Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Cornudo

C

Cornudo

La descubrió poniéndole los cuernos en la casa de campo. Hacía tiempo que sospechaba que se pasaba por la piedra a todo el que podía, pero esta vez lo estaba presenciando. Asomado tímidamente por la ventana del dormitorio, vio cómo disfrutaba largamente del acto con ese desconocido. Sus gestos, su generoso abrirse hasta extremos difíciles de creer, le resultaban del todo ajenos. Sintió frustración y asco y miedo, pero en el fondo, también, algo de placer. Estaba disfrutando viéndola disfrutar. Así que los dejó terminar y esperó a que el tipo se fuera. Despacio y en silencio, se deslizó hacia el interior de la casa y le quitó la ropa, sabiendo que allí no tenía nada más. Se guardó las llaves, y justo cuando salía de la ducha, la empujó hacia el exterior y cerró la puerta.

—Ahí tienes, para que te tapes —dijo, tirándole a los pies una manta. —No vales ni para cornudo —le dijo ella sonriendo mientras recogía la manta y se lamía los dedos con gesto lascivo. —¿Quieres las sobras, o no te ves capaz?

Incapaz de soportar la tensión del momento, se metió en el coche y se fue a toda prisa, abandonándola en medio de la noche. Justo enfrente vivía, en una mansión impresionante, un hombre que la codiciaba desde hacía tiempo. Dio la casualidad de que uno de sus lacayos estaba en el jardín y había presenciado la escena. Sin dudarlo, salió a por ella, la invitó a entrar y la acomodó en un salón lleno de lámparas y alfombras y pieles caras. Ella no preguntó porque la incógnita era mejor que estar desnuda en la calle. Allí, al menos, no hacía frío y le habían dado algo para taparse. El señor llegó y la miró sin ocultar su deseo. Ella sonrió.

—¿Y su marido? —preguntó mientras se sentaba.
—¡Mi marido es un cornudo! Hablemos de algo interesante.
—¿Vamos a mi habitación? —preguntó él.
—Un tío directo… me gusta.
Así, sin saber su nombre, fue tras él y se desnudó sobre su cama, esperando recibirlo de una forma o de otra. Ella tenía sus preferencias, pero teniendo en cuenta la situación, estaba dispuesta a dejarse hacer.
—Ponte boca abajo y cierra los ojos —le ordenó. Su tono había cambiado.
Sin saber por qué, obedeció. Mientras lo escuchaba caminar alrededor de la cama, empezó a ponerse tensa. Se le pasó por la cabeza irse, pero justo en ese momento sintió cómo se le tumbaba encima. Estaba desnudo. Empezó a tocarla de una manera aleatoria y a jadear ansiosamente. Estaba incómoda, pero algo frenaba su instinto de huir.
—¿Puedo mirar ya? —preguntó con un hilo de voz.
—Calla. Tú aquí ya no pintas nada —le respondió bruscamente.
Otras manos empezaron a tocar sus pechos. Abrió los ojos y vio a varios desconocidos desnudos que la miraban. Uno de ellos la estaba acariciando. Otras veces había participado en orgías, pero esto era diferente. Intentó zafarse, pero la sujetaron con fuerza. El miedo la llenó aún más que esos miembros duros y ajenos que la penetraban una y otra vez. Quiso gritar pero no pudo.
—¡Sonríe! —le ordenó el dueño de la casa— Me gusta cuando sonríes. Eres naturalmente lasciva. Sonríe o te arrepentirás.
Una lágrima se le resbalaba sobre una sonrisa inestable.
—Así no me sirves —dijo el dueño antes de terminar. Se puso un batín y salió de la habitación.
Los invitados comenzaron entonces un violento festín carnal en el que ella no era más que un objeto. Uno a uno, terminaron sobre ella y fueron abandonando la habitación. Bañada por la luna, violada en el sentido más profundo de la palabra, no se atrevía ni a sollozar.
La puerta se abrió de golpe y el dueño se tiró encima, apuñalándola con rabia.
—El cornudo de tu marido me lo agradecerá mañana —dijo al aire mientras la arrojaba, inerte y quebrada, frente al portón de la casa de campo.

La señora

L

La señora - FILHIN
La señora – FILHIN

Había entrado a trabajar en una finca preciosa. La dueña era una señora muy elegante, entrada en años pero agradable y educada. Él era jardinero. Alto, fuerte, apuesto. En su limitada concepción del mundo, creía que si conseguía acostarse con la señora, se aseguraría el trabajo de por vida, y quién sabe si alguna que otra gratificación extraordinaria. Su mujer, que parecía estar seca por dentro y por fuera, sólo quiso saber una cosa. «¿Está limpia?» Él asintió con la cabeza, muy despacio. «Entonces haz lo que debas, nos hace falta el trabajo.» Los primeros días se los tomó como un juego: ella lo estaría poniendo a prueba para divertirse. Pasaron las primeras semanas, los primeros meses, y empezó a temer por su trabajo. Se miraba al espejo interrogándose sobre los posibles defectos que la señora podía ver. Ensayaba frases encantadoras y excusas para entrar en su casa a cualquier hora. Pero nada parecía funcionar. Un día, mientras baldeaba una de las terrazas, creyó ver a la señora desnuda en una de las habitaciones. Se acercó con sigilo y espió entre los visillos. Ahí estaba ella, desnuda por completo, con marcas de la edad sobre un cuerpo apetecible y femenino, lleno de curvas sensuales y enigmáticas. Y frente a ella un hombre, también desnudo. Por su aspecto se diría que tenía más o menos la edad de ella, una cuidada barba blanca y una sonrisa imperturbable de oreja a oreja. En ese momento estalló. Salió corriendo hacia el interior de la casa, atravesó el recibidor, el salón y el pasillo frenéticamente, y se plantó frente a los amantes, sudando y con la cara desencajada. Sus ojos desprendían incomprensión y rabia, y todos sus músculos estaban tensos. Entonces, se tiró a los pies de la señora y le suplicó entre lágrimas que lo aceptara, que lo dejara entrar entre sus piernas. Anticipando una mirada cómplice a su compañero de juegos, ella se agachó y le acarició el pelo con dulzura. Le dijo algo al oído y lo levantó con suavidad. Lo acompañó hasta el recibidor en silencio y lo despidió con un portazo, sin darse la vuelta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Billy

B

Les Paul - sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)
Les Paul – sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)

A GuK

Llevaba en planta desde las seis de la mañana.

Se le conocía por sus riff delirantes y agresivos. Su vida se basaba en el instante y nunca tuvo problemas para quedarse con la más guapa. Pero por encima de todos los acordes, de las guitarras reventadas contra los bafles y de las melenas agitándose al son de sus dedos, lo que más le importaba (lo único, dirían algunos) era su voz. Cascada, por supuesto, y sin llegar a ser chillona, no era todo lo cavernosa que cabría esperar viendo su cara de malas pulgas. Parecía metálica, pero no con la limpieza del metal trabajado, sino áspera como el fragmento de roca que se extrae de la mina.

El vasito de whisky no faltaba nunca en su mesa. Ni la botella sin etiqueta, todo un enigma. Se lo había hincado del tirón y sin respirar. En su cabeza resonaba todavía el estruendo del último concierto. La gente lo aclamaba, y las tías se le insinuaban como perras para llamar su atención y acabar en su camerino esa noche. Se dejaba arrastrar por los maremotos acústicos que sacudían la sala, se perdía en ellos y gritaba las frases sin pensar en nada más. Había rechazado el sexo porque no podía sacarse una melodía de la cabeza. Se fue a casa solo, andando y medio emporrado.

Sentado frente a la ventana, viendo pasar a toda esa gente estúpida y responsable que iba a trabajar, se preguntaba si su vida era auténtica. Siempre hacía lo que le daba la gana, sin pensar en las consecuencias, como el sonido brutal que se pierde galopando a través de las paredes de cualquier garito underground de mala muerte. Estaba nostálgico, que en su jerga quiere decir hasta los huevos de esa perra vida de ir de un lado para otro como un mendigo. En el escenario no se sentía especial. Jamás se había sentido especial. Sólo tocaba y olvidaba sus rencores.

Bruscamente había anochecido. La gente, como en un espejo, volvía a sus casas. Se levantó, cogió su Epiphone Les Paul 100 rojo cereza (le parecía más pesada) y la enchufó en el amplificador. El punteo se quedó en un manso quejido. Abrió la boca y sólo consiguió un ronquido. Treinta años de drogas y alcohol le habían anulado los dedos y le habían destrozado las cuerdas vitales. Sólo su carácter, terco y duro como sus canciones, herido y mutilado, seguía gritando en la soledad de su silencio.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

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Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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