Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Kellys

K

Dedicado a toda las kellys que hacen de nuestros viajes una experiencia placentera. También a los recepcionistas 🙂

donotdisturb

Me alojaba en un hotel moderno, cerca del centro pero no en el centro, lo cual intento evitar siempre que puedo porque me gusta sumergirme en la ciudad desde el principio. No me podía quejar. Todo estaba limpio y ordenado. Todo era (o parecía) nuevo. Los recepcionistas eran agradables y sonrientes, y la habitación, aunque justa en todos los sentidos, era útil para mis propósitos. Pese a todo lo que percibía allí (no olía a nada en absoluto), desde que puse el pie en la recepción empecé a sentir algo extraño en mi interior. Era una sensación casi física, como de agobio, que me atravesaba de parte a parte justo por encima del estómago. Como estaba cansado y no tenía mucho ánimo de buscar nada para cenar, encargué algo mediante el servicio de habitaciones. No tardaron en llamar a la puerta. El carrito, aséptico y sobrio pero limpio como todo lo demás, lo empujaba una señora de cierta edad a la que bien podían haberle trocado el alma por un trozo de madera. No sabría decir por qué, pero a la expresión de su cara le faltaba algo. Intenté hacer una broma para romper el hielo, y entonces me miró y sonrió como alguien que hubiera olvidado cómo se hacía y le hubieran enseñado por medio de ilustraciones. Detrás de esa sonrisa no había nada. Mientras me preguntaba si todo estaba correcto, me volví para buscar una propina. Cuando me giré para dársela, su rostro se había transformado. Era una expresión de horror congelado, de pánico. Sus manos estaban entrelazadas en posición de rezo, como si me estuviera rogando ayuda. Sus labios se movían despacio y pude leer sin problemas la palabra A-YU-DA. Justo cuando le iba a preguntar qué estaba pasando, llamaron a la puerta con urgencia. Di paso y entró un recepcionista muy agitado. Cogió a la camarera por el brazo y le dijo, mirándola muy fijo, que la estaban buscando desde hacía un rato y que la necesitaban ya. Sin darme tiempo de responder, me pidió disculpas y me dijo, mientras salía con la camarera, que el hotel me invitaría a la cena y a una botella de champagne por las molestias. Estuve tentado de bajar a preguntar qué había pasado, pero sentía que no había mucho que explicar. Sin embargo, la petición de ayuda me había estremecido. No me costó conciliar el sueño tras la cena y un rato de lectura.

A la mañana siguiente, justo cuando me iba a asear y me estaba mirando al espejo, me vino de golpe el sueño que había tenido esa noche. Fue una visión súbita, como una película de una hora que uno pudiera ver en un segundo. Era una especie de mazmorra sucia y fétida donde se agolpaban mujeres de mediana edad. Alguien les gritaba desde lo alto y las humillaba, obligándolas a gritar como animales, quedarse en silencio, reír o llorar. Sentí miedo y asco por aquella situación.

Después de un largo paseo por la ciudad, de mezclarme con la gente y de respirar los rincones ocultos que no se filtran en ninguna guía turística, regresé a mi habitación para descansar. Todo estaba en orden, recogido y limpio. Todo salvo un trozo de papel que se cayó al coger uno de mis libros. En una caligrafía difícil de leer, creí entender “ayuda” otra vez. No sabía si se estaban riendo de mí o si estaba empezando a volverme loco, pero bajé a recepción a preguntar qué significaba aquello. El recepcionista, sin inmutarse, empezó pidiéndome disculpas. Me contó que algunas de las camareras tenían problemas nerviosos porque tenían un convenio con una asociación de personas con no recuerdo qué problemas. Me aseguró que aquello no volvería a suceder. Me quedé más o menos satisfecho con las explicaciones y regresé a mi habitación, pero justo antes de entrar, vi a una camarera de piso que parecía tener sangre en la espalda. Acto seguido, un recepcionista la empujó hacia una habitación y cerró la puerta. Salí corriendo y golpeé la puerta para que abrieran, pero la única respuesta fueron unos sollozos que se acabaron apagando. Cuando me giraba para ir a mi habitación y llamar a la policía, sentí que me caía, después un fuerte dolor en la cabeza, y luego nada.

Fui recobrando la conciencia poco a poco, primero con la noción de un olor acre, luego con unas sombras que se movían en la penumbra. El suelo era rocoso y estaba húmedo. “Es nuevo”, “es nuevo”, “nuevo”, “nuevo”, escuché desde varios puntos casi al mismo tiempo. “Te atraparon”, me dijo una voz de mujer. “No saldrás de aquí”, dijo otra. “Ahora eres una de las kellys, tenemos que cuidarnos”. “Lo primero”, dijo una voz masculina y metálica en la que reconocí a uno de los recepcionistas, “es cambiar tu aspecto. De lo contrario, tendrás que trabajar para siempre en las calderas. Y ahora, ¡sonríe!”

Viajes

V

"Volverán las oscuras golondrinas..." - Eduardo Martos
“Volverán las oscuras golondrinas…” – Eduardo Martos. Este monumento está en el Parque de María Luisa, en Sevilla, guardado por un ámbito místico de sensaciones y de plantas. Bécquer habita en todos los rincones de Sevilla, pero sobre todo en ese círculo vegetal.

A Gustavo Adolfo Bécquer

Es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o soñó que lo leía?), los viajes de Julio Verne.

Ha cruzado la calle. Ha cruzado deprisa, pero no le urge llegar a ninguna parte. «Es extraño —piensa—, yo he salido a pasear, no tengo prisa.» La prisa lo acecha y lo altera. En esta época tan veloz, donde acaso suceden etapas históricas en un puñado de años, donde las naciones cambian de dueño como un coche, el individuo (cuando existe, cuando es individuo y no parte de la masa informe) debe tener cuidado de no caer en el vértigo, en la prisa letal. Ha cruzado la calle como si nada, como si no hubiera sucedido tiempo al caminar. Ha sido uno de esos momentos sordos en los que todo sucede alrededor, sin participación de la calma interior. Se asombra porque de pronto ya está caminando cerca del Parque de María Luisa, a donde no esperaba haber llegado aún. «Pero aquí estoy paseando.» El Parque lo entretiene y le trae recuerdos. Aquí trajo a sus novias y río con ellas; aquí vino arrastrando el pesado corazón roto, junto a la estatua de Bécquer (que no se parece a Bécquer) y esas otras figuras que quizá son hadas, o quizá la desesperación. Ahora mira el rostro impenetrable del que fue su escritor predilecto. Ahora ya no sabe a quién elegir: estos dilemas se los ha ido planteando la edad, estos dilemas se los han impuesto. La piedra de la estatua se le antoja más gastada, más pulida por las miradas y los sueños de los jóvenes. El árbol también parece envejecido, mayor, más sereno. El aire, sin embargo, es el de hace veinte años; ese aire denso y perfumado de misterios, de flores secretas, de polen arcano. Aquí decidió su vida; o se decidió, porque al recrear los momentos advierte que apenas intervino en su desarrollo. Ahora podría ser un hombre casado (¿feliz?), tener hijos (feliz, sin duda; la soledad es un exceso demasiado nocivo). Ahora no pasearía solo y sus recuerdos siempre le traerían sonrisas. Cada vez que viene observa que los jóvenes visten de forma distinta, pero invariablemente son las mismas caras de ilusión y ensoñación. Quiere recuperar esa ilusión, ser joven por dentro y sonreír (quiere creer que aún le quedan ganas).

Prefiere los paseos y los árboles a la Plaza de España y a las… Se entretiene buscando mochuelos y búhos que nunca divisa. También le divierte encontrar edificios nuevos. A veces pasa años sin venir al Parque y, claro, en estos tiempos acelerados… Se plantea si alguna vez destruirán el Parque, porque sería un asesinato de misterios y de sueños y recuerdos. ¡Qué van a saber ellos de estas cosas! No tienen conciencia para entenderlo. El Parque y sus paseos arbolados. El Parque y sus rincones sobrenaturales. El Parque y sus ruidos inexplicables.

Vuelve a la Glorieta de Bécquer. Ha sido demasiado rápido y lo descubre: la estatua está distinta, más vieja; y el árbol sin duda ha crecido. ¡Han pintado los bancos! Los viajes no le gustan, pero esta vez no es mareo lo que siente, y esta vez está viajando, lo sabe. Siente agobio, siente miedo, vértigo, siente cosas que sólo pueden insinuarse, convulsiones del alma, ¿nostalgia? Una nostalgia violenta. Hace mucho que no viene por aquí, es cierto, pero no tanto como para… El tiempo pasa, los relojes sentencian sin piedad como el viento en los viajes. ¿Cuánto hace que vino con su última novia, que se sintió forzado a venir con ella? ¿Dónde ha estado desde entonces? Los ruidos del Parque potra vez, esos enigmas efímeros, esquivos, que tan vagamente expresa el lenguaje. En ellos se siente familiar, íntimo, aunque para él mismo son misterios. El sonido es rápido, viaja a gran velocidad. ¿Qué se siente en el sonido? ¿Cómo pasa el tiempo en su interior? Con resignación anticipa su existencia atroz, que las plantas dejarán de ser las mismas de hoy en día, que la cara de Bécquer se caerá a pedazos y que acaso otro poeta reclamará esta plazuela, que el árbol morirá, que los ruidos permutarán infinitas veces pero seguirán oyéndose siempre. Poco importan ya sus recuerdos, los recuerdos de una vida que apenas llegó a dirigir. Tampoco importa la gente a la que casi no ve, o que ve a ráfagas, como gotas de lluvia coloreadas y horizontales.

Entre las hojas que al caer del otoño ya son primavera, se acerca a la estatua y la toca; es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o leyó que lo soñaba?), los viajes de Julio Verne, su viaje. ¿Su viaje? Su deslizamiento, su evasión. No sabe cuándo ni cómo; en algún instante de horrores y pesadilla, de voluntad ausente, en alguna trivialidad mal llevada, bajo la luz incidente de un molesto farol, entre el humo del tabaco que nunca fumó. Se desliza y suena, aún (siempre) en el misterio. Anochece en el parque, lentamente.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

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Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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