Eduardo Martos

Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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La montaña

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Ausente - Eduardo Martos
Ausente – Eduardo Martos

¡Espérame, amor, voy hacia ti…!

Por la grieta inapreciable que atraviesa la montaña fluye agua nocturna que, incesante, sigo y escucho desde que me habló de ella. Me mostró un reflejo vagamente conservado de su tez; yo lo contemplé arrebatado de un amor invencible y oscuro como mi mundo. Por donde el agua pasaba, yo no podía deslizarme. Cada noche las gotas, generosas y amables, me traían el difuso reflejo de su rostro, que durante instantes breves llenaba mi alma solitaria. Yo me resignaba a esperar la noche dentro de la montaña imperturbable, oyendo el goteo del agua ociosa, que en su viaje consume las entrañas de la roca; o trataba de memorizar todos los relieves de una pared. Aunque la oscuridad domina mi mundo, el agua nocturna indica la declinación del día. Tras verla a ella, aunque me llegaba incierta y mermada, pasaba horas realzando su belleza. Los días que el agua no podía traerme nada, soñaba sin tregua con sus cualidades apenas vislumbradas. Nunca había visto una pureza semejante, ni aun en las lentas calizas. Tampoco había sido herido tan adentro, ni siquiera cuando caí sobre las afiladas rocas del abismo.

El Tiempo me fue arrebatando la paciencia; necesitaba verla (por primera vez sentí necesidad), comprobar su existencia, hasta ahora efímera y acuática. Consideré que ella no me conocía, que ignoraba mi angustia y no sospechaba que, en la recóndita profundidad pétrea, una conciencia vivía esclavizada por un atisbo de su imagen. Pero ella no era la culpable, sino la montaña, que me retenía en contra de mi voluntad. Desconocía el tiempo que permanecería allí fuera, en la proximidad inalcanzable. Quizá venía de algún lejano valle, o acaso estaba de paso y en algún momento partiría para siempre. Sumido en la desesperación, ensayé varias formas de abandonar la montaña, de ser libre y verla y tocarla. Sin embargo, todos mis intentos fracasaron. Llegué a pensar que la montaña evitaba mi huida. Me propuse intentarlo hasta que el desgaste me aniquilara; así, al menos, no me sentiría culpable por perderla. Pero entonces sucedió algo que me incomunicó del agua y del exterior; algo que me alejaba más de ella, porque cada pensamiento, cada recuerdo de su rostro en el agua, era una tortura que me atería como el rechazo instintivo hacia el dolor. Sucedió que las paredes que me cercaban se derrumbaron, dejándome atrapado en una cámara casi hermética que tan sólo intercambiaba con el exterior pequeñas cantidades de aire. Pero el agua no podía pasar por esos conductos.

Lentamente me asomaba a mi final. Mientras, no podía más que estudiar las paredes, que ya conocía mejor que mi propio ser, y recordar la imprecisa imagen que de ella me quedaba. Hubiera querido olvidarla, deshacerme de su visión tortuosa, pero alguna suerte de magia protegía ese recuerdo indeleznable. El agua entró en mi celda. Creo que yo había presentido su humedad mucho antes, pero no quise creer en una esperanza que, de ser falsa, me hubiera matado. Me contó que muchas corrientes habían trabajado sin descanso para liberarme. Les agradecí su ayuda infinita y prometí recompensar la deuda. Me llevaron a galerías más amplias, donde recordé el tacto de los filones de carbón y el perfume de las cavernas de caliza. Algunas gotas llegaron apresuradas y me mostraron su imagen. El tiempo de mi cautiverio, que sólo se puede medir en unidades de dolor y sufrimiento, parecía haber desaparecido de pronto. Para colmo de mi felicidad, el agua me confió un método para salir de la montaña. Llevaría tiempo, pero con su sabiduría en el arte de perforar la roca sin romperla, vería por fin la luz, sabría cómo es el día del que me hablan las gotas. Porque en esta prisión informe y de tinieblas me fue dado un sentido que sólo he usado para admirar su belleza inalterable.

Recorrí las primeras distancias sin apenas esfuerzo, aunque conforme avanzaba se hacía necesario ensanchar la cavidad para que mi cuerpo pasara. A veces notaba estremecimientos en la montaña: estaba furiosa por mi marcha. Durante las horas en las que el agua tenía que marcharse, mi único enlace con la vida era la esperanza de alcanzar el momento final.

La locura dio al fin su fruto. Tres días sucedieron con la claridad que anunciaba el término de mi mundo y el comienzo de mi libertad. Cuando, por fin, el agua perforó la última lámina; cuando mi cuerpo se deslizó con suavidad hasta caer sobre una plataforma horizontal y sentí el frío de la brisa nocturna en mi piel, y por primera vez respiré aire puro; cuando la salvaje visión de la inmensidad atacó mi vista con valles, cordilleras interminables, nubes, plantas y otros elementos misteriosos, esa dimensión que sólo conocía a través de los relatos del agua; cuando alcé la vista la vi.

Su blanco rostro luminoso me cegó y sentí que su calma perpetua me inundaba sin prisa. Gradualmente recuperé la vista y mis ojos quedaron fijos en su imagen inmóvil y nítida, en el disco perfecto que gravitaba en el cielo. Ella me observaba, me iluminaba con un haz que se me antojó cálido. El agua me había hablado de muchas cosas, pero nunca de ella. Todo lo que dominaba mi vista era fascinante, pero lo ignoré para contemplarla y aprender cada detalle de su faz. Noté un estremecimiento, un temblor en mi cuerpo, caí al suelo. Supe que me moría.

El agua se elevaba ya sobre mi cabeza al encuentro de la pálida belleza inasible. Fui feliz por haber cumplido mi sueño de verla y por haber liberado al agua amiga de la esclavitud terrena. Apenas consciente, oí un estruendo de rocas desplomándose, y luego, el silencio sepulcral, el silencio oscuro. El paisaje había desaparecido, volvía a estar dentro de la montaña, atrapado para siempre porque el agua se había ido. Esa noche comprendí que mi madre, la montaña, fuera de la cual no vivo, me había salvado. Pensé una vez más en ella, a la que no vería más, ni siquiera en el espejo líquido que me había acompañado durante tanto tiempo. Cerré los ojos. Sólo me quedaba dormir.

Esa noche, como todas las que han venido después, soñé que la montaña se abría y ella entraba y yo le enseñaba mi hogar. Venía con el agua, que felizmente nos abría paso por los pasadizos más estrechos. Ella me contaba lo que veía en sus viajes por el cielo, como las otras montañas, mayores incluso que la mía, salpicando los paisajes infinitos. Todo transcurría despacio y no había despedidas. Al despertar me acompañaban la oscuridad y el silencio.

¡Ven, amor, te espero…!

 

Relato incluido en Lapso.

Orígenes

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Tow Mater

No me hace falta saber a dónde voy… Sólo saber de dónde vengo.

Tow Mater

Dedicado a Julio, el mayor fan de Cars que ha conocido el mundo.

Las palabras que no quedan – Día #0 – A veces

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Fugaz - Eduardo Martos
Fugaz – Eduardo Martos

Hace muchísimo tiempo tuve algo parecido a un podcast, cuando de hecho todavía no existían los podcast o no se habían popularizado. Sí, es una de esas historias de abuelo cebolleta que nadie quiere escuchar, y yo menos, sobre todo porque recitaba con demasiadas pretensiones. Un podcast no es para recitarlo, sino para charlar, incluso para divagar sin rumbo. De esa manera es mucho más fácil ser constante porque siempre hay algo que contar o algo por lo que callarse. Y los silencios, aquí, también funcionan.

Me ha parecido conveniente titular este podcast Las palabras que no quedan porque cada vez se habla menos, se escucha menos, se disfruta menos del lenguaje. Y creo que la voz, la que surge del interior y transmite un mensaje sincero, es uno de los mayores placeres que existen. Y no deberíamos quitarnos de un placer semejante.

Así que por fin he sacado un rato de luces apagadas y sueño ausente para compartir un tesoro que he rescatado de una carpeta antigua. Se trata de un poema de mi gran amigo Paco Montero (a.k.a. GuK). Espero que os guste tanto como a mí. El Tema musical es Buena Vista del álbum Awakening, de Chill Carrier. Si os apetece pasaros de vez en cuando, estaré por aquí.

El manual de aprendiz

E

Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Dicen que ella pudo coger el libro de una de las dos salas de la Biblioteca del Sur al azar. Y que en ese libro sólo hubiera lecciones de álgebra.

Pero los hechos son mucho más complejos. Porque durante meses visitó la misma estantería y leyó el mismo libro. Ella, una persona cualquiera, una solitaria oficinista sin aparente interés por las matemáticas.

Un día de sol, de pronto, dejó de ir a la biblioteca. Todo se supo gracias al eficaz registro de préstamos: faltaba un desconocido tomo único, el libro de Métodos, que ya nunca se pudo recuperar porque su puerta no volvió a responder a las llamadas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Bajo una roca profunda

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Tempestad

Me contaste que una enfermedad te estaba matando rápidamente; apenas te quedaban unas horas de vida. La cura, por desgracia, se encontraba en el fondo del océano, oculta bajo una roca. Me desesperé pensando en la vastedad oceánica, en todas las rocas de color azul grisáceo bajo las que podría estar el freno de tu muerte, en el poco tiempo que seguía reduciéndose. Salí a la calle, era de noche. Debía elegir correctamente el punto de entrada. Bajo las tapas de alcantarilla, en los descampados y en los arriates, el mar esperaba silenciosamente. Corrí hasta el descampado de los eucaliptos y me lancé al agua, que empezaba siendo fango lleno de podredumbre. Alejándome un poco de la acera sentí el frío de las corrientes profundas y me sumergí sin dudarlo. Tuve que salir a respirar. Había olvidado que dependía únicamente de mis pulmones. Me sentí perdido en medio de la inmensidad marina, rodeado de casas, farolas y asfalto, pero con el mar y todos sus misterios insondables oscilando bajo mis pies. Entonces te recordé un año atrás, transformando la primavera en las anheladas ondas de tu pelo, diciéndome al oído algo que me hizo sonreír. Una vez más me introduje en el abismo, pero ya no dudé. Tenía que encontrar la piedra exacta en una oscuridad impenetrable, sin linternas, sin focos, rodeado de criaturas extrañas que no me tenían miedo. Varias veces tuve que regresar de las profundidades para coger aire. A la tercera o cuarta emersión se había desatado una tormenta colosal que me arrastró y me desorientó. No me rendí y bajé hasta las pesadas rocas. Ya me empezaba a asfixiar cuando sentí una presencia bajo una roca idéntica a todas las que había levantado. La corriente me impulsó súbitamente y tuve que salir a respirar. El oleaje me lanzaba con fuerza en todas direcciones, mareándome, desorientándome, agotándome. Me empujó hasta el fondo a gran velocidad y me golpeé con una superficie durísima. Medio inconsciente intenté moverla. Cedió con facilidad y mostró la anhelada cura. No sé cómo salí a la superficie, ni cómo me arrastré hasta la cama donde agonizabas, pero recuerdo que te salvé y que volviste a la vida.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Sensación imperfecta

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A esa sensación imperfecta.

Tango atardecido - Eduardo Martos
Tango atardecido – Eduardo Martos

Hace años que me persigue una sensación extrañamente conocida y penetrante, lejana y persistente. En cierta ocasión he creído su presencia una tortura; pero ahora sé que me sumerjo en su esencia al recordarla, y ese baño es más delicioso que cualquier amor o pasión ardiente agasajando mis deseos. Me gusta, sin duda; y tal vez la necesito y anhelo en su ausencia.

Hace años que me persigue, y llevo años intentando captarla con la pluma; pero tan sólo mi espíritu consigue hallarla. Ayer (o quizá un par de días atrás) regresó a mí. Fue un detalle ínfimo, apenas apreciable si se carece del especial interés que esta sensación despierta en los sentidos y, más adentro, en la memoria. Recuerdo un sueño cálido, alimentado por vapores anaranjados y canciones etéreas; junto a mí estaba ella, y mi mente se precipitaba hacia su voz con la fuerza de mil astros, sumiéndome en un vértigo confuso y oscuro. En ese instante me fue dado que no debo demorar mi paciente espera por más tiempo: debo escribirla de inmediato, si me asiste la Musa.

Para esta sensación no existen espacio ni tiempo: es la luz oscura que el cosmos atraviesa. Por ello me traslada a escenarios distintos: un solitario bar olvidado, con reuniones de ocioso polvo esparcidas por la barra; o los pasillos de alguna sala de cine, sombríos pasillos sigilosos. Por ello me traslada a tiempos dispares: en un espejo antiguo, colgado al fondo del antiguo bar, bailan los años más tristes y vacíos; en los asientos de la enorme sala se acomodan personajes de los treinta, y en el ambiente se percibe algo aún más arcano.

Quizá todo comenzó con ella, la que recuerdo sin haberla conocido, ella fugaz, ella misteriosa, ella ilusoria. Su vaga imagen borrosa se presenta en mi memoria con la frente agachada, los ojos mustios y vacilante la mirada. Pero ella tampoco existe en el espacio ni en el tiempo; o tal vez ambos se desvanecen con su presencia.

Atardece en el bar (sin cesar atardece al tiempo que declina la noche, pero esta ocasión resulta excepcional); rueda el sol en el cielo y sus rayos, a través de los inciertos cristales de una ventana, otorgan sentido a la barra y al espejo. Una fiel armonía silencia los rincones cálidos y suaviza las formas.

Ahora estoy seguro, ella es la causa de mi deseada sensación: todo sueño por apresarla lo provoca el recuerdo de ella, a quien no alcanzan las sustancias materiales.

Sin embargo, creo que no estoy transmitiendo el verdadero efecto que atisbo cuando me rodea. La justa armonía entre absoluta calma y agitación caótica, el fulgor extremo fundido con la templada penumbra… eso es mi sensación pero incompleta, carente de una de sus esencias (sospecho que la más fundamental).

En la barra del bar queda el reflejo de una sombra, queda el motivo de un lamento; mientras, las pacientes aspas de un ventilador de techo juegan con las luces apagadas. Las rojas puertas del cine se mueven despacio, se quejan entre susurros; pero nadie ha pasado aún.

Quisiera escribirle si supiera dónde está, escribirle a ella y suplicarle una palabra de perdón para mi agrio arrepentimiento. Pero el tiempo perdió sus deseos, como yo perdí su alegría inmensa.

Alguien se levanta de un asiento: es un hombre en la sala de cine. Se dirige hacia las puertas, que aún hablan de tristeza. Cuando sale de la sala, desaparecen los años treinta. Alguien llora frente a un espejo de metal: es una mujer sentada en la barra del bar.

El hombre camina entre dudas, entre los fuegos de la noche, los gatos grises y las paredes de ladrillo desnudo. Una flor se cruza en su camino, una flor escondida entre las raíces de un árbol anciano; su voz la reclama y su mano la arranca. Se acerca a una verja verde, la empuja y entra. La mujer suspira, se ahoga en las miradas de compasión del camarero y los clientes. El hombre entra en el bar; busca desesperadamente con los ojos y se encuentra en los ojos líquidos de la mujer, que solloza confundida. Los pasos de él la dirigen hasta ella; saca la flor mustia y se la ofrece, y le pide una respuesta a su mirada. Ella se arranca del alma una última lágrima, una lágrima de perdón y de ese olvido que limpia el cariño. En medio de mil abrazos, la flor cae al suelo: la imperfección atardece.

En la sala de cine termina una película de los años treinta; no hay nadie en los asientos; las puertas se mueven porque ha salido un hombre. La película narra la historia de un escritor que intenta plasmar la sensación que le provoca la ausencia del sentimiento, del cariño, del amor. Al fin descubre que tal sensación es imperfecta y que en ello radica su belleza, y entonces la escribe. El hombre salió cuando comprendió ese mensaje. Acaso el escritor terminó de contar la historia de un hombre que rescató su amor en una sala de cine y recordó a su amor y, aun con la imperfección como promesa de eternidad, decidió buscarla en un bar de llantos nocturnos. Acaso el hombre no terminó de oír la historia porque ya no lo necesitaba.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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