Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagrelatos

Botas de agua

B

Su madre siempre le había advertido que evitara el agua de la lluvia a toda costa. Su calzado siempre constó de un par de gruesas botas de goma hasta las rodillas. En alguna ocasión había sufrido severos castigos por llegar hasta el umbral de la puerta sin llevarlas puestas.

Hacía tiempo de eso y ya no vivía con su madre. Por eso y porque ese día había amanecido con un cielo limpio, decidió librarse de las botas de agua y usar un calzado más ligero. Salió a pasear sin pretensión de llegar a ningún lugar concreto, por el sencillo placer de hacerlo. La suela de las zapatillas era muy fina porque quería sentir el relieve del asfalto, las llagas de las losetas, las piedrecillas y los tapones de las botellas de plástico. De un momento a otro, un grupo de nubes oscuras cerró el día desde todos los flancos. Lo pilló por sorpresa, en medio de la nada, sin edificios en los que poder cobijarse de la lluvia inminente. Las primeras gotas no mojaron sus pies, pero no tardó en apretar y notó cómo el agua calaba desde abajo. Conforme se mojaba, empezó a sentirse débil, y también como si su estatura se fuera reduciendo lentamente. De pronto cayó al suelo y contempló, entre horrorizado y liberado, sus piernas de arena terminando de deshacerse en el suelo mojado.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Chucho

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Chucho

Los perros ven cosas que los seres humanos ignoramos por completo. Y no me refiero al funcionamiento de su visión. Hace tiempo que venía notando que Chucho estaba raro. Le enseñaba la correa, signo inequívoco de vámonos a la calle, golfo, y se quedaba tirado en su colchón naranja, receloso. Antes casi me tiraba al suelo con esos saltos de pantera, estate quieto, hijoputa, que así no hay quien te ponga esto. Un mastín del Pirineo, un perrazo.

Una tarde vino un amigo a visitarme y se le lanzó a los pies como suplicando. Si no te conociera, pensaría que lo maltratas. Sí, claro, cualquiera tiene huevos de maltratarlo. Nunca lo había visto así. De hecho, siempre ha sido bastante pasota. Estuvo toda la tarde cerca de mi amigo. Cuando nos quedamos solos, se apartó de mí y se echó en su colchón, pero sin perderme de vista. Le di una chuchería, y ni por ésas. Será mi soltería, que ya te está afectando a ti también, porque no hay quien te entienda.

Lo más extraño pasó una mañana que volví a casa más temprano. Chucho conocía mis horarios y siempre me esperaba tras la puerta del patio, porque dentro de casa no lo dejaba solo. Aquel día, en cambio, no me estaba esperando. A través de la mirilla lo vi en una esquina, hecho un ovillo, tiritando. No podía tener frío. Tenía que ser miedo. Abrí la puerta y salí corriendo a ver qué le pasaba. Nada más verme, gruñó y me derribó de un salto. Entró en casa corriendo. Desde el suelo seguí su carrera desesperada con la vista. Cuando pasó por la puerta, se retiró como si hubiera alguien. Fui tras él, confuso. Quería echarle la bronca pero podía más la intriga de saber qué le había pasado. Me acerqué despacio. Estaba en su colchón. Me agaché y alargué la mano con cuidado para acariciarle la cabeza. Seguía temblando, y sí, era de miedo. Fue la primera vez que intuí lo que estaba pasando. Lo vi en sus ojos, o más bien en su mirada que se perdía a lo lejos como intentando escapar. Desconfiaba de mí, no me reconocía. No sé como lo sentí, pero no tuve dudas. Chucho, qué coño te pasa, ¿no ves que soy yo? Me dejó que lo acariciara y le pasé la mano por la cara muy despacio. Empezó a tranquilizarse, a regresar a sí mismo, y esa mirada nueva se fue diluyendo en la negrura de sus ojos.

Comentar estas cosas con los demás siempre es un problema. O no te entienden, o se cachondean discretamente. A diferencia de lo que muchos creen, se trata de fenómenos muy cotidianos en el ámbito doméstico que pasan desapercibidos por nuestro frenético ritmo de vida. Pero están ahí, latentes, con una paciencia infinita, esperando alguno de nuestros momentos bajos.

Pasó el tiempo y no se lo conté a nadie. Chucho iba a peor. Cada vez comía menos, era esquivo y silencioso, como si tratara de sorprenderme por la espalda. Ocho años son mucho tiempo para abandonar a un amigo sin motivos claros. No podía tirar a Chucho a la calle. Además, salvo el incidente del patio, no me había atacado ni había demostrado agresividad. En el veterinario me decían que estaba bien, que le cambiara el pienso por si el que le estaba dando le había dejado de gustar, pero nada más.

Aquella noche me despertó un ruido en la cocina. Bajé en silencio. Algo me presionaba el pecho desde dentro. No era miedo, sino algo más fuerte, más siniestro, más absurdo. Siempre dejo la luz de la cocina encendida, pero ahora estaba apagada. Me quedé parado en la escalera, dudando si encerrarme en mi cuarto y llamar a la policía, o averiguar si sólo había apagado la luz por equivocación antes de acostarme. Entré de un salto. La puerta, justo enfrente, estaba abierta, y la cortina se movía por la brisita que entraba desde fuera. Avancé asustado y confuso hacia el patio. Antes de llegar a la puerta, alguien entró corriendo y pasó por mi lado mirándome. Su barbilla, sus manos, su mirada… era yo, imposible, no me lo creo. Chucho no podía saber que era mi cuello y no el suyo cuando saltó sobre mí para destrozármelo de un tajo.

 

Relato incluido en Lapso.

Las puertas del autobús

L

Autobús

A Beto

Cualquiera que haya frecuentado los autobuses de Sevilla, habrá presenciado la siguiente situación. Una persona (suele ser un anciano) queda atrapada por las puertas de salida. Dos o tres segundos más tarde, varios pasajeros se giran para gritar al conductor que lo libere, no sea que la goma de las puertas o sus motores de cohete Saturn V lo partan por la mitad.

Así sucedió la otra tarde. Yo andaba distraído revisando tuits cuando, de pronto, varias voces se elevaron exigiendo la liberación de un anciano que había caído en la trampa. El conductor miró por el retrovisor, hizo una mueca y pulsó el botón con desgana. La puerta no se abrió. Volvió a darle un par de veces pero nada. El anciano pedía ayuda con leves quejidos que eran casi una tos suave. Algunos pasajeros corrían por el pasillo para gritarle al chófer a la cara, pero él ni se inmutaba. Parecía tomárselo como una cosa del destino. Asomé la cabeza por la ventana para pedir ayuda a la gente que estaba en la parada, y entonces noté que una parte del cuerpo del hombre no estaba dentro pero tampoco fuera. Algunos curiosos miraban con cierta inquietud, pero nadie lo ayudaba. Yo tampoco podía moverme. Estaba paralizado. El anciano ya había dejado de quejarse. El chófer arrancó el motor, metió primera y el autobús empezó a moverse. Ya apenas se veía parte de una pierna. “Ahí va otro más”, comentó alguien.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Sin retorno

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Metamorfosis de Narciso | Salvador Dalí
Metamorfosis de Narciso | Salvador Dalí

Despertó de la siesta algo azorado. Su novia sostenía un gato que nunca habían tenido como si llevara con ellos toda la vida. Le habló de quedar con alguien a quien no conocía en una casa de campo que no llegaron a comprar. Supo que había cambiado de dimensión mientras dormía, que ya no podría regresar, y eso no lo atemorizó tanto como la idea de todos los otros cambios que le deparaban.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Los clones

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Los clones

Cada cierto tiempo, un clon de su hijo pequeño surgía de pronto. A veces aparecía en una habitación, otras en medio de la noche. En ocasiones llamaba a la puerta. Su edad variaba levemente de la del original, a quien marcó tras la primera visita inesperada. Alguna vez se había preguntado qué hacer con ellos. Una sombra atravesaba su pensamiento, pero la desechaba con repugnancia. Cuando los miraba jugar, veía a sus hijos. Todos eran su hijo.

La señora

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La señora - FILHIN
La señora – FILHIN

Había entrado a trabajar en una finca preciosa. La dueña era una señora muy elegante, entrada en años pero agradable y educada. Él era jardinero. Alto, fuerte, apuesto. En su limitada concepción del mundo, creía que si conseguía acostarse con la señora, se aseguraría el trabajo de por vida, y quién sabe si alguna que otra gratificación extraordinaria. Su mujer, que parecía estar seca por dentro y por fuera, sólo quiso saber una cosa. «¿Está limpia?» Él asintió con la cabeza, muy despacio. «Entonces haz lo que debas, nos hace falta el trabajo.» Los primeros días se los tomó como un juego: ella lo estaría poniendo a prueba para divertirse. Pasaron las primeras semanas, los primeros meses, y empezó a temer por su trabajo. Se miraba al espejo interrogándose sobre los posibles defectos que la señora podía ver. Ensayaba frases encantadoras y excusas para entrar en su casa a cualquier hora. Pero nada parecía funcionar. Un día, mientras baldeaba una de las terrazas, creyó ver a la señora desnuda en una de las habitaciones. Se acercó con sigilo y espió entre los visillos. Ahí estaba ella, desnuda por completo, con marcas de la edad sobre un cuerpo apetecible y femenino, lleno de curvas sensuales y enigmáticas. Y frente a ella un hombre, también desnudo. Por su aspecto se diría que tenía más o menos la edad de ella, una cuidada barba blanca y una sonrisa imperturbable de oreja a oreja. En ese momento estalló. Salió corriendo hacia el interior de la casa, atravesó el recibidor, el salón y el pasillo frenéticamente, y se plantó frente a los amantes, sudando y con la cara desencajada. Sus ojos desprendían incomprensión y rabia, y todos sus músculos estaban tensos. Entonces, se tiró a los pies de la señora y le suplicó entre lágrimas que lo aceptara, que lo dejara entrar entre sus piernas. Anticipando una mirada cómplice a su compañero de juegos, ella se agachó y le acarició el pelo con dulzura. Le dijo algo al oído y lo levantó con suavidad. Lo acompañó hasta el recibidor en silencio y lo despidió con un portazo, sin darse la vuelta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Trámites

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Llevas toda la mañana esperando en la cola de Hacienda. Saltan números aleatorios. Todos menos el tuyo. En la espera te duermes y tienes sueños plácidos en lugares remotos y paradisíacos. De golpe un zumbido. Abres los ojos y estás solo. El ordenanza te indica la salida. Tu número parpadea, burlándose, en el monitor aséptico.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Nómadas

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Mientras todos duermen - Eduardo Martos
Mientras todos duermen – Eduardo Martos

Los telediarios seguían comentando las mismas noticias de siempre en un tono de grotesca normalidad, pero nosotros caminábamos como nómadas entre casas súbitamente abandonadas, por calles desoladas y envejecidas por la soledad. Nos organizábamos sobre la marcha y regresábamos a veces a nuestros antiguos hogares para traer comida y ropa limpia. Nunca nos quedábamos mucho tiempo en una misma casa, y sólo escogíamos las que todavía tenían agua corriente. Mis padres se resistían a irse. Pensaban que era algo pasajero, que los telediarios tenían razón. Dormíamos hacinados en una o dos habitaciones para protegernos unos a otros, y nos salían hongos en los pies por la humedad de los baños comunes. Sin darnos cuenta, llegó el día en que debíamos dar el salto a un lugar mucho más lejano, dormir al raso durante semanas y comer lo que torpemente encontráramos o cazáramos. Dudé y volví a casa de mis padres, que ya no estaban. Cuando intenté alcanzar al grupo, sólo quedaban calcetines rotos y alguna cantimplora. En ese momento estarían lejos, en alguna parte incierta, y estaba anocheciendo.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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