Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Náufrago

N

Pale blue dot
Pale blue dot – http://bit.ly/UEqAgl

No son el padre o la madre quienes mejor conocen a su hijo, sino aquellos que lo acompañan en el decurso de los días.

A Julio

Lentamente, como inducido por una poderosa convicción, miró atrás y vio con extrañeza la silueta azul que tantas fotografías le mostraron antes. Era distinta…

En sus lentos pensamientos había restos de muchos lugares visitados tan sólo con la imaginación, con el sueño. En sus recuerdos se confundían millones de formas, colores… visiones en fin; y apenas unos cuantos olores, sonidos y sensaciones táctiles. Casi había olvidado pronunciar las palabras: su última conversación había tenido lugar diez años atrás, cuando él tenía apenas quince. Era un viajero.

A veces, cuando contemplaba desde su ventana, sentía vértigo. Las cosas que veía (para él eran cosas) se alejaban a gran velocidad y desaparecían en la oscuridad. Era un naúfrago espacial, perdido en el cosmos inmenso. Hacía tiempo que no pronunciaba su nombre, y si aún lo recordaba era porque no había perdido el hábito de escribir y de leer los libros que guardaba en su ordenador. El tiempo transcurría arbitrariamente. Su vida no llevaba un ritmo constante: dormía horas sueltas y comía cuando le apetecía. Por suerte, disponía de una tecnología capaz de proporcionarle oxígeno y alimento ilimitados… y una existencia errante.

No sentía nostalgia por su planeta ni por su especie, sino por los mundos que desaparecían de su contemplación a cada instante. Muchas veces tuvo sueños perfectos, que al despertar lo dejaban inmóvil y silencioso, reflexionando en los conocidos contornos de su cápsula, en los objetos que odiaría si no fuera porque los necesitaba. Apenas era consciente de lo que significaba la vida. Se había convertido en un observador de materia inerte, aunque a él le parecía, a su extraña manera, viva.

A diferencia de otros náufragos, como los que protagonizaban algunas de las novelas que había leído, a él no le había sucedido nada, ninguna aventura; ni siquiera una enfermedad, ya que aparte de estar sellada por dentro, la cápsula estaba libre de microbios, y sus genes habían sido analizados en previsión de posibles defectos futuros. Además, la nave estaba diseñada para evitar casi todas las formas del suicidio, excepto la inanición. Por último, su trayectoria estaba calculada para evitar cualquier colisión. Los imprevistos podía solucionarlos el plan de emergencia de la cápsula, que era irrompible. Tenía asegurada, pues, una larga vida, una larga serie de instantes monótonos que intentaba convertir en distracciones. En su situación no tenía otra posibilidad que ser algo parecido a un filósofo, ya que podía usar poco más que su mente y un pequeño gimnasio que le permitía mantenerse en buena forma física. Cada objeto, dependiendo del momento en que lo mirara, podía convertirse para él en cualquier cosa. Un vaso de agua, por ejemplo, podía ser una forma de calmar la sed y también un nexo entre el Universo visto desde dentro, que era su perspectiva al mirar por la ventana, y desde fuera, que se correspondía con su observación del agua, donde están contenidos los átomos que la componen; átomos que, como él, están suspendidos por fuerzas desconocidas.

En una zona de la cápsula donde no podía entrar había un laboratorio con documentos humanos e información suficiente para crear todas las formas de vida conocidas por el hombre. Este proyecto, una hermosa fantasía de los hombres primitivos, era la última esperanza de los visionarios que lo diseñaron. Él tenía una grabación donde se detallaba el objetivo de su misión. Un emotivo mensaje explicaba que había sido enviado por los últimos seres humanos con la esperanza de hallar una especie que los ayudara: se estaban extinguiendo sin remedio. No entendió nada de esto cuando lo metieron en la cápsula y lo lanzaron en una dirección incierta del vasto Universo. Las palabras de la locución eran las pocas que todavía pronunciaba. No tenía grabaciones musicales ni sonidos porque algún día, en un pasado difuso, las destruyó todas, hastiado por su soledad. No dejaba de culparse por ello, pero era tarde. También había roto el generador de olores. Sin embargo, aún conservaba la grabación de su misión.

Sólo la cápsula, en un medidor oculto, registraba la distancia recorrida. El número exacto no importa en un Universo tan inmenso que, para un humano, es infinito. Las ilusiones y delirios ya no lo atormentaban. Ni siquiera le quedaba el consuelo de estar loco. El náufrago pensó que quizá no era el único, que podía haber otros seres como él surcando el vacío. Esta idea se la inspiró la grabación, que veía con frecuencia. No les guardaba rencor, y no concebía la posibilidad de que hubieran enviado a otra persona. Con dificultad retenía el concepto de persona. De no haber tenido la grabación, ya no pensaría de tal forma. Sin embargo, una persona no era para él un ser vivo, sino un objeto más inerte que cualquier estrella. No en vano las personas no eran más que representaciones virtuales proyectadas por un objeto sin vida. Las estrellas, en cambio, estaban ahí, al alcance de la mano, refulgentes de vida y energía luminosa.

Había pasado toda su juventud gastando las mismas rutinas, y entre todas ellas no se encontraría nada que hubiera hecho un joven en condiciones normales.

Siendo ya un anciano soñó con un gran bosque (jamás había visto un bosque). Percibía con claridad los sonidos extraños, las estrellas, incomprensiblemente inmóviles, la humedad de la brisa fresca, el agua de un río donde su mano se movía sin motivo aparente, los matices del bosque, azules por la oscuridad… Sintió que la corriente del río era, como su vida, un viaje perpetuo. Sintió que esas palabras no eran suyas, sino de alguien que fue griego y se llamó Heráclito. En ese instante se giró, y con serenidad y armonía, contempló a una hermosa mujer hacia la cual sentía un amor muy poderoso, un amor antiguo y conocido. Se acercó y la besó. Ella sonrió, y entre juegos hicieron el amor. Con la certeza que da la edad comprendió que el río no era eterno, que se detendría en algún instante de la Eternidad, el único río que siempre fluye. La mujer le confesó que tendría un hijo suyo. Se recostó en el lecho de su amada, y sintiendo con la mayor intensidad de su vida, lloró lleno de plenitud.

Mucho o poco tiempo después, la cápsula fue recogida por los avanzados habitantes de un planeta muy lejano. El náufrago estaba muerto, pero en sus labios había una sonrisa. Tras examinar la cápsula, los habitantes crearon un nuevo planeta donde vivirían seres humanos con todos los recuerdos de su especie. Llamaron Heráclito al planeta, que en su lengua significaba náufrago.

 

Relato incluido en Lapso.

Sobre el autor

Eduardo Martos

Padre, emprendedor (@soynatiboo), fotógrafo (@tengofilhin) y escritor que ama la vida y desconoce el Universo.

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Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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