Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Descenso

D

Ascensor

Entró en el ascensor con su bebé en brazos, tratando de no despertarlo. Hacía rato que había caído la noche y quería llegar a casa. Necesitaba llegar a casa. Pulsó el botón con ese cero que bien podría ser una O, y el ascensor comenzó a descender. Le pareció que tardaba más de lo habitual, pero no se había detenido: seguía bajando. Ya tenía que haber llegado a la planta baja, pero el ascensor continuaba su descenso monótono. Lentamente, la cabina se detuvo y sonó el timbre de la puerta. Ante sus ojos se abría el Infierno, vacío de todo y repleto de cosas, ya con la noche bien entrada, su bebé en brazos, su indefenso bebé en brazos.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Abrupto

A

Pajarita

A gritos, tirando de tus manos y tus pies bruscamente, con lágrimas en los ojos, te dicen que está muerto, está muerto, ven con nosotros, está muerto, y te sacan corriendo de un dormitorio que no reconoces, pasas por corredores en penumbra donde hay gente comiendo ratas rebozadas, llegas a una casa vieja donde los otros apartan a un tumulto de plañideras, te conducen por un pasillo angosto y húmedo, te plantan en medio de un cuarto iluminado apenas por una velita y por fin ves al finado, blanco y tieso y ya ido, vestido con un esmoquin y una pajarita que tú nunca usarías, sin esa sonrisa que te caracteriza, sin esa sonrisa tierna y muda que ya se ha ido para siempre.

 

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Las manos del otro

L

Las manos del otro | FILHIN
Las manos del otro | FILHIN

Quebranto no despliega la brusquedad del momento. Angustia y agonía no son lo bastante ensordecedoras. En todo ese ahogarse y tener que salir a respirar sin voluntad, en todo ese desorden de personas, olores, luces y objetos que le prometían que iba a estar bien, que todo había sido muy rápido, que debía seguir adelante, a ella sólo le quedaban las manos de él. Esas manos gruesas y templadas que hace apenas un rato la acariciaban por dentro, envolviendo todo su ser en silencio. Quiso tanto volver a sentirlas que se imaginó que las suyas no eran ya sino las del otro. Sintió la aspereza de los callos provocados por las cuerdas de la guitarra, la fuerza sólida de esos dedos hábiles, el frío de la primera vez que tocó el mar, de noche, en una cala remota a la que nunca podría volver. Se abrazó como si fuera él quien la abrazaba, cogiéndose los hombros con firmeza. Entonces quiso sentirlo más de cerca, sentir sus brazos, sentir su pecho. Cerró los ojos y se abandonó a sus brazos largos y robustos. Esos brazos que la llevaron a cuestas cuando se desmayó en medio del temporal. Esos brazos que le arrancaban la nada y la devolvían siempre a la vida. Esos brazos. Nadie más que ella sabía que eran sus brazos que la rodeaban sin prisa. Respiró hondo y no fue su pecho el que llenó sino el de él, amplio y vigoroso, lleno de vida por un largo momento efímero. Respiraba como si fuera algo recién aprendido, un hecho prodigioso que le arrancó algunas lágrimas sin saber bien por qué. Respiraba por él, a través de él, rodeada todavía por sus brazos, sostenida por sus manos. Casi no le costó trabajo figurarse sus piernas como columnas de granito, su espalda donde había dormido las horas más felices. Casi no le resultó extraño que las manos del otro enjugaran la última lágrima que rodaba por una mejilla que ya apenas era suya.

 

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Las puertas del autobús

L

Autobús

A Beto

Cualquiera que haya frecuentado los autobuses de Sevilla, habrá presenciado la siguiente situación. Una persona (suele ser un anciano) queda atrapada por las puertas de salida. Dos o tres segundos más tarde, varios pasajeros se giran para gritar al conductor que lo libere, no sea que la goma de las puertas o sus motores de cohete Saturn V lo partan por la mitad.

Así sucedió la otra tarde. Yo andaba distraído revisando tuits cuando, de pronto, varias voces se elevaron exigiendo la liberación de un anciano que había caído en la trampa. El conductor miró por el retrovisor, hizo una mueca y pulsó el botón con desgana. La puerta no se abrió. Volvió a darle un par de veces pero nada. El anciano pedía ayuda con leves quejidos que eran casi una tos suave. Algunos pasajeros corrían por el pasillo para gritarle al chófer a la cara, pero él ni se inmutaba. Parecía tomárselo como una cosa del destino. Asomé la cabeza por la ventana para pedir ayuda a la gente que estaba en la parada, y entonces noté que una parte del cuerpo del hombre no estaba dentro pero tampoco fuera. Algunos curiosos miraban con cierta inquietud, pero nadie lo ayudaba. Yo tampoco podía moverme. Estaba paralizado. El anciano ya había dejado de quejarse. El chófer arrancó el motor, metió primera y el autobús empezó a moverse. Ya apenas se veía parte de una pierna. “Ahí va otro más”, comentó alguien.

 

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Sin retorno

S

Metamorfosis de Narciso | Salvador Dalí
Metamorfosis de Narciso | Salvador Dalí

Despertó de la siesta algo azorado. Su novia sostenía un gato que nunca habían tenido como si llevara con ellos toda la vida. Le habló de quedar con alguien a quien no conocía en una casa de campo que no llegaron a comprar. Supo que había cambiado de dimensión mientras dormía, que ya no podría regresar, y eso no lo atemorizó tanto como la idea de todos los otros cambios que le deparaban.

 

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El dedo

E

Luna | Eduardo Martos
Luna | Eduardo Martos

Le señaló la Luna, se quedó mirando el dedo y se lo arrancó porque creía que encerraba en su interior la magia de la noche.

 

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La invitación

L

Carne

Era un conversador sin igual, tenía unos modales casi tan exquisitos como los platos que servía, y un apetito insaciable por todos los placeres de la vida. Esta noche le había propuesto cenar en la oscuridad. Así, decía, el sentido del gusto se acentuaba y la comida alcanzaba una dimensión casi sobrenatural. La invitación le resultó tan extraña como atractiva, aunque no podía entender cómo iba a mejorar su comida, que siempre tenía un toque indescifrable. Regó los entremeses con un vino que optó por no revelar y que los envolvió con sensaciones lentas y sinuosas. Pudieron pasar minutos, horas o meses, pero no importaba. Durante la cena sintió un alivio equivalente a estar en suspensión o a descansar relajadamente sobre el agua. Todo era delicioso, sublime, como de otro mundo. Esta vez se había superado. Quiso decírselo, pero no encontró las palabras precisas y temió estropear el momento. Entonces notó que habían estado todo el tiempo en silencio. Como ya se acercaba el momento del postre, le preguntó si podía desvelarle el secreto de los platos. Susurrando, le pidió que se acercara. Al intentar levantarse cayó bruscamente al suelo. Tras el desconcierto inicial, tratando todavía de asimilar lo que había pasado, descubrió que no tenía piernas, sus tiernas y exquisitas piernas.

Los clones

L

Los clones

Cada cierto tiempo, un clon de su hijo pequeño surgía de pronto. A veces aparecía en una habitación, otras en medio de la noche. En ocasiones llamaba a la puerta. Su edad variaba levemente de la del original, a quien marcó tras la primera visita inesperada. Alguna vez se había preguntado qué hacer con ellos. Una sombra atravesaba su pensamiento, pero la desechaba con repugnancia. Cuando los miraba jugar, veía a sus hijos. Todos eran su hijo.

La señora

L

La señora - FILHIN
La señora – FILHIN

Había entrado a trabajar en una finca preciosa. La dueña era una señora muy elegante, entrada en años pero agradable y educada. Él era jardinero. Alto, fuerte, apuesto. En su limitada concepción del mundo, creía que si conseguía acostarse con la señora, se aseguraría el trabajo de por vida, y quién sabe si alguna que otra gratificación extraordinaria. Su mujer, que parecía estar seca por dentro y por fuera, sólo quiso saber una cosa. «¿Está limpia?» Él asintió con la cabeza, muy despacio. «Entonces haz lo que debas, nos hace falta el trabajo.» Los primeros días se los tomó como un juego: ella lo estaría poniendo a prueba para divertirse. Pasaron las primeras semanas, los primeros meses, y empezó a temer por su trabajo. Se miraba al espejo interrogándose sobre los posibles defectos que la señora podía ver. Ensayaba frases encantadoras y excusas para entrar en su casa a cualquier hora. Pero nada parecía funcionar. Un día, mientras baldeaba una de las terrazas, creyó ver a la señora desnuda en una de las habitaciones. Se acercó con sigilo y espió entre los visillos. Ahí estaba ella, desnuda por completo, con marcas de la edad sobre un cuerpo apetecible y femenino, lleno de curvas sensuales y enigmáticas. Y frente a ella un hombre, también desnudo. Por su aspecto se diría que tenía más o menos la edad de ella, una cuidada barba blanca y una sonrisa imperturbable de oreja a oreja. En ese momento estalló. Salió corriendo hacia el interior de la casa, atravesó el recibidor, el salón y el pasillo frenéticamente, y se plantó frente a los amantes, sudando y con la cara desencajada. Sus ojos desprendían incomprensión y rabia, y todos sus músculos estaban tensos. Entonces, se tiró a los pies de la señora y le suplicó entre lágrimas que lo aceptara, que lo dejara entrar entre sus piernas. Anticipando una mirada cómplice a su compañero de juegos, ella se agachó y le acarició el pelo con dulzura. Le dijo algo al oído y lo levantó con suavidad. Lo acompañó hasta el recibidor en silencio y lo despidió con un portazo, sin darse la vuelta.

 

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Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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