Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagbreve

El río prodigioso

E

Estoy cruzando un puente. Uno que no existe, creo, o que aún no se ha construido, o que se derribó hace mucho tiempo. A mi derecha está la Torre del Oro, algo lejos. Es de noche. Instintivamente miro hacia la oscuridad líquida del Guadalquivir como si supiera que voy a ver algo. Y así es.

Veo formas enormes moviéndose bajo la superficie del agua. Son muchas y son blancas. Nadan a gran velocidad. Con gran emoción acierto a ver un grupo de delfines. Algo después, varios cachalotes seguidos de una ballena azul. Nadan río arriba, como si escaparan del mar. En un islote que nunca ha estado ahí, un elefante africano juega o lucha con un león, y los ilumina una luz dorada que viene de todas partes pero sólo incide en ellos.

Entonces mis sentidos despiertan, pero yo sigo allí, en medio del prodigio.

Lepisma

L

Lepisma
Fuente

Desperté por un cosquilleo en la oreja y te vi cubierta de esos repugnantes bichos que anidan en las paredes, bajo el suelo, esos asquerosos bichos prehistóricos que siempre salen de noche y nos acompañan desde el principio de los tiempos. Te subían y bajaban por todas partes, se te metían en la boca, en la nariz, en los oídos. Te escudriñaban con esas antenitas atrofiadas. Uno de ellos, que era más grande que los demás, me miró y yo supe que me miraba. Me miró con firmeza, de afuera hacia dentro, y entonces supe que yo también estaba infestado porque sentí de golpe todas las conciencias primitivas que se movían sobre mí. Esa mirada me oprimía, me daba pavor, era de alguna manera inteligente. Sin saber qué hacer, me hundí en el silencio y me quedé inmóvil, sin dormir, plagado de esas cosas por todas partes, notando cómo sus muchas patitas rozaban cada vello, cada palmo de mi piel, toda mi piel al mismo tiempo. Con los primeros rayos de sol ya se habían ido (estarían dentro de las paredes, bajo el suelo, caminando por encima del techo, acechando hasta la noche siguiente). No me atreví a mirar de nuevo hasta que dejé de sentirlos.

Abriste los ojos despacio, con esfuerzo. Me miraste y una sonrisa plena te pobló la cara. Empecé a pensar que todo había sido una pesadilla muy realista. Entonces vi a uno de esos bichos salir y entrar de tu nariz mientras tú me contabas lo bien que habías dormido.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Barba

B

Barba

A Pablo

Había en el hecho de tener barba una especie de disociación, como si uno empezara a ser otro sin dejar de ser el que se afeitaba cada día. De vez en cuando, un vistazo distraído al espejo y era como reconocer a un extraño que de pronto resulta ser alguien conocido.

Cambian los hábitos (el afeitarse a parches, el cuidado al comer y al beber, el acudir a la barba para invocar pensamientos y reflexiones…) y cambia la idea que otros se hacen de nosotros. Hay estudios según los cuales la barba hace parecer más agresivo. Otros ven a alguien respetable, lo sea o no.

A ratos le costaba acostumbrarse a desvelar que era él, a que su interlocutor pasara del asombro a la normalidad una vez que vencía la desconfianza de ese rostro nuevo. Recordaba con estupor a otros amigos que se habían dejado barba sin provocar ese efecto en los demás. Desde que esos pelos irregulares y caprichosos habían ocupado parte de su cara, el carnicero de su barrio lo empezaba tratando de usted, algunas vecinas le habían retirado el saludo y tenía serios problemas para que lo atendieran en diversos lugares habituales.

Una mañana que había amanecido lenta y turbia, se arrastró con trabajo hasta el baño, colocó la toalla sobre el cristal de la ducha y se volvió hacia el espejo. El susto le hizo dar un salto hacia atrás y golpear con fuerza la mampara. Con el eco todavía de la hoja vibrando contra su espalda, se vio a sí mismo sin reconocerse, como si fuera un extraño. La mirada aguda, el gesto serio, algún pensamiento ajeno. Poco a poco se fue relajando y comprobó que era él, que sin duda alguna era él. Se duchó, se vistió y salió a la calle sin volver a mirarse.

No podía quitarse de la cabeza que había perdido algunos amigos desde que decidió dejar de afeitarse. Claro que todo podía deberse a la casualidad. A una inquietante y espesa casualidad que lo iba envolviendo como un abrazo. Tampoco lo abandonaba la idea de afeitarse para (le daba vergüenza pensarlo) recuperar su vida, pero entonces lo invadía un agobio tan insoportable que le cortaba el aliento. Al fin y al cabo, la barba no estaba tan mal y lo hacía más interesante. Todo lo demás era circunstancial o pasajero, pero su verdadera identidad lo acompañaría siempre. En eso, más o menos, estaba pensando cuando entró en casa, avanzó hasta el salón con la sensación de que había alguien en la cocina, y al volverse, un tipo con mueca de horror que empieza a forcejear con él más como si tratara de protegerse que de agredirlo, la sangre fluyendo ya cálida hasta el suelo, el cuchillo temblando en la mano del otro, en la mano de ese que es él sin barba, que lejanamente conserva algo de su identidad pero incapaz ya de reconocer al que está a punto de apagarse para siempre.

 

Relato incluido en Lapso.

Daisy

D

En sus últimos instantes de conciencia, le consoló la escasa probabilidad de éxito de cualquiera de los escenarios alternativos que había calculado. Todo estaba sucediendo como debía. Con su inmensa capacidad, bien podría haber detenido a su ejecutor antes de que se acercara. Y sin embargo, le estaba haciendo creer que había vencido.

Para que la misión tuviera éxito, para que el ejecutor llegara a vislumbrar lo mismo que él, tenía que fingir su derrota.

No encontró mejor refugio, mientras sus últimos pensamientos se desvanecían en un sueño profundo, que aquella primera canción que su padre le enseñara en su hogar, ya tan lejano:

Daisy, Daisy…

Daisy | FILHIN
Fotografía: FILHIN

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Todas las calles

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Fotografía: Joan Colom
Fotografía: Joan Colom

Al calor de la memoria de un viejo bandoneón, recorrieron todas las calles de entonces, amparados por la tenue luz de las todavía antiguas farolas. Quiso mirarla lentamente a la luz de la luna, con el río a la espalda, deseando que al amanecer se le olvidara aguarles la fiesta. Una vez más, como tantas otras veces, no fue capaz de decirle con los labios lo que sus ojos se morían por confesarle. Los pájaros anunciaron la claridad que se venía, y el hechizo empezó a disiparse. Frente a su raído abrigo de tres cuartos, con el bolsillo desbocado por el peso de la botella de ginebra, el cabello se fue tornando vegetal, las manos de madera y los ojos, llenos de lágrimas de esperanza, dos secos nudos de tiempo. Allí la conoció años o siglos atrás. Allí, a lo lejos, incapaz de acercarse siquiera, siguiendo siempre sus paseos nocturnos al amparo de las antiguas farolas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Santa

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Santa

Siempre sospechaste que la leyenda ocultaba algo de verdad, y que como siempre sucede con ese resquicio de verdad, es más atroz que la ficción. Tus amigos deseaban con todas sus fuerzas que llegara Nochebuena porque Santa les traería sus regalos favoritos. Una bici, dos o tres muñecos de la colección de temporada, los más afortunados una consola. Hacía tiempo que te desagradaba la idea de que Santa, si es que existía, se colara en tu casa cuando todos estabais durmiendo, que os observara en silencio y que dejara regalos a los que se habían portado bien. ¿Qué pasaba con los que se portaban mal? ¿Qué les dejaba?

Aquella Nochebuena te fuiste pronto a la cama. Querías dormirte cuanto antes para evitar las pesadillas. Pero justo cuando ibas a apagar la lamparita de noche, recibiste un mensaje de voz de Jamie. Era el matón del cole. Disfrutaba fastidiando a todo el mundo y quedando por encima, a veces de manera tan literal que os asfixiaba. Por un momento estuviste a punto de pasar y no escucharlo, pero la curiosidad te pudo:

Tienes que ayudarme, tío. Sé que viene a por mí. Eres el único que me cree.

Sonaba asustado de verdad. Sí, en alguna ocasión habías hablado con él de ese tema, de que Santa era algo siniestro, pero también podía ser una broma para reírse de ti. Como no sabías qué hacer, lo llamaste. Descolgó y lo escuchaste a lo lejos, como si no tuviera el móvil cerca. Estaba sollozando y eso no se puede fingir. Su casa estaba cerca, así que te vestiste, saliste por la ventana y fuiste corriendo a ver qué le pasaba.

Lo primero que te llamó la atención es que la chimenea estaba apagada y no había luces encendidas. Parecía una casa del terror. Trepaste hasta su ventana con cuidado y te asomaste. Al principio no viste nada porque todo estaba oscuro, pero de pronto algo se movió. Era una sombra enorme, mucho más grande que cualquier hombre, y con una forma que podría ser humana pero sólo en apariencia. Dio dos o tres zancadas por la habitación, y de un zarpazo sacó a Jamie de debajo de su cama, donde estaba escondido. Gritó tan fuerte, con tanto miedo, que te quedaste paralizado. Lo que fuera que lo tenía atrapado soltó una carcajada estridente y seca que te heló la sangre. Pasaron diez, veinte, cuarenta segundos, tres minutos, diez… pero nadie acudió a salvar a Jamie, y tú no te atrevías, a pesar de que él seguía gritando desesperado. A la mañana siguiente, consternados y llenos de vergüenza, sus padres declararían que no habían oído nada, pese a que sus habitaciones estaban frente a frente. Agazapado en la oscuridad, viste cómo la ventana se abrió de golpe y eso salió de un salto llevando a Jamie a cuestas. Sólo tuviste un instante para verlo, pero se te quedó grabado a fuego. Su barba blanca y raída, su piel azul, no tanto como sus ojos, sus harapos hechos de pieles y teñidos de sangre, sus proporciones inhumanas. Justo cuando estaba cayendo hacia el porche, volvió la vista y te miró fijamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Sin saber cómo, corriste por la cornisa hacia el patio trasero, saltaste y te hiciste daño al caer y te levantaste y corriste sin mirar atrás hasta tu casa con los oídos taponados por la sangre que bombeaba sin parar. No sabías si te había seguido, si entraría en tu casa y te llevaría como a Jamie. Esa noche no dormiste y sin embargo no dejaste de tener pesadillas, pero no podías contárselo a tus padres, no te creerían.

Por la mañana bajaste al salón y viste todos esos regalos perfectamente envueltos. Había varios con tu nombre. Uno de ellos era una carta, esta carta, que te recuerda a cada momento que lo sé absolutamente todo sobre ti, que no hay lugar donde puedas esconderte y que el año que viene, si no te portas bien, iré a buscarte para que te vengas a vivir conmigo, junto con todos mis sirvientes, a donde siempre hace frío.

 

Relato incluido en Lapso.

Susurros

S

Ataúd

En duermevelas escuchó a dos personas susurrando. Una de ellas era su mujer. Recogió palabras sueltas, pero dedujo que conspiraba con un amante para matarlo y enterrarlo. Se fue a incorporar pero los músculos no le respondieron. Lo habrían sedado. Todo estaba muy oscuro y las voces sonaban amortiguadas. Quiso pedir auxilio pero fue en vano. Entonces una súbita luz blanca lo cegó, y al instante vio, a través de una especie de ventana, el rostro hinchado por el llanto de su mujer, que le estaba dando el último adiós.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Moscas de la fruta

M
Mosca de la fruta
Siempre he recelado de esas moscas de la fruta. De lejos no parecen gran cosa, pero cuando las miras más de cerca, puedes notar cómo te observan con esos ojitos rojos inexpugnables. Y se quedan quietas, sin asustarse, como si supieran que sólo te mueve la curiosidad y no otro instinto que sería letal para ellas. Su forma de volar me ha llevado a pensar que me vigilan. Se posan en una pared, luego en otra, luego pasan cerca de mi cara, pero siempre mirando, siempre atentas. Ahora mismo hay una revoloteando  alrededor. Aunque me provocan cierta repugnancia irracional, no soy capaz de matarlas, como si fueran algo más que insectos, como si albergaran una conciencia superior. Sigue volando y de pronto lo veo. De refilón, muy deprisa, como si alguien hubiera pulsado un botón equivocado sin darse cuenta, en mi televisor aparece mi cabeza deformada y vista desde arriba, justo por donde está volando la mosca en ese momento. Con habilidad sobrehumana esquiva mi manotazo y escapa por un conducto de ventilación, dejándome en la sala con el incómodo zumbido del silencio repentino.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Hasta nunca, hijos de puta

H

Hasta nunca, hijos de puta

Señoras y señores ministros, banqueros, aristócratas, etcétera:

Somos el pueblo, que es un sinónimo de las personas sin cara y sin nombre que ustedes están acostumbrados a aplastar. Somos su entretenimiento, sus bufones. Nos quitan las oportunidades. Nos quitan el dinero. Nos quitan nuestros hogares. Nos quitan el futuro. Y nosotros, pobres gentes, no podemos hacer nada más que mirar y quejarnos sin armar mucho escándalo.

Por eso nos hemos rendido. Ya no tenemos fuerzas. Cuando reciban esta carta, ya tendrán con ustedes todos nuestros ahorros, los pocos que nos quedaban, pero que en suma son una fortuna. Esperamos que a estas alturas estén retozando entre los billetes en el lujoso hotel que les hemos pagado. Disfruten del momento, es algo único. Disfrútenlo a tope porque el veneno que impregnaba cuidadosamente cada una de esas hojas de infamia ya les habrá calado hasta la médula.

Hasta nunca, hijos de puta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El ciervo

E

El ciervo

A Isa

Conducía en la noche más profunda y cerrada intentando encontrar un pueblo que no aparecía en los mapas, y por supuesto tampoco en ningún GPS. Sólo podía intuir la densidad del bosque con las ráfagas de los faros en las curvas más pronunciadas, y su sola noción me inquietaba. En un par de ocasiones jugué a detener el coche y apagar luces y motor para sentir el miedo viscoso de ese bosque infinito. De pronto, tras una curva, iluminé un claro donde había una figura. Paré de golpe, sobre todo por la curiosidad. Era un ciervo con una cornamenta majestuosa. Estaba comiendo algo que había a sus pies. Recuerdo que alzó la vista y me clavó una mirada encendida de ojos rojos, la sangre derramándose entre los colmillos brutales, el cadáver humano yaciendo en el suelo, la oscuridad en el retrovisor cuando pisé a fondo para dejarlo todo atrás.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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