Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Máscaras Rotas: Acabemos con el bullying

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Máscaras rotas

En ocasiones, más de las que nos gustaría admitir, hemos mirado hacia otro lado en lugar de ayudar a quien lo necesitaba. Eso es más cómodo y seguro. Al menos para uno mismo. En ocasiones, incluso, hemos podido ser cómplices de situaciones que negaríamos ante cualquiera. Puede ser que una o dos veces hayamos sido los agresores, conscientes o no de lo que estábamos haciendo.

Yo sé que he hecho lo primero y lo último. Lo primero porque, echando la vista atrás, me doy cuenta de que compartí aula durante años con personas que no tenían relación con los demás, y apenas me esforcé por hablar con ellos. Nunca supe si tenían dificultades para relacionarse, si sufrían en su casa, si me podían haber necesitado. Lo último porque una vez, hace ya muchos años, tuve una cita a ciegas con una chica muy linda, muy especial, vital y simpática, y me fui cuando vi que llegaba en una silla de ruedas motorizada. Nunca llegué a pedirle perdón por ser tan mezquino, y nunca podré dejar de reprocharme esa cobardía y esa falta de empatía y de humanidad.

Por fortuna, nunca he sido cómplice de ninguna agresión, pero creo que he obrado bastante mal como para tener una noción de lo que supone ese problema tan complejo, tan grave y tan voraz como es el acoso escolar. Hay una constante en esos casos que he descrito, y es que no sé nada de cómo se sintieron esas personas. ¿Cómo vivieron ese momento? ¿Sería traumático para ellas? ¿Habrán podido superarlo? ¿Son felices a día de hoy?

Y por encima de todo, hay un pensamiento que me corroe: Todos somos uno. No hace falta ser religioso para que esta frase cobre un sentido literal. La distancia genética que separa a un ser humano de otro es infinitamente menor que la que hay entre nosotros y cualquier otra forma de vida existente. Visto así, casi se podría decir que todos somos hermanos. Cuando pienso en el sufrimiento silencioso que tantos niños sufren cada día, sumado al hecho de que yo podría haber sido uno de ellos, me estremezco. ¿Cuántas circunstancias habría que variar en mi vida para que ocupara el lugar de alguno de ellos? No sé cómo calcular algo así, pero sospecho que no demasiadas.

Pero en realidad, cuando me sumerjo en el pasado, me vienen a la mente recuerdos en mi propio pellejo. Que yo sepa, me he cruzado al menos tres veces con acosadores. La primera vez fue en la guardería. Allí había uno de esos niños que tienen fama de ser un trasto, de ir arreándole a todos los demás. Se llamaba Israel. Nunca lo olvidaré. Yo estaba sentado en un poyete, contemplando el sol, cuando sentí que me empujaban. Di de cabeza contra el suelo. El siguiente recuerdo es un jarro de agua fría y una profesora con un cubo azul en la mano. Estaba sentado en una silla y me estaban tratando de reanimar de una manera precaria. Estuve internado varios días en el hospital, y por suerte salí ileso, al igual que ese pequeño demonio que disfrutaba, ya a esa corta edad, haciendo sufrir a los demás.

La segunda vez fue en el colegio. Había un grupo de chavales, tres o cuatro, liderados por un cabecilla, que gozaban dándole palizas a los que no les plantaban cara. A mí me cogieron dos o tres veces hasta que aprendí a esconderme de ellos. Sé que lo conté y que se tomaron algunas medidas, y después de eso no volvieron a tocarme.

La tercera vez, también en el colegio, a un abusón le dio por amenazarme. No recuerdo los detalles con claridad, pero sé que durante dos o tres meses pasé mucho miedo yendo a clase y tratando de evitar cruzarme con ese bastardo.

Estoy seguro de que hay personas más afortunadas que yo, y otras que han corrido suertes mucho peores. Pero sé que no quiero seguir mirando hacia otro lado, y que bajo ningún concepto voy a volver a dañar a nadie de manera consciente. Como me acompaña un buen puñado de años, hace ya bastante tiempo que no soy un objetivo fácil para los acosadores.

Mi manera de luchar contra el acoso escolar es hacer una de las cosas que mejor se me da: escribir. Llevo bastante tiempo involucrado en un proyecto muy especial que quiero compartir con quien desee prestarme algo de atención. Se llama Máscaras Rotas, y es una antología de relatos solidaria que busca prevenir el acoso escolar. Todos los que participamos en este hermoso proyecto lo hacemos de manera altruista y desinteresada, con el objetivo de combatir esta una lacra tan nociva para la sociedad.

Quizá al leer mis palabras, has sentido que algo se movía en tu interior. Tal vez has sentido que también necesitas hacer algo, y puede que te estés preguntando cómo puedes colaborar con este proyecto. Hay muchas maneras de hacerlo:

  1. Comprando el libro. El dinero va destinado a AMACAE, una asociación que lucha contra el acoso escolar.
  2. Compartiendo nuestra fanpage entre tus contactos.
  3. Poniéndonos en contacto con AMPAs, colegios o asociaciones educativas para mover el proyecto.

Cualquier ayuda es bienvenida para acabar con este grave problema social que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos.

Gracias por tu colaboración.

¡Feliz Día del Libro!

¡

Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

No soy muy de días conmemorativos ni aniversarios, primero porque soy muy desmemoriado, y segundo porque me aterra el paso del tiempo. Pero el significado de este día requiere que haga una excepción porque es trascendental. El libro. Los libros.

Un libro es un objeto que, en determinadas ocasiones, esconde un alma. Es una puerta que te conecta directamente con pensamientos, sensaciones, lugares y momentos ajenos. Es un regalo. Posiblemente el más hermoso de todos los regalos del mundo.

Mi modesta aportación a un día como hoy es una serie de textos en los que un libro desempeña un papel más o menos definitivo. Me gustaría haber tenido tiempo de publicar otras creaciones en las que los libros son aún más cruciales, pero tendrá que ser en otro momento. Espero que os gusten:

Lecturas - FILHIN
Lecturas – FILHIN

El precio de los recuerdos
El precio de los recuerdos – FILHIN

El libro que no escribiré

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Lecturas - FILHIN
Lecturas – FILHIN

El libro que siempre he querido escribir, y que posiblemente nunca consiga siquiera empezar, es aquel que hable por mí cuando me haya ido, que no diga dos veces lo mismo, que sea cambiante, laberíntico, inextricable. Un libro que me contenga, eternamente, en sus páginas silenciosas.

Aquello que…

A

Bastón Ayer se descubrió preguntándole a su hijo: «A veces olvido cosas, ¿verdad?» Así es desde que mamá se fue. Uno a uno, les ha escrito una carta para dar una fiesta. Hijos, nietos, amigos, pasan el día con él viendo álbumes de fotos, riendo anécdotas felices. Es una despedida tácita: quizá mañana los mire sin volver a verlos.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Segundo viaje a Venecia

S

Góndolas, Venecia - http://filhin.es
Góndolas, Venecia – http://filhin.es

Lina ha llamado para recordarle tres o cuatro reuniones. ¿Tres? ¿O cuatro? Bueno, qué más da, ella siempre llama otra vez. El día está nublado pero no tanto como para evitar la calculada luz difusa que entra por el amplio ventanal del salón, inundando la sala de la calma justa que necesitaba el lienzo de la pared opuesta. Es su preferido. Una fotografía a color del embarcadero de góndolas de la Piazza di San Marco, en Venecia, ese lugar fotografiado por casi todos los turistas que pasean por la plaza, repetido hasta la saciedad en postales y guías de viaje. Pero ese lugar, el de la fotografía, es único. El enfoque, el encuadre, la luz capturada con habilidad, el minucioso revelado para no alterar su esencia… No hay otra fotografía igual. Las hay mejores y peores, pero todas distintas a ésta, demasiado iguales entre sí. El lugar que refleja ya no existe, o sólo existe en ese trozo de lámina impresa. La conoce a la perfección. Cada detalle, cada reflejo en el canal, cada sutil cambio de tonalidad. Sabe que no sería posible volver allí y repetir esa fotografía. La luz, las barcas, el nivel del agua… todo habría cambiado. El timbre del teléfono arruina sus divagaciones. Se va de casa, no sin dedicarle una última mirada.

Durante el día realiza sus tareas mecánicamente, sin impregnarse de ellas. No quiere que nada toque su armonía interior. De fondo, cuando se apartan todos los ruidos, queda el rumor incesante del embarcadero, la madera crujiendo y el agua chapoteando despacio entre las góndolas. Ese viaje fue muy especial. La encontró y la perdió allí. Nunca supo su nombre, pero en tres días llegó a conocerla mejor que a cualquier otra persona de su vida. No hubo más palabras que las necesarias. El misterio veneciano hizo el resto. Ella surgió de la nada, de repente, y tomó lo que quiso sin preguntar, sin cortejos que hubieran supuesto una irreparable pérdida de tiempo. Vivieron una vida nueva dentro de sus vidas impostoras y luego se fue en la niebla de la noche. Sin despedirse. Sin remordimientos. La última tarde en Venecia hizo la fotografía del embarcadero, donde apareció por primera vez, acaso para conservar su esencia imperturbable y encontrarse con ella, sin estar, cada vez que la recordara. El brusco frenazo del autobús disipa sus pensamientos. Es su parada.

Ya en casa, tras una larga ducha, pijama y batín, prepara la cena y se acomoda en el salón. Le gusta tener su tiempo y su espacio, un orbe que nadie pueda invadir. Su coraza es sencilla. Se compone de una rutina bien definida, una serie de pequeños caprichos a su alcance y teléfono y timbre desconectados para evitar intromisiones. Su minucioso paraíso dispone, además, de un plan de emergencia. Si alguna costumbre se ve alterada por un imprevisto, tiene alternativas a la altura de su exigencia. Por ejemplo, si una reunión se prolonga de manera no deseada y tiene que sacrificar su cena ritual, recurre a un baño caliente con alguna lectura relajante y un fondo musical neutro. Todo está medido. Todo tiene su sitio y su momento. Por eso el sobresalto, el susto, la respiración entrecortada al mirar el lienzo y descubrir, al fondo, cerca de la isla de San Giorgio Maggiore, una góndola que nunca había estado. Se levanta. Se acerca muy despacio. Se queda un rato mirando la fotografía, estudiando su recuerdo palmo a palmo. En esa zona no había nada. No tenía que haber nada. Sólo agua. Y sin embargo ahí está, desafiando su memoria, quebrando su paraíso efímero. Casi no se distingue del agua, pero está ahí. Inexplicablemente. Molestamente está ahí. Permanece un rato mirando ese fragmento de la imagen, tratando de recordar. Depende tan sólo de su memoria porque no tiene más copias y el original se perdió. Todos esos pensamientos pueden haber movido el reloj algunas horas. El cansancio le pesa en cada músculo. Se va a dormir.

El sueño apenas le proporciona alivio. Un sueño sin sueños, un vacío noctámbulo cargado de duda. Y al despertar, la otra góndola. Puede que no haya nada, que su imaginación le jugara una mala pasada. Sin pensar, se aventura por el pasillo y llega al salón. Despeja el ventanal y observa el lienzo. Sí, en efecto, la góndola sigue ahí. Ahora parece un poco más grande. Y parece que está más cerca. Con dificultad se distingue a dos personas a bordo, pero nada más. Se mira las manos y busca un espejo. Todo normal, como siempre. ¿Qué le está pasando? ¿Qué significa todo esto? No puede consultar con nadie porque esa imagen, ese instante preciso es suyo en exclusiva. Ni siquiera a ella, perdida entre las sombras de una ciudad infinita. Se aleja del lienzo despacio, sin dejar de mirarlo, con la góndola extraña al fondo.

Otro día de ir y venir, de ver rostros ajenos que le dicen cosas con una sólida argumentación que no le importan nada. Y la máscara constante de sonrisa ensayada, la frase feliz, el negocio cerrado. En uno de los tránsitos la ve desde la ventanilla del autobús. Pasa muy deprisa pero era ella, seguro. Intenta bajar, hay demasiada gente, no llega a tiempo y se le pasa la parada. Además, llega tarde a una reunión. A diferencia de otros días en los que le importa muy poco su profesión, hoy se le está notando más de la cuenta. Una disculpa de manual y sale a tomar el aire a una terraza desde la que se divisa la calle. Y allí, entre el tumulto, la ve, igual que cuando apareció por primera vez rodeada de extraños. Por impulso baja corriendo hasta la calle y la busca como un náufrago el bote salvavidas. La calle está abarrotada, es hora punta. Mira a un lado, a otro, avanza, levanta la cabeza, se tropieza, se asfixia, la ve al otro lado de la calzada girando la esquina de una bocacalle. Corre hasta allí, cuando llega no hay nadie, al final de la calle tampoco. De pronto recuerda la reunión. Lina habrá improvisado algo. Vuelve a casa. De camino evita mirar a la gente. No soportaría verla otra vez y no conseguir alcanzarla. El trayecto pasa sobre su cabeza, inadvertido.

Ya en el salón, comprueba sin demasiado asombro que la góndola está más cejada y se ha acercado un buen trecho. Tanto que puede distinguir a su pasajero (el gondoliere está de espalda), una mujer. Una mujer que es ella, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre las rodillas. Se frota los ojos pero sigue ahí. Quizá si regresara a Venecia, si la buscara con tenacidad… ¿Pero y si ya no está en Venecia? ¿Y si está en el lienzo o en la calle? Ella sabe quién es, dónde vive. Es cuestión de tiempo que suene el timbre o llegue al embarcadero y le haga una señal y el tiempo se detenga otra vez. Sólo tiene que esperarla. En sus cavilaciones va de un lado para otro. Súbitamente advierte que la góndola se ha alejado un poco. Se oye gritándole al gondoliere que reme más fuerte. Ha empezado a creer que pueden oírlo, que tiene influencia sobre lo que sucede al otro lado. Hoy tocaba su cena especial, pero no quiere alejarse tanto tiempo del lienzo. Su rutina, su virtuosa paciencia, empiezan a derrumbarse. La escena, sumergida en esa luz tan parecida a la que había cuando tomó la fotografía, hace que las góndolas parezcan cobrar volumen, entrar en el salón y mecerse lentamente con crujidos melancólicos. Esa imagen multiforme evoca la esencia de aquellos días, de aquella pasión volátil. ¿Qué tenía ella? ¿Qué la hacía tan especial, tan arraigada a esa ciudad de laberintos insondables y aparentemente dóciles? ¿Sería su habilidad para entrar sin llamar, para atravesar cualquier barrera y confundir su alma con la que estaba robando en silencio? La góndola se mueve apenas, tal vez más por el tímido oleaje que por los esfuerzos del remo. Ella sigue con la mirada baja, envuelta de misterio, aniquilando sus defensas al tiempo que alimenta su deseo. A ratos se asoma a la ventana y cree verla entre la multitud, pero si sale a buscarla y no es, si llega al embarcadero y le hace la señal y no está para verla… Una vez más piensa en Venecia, regresar allí, buscarla. Ese segundo viaje que ansía tanto como debe de ansiarlo ella. Se le antoja tan lejano como su cena, como su baño relajante, como el sonido del teléfono al fondo, será Lina, ella sabe qué hacer, siempre lo sabe.

 

Relato incluido en Lapso.

El Autodeterminado Método

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Mi cuñado es un inútil. Le habían roto la moto a su novia y no era capaz de defenderla. Casi le pidió disculpas al imbécil que había destrozado el cristal. El caso es que había que llevar la moto a arreglar, y como siempre le tocó al abuelo. Fuimos con él mi hermana pequeña y yo.

Era una tienda del centro, una de esas pequeñas tiendas que están ahí desde siempre, que huelen a antiguo y cuyo dueño parece saberlo todo de casi todo. Parecía cualquier cosa menos una cristalería, incluso una tienda de antigüedades. El mostrador estaba al fondo, iluminado por una tenue lamparita de luz cálida. A la derecha conforme se entraba por el estrecho pasillo, una escalera que conducía al segundo piso. Casi todo era de madera; nada del metal de los modernos.

El dueño nos atendió con amabilidad. Mi hermana lo miraba con los ojos muy abiertos. El abuelo le explicó lo del cristal de la moto, y el dueño, que sería de su misma edad, sonrió y dijo algo de los jóvenes, uno de esos comentarios que sólo resultan graciosos a los viejos, porque mi abuelo asintió sonriendo.

—La reparación —dijo— será muy sencilla.

El abuelo y yo nos extrañamos porque no había visto la moto. Pareció darse y cuenta y añadió que no importaba el modelo, todas las reparaciones eran la misma. Mientras hablaba, sacó un libro de la estantería que tenía detrás, un libro pequeño y polvoriento titulado Métodos. Se puso unas gafas de leer y lo abrió por una página que parecía conocer bien.

—El autodeterminado método —dijo—. Un antiguo sistema ideado por matemáticos de la Antigüedad capaz de resolver cualquier problema.

Nos miramos sorprendidos. Mi hermana seguía con los ojos fijos en el cristalero, que acababa de sacar una regla y un montón de palillos de madera. Mi asombro aumentó cuando empezó a colocar los palillos como si de un juego se tratase. Llevábamos un rato mirándolo, y ya empezaba a pensar que al hombre le faltaba una tuerca cuando, de pronto, tiró de dos palillos colocados en los extremos, y el resto dibujó el contorno exacto del cristal de la moto. A mi hermana le pareció magia. Yo no sabía qué pensar. Entonces el cristalero nos indicó que debíamos ayudarlo. Mi abuelo se mostró dispuesto y empezó a colocar palillos con él. Mi hermana y yo no participamos en ese extraño ritual. A los pocos minutos, la expresión de mi abuelo había cambiado notablemente. Parecía no estar viendo los palillos ni la tienda ni a nosotros, sino otra cosa.

El cristal de la moto empezó a surgir de la nada, justo entre los palillos. Mi abuelo se había detenido pero seguía fijo en los palillos. El cristalero dijo que tenía que subir a por algo. Entonces mi abuelo dio un suspiro y dijo, mirando al infinito, que había entendido el autodeterminado método. Al instante siguiente salió corriendo hacia la calle. Traté de seguirlo pero, cuando crucé la puerta, ya no estaba, parecía haberse perdido entre la gente que cruzaba hacia las dos enormes alas de la biblioteca del Sur. Subí a toda prisa para avisar al cristalero. En el segundo piso encontré libros, muchos libros de matemáticas y extraños sistemas, pero a ningún cristalero y ninguna salida posible.

A mi hermana le contamos alguna historia de niños que la ayudó a superar la pérdida del abuelo. Al fin y al cabo era muy pequeña. A mí nadie me explicó nada. Nadie me dijo por qué sobre la mesa de la cristalería sólo estaba la visera de la moto. Sólo eso y ningún libro de métodos antiguos.

 

Relato incluido en Lapso.

El manual de aprendiz

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Dicen que ella pudo coger el libro de una de las dos salas de la Biblioteca del Sur al azar. Y que en ese libro sólo hubiera lecciones de álgebra.

Pero los hechos son mucho más complejos. Porque durante meses visitó la misma estantería y leyó el mismo libro. Ella, una persona cualquiera, una solitaria oficinista sin aparente interés por las matemáticas.

Un día de sol, de pronto, dejó de ir a la biblioteca. Todo se supo gracias al eficaz registro de préstamos: faltaba un desconocido tomo único, el libro de Métodos, que ya nunca se pudo recuperar porque su puerta no volvió a responder a las llamadas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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