Seamos sinceros

Cortázar expone, en su relato De la simetría interplanetaria, que Dios podría haberse encarnado y haber revivido la Pasión en otros mundos.

El relato se desarrolla en un planeta llamado Faro, y allí el Mesías se llama Illi:

Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón…?»

Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante ¡Clavar en un madero al hijo de Dios…!

Un par de párrafos más tarde, se descubre que han envenenado a Illi. Es una aproximación sarcástica pero no exenta de verdad.

Cualquier cristiano de la actualidad ya sabe quién es Jesucristo, piensa que él nunca lo negaría, y por supuesto rechaza la idea de que hubiera podido participar en los agravios del Calvario.

¿Estamos seguros de eso? Si Jesucristo regresara, en su Segunda Venida, ¿declararía que es el Mesías, o lo negaría? ¿Y nosotros? ¿Lo seguiríamos o lo negaríamos, le escupiríamos, lo volveríamos a clavar en la cruz?