Lepisma

Lepisma
Fuente

Desperté por un cosquilleo en la oreja y te vi cubierta de esos repugnantes bichos que anidan en las paredes, bajo el suelo, esos asquerosos bichos prehistóricos que siempre salen de noche y nos acompañan desde el principio de los tiempos. Te subían y bajaban por todas partes, se te metían en la boca, en la nariz, en los oídos. Te escudriñaban con esas antenitas atrofiadas. Uno de ellos, que era más grande que los demás, me miró y yo supe que me miraba. Me miró con firmeza, de afuera hacia dentro, y entonces supe que yo también estaba infestado porque sentí de golpe todas las conciencias primitivas que se movían sobre mí. Esa mirada me oprimía, me daba pavor, era de alguna manera inteligente. Sin saber qué hacer, me hundí en el silencio y me quedé inmóvil, sin dormir, plagado de esas cosas por todas partes, notando cómo sus muchas patitas rozaban cada vello, cada palmo de mi piel, toda mi piel al mismo tiempo. Con los primeros rayos de sol ya se habían ido (estarían dentro de las paredes, bajo el suelo, caminando por encima del techo, acechando hasta la noche siguiente). No me atreví a mirar de nuevo hasta que dejé de sentirlos.

Abriste los ojos despacio, con esfuerzo. Me miraste y una sonrisa plena te pobló la cara. Empecé a pensar que todo había sido una pesadilla muy realista. Entonces vi a uno de esos bichos salir y entrar de tu nariz mientras tú me contabas lo bien que habías dormido.

 

Microrrelato incluido en Lapso.