Blurry

De pronto me di cuenta de que no veía los ojos de mis hijos. En su lugar, había un borrón. Miré a mi mujer y tampoco veía sus ojos llenos de esperanza. Alarmado, fui corriendo al cuarto de baño para mirarme. Mi cara entera era ya un borrón. En cambio, las cosas, el cepillo que no da tirones, el grifo del lavabo, el azulejo desconchado, se me aparecían nítidas y distintas. Me miré las manos, que ya eran apenas una triste copia de lo que fueron. Supe que todo se iba al carajo sin remedio cuando escuché la voz de mi hija, frente a mí, sollozar: «¡Papi, papi! ¿Dónde estás, que ya no te veo?»

 

Foto de Antonio Dillard en Pexels

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