez incluso fueron los dos brazos. Me despertó el timbre, me levanté corriendo para abrir, y me di un trompazo contra la puerta porque los brazos no me respondieron. Lo de hoy es distinto. Llevo un rato intentando moverlos y parecen dos colgajos. Incluso me he hecho una herida al morderme la mano para comprobar si siento algo. Como sangro, deduzco que no están muertos del todo. Tengo que ir al hospital, pero no puedo abrir la puerta. Llamaré a Lucrecia para que me ayude. Con un esfuerzo sobrehumano, desbloqueo el móvil, que por suerte estaba en la mesa del salón, usando la lengua y la nariz. Debo tener cuidado de no empaparlo con la saliva. Buscar un contacto en estas circunstancias es una tarea propia de Hércules. Por fin, llamando a Lucrecia. Un tono. Dos tonos. Tres. Cinco. Se corta la llamada. Siento que la pierna izquierda empieza a fallarme. Me golpeo la barbilla contra la mesa, pero consigo no seguir cayendo. Despacio y con mucho cuidado, voy reptando con la pierna derecha y el cuello hasta alcanzar, a falta de un verbo más preciso, el móvil. Vuelvo a llamar. Un tono. Dos. Lucrecia contesta. Le cuento. Se ríe, ajena al peligro que estoy corriendo. Viene enseguida. Cuelga. Me desplomo. La pierna derecha me ha fallado también. Intento gritar pero la voz no me sale. Empiezo a temer que se me paren los pulmones o el corazón. La espera se hace insoportable, entre otras cosas porque desde mi posición solo veo la parte de abajo de la mesa, que por cierto necesita limpieza, y el techo tan blanco y tan aburrido. Pasa tanto tiempo que acabo escuchando el tic tac de mi reloj de pulsera. Oigo la puerta. Es Lucrecia, ya se va a resolver todo. Viene con Juanjo. Se me quedan mirando con cara de preocupación. Se miran entre ellos y sueltan una carcajada. Juanjo dice que parezco una tortuga que no se puede voltear. ¿Por qué coño no llaman a una ambulancia? Lucrecia sugiere eso mismo, pero antes vamos a hacernos unos selfies con él. Tiene pulso, así que hay tiempo, dice Juanjo mientras me presiona el cuello. Entre los dos, me suben al sofá y se sienta cada uno a un lado. Se hacen fotos poniendo caras. De pronto, Juanjo se da la vuelta y hace un calvo. ¡Mira, mira, hazle un vídeo, que parpadea! ¡Qué arte tiene!, suelta Juanjo entre risas. Entra una llamada en el móvil de Lucrecia. La escucho decir algo de unas entradas, y Juanjo que vamos para allá, que casi ha empezado. Se levantan bruscamente y al caer, me doy un bocazo en el suelo. Veo sus pies salir corriendo por la puerta, y lo último que siento es el portazo con el que me dejan atrás.

Te mereces un respiro

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A Alber Lemus

Te has sentado en una terraza a tomarte una caña. Te la mereces después de tanto trabajo duro. Los niños van serpenteando entre las mesas y tu mujer te mira como si esperase que le dijeras algo, o que dijeras algo en general. Te mira con sus ojos de pez fresco de mercado. Estará pensando en sus cosas, que no son tus cosas y que ignoras por hastío. Los niños gritan y corren y tiran una silla y obligan a la camarera a practicar parkour en horas de trabajo. Hay veces que no sabes si tienes tres o cuatro. Llega un momento en que uno pierde la cuenta de los años, de los niños, de las cervezas. El tipo de al lado, un sofisticado joven (o no-tan-joven que aparenta menos que tú), de barba a lo arbusto neoclásico, tatuajes desde el cuello hasta la muñeca y gafas de sol espectaculares, mira su móvil mientras se fuma un liado. Piensas en todo lo que debe de follar con tanto tiempo libre y ese estilo tan cuidado, en contraste con todo lo que deberías follar tú. Tu mujer lo mira también, y los niños siguen alegrándole la vida a todas las otras mesas. Te llega el humo de su cigarrillo y te apetece fumarte uno, pero no te quedan. «Amigo, ¿tienes un cigarrillo?», y te lo extiende sonriendo. Te lo enciende con un mechero metálico que tiene forma de dragón. Imaginas que su inodoro debe de ser un cisne negro. Mientras le das la primera calada, que te sabe a gloria, tu alrededor parece más calmado, los niños hacen menos ruido o sus chillidos te suenan amortiguados o lejanos. Es el mejor pitillo que te has fumado. Te preguntas si estará aliñado pero tampoco te importaría. Tu mujer se ha puesto a mirar el móvil y ya no sabes cuántas cervezas te has tomado, aunque te hace falta otra más. Sin apenas darte cuenta, el pitillo se ha consumido. Las cenizas sobre el mechero tienen algo de ritual. El joven te arrima otro sin que se lo pidas. Lo invitas a una cerveza. Degustas el aroma inigualable de ese pedacito de paz, la inocencia y la mirada limpia que te llenan y te limpian. Tienes la sensación de que los niños están corriendo cada vez menos, o que se han escondido en alguna parte. Pero hoy le toca a ella. Tú necesitas relajarte. Te lo mereces. El humo adopta formas extrañas al salir de tus labios. Por momentos ves una cara, un bracito, un zapato pequeño. Te ríes para adentro. Ya no sabes cuántos pitillos han caído, a cuántas cervezas has invitado, cuánto tiempo lleva tu mujer mirando el móvil. Ha oscurecido y te cuesta localizar a los niños entre las mesas. Bajas la vista y por un segundo te da la sensación de que el pitillo tenía la forma de una piernecita aún por terminar de hacerse. El joven se ha marchado. Tu mujer está de pie, buscando a los niños con la mirada. Ya no suena ningún grito, ninguna carrera.

Crudo

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Lo vio ahí acurrucado, pasando frío en esa noche de invierno, y en lugar de pensar como la mayoría, se acercó a él y lo invitó a dormir en su casa. Le preparó la cena, le dio toallas y ropa limpia y le ofreció una cama. En los ojos del mendigo brillaba una luz que el anciano interpretó como agradecimiento. Se fue a dormir satisfecho. En pago por sus favores, el mendigo lo asfixió con la almohada y le robó lo poco de valor que tenía. Lo dejó ahí tirado, sin mirar atrás. Al menos, estaba a cubierto del raso.

La música oscura

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La música te está arrastrando, no lo disimules. Te arrastra y tú te dejas llevar como el coco que arrastra la marea, como el diente de león al viento, como la tentación. No sabes por qué, pero esas notas obran en ti algo distinto y nuevo, algo excitante. Temes el final sin saber por qué, sin cuestionártelo, pero lo temes. Te hubiera gustado que ese texto tan hermoso fuera tuyo, tuyo y solo tuyo, no del otro que lo perpetró sin apreciarlo y se llevó todas las flores. ¡Qué sabrá él! ¡Qué sabrá! No tiene tu talento pero sí le sonríe la suerte. No tiene que trabajar duro como tú para que le reconozcan, o ya ni eso, para que al menos pueda llevarse algo a la boca. Lo tiene todo, o le fue dado todo. A ti te lo negaron desde siempre. Y ahora eso. La gloria. La aclamación. La eternidad en ciernes. Eso es demasiado. La música… La música es oscura y te lleva con ella. Te hace temblar. Te quiebra pedacito a pedacito por dentro. Te incita. Te tienta. Te mete pensamientos nublados en la cabeza que te hacen levantar la llave inglesa y abrirle la cabeza como el coco que viajaba a la deriva, ver que dentro solo tenía sangre y vísceras como cualquier otro, que sus pensamientos ahora se desparraman sin sentido por toda la habitación.

Viaje hacia atrás

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Viaje hacia atrás | emartos.es

Hace tiempo que no cogía un tren. Está siendo un viaje cómodo. El paisaje es monótono pero con leves variaciones que lo hacen tan imprescindible como pasajero para mi memoria. He tenido la suerte de caer en el vagón del silencio, que es un nombre demasiado poético para designar una prohibición sobre uno de los más terribles impulsos de nuestra época: la comunicación compulsiva. También soy afortunado porque mis acompañantes de vagón son (más…)

Éxito

É

Éxito | emartos.es
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Recibo una llamada de no sé qué periódico. La reportera habla a gran velocidad, como si me estuviera alertando de un peligro. Creo entender algo sobre «mi repentina fama» y «repercusión internacional». Sin poder contener una breve carcajada, le digo que se ha equivocado y corto. De la calle viene un jaleo inusual. Me asomo a la ventana y hay un grupo de paparazzis que, al verme, se lanzan en jauría a fotografiarme. Asustado, me oculto tras las cortinas y agradezco no estar viviendo en Alemania. Me gritan intentando provocarme para que me asome de nuevo. Pienso que llamar a Braulio me puede salvar de esta locura, Braulio siempre tiene buenas ocurrencias, sensatas y sopesadas. Al desbloquear el móvil, veo cientos de notificaciones por todos los canales imaginables, incluso algunos cuya existencia desconocía. El aparato empieza a quemar, literalmente. Emocionadísimo y enfadado al mismo tiempo, Braulio aúlla que cómo he podido ocultarle algo así, que claro que me quiere ayudar pero ve difícil poder llegar a mi casa porque está viendo en Twitter que la multitud está muy cerca de aquí. Me noto un mareo de película sin llegar a desmayarme, sobre todo porque no entiendo una coma de lo que está ocurriendo. Me lavo la cara con agua fría con la ilusa esperanza de despertar de algo que sé que no es una pesadilla. Según Braulio, aún me quedan unos minutos para poder escapar. Corro hacia la calle con la elegancia de un pavo, y es entonces cuando, a unos cien metros, veo a la multitud enardecida. Jóvenes de apenas veinte años llevan una camiseta con mi cara y el lema PREMIO NOBEL escrito en rojo sangre. Al verme, saltan, señalan y chillan como si yo fuera una estrella del rock. Del otro lado, los paparazzis me han localizado y ya casi los tengo encima. Mi única salida es el callejón estrecho de enfrente. Agradezco al miedo la velocidad que siempre otorga y les gano la suficiente ventaja para colarme por una alcantarilla que ya tenía identificada para cuando nos invadieran los alienígenas. Ahí abajo, entre cucarachas y pestilencia, los oigo pasar como una estampida, gritando mi nombre, llorando por no poder tocarme. Saco el móvil. Tengo varias llamadas de Braulio. Antes de responder, leo la prensa. Mi cara es portada en todas partes. El escritor definitivo, El renacido, La literatura, son algunos de los titulares. No hay artículo de opinión que no hable de mí. Ha habido disturbios en Oslo a causa de la negativa de la Academia Sueca a otorgarme un Nobel de urgencia. La policía ha tenido que escoltar a mis padres a una comisaría para protegerlos de la turba, que exigía conocer mi paradero. Llamo a Braulio, él sabrá qué hacer. Mientras lo escucho contarme cómo ha sucedido todo en menos de dos horas, empiezo a advertir que ya nunca más podré pasear por mis rincones favoritos, dormirme leyendo junto a la ventana, opinar con libertad en las redes sociales. Y entiendo que la ficción puede solidificarse y llegar a ser tan persistente como la realidad misma. Al parecer, alguien encontró un relato que publiqué hace más de diez años en mi recóndito blog y lo convirtió en viral. Un relato que describe, parte a parte, la situación que me está terminando de ahogar en mierda ahora mismo.

Tela por contar: Jam session de microrrelatos

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Jam session | Eduardo Martos

Esta tarde, si nada prodigioso me lo impide, estaré en la librería Casa Tomada dándole rienda suelta a mis locuras, todo gracias a mi tocayo Eduardo Cruz Acillona, que todavía no sabe lo que ha hecho.

Estaré encantado de charlar con vosotros sobre literatura, locuras, agua (hoy es el Día Internacional del Agua, al parecer) y cualquier otra extravagancia que se os ocurra.

Ciclo Mirada de hoy (3ª y 4ª rondas)

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Como muchos ya sabíais, me he incorporado como presentador habitual del ciclo Mirada de hoy, organizado por La i Crítica e Índigo Crea, del que soy miembro. Ninguno ganamos nada con esto y ganamos mucho, pero solo desde el plano espiritual. Si algún mecenas quiere impulsar todo esto para convertirnos en rockstars de la literatura y que este ciclo sea como las charlas TED del arte, estaremos encantados de sentarnos a hablar.

Hoy os traigo, con bastante retraso, la 3ª y 4ª rondas. Si no habéis venido hasta ahora, os recomiendo que os apuntéis a la próxima. Estar tan cerquita de artistas tan polivalentes, intrigantes y talentosos, no es algo que te ofrezcan todos los días.

Derechos

D

Sabiendo que le asistía el derecho a la vida, se paseó sin ropa, con la piel embadurnada en sangre de cordero, a la vista de los lobos. Todavía les reclamaba respeto cuando ya le habían desmembrado una pierna.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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