Viaje hacia atrás

Viaje hacia atrás | emartos.es

Hace tiempo que no cogía un tren. Está siendo un viaje cómodo. El paisaje es monótono pero con leves variaciones que lo hacen tan imprescindible como pasajero para mi memoria. He tenido la suerte de caer en el vagón del silencio, que es un nombre demasiado poético para designar una prohibición sobre uno de los más terribles impulsos de nuestra época: la comunicación compulsiva. También soy afortunado porque mis acompañantes de vagón son respetuosos con la esencia del mismo y guardan un exquisito silencio. Hay gente usando portátiles y móviles, y una sola mujer leyendo un libro. En una de las paradas, sube una chica con una camiseta amarilla que tiene mariposas negras estampadas. No le presto demasiada atención hasta que se sienta y creo reconocerla. Es más la sensación de conocer alguno de sus rasgos que el poder ponerle nombre, momento o lugar. En todo caso, me ha despertado recuerdos muy lejanos, de cuando yo era niño. Ya cuando se pone las gafas, empiezo a rescatar más detalles. Se me vienen a la mente imágenes de mis compañeros del colegio, pero no es exactamente eso. Es la hermana de alguno de ellos, y entonces sí, ahora la veo de pequeña, con sus gafas de pasta que no eran como las de ahora, finas y de aluminio, y sin embargo le daban el mismo aspecto de chica sensata y espabilada. Siempre me cayó bien aunque apenas la traté. Era un año mayor o menor que mi hermano, y quizá por eso la miraba con esa especie de proteccionismo que se tiene por los hermanos pequeños de tus amigos. En ese momento me atraviesa el pecho un recuerdo más reciente. No es ella. No puede ser. Ella murió. Lo supe hace poco y nunca he conseguido darle el pésame a su hermano. Todos esos recuerdos tan lindos quedan ahora envueltos por un sucio humo gris que me llena de tristeza y ansiedad. ¿Cómo puede una persona tan joven, con tanto por delante…? Y más aún, ¿cómo me atrevo yo, que no sé nada de su vida, a aventurar siquiera una razón? ¿Acaso hay razones para algo así? De pronto, ella me mira y me sonríe. La mujer que andaba con el libro de bolsillo se ha pasado al móvil. El tipo de atrás duerme. Le devuelvo la sonrisa. En el instante en que nuestras miradas se han cruzado, me ha parecido que me reconocía, que recordaba que yo era el amigo de su hermano mayor. ¡Pero no! No es ella. No puede ser ella. Lee en una tableta. Me gustaría saber el qué. Y me gustaría haber podido hablar con mi viejo amigo, decirle cuánto lo siento, preguntarle cómo se sentía y escuchar lo obvio. No respondió a mis mensajes y no me atreví a llamarlo. Cuando me enteré, había pasado mucho tiempo. No quería reabrir heridas, si es que ese tipo de heridas cicatriza alguna vez. El viaje no es largo pero estoy cansado. Cierro los ojos y me abandono. Sueño que estoy viajando en tren. El paisaje no es de ariscos pedregales ni calvas sierras, sino una espesa jungla. El tren, desvencijado, parece temblar con los ruidos indefinibles que emanan de la profundidad arbórea. De pronto, otro tren aparece por la izquierda y se empotra contra el mío, aplastándome. Ya despierto, compruebo que hemos llegado. La chica de la camiseta de mariposas se ha ido dejando la tableta en la mesa. Miro alrededor. Los pasajeros algo menos rezagados que yo están terminando de salir del vagón. No hay nadie en el baño. Enciendo la tableta para ver si aparece algún nombre a quien avisar. La suelto de golpe, sin querer, cuando, en la foto de fondo, reconozco a mi amigo, hace años, abrazado a su hermana pequeña, tan sonrientes y despreocupados.

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