Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagabuelo

Música

M

El saxofonista atardecer - Eduardo Martos
El saxofonista atardecer – Eduardo Martos

Esa trompeta que significa una evasión, un fugarse del resto de notas, del sentimiento hiriente que gravita sobre la canción, esa trompeta breve me suelta, me eleva para poder contemplar las cristalinas notas de la guitarra acústica, que son como pasos, o quizá como escalones leves por donde ni siquiera es necesario subir con los pies, sino recorrerlos sin pretensión de final porque si hay última nota, ésta queda suspendida, vibrando sin fin, mezclándose con la voz del solista, con sus sensuales tonos graves y esos altos tan sugerentes, fundiéndose sin temperatura con sus emocionantes inflexiones que sacuden el alma y traen, por ejemplo, ese mar plateado por la tarde, esa inmensidad acuática y viva donde parece posible la existencia de baterías que mueven las olas con su percusión, y un ambiente rumoroso al llegar a la orilla, que entre el bajo y la batería queda íntimamente cerrado. Me gustaría ser como ellos, tocar sin más, acudiendo tan sólo a la sencillez, deslizar los dedos por el cuerpo del instrumento y acariciarlo sin argumentos, sin semántica, tan sólo música, placer estético, arrojar fuera de mí esa pasión que me recorre. Sería hermoso poder interpretar y abandonarse al acto de cada instante, tocar sin miedo en una sala íntima, cerrar los ojos y dejarse llevar por los otros, por su música que acaba confundiéndose con la mía, intercambiando notas en un diálogo infinito donde cada sensación puede mutar y ser lo que cada uno desea, y tocar y sentir y tocar y escuchar y provocar el silencio. Al principio, cuando uno sabe poco o nada de la música, todo, la notación, los acordes, armonías, arpegios, escalas, parecen pertenecer a un orden superior e inalcanzable, una plataforma lejana donde sólo se apoyan los grandes genios, pero, con el tiempo, ese miedo parece disolverse y, aunque los genios siguen siendo inalcanzables, el músico sabe que lo sublime, ese orden superior, proviene del interior, no es algo ajeno sino un mecanismo íntimo que transforma los sentimientos en música. Así, por ejemplo, cuando murió el abuelo pude oír el dolor latiendo en mi mente, lo oía como un sencillo réquiem (el abuelo odiaba lo barroco), como una sinfonía delicada que se marchaba despacio con el alma de ese viejo sabio; creo que incluso mis lágrimas fueron notas en aquel trance que sólo yo entendía. De alguna forma los recuerdos del abuelo se iban destilando en forma de sinceros acordes que hubiera podido variar un millón de veces sin que se perdiera la sensación que me provocaban. Entonces hubiera deseado tener dinero para una trompeta, para un saxo con el que poder llorar y disgregarme en ese dolor líquido. Fue él quien me dijo que la música no se toca ni se interpreta, se llora y se grita como si fuera la última melodía que uno va a tocar. El abuelo llevaba la música y el ritmo en el cuerpo; tocaba la trompeta en un grupo de blues, en esos clubes donde los viejos sentían los cantos de esclavitud tan próximos, donde estaba permitido soñar que los tonos azules y grises, las notas dispersas y el lento humo del tabaco formaban un universo completo, cerrado. En el barrio teníamos muchos amigos, la mayoría pobres y músicos como nosotros, todos como hermanos. Cuando el hijo menor de los vecinos murió, el grupo del abuelo tocó para él una inolvidable canción de calles gastadas, desesperanza y ojos anónimos, porque sabían que le haría ilusión escuchar el sonido del barrio desde su tierno cielo. Yo sólo pude contemplar y unirme al llanto por el pobre pequeño. Esa noche el abuelo me dijo que algún día me oiría llorar su muerte como él había hecho. Ahora vuelve la trompeta, esa nota que podría ser triste pero es alegre, y ahora el cambio suave que en el fondo es brusco y hermoso, y que fugazmente me recuerda a la forma de tocar del abuelo, y es como si el abuelo estuviera tocando de nuevo, como si deslizara sus dedos sin prisa y convirtiera cada nota en algo distinto. La música va aflojando y la batería da sus últimos golpes, la canción termina, y cuando oigo los aplausos de frente, cuando abro los ojos y veo al público en el viejo club del barrio, los tonos azules, grises, violáceos, el humo de tabaco flotando por toda la sala, mis compañeros también aplaudiendo, la impecable trompeta del abuelo en mis manos, las breves lágrimas que he soltado sin querer, en el jazz que al parecer he tocado, en el jazz mágico que los ha cautivado durante diez minutos, pura improvisación del espíritu, es como estar viendo al abuelo emocionado, en la puerta de atrás, ya para irse, y yo dándole las gracias.

 

Relato incluido en Lapso.

Visita furtiva

V

Pasaje bohemio - Eduardo Martos
Pasaje bohemio – Eduardo Martos

Llamaron a la puerta. Era tarde.

Abrí. Bruscamente me encontré con mi abuelo. Me retiré para que pasara. Ninguno dijo nada. Me miró como si hubiera errado durante años, transmitiéndome el peso de su ánimo torturado. Lo conduje hasta el salón y nos acomodamos, uno en cada sofá. Estuvimos un rato sin hablar ni mirarnos. Él observaba una foto donde salgo con mi padre y mi breve colección de libros de Aguilar. Al fin rompió el silencio:

—¿Me puedes dar el primer volumen de Kipling, por favor?

Su voz sonaba a súplica. Se lo acerqué mecánicamente, como el librero acostumbrado a obviar la magia de compartir un libro. Hojeó sus páginas en busca de algún párrafo que su memoria habría pulido hasta dejarlo irreconocible.

—«Charlie había probado el amor, que mata el recuerdo.» —citó de pronto, sonriendo— En las obras de Kipling suceden hechos sorprendentes con asombrosa sencillez. La vida no suele ser tan grata, salvo esta noche. Sólo quería recordar —dijo al fin—. Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado —repliqué.

Se miraba las manos.

—Soy viejo. Mis horas se agotan y siento que casi nada me queda —confesó. Era la primera vez que lo escuchaba hablar de sí mismo, no de sus circunstancias.

—¿De dónde vienes? —le pregunté— Pareces muy cansado.

—¿No te interesa el porqué? —respondió.

—Las causas son un engaño. Me interesan más los lugares, que son ineludibles.

—Momentos y lugares… —musitó mientras esbozaba una leve sonrisa—. No podrías haber sido más preciso. Ahora mismo estamos aquí, eso es lo que importa.

—Eso ya tampoco importa —le dije con marcada indiferencia. Me molestaba su vano intento de fingir proximidad.

Volvió al libro. Parecía contemplar una estampa sagrada o un paisaje prodigioso.

—Ya nunca volverá —dijo para sí—. El recuerdo no es suficiente.

Se levantó para irse. Lo acompañé a la puerta.

—Tienes razón —me dijo, ya en el umbral—. Sólo el lugar y el momento son relevantes. Todos los lugares y momentos que he desperdiciado sin remedio. Por eso he tomado una decisión.

Pensé que la edad empezaba a pesarle y quizá se le hubiera ocurrido alguna estupidez.

—A estas alturas, ¿no te conviene más esperar? —comenté no sin cierta ironía.

—Ya he esperado demasiado —respondió con solemnidad y pesadumbre—. Hace un rato, lejos de aquí, he deshecho mis errores —se detuvo para descansar.

—Anoche no podía dormir —musitó—. Como siempre, durante años, me torturaban mis recuerdos. En un lugar y un momento determinados —prosiguió— concebí a tu padre, y él, a su vez, te concibió a ti. Por eso estamos hablando ahora. Sin ese momento primero, ninguno de vosotros sería. Nunca os lo he dicho, pero vuestra existencia me hiere porque sois un espejo de mis errores, de mis ausencias, de mis excesos. En vuestras virtudes veo mis vicios; en vuestros éxitos, mis fracasos; en vuestra felicidad, mi desgracia. Como te decía, en los cuentos de Kipling los prodigios suceden con la normalidad de lo cotidiano. He aprovechado esa facilidad: antes de venir he aniquilado mi pasado. Cuando termine mi paseo, habré dejado de ser, y conmigo, todas mis consecuencias.

Dejó el libro sobre la mesa.

—Si no existierais —continuó—, yo sería libre. Antes de venir, en mi casa, he aniquilado vuestra existencia en mi pasado. De un momento a otro ya no podréis constreñirme más.

—¿Por qué has venido?

—Quería estar seguro de que no me arrepiento.

Se levantó para irse y lo acompañé, perplejo aún por su desvarío. Lo vi alejarse por el descansillo, en silencio. Nadie más lo vería esa noche. Quise decirle algo, pero ya no estaba. Mientras la puerta se cerraba, los cuadros del recibidor, el espejo inconsciente, el paragüero, la foto al fondo en la que me acompañaba un desconocido… Todas esas cosas se me antojaron repentina, inexorablemente ajenas. Corrí al teléfono para aliviar esa sensación de lejanía con la voz de mi madre. Supe que el mundo estaba terminando de olvidarme cuando me dijo que no conocía a nadie con mi nombre, que no había tenido hijos, que nunca llegó a casarse.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

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Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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