Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagtiempo

Cuatro años

C

Hoy, este blog cumple cuatro años. El balance de este año es positivo, porque aunque no he podido publicar aquí todo lo que quería, he conseguido devolver a la vida Lapso y he evolucionado (así lo creo) como escritor.

Sigo sin lograr hacerme rico escribiendo, pero nunca he dejado de divertirme y de conocer, gracias a ello, a personas maravillosas. Más allá de la broma que supone todo esto, es ese tipo de riqueza la que siempre he buscado.

Como ya sabéis los que me seguís, todos los años publico (intento publicar) un cuento de Navidad. Están todos aquí. Nunca han sido clásicos ni típicos, pero el de este año es muy diferente, empezando porque es el más breve que he escrito hasta la fecha. Espero que lo disfrutéis. Gracias a todos por acompañarme un año más.

Dos años

D

Ayer, este blog cumplió dos años. En todo este tiempo, mi relación con él ha cambiado muchas veces, y desafortunadamente, en el último año no he podido publicar el mínimo de un texto mensual que me había propuesto. Con ello contaba desde el principio porque la literatura no me da de comer.

Sin duda, la mayor utilidad de mantener este espacio es que me ayuda a filtrar mis escritos, sacando algunos del olvido y descartando otros definitivamente. Por si a otros escritores que me leen les sirve, toda la gestión de los textos la llevo en Evernote, etiquetando como pendientes los que aún no he publicado. Es muy útil como almacén previo.

Todos los años, por estas fechas, publico un cuento de Navidad. Podéis leerlos aquí, pero os advierto que no tienen nada de típico. Espero que os gusten. Gracias a todos por acompañarme.

Dos o tres días

D

Aquí vamos a estar dos o tres días. Y sí, muchas veces hacemos tonterías, perdemos el tiempo discutiendo. Perdemos el tiempo miserablemente. Pero al fin y al cabo somos imperfectos. Es lo que somos, así funcionamos. No deja de tener su encanto eso de perder el tiempo. Tener la noción de que nos estamos dejando cosas sin hacer, y que por más que nos esforcemos siempre nos quedará una última cosa por hacer, unas cuantas palabras por decir, una mirada que nos vamos a guardar. ¿No es hermoso discutir para después reconciliarnos? ¿No es hermoso perder el tiempo para saber lo mucho que lo valoramos? ¿No es hermoso ser imperfectos para saber que siempre podemos mejorar?

Un año

U

Hace más o menos un año que este blog vio la luz. No soy muy bueno celebrando aniversarios, acaso porque hay una parte del paso del tiempo que me aterroriza. Tampoco me gusta enumerar cifras de audiencia ni recorrer méritos que posiblemente no existen. Simplemente me hace ilusión compartir con vosotros que este espacio cumple un año.

El primer texto que publiqué aquí fue un cuento de Navidad, y hoy traigo otro muy distinto que ya prefigura una costumbre o una antología.

Pero este primer año de blog, que es el tercero que inicio relacionado con la literatura, me ha dado un par de cosas muy valiosas. En primer lugar, he conocido a personas maravillosas que de otra manera habrían pasado de largo. Y en segundo, he descubierto en este formato un eficaz almacén de mis escritos.

Todo esto empezó como un experimento, sin una intención concreta, sin un compromiso de continuidad, y al echar la vista atrás, compruebo que no hay un mes que no haya publicado algo. Eso ya es un éxito para mí, de natural tan distraído en lo que a mi obra se refiere.

Como anécdota de última hora, cuando he ido a publicar este artículo, me he encontrado con que el blog estaba inaccesible (aprovecho para pedir disculpas por la desconexión), lo cual se ha debido a un error propio en la configuración del dominio en el servidor. Un poco más y no hubiera podido celebrar el aniversario del blog debidamente.

Creo que hay muy buenos motivos para seguir intentándolo. Gracias a todos por acompañarme.

El cazador de tiempo

E

Lapso - Eduardo Martos
Lapso – Eduardo Martos

Hace un rato has recibido un sobre con algunos manuscritos. Es raro que alguien envíe manuscritos hoy en día. Los escritores suelen enviarte copias digitales que borras casi de inmediato. La lectura se ha convertido en un hábito escaso, y la escritura se resiente en consecuencia. El sobre no tiene remite. Incluye un puñado de relatos breves. También hay una carta que has apartado para después. Del primer relato, sin título, parece que sólo hay un fragmento:

«Las tardes siempre pasan rozando el sucio espejo que cuelga de la pared y se mueve con el viento. Ahí estoy atrapado por algo que apenas me permite moverme. El ambiente se ha vuelto lento y mi figura demasiado hierática.

»De vez en cuando la recuerdo; recuerdo su forma de andar, de moverse y sonreír… ¡Oh! ¿Qué desgracia me conserva con vida y no me concede la muerte?

»El polvo se acumula sobre mis manos cansadas y estas canas que me rozan la frente. Los días pasan y no quiero moverme, como la comida y el agua no quieren venir a mí. Tan sólo deslizo la mano sobre las hojas y escribo frases apagadas.

»Ya ni siquiera encuentro distracción en la escritura, y mucho menos en la efímera vida. La habitación es conocida hasta la desesperación y los nombres que trae a mi recuerdo quedan muy lejos de mi situación actual. Tan sólo quiero viajar hacia ella…»

Si fuera una autobiografía, podría tener cierto interés, pero como un fragmento de una historia bastante típica, deja mucho que desear. Sin embargo, algo te impide arrugar el papel y tirarlo a la papelera. Un impulso muy profundo te instiga a seguir leyendo. En condiciones normales, los títulos de esos relatos provocarían que ni siquiera te molestaras en pasear la vista por la primera línea. Pero mecánicamente (y no sin cierto placer ajeno) empiezas a leer y descubres que tiene calidad y un estilo original, lo cual ya bastaría para que apostaras por su obra. Pero sabes que no es eso lo que te punza desde dentro. Es algo más. Algo indefinible que nunca antes se había movido en tu interior. Sientes que el tiempo se detiene mientras devoras esos textos fuera de toda clasificación, donde las personas se transforman en notas de una melodía, o hay civilizaciones muy avanzadas cuyos ciudadanos, que mueren si dejan de correr tras una presa, se dan caza sin descanso. Y de pronto ya no hay más. Te gustaría que hubiera más hojas, más locuras en forma de cuento, más material para empezar a trabajar en un libro que revolucionaría la literatura contemporánea, no tanto por la construcción de los argumentos o los personajes que apenas bosqueja, sino por esa capacidad de seducción innata que crece a cada palabra, ese matiz que crea un sello inconfundible, un vehículo de sensaciones que provocan (¿cómo llamarlo?) un instinto de antigüedad. Pero sólo te queda la carta que acompaña este escaso material, y en ella, la esperanza de poder contactar con su autor y concertar una cita. Es una carta muy breve. Será un principiante (nunca te ha gustado la palabra novel) o alguien cansado de sus propios méritos ilusorios.

«Vivo en una decente habitación de alquiler, en una zona apartada de la gran ciudad, como usted, aunque en una época muy anterior a su nacimiento. Una cama deshecha y una mesa con papeles acumulados en un cuidado desorden son mis únicos compañeros desde hace tiempo. Reconozco que las atenciones a mi cuerpo ya no son tan frecuentes como antes. En las horas de sol bajo, apuro mis paseos por esta habitación buscando la inspiración que me abandona sin piedad hasta que decide regresar sin previo aviso.

»Le cuento estos detalles en apariencia insignificantes para que visualice mi situación actual. Es importante que lo haga.

»Soy un escritor fracasado. Fracasado por la sociedad y por la vida. A la sociedad se lo perdono. Estaban incapacitados para entenderme y me dieron la espalda, asustados y altaneros. A la vida no. Ella… Su belleza, su inteligencia, estaban por encima de todos. La vida me cambió y ella se marchó asustada. Me abandonó y nunca tuve la oportunidad de volver a verla…

»¡No se atreva a juzgarme! ¡Usted no me conoce! Pero pronto lo hará.

»Ahora que me ha visto, sabe que no puede parar de leer. Mis palabras ya lo tienen y no lo soltarán hasta que yo quiera. Usted es ahora un cazador de tiempo. Ya no siente más deseo que el de cazar tiempo. No importa lo lejos que esté. Va a seguir cazando tiempo hasta que llegue a mí, a esta habitación, a este preciso instante, para que yo me reúna por fin con ella.»

Así es. Te tienen. Intentas desviar la mirada pero no puedes. Tu voluntad es apenas un quejido ahogado que suena a lo lejos. La luz de la tarde se derrama sin prisa en tu habitación y te deja entrever que ya no estás ahí. No eres más que una serie de palabras que, como la melodía de su relato, flotan en la nada. Palabras que viajan hacia el pasado hasta que él, en su espera minuciosa, les dé caza y las use para llegar hasta ella. Palabras que son el último vehículo de tiempo vagamente articulado, pieza por pieza, hace miles de años.

 

Relato incluido en Lapso.

Viajes

V

"Volverán las oscuras golondrinas..." - Eduardo Martos
“Volverán las oscuras golondrinas…” – Eduardo Martos. Este monumento está en el Parque de María Luisa, en Sevilla, guardado por un ámbito místico de sensaciones y de plantas. Bécquer habita en todos los rincones de Sevilla, pero sobre todo en ese círculo vegetal.

A Gustavo Adolfo Bécquer

Es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o soñó que lo leía?), los viajes de Julio Verne.

Ha cruzado la calle. Ha cruzado deprisa, pero no le urge llegar a ninguna parte. «Es extraño —piensa—, yo he salido a pasear, no tengo prisa.» La prisa lo acecha y lo altera. En esta época tan veloz, donde acaso suceden etapas históricas en un puñado de años, donde las naciones cambian de dueño como un coche, el individuo (cuando existe, cuando es individuo y no parte de la masa informe) debe tener cuidado de no caer en el vértigo, en la prisa letal. Ha cruzado la calle como si nada, como si no hubiera sucedido tiempo al caminar. Ha sido uno de esos momentos sordos en los que todo sucede alrededor, sin participación de la calma interior. Se asombra porque de pronto ya está caminando cerca del Parque de María Luisa, a donde no esperaba haber llegado aún. «Pero aquí estoy paseando.» El Parque lo entretiene y le trae recuerdos. Aquí trajo a sus novias y río con ellas; aquí vino arrastrando el pesado corazón roto, junto a la estatua de Bécquer (que no se parece a Bécquer) y esas otras figuras que quizá son hadas, o quizá la desesperación. Ahora mira el rostro impenetrable del que fue su escritor predilecto. Ahora ya no sabe a quién elegir: estos dilemas se los ha ido planteando la edad, estos dilemas se los han impuesto. La piedra de la estatua se le antoja más gastada, más pulida por las miradas y los sueños de los jóvenes. El árbol también parece envejecido, mayor, más sereno. El aire, sin embargo, es el de hace veinte años; ese aire denso y perfumado de misterios, de flores secretas, de polen arcano. Aquí decidió su vida; o se decidió, porque al recrear los momentos advierte que apenas intervino en su desarrollo. Ahora podría ser un hombre casado (¿feliz?), tener hijos (feliz, sin duda; la soledad es un exceso demasiado nocivo). Ahora no pasearía solo y sus recuerdos siempre le traerían sonrisas. Cada vez que viene observa que los jóvenes visten de forma distinta, pero invariablemente son las mismas caras de ilusión y ensoñación. Quiere recuperar esa ilusión, ser joven por dentro y sonreír (quiere creer que aún le quedan ganas).

Prefiere los paseos y los árboles a la Plaza de España y a las… Se entretiene buscando mochuelos y búhos que nunca divisa. También le divierte encontrar edificios nuevos. A veces pasa años sin venir al Parque y, claro, en estos tiempos acelerados… Se plantea si alguna vez destruirán el Parque, porque sería un asesinato de misterios y de sueños y recuerdos. ¡Qué van a saber ellos de estas cosas! No tienen conciencia para entenderlo. El Parque y sus paseos arbolados. El Parque y sus rincones sobrenaturales. El Parque y sus ruidos inexplicables.

Vuelve a la Glorieta de Bécquer. Ha sido demasiado rápido y lo descubre: la estatua está distinta, más vieja; y el árbol sin duda ha crecido. ¡Han pintado los bancos! Los viajes no le gustan, pero esta vez no es mareo lo que siente, y esta vez está viajando, lo sabe. Siente agobio, siente miedo, vértigo, siente cosas que sólo pueden insinuarse, convulsiones del alma, ¿nostalgia? Una nostalgia violenta. Hace mucho que no viene por aquí, es cierto, pero no tanto como para… El tiempo pasa, los relojes sentencian sin piedad como el viento en los viajes. ¿Cuánto hace que vino con su última novia, que se sintió forzado a venir con ella? ¿Dónde ha estado desde entonces? Los ruidos del Parque potra vez, esos enigmas efímeros, esquivos, que tan vagamente expresa el lenguaje. En ellos se siente familiar, íntimo, aunque para él mismo son misterios. El sonido es rápido, viaja a gran velocidad. ¿Qué se siente en el sonido? ¿Cómo pasa el tiempo en su interior? Con resignación anticipa su existencia atroz, que las plantas dejarán de ser las mismas de hoy en día, que la cara de Bécquer se caerá a pedazos y que acaso otro poeta reclamará esta plazuela, que el árbol morirá, que los ruidos permutarán infinitas veces pero seguirán oyéndose siempre. Poco importan ya sus recuerdos, los recuerdos de una vida que apenas llegó a dirigir. Tampoco importa la gente a la que casi no ve, o que ve a ráfagas, como gotas de lluvia coloreadas y horizontales.

Entre las hojas que al caer del otoño ya son primavera, se acerca a la estatua y la toca; es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o leyó que lo soñaba?), los viajes de Julio Verne, su viaje. ¿Su viaje? Su deslizamiento, su evasión. No sabe cuándo ni cómo; en algún instante de horrores y pesadilla, de voluntad ausente, en alguna trivialidad mal llevada, bajo la luz incidente de un molesto farol, entre el humo del tabaco que nunca fumó. Se desliza y suena, aún (siempre) en el misterio. Anochece en el parque, lentamente.

 

Relato incluido en Lapso.

Testamento

T

Agonía - Eduardo Martos
Agonía – Eduardo Martos

Hijo mío, ten una vida plena. Siente, ríe, ama, sufre, diviértete, llora. Recuerda siempre que tu tiempo es limitado y no bajarás dos veces al mismo río. Busca tu voz, tu propio ser, y cuando lo encuentres, defiéndelo con pasión hasta el final. Sé original. Sé diferente. Pero sobre todo, sé bueno.

Amada mía, como probablemente me vaya antes que tú, te tocará leer mi testamento vital. En esencia te pido dos cosas. Recuérdame no como un monumento, sino como algo vivo. Reinvéntame, con mis muchos fallos y mis pocos aciertos. Fui humano, y lo disfruté contigo. Fui feliz, y te amo profundamente

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

Contacto

Categorías

Archivos

Este sitio web utiliza cookies + info

ACEPTAR
Aviso de cookies