Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagrelatos

Delicioso bocado

D

Pixelated Crumb - http://bit.ly/pcE93o
Pixelated Crumb – http://bit.ly/pcE93o

Un leve espasmo y la pierna extendida cogiendo más de su mitad de la cama indica inequívocamente que se ha dormido. Su larga melena ha capturado el aroma del exquisito pastel que ha preparado esta tarde. A él le cuesta un poco más coger el sueño, tiene demasiadas preocupaciones rondándole la cabeza. Las orejas le tiemblan en un gesto que es mitad nerviosismo, mitad cansancio. Se ha echado con hambre, pero ya era tarde para cenar. De un momento a otro está soñando. Se encuentra en una habitación donde todo es blanco y sólo hay una mesa, también blanca, en el centro. Sobre ella hay un pastel muy apetecible. Se acerca porque su olor lo inunda y lo embriaga. No hay cubiertos, así que decide morderlo a la vieja usanza. Al principio le cuesta dar el primer bocado, está muy duro. Pero cuando lo consigue, un cálido relleno se abre paso y riega el pastel y su agradecida lengua. Es un cálido relleno carmesí que se le antoja crema de frambuesa y que ya se derrama por toda la mesa, por el suelo, entre sus manos inquietas. Es un sabor delicioso que lo incita a seguir comiendo. A medida que va arrancando pedazos del pastel, éste parece hacerse más grande, al igual que su apetito. Sigue mordiendo, masticando, saboreando y tragando sin medida, y el pastel no se acaba. Nunca ha probado nada parecido. Se detiene a gozar de la jugosa textura y del aroma que deja una vez que pasa por el paladar. De pronto siente un ligero cosquilleo en la nariz y se despierta. Está mojado, pringoso. Enciende la luz y ve las sábanas blancas teñidas de carmesí, como sus manos y el suelo, a su novia en el centro de la cama, dormida para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Segundo viaje a Venecia

S

Góndolas, Venecia - http://filhin.es
Góndolas, Venecia – http://filhin.es

Lina ha llamado para recordarle tres o cuatro reuniones. ¿Tres? ¿O cuatro? Bueno, qué más da, ella siempre llama otra vez. El día está nublado pero no tanto como para evitar la calculada luz difusa que entra por el amplio ventanal del salón, inundando la sala de la calma justa que necesitaba el lienzo de la pared opuesta. Es su preferido. Una fotografía a color del embarcadero de góndolas de la Piazza di San Marco, en Venecia, ese lugar fotografiado por casi todos los turistas que pasean por la plaza, repetido hasta la saciedad en postales y guías de viaje. Pero ese lugar, el de la fotografía, es único. El enfoque, el encuadre, la luz capturada con habilidad, el minucioso revelado para no alterar su esencia… No hay otra fotografía igual. Las hay mejores y peores, pero todas distintas a ésta, demasiado iguales entre sí. El lugar que refleja ya no existe, o sólo existe en ese trozo de lámina impresa. La conoce a la perfección. Cada detalle, cada reflejo en el canal, cada sutil cambio de tonalidad. Sabe que no sería posible volver allí y repetir esa fotografía. La luz, las barcas, el nivel del agua… todo habría cambiado. El timbre del teléfono arruina sus divagaciones. Se va de casa, no sin dedicarle una última mirada.

Durante el día realiza sus tareas mecánicamente, sin impregnarse de ellas. No quiere que nada toque su armonía interior. De fondo, cuando se apartan todos los ruidos, queda el rumor incesante del embarcadero, la madera crujiendo y el agua chapoteando despacio entre las góndolas. Ese viaje fue muy especial. La encontró y la perdió allí. Nunca supo su nombre, pero en tres días llegó a conocerla mejor que a cualquier otra persona de su vida. No hubo más palabras que las necesarias. El misterio veneciano hizo el resto. Ella surgió de la nada, de repente, y tomó lo que quiso sin preguntar, sin cortejos que hubieran supuesto una irreparable pérdida de tiempo. Vivieron una vida nueva dentro de sus vidas impostoras y luego se fue en la niebla de la noche. Sin despedirse. Sin remordimientos. La última tarde en Venecia hizo la fotografía del embarcadero, donde apareció por primera vez, acaso para conservar su esencia imperturbable y encontrarse con ella, sin estar, cada vez que la recordara. El brusco frenazo del autobús disipa sus pensamientos. Es su parada.

Ya en casa, tras una larga ducha, pijama y batín, prepara la cena y se acomoda en el salón. Le gusta tener su tiempo y su espacio, un orbe que nadie pueda invadir. Su coraza es sencilla. Se compone de una rutina bien definida, una serie de pequeños caprichos a su alcance y teléfono y timbre desconectados para evitar intromisiones. Su minucioso paraíso dispone, además, de un plan de emergencia. Si alguna costumbre se ve alterada por un imprevisto, tiene alternativas a la altura de su exigencia. Por ejemplo, si una reunión se prolonga de manera no deseada y tiene que sacrificar su cena ritual, recurre a un baño caliente con alguna lectura relajante y un fondo musical neutro. Todo está medido. Todo tiene su sitio y su momento. Por eso el sobresalto, el susto, la respiración entrecortada al mirar el lienzo y descubrir, al fondo, cerca de la isla de San Giorgio Maggiore, una góndola que nunca había estado. Se levanta. Se acerca muy despacio. Se queda un rato mirando la fotografía, estudiando su recuerdo palmo a palmo. En esa zona no había nada. No tenía que haber nada. Sólo agua. Y sin embargo ahí está, desafiando su memoria, quebrando su paraíso efímero. Casi no se distingue del agua, pero está ahí. Inexplicablemente. Molestamente está ahí. Permanece un rato mirando ese fragmento de la imagen, tratando de recordar. Depende tan sólo de su memoria porque no tiene más copias y el original se perdió. Todos esos pensamientos pueden haber movido el reloj algunas horas. El cansancio le pesa en cada músculo. Se va a dormir.

El sueño apenas le proporciona alivio. Un sueño sin sueños, un vacío noctámbulo cargado de duda. Y al despertar, la otra góndola. Puede que no haya nada, que su imaginación le jugara una mala pasada. Sin pensar, se aventura por el pasillo y llega al salón. Despeja el ventanal y observa el lienzo. Sí, en efecto, la góndola sigue ahí. Ahora parece un poco más grande. Y parece que está más cerca. Con dificultad se distingue a dos personas a bordo, pero nada más. Se mira las manos y busca un espejo. Todo normal, como siempre. ¿Qué le está pasando? ¿Qué significa todo esto? No puede consultar con nadie porque esa imagen, ese instante preciso es suyo en exclusiva. Ni siquiera a ella, perdida entre las sombras de una ciudad infinita. Se aleja del lienzo despacio, sin dejar de mirarlo, con la góndola extraña al fondo.

Otro día de ir y venir, de ver rostros ajenos que le dicen cosas con una sólida argumentación que no le importan nada. Y la máscara constante de sonrisa ensayada, la frase feliz, el negocio cerrado. En uno de los tránsitos la ve desde la ventanilla del autobús. Pasa muy deprisa pero era ella, seguro. Intenta bajar, hay demasiada gente, no llega a tiempo y se le pasa la parada. Además, llega tarde a una reunión. A diferencia de otros días en los que le importa muy poco su profesión, hoy se le está notando más de la cuenta. Una disculpa de manual y sale a tomar el aire a una terraza desde la que se divisa la calle. Y allí, entre el tumulto, la ve, igual que cuando apareció por primera vez rodeada de extraños. Por impulso baja corriendo hasta la calle y la busca como un náufrago el bote salvavidas. La calle está abarrotada, es hora punta. Mira a un lado, a otro, avanza, levanta la cabeza, se tropieza, se asfixia, la ve al otro lado de la calzada girando la esquina de una bocacalle. Corre hasta allí, cuando llega no hay nadie, al final de la calle tampoco. De pronto recuerda la reunión. Lina habrá improvisado algo. Vuelve a casa. De camino evita mirar a la gente. No soportaría verla otra vez y no conseguir alcanzarla. El trayecto pasa sobre su cabeza, inadvertido.

Ya en el salón, comprueba sin demasiado asombro que la góndola está más cejada y se ha acercado un buen trecho. Tanto que puede distinguir a su pasajero (el gondoliere está de espalda), una mujer. Una mujer que es ella, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre las rodillas. Se frota los ojos pero sigue ahí. Quizá si regresara a Venecia, si la buscara con tenacidad… ¿Pero y si ya no está en Venecia? ¿Y si está en el lienzo o en la calle? Ella sabe quién es, dónde vive. Es cuestión de tiempo que suene el timbre o llegue al embarcadero y le haga una señal y el tiempo se detenga otra vez. Sólo tiene que esperarla. En sus cavilaciones va de un lado para otro. Súbitamente advierte que la góndola se ha alejado un poco. Se oye gritándole al gondoliere que reme más fuerte. Ha empezado a creer que pueden oírlo, que tiene influencia sobre lo que sucede al otro lado. Hoy tocaba su cena especial, pero no quiere alejarse tanto tiempo del lienzo. Su rutina, su virtuosa paciencia, empiezan a derrumbarse. La escena, sumergida en esa luz tan parecida a la que había cuando tomó la fotografía, hace que las góndolas parezcan cobrar volumen, entrar en el salón y mecerse lentamente con crujidos melancólicos. Esa imagen multiforme evoca la esencia de aquellos días, de aquella pasión volátil. ¿Qué tenía ella? ¿Qué la hacía tan especial, tan arraigada a esa ciudad de laberintos insondables y aparentemente dóciles? ¿Sería su habilidad para entrar sin llamar, para atravesar cualquier barrera y confundir su alma con la que estaba robando en silencio? La góndola se mueve apenas, tal vez más por el tímido oleaje que por los esfuerzos del remo. Ella sigue con la mirada baja, envuelta de misterio, aniquilando sus defensas al tiempo que alimenta su deseo. A ratos se asoma a la ventana y cree verla entre la multitud, pero si sale a buscarla y no es, si llega al embarcadero y le hace la señal y no está para verla… Una vez más piensa en Venecia, regresar allí, buscarla. Ese segundo viaje que ansía tanto como debe de ansiarlo ella. Se le antoja tan lejano como su cena, como su baño relajante, como el sonido del teléfono al fondo, será Lina, ella sabe qué hacer, siempre lo sabe.

 

Relato incluido en Lapso.

Billy

B

Les Paul - sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)
Les Paul – sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)

A GuK

Llevaba en planta desde las seis de la mañana.

Se le conocía por sus riff delirantes y agresivos. Su vida se basaba en el instante y nunca tuvo problemas para quedarse con la más guapa. Pero por encima de todos los acordes, de las guitarras reventadas contra los bafles y de las melenas agitándose al son de sus dedos, lo que más le importaba (lo único, dirían algunos) era su voz. Cascada, por supuesto, y sin llegar a ser chillona, no era todo lo cavernosa que cabría esperar viendo su cara de malas pulgas. Parecía metálica, pero no con la limpieza del metal trabajado, sino áspera como el fragmento de roca que se extrae de la mina.

El vasito de whisky no faltaba nunca en su mesa. Ni la botella sin etiqueta, todo un enigma. Se lo había hincado del tirón y sin respirar. En su cabeza resonaba todavía el estruendo del último concierto. La gente lo aclamaba, y las tías se le insinuaban como perras para llamar su atención y acabar en su camerino esa noche. Se dejaba arrastrar por los maremotos acústicos que sacudían la sala, se perdía en ellos y gritaba las frases sin pensar en nada más. Había rechazado el sexo porque no podía sacarse una melodía de la cabeza. Se fue a casa solo, andando y medio emporrado.

Sentado frente a la ventana, viendo pasar a toda esa gente estúpida y responsable que iba a trabajar, se preguntaba si su vida era auténtica. Siempre hacía lo que le daba la gana, sin pensar en las consecuencias, como el sonido brutal que se pierde galopando a través de las paredes de cualquier garito underground de mala muerte. Estaba nostálgico, que en su jerga quiere decir hasta los huevos de esa perra vida de ir de un lado para otro como un mendigo. En el escenario no se sentía especial. Jamás se había sentido especial. Sólo tocaba y olvidaba sus rencores.

Bruscamente había anochecido. La gente, como en un espejo, volvía a sus casas. Se levantó, cogió su Epiphone Les Paul 100 rojo cereza (le parecía más pesada) y la enchufó en el amplificador. El punteo se quedó en un manso quejido. Abrió la boca y sólo consiguió un ronquido. Treinta años de drogas y alcohol le habían anulado los dedos y le habían destrozado las cuerdas vitales. Sólo su carácter, terco y duro como sus canciones, herido y mutilado, seguía gritando en la soledad de su silencio.

 

Relato incluido en Lapso.

Extraños

E

Pub - Eduardo Martos
Pub – Eduardo Martos

Quedamos en Nervión, como siempre. La efusividad nos precede, pero pronto advertimos que no sabemos dónde podríamos cenar. Cada uno hace sus cábalas, y mientras andamos, se forman grupos de conversación itinerante. Sentimos la fría noche por las bufandas de Harry Potter y los adornos de Navidad. Vamos descartando bares: demasiado pequeño, muy caro, no tienen tapas, cierran en media hora. Finalmente encontramos uno bastante amplio. El problema es que no tiene mesas suficientes. Intentamos aglomerarnos en una zona de la barra, pero ese pasillo es propiedad de los camareros. Hay cuatro mesas separadas, en medio de las cuales un grupo de personas parece haber terminado de cenar: falsa impresión. El camarero no nos permite unirlas porque hay que dejar un pasillo según la normativa; nadie la conoce, probablemente tampoco él. Decidimos esperar, sentados de dos en dos, a que paguen la cuenta para lanzarnos sobre la mesa como la víctima elegida por el depredador. Las conversaciones fluyen, al principio, entre las cuatro mesas. Las palabras van dejando paso a los gestos, a los saludos casuales. Entretanto, la bebida se va calentando y los platos se vacían. Me quedo mirando una de nuestras mesas sin saber quiénes están sentadas. Maribel me mira y sonríe, y ya las reconozco; la cerveza, pienso. Las conversaciones ya se han reducido a un par de anécdotas entre las mesas más cercanas. De vez en cuando se cruzan miradas entre otras mesas, pero ya no significan gran cosa. Pablo es el paso previo de la máquina de tabaco. Echa las monedas, da el cambio, alarga el paquete y ofrece consejos sobre la vida y la metafísica. A una señora le pregunta si sabe lo malo que es fumar, y la señora se ríe asustada. Las palabras que intercambian las mesas cercanas se reducen al pan y a las próximas raciones. Aterrizan las cartas de postres, que nadie llega a usar. Pagamos una cuenta común que por momentos nos resulta fuera de lugar. Nos levantamos para irnos, todos a la vez. Cuando salimos a la calle, dispersos de dos en dos, no cruzamos ningún comentario ni nos despedimos.

Cuando salimos a la calle somos perfectos extraños.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Viajes

V

"Volverán las oscuras golondrinas..." - Eduardo Martos
“Volverán las oscuras golondrinas…” – Eduardo Martos. Este monumento está en el Parque de María Luisa, en Sevilla, guardado por un ámbito místico de sensaciones y de plantas. Bécquer habita en todos los rincones de Sevilla, pero sobre todo en ese círculo vegetal.

A Gustavo Adolfo Bécquer

Es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o soñó que lo leía?), los viajes de Julio Verne.

Ha cruzado la calle. Ha cruzado deprisa, pero no le urge llegar a ninguna parte. «Es extraño —piensa—, yo he salido a pasear, no tengo prisa.» La prisa lo acecha y lo altera. En esta época tan veloz, donde acaso suceden etapas históricas en un puñado de años, donde las naciones cambian de dueño como un coche, el individuo (cuando existe, cuando es individuo y no parte de la masa informe) debe tener cuidado de no caer en el vértigo, en la prisa letal. Ha cruzado la calle como si nada, como si no hubiera sucedido tiempo al caminar. Ha sido uno de esos momentos sordos en los que todo sucede alrededor, sin participación de la calma interior. Se asombra porque de pronto ya está caminando cerca del Parque de María Luisa, a donde no esperaba haber llegado aún. «Pero aquí estoy paseando.» El Parque lo entretiene y le trae recuerdos. Aquí trajo a sus novias y río con ellas; aquí vino arrastrando el pesado corazón roto, junto a la estatua de Bécquer (que no se parece a Bécquer) y esas otras figuras que quizá son hadas, o quizá la desesperación. Ahora mira el rostro impenetrable del que fue su escritor predilecto. Ahora ya no sabe a quién elegir: estos dilemas se los ha ido planteando la edad, estos dilemas se los han impuesto. La piedra de la estatua se le antoja más gastada, más pulida por las miradas y los sueños de los jóvenes. El árbol también parece envejecido, mayor, más sereno. El aire, sin embargo, es el de hace veinte años; ese aire denso y perfumado de misterios, de flores secretas, de polen arcano. Aquí decidió su vida; o se decidió, porque al recrear los momentos advierte que apenas intervino en su desarrollo. Ahora podría ser un hombre casado (¿feliz?), tener hijos (feliz, sin duda; la soledad es un exceso demasiado nocivo). Ahora no pasearía solo y sus recuerdos siempre le traerían sonrisas. Cada vez que viene observa que los jóvenes visten de forma distinta, pero invariablemente son las mismas caras de ilusión y ensoñación. Quiere recuperar esa ilusión, ser joven por dentro y sonreír (quiere creer que aún le quedan ganas).

Prefiere los paseos y los árboles a la Plaza de España y a las… Se entretiene buscando mochuelos y búhos que nunca divisa. También le divierte encontrar edificios nuevos. A veces pasa años sin venir al Parque y, claro, en estos tiempos acelerados… Se plantea si alguna vez destruirán el Parque, porque sería un asesinato de misterios y de sueños y recuerdos. ¡Qué van a saber ellos de estas cosas! No tienen conciencia para entenderlo. El Parque y sus paseos arbolados. El Parque y sus rincones sobrenaturales. El Parque y sus ruidos inexplicables.

Vuelve a la Glorieta de Bécquer. Ha sido demasiado rápido y lo descubre: la estatua está distinta, más vieja; y el árbol sin duda ha crecido. ¡Han pintado los bancos! Los viajes no le gustan, pero esta vez no es mareo lo que siente, y esta vez está viajando, lo sabe. Siente agobio, siente miedo, vértigo, siente cosas que sólo pueden insinuarse, convulsiones del alma, ¿nostalgia? Una nostalgia violenta. Hace mucho que no viene por aquí, es cierto, pero no tanto como para… El tiempo pasa, los relojes sentencian sin piedad como el viento en los viajes. ¿Cuánto hace que vino con su última novia, que se sintió forzado a venir con ella? ¿Dónde ha estado desde entonces? Los ruidos del Parque potra vez, esos enigmas efímeros, esquivos, que tan vagamente expresa el lenguaje. En ellos se siente familiar, íntimo, aunque para él mismo son misterios. El sonido es rápido, viaja a gran velocidad. ¿Qué se siente en el sonido? ¿Cómo pasa el tiempo en su interior? Con resignación anticipa su existencia atroz, que las plantas dejarán de ser las mismas de hoy en día, que la cara de Bécquer se caerá a pedazos y que acaso otro poeta reclamará esta plazuela, que el árbol morirá, que los ruidos permutarán infinitas veces pero seguirán oyéndose siempre. Poco importan ya sus recuerdos, los recuerdos de una vida que apenas llegó a dirigir. Tampoco importa la gente a la que casi no ve, o que ve a ráfagas, como gotas de lluvia coloreadas y horizontales.

Entre las hojas que al caer del otoño ya son primavera, se acerca a la estatua y la toca; es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o leyó que lo soñaba?), los viajes de Julio Verne, su viaje. ¿Su viaje? Su deslizamiento, su evasión. No sabe cuándo ni cómo; en algún instante de horrores y pesadilla, de voluntad ausente, en alguna trivialidad mal llevada, bajo la luz incidente de un molesto farol, entre el humo del tabaco que nunca fumó. Se desliza y suena, aún (siempre) en el misterio. Anochece en el parque, lentamente.

 

Relato incluido en Lapso.

Manías

M

Hombreras

A E.S.Q.

Temprano con Curro, como de costumbre. Centro comercial, nada mejor que hacer aunque tengo que sacar al perro y ordenar mi cuarto. La gente en los centros comerciales se comporta en base a extrañas manías que la ciencia moderna aún no ha conseguido descifrar. En el futuro los niños estudiarán estas cosas en el colegio bajo rimbombancias como Estilos estereotipados en los entornos psicoambientales contemporáneos, pero las notas seguirán siendo sobresalientes, insuficientes, notables y casos perdidos; y en verano seguirá habiendo envidiados y raros ejemplares de empollón, que convivirán con los condenados a tres meses de estudio y reclusión. La gente, decía, se comporta siguiendo maniáticos patrones que Curro y yo solemos observar desde nuestra merecida altivez. Por ejemplo, la señora de las hombreras. Se mueve ordenadamente de estantería en estantería. Saldrá sin comprar nada, cosa que por supuesto no le importa y que quizá no ha pensado al entrar, pero ella recorre con devoción una y otra estantería, las examina y coge un objeto al azar. Sus hombreras la siguen. Curro hace un comentario que no termino de escuchar porque las hombreras. Busco algo cerca de la señora para seguir observando sus hombreras. Siento entonces una tímida necesidad de apretar una de sus hombreras con la mano. La necesidad se asoma con cuidado y se presenta: “Me gustaría apretar esa hombrera con la mano”, y además de no entenderla, me provoca una duda: ¿Cuál de las dos? Intento dialogar con ella, pero descubro que además de tímida es terca y no quiere razonar. “Apretarla con la mano.” La señora sigue su recorrido dando saltitos como de gorrión que busca comida y abre las alas para avanzar, pero en vez de alas son hombreras y tengo que apretarla. ¿Cuál? Insisto pero nada. “Apretarla con la mano y punto.” La necesidad empieza a volverse exigente y seca. Curro se asusta porque sigo a la mujer con la expresión de la cara en otra parte. Todo mi mundo se concentra ahora en apretarla. Pasillo, estantería, bote de perfume, estoy a su lado y mi mano recorre ya la distancia prohibida mientras Curro casi ha echado a correr de vergüenza.

Agarro la hombrera y la aprieto con fuerza una, dos, tres veces, despacio, disfrutando el instante.

La señora me mira, gorrión confuso, y yo sigo mi camino sin decirle nada, inventando alguna excusa para explicarle a María por qué vamos tarde.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

La sombra del Tenorio

L

Sesión nocturna - Eduardo Martos
Sesión nocturna – Eduardo Martos

La luz baja, el murmullo acallándose, y de pronto, la tos en estéreo y algunos que se acomodan, un medio silencio aceptable y el telón, modificado pero el mismo en esencia. ¿Me gustará una obra que no he leído? El teatro no se lee, esto creo haberlo aprendido. El teatro es como el cine. ¿Quién prefiere leer un guión a ver la película? No concibo que un relato, una novela, puedan ser interpretados. Habría que verlo, sería curioso, interesante y acaso fructuoso. La poesía se presta en ocasiones a ser una canción. La pintura y la arquitectura, la música y la escultura, y ese otro arte que cada cual encierra en su ámbito, no se me antojan mutables. Pero el teatro… sin duda se presta a serlo, y por suerte así fue creado por los griegos. O tal vez los griegos lo heredaron de una cultura ancestral que se perdió en la memoria de los hombres porque su antigüedad era insoportable, tan remota que una prueba de su existencia sería un insulto para la ciencia moderna.

Ya Don Juan se ha levantado y se marcha del escenario. Auguro que será una buena obra, es decir que me gustará. Aquel de allí no para de toser. Yo también estoy resfriado y contengo la tos. La suya no es muy profunda, tose por vicio. El de atrás se mueve demasiado. Y los actores no alzan la voz. El Tenorio es un león, un tigre. Su proximidad me amenaza. Mi novia está aquí todavía. Siento que algo en este instante y esta sala podría arrebatarme de su lado. El de la tos ahora carraspea con algo metálico en la voz.

Agradezco mi gradual entrada en el mundo que la obra propone, la clara comprensión de las palabras y los gestos que al principio no entendía. También ayudan las luces y las sombras. El patio de butacas está cada vez más oscuro. A veces creo estar físicamente en la calle que los actores evocan, y ellos no son actores sino personas reales, y ese mundo parece no tener salida: parece sombrío y ebrio. La idea de una cultura arcana que inventara el teatro aparece asociada a un recuerdo indefinido que tiene que ver con esa calle; una representación atroz que terminaba convirtiéndose en realidad; un rito cuya esencia, cuyo clímax, eran el instante que separa ficción y realidad.

Don Juan reclama al Cielo un instante de justicia, una oportunidad para su alma. Don Juan grita, Don Juan ruge, amenaza y reniega de Dios. Don Juan me da miedo. Los actos corren deprisa, como la mujer que, sabiéndose anhelada, huye burlona de los brazos del hombre. Don Juan habla con Don Gonzalo, por una vez suplica y promete sincero, pero el Cielo rechaza sus palabras y su alma. Don Luis Mejías, Don Gonzalo, Doña Inés, mueren.

Admiro la sala, más tranquila, más pétrea y oscura que el terrible panteón que ahora visita el Tenorio. Entre el anterior acto y éste hay sólo una mención en los diálogos, pero en mi memoria, de una forma inexplicable, se hallan todas las horas de todos los días de los infatigables años que los separan, como si mi alma hubiera sido la sombra de Don Juan. Y una sombra es lo que siento, una oscuridad que me acecha en la negrura impenetrable de la sala.

La tos metálica, vuelvo al escenario, vuelvo a la sala, vuelvo a la butaca. Esa tos inconfundible parece ahora más cercana, y en el instante en que lo noto, calla. El Tenorio entra en escena, en la cena con sus amigos y el convidado de mármol. Sale a ver quién llama.

De nuevo la incómoda tos… Parece venir del asiento de delante, pero es tal la oscuridad que no puedo distinguir siquiera si está ocupado. Como un resorte miro a la derecha: mi novia sigue aquí, sigue ahí, la presiento incluso en la tiniebla… El Tenorio está lejos, no me la puede arrebatar. Además, acaba de ser muerto a manos del Capitán Centella, y casi de inmediato sentencia de forma impecable: «El Dios de Don Juan Tenorio.» Ya ha muerto y su amenaza es imposible.

La gradual disipación de las sombras me devuelve a mi realidad, donde esos temores son absurdos, donde mi novia está conmigo, me quiere, donde Don Juan Tenorio no existe, o a lo sumo, está muerto. La gente se levanta perezosa entre comentarios vagos y casi nada originales. La brisa nocturna me despeja al salir. La extraña sensación de peligro se ha desvanecido por completo. Rodeo a mi novia por la cintura. Apenas tres pasos y vuelvo a escuchar la tos, esa tos metálica, inquietante, tras de mí. Instintivamente me giro. Hay mucha gente de pie, observando, mirándome. Creo que son los espectadores de la obra. Aturdido, compruebo que sus trajes y vestidos son de otra época, que no hay farolas en la calle, bañada apenas por la mortecina luz de la luna, que el suelo no está asfaltado ni acerado… Pero de pronto regreso a la realidad, a la calle moderna. Permanecen inmóviles. Uno de ellos tose y lo reconozco, se adelanta. La forma de caminar, implacable y segura, su mirada penetrante, su nombre: Don Juan Tenorio, grabado en su frente y en su sangre negra. En un instante desenvaina y me atraviesa el pecho con una limpia estocada. La vida se me derrama por la herida. Los espectadores (ya sin duda lo son), y mi novia con ellos, observan en silencio. Cuando caigo de rodillas, aplauden emocionados, y lo último que veo al caer a los pies del asesino, como su sombra, es a mi novia en brazos del Tenorio, con lágrimas en los ojos, con lágrimas de amor y alegría en los ojos.

 

Relato incluido en Lapso.

Náufrago

N

Pale blue dot
Pale blue dot – http://bit.ly/UEqAgl

No son el padre o la madre quienes mejor conocen a su hijo, sino aquellos que lo acompañan en el decurso de los días.

A Julio

Lentamente, como inducido por una poderosa convicción, miró atrás y vio con extrañeza la silueta azul que tantas fotografías le mostraron antes. Era distinta…

En sus lentos pensamientos había restos de muchos lugares visitados tan sólo con la imaginación, con el sueño. En sus recuerdos se confundían millones de formas, colores… visiones en fin; y apenas unos cuantos olores, sonidos y sensaciones táctiles. Casi había olvidado pronunciar las palabras: su última conversación había tenido lugar diez años atrás, cuando él tenía apenas quince. Era un viajero.

A veces, cuando contemplaba desde su ventana, sentía vértigo. Las cosas que veía (para él eran cosas) se alejaban a gran velocidad y desaparecían en la oscuridad. Era un naúfrago espacial, perdido en el cosmos inmenso. Hacía tiempo que no pronunciaba su nombre, y si aún lo recordaba era porque no había perdido el hábito de escribir y de leer los libros que guardaba en su ordenador. El tiempo transcurría arbitrariamente. Su vida no llevaba un ritmo constante: dormía horas sueltas y comía cuando le apetecía. Por suerte, disponía de una tecnología capaz de proporcionarle oxígeno y alimento ilimitados… y una existencia errante.

No sentía nostalgia por su planeta ni por su especie, sino por los mundos que desaparecían de su contemplación a cada instante. Muchas veces tuvo sueños perfectos, que al despertar lo dejaban inmóvil y silencioso, reflexionando en los conocidos contornos de su cápsula, en los objetos que odiaría si no fuera porque los necesitaba. Apenas era consciente de lo que significaba la vida. Se había convertido en un observador de materia inerte, aunque a él le parecía, a su extraña manera, viva.

A diferencia de otros náufragos, como los que protagonizaban algunas de las novelas que había leído, a él no le había sucedido nada, ninguna aventura; ni siquiera una enfermedad, ya que aparte de estar sellada por dentro, la cápsula estaba libre de microbios, y sus genes habían sido analizados en previsión de posibles defectos futuros. Además, la nave estaba diseñada para evitar casi todas las formas del suicidio, excepto la inanición. Por último, su trayectoria estaba calculada para evitar cualquier colisión. Los imprevistos podía solucionarlos el plan de emergencia de la cápsula, que era irrompible. Tenía asegurada, pues, una larga vida, una larga serie de instantes monótonos que intentaba convertir en distracciones. En su situación no tenía otra posibilidad que ser algo parecido a un filósofo, ya que podía usar poco más que su mente y un pequeño gimnasio que le permitía mantenerse en buena forma física. Cada objeto, dependiendo del momento en que lo mirara, podía convertirse para él en cualquier cosa. Un vaso de agua, por ejemplo, podía ser una forma de calmar la sed y también un nexo entre el Universo visto desde dentro, que era su perspectiva al mirar por la ventana, y desde fuera, que se correspondía con su observación del agua, donde están contenidos los átomos que la componen; átomos que, como él, están suspendidos por fuerzas desconocidas.

En una zona de la cápsula donde no podía entrar había un laboratorio con documentos humanos e información suficiente para crear todas las formas de vida conocidas por el hombre. Este proyecto, una hermosa fantasía de los hombres primitivos, era la última esperanza de los visionarios que lo diseñaron. Él tenía una grabación donde se detallaba el objetivo de su misión. Un emotivo mensaje explicaba que había sido enviado por los últimos seres humanos con la esperanza de hallar una especie que los ayudara: se estaban extinguiendo sin remedio. No entendió nada de esto cuando lo metieron en la cápsula y lo lanzaron en una dirección incierta del vasto Universo. Las palabras de la locución eran las pocas que todavía pronunciaba. No tenía grabaciones musicales ni sonidos porque algún día, en un pasado difuso, las destruyó todas, hastiado por su soledad. No dejaba de culparse por ello, pero era tarde. También había roto el generador de olores. Sin embargo, aún conservaba la grabación de su misión.

Sólo la cápsula, en un medidor oculto, registraba la distancia recorrida. El número exacto no importa en un Universo tan inmenso que, para un humano, es infinito. Las ilusiones y delirios ya no lo atormentaban. Ni siquiera le quedaba el consuelo de estar loco. El náufrago pensó que quizá no era el único, que podía haber otros seres como él surcando el vacío. Esta idea se la inspiró la grabación, que veía con frecuencia. No les guardaba rencor, y no concebía la posibilidad de que hubieran enviado a otra persona. Con dificultad retenía el concepto de persona. De no haber tenido la grabación, ya no pensaría de tal forma. Sin embargo, una persona no era para él un ser vivo, sino un objeto más inerte que cualquier estrella. No en vano las personas no eran más que representaciones virtuales proyectadas por un objeto sin vida. Las estrellas, en cambio, estaban ahí, al alcance de la mano, refulgentes de vida y energía luminosa.

Había pasado toda su juventud gastando las mismas rutinas, y entre todas ellas no se encontraría nada que hubiera hecho un joven en condiciones normales.

Siendo ya un anciano soñó con un gran bosque (jamás había visto un bosque). Percibía con claridad los sonidos extraños, las estrellas, incomprensiblemente inmóviles, la humedad de la brisa fresca, el agua de un río donde su mano se movía sin motivo aparente, los matices del bosque, azules por la oscuridad… Sintió que la corriente del río era, como su vida, un viaje perpetuo. Sintió que esas palabras no eran suyas, sino de alguien que fue griego y se llamó Heráclito. En ese instante se giró, y con serenidad y armonía, contempló a una hermosa mujer hacia la cual sentía un amor muy poderoso, un amor antiguo y conocido. Se acercó y la besó. Ella sonrió, y entre juegos hicieron el amor. Con la certeza que da la edad comprendió que el río no era eterno, que se detendría en algún instante de la Eternidad, el único río que siempre fluye. La mujer le confesó que tendría un hijo suyo. Se recostó en el lecho de su amada, y sintiendo con la mayor intensidad de su vida, lloró lleno de plenitud.

Mucho o poco tiempo después, la cápsula fue recogida por los avanzados habitantes de un planeta muy lejano. El náufrago estaba muerto, pero en sus labios había una sonrisa. Tras examinar la cápsula, los habitantes crearon un nuevo planeta donde vivirían seres humanos con todos los recuerdos de su especie. Llamaron Heráclito al planeta, que en su lengua significaba náufrago.

 

Relato incluido en Lapso.

Sucesión

S

No se culpe a nadie - Eduardo Martos
No se culpe a nadie – Eduardo Martos

Este relato debería ser distinto, acertar en el blanco y herirme en lo más hondo, sí, herirme incluso a mí, a su autor, algo que rara vez consigo y que en otras obras es tan sencillo. No sé si haber escrito una parte en el autobús le viene bien, tantos baches, las caras de los pasajeros, que parecen de otra especie, las curvas, el timbre de parada, los olores fuertes como el perfume de las gordas o el sudor de cebolla o los pies sudados. Y aunque no parece buena idea, en todo eso hay algo que me cerca y me obliga a escribir lo que tengo que escribir por encima de lo que quiero, y esta lucha absurda y en apariencia vana es profundamente liberadora. A veces termino un párrafo que no sentía, y al releerlo, descubro que me gusta como si no fuera mío, como si fuera de un gran escritor (porque me prefiero a los escritores mediocres). Ahora siento la necesidad de escribir yo, y lo escribo sin trascendencia, sin rito ni adorno, y ahí queda, casi solitario en medio de frases correosas, de tempestades verbales, solo entre cosas ajenas, como yo en el autobús. No es difícil recordar el monólogo de Hamlet, que, además, parecía estar rondando mi conciencia, esperando el momento de salir, y ahora lo ha encontrado y lo noto salir, liberarse, como yo, a través de esa lucha consigo mismo. ¡Qué olvidado queda ahora Shakespeare! Quizá algún día este relato logre mi olvido y se haga con mi identidad, me robe mi ser y mi destino y sea recordado como algo completo y autónomo. Dulcemente voy pasando del monólogo a los ensayos sobre el monólogo, y de éstos a los ensayistas, y entre ellos, y no recuerdo si escribió algo sobre Shakespeare, está Borges. Da igual porque sus ensayos me encantan, y su poesía y, claro, sus relatos, que son lo mejor que ha dado, y por alguna conexión que debía suceder, una conexión entre el monólogo ya abandonado y uno de sus relatos, recuerdo El Inmortal, supongo que por las remembranzas clásicas del relato y porque el teatro es griego y Hamlet es teatro. Entre las palabras de ese relato, deseo atraer las que pronuncia uno de los inmortales: «Argos, ese perro tirado en el estiércol.» Y me alegra haber escrito perro, porque ahora sé que llevaba rato buscando ese hecho, esa palabra, la imagen del perro, no necesariamente de ése, no es una concreción, sino de un perro indefinido, un perro perdido entre millones de posibilidades, razas, tamaños, colores, longitud del pelo, dentadura… el arquetipo del perro. En esa incertidumbre, en ese universo volátil y cambiante como el fuego de Heráclito, siento algo que me observa, me vigila, me acecha, algo que debía ser escrito aunque yo no quiero porque su voluntad, su presencia, son horribles, repugnantes, inconcebibles. Apenas sin esfuerzo me rechaza y me aparta del relato como si quisiera adueñarse de él, es sólo un instante porque ahora vuelvo a notarlo lejos, en ese universo, en su orbe, y al decir orbe lo encierro en una esfera intangible de la que no puede salir. De igual modo yo no puedo salir de mí, del yo que me apresa sin cesar, en la vigilia y en el sueño, que me aplasta y me arrebata la voluntad y me obliga… ¡Sí, es él quien me obliga a escribir lo que no quiero! ¡Él es el genio! Y yo, relegado a la condición de escritor autómata, de mero amanuense sin conciencia… ¡Pero qué yo soy yo, qué yo es el otro que me domina, pues sí tengo conciencia porque hay una lucha y yo sé que la lucha existe y que hay otro que combate! De nuevo el yo, esa insistencia, esa pesadumbre, esa condena. De nuevo el monólogo que se eleva y me cubre por completo, y yo me resigno a ser absorbido por su autoridad. ¿Argos tenía identidad? ¿Era él en realidad? El perro… él es un arquetipo, no sé si piensa, nunca se nos dijo si los arquetipos poseen conciencia… Hay un arquetipo de la conciencia, pero el perro es más tangible aunque no se puede imaginar porque eso sería darle propiedades de las que el arquetipo carece. No sé por qué el perro, no sé por qué esa sucesión que parece humo de tabaco, que me ha llevado de forma liviana hasta la idea del perro, viajando, trepando más bien por mis pensamientos asociados como una cuerda sin fin, o como una red infinita, y así hemos llegado hasta el perro. ¿Hemos? ¡Claro! Ha llegado él, mi yo, él me ha arrastrado a esa idea, y después a la de ese algo que ya no me da miedo porque está atrapado en su orbe. De nuevo hemos recorrido el camino y no entiendo por qué. Y todo consta en el relato como piezas en apariencia conexas, y que acaso guardan relación, una relación oscura que sólo él conoce, que sólo mi yo conoce, esa entidad que ya es ajena a mí, que siento como algo aparte que se mueve dentro de mi mente. Ahora puedo ver ese algo, el algo que me aterroriza, que me asfixia con su presencia, esa intuición del Universo Arquetípico, el Universo efímero y volátil que nunca es, o que es millones de universos porque siempre está cambiando, porque ni siquiera le queda el instante. Por un segundo pienso que todo es deleznable, que nada es durable, que el orbe tampoco lo es, que va a salir, que está saliendo, que se aproxima desde dimensiones inconcebibles, y de pronto lo oigo, al principio es casi sordo pero lo he oído, y lo estoy escribiendo todo, seguro ya de que no soy yo quien dicta, y de nuevo esa sucesión absurda, y de nuevo el ruido, ya perceptible con claridad, la presencia del algo, no, de alguien, ahora es alguien y está detrás, ha tomado conciencia y acaso cuerpo y está detrás.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

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Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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