Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Permutaciones

P

Sentí el metal clavándoseme con fuerza en la boca, y acto seguido, un fuerte tirón hacia arriba. Por insitinto y con todas mis fuerzas, contuve el arrastre por unos momentos, pero en seguida volvieron los jalones. Supe entonces que mi destino estaba sellado, que como mi padre y mis tíos, acabaría asfixiándome entre violentas convulsiones. Y fue ahí donde te vi, donde me vi. A través de ese largo hilo, de la fina pero firme caña, tu ser pasó a mí y el mío pasó a ti. Y así es como tú te asfixiaste y yo te honré sirviéndote en la cena.

Árboles

Á

Árboles

Evitaba los bosques y las alamedas, y en general, cualquier paseo en el que hubiera muchos árboles. No era una simple aversión lo que le provocaban. Para él eran seres vivos con una conciencia muy similar a la nuestra, pero confinados en una existencia inmóvil y sin comunicación. A pesar de la falta de pruebas, esa perturbadora creencia fue reforzándose hasta que despertó en la calma de la noche, la suave brisa meciendo sus cabellos, sus brazos estirados en un rictus inamovible, sus pies hundidos en lo más hondo de la loma, incapaz de hacer o decir o llorar.

Z

Z

Dedicado a Iker Jiménez, por ayudarme a descubrir a Fawcett.

No son pocas las versiones de la desaparición o muerte de Percy Fawcett. Nada se sabe con certeza de sus restos. Algunos dicen que simplemente desapareció río abajo. Otros afirman que fue asesinado por motivos viscerales. Hay quien apunta a la muerte accidental a manos de alguna bestia salvaje. Los menos, que son tomados por locos o charlatanes, repiten la historia del Hombre Poderoso, siempre joven, que reina bajo tierra sobre una estirpe legendaria desde 1925.

Desgajada

D
guitar

 

 

Las primeras notas, como de costumbre, te pasan desapercibidas. Sueles pensar en otras cosas. No son más que calentamiento, y el calentamiento es necesario pero poco valioso. Haces un barrido entre el público y te fijas en tres o cuatro personas concretas. A partir de ese momento, tus miradas irán dirigidas solo a ellos. Y como si te lanzaras en paracaídas o fueras a saltar dentro de un volcán, empiezas a hablar con tu guitarra. Hay quien piensa que los gestos que los guitarristas hacen con la boca, sus movimientos de cabeza, son un truco para darle emoción al tema. Puede que algunos lo hagan así, pero no tú. La manera que tienes de acariciar la guitarra, de mimarla entre tus brazos y sacarle, a un tiempo, las notas más agresivas, es tan peculiar que nadie ha conseguido definirla nunca. Para ti es un juego. En ese punto ya han desaparecido todos los demás y solo quedan esos tres o cuatro admiradores que saben leerte en lo instintivo. Siempre está esa viejecita que te acompaña a todos tus conciertos, y que aunque bien podría ser tu abuela, no te conoce de nada. Luego está el solitario, que cambia de piel de un concierto a otro, dejando su alma intacta. El grupo de amigos que se ha equivocado de concierto pero que acaba viviéndolo con pasión. Y la chica peleada con el mundo, que te recuerda a ti hace unos años. Te gusta tocar para un auditorio minúsculo, íntimo, aunque te obliguen a plantear esos macroconciertos tan horribles. La música es una comunicación efímera llena de belleza, y eso no puede suceder con cualquiera. Siempre das una parte de ti, algo que nunca regresa, que se queda en ese grupo reducido. Ves sus ojos brillar y eso es toda la recompensa que necesitas. Hoy, los de la anciana están fulgurantes. Sin darte cuenta, has empezado a tocar Tender surrender de Steve Vai. Ese tema no estaba programado. Tu manager te mira con el morro subido, como para decirte algo, y luego se resigna. Bastante haces con estar ahí. Hace calor, el sudor te chorrea por la espalda como un arroyo improvisado. Los dedos van solos. No tienes que pensar en los acordes. Las notas salen de ti como si ese tema hubiera estado contigo desde siempre, como si existiera antes de que tú nacieras, antes de que Steve Vai lo compusiera. Te trae recuerdos de momentos felices y extraños. Ese viaje a la sierra a los cinco o seis años, esa calma ruidosa de la naturaleza, el cielo cubierto de tantas estrellas que apenas había hueco para la oscuridad, que sin embargo está ahí siempre, al acecho, detrás de cada pequeña memoria. Dejas de sentir tu propia respiración, y el sudor, que debe de seguir ahí, parece correr por la espalda de otro alguien. En la parte más apasionada del tema, cuando tienes que dejarte la piel y todo sube por una escala infinita, vuelves a mirarlos, y ves en ellos una felicidad inédita. Te miran embelesados, tan ajenos a todo lo demás como tú. A duras penas notas ya los dedos, y pese a todo, la música sigue brotando de la guitarra, de ti, de tu alma. Sientes algo tan profundo que te hace llorar limpiamente. Ahí te vienen todas las escenas que te han hecho ser quién eres, que te justifican y te dan aliento. El brillo en sus ojos es casi cegador. Con los últimos acordes, el tema ya bajando por una pendiente apacible, echas en falta los latidos de tu corazón, el aire pasando por tu garganta, el peso de la guitarra en tus manos. Lo último que escuchas son sus aplausos atenuados, justo antes de fundirte con tu pasado, las estrellas y la naturaleza que te esperaban desde siempre.
Desde sus asientos, con los ojos llenos de lágrimas, el público aplaude enfurecido, sin advertir que la guitarrista se ha desvanecido. La anciana, el solitario y el grupo de amigos, sin saberlo, se llevan de este concierto algo mucho más profundo que tu música.

OVNI

O
Los vídeos de los avistamientos siempre eran nítidos al principio. Luego se iban emborronando, como su memoria. Le pasaba lo mismo cada vez que abandonaba la nave: Al principio todo era cristalino, pero a medida que transcurrían las horas, el recuerdo se iba empañando hasta que invariablemente se convertía en sueño o en olvido.

Entropía

E
Acababa de declarar en público una mentira que ocultaba sus más oscuros pecados, y se la habían creído. Horas antes, abandonaba un motel perdido en el que había estado recluida, fustigándose, durante once días insoportables. La culpa, la humillación, la vergüenza y el miedo, la cercaban sin cesar. Había llegado al motel algo confusa y conmocionada, pero acertó a registrarse con un nombre falso elegido con precisión. Ese nombre simbolizaba todo el dolor que la había conducido hasta ese lugar, y también una liberación repentina. Venía caminando desde la cuneta de una carreterita secundaria. Acababa de estampar su coche contra un árbol. Mientras aceleraba, solo pensaba en chocar tan fuerte que su marido, Poirot, Nancy Neale, Agatha Christie y todo lo demás quedaran hechos un amasijo irrecuperable.

Máscaras Rotas: Acabemos con el bullying

M

Máscaras rotas

En ocasiones, más de las que nos gustaría admitir, hemos mirado hacia otro lado en lugar de ayudar a quien lo necesitaba. Eso es más cómodo y seguro. Al menos para uno mismo. En ocasiones, incluso, hemos podido ser cómplices de situaciones que negaríamos ante cualquiera. Puede ser que una o dos veces hayamos sido los agresores, conscientes o no de lo que estábamos haciendo.

Yo sé que he hecho lo primero y lo último. Lo primero porque, echando la vista atrás, me doy cuenta de que compartí aula durante años con personas que no tenían relación con los demás, y apenas me esforcé por hablar con ellos. Nunca supe si tenían dificultades para relacionarse, si sufrían en su casa, si me podían haber necesitado. Lo último porque una vez, hace ya muchos años, tuve una cita a ciegas con una chica muy linda, muy especial, vital y simpática, y me fui cuando vi que llegaba en una silla de ruedas motorizada. Nunca llegué a pedirle perdón por ser tan mezquino, y nunca podré dejar de reprocharme esa cobardía y esa falta de empatía y de humanidad.

Por fortuna, nunca he sido cómplice de ninguna agresión, pero creo que he obrado bastante mal como para tener una noción de lo que supone ese problema tan complejo, tan grave y tan voraz como es el acoso escolar. Hay una constante en esos casos que he descrito, y es que no sé nada de cómo se sintieron esas personas. ¿Cómo vivieron ese momento? ¿Sería traumático para ellas? ¿Habrán podido superarlo? ¿Son felices a día de hoy?

Y por encima de todo, hay un pensamiento que me corroe: Todos somos uno. No hace falta ser religioso para que esta frase cobre un sentido literal. La distancia genética que separa a un ser humano de otro es infinitamente menor que la que hay entre nosotros y cualquier otra forma de vida existente. Visto así, casi se podría decir que todos somos hermanos. Cuando pienso en el sufrimiento silencioso que tantos niños sufren cada día, sumado al hecho de que yo podría haber sido uno de ellos, me estremezco. ¿Cuántas circunstancias habría que variar en mi vida para que ocupara el lugar de alguno de ellos? No sé cómo calcular algo así, pero sospecho que no demasiadas.

Pero en realidad, cuando me sumerjo en el pasado, me vienen a la mente recuerdos en mi propio pellejo. Que yo sepa, me he cruzado al menos tres veces con acosadores. La primera vez fue en la guardería. Allí había uno de esos niños que tienen fama de ser un trasto, de ir arreándole a todos los demás. Se llamaba Israel. Nunca lo olvidaré. Yo estaba sentado en un poyete, contemplando el sol, cuando sentí que me empujaban. Di de cabeza contra el suelo. El siguiente recuerdo es un jarro de agua fría y una profesora con un cubo azul en la mano. Estaba sentado en una silla y me estaban tratando de reanimar de una manera precaria. Estuve internado varios días en el hospital, y por suerte salí ileso, al igual que ese pequeño demonio que disfrutaba, ya a esa corta edad, haciendo sufrir a los demás.

La segunda vez fue en el colegio. Había un grupo de chavales, tres o cuatro, liderados por un cabecilla, que gozaban dándole palizas a los que no les plantaban cara. A mí me cogieron dos o tres veces hasta que aprendí a esconderme de ellos. Sé que lo conté y que se tomaron algunas medidas, y después de eso no volvieron a tocarme.

La tercera vez, también en el colegio, a un abusón le dio por amenazarme. No recuerdo los detalles con claridad, pero sé que durante dos o tres meses pasé mucho miedo yendo a clase y tratando de evitar cruzarme con ese bastardo.

Estoy seguro de que hay personas más afortunadas que yo, y otras que han corrido suertes mucho peores. Pero sé que no quiero seguir mirando hacia otro lado, y que bajo ningún concepto voy a volver a dañar a nadie de manera consciente. Como me acompaña un buen puñado de años, hace ya bastante tiempo que no soy un objetivo fácil para los acosadores.

Mi manera de luchar contra el acoso escolar es hacer una de las cosas que mejor se me da: escribir. Llevo bastante tiempo involucrado en un proyecto muy especial que quiero compartir con quien desee prestarme algo de atención. Se llama Máscaras Rotas, y es una antología de relatos solidaria que busca prevenir el acoso escolar. Todos los que participamos en este hermoso proyecto lo hacemos de manera altruista y desinteresada, con el objetivo de combatir esta una lacra tan nociva para la sociedad.

Quizá al leer mis palabras, has sentido que algo se movía en tu interior. Tal vez has sentido que también necesitas hacer algo, y puede que te estés preguntando cómo puedes colaborar con este proyecto. Hay muchas maneras de hacerlo:

  1. Comprando el libro. El dinero va destinado a AMACAE, una asociación que lucha contra el acoso escolar.
  2. Compartiendo nuestra fanpage entre tus contactos.
  3. Poniéndonos en contacto con AMPAs, colegios o asociaciones educativas para mover el proyecto.

Cualquier ayuda es bienvenida para acabar con este grave problema social que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos.

Gracias por tu colaboración.

Kellys

K

Dedicado a toda las kellys que hacen de nuestros viajes una experiencia placentera. También a los recepcionistas 🙂

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Me alojaba en un hotel moderno, cerca del centro pero no en el centro, lo cual intento evitar siempre que puedo porque me gusta sumergirme en la ciudad desde el principio. No me podía quejar. Todo estaba limpio y ordenado. Todo era (o parecía) nuevo. Los recepcionistas eran agradables y sonrientes, y la habitación, aunque justa en todos los sentidos, era útil para mis propósitos. Pese a todo lo que percibía allí (no olía a nada en absoluto), desde que puse el pie en la recepción empecé a sentir algo extraño en mi interior. Era una sensación casi física, como de agobio, que me atravesaba de parte a parte justo por encima del estómago. Como estaba cansado y no tenía mucho ánimo de buscar nada para cenar, encargué algo mediante el servicio de habitaciones. No tardaron en llamar a la puerta. El carrito, aséptico y sobrio pero limpio como todo lo demás, lo empujaba una señora de cierta edad a la que bien podían haberle trocado el alma por un trozo de madera. No sabría decir por qué, pero a la expresión de su cara le faltaba algo. Intenté hacer una broma para romper el hielo, y entonces me miró y sonrió como alguien que hubiera olvidado cómo se hacía y le hubieran enseñado por medio de ilustraciones. Detrás de esa sonrisa no había nada. Mientras me preguntaba si todo estaba correcto, me volví para buscar una propina. Cuando me giré para dársela, su rostro se había transformado. Era una expresión de horror congelado, de pánico. Sus manos estaban entrelazadas en posición de rezo, como si me estuviera rogando ayuda. Sus labios se movían despacio y pude leer sin problemas la palabra A-YU-DA. Justo cuando le iba a preguntar qué estaba pasando, llamaron a la puerta con urgencia. Di paso y entró un recepcionista muy agitado. Cogió a la camarera por el brazo y le dijo, mirándola muy fijo, que la estaban buscando desde hacía un rato y que la necesitaban ya. Sin darme tiempo de responder, me pidió disculpas y me dijo, mientras salía con la camarera, que el hotel me invitaría a la cena y a una botella de champagne por las molestias. Estuve tentado de bajar a preguntar qué había pasado, pero sentía que no había mucho que explicar. Sin embargo, la petición de ayuda me había estremecido. No me costó conciliar el sueño tras la cena y un rato de lectura.

A la mañana siguiente, justo cuando me iba a asear y me estaba mirando al espejo, me vino de golpe el sueño que había tenido esa noche. Fue una visión súbita, como una película de una hora que uno pudiera ver en un segundo. Era una especie de mazmorra sucia y fétida donde se agolpaban mujeres de mediana edad. Alguien les gritaba desde lo alto y las humillaba, obligándolas a gritar como animales, quedarse en silencio, reír o llorar. Sentí miedo y asco por aquella situación.

Después de un largo paseo por la ciudad, de mezclarme con la gente y de respirar los rincones ocultos que no se filtran en ninguna guía turística, regresé a mi habitación para descansar. Todo estaba en orden, recogido y limpio. Todo salvo un trozo de papel que se cayó al coger uno de mis libros. En una caligrafía difícil de leer, creí entender “ayuda” otra vez. No sabía si se estaban riendo de mí o si estaba empezando a volverme loco, pero bajé a recepción a preguntar qué significaba aquello. El recepcionista, sin inmutarse, empezó pidiéndome disculpas. Me contó que algunas de las camareras tenían problemas nerviosos porque tenían un convenio con una asociación de personas con no recuerdo qué problemas. Me aseguró que aquello no volvería a suceder. Me quedé más o menos satisfecho con las explicaciones y regresé a mi habitación, pero justo antes de entrar, vi a una camarera de piso que parecía tener sangre en la espalda. Acto seguido, un recepcionista la empujó hacia una habitación y cerró la puerta. Salí corriendo y golpeé la puerta para que abrieran, pero la única respuesta fueron unos sollozos que se acabaron apagando. Cuando me giraba para ir a mi habitación y llamar a la policía, sentí que me caía, después un fuerte dolor en la cabeza, y luego nada.

Fui recobrando la conciencia poco a poco, primero con la noción de un olor acre, luego con unas sombras que se movían en la penumbra. El suelo era rocoso y estaba húmedo. “Es nuevo”, “es nuevo”, “nuevo”, “nuevo”, escuché desde varios puntos casi al mismo tiempo. “Te atraparon”, me dijo una voz de mujer. “No saldrás de aquí”, dijo otra. “Ahora eres una de las kellys, tenemos que cuidarnos”. “Lo primero”, dijo una voz masculina y metálica en la que reconocí a uno de los recepcionistas, “es cambiar tu aspecto. De lo contrario, tendrás que trabajar para siempre en las calderas. Y ahora, ¡sonríe!”

La Navidad es cosa de niños

L

Navidad | FILHIN

“Es cosa de niños”, se decía cuando empezaban a surgir los iconos navideños. A sus años, en su soledad, no había sitio para esas ilusiones prefabricadas. Hacía tiempo que aprovechaba su holgada situación económica para pasar las Navidades en alguna ubicación estival. Así se ahorraba el frío y las idioteces del personal. Ya lo tenía casi todo preparado. Billete de avión, hotel, rutas fuera de los circuitos habituales… Pero una carta inesperada lo interrumpió todo.

En el trazo firme pero distraído reconoció, sin leer el remitente, a su hermano mayor. Llevaba años sin saber de él, tantos que ni manejaba una cifra exacta. Sopesó la posibilidad de ignorar la carta y seguir su camino, pero un atisbo de remordimiento, mezclado con la curiosidad, se asomó a su alma. La carta constaba de una sola línea, escrita con un bolígrafo que tendría poca tinta, sin prisa pero con una urgencia subyacente. “Ven cuando puedas. Me gustaría enseñarte algo.” Nada más. Ni un email, ni un teléfono, ni siquiera una explicación que justificara un cambio de planes tras años de silencio. Lo que fuera tenía que ser importante. Su hermano podía ser muchas cosas, pero no era un alarmista.

Despacio, arrastrando su resignación con aplomo, preparó un equipaje muy distinto y empezó a organizar los detalles del viaje. Se dirigía más a una época que a un lugar. Iba directo a su infancia.

Una vez allí, no le costó encontrar la casa de su hermano, y antes de sus padres, donde habían crecido juntos. De camino pasó por lugares de toda la vida y recordó momentos que su memoria habría deformado caprichosamente, pero que volvían a visitarlo con un sabor inconfundible. Carreras en trineo, emboscadas al lechero, rastreo de huellas de alimañas… Estaba ahí, viéndose desde la distancia, sabiendo que los pocos viejos del lugar ya no se acordaban de él y lo miraban como a un forastero. Ese pasar desapercibido siempre ha jugado en su favor. La casa era imponente, más por lo antiguo que por el tamaño. De pequeño sospechaba que la habían edificado exóticas civilizaciones del pasado, y que por carambolas del destino se había ido camuflando entre las construcciones circundantes sin llamar demasiado la atención. En cierto modo era una casa distinta, y a qué negarlo, poco acogedora. Se plantó en el porche y llamó al timbre. Nada pareció moverse dentro. Tras unos minutos volvió a llamar, pero no abrió nadie. Un anciano que estaba apostado en la acera de enfrente le dio una voz. Según le contó, la casa llevaba deshabitada varios meses y nadie sabía nada de su hermano, pero el dueño de la pensión quizá tenía una llave. Era una especie de manitas y solía encargarse de mantener las casas.

Efectivamente había una llave, pero las indagaciones del posadero fueron arduas por su desconfianza natural. “Si me han confiado las llaves de una casa, es por algo”, repetía. Por fin se convenció y fueron juntos a abrir la casa.

Habían pasado décadas como podían haber pasado cien años, porque a pesar del polvo, de la escasa luz y de los objetos ajenos, el espíritu de la casa estaba intacto. No le costaba imaginarse correteando con su hermano escaleras arriba, inventando historias de héroes mitológicos, su madre gritando a lo lejos. Sin darse cuenta, el posadero se había ido. Las llaves estaban sobre la mesita del recibidor. Se preguntaba dónde andaría su hermano, por qué no estaba allí para recibirlo. Sacó la carta y la releyó: “Me gustaría enseñarte algo.” ¿Enseñarle qué? ¿O cuándo?

Al fondo del pasillo se veía el despacho de su padre, y todavía se palpaba su presencia en el ambiente. Nunca estaba en casa, y cuando lo hacía, era para imponer su brusca autoridad. La madre, inestable y enferma, rara vez les sirvió de consuelo o de bálsamo ante la violencia paterna. La casa parecía nutrirse de todo ese desorden, de toda la ansiedad contenida, y lo reflejaba en cada fragmento de su materia. En toda la estructura salvo en un pequeño rincón oculto entre la escalera y el desván. Un hueco que sólo ellos conocían y que les proporcionaba refugio cuando se desataba la tempestad. Estaba decorado con adornos navideños que el dueño de la fábrica del pueblo, al tanto de la situación, les regalaba cada año. Entre los dos urdieron un complejo universo en el que cada adorno, cada forma, tenía un significado que evocaba la bondad, la generosidad, el amor. Todo aquello que anhelaban y que sólo podían darse el uno al otro en muy contadas ocasiones.

Subió la escalera sin prisa, como si temiera que el refugio ya no estaría, o que había sido profanado. Al abrir la trampilla y retirar el falso tablón, sintió que regresaba sinceramente a esos pocos momentos felices. Iba recobrando las ficciones, las leyendas, los personajes. El árbol de Navidad, en cuyas ramas ocultaba la sabiduría de todos los duendes; las bolas de colores, planetas y lunas de una galaxia remota y helada; el muérdago, que guardaba secretos que no se decían en voz alta; los villancicos como antiguos conjuros de magia blanca… Y entre invención e invención, cada una de las sonrisas cómplices, los abrazos de caballeros, la lealtad eterna.

Bajó entre abrumado y nuevo. Vagó un rato por las habitaciones hasta que, sin querer, se topó con una respuesta que hubiera preferido desconocer. Una cama deshecha, un gotero, un respirador artificial. Pocas veces una serie de objetos mudos dicen tanto y con tanta fuerza. Se preguntó si su hermano habría estado solo, si en el refugio habría encontrado lo mismo que él acababa de experimentar. Si, de alguna manera, habían vuelto a coincidir en espacios y tiempos disímiles. Supuso que habría dispuesto que la carta se enviara al final, cuando le resultara más sencillo despojarse del rencor y enseñarle lo que ambos habían sepultado.

Entre las ausencias y el silencio atroz, sólo le quedaba un pensamiento, que era más bien una esperanza:

La Navidad es cosa de niños.

La Navidad que llevamos dentro

L

La Navidad que llevamos dentro

Siempre se había mostrado contrario a la Navidad. Le molestaba ver toda esa felicidad exprés, ese buenismo concentrado en unos cuantos días y ese zampar sin criterio que gobernaba todas las reuniones familiares. Llegó a crecerse tanto en sus críticas que lo acabaron apodando el Grinch. Y no sólo eso. Empezaron a apartarlo de algunas conversaciones, a mirarlo en grupo cuando creían que no se daba cuenta, a hacer planes sin contar con él. Aunque esos comportamientos le molestaban, le podía más su cruzada contra la Navidad. Sin embargo, había algo que estaba más allá de lo que podía argumentar y que vertebraba esa repulsión que sentía hacia lo navideño. Algo que lo acompañaba desde que tenía uso de razón. Era una pulsión, un rechazo primordial que se movía en su interior como si tuviera vida propia.

Ese año, en Nochebuena, todos charlaban sobre asuntos irrelevantes y estaban contentos porque habían conseguido reunirse un día como otro cualquiera, aunque revestido de solemnidad y misticismo. En un rincón junto al ventanal, intentaba pasar desapercibido y ser cordial en un entorno que le resultaba sofocante. Algunos empezaron a gastarle bromas sobre su militancia antinavideña, pero su coraza era resistente y se limitó a seguirles la corriente. Sin saber cómo, al cabo de unos minutos ya no había una conversación en la mesa que no girase en torno a su rechazo hacia la Navidad. Querían saber los motivos. Se burlaban de sus respuestas. Empezó a sentirse incómodo en muchos sentidos, pero sobre todo físicamente. Intentó cambiar de tema sin éxito, incluso tras rogar que lo dejaran en paz. Las preguntas eran cada vez más directas y crudas. Y con cada una, venía una invitación a comer y a beber. Sintió mareo y pensó que algo le había sentado mal. Quiso excusarse pero varias manos lo mantuvieron sentado. Más que una indigestión, era como si estuviera dejando de sentir sus entrañas, o como si sus entrañas ya no fueran suyas. También le pareció que el botón del cuello le apretaba demasiado, así que se aflojó la corbata y se desabrochó sin que la sensación de agobio, de tener una abrazadera metálica presionándole el cuello, desapareciera del todo. Le costaba tragar un sorbo de agua. En medio de todo el jaleo, de todas las bruscas preguntas, reposaba un zumbido que parecía una plegaria. Hizo un nuevo intento de levantarse para ir al baño pero no lo dejaron. Le costaba respirar y tenía calor y mareo, pero ya no sabía cómo salir de allí. Se sentía débil y fuera de sí. Con esfuerzo tomó la palabra y les gritó su odio hacia la Navidad, hacia todo lo que consideraba falso y efímero, hacia todos ellos, que en lugar de enfadarse o abochornarse, reían y lo celebraban. Cuanto más gritaba, peor se sentía por dentro, y los otros más lo jaleaban, siempre con ese zumbido de fondo y sin dejar de ofrecerle comida y bebida. En algún momento, presa de un pánico similar al que debe de sentir un cerdo en el matadero, intentó correr hacia la puerta, pero tropezó y cayó entre las risas enloquecidas de los comensales, que se agolpaban en torno a él y seguían hablando para perpetuar ese asqueroso zumbido. Con las últimas estrofas de ese cántico del averno, notó que algo lo abandonaba, una sustancia pegajosa y viscosa que se le iba separando de los huesos y de los músculos y de la sangre. No pudo terminar de ver cómo la Navidad emanaba de su cuerpo, apaciguando el hambre de sus amigos y familiares.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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