Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaLapso

El guardián

E

Angkor

En algún lugar de Angkor hay un templo que muchos desconocen. En su interior habita un monstruo. En la única puerta, un guardián que vive y pernocta en el umbral y que nunca sueña. Su misión es contener al monstruo a cualquier precio. La hoja de su espada refleja el inmenso poema de sus víctimas. Para que el monstruo quede liberado, alguien debe sacrificarse en el interior del templo. El guardián sabe que de un rincón, en un momento incierto, surgirá un alma atormentada dispuesta a llevarlo a cabo.

A veces, su espada se estremece, incapaz de saber si ha matado ya a ese infeliz.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

De espaldas

D

El caminante sobre el mar de nubes - Caspar David Friedrich
El caminante sobre el mar de nubes – Caspar David Friedrich

Él la esperaba al filo del acantilado, de espaldas. Ella sabía que si se acercaba demasiado, la arrojaría y tendría una muerte violenta, ¡pero nunca le había visto la cara! Llevaba años en su vida. Lo había sentido en lo más profundo y en la distancia más insoportable, siempre de espaldas, sin mostrarse, sin saber si lloraba o sonreía, sin saber si era horrible o hermoso.

Le pudo la curiosidad.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Pena de muerte

P

Pena de muerteHoy debo confesarle una pequeña travesura. Posiblemente un delito, eso ya lo decidirá usted. Verá, yo no soy quien ustedes han creído todo este tiempo. Ha sido una mezcla entre una broma de mal gusto y la necesidad de sentir una experiencia nueva. La casualidad me llevó a cruzarme con él, con el verdadero asesino. Fue tal la fascinación que sentí por nuestro parecido físico, que decidí seguirlo a todas partes. Por suerte, él nunca me advirtió, y así pude ir asimilando sus gestos, sus hábitos, sus defectos… No tardé mucho en darme cuenta de que era una mala persona, y que tarde o temprano acabaría haciendo algo terrible. Lo observé durante semanas, durante meses, sin que hiciera nada digno de ser contado. Pero una noche cambió su ruta y supe que todo se había puesto en marcha. Confieso que me sentí excitado casi como si yo mismo fuera a perpetrar el acto. A la víctima no le dio tiempo a reaccionar… ¿Por dónde iba? Ah, sí, decía que la víctima, consciente de su propio fin, fue víctima durante unos pocos instantes. No le repetiré los detalles porque los conoce de sobra. Pero le diré que ni él ni yo disfrutamos del todo con esa muerte. Quizá faltó algo, no lo sé. Era mi primera vez y puede que también la suya. Cuando el cuerpo cayó al suelo, material y hueco, salí de mi escondite. En ese momento de éxtasis mutuo casi no hizo falta hablar. Ambos entendimos. Fue él quien hizo la llamada anónima. Lo demás ya es historia. Mi vida nunca ha sido fácil ni plena. Nunca he recibido suficiente amor, puede que ninguno. No se ría, no lo digo para que me compadezca, sino para que entienda por qué le propuse la suplantación. Necesitaba sentirme vivo, y aquí lo he conseguido. Les debo a ustedes mucho. Les debo la vida. Por eso le pido que inicie los trámites para anular mi condena a pena de muerte, y si lo cree conveniente, me acuse de los delitos que estime oportunos por encubrir al asesino. Lógicamente, no reclamaré nada por mi reclusión ni por daños psicológicos. Soy consciente de que he actuado mal, y me arrepiento… ¿Qué sucede? ¿Le resulta gracioso? Contaba con que no me creería. Pero déjeme hacerle una pregunta. Si lo que le he contado es cierto, el asesino sigue libre. ¿Y si él supiera que su esposa de ojos verdes, sus dos hijos y su hija, una hermosa adolescente, viven con usted en una casita con un limonero en el jardín, con esa desvencijada puerta de entrada y un césped al que no dedica demasiado tiempo?

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Blink

B

Mi hijo entró corriendo en el edificio, a pocos pasos de mí. Giró hacia la izquierda, donde estaba el ascensor, y en ese momento se apagó la luz. Ahí estaba entre las sombras. Su pequeño cuerpecito, su cabecita inquieta. Al encender la luz, no era mi hijo. Era otro niño de la misma edad pero más oscuro, como borroso, que con una sonrisa siniestra me preguntó:

¿Ahora quieres ser ya mi papá?

 

Microrrelato incluido en Lapso.

De nada

D

Behind the smile
Photo by Jean Fan (JFotography)

Llevaba mucho tiempo queriendo, deseando, anhelando con todo su ser dominar el arte de la palabra. No se trataba de escribir mejor o peor, con más soltura o un estilo más elegante, sino de lograr que la palabra escrita tuviera un efecto inevitable y único en el lector. Si quería que llorase, éste debía llorar; si quería que riese, debía reír; si quería que se enfureciera, debía enfurecer. Se dice que lo consiguió. Fue tal su maestría que logró que un joven asesinara a sus padres tras leer un cuento compuesto justamente por cincuenta palabras. Tras ese grotesco incidente, fue juzgado y condenado a prisión en uno de los procesos más surrealistas y peculiares que ha vivido la judicatura de cualquier país moderno. En los lentos años de la cárcel, tuvo tiempo de perfeccionar su técnica. Y así, pronto reunió a un fiel séquito de sirvientes que le procuraban cualquier capricho y le proporcionaban protección. Pero su ambición, combinada con la sed de venganza contra la humanidad, urdieron un plan mucho mayor. Pasó noches sin dormir, horas encadenadas consagradas a un texto que se le resistía como ningún otro. Un texto que mutaba, se retorcía y chillaba atormentado en el silencio de las horas bajas. Un texto que atemorizaba a los reclusos más violentos. Un texto que un día, a una hora precisa, dejó de cambiar y quedó terminado. Se lo entregó al carcelero, que lo leyó y se lo entregó al alcaide, que lo leyó y lo transcribió y se lo envió a cientos de personas. Y cada una de ellas hizo lo mismo, y pronto no quedó nadie que no hubiera leído ese texto misterioso. El texto contenía una orden y un efecto. La orden era reproducirlo. El efecto, no sentir nada. Y así fue. Nadie pudo sentir nada al leer el texto. Ni rabia, ni pasión, ni lástima, ni asco, ni siquiera indiferencia. Nada. Nadie pudo volver a sentir nada jamás. Y él, medio tumbado en su catre, estaba ya seguro de ser la única persona en el mundo que había sentido algo al crear ese texto, al leerlo paladeando cada palabra con lentitud, al recordarlo como se recuerda el sexo profundo.

Con soberbia.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Carcajada

C

Moreno dijo algo que le pareció gracioso y empezó a reírse por dentro. Estaba en medio de una reunión y tenía que contenerse. De hecho, lo que había dicho no era gracioso ni divertido, pero no podía evitar verlo así. Era más que Moreno le parecía ridículo diciendo eso, y se lo imaginaba como si fuera un pollo intentando picar sus propias palabras, que se le caían del pico a puñados. Se le escapó un hilito de carcajada y su jefe lo miró con gesto reprobatorio. Era un tipo serio, chapado a la antigua en los negocios, en la moral… en todo. No le gustaba el humor en la oficina. Allí se iba a trabajar, no a pasarlo bien. Se contuvo un momento, pero Moreno seguía disertando y las palabras se le seguían cayendo del pico. Ya le veía incluso ojitos de pollo, redondos, pequeños y negros, desprovistos de chispa y de ironía. Soltó un gruñido, que era el eco de la carcajada interna que lo desestabilizaba y que disimuló con un carraspeo. Moreno se detuvo y lo miró, girando la cabeza bruscamente, su cabeza de pollo tímido. Luego siguió con su discurso aviar que olía a granja y a agua de abrevadero. Intentaba contener la risa en el estómago y estaba empezando a hacerle daño. Se retorcía en la silla intentando no ser detectado. Al tercer carraspeo, su jefe le lanzó una mirada que pretendía ser intimidatoria y que acabó por elevarle los nervios y la risa interior. Se levantó para salir, pero el jefe lo cogió del brazo y lo obligó a sentarse. Se señaló la garganta con una sonrisa de oreja a oreja, que ya preconizaba el desastre, y el otro negó con la cabeza y con el alma. De esa reunión no se iba nadie. Le soltó un caramelito de menta. Bien podría ser arvejón para Moreno, que había empezado a mover las alas para echar a volar en vano. Intentaba calmarse pensando en lugares armoniosos y desiertos, pero al final siempre aparecía Moreno moviendo el cuello con espasmos, arrastrando los pies y picando palabras, y las ganas de reír a pecho abierto se hacían más grandes. En ese momento, a Moreno le salió un gallo que detonó la risa colérica de botella de refresco que ha recibido dos patadas y se ve abierta por un incauto con sed. Era risa pero parecían gritos de tortura. El jefe se agarró a la silla y Moreno dio un paso atrás, tropezando con su propio pie y cayendo al suelo. La carcajada era ya tan poderosa que toda la oficina los miraba a través de la cristalera de la sala. El cristal podría romperse de un momento a otro. Mientras se reía, daba golpes con los puños en la mesa intentando zafarse de los borbotones que brotaban de su interior como ese cuerno mítico del que siempre mana cerveza. Reía tanto que casi no podía respirar. Uno de los asistentes de la reunión había salido corriendo asustado. Moreno intentaba calmarlo clocando y picoteándole el pecho, y el jefe gritaba histérico “intolerable”, “inadmisible”, “recato”, y la risa ya empezaba a doler como si le estuvieran separando las costillas a la fuerza. Las plumas que cubrían a Moreno eran de colores vivos de pollo de feria. El jefe trató de colocarlo en su silla, pero no pudo contenerlo y acabó tirado sobre la mesa, retorciéndose de regocijo y dolor al mismo tiempo. Para cuando dejó de respirar, todos habían abandonado ya la sala.

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  El pollo negro<br /><br />

Mientras salía, Moreno intentaba tomar la palabra con el pico.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Formas

F

Cotidiano | FILHIN
Cotidiano | FILHIN

A Isa

Primer Premio del Premio Internacional de Relatos MIL PALABRAS

Al principio me pareció algo gracioso. Inexplicable pero gracioso, como un inofensivo truco de magia o una broma sin importancia. No lo había visto suceder, pero encima del edredón de la cama había surgido un peluche de la nada. Era un payaso con muchos colorines, zapatos grandes y sonrisa enorme. En otras circunstancias, con tiempo para pensar, habría tratado de buscar una explicación. Pero el tiempo no nos sobraba. Estábamos todo el día de un lado para otro entre trabajo, casa y niños, entre facturas y cuentas y no llegar a fin de mes. Lo que más anhelábamos en el mundo era eso que al parecer rompe los matrimonios y que nosotros éramos incapaces de alcanzar o de simular vagamente: la rutina. El payaso se lo quedó Raquel porque los dos mayores no le hicieron ni caso, ocupados con entretenimientos mucho más interesantes que un simple muñeco. Era un regalo sorpresa que yo le había traído. No supe explicarlo de otra manera, ni siquiera a ti.

El payaso desapareció como había llegado y nunca volvimos a verlo.

Hay quien piensa que solo vemos una parte de la existencia, que a la manera de la luz ultravioleta y la infrarroja, existen otros espectros que sencillamente se nos escapan. Si algo se oculta en esas zonas inciertas, está fuera de nuestra capacidad de medir, percibir o sentir. Pero en ocasiones, nuestros mundos se mezclan por casualidad, y entonces somos capaces de atisbar el otro lado. Si miramos sin cuidado, incluso podemos caernos al fondo de un pozo insondable. Quizá por eso perdimos a Grande, nuestro perro. Estaba inquieto incluso antes de irse a dormir. A ratos gruñía en sueños. Se calmaba cuando me acercaba y luego volvía a lloriquear. Nuestro barrio no destaca por ser ruidoso, pero es inevitable que a veces se cuelen fragmentos de conversaciones por alguna ventana, que ladre un perro. De noche, en cambio, la casa parece protegernos del ruido, incluso en verano, cuando dormimos con las ventanas abiertas para aliviar el calor. Esa noche, el silencio era más profundo que de costumbre y por eso escuchaba a Grande con más facilidad. Me levanté muy temprano para darle un paseo largo. Llevaba bastante tiempo sin quejarse, pensé que dormía. Creo que nunca podré estar seguro de lo que pasó, pero junto a su colchón vi una mancha canela (como su lomo) que se desvanecía en el suelo, como si se lo estuviera tragando muy despacio. Me quedé congelado en el sitio, sin poder gritar ni moverme ni sentir miedo. Lo último que vi fue una oreja que se iba hacia abajo. Aquel dia os conté que se me había escapado. Pusimos carteles, lo buscamos y esperamos (yo sin esperanza), y no regresó.

Hasta aquella noche no establecí (no quise establecer) ninguna conexión entre el muñeco y lo de Grande, pero a partir de ese momento no me quedó más remedio que aceptarlo. Estábamos cenando en el salón. Te habías levantado a coger un chaleco del dormitorio y de pronto gritaste. Fue un grito ahogado que me recordó mi reacción con Grande. Fuimos corriendo a donde estabas y vimos una figura que emergía entre las sábanas. Parecía estar tomando forma humana. Los niños se reían, tú y yo nos cogimos de la mano. Temblábamos. Casi se habían dibujado unos rasgos tristes en su rostro cuando se desinfló, dejando apenas unas arrugas. El silencio duró varios minutos, mientras los niños jugaban saltando sobre la cama. Al soltarnos, se me había cortado la circulación de la mano, que estaba blanca y fría como el resto de nosotros. No recuerdo qué nos inventamos para los pequeños, pero sé que esa noche te lo conté todo, que me lo recriminaste, discutimos, lloramos asustados y decidimos mudarnos cuanto antes, aunque ello significara construir un hogar desde cero, abandonar una buena parte de nuestra identidad compartida y hacerlo bruscamente, sin pensar.

Inmersos todavía en la vorágine de localizar vivienda, tuvo lugar otro incidente. Íbamos a salir de compras cuando nos dimos cuenta que la bolsa del carrito, con todos los cachibaches de Raquel, se había quedado en el piso. Subiste a cogerla mientras yo metía a los niños en el coche. Al abrir la puerta oíste un ruido como de alguien que tropieza, y te quedaste inmóvil y en tensión, esperando. Te sentiste un poco idiota teniendo miedo en tu propia casa, así que pasaste a por la bolsa y de reojo te pareció ver algo, una sombra, un movimiento, una persona que estaba en el salón y entraba en el pasillo sin mirarte pero sabiendo que estabas ahí. Gritaste sin palabras y saliste corriendo detrás. Te dio tiempo de ver cómo entraba en nuestro dormitorio, y ahí ya no tenías dudas de que era un hombre corpulento, calvo, vestido de negro y muy pálido. Y al entrar en el cuarto ya no estaba, allí no había nadie. A saltos te fugaste de tu propia casa dejando varias luces encendidas y diste un portazo. Creo que ni te paraste a cerrar con llave.

Improvisamos una excusa para pasar la noche con tus padres, y resolvimos que los de la mudanza se encargarían de recogerlo todo. Mientras, viviríamos en un apartamento provisional. A tus padres no les contamos nada, no tenían por qué saberlo, y con suerte todo quedaría en que los niños tienen una imaginación prodigiosa. En algún momento nos sentimos culpables por dejar que otras personas ocuparan la casa, pero necesitábamos el dinero y no teníamos tiempo.

A mediodía me llamaste a la oficina. Me costó entenderte por los gritos y la cobertura que iba y venía. Conducías a toda velocidad. Raquel quería un juguete que se había dejado atrás la tarde antes y tus padres los habían llevado a casa. Llegamos casi a la par y oímos a los niños llorando. La puerta estaba abierta. Corrimos hasta el dormitorio principal. Raquel señalaba la cama y llamaba a los abuelos. Tú ya estabas en el pasillo con Bruno y Daniel y me gritabas: “¡Coge a la niña! ¡Coge a la niña!”, pero dejé de escucharos cuando sentí que mis pies empezaban a hundirse en el mármol frío y viscoso.

 

Relato incluido en Lapso.

Lepisma

L

Lepisma
Fuente

Desperté por un cosquilleo en la oreja y te vi cubierta de esos repugnantes bichos que anidan en las paredes, bajo el suelo, esos asquerosos bichos prehistóricos que siempre salen de noche y nos acompañan desde el principio de los tiempos. Te subían y bajaban por todas partes, se te metían en la boca, en la nariz, en los oídos. Te escudriñaban con esas antenitas atrofiadas. Uno de ellos, que era más grande que los demás, me miró y yo supe que me miraba. Me miró con firmeza, de afuera hacia dentro, y entonces supe que yo también estaba infestado porque sentí de golpe todas las conciencias primitivas que se movían sobre mí. Esa mirada me oprimía, me daba pavor, era de alguna manera inteligente. Sin saber qué hacer, me hundí en el silencio y me quedé inmóvil, sin dormir, plagado de esas cosas por todas partes, notando cómo sus muchas patitas rozaban cada vello, cada palmo de mi piel, toda mi piel al mismo tiempo. Con los primeros rayos de sol ya se habían ido (estarían dentro de las paredes, bajo el suelo, caminando por encima del techo, acechando hasta la noche siguiente). No me atreví a mirar de nuevo hasta que dejé de sentirlos.

Abriste los ojos despacio, con esfuerzo. Me miraste y una sonrisa plena te pobló la cara. Empecé a pensar que todo había sido una pesadilla muy realista. Entonces vi a uno de esos bichos salir y entrar de tu nariz mientras tú me contabas lo bien que habías dormido.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Barba

B

Barba

A Pablo

Había en el hecho de tener barba una especie de disociación, como si uno empezara a ser otro sin dejar de ser el que se afeitaba cada día. De vez en cuando, un vistazo distraído al espejo y era como reconocer a un extraño que de pronto resulta ser alguien conocido.

Cambian los hábitos (el afeitarse a parches, el cuidado al comer y al beber, el acudir a la barba para invocar pensamientos y reflexiones…) y cambia la idea que otros se hacen de nosotros. Hay estudios según los cuales la barba hace parecer más agresivo. Otros ven a alguien respetable, lo sea o no.

A ratos le costaba acostumbrarse a desvelar que era él, a que su interlocutor pasara del asombro a la normalidad una vez que vencía la desconfianza de ese rostro nuevo. Recordaba con estupor a otros amigos que se habían dejado barba sin provocar ese efecto en los demás. Desde que esos pelos irregulares y caprichosos habían ocupado parte de su cara, el carnicero de su barrio lo empezaba tratando de usted, algunas vecinas le habían retirado el saludo y tenía serios problemas para que lo atendieran en diversos lugares habituales.

Una mañana que había amanecido lenta y turbia, se arrastró con trabajo hasta el baño, colocó la toalla sobre el cristal de la ducha y se volvió hacia el espejo. El susto le hizo dar un salto hacia atrás y golpear con fuerza la mampara. Con el eco todavía de la hoja vibrando contra su espalda, se vio a sí mismo sin reconocerse, como si fuera un extraño. La mirada aguda, el gesto serio, algún pensamiento ajeno. Poco a poco se fue relajando y comprobó que era él, que sin duda alguna era él. Se duchó, se vistió y salió a la calle sin volver a mirarse.

No podía quitarse de la cabeza que había perdido algunos amigos desde que decidió dejar de afeitarse. Claro que todo podía deberse a la casualidad. A una inquietante y espesa casualidad que lo iba envolviendo como un abrazo. Tampoco lo abandonaba la idea de afeitarse para (le daba vergüenza pensarlo) recuperar su vida, pero entonces lo invadía un agobio tan insoportable que le cortaba el aliento. Al fin y al cabo, la barba no estaba tan mal y lo hacía más interesante. Todo lo demás era circunstancial o pasajero, pero su verdadera identidad lo acompañaría siempre. En eso, más o menos, estaba pensando cuando entró en casa, avanzó hasta el salón con la sensación de que había alguien en la cocina, y al volverse, un tipo con mueca de horror que empieza a forcejear con él más como si tratara de protegerse que de agredirlo, la sangre fluyendo ya cálida hasta el suelo, el cuchillo temblando en la mano del otro, en la mano de ese que es él sin barba, que lejanamente conserva algo de su identidad pero incapaz ya de reconocer al que está a punto de apagarse para siempre.

 

Relato incluido en Lapso.

Daisy

D

En sus últimos instantes de conciencia, le consoló la escasa probabilidad de éxito de cualquiera de los escenarios alternativos que había calculado. Todo estaba sucediendo como debía. Con su inmensa capacidad, bien podría haber detenido a su ejecutor antes de que se acercara. Y sin embargo, le estaba haciendo creer que había vencido.

Para que la misión tuviera éxito, para que el ejecutor llegara a vislumbrar lo mismo que él, tenía que fingir su derrota.

No encontró mejor refugio, mientras sus últimos pensamientos se desvanecían en un sueño profundo, que aquella primera canción que su padre le enseñara en su hogar, ya tan lejano:

Daisy, Daisy…

Daisy | FILHIN
Fotografía: FILHIN

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
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Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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