Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Por favor, sea breve (IV)

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Por favor, sea breve (IV)

De hecho no es la cuarta noche, sino la quinta, pero de la anterior me caí y de la otra no comenté nada (fue de microcuentos, una auténtica delicia de la que, por desgracia, no ha quedado testimonio gráfico alguno). Además, no está bien que ande siempre asaltando el cartel. Me parece una grosería.

El tema de esta noche es el apasionante mundo del ensayo y el artículo, pero en su mínima expresión. Es un ejercicio interesantísimo el de sintetizar las ideas al máximo. No en vano pensamos mediante palabras, y su abuso puede provocar pensamientos inservibles.

No me canso de agradecer a Rocío y a Marta que me hayan invitado a participar, sobre todo porque hoy he realizado un ejercicio de arqueología entre mis textos, y eso siempre es sorprendente y agradable.

Allí os espero a (casi) todos.

Por favor, sea breve (II)

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Por favor, sea breve (II)

Esta noche seguiré dando la tabarra con mis letras en el apasionante ciclo Por favor, sea breve, pero esta vez con micropoemas. Si no sabes lo que es, te gustan o los odias, acércate. Es una ocasión interesante para aprender, disfrutar o levantar pasiones, según sea tu caso. No vengas si te resulta indiferente, porque eso se parece mucho a no ser y nos acabarías contagiando.

Una vez más, agradezco a Rocío y a Marta que me hayan invitado a participar, lo cual tiene mucho mérito teniendo en cuenta que ya me sufrieron el martes pasado.

Allí os espero a (casi) todos.

P.S.: Me he tomado la licencia de dirigirme a ti y a vosotros indistinta y confusamente, que para algo esto es un blog sobre literatura.

Y fuimos breves, o casi

Y

Por favor, sea breve (Edu) | Foto: Iván Vergara
Por favor, sea breve (Edu) | Foto: Iván Vergara

La pasada noche del martes fue, sobre todo, de reencuentros. Con palabras antiguas que sonaban a nuevo y con viejos amigos que siguen siendo los de siempre. Durante unas horas, fue como aquellas tertulias que organizábamos hace años.

Quiero dar las gracias nuevamente a Rocío y a Marta por recordarnos que somos unos cuentistas y que la brevedad es hermosa; a Maribel y a Beto por prestarme el soporte para leer mis cuentos; y por supuesto, a todos los que quisisteis compartir ese rato de literatura con nosotros.

Parece que el streaming que se emitió (y del que me enteré a toro pasado), no está disponible. Lo que sí puedo indicar son los cuentos que leí de este mismo blog: Música y Visita furtiva. Espero que os gusten.

El próximo martes tenemos otra cita, esta vez con la micropoesía. Allí os espero.

Por favor, sea breve (Raúl) | Foto: Iván Vergara
Por favor, sea breve (Raúl) | Foto: Iván Vergara

Por favor, sea breve (Rocío) | Foto: Iván Vergara
Por favor, sea breve (Rocío) | Foto: Iván Vergara

Por favor, sea breve (Beto) | Foto: Iván Vergara
Por favor, sea breve (Beto) | Foto: Iván Vergara

Por favor, sea breve (Marta) | Foto: Iván Vergara
Por favor, sea breve (Marta) | Foto: Iván Vergara

Por favor, sea breve

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Por favor, sea breve

Esta noche estaré compartiendo con buenos y viejos amigos eso que tanto me gusta: la literatura, concretamente cuentos. Agradezco el detalle a Rocío y a Marta por invitarme a participar, aunque me da la sensación de que no saben bien lo que hacen. Intentaré ser breve.

Allí os espero a (casi) todos.

La señora

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La señora - FILHIN
La señora – FILHIN

Había entrado a trabajar en una finca preciosa. La dueña era una señora muy elegante, entrada en años pero agradable y educada. Él era jardinero. Alto, fuerte, apuesto. En su limitada concepción del mundo, creía que si conseguía acostarse con la señora, se aseguraría el trabajo de por vida, y quién sabe si alguna que otra gratificación extraordinaria. Su mujer, que parecía estar seca por dentro y por fuera, sólo quiso saber una cosa. «¿Está limpia?» Él asintió con la cabeza, muy despacio. «Entonces haz lo que debas, nos hace falta el trabajo.» Los primeros días se los tomó como un juego: ella lo estaría poniendo a prueba para divertirse. Pasaron las primeras semanas, los primeros meses, y empezó a temer por su trabajo. Se miraba al espejo interrogándose sobre los posibles defectos que la señora podía ver. Ensayaba frases encantadoras y excusas para entrar en su casa a cualquier hora. Pero nada parecía funcionar. Un día, mientras baldeaba una de las terrazas, creyó ver a la señora desnuda en una de las habitaciones. Se acercó con sigilo y espió entre los visillos. Ahí estaba ella, desnuda por completo, con marcas de la edad sobre un cuerpo apetecible y femenino, lleno de curvas sensuales y enigmáticas. Y frente a ella un hombre, también desnudo. Por su aspecto se diría que tenía más o menos la edad de ella, una cuidada barba blanca y una sonrisa imperturbable de oreja a oreja. En ese momento estalló. Salió corriendo hacia el interior de la casa, atravesó el recibidor, el salón y el pasillo frenéticamente, y se plantó frente a los amantes, sudando y con la cara desencajada. Sus ojos desprendían incomprensión y rabia, y todos sus músculos estaban tensos. Entonces, se tiró a los pies de la señora y le suplicó entre lágrimas que lo aceptara, que lo dejara entrar entre sus piernas. Anticipando una mirada cómplice a su compañero de juegos, ella se agachó y le acarició el pelo con dulzura. Le dijo algo al oído y lo levantó con suavidad. Lo acompañó hasta el recibidor en silencio y lo despidió con un portazo, sin darse la vuelta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Trámites

T

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Llevas toda la mañana esperando en la cola de Hacienda. Saltan números aleatorios. Todos menos el tuyo. En la espera te duermes y tienes sueños plácidos en lugares remotos y paradisíacos. De golpe un zumbido. Abres los ojos y estás solo. El ordenanza te indica la salida. Tu número parpadea, burlándose, en el monitor aséptico.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Aquello que…

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Bastón Ayer se descubrió preguntándole a su hijo: «A veces olvido cosas, ¿verdad?» Así es desde que mamá se fue. Uno a uno, les ha escrito una carta para dar una fiesta. Hijos, nietos, amigos, pasan el día con él viendo álbumes de fotos, riendo anécdotas felices. Es una despedida tácita: quizá mañana los mire sin volver a verlos.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Nómadas

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Mientras todos duermen - Eduardo Martos
Mientras todos duermen – Eduardo Martos

Los telediarios seguían comentando las mismas noticias de siempre en un tono de grotesca normalidad, pero nosotros caminábamos como nómadas entre casas súbitamente abandonadas, por calles desoladas y envejecidas por la soledad. Nos organizábamos sobre la marcha y regresábamos a veces a nuestros antiguos hogares para traer comida y ropa limpia. Nunca nos quedábamos mucho tiempo en una misma casa, y sólo escogíamos las que todavía tenían agua corriente. Mis padres se resistían a irse. Pensaban que era algo pasajero, que los telediarios tenían razón. Dormíamos hacinados en una o dos habitaciones para protegernos unos a otros, y nos salían hongos en los pies por la humedad de los baños comunes. Sin darnos cuenta, llegó el día en que debíamos dar el salto a un lugar mucho más lejano, dormir al raso durante semanas y comer lo que torpemente encontráramos o cazáramos. Dudé y volví a casa de mis padres, que ya no estaban. Cuando intenté alcanzar al grupo, sólo quedaban calcetines rotos y alguna cantimplora. En ese momento estarían lejos, en alguna parte incierta, y estaba anocheciendo.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Segundo viaje a Venecia

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Góndolas, Venecia - http://filhin.es
Góndolas, Venecia – http://filhin.es

Lina ha llamado para recordarle tres o cuatro reuniones. ¿Tres? ¿O cuatro? Bueno, qué más da, ella siempre llama otra vez. El día está nublado pero no tanto como para evitar la calculada luz difusa que entra por el amplio ventanal del salón, inundando la sala de la calma justa que necesitaba el lienzo de la pared opuesta. Es su preferido. Una fotografía a color del embarcadero de góndolas de la Piazza di San Marco, en Venecia, ese lugar fotografiado por casi todos los turistas que pasean por la plaza, repetido hasta la saciedad en postales y guías de viaje. Pero ese lugar, el de la fotografía, es único. El enfoque, el encuadre, la luz capturada con habilidad, el minucioso revelado para no alterar su esencia… No hay otra fotografía igual. Las hay mejores y peores, pero todas distintas a ésta, demasiado iguales entre sí. El lugar que refleja ya no existe, o sólo existe en ese trozo de lámina impresa. La conoce a la perfección. Cada detalle, cada reflejo en el canal, cada sutil cambio de tonalidad. Sabe que no sería posible volver allí y repetir esa fotografía. La luz, las barcas, el nivel del agua… todo habría cambiado. El timbre del teléfono arruina sus divagaciones. Se va de casa, no sin dedicarle una última mirada.

Durante el día realiza sus tareas mecánicamente, sin impregnarse de ellas. No quiere que nada toque su armonía interior. De fondo, cuando se apartan todos los ruidos, queda el rumor incesante del embarcadero, la madera crujiendo y el agua chapoteando despacio entre las góndolas. Ese viaje fue muy especial. La encontró y la perdió allí. Nunca supo su nombre, pero en tres días llegó a conocerla mejor que a cualquier otra persona de su vida. No hubo más palabras que las necesarias. El misterio veneciano hizo el resto. Ella surgió de la nada, de repente, y tomó lo que quiso sin preguntar, sin cortejos que hubieran supuesto una irreparable pérdida de tiempo. Vivieron una vida nueva dentro de sus vidas impostoras y luego se fue en la niebla de la noche. Sin despedirse. Sin remordimientos. La última tarde en Venecia hizo la fotografía del embarcadero, donde apareció por primera vez, acaso para conservar su esencia imperturbable y encontrarse con ella, sin estar, cada vez que la recordara. El brusco frenazo del autobús disipa sus pensamientos. Es su parada.

Ya en casa, tras una larga ducha, pijama y batín, prepara la cena y se acomoda en el salón. Le gusta tener su tiempo y su espacio, un orbe que nadie pueda invadir. Su coraza es sencilla. Se compone de una rutina bien definida, una serie de pequeños caprichos a su alcance y teléfono y timbre desconectados para evitar intromisiones. Su minucioso paraíso dispone, además, de un plan de emergencia. Si alguna costumbre se ve alterada por un imprevisto, tiene alternativas a la altura de su exigencia. Por ejemplo, si una reunión se prolonga de manera no deseada y tiene que sacrificar su cena ritual, recurre a un baño caliente con alguna lectura relajante y un fondo musical neutro. Todo está medido. Todo tiene su sitio y su momento. Por eso el sobresalto, el susto, la respiración entrecortada al mirar el lienzo y descubrir, al fondo, cerca de la isla de San Giorgio Maggiore, una góndola que nunca había estado. Se levanta. Se acerca muy despacio. Se queda un rato mirando la fotografía, estudiando su recuerdo palmo a palmo. En esa zona no había nada. No tenía que haber nada. Sólo agua. Y sin embargo ahí está, desafiando su memoria, quebrando su paraíso efímero. Casi no se distingue del agua, pero está ahí. Inexplicablemente. Molestamente está ahí. Permanece un rato mirando ese fragmento de la imagen, tratando de recordar. Depende tan sólo de su memoria porque no tiene más copias y el original se perdió. Todos esos pensamientos pueden haber movido el reloj algunas horas. El cansancio le pesa en cada músculo. Se va a dormir.

El sueño apenas le proporciona alivio. Un sueño sin sueños, un vacío noctámbulo cargado de duda. Y al despertar, la otra góndola. Puede que no haya nada, que su imaginación le jugara una mala pasada. Sin pensar, se aventura por el pasillo y llega al salón. Despeja el ventanal y observa el lienzo. Sí, en efecto, la góndola sigue ahí. Ahora parece un poco más grande. Y parece que está más cerca. Con dificultad se distingue a dos personas a bordo, pero nada más. Se mira las manos y busca un espejo. Todo normal, como siempre. ¿Qué le está pasando? ¿Qué significa todo esto? No puede consultar con nadie porque esa imagen, ese instante preciso es suyo en exclusiva. Ni siquiera a ella, perdida entre las sombras de una ciudad infinita. Se aleja del lienzo despacio, sin dejar de mirarlo, con la góndola extraña al fondo.

Otro día de ir y venir, de ver rostros ajenos que le dicen cosas con una sólida argumentación que no le importan nada. Y la máscara constante de sonrisa ensayada, la frase feliz, el negocio cerrado. En uno de los tránsitos la ve desde la ventanilla del autobús. Pasa muy deprisa pero era ella, seguro. Intenta bajar, hay demasiada gente, no llega a tiempo y se le pasa la parada. Además, llega tarde a una reunión. A diferencia de otros días en los que le importa muy poco su profesión, hoy se le está notando más de la cuenta. Una disculpa de manual y sale a tomar el aire a una terraza desde la que se divisa la calle. Y allí, entre el tumulto, la ve, igual que cuando apareció por primera vez rodeada de extraños. Por impulso baja corriendo hasta la calle y la busca como un náufrago el bote salvavidas. La calle está abarrotada, es hora punta. Mira a un lado, a otro, avanza, levanta la cabeza, se tropieza, se asfixia, la ve al otro lado de la calzada girando la esquina de una bocacalle. Corre hasta allí, cuando llega no hay nadie, al final de la calle tampoco. De pronto recuerda la reunión. Lina habrá improvisado algo. Vuelve a casa. De camino evita mirar a la gente. No soportaría verla otra vez y no conseguir alcanzarla. El trayecto pasa sobre su cabeza, inadvertido.

Ya en el salón, comprueba sin demasiado asombro que la góndola está más cejada y se ha acercado un buen trecho. Tanto que puede distinguir a su pasajero (el gondoliere está de espalda), una mujer. Una mujer que es ella, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre las rodillas. Se frota los ojos pero sigue ahí. Quizá si regresara a Venecia, si la buscara con tenacidad… ¿Pero y si ya no está en Venecia? ¿Y si está en el lienzo o en la calle? Ella sabe quién es, dónde vive. Es cuestión de tiempo que suene el timbre o llegue al embarcadero y le haga una señal y el tiempo se detenga otra vez. Sólo tiene que esperarla. En sus cavilaciones va de un lado para otro. Súbitamente advierte que la góndola se ha alejado un poco. Se oye gritándole al gondoliere que reme más fuerte. Ha empezado a creer que pueden oírlo, que tiene influencia sobre lo que sucede al otro lado. Hoy tocaba su cena especial, pero no quiere alejarse tanto tiempo del lienzo. Su rutina, su virtuosa paciencia, empiezan a derrumbarse. La escena, sumergida en esa luz tan parecida a la que había cuando tomó la fotografía, hace que las góndolas parezcan cobrar volumen, entrar en el salón y mecerse lentamente con crujidos melancólicos. Esa imagen multiforme evoca la esencia de aquellos días, de aquella pasión volátil. ¿Qué tenía ella? ¿Qué la hacía tan especial, tan arraigada a esa ciudad de laberintos insondables y aparentemente dóciles? ¿Sería su habilidad para entrar sin llamar, para atravesar cualquier barrera y confundir su alma con la que estaba robando en silencio? La góndola se mueve apenas, tal vez más por el tímido oleaje que por los esfuerzos del remo. Ella sigue con la mirada baja, envuelta de misterio, aniquilando sus defensas al tiempo que alimenta su deseo. A ratos se asoma a la ventana y cree verla entre la multitud, pero si sale a buscarla y no es, si llega al embarcadero y le hace la señal y no está para verla… Una vez más piensa en Venecia, regresar allí, buscarla. Ese segundo viaje que ansía tanto como debe de ansiarlo ella. Se le antoja tan lejano como su cena, como su baño relajante, como el sonido del teléfono al fondo, será Lina, ella sabe qué hacer, siempre lo sabe.

 

Relato incluido en Lapso.

Extraños

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Pub - Eduardo Martos
Pub – Eduardo Martos

Quedamos en Nervión, como siempre. La efusividad nos precede, pero pronto advertimos que no sabemos dónde podríamos cenar. Cada uno hace sus cábalas, y mientras andamos, se forman grupos de conversación itinerante. Sentimos la fría noche por las bufandas de Harry Potter y los adornos de Navidad. Vamos descartando bares: demasiado pequeño, muy caro, no tienen tapas, cierran en media hora. Finalmente encontramos uno bastante amplio. El problema es que no tiene mesas suficientes. Intentamos aglomerarnos en una zona de la barra, pero ese pasillo es propiedad de los camareros. Hay cuatro mesas separadas, en medio de las cuales un grupo de personas parece haber terminado de cenar: falsa impresión. El camarero no nos permite unirlas porque hay que dejar un pasillo según la normativa; nadie la conoce, probablemente tampoco él. Decidimos esperar, sentados de dos en dos, a que paguen la cuenta para lanzarnos sobre la mesa como la víctima elegida por el depredador. Las conversaciones fluyen, al principio, entre las cuatro mesas. Las palabras van dejando paso a los gestos, a los saludos casuales. Entretanto, la bebida se va calentando y los platos se vacían. Me quedo mirando una de nuestras mesas sin saber quiénes están sentadas. Maribel me mira y sonríe, y ya las reconozco; la cerveza, pienso. Las conversaciones ya se han reducido a un par de anécdotas entre las mesas más cercanas. De vez en cuando se cruzan miradas entre otras mesas, pero ya no significan gran cosa. Pablo es el paso previo de la máquina de tabaco. Echa las monedas, da el cambio, alarga el paquete y ofrece consejos sobre la vida y la metafísica. A una señora le pregunta si sabe lo malo que es fumar, y la señora se ríe asustada. Las palabras que intercambian las mesas cercanas se reducen al pan y a las próximas raciones. Aterrizan las cartas de postres, que nadie llega a usar. Pagamos una cuenta común que por momentos nos resulta fuera de lugar. Nos levantamos para irnos, todos a la vez. Cuando salimos a la calle, dispersos de dos en dos, no cruzamos ningún comentario ni nos despedimos.

Cuando salimos a la calle somos perfectos extraños.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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