Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaCuentos de Navidad

Regalo de Navidad

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Es día 25. Puigdemont contempla el frío paisaje belga desde su escritorio. Llaman a la puerta. Le ha llegado una carta. El remitente es M. Rajoy. Intentando aparentar tranquilidad, la abre mientras se traga la impaciencia. Es un texto breve: (más…)

La Navidad es cosa de niños

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Navidad | FILHIN

“Es cosa de niños”, se decía cuando empezaban a surgir los iconos navideños. A sus años, en su soledad, no había sitio para esas ilusiones prefabricadas. Hacía tiempo que aprovechaba su holgada situación económica para pasar las Navidades en alguna ubicación estival. Así se ahorraba el frío y las idioteces del personal. Ya lo tenía casi todo preparado. Billete de avión, hotel, rutas fuera de los circuitos habituales… Pero una carta inesperada lo interrumpió todo.

En el trazo firme pero distraído reconoció, sin leer el remitente, a su hermano mayor. Llevaba años sin saber de él, tantos que ni manejaba una cifra exacta. Sopesó la posibilidad de ignorar la carta y seguir su camino, pero un atisbo de remordimiento, mezclado con la curiosidad, se asomó a su alma. La carta constaba de una sola línea, escrita con un bolígrafo que tendría poca tinta, sin prisa pero con una urgencia subyacente. “Ven cuando puedas. Me gustaría enseñarte algo.” Nada más. Ni un email, ni un teléfono, ni siquiera una explicación que justificara un cambio de planes tras años de silencio. Lo que fuera tenía que ser importante. Su hermano podía ser muchas cosas, pero no era un alarmista.

Despacio, arrastrando su resignación con aplomo, preparó un equipaje muy distinto y empezó a organizar los detalles del viaje. Se dirigía más a una época que a un lugar. Iba directo a su infancia.

Una vez allí, no le costó encontrar la casa de su hermano, y antes de sus padres, donde habían crecido juntos. De camino pasó por lugares de toda la vida y recordó momentos que su memoria habría deformado caprichosamente, pero que volvían a visitarlo con un sabor inconfundible. Carreras en trineo, emboscadas al lechero, rastreo de huellas de alimañas… Estaba ahí, viéndose desde la distancia, sabiendo que los pocos viejos del lugar ya no se acordaban de él y lo miraban como a un forastero. Ese pasar desapercibido siempre ha jugado en su favor. La casa era imponente, más por lo antiguo que por el tamaño. De pequeño sospechaba que la habían edificado exóticas civilizaciones del pasado, y que por carambolas del destino se había ido camuflando entre las construcciones circundantes sin llamar demasiado la atención. En cierto modo era una casa distinta, y a qué negarlo, poco acogedora. Se plantó en el porche y llamó al timbre. Nada pareció moverse dentro. Tras unos minutos volvió a llamar, pero no abrió nadie. Un anciano que estaba apostado en la acera de enfrente le dio una voz. Según le contó, la casa llevaba deshabitada varios meses y nadie sabía nada de su hermano, pero el dueño de la pensión quizá tenía una llave. Era una especie de manitas y solía encargarse de mantener las casas.

Efectivamente había una llave, pero las indagaciones del posadero fueron arduas por su desconfianza natural. “Si me han confiado las llaves de una casa, es por algo”, repetía. Por fin se convenció y fueron juntos a abrir la casa.

Habían pasado décadas como podían haber pasado cien años, porque a pesar del polvo, de la escasa luz y de los objetos ajenos, el espíritu de la casa estaba intacto. No le costaba imaginarse correteando con su hermano escaleras arriba, inventando historias de héroes mitológicos, su madre gritando a lo lejos. Sin darse cuenta, el posadero se había ido. Las llaves estaban sobre la mesita del recibidor. Se preguntaba dónde andaría su hermano, por qué no estaba allí para recibirlo. Sacó la carta y la releyó: “Me gustaría enseñarte algo.” ¿Enseñarle qué? ¿O cuándo?

Al fondo del pasillo se veía el despacho de su padre, y todavía se palpaba su presencia en el ambiente. Nunca estaba en casa, y cuando lo hacía, era para imponer su brusca autoridad. La madre, inestable y enferma, rara vez les sirvió de consuelo o de bálsamo ante la violencia paterna. La casa parecía nutrirse de todo ese desorden, de toda la ansiedad contenida, y lo reflejaba en cada fragmento de su materia. En toda la estructura salvo en un pequeño rincón oculto entre la escalera y el desván. Un hueco que sólo ellos conocían y que les proporcionaba refugio cuando se desataba la tempestad. Estaba decorado con adornos navideños que el dueño de la fábrica del pueblo, al tanto de la situación, les regalaba cada año. Entre los dos urdieron un complejo universo en el que cada adorno, cada forma, tenía un significado que evocaba la bondad, la generosidad, el amor. Todo aquello que anhelaban y que sólo podían darse el uno al otro en muy contadas ocasiones.

Subió la escalera sin prisa, como si temiera que el refugio ya no estaría, o que había sido profanado. Al abrir la trampilla y retirar el falso tablón, sintió que regresaba sinceramente a esos pocos momentos felices. Iba recobrando las ficciones, las leyendas, los personajes. El árbol de Navidad, en cuyas ramas ocultaba la sabiduría de todos los duendes; las bolas de colores, planetas y lunas de una galaxia remota y helada; el muérdago, que guardaba secretos que no se decían en voz alta; los villancicos como antiguos conjuros de magia blanca… Y entre invención e invención, cada una de las sonrisas cómplices, los abrazos de caballeros, la lealtad eterna.

Bajó entre abrumado y nuevo. Vagó un rato por las habitaciones hasta que, sin querer, se topó con una respuesta que hubiera preferido desconocer. Una cama deshecha, un gotero, un respirador artificial. Pocas veces una serie de objetos mudos dicen tanto y con tanta fuerza. Se preguntó si su hermano habría estado solo, si en el refugio habría encontrado lo mismo que él acababa de experimentar. Si, de alguna manera, habían vuelto a coincidir en espacios y tiempos disímiles. Supuso que habría dispuesto que la carta se enviara al final, cuando le resultara más sencillo despojarse del rencor y enseñarle lo que ambos habían sepultado.

Entre las ausencias y el silencio atroz, sólo le quedaba un pensamiento, que era más bien una esperanza:

La Navidad es cosa de niños.

La Navidad que llevamos dentro

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La Navidad que llevamos dentro

Siempre se había mostrado contrario a la Navidad. Le molestaba ver toda esa felicidad exprés, ese buenismo concentrado en unos cuantos días y ese zampar sin criterio que gobernaba todas las reuniones familiares. Llegó a crecerse tanto en sus críticas que lo acabaron apodando el Grinch. Y no sólo eso. Empezaron a apartarlo de algunas conversaciones, a mirarlo en grupo cuando creían que no se daba cuenta, a hacer planes sin contar con él. Aunque esos comportamientos le molestaban, le podía más su cruzada contra la Navidad. Sin embargo, había algo que estaba más allá de lo que podía argumentar y que vertebraba esa repulsión que sentía hacia lo navideño. Algo que lo acompañaba desde que tenía uso de razón. Era una pulsión, un rechazo primordial que se movía en su interior como si tuviera vida propia.

Ese año, en Nochebuena, todos charlaban sobre asuntos irrelevantes y estaban contentos porque habían conseguido reunirse un día como otro cualquiera, aunque revestido de solemnidad y misticismo. En un rincón junto al ventanal, intentaba pasar desapercibido y ser cordial en un entorno que le resultaba sofocante. Algunos empezaron a gastarle bromas sobre su militancia antinavideña, pero su coraza era resistente y se limitó a seguirles la corriente. Sin saber cómo, al cabo de unos minutos ya no había una conversación en la mesa que no girase en torno a su rechazo hacia la Navidad. Querían saber los motivos. Se burlaban de sus respuestas. Empezó a sentirse incómodo en muchos sentidos, pero sobre todo físicamente. Intentó cambiar de tema sin éxito, incluso tras rogar que lo dejaran en paz. Las preguntas eran cada vez más directas y crudas. Y con cada una, venía una invitación a comer y a beber. Sintió mareo y pensó que algo le había sentado mal. Quiso excusarse pero varias manos lo mantuvieron sentado. Más que una indigestión, era como si estuviera dejando de sentir sus entrañas, o como si sus entrañas ya no fueran suyas. También le pareció que el botón del cuello le apretaba demasiado, así que se aflojó la corbata y se desabrochó sin que la sensación de agobio, de tener una abrazadera metálica presionándole el cuello, desapareciera del todo. Le costaba tragar un sorbo de agua. En medio de todo el jaleo, de todas las bruscas preguntas, reposaba un zumbido que parecía una plegaria. Hizo un nuevo intento de levantarse para ir al baño pero no lo dejaron. Le costaba respirar y tenía calor y mareo, pero ya no sabía cómo salir de allí. Se sentía débil y fuera de sí. Con esfuerzo tomó la palabra y les gritó su odio hacia la Navidad, hacia todo lo que consideraba falso y efímero, hacia todos ellos, que en lugar de enfadarse o abochornarse, reían y lo celebraban. Cuanto más gritaba, peor se sentía por dentro, y los otros más lo jaleaban, siempre con ese zumbido de fondo y sin dejar de ofrecerle comida y bebida. En algún momento, presa de un pánico similar al que debe de sentir un cerdo en el matadero, intentó correr hacia la puerta, pero tropezó y cayó entre las risas enloquecidas de los comensales, que se agolpaban en torno a él y seguían hablando para perpetuar ese asqueroso zumbido. Con las últimas estrofas de ese cántico del averno, notó que algo lo abandonaba, una sustancia pegajosa y viscosa que se le iba separando de los huesos y de los músculos y de la sangre. No pudo terminar de ver cómo la Navidad emanaba de su cuerpo, apaciguando el hambre de sus amigos y familiares.

Santa

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Santa

Siempre sospechaste que la leyenda ocultaba algo de verdad, y que como siempre sucede con ese resquicio de verdad, es más atroz que la ficción. Tus amigos deseaban con todas sus fuerzas que llegara Nochebuena porque Santa les traería sus regalos favoritos. Una bici, dos o tres muñecos de la colección de temporada, los más afortunados una consola. Hacía tiempo que te desagradaba la idea de que Santa, si es que existía, se colara en tu casa cuando todos estabais durmiendo, que os observara en silencio y que dejara regalos a los que se habían portado bien. ¿Qué pasaba con los que se portaban mal? ¿Qué les dejaba?

Aquella Nochebuena te fuiste pronto a la cama. Querías dormirte cuanto antes para evitar las pesadillas. Pero justo cuando ibas a apagar la lamparita de noche, recibiste un mensaje de voz de Jamie. Era el matón del cole. Disfrutaba fastidiando a todo el mundo y quedando por encima, a veces de manera tan literal que os asfixiaba. Por un momento estuviste a punto de pasar y no escucharlo, pero la curiosidad te pudo:

Tienes que ayudarme, tío. Sé que viene a por mí. Eres el único que me cree.

Sonaba asustado de verdad. Sí, en alguna ocasión habías hablado con él de ese tema, de que Santa era algo siniestro, pero también podía ser una broma para reírse de ti. Como no sabías qué hacer, lo llamaste. Descolgó y lo escuchaste a lo lejos, como si no tuviera el móvil cerca. Estaba sollozando y eso no se puede fingir. Su casa estaba cerca, así que te vestiste, saliste por la ventana y fuiste corriendo a ver qué le pasaba.

Lo primero que te llamó la atención es que la chimenea estaba apagada y no había luces encendidas. Parecía una casa del terror. Trepaste hasta su ventana con cuidado y te asomaste. Al principio no viste nada porque todo estaba oscuro, pero de pronto algo se movió. Era una sombra enorme, mucho más grande que cualquier hombre, y con una forma que podría ser humana pero sólo en apariencia. Dio dos o tres zancadas por la habitación, y de un zarpazo sacó a Jamie de debajo de su cama, donde estaba escondido. Gritó tan fuerte, con tanto miedo, que te quedaste paralizado. Lo que fuera que lo tenía atrapado soltó una carcajada estridente y seca que te heló la sangre. Pasaron diez, veinte, cuarenta segundos, tres minutos, diez… pero nadie acudió a salvar a Jamie, y tú no te atrevías, a pesar de que él seguía gritando desesperado. A la mañana siguiente, consternados y llenos de vergüenza, sus padres declararían que no habían oído nada, pese a que sus habitaciones estaban frente a frente. Agazapado en la oscuridad, viste cómo la ventana se abrió de golpe y eso salió de un salto llevando a Jamie a cuestas. Sólo tuviste un instante para verlo, pero se te quedó grabado a fuego. Su barba blanca y raída, su piel azul, no tanto como sus ojos, sus harapos hechos de pieles y teñidos de sangre, sus proporciones inhumanas. Justo cuando estaba cayendo hacia el porche, volvió la vista y te miró fijamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Sin saber cómo, corriste por la cornisa hacia el patio trasero, saltaste y te hiciste daño al caer y te levantaste y corriste sin mirar atrás hasta tu casa con los oídos taponados por la sangre que bombeaba sin parar. No sabías si te había seguido, si entraría en tu casa y te llevaría como a Jamie. Esa noche no dormiste y sin embargo no dejaste de tener pesadillas, pero no podías contárselo a tus padres, no te creerían.

Por la mañana bajaste al salón y viste todos esos regalos perfectamente envueltos. Había varios con tu nombre. Uno de ellos era una carta, esta carta, que te recuerda a cada momento que lo sé absolutamente todo sobre ti, que no hay lugar donde puedas esconderte y que el año que viene, si no te portas bien, iré a buscarte para que te vengas a vivir conmigo, junto con todos mis sirvientes, a donde siempre hace frío.

 

Relato incluido en Lapso.

La noche perdida

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Reyes de Oriente
Reyes de Oriente – FILHIN

Antes del mito y los caracteres, tres fuerzas primordiales hollaban los continentes y los mares en busca de un Secreto que jamás había sido revelado. Si las crónicas no son completamente falsas, su conocimiento implicaba la omnisciencia, pero es lícito pensar que la idea original degeneró con los siglos. Una vez al año, con precisión cósmica, abandonaban sus moradas para fatigar cada rincón de cada valle, de cada gruta, de cada bosque. Sólo unas horas les eran dadas para concluir su búsqueda. Así, cuando abrían los ojos al mundo, éste había cambiado tanto que se veían obligados a empezar desde el principio.

Venían de los crueles desiertos y de ignotas regiones que se confundirían con los infiernos. Muchos han sido los nombres que se les han dado: Ator, Sater y Paratoras; Magalath, Galgalath y Serakin; Appellicon, Amerim, y Damascón; Hor, Karsudan, y Basanater; Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph; Kagbha, Badadilma y Badadakharida; Melchor, Gaspar y Baltasar… Serakin, que montaba un elefante, era negro porque al fondo de los océanos no llega la luz del sol; Magalath, el anciano de largas barbas blancas, un caballo; Galgalath, de barba y tez cobriza como las arenas y las rocas, un dromedario. Pero en tiempos primigenios acaso los condujeron criaturas olvidadas. Dominaban la magia, es decir, el poder de alterar los elementos a placer; altas efigies, largas túnicas y el símbolo fundamental los delataban inequívocamente. Conviene recordar que la tradición los dulcifica y los teme con idéntica proporción.

Con la llegada del hombre, el Secreto pudo caer en manos ignorantes o perversas. Mucho deliberaron los Magos de Oriente en altas torres, que siglos después presidirían el reino increíble del Preste Juan. Nada les hubiera costado arrasar la incipiente civilización y erradicar a esos nuevos habitantes molestos. Sin embargo, una señal de los cielos detuvo a tiempo sus belicosas intenciones. La astronomía, en la que eran eruditos, era otro de los caminos que seguían para hallar la respuesta. Una determinada conjunción de los astros, una nova y una leyenda humana (pues no todas eran despreciables) situaban el lugar del Secreto en un punto preciso de la geografía, poco después de su cíclico despertar. El lugar era una aldea llamada Betléem, donde los hombres se reunirían para contemplar un hecho milagroso. La espera fue más ardua que todas las búsquedas, pues el fin estaba cerca. Galerías, salones y sótanos parecían abandonados por el silencio que los atravesaba hora tras hora. Pero esta vez, su poder no sería útil; sentían que no era conveniente alterar hechos tan minuciosos.

Por fin llegó el día señalado. Los desiertos se estremecieron con el ímpetu de las fuerzas, que hábilmente habían adoptado formas comprensibles para la mirada humana. Durante la siempre nocturna travesía, que los llevó por parajes que nadie ha contemplado, temieron que el Secreto ya hubiera sido profanado a su llegada. Intentarían pasar desapercibidos, pero aplastarían cualquier oposición humana, pues su poder no era comparable, y sus valores pertenecían a mundos distintos. De noche, la nova brillaba con fuerza, y bajo ella, en un lugar incierto, descansaba la ansiada sabiduría.

Tras muchas jornadas inagotables, los Magos empezaron a divisar una luz en la tierra. Era Yerushalaim, que sólo existía en la negrura del desierto y que los guió desde entonces. Cuando las antorchas estuvieron cerca, inmensos palacios y edificios se levantaron de las arenas inefables. Comerciantes y ladrones se afanaban en sus oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico, donde comerciantes y ladrones se afanaban en sus respectivos oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico… Un hosco tabernero les dijo que allí reinaba Hordos, al que odiaba por cruel, sanguinario y licencioso, y por haberse vendido a los romanos. “Ese hombre”, pensaron, “tiene medios para encontrar el secreto, así que nos será útil”. A medianoche se presentaron en palacio como reyes de tierras exóticas y lejanas, lo que debía excitar la curiosidad del rey. Como habían planeado, les concedieron una audiencia con ese Hordos al que profesaban temor y asco. Quien, tumbado entre amplios cojines, era agasajado por hermosas jóvenes, no infundía temor ni parecía capaz de crueldad, pues no había en él suficiente inteligencia. Era corpulento y sonreía de manera estúpida mientras bebía vino de una copa ornamental. Los Magos fueron presentados como Magalath, Galgalath y Serakin, venidos de reinos lejanos y desconocidos.

-¿Qué os trae a Yerushalaim, oh reyes? -preguntó, sin dejar de sonreír, Hordos. -Estamos buscando algo que quizá tengas -respondió secamente Serakin. -Dime de qué se trata y decidiré si puedo regalároslo o vendéroslo -volvió a burlarse el rey. -Ni lo sabemos, ni podemos decírtelo, ni lo entenderías. Es el Secreto -dijo Magalath. -¡Cuidado, reyes! -advirtió Hordos, adoptando un gesto colérico. Las jóvenes se retiraron a un gesto de su mano. Hordos continuó:- No me ofendáis en mi palacio porque mi mano nunca ha temblado al sesgar una vida. -Discúlpanos, Hordos -dijo, conteniéndose, Galgalath-. Nuestro viaje ha sido largo y tortuoso y estamos cansados. Sólo queremos saber si conoces la leyenda de la estrella que brilla en los cielos estos días. -¡La leyenda! -exclamó Hordos- ¿Venís por la leyenda? ¿Qué sabéis de ella? -Vagas referencias -dijo Magalath-. Sólo sabemos que algo importante acontecerá en esta región dentro de poco. ¿Qué sabes tú? -Poco más -mintió-. También quiero saber qué va a suceder. Éste es mi reino y debo estar informado de estos asuntos.

Hordos conocía la profecía de Miqueas, que prometía revueltas populares y ponía en peligro su reinado. Pero esto sólo era de su incumbencia.

-Ahora podéis partir -dijo Hordos tras un breve lapso-, pero no olvidéis traer información a vuestro regreso. -Tienes nuestra palabra -respondió, sonriendo, Serakin. Accedieron porque la palabra dada a un hombre no los comprometía.

Los Magos sabían que ese miserable no había encontrado el Secreto, cuya posesión otorga una presencia inconfundible. Partieron nuevamente rumbo a Betléem y se perdieron en las entrañas del desierto. El frío arreciaba y la oscuridad era absoluta. Sólo el cielo, y en él una estrella nueva, parecía tener vida. De pronto, a lo lejos, una nueva luz, mucho menor, se asomó tímidamente a la llanura. Hacia ella dirigieron sus pasos los Magos, esperando recabar más información. A medio camino de lo que intuían como una pequeña ciudad se encontraron con una escena inesperada. Un hombre, una mujer y un niño, se cobijaban del frío en un establo que apenas se tenía en pie. Lo compartían con un par de bueyes renqueantes. En ese punto miraron al cielo y comprobaron, atónitos, que todos los signos se conjuntaban allí, donde sólo había una familia de nómadas. El hombre se adelantó para hablar con ellos. Tenía una tupida barba negra, el gesto cansado y los ojos viejos.

-¿Quiénes sois, señores? -les preguntó- Yo soy Yosefyah y ella es Mariam, mi esposa. El que está en su regazo es nuestro hijo, Yeshua, que acaba de nacer. -Nuestros nombres no deben importarte -respondió Magalath, ya impaciente-. Venimos de muy lejos en busca de algo que tienes y nos pertenece. Dánoslo y no sufrirás. -¡No hay ya nada que yo posea! -se lamentó Yosefyah-, salvo mi amada familia. Si me pedís que os la entregue, habréis de dañarme porque prefiero morir a perderla.

En los ojos de Yosefyah brilló un fulgor que no habían visto antes. Su interés por los humanos era escaso, y su contacto con ellos se limitaba a unos pocos individuos vacíos y mezquinos. El sentimiento de ese hombre, que era nuevo para ellos, les pareció, sin embargo, auténtico.

-Has hablado con valentía -dijo Serakin, y su voz atemorizó a las cosas de la tierra-, y eso te honra. Pero debes saber que no somos piadosos, y nuestro poder supera cualquier fenómeno que tus leyendas te hayan transmitido y tus ojos hayan contemplado. -He hablado con sinceridad -repuso Yosefyah-, pues soy un hombre humilde. Sabed que tuve negocios y propiedades allá de donde me exilié, pero en estos días de júbilo por el nacimiento de mi primogénito, no me queda ni un techo para guardarlo del frío. ¿Cómo podría tener algo que buscan hombres poderosos, cuyo valor será indudablemente muy alto?

Galgalath, que empezaba a desesperar, rugió: -¡Buscamos la Sabiduría, y tú eres sabio! Podrías haberla encontrado antes que nosotros y haber armado este espejismo. -Si fuera tan sabio, ¿no me habría resultado más sencillo esquivaros o aniquilaros? ¿Y no habría construido una casa para mi familia? No soy sabio, y mis fuerzas nada pueden contra vosotros. Pero el amor que me une a mi familia es indestructible. -¿El amor? ¿Qué es eso? -preguntó Magalath. -No puedo explicarlo -se disculpó Yosefyah-. Sólo sentirlo. El amor es lo que se encendió en mí, y no se ha extinguido, cuando vi a Mariam por primera vez. Es lo que nos animó a dejar atrás nuestras riquezas y lo que nos trajo a este remoto establo a través de un penoso viaje. Pero sobre todo, es lo que trae nuestro hijo, que viene a salvar el mundo. -Yosefyah dice que no es sabio, pero sus palabras lo contradicen -intervino Serakin, dirigiéndose a los Magos y pronunciando el nombre del otro por primera vez-. Sin embargo, sus razones son correctas. ¿No habremos juzgado incorrectamente a los humanos, a los que siempre hemos creído ladinos y traicioneros? Acaso estamos confundiendo la naturaleza del Secreto. ¿Y si fuera el poderoso misterio que fluye bajo sus palabras?

Mientras los Magos discutían, un grupo de pastores llegó a donde estaban , y allí se arrodillaron. Un profundo silencio se hizo en la llanura, y el brillo de la nova se hizo más intenso. Galgalath se acercó:

-¿A qué venís y por qué os arrodilláis? -les preguntó. -Somos pastores de estas tierras -dijo uno de ellos- y venimos a adorar a este niño. Todos hemos sentido que ha nacido esta noche y algo nos ha traído hasta aquí.

Una pastorcilla se acercó a Mariam y le dio mantas, leche y comida.

-¿No los conocéis? -insistió Galgalath. -No, señor -respondió otro pastor-, pero nos da pena que estén pasando frío y hambre con esa criatura recién nacida.

No tenían necesidad, pero los Magos pidieron a Yosefyah permiso para acercarse al niño y no les fue negado. Mariam, que era dulce de naturaleza, les sonrió amablemente. El niño estaba en su regazo, dormido como si descansara en el lugar más cómodo del mundo. Su fragilidad y su diminuto tamaño los conmovió. En la mirada que la madre le dirigía intuyeron, nuevamente, la fuerza de las palabras de Yosefyah. Súbitamente los invadió la Eternidad, y entre todo lo que les fue revelado, se supieron actores de un teatro que los superaba. Entonces sucedió lo que registran las leyendas y las imágenes antiguas, y es que los tres Magos, sin poder resistirlo, se postraron y ensayaron una reverencia.

-Este niño -dijo Magalath- no es como los otros humanos, al igual que Yosefyah y tú. Hace un instante, hubiéramos arrasado el establo, y con él, a vosotros. Ahora, una fuerza mayor que la nuestra nos lo impide, una fuerza que sin duda es el Secreto y la Sabiduría que llevamos buscando desde el principio de los tiempos. Intuyo que nada hay, en la compleja trama que empiezo a entrever, que podamos hacer por vosotros. Pero tenéis nuestra palabra de que cada año, cuando llegue nuestro momento, os protegeremos de los hombres perversos.

-¡Gracias, muchas gracias! -exclamó Mariam- Pero sabed que llegará un día en que no podréis ayudar a Yeshua. Ni siquiera yo, que lo he llevado en mis entrañas, puedo hacer nada para evitarlo.

Las palabras de la joven arrastraban todo el dolor y la amargura del mundo, pero ella, que hablaba sin saber del todo, aún era capaz de sonreír mientras miraba a su pequeño.

Los Magos salieron del establo y miraron al cielo, apreciando con ojos nuevos la vastedad cósmica, que por primera vez tenía un significado completo. Con un breve gesto de la mano, Serakin hizo aparecer una casa donde antes sólo había tierra, piedras y matorrales. El asombro fue tal entre los que allí estaban, que sólo quedó el silencio. Los Magos, entonces, entregaron a Yosefyah tres regalos, cuya naturaleza es desconocida y que con el tiempo han tomado múltiples formas e interpretaciones. Infinitamente agradecidos, Yosefyah y Mariam se despidieron de los Magos, que pusieron rumbo a su origen incierto. Antes de retirarse por completo, se detuvieron en Yerushalaim para confundir a Hordos y evitar que diera con Yeshua. La ruindad del rey era la misma, pero también su existencia era necesaria, lo cual le salvó la vida por segunda vez.

La tradición cuenta que desde entonces, en conmemoración de ese día, los niños humanos reciben regalos de los tres Reyes Magos la quinta noche del primer mes de cada año. Muchos descreen de estas historias porque la edad ha aniquilado sus ilusiones. Pero algunos saben que entre todos los demás, como entre las estrellas del firmamento, siempre hay un regalo que nadie ha comprado. Un regalo cuyo significado, más allá de las infinitas formas que puede adoptar, habla de una remota noche en la que el amor inquebrantable vino a salvarnos para siempre.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

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Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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