Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Hasta nunca, hijos de puta

H

Hasta nunca, hijos de puta

Señoras y señores ministros, banqueros, aristócratas, etcétera:

Somos el pueblo, que es un sinónimo de las personas sin cara y sin nombre que ustedes están acostumbrados a aplastar. Somos su entretenimiento, sus bufones. Nos quitan las oportunidades. Nos quitan el dinero. Nos quitan nuestros hogares. Nos quitan el futuro. Y nosotros, pobres gentes, no podemos hacer nada más que mirar y quejarnos sin armar mucho escándalo.

Por eso nos hemos rendido. Ya no tenemos fuerzas. Cuando reciban esta carta, ya tendrán con ustedes todos nuestros ahorros, los pocos que nos quedaban, pero que en suma son una fortuna. Esperamos que a estas alturas estén retozando entre los billetes en el lujoso hotel que les hemos pagado. Disfruten del momento, es algo único. Disfrútenlo a tope porque el veneno que impregnaba cuidadosamente cada una de esas hojas de infamia ya les habrá calado hasta la médula.

Hasta nunca, hijos de puta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El ciervo

E

El ciervo

A Isa

Conducía en la noche más profunda y cerrada intentando encontrar un pueblo que no aparecía en los mapas, y por supuesto tampoco en ningún GPS. Sólo podía intuir la densidad del bosque con las ráfagas de los faros en las curvas más pronunciadas, y su sola noción me inquietaba. En un par de ocasiones jugué a detener el coche y apagar luces y motor para sentir el miedo viscoso de ese bosque infinito. De pronto, tras una curva, iluminé un claro donde había una figura. Paré de golpe, sobre todo por la curiosidad. Era un ciervo con una cornamenta majestuosa. Estaba comiendo algo que había a sus pies. Recuerdo que alzó la vista y me clavó una mirada encendida de ojos rojos, la sangre derramándose entre los colmillos brutales, el cadáver humano yaciendo en el suelo, la oscuridad en el retrovisor cuando pisé a fondo para dejarlo todo atrás.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

¡Feliz Día del Libro!

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

No soy muy de días conmemorativos ni aniversarios, primero porque soy muy desmemoriado, y segundo porque me aterra el paso del tiempo. Pero el significado de este día requiere que haga una excepción porque es trascendental. El libro. Los libros.

Un libro es un objeto que, en determinadas ocasiones, esconde un alma. Es una puerta que te conecta directamente con pensamientos, sensaciones, lugares y momentos ajenos. Es un regalo. Posiblemente el más hermoso de todos los regalos del mundo.

Mi modesta aportación a un día como hoy es una serie de textos en los que un libro desempeña un papel más o menos definitivo. Me gustaría haber tenido tiempo de publicar otras creaciones en las que los libros son aún más cruciales, pero tendrá que ser en otro momento. Espero que os gusten:

Lecturas - FILHIN
Lecturas – FILHIN

El precio de los recuerdos
El precio de los recuerdos – FILHIN

La promesa

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La promesa | FILHIN
La promesa | FILHIN

A Auxi

¿Recuerdas aquel año que habías prometido llevarle flores al Señor? Siempre has sido muy devota, de no faltarle ni cuando caían chuzos de punta. Ahí estabas tú, puntual a tu cita, para que no se pusiera triste. ¡Y qué poquitas veces le has pedido algo! Aquella vez fue la única, creo, y por eso le prometiste un ramo de claveles rojos bien bonitos. Entonces sucedió aquello que donde otros ven una curiosa casualidad, tú ves algo más hermoso. ¿Y qué quieres que te diga? Si para ti es así, ¿qué más da lo que opinen los demás? Era la Madrugá, y llevábamos un buen rato en las sillas esperando que pasara el Señor. Aquel año faltaron los señores que tenemos delante desde hace tantos años, y en su lugar vino un matrimonio con una niña rubita y con la piel muy clara, ¿te acuerdas? ¡Claro que sí, cómo se te iba a olvidar! Venía el Señor caminando despacito como sólo él sabe hacerlo, y de pronto, se nos paró justo enfrente. ¡Ay, qué alegría te entró de tenerlo tan cerca, después de tanto esperar, de tantos días dándoselo todo! No sé si fue la brisa o que no estaba bien colocado, pero un clavel rojo se desprendió del paso y le cayó a la chiquilla en el regazo. Y con la naturalidad de los niños, se volvió sonriendo y te dijo: «Toma, para ti.»

 

Microrrelato incluido en Lapso.

¡Contente!

¡

Sintió que se moría y contuvo la respiración para evitar irse del todo. Así, quedó entre la vida y la muerte: viendo y oyendo y sintiendo frío y calor, pero sin poder moverse, sin poder hablar. Vivía en la más completa soledad, nadie llamaba nunca a su puerta. Nadie encontraría jamás su cuerpo eternamente moribundo.

En penumbra y de medio perfil

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Recibió una citación del juzgado para declarar por un presunto fraude. No sabía nada del asunto, ni siquiera había estado en esa lejana provincia, pero todo apuntaba que era él quien había cometido esos hechos. Supo entonces que le habían robado la identidad. Del otro no sabía nada. Dónde vivía, con quién se relacionaba, y sobre todo, cuál era su aspecto. En los largos meses de trámites y papeleo, declaraciones y justificaciones que no tendría por qué haber ofrecido, intentaba imaginarlo, recrear su aspecto, aunque lo más que lograba visualizar era su rostro en penumbra y de medio perfil. Le intrigaba por qué lo había elegido a él. Por qué, entre tantas identidades donde escoger, había optado por la suya. Con el tiempo se fue obsesionando, pensando más en el otro que en sí mismo, inventándose una vida de pendencia y riesgo constante. Un día se descubrió ideando cómo robar en una tienda, pero por suerte pudo salir antes de perpetrar el delito. Ya en casa, deseó quitarse todo eso de encima pero intuyó que el cambio era ya demasiado profundo. Por su mente pasó por un instante la idea de rajarse el cuello con la esperanza de que el otro, en algún lugar remoto, también cayera fulminado. Pero ese final se le antojaba demasiado histriónico, así que salió de su casa dejando la puerta abierta y vagó sin rumbo aparente durante varias horas. Paseos, inciertos trayectos en tren y breves horas en pensiones difuminaron o confundieron su noción del tiempo, y en medio de la noche llegó rendido a un barrio sucio y desordenado. Se dirigió sin pensar a la cancela entreabierta de un bloque antiguo y subió las escaleras. Había un largo pasillo, y al fondo, una puerta como todas las demás. Pero no era todas las demás. La empujó y cedió sin quejarse. En el recibidor, que estaba en penumbra, había un espejo en el que pudo atisbar un rostro ajeno, en penumbra y de medio perfil. Una mujer lo esperaba desnuda en una cama donde nunca había yacido. Lo miró sin sorpresa. Mientras, el otro ya habría llegado, se estaría acomodando en su biblioteca, se habría servido una copa de brandy sin hielo y estaría respirando con calma esa soledad que redimía todos aquellos años de persecución incesante.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Botas de agua

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Su madre siempre le había advertido que evitara el agua de la lluvia a toda costa. Su calzado siempre constó de un par de gruesas botas de goma hasta las rodillas. En alguna ocasión había sufrido severos castigos por llegar hasta el umbral de la puerta sin llevarlas puestas.

Hacía tiempo de eso y ya no vivía con su madre. Por eso y porque ese día había amanecido con un cielo limpio, decidió librarse de las botas de agua y usar un calzado más ligero. Salió a pasear sin pretensión de llegar a ningún lugar concreto, por el sencillo placer de hacerlo. La suela de las zapatillas era muy fina porque quería sentir el relieve del asfalto, las llagas de las losetas, las piedrecillas y los tapones de las botellas de plástico. De un momento a otro, un grupo de nubes oscuras cerró el día desde todos los flancos. Lo pilló por sorpresa, en medio de la nada, sin edificios en los que poder cobijarse de la lluvia inminente. Las primeras gotas no mojaron sus pies, pero no tardó en apretar y notó cómo el agua calaba desde abajo. Conforme se mojaba, empezó a sentirse débil, y también como si su estatura se fuera reduciendo lentamente. De pronto cayó al suelo y contempló, entre horrorizado y liberado, sus piernas de arena terminando de deshacerse en el suelo mojado.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Chucho

C

Chucho

Los perros ven cosas que los seres humanos ignoramos por completo. Y no me refiero al funcionamiento de su visión. Hace tiempo que venía notando que Chucho estaba raro. Le enseñaba la correa, signo inequívoco de vámonos a la calle, golfo, y se quedaba tirado en su colchón naranja, receloso. Antes casi me tiraba al suelo con esos saltos de pantera, estate quieto, hijoputa, que así no hay quien te ponga esto. Un mastín del Pirineo, un perrazo.

Una tarde vino un amigo a visitarme y se le lanzó a los pies como suplicando. Si no te conociera, pensaría que lo maltratas. Sí, claro, cualquiera tiene huevos de maltratarlo. Nunca lo había visto así. De hecho, siempre ha sido bastante pasota. Estuvo toda la tarde cerca de mi amigo. Cuando nos quedamos solos, se apartó de mí y se echó en su colchón, pero sin perderme de vista. Le di una chuchería, y ni por ésas. Será mi soltería, que ya te está afectando a ti también, porque no hay quien te entienda.

Lo más extraño pasó una mañana que volví a casa más temprano. Chucho conocía mis horarios y siempre me esperaba tras la puerta del patio, porque dentro de casa no lo dejaba solo. Aquel día, en cambio, no me estaba esperando. A través de la mirilla lo vi en una esquina, hecho un ovillo, tiritando. No podía tener frío. Tenía que ser miedo. Abrí la puerta y salí corriendo a ver qué le pasaba. Nada más verme, gruñó y me derribó de un salto. Entró en casa corriendo. Desde el suelo seguí su carrera desesperada con la vista. Cuando pasó por la puerta, se retiró como si hubiera alguien. Fui tras él, confuso. Quería echarle la bronca pero podía más la intriga de saber qué le había pasado. Me acerqué despacio. Estaba en su colchón. Me agaché y alargué la mano con cuidado para acariciarle la cabeza. Seguía temblando, y sí, era de miedo. Fue la primera vez que intuí lo que estaba pasando. Lo vi en sus ojos, o más bien en su mirada que se perdía a lo lejos como intentando escapar. Desconfiaba de mí, no me reconocía. No sé como lo sentí, pero no tuve dudas. Chucho, qué coño te pasa, ¿no ves que soy yo? Me dejó que lo acariciara y le pasé la mano por la cara muy despacio. Empezó a tranquilizarse, a regresar a sí mismo, y esa mirada nueva se fue diluyendo en la negrura de sus ojos.

Comentar estas cosas con los demás siempre es un problema. O no te entienden, o se cachondean discretamente. A diferencia de lo que muchos creen, se trata de fenómenos muy cotidianos en el ámbito doméstico que pasan desapercibidos por nuestro frenético ritmo de vida. Pero están ahí, latentes, con una paciencia infinita, esperando alguno de nuestros momentos bajos.

Pasó el tiempo y no se lo conté a nadie. Chucho iba a peor. Cada vez comía menos, era esquivo y silencioso, como si tratara de sorprenderme por la espalda. Ocho años son mucho tiempo para abandonar a un amigo sin motivos claros. No podía tirar a Chucho a la calle. Además, salvo el incidente del patio, no me había atacado ni había demostrado agresividad. En el veterinario me decían que estaba bien, que le cambiara el pienso por si el que le estaba dando le había dejado de gustar, pero nada más.

Aquella noche me despertó un ruido en la cocina. Bajé en silencio. Algo me presionaba el pecho desde dentro. No era miedo, sino algo más fuerte, más siniestro, más absurdo. Siempre dejo la luz de la cocina encendida, pero ahora estaba apagada. Me quedé parado en la escalera, dudando si encerrarme en mi cuarto y llamar a la policía, o averiguar si sólo había apagado la luz por equivocación antes de acostarme. Entré de un salto. La puerta, justo enfrente, estaba abierta, y la cortina se movía por la brisita que entraba desde fuera. Avancé asustado y confuso hacia el patio. Antes de llegar a la puerta, alguien entró corriendo y pasó por mi lado mirándome. Su barbilla, sus manos, su mirada… era yo, imposible, no me lo creo. Chucho no podía saber que era mi cuello y no el suyo cuando saltó sobre mí para destrozármelo de un tajo.

 

Relato incluido en Lapso.

Las puertas del autobús

L

Autobús

A Beto

Cualquiera que haya frecuentado los autobuses de Sevilla, habrá presenciado la siguiente situación. Una persona (suele ser un anciano) queda atrapada por las puertas de salida. Dos o tres segundos más tarde, varios pasajeros se giran para gritar al conductor que lo libere, no sea que la goma de las puertas o sus motores de cohete Saturn V lo partan por la mitad.

Así sucedió la otra tarde. Yo andaba distraído revisando tuits cuando, de pronto, varias voces se elevaron exigiendo la liberación de un anciano que había caído en la trampa. El conductor miró por el retrovisor, hizo una mueca y pulsó el botón con desgana. La puerta no se abrió. Volvió a darle un par de veces pero nada. El anciano pedía ayuda con leves quejidos que eran casi una tos suave. Algunos pasajeros corrían por el pasillo para gritarle al chófer a la cara, pero él ni se inmutaba. Parecía tomárselo como una cosa del destino. Asomé la cabeza por la ventana para pedir ayuda a la gente que estaba en la parada, y entonces noté que una parte del cuerpo del hombre no estaba dentro pero tampoco fuera. Algunos curiosos miraban con cierta inquietud, pero nadie lo ayudaba. Yo tampoco podía moverme. Estaba paralizado. El anciano ya había dejado de quejarse. El chófer arrancó el motor, metió primera y el autobús empezó a moverse. Ya apenas se veía parte de una pierna. “Ahí va otro más”, comentó alguien.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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