Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagmúsica

Desgajada

D
guitar

 

 

Las primeras notas, como de costumbre, te pasan desapercibidas. Sueles pensar en otras cosas. No son más que calentamiento, y el calentamiento es necesario pero poco valioso. Haces un barrido entre el público y te fijas en tres o cuatro personas concretas. A partir de ese momento, tus miradas irán dirigidas solo a ellos. Y como si te lanzaras en paracaídas o fueras a saltar dentro de un volcán, empiezas a hablar con tu guitarra. Hay quien piensa que los gestos que los guitarristas hacen con la boca, sus movimientos de cabeza, son un truco para darle emoción al tema. Puede que algunos lo hagan así, pero no tú. La manera que tienes de acariciar la guitarra, de mimarla entre tus brazos y sacarle, a un tiempo, las notas más agresivas, es tan peculiar que nadie ha conseguido definirla nunca. Para ti es un juego. En ese punto ya han desaparecido todos los demás y solo quedan esos tres o cuatro admiradores que saben leerte en lo instintivo. Siempre está esa viejecita que te acompaña a todos tus conciertos, y que aunque bien podría ser tu abuela, no te conoce de nada. Luego está el solitario, que cambia de piel de un concierto a otro, dejando su alma intacta. El grupo de amigos que se ha equivocado de concierto pero que acaba viviéndolo con pasión. Y la chica peleada con el mundo, que te recuerda a ti hace unos años. Te gusta tocar para un auditorio minúsculo, íntimo, aunque te obliguen a plantear esos macroconciertos tan horribles. La música es una comunicación efímera llena de belleza, y eso no puede suceder con cualquiera. Siempre das una parte de ti, algo que nunca regresa, que se queda en ese grupo reducido. Ves sus ojos brillar y eso es toda la recompensa que necesitas. Hoy, los de la anciana están fulgurantes. Sin darte cuenta, has empezado a tocar Tender surrender de Steve Vai. Ese tema no estaba programado. Tu manager te mira con el morro subido, como para decirte algo, y luego se resigna. Bastante haces con estar ahí. Hace calor, el sudor te chorrea por la espalda como un arroyo improvisado. Los dedos van solos. No tienes que pensar en los acordes. Las notas salen de ti como si ese tema hubiera estado contigo desde siempre, como si existiera antes de que tú nacieras, antes de que Steve Vai lo compusiera. Te trae recuerdos de momentos felices y extraños. Ese viaje a la sierra a los cinco o seis años, esa calma ruidosa de la naturaleza, el cielo cubierto de tantas estrellas que apenas había hueco para la oscuridad, que sin embargo está ahí siempre, al acecho, detrás de cada pequeña memoria. Dejas de sentir tu propia respiración, y el sudor, que debe de seguir ahí, parece correr por la espalda de otro alguien. En la parte más apasionada del tema, cuando tienes que dejarte la piel y todo sube por una escala infinita, vuelves a mirarlos, y ves en ellos una felicidad inédita. Te miran embelesados, tan ajenos a todo lo demás como tú. A duras penas notas ya los dedos, y pese a todo, la música sigue brotando de la guitarra, de ti, de tu alma. Sientes algo tan profundo que te hace llorar limpiamente. Ahí te vienen todas las escenas que te han hecho ser quién eres, que te justifican y te dan aliento. El brillo en sus ojos es casi cegador. Con los últimos acordes, el tema ya bajando por una pendiente apacible, echas en falta los latidos de tu corazón, el aire pasando por tu garganta, el peso de la guitarra en tus manos. Lo último que escuchas son sus aplausos atenuados, justo antes de fundirte con tu pasado, las estrellas y la naturaleza que te esperaban desde siempre.
Desde sus asientos, con los ojos llenos de lágrimas, el público aplaude enfurecido, sin advertir que la guitarrista se ha desvanecido. La anciana, el solitario y el grupo de amigos, sin saberlo, se llevan de este concierto algo mucho más profundo que tu música.

Stardust

S

Fotografía: suzukiviolin.com
Fotografía: suzukiviolin.com

Decir que le gusta el sonido del violín podría llegar a ser ofensivo, pero elegir una alternativa más intensa (que le enamora, por ejemplo) sería inexacto, sobre todo porque no alberga la más mínima esperanza de corresponderlo de ninguna manera. Convendremos que se deleita en silencio, que ahora que lo conoce, no podría vivir sin ese instrumento. Pero con el tiempo ha adquirido experiencia suficiente para permitirse tener una estricta selección personal. En su tierra natal no había violines, y a lo largo de sus viajes ha tenido ocasión de oír multitud de instrumentos, todos ellos hermosos y con personalidad propia, pero ninguno tan íntimo, tan cautivador como un violín manejado con maestría.

La primera vez que oyó un concierto de violín, todo se le paró de pronto. Perdió sus pretensiones, su pasado, casi su identidad, y poco a poco se fue despegando de su asiento, despreciando la gravedad y flotando por el camino imaginario que le proponía el arco. La sensación le duró horas, acaso días, ausente de su rutina, de toda la belleza que pasaba inadvertida por la ventana lateral. Era Grappelli. Se le había pegado al alma para siempre.

En sus lentas estancias fuera de casa, cuando no puede escaparse a un concierto bajo ningún concepto, recuerda las notas y mueve los dedos intentando acompañarlas torpemente. Es todo lo que le queda en esos momentos de soledad.

Han pasado muchos años sin haber podido escuchar de nuevo, en directo, el sonido envolvente del violín, esa cadencia caprichosa que conlleva un vaivén, un ir y venir por el puro placer estético y emocional, sin otro significado que la belleza. Aunque no lo ha olvidado, ya casi no lo recuerda y lo anhela sin saberlo. Una avería provoca que su transporte quede varado cerca de aquel primer concierto: una sala de conciertos modesta pero elegante que ahora está medio en ruinas. La contempla brevemente con la esperanza, todavía, de hallar entre sus muros lo que tanto desea. Incontables viajes por incontables destinos le han enseñado que la casualidad es una refinada ilusión, pero entonces oye un quejido que le hace parar en seco: es un violín. Agazapado y medio invisible por la ropa oscura (es de noche) descubre a un mendigo que afina un violín arrasado por el tiempo. El hombre levanta la vista y le clava unos ojos que alguna vez pertenecieron a una persona incisiva, tenaz y valiente. Sin darle tiempo a despegar los labios para pedirle (para suplicarle) que toque su pieza favorita, los acordes iniciales de Stardust empiezan a llenar el callejón solitario con un virtuosismo inesperado. Hay una silla sin respaldo que aprovecha para sentarse como si se tratara de un butacón del extinto teatro. Cierra los ojos y se imagina flotando en su orbe íntimo, libre de sus ataduras, de sus angustias, fundiéndose con la música sin la incómoda materia que componía su ser. Las últimas notas se van aflojando como la nostalgia que destilan, despacio, hasta que al fin queda tan sólo un rumor lejano. Cuando abre los ojos, el violinista ya no está.

Como la avería parece estar arreglada, se levanta y contempla el teatro antes de marcharse. Mientras se eleva por encima del terreno en su transbordador espacial, rumbo al espacio profundo, piensa que haber nacido en dos rincones opuestos del cosmos y encontrarse en medio de una noche irrepetible, no es menos poético que aprender a tocar el violín o saber apreciarlo. Piensa en el polvo estelar que somos, y después, se abandona a la música que ya nadie interpreta.

 

Relato incluido en Lapso.

Billy

B

Les Paul - sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)
Les Paul – sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)

A GuK

Llevaba en planta desde las seis de la mañana.

Se le conocía por sus riff delirantes y agresivos. Su vida se basaba en el instante y nunca tuvo problemas para quedarse con la más guapa. Pero por encima de todos los acordes, de las guitarras reventadas contra los bafles y de las melenas agitándose al son de sus dedos, lo que más le importaba (lo único, dirían algunos) era su voz. Cascada, por supuesto, y sin llegar a ser chillona, no era todo lo cavernosa que cabría esperar viendo su cara de malas pulgas. Parecía metálica, pero no con la limpieza del metal trabajado, sino áspera como el fragmento de roca que se extrae de la mina.

El vasito de whisky no faltaba nunca en su mesa. Ni la botella sin etiqueta, todo un enigma. Se lo había hincado del tirón y sin respirar. En su cabeza resonaba todavía el estruendo del último concierto. La gente lo aclamaba, y las tías se le insinuaban como perras para llamar su atención y acabar en su camerino esa noche. Se dejaba arrastrar por los maremotos acústicos que sacudían la sala, se perdía en ellos y gritaba las frases sin pensar en nada más. Había rechazado el sexo porque no podía sacarse una melodía de la cabeza. Se fue a casa solo, andando y medio emporrado.

Sentado frente a la ventana, viendo pasar a toda esa gente estúpida y responsable que iba a trabajar, se preguntaba si su vida era auténtica. Siempre hacía lo que le daba la gana, sin pensar en las consecuencias, como el sonido brutal que se pierde galopando a través de las paredes de cualquier garito underground de mala muerte. Estaba nostálgico, que en su jerga quiere decir hasta los huevos de esa perra vida de ir de un lado para otro como un mendigo. En el escenario no se sentía especial. Jamás se había sentido especial. Sólo tocaba y olvidaba sus rencores.

Bruscamente había anochecido. La gente, como en un espejo, volvía a sus casas. Se levantó, cogió su Epiphone Les Paul 100 rojo cereza (le parecía más pesada) y la enchufó en el amplificador. El punteo se quedó en un manso quejido. Abrió la boca y sólo consiguió un ronquido. Treinta años de drogas y alcohol le habían anulado los dedos y le habían destrozado las cuerdas vitales. Sólo su carácter, terco y duro como sus canciones, herido y mutilado, seguía gritando en la soledad de su silencio.

 

Relato incluido en Lapso.

Lecturas en La Carbonería (A renglón seguido)

L

Pues sí, por fin llegó aquella tarde y todo fue muy divertido. El día había empezado bien: Un desastre en forma de catarata en el piso de mis suegros (el vecino de arriba olvidó cerrar el grifo) amenizó la mañana, y de camino a La Carbonería, un incendio justo al lado del local. Pero al final, como decía, fue muy divertido y conocí a gente interesante con la que pude compartir un rato agradable leyendo nuestras locuras.

Algunas de las lecturas están publicadas aquí, como Las horas felices y Música. La cosa pertenece a Lapso, ese libro del que tanto hablo y que en breve volverá a estar a la venta.

El vídeo, cortesía de los chicos de FILHIN, lo improvisamos sobre la marcha, y es más que nada un experimento que no ha quedado mal del todo. Concretamente lo grabó Isa, que tuvo la amabilidad de acompañarme para ayudarme a sobrellevar mi famosa timidez.

Música

M

El saxofonista atardecer - Eduardo Martos
El saxofonista atardecer – Eduardo Martos

Esa trompeta que significa una evasión, un fugarse del resto de notas, del sentimiento hiriente que gravita sobre la canción, esa trompeta breve me suelta, me eleva para poder contemplar las cristalinas notas de la guitarra acústica, que son como pasos, o quizá como escalones leves por donde ni siquiera es necesario subir con los pies, sino recorrerlos sin pretensión de final porque si hay última nota, ésta queda suspendida, vibrando sin fin, mezclándose con la voz del solista, con sus sensuales tonos graves y esos altos tan sugerentes, fundiéndose sin temperatura con sus emocionantes inflexiones que sacuden el alma y traen, por ejemplo, ese mar plateado por la tarde, esa inmensidad acuática y viva donde parece posible la existencia de baterías que mueven las olas con su percusión, y un ambiente rumoroso al llegar a la orilla, que entre el bajo y la batería queda íntimamente cerrado. Me gustaría ser como ellos, tocar sin más, acudiendo tan sólo a la sencillez, deslizar los dedos por el cuerpo del instrumento y acariciarlo sin argumentos, sin semántica, tan sólo música, placer estético, arrojar fuera de mí esa pasión que me recorre. Sería hermoso poder interpretar y abandonarse al acto de cada instante, tocar sin miedo en una sala íntima, cerrar los ojos y dejarse llevar por los otros, por su música que acaba confundiéndose con la mía, intercambiando notas en un diálogo infinito donde cada sensación puede mutar y ser lo que cada uno desea, y tocar y sentir y tocar y escuchar y provocar el silencio. Al principio, cuando uno sabe poco o nada de la música, todo, la notación, los acordes, armonías, arpegios, escalas, parecen pertenecer a un orden superior e inalcanzable, una plataforma lejana donde sólo se apoyan los grandes genios, pero, con el tiempo, ese miedo parece disolverse y, aunque los genios siguen siendo inalcanzables, el músico sabe que lo sublime, ese orden superior, proviene del interior, no es algo ajeno sino un mecanismo íntimo que transforma los sentimientos en música. Así, por ejemplo, cuando murió el abuelo pude oír el dolor latiendo en mi mente, lo oía como un sencillo réquiem (el abuelo odiaba lo barroco), como una sinfonía delicada que se marchaba despacio con el alma de ese viejo sabio; creo que incluso mis lágrimas fueron notas en aquel trance que sólo yo entendía. De alguna forma los recuerdos del abuelo se iban destilando en forma de sinceros acordes que hubiera podido variar un millón de veces sin que se perdiera la sensación que me provocaban. Entonces hubiera deseado tener dinero para una trompeta, para un saxo con el que poder llorar y disgregarme en ese dolor líquido. Fue él quien me dijo que la música no se toca ni se interpreta, se llora y se grita como si fuera la última melodía que uno va a tocar. El abuelo llevaba la música y el ritmo en el cuerpo; tocaba la trompeta en un grupo de blues, en esos clubes donde los viejos sentían los cantos de esclavitud tan próximos, donde estaba permitido soñar que los tonos azules y grises, las notas dispersas y el lento humo del tabaco formaban un universo completo, cerrado. En el barrio teníamos muchos amigos, la mayoría pobres y músicos como nosotros, todos como hermanos. Cuando el hijo menor de los vecinos murió, el grupo del abuelo tocó para él una inolvidable canción de calles gastadas, desesperanza y ojos anónimos, porque sabían que le haría ilusión escuchar el sonido del barrio desde su tierno cielo. Yo sólo pude contemplar y unirme al llanto por el pobre pequeño. Esa noche el abuelo me dijo que algún día me oiría llorar su muerte como él había hecho. Ahora vuelve la trompeta, esa nota que podría ser triste pero es alegre, y ahora el cambio suave que en el fondo es brusco y hermoso, y que fugazmente me recuerda a la forma de tocar del abuelo, y es como si el abuelo estuviera tocando de nuevo, como si deslizara sus dedos sin prisa y convirtiera cada nota en algo distinto. La música va aflojando y la batería da sus últimos golpes, la canción termina, y cuando oigo los aplausos de frente, cuando abro los ojos y veo al público en el viejo club del barrio, los tonos azules, grises, violáceos, el humo de tabaco flotando por toda la sala, mis compañeros también aplaudiendo, la impecable trompeta del abuelo en mis manos, las breves lágrimas que he soltado sin querer, en el jazz que al parecer he tocado, en el jazz mágico que los ha cautivado durante diez minutos, pura improvisación del espíritu, es como estar viendo al abuelo emocionado, en la puerta de atrás, ya para irse, y yo dándole las gracias.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

Contacto

Categorías

Archivos

Este sitio web utiliza cookies + info

ACEPTAR
Aviso de cookies