Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Mascarada

M

Mascarada | emartos.es

Un Mitsubishi Grandis se detiene en una zona tranquila de la Plaça dels Traginers. El conductor se baja y abre el maletero, y después, un compartimento que recuerda a los ingenios que usaban los berlineses para cruzar, de incógnito, el Muro. Puigdemont sale con dificultad. El sol lo ciega por un momento. Quiere detenerse a contemplar Barcelona en un día tan hermoso como histórico, pero lo empujan con urgencia hacia las cloacas. Un pequeño contingente de mossos fieles lo conducirá hasta el Parlament. Antes de que termine de bajar, le dan una protección para el calzado y los pantalones. Es su gran día y debe llegar impoluto. Está previsto que nadie los detendrá antes de colarse en el Parlament, y así sucede.

Nadie de su partido sabe que está allí, tampoco Torrent. Avanza con innecesaria cautela hasta llegar al Salón de Sesiones. Irrumpe con la imagen mental de todo el independentismo aplaudiendo su retorno con lágrimas en los ojos. En lugar de eso, se encuentra con una escena bastante extraña: todo el mundo lleva una careta de Puigdemont. Apenas se giran para ver quién ha entrado. Están escuchando a un orador que, a poco que pronuncia un par de frases, revela que se trata de un discurso de investidura.

Però què és això! —exclama, consternado.

Nadie lo mira. Todos siguen, con suma atención, el discurso de investidura de Puigdemont. Se da cuenta, entre extrañado y nervioso, que las bancadas de los constitucionalistas están llenas y que todos llevan su rostro. Está por jurar que esa menudita de pelo largo es Inés Arrimadas, que hace gestos de triunfo con el puño cerrado.

Traïció! —grita, con la sospecha de que Ciudadanos ha orquestado una pantomima para suplantarlo.

Què et passa? —le pregunta una señora Puigdemont a Puigdemont.

Que jo sóc Puigdemont! responde, encendido L‘autèntic.

Ja, i jo també le responde, sosegada, la señora Puigdemont a Puigdemont, mientras se gira hacia el Puigdemont que está siendo investido Puigdemont.

Se da la vuelta para pedir ayuda a su séquito, pero ya no están, o se han colocado caretas y se han integrado en la marea de falsos Puigdemont. Si alguien pudiera tomar una foto aérea de la sala, y pedirle a todo el mundo que mirara hacia arriba, sería un curioso homenaje a los libros de Martin Handford, con Puigdemont en lugar de con Wally. Rojo de ira, con el nervio del ojo izquierdo tiritándole de furia, corre hacia el impostor y lo aparta de un empujón.

Jo sóc Puigdemont! grita con los brazos en alto.

Hubiera podido esperar cualquier reacción menos que explotaran en carcajadas y aplaudieran la ocurrencia como si se tratara de un chiste de Eugenio.

Jo sóc Puigdemont! gritan todos al unísonoJo sóc Puigdemont! Jo sóc Puigdemont! Jo sóc Puigdemont!

Mientras todos gritan y ríen, la chica que cree haber identificado como Inés Arrimadas se acerca corriendo, exaltada, hasta que llega hasta él, que se encoge por instinto.

Jo sóc Puigdemont! —viene chillando, casi afónicaJo sóc Puigdemont!

Ahora, todos lo señalan con el dedo, como si estuvieran celebrando un rito tribal. No dejan de cantar lo que parece haberse convertido en un himno: Jo sóc Puigdemont!

Movidos por una fuerza invisible, todos se llevan la mano a la careta al mismo tiempo. Aunque ya lo intuye, Puigdemont no se atreve a cerrar los ojos para comprobar, horrorizado, que tras la careta está su rostro, repetido hasta la infamia en todos y cada uno de los hombres y mujeres que lo jalean y ya lo llevan en volandas hacia la calle.

Volver

V

A Auxi, con todo mi cariño

Neil deGrasse Tyson sugería que en nuestro universo, visto desde una realidad con más dimensiones, no tendría sentido hablar del tiempo que pasa. En esa realidad, puedes moverte por el tiempo como aquí nos movemos por el espacio. “¿Cuándo naciste?”, preguntaba. “Siempre estás naciendo”, se respondía. “¿Y cuándo vas a morir?”, preguntaba. “Siempre estás muriendo”, se respondía.

Aun como un mero ejercicio estético, es hermoso pensar que en alguna otra parte, una conciencia que podría ser la nuestra, vuelve a vivir los instantes más recónditos de nuestra vida. Y mientras, desde aquí, nosotros podemos volver a vivir los de quienes ya se han ido.

Recuerdos

R

Cuando la voz se quiebre, cuando la hora ya no importe, los recuerdos vendrán de muy lejos a ninguna parte. Se desparramarán buscando el lugar en el que solían cobijarse y no hallarán más que un calor que se disipa, un silencio trémulo. Soñarán con lo que fueron, lentamente irán cayendo en el letargo y se perderán para siempre.

Y alguna vez, en el futuro, resurgirán como si fueran nuevos en la mente de otro alguien.

Atardece

A

La luz del atardecer en la primavera tardía es la misma en todas las ciudades que he visitado. Es una luz sin luz apenas, idónea para recordar pasajes hermosos y abandonarse en un sentir fuera del tiempo.

El precio de los recuerdos

E

Recuerdos

La fotografía es un universo muy complejo y con grandes posibilidades para la ficción literaria. Hacía tiempo que me apetecía escribir una serie de cuentos que profundicen en ese mundo de imágenes que ocultan tanto. Por aquello de la originalidad, los voy a titular fotocuentos.

El primero de ellos se titula El precio de los recuerdos.

Visita furtiva

V

Pasaje bohemio - Eduardo Martos
Pasaje bohemio – Eduardo Martos

Llamaron a la puerta. Era tarde.

Abrí. Bruscamente me encontré con mi abuelo. Me retiré para que pasara. Ninguno dijo nada. Me miró como si hubiera errado durante años, transmitiéndome el peso de su ánimo torturado. Lo conduje hasta el salón y nos acomodamos, uno en cada sofá. Estuvimos un rato sin hablar ni mirarnos. Él observaba una foto donde salgo con mi padre y mi breve colección de libros de Aguilar. Al fin rompió el silencio:

—¿Me puedes dar el primer volumen de Kipling, por favor?

Su voz sonaba a súplica. Se lo acerqué mecánicamente, como el librero acostumbrado a obviar la magia de compartir un libro. Hojeó sus páginas en busca de algún párrafo que su memoria habría pulido hasta dejarlo irreconocible.

—«Charlie había probado el amor, que mata el recuerdo.» —citó de pronto, sonriendo— En las obras de Kipling suceden hechos sorprendentes con asombrosa sencillez. La vida no suele ser tan grata, salvo esta noche. Sólo quería recordar —dijo al fin—. Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado —repliqué.

Se miraba las manos.

—Soy viejo. Mis horas se agotan y siento que casi nada me queda —confesó. Era la primera vez que lo escuchaba hablar de sí mismo, no de sus circunstancias.

—¿De dónde vienes? —le pregunté— Pareces muy cansado.

—¿No te interesa el porqué? —respondió.

—Las causas son un engaño. Me interesan más los lugares, que son ineludibles.

—Momentos y lugares… —musitó mientras esbozaba una leve sonrisa—. No podrías haber sido más preciso. Ahora mismo estamos aquí, eso es lo que importa.

—Eso ya tampoco importa —le dije con marcada indiferencia. Me molestaba su vano intento de fingir proximidad.

Volvió al libro. Parecía contemplar una estampa sagrada o un paisaje prodigioso.

—Ya nunca volverá —dijo para sí—. El recuerdo no es suficiente.

Se levantó para irse. Lo acompañé a la puerta.

—Tienes razón —me dijo, ya en el umbral—. Sólo el lugar y el momento son relevantes. Todos los lugares y momentos que he desperdiciado sin remedio. Por eso he tomado una decisión.

Pensé que la edad empezaba a pesarle y quizá se le hubiera ocurrido alguna estupidez.

—A estas alturas, ¿no te conviene más esperar? —comenté no sin cierta ironía.

—Ya he esperado demasiado —respondió con solemnidad y pesadumbre—. Hace un rato, lejos de aquí, he deshecho mis errores —se detuvo para descansar.

—Anoche no podía dormir —musitó—. Como siempre, durante años, me torturaban mis recuerdos. En un lugar y un momento determinados —prosiguió— concebí a tu padre, y él, a su vez, te concibió a ti. Por eso estamos hablando ahora. Sin ese momento primero, ninguno de vosotros sería. Nunca os lo he dicho, pero vuestra existencia me hiere porque sois un espejo de mis errores, de mis ausencias, de mis excesos. En vuestras virtudes veo mis vicios; en vuestros éxitos, mis fracasos; en vuestra felicidad, mi desgracia. Como te decía, en los cuentos de Kipling los prodigios suceden con la normalidad de lo cotidiano. He aprovechado esa facilidad: antes de venir he aniquilado mi pasado. Cuando termine mi paseo, habré dejado de ser, y conmigo, todas mis consecuencias.

Dejó el libro sobre la mesa.

—Si no existierais —continuó—, yo sería libre. Antes de venir, en mi casa, he aniquilado vuestra existencia en mi pasado. De un momento a otro ya no podréis constreñirme más.

—¿Por qué has venido?

—Quería estar seguro de que no me arrepiento.

Se levantó para irse y lo acompañé, perplejo aún por su desvarío. Lo vi alejarse por el descansillo, en silencio. Nadie más lo vería esa noche. Quise decirle algo, pero ya no estaba. Mientras la puerta se cerraba, los cuadros del recibidor, el espejo inconsciente, el paragüero, la foto al fondo en la que me acompañaba un desconocido… Todas esas cosas se me antojaron repentina, inexorablemente ajenas. Corrí al teléfono para aliviar esa sensación de lejanía con la voz de mi madre. Supe que el mundo estaba terminando de olvidarme cuando me dijo que no conocía a nadie con mi nombre, que no había tenido hijos, que nunca llegó a casarse.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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