Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

TagSevilla

El río prodigioso

E

Estoy cruzando un puente. Uno que no existe, creo, o que aún no se ha construido, o que se derribó hace mucho tiempo. A mi derecha está la Torre del Oro, algo lejos. Es de noche. Instintivamente miro hacia la oscuridad líquida del Guadalquivir como si supiera que voy a ver algo. Y así es.

Veo formas enormes moviéndose bajo la superficie del agua. Son muchas y son blancas. Nadan a gran velocidad. Con gran emoción acierto a ver un grupo de delfines. Algo después, varios cachalotes seguidos de una ballena azul. Nadan río arriba, como si escaparan del mar. En un islote que nunca ha estado ahí, un elefante africano juega o lucha con un león, y los ilumina una luz dorada que viene de todas partes pero sólo incide en ellos.

Entonces mis sentidos despiertan, pero yo sigo allí, en medio del prodigio.

Las puertas del autobús

L

Autobús

A Beto

Cualquiera que haya frecuentado los autobuses de Sevilla, habrá presenciado la siguiente situación. Una persona (suele ser un anciano) queda atrapada por las puertas de salida. Dos o tres segundos más tarde, varios pasajeros se giran para gritar al conductor que lo libere, no sea que la goma de las puertas o sus motores de cohete Saturn V lo partan por la mitad.

Así sucedió la otra tarde. Yo andaba distraído revisando tuits cuando, de pronto, varias voces se elevaron exigiendo la liberación de un anciano que había caído en la trampa. El conductor miró por el retrovisor, hizo una mueca y pulsó el botón con desgana. La puerta no se abrió. Volvió a darle un par de veces pero nada. El anciano pedía ayuda con leves quejidos que eran casi una tos suave. Algunos pasajeros corrían por el pasillo para gritarle al chófer a la cara, pero él ni se inmutaba. Parecía tomárselo como una cosa del destino. Asomé la cabeza por la ventana para pedir ayuda a la gente que estaba en la parada, y entonces noté que una parte del cuerpo del hombre no estaba dentro pero tampoco fuera. Algunos curiosos miraban con cierta inquietud, pero nadie lo ayudaba. Yo tampoco podía moverme. Estaba paralizado. El anciano ya había dejado de quejarse. El chófer arrancó el motor, metió primera y el autobús empezó a moverse. Ya apenas se veía parte de una pierna. “Ahí va otro más”, comentó alguien.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Viajes

V

"Volverán las oscuras golondrinas..." - Eduardo Martos
“Volverán las oscuras golondrinas…” – Eduardo Martos. Este monumento está en el Parque de María Luisa, en Sevilla, guardado por un ámbito místico de sensaciones y de plantas. Bécquer habita en todos los rincones de Sevilla, pero sobre todo en ese círculo vegetal.

A Gustavo Adolfo Bécquer

Es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o soñó que lo leía?), los viajes de Julio Verne.

Ha cruzado la calle. Ha cruzado deprisa, pero no le urge llegar a ninguna parte. «Es extraño —piensa—, yo he salido a pasear, no tengo prisa.» La prisa lo acecha y lo altera. En esta época tan veloz, donde acaso suceden etapas históricas en un puñado de años, donde las naciones cambian de dueño como un coche, el individuo (cuando existe, cuando es individuo y no parte de la masa informe) debe tener cuidado de no caer en el vértigo, en la prisa letal. Ha cruzado la calle como si nada, como si no hubiera sucedido tiempo al caminar. Ha sido uno de esos momentos sordos en los que todo sucede alrededor, sin participación de la calma interior. Se asombra porque de pronto ya está caminando cerca del Parque de María Luisa, a donde no esperaba haber llegado aún. «Pero aquí estoy paseando.» El Parque lo entretiene y le trae recuerdos. Aquí trajo a sus novias y río con ellas; aquí vino arrastrando el pesado corazón roto, junto a la estatua de Bécquer (que no se parece a Bécquer) y esas otras figuras que quizá son hadas, o quizá la desesperación. Ahora mira el rostro impenetrable del que fue su escritor predilecto. Ahora ya no sabe a quién elegir: estos dilemas se los ha ido planteando la edad, estos dilemas se los han impuesto. La piedra de la estatua se le antoja más gastada, más pulida por las miradas y los sueños de los jóvenes. El árbol también parece envejecido, mayor, más sereno. El aire, sin embargo, es el de hace veinte años; ese aire denso y perfumado de misterios, de flores secretas, de polen arcano. Aquí decidió su vida; o se decidió, porque al recrear los momentos advierte que apenas intervino en su desarrollo. Ahora podría ser un hombre casado (¿feliz?), tener hijos (feliz, sin duda; la soledad es un exceso demasiado nocivo). Ahora no pasearía solo y sus recuerdos siempre le traerían sonrisas. Cada vez que viene observa que los jóvenes visten de forma distinta, pero invariablemente son las mismas caras de ilusión y ensoñación. Quiere recuperar esa ilusión, ser joven por dentro y sonreír (quiere creer que aún le quedan ganas).

Prefiere los paseos y los árboles a la Plaza de España y a las… Se entretiene buscando mochuelos y búhos que nunca divisa. También le divierte encontrar edificios nuevos. A veces pasa años sin venir al Parque y, claro, en estos tiempos acelerados… Se plantea si alguna vez destruirán el Parque, porque sería un asesinato de misterios y de sueños y recuerdos. ¡Qué van a saber ellos de estas cosas! No tienen conciencia para entenderlo. El Parque y sus paseos arbolados. El Parque y sus rincones sobrenaturales. El Parque y sus ruidos inexplicables.

Vuelve a la Glorieta de Bécquer. Ha sido demasiado rápido y lo descubre: la estatua está distinta, más vieja; y el árbol sin duda ha crecido. ¡Han pintado los bancos! Los viajes no le gustan, pero esta vez no es mareo lo que siente, y esta vez está viajando, lo sabe. Siente agobio, siente miedo, vértigo, siente cosas que sólo pueden insinuarse, convulsiones del alma, ¿nostalgia? Una nostalgia violenta. Hace mucho que no viene por aquí, es cierto, pero no tanto como para… El tiempo pasa, los relojes sentencian sin piedad como el viento en los viajes. ¿Cuánto hace que vino con su última novia, que se sintió forzado a venir con ella? ¿Dónde ha estado desde entonces? Los ruidos del Parque potra vez, esos enigmas efímeros, esquivos, que tan vagamente expresa el lenguaje. En ellos se siente familiar, íntimo, aunque para él mismo son misterios. El sonido es rápido, viaja a gran velocidad. ¿Qué se siente en el sonido? ¿Cómo pasa el tiempo en su interior? Con resignación anticipa su existencia atroz, que las plantas dejarán de ser las mismas de hoy en día, que la cara de Bécquer se caerá a pedazos y que acaso otro poeta reclamará esta plazuela, que el árbol morirá, que los ruidos permutarán infinitas veces pero seguirán oyéndose siempre. Poco importan ya sus recuerdos, los recuerdos de una vida que apenas llegó a dirigir. Tampoco importa la gente a la que casi no ve, o que ve a ráfagas, como gotas de lluvia coloreadas y horizontales.

Entre las hojas que al caer del otoño ya son primavera, se acerca a la estatua y la toca; es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o leyó que lo soñaba?), los viajes de Julio Verne, su viaje. ¿Su viaje? Su deslizamiento, su evasión. No sabe cuándo ni cómo; en algún instante de horrores y pesadilla, de voluntad ausente, en alguna trivialidad mal llevada, bajo la luz incidente de un molesto farol, entre el humo del tabaco que nunca fumó. Se desliza y suena, aún (siempre) en el misterio. Anochece en el parque, lentamente.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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