Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagmicrorrelatos

¡Feliz Día del Libro!

¡

Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

No soy muy de días conmemorativos ni aniversarios, primero porque soy muy desmemoriado, y segundo porque me aterra el paso del tiempo. Pero el significado de este día requiere que haga una excepción porque es trascendental. El libro. Los libros.

Un libro es un objeto que, en determinadas ocasiones, esconde un alma. Es una puerta que te conecta directamente con pensamientos, sensaciones, lugares y momentos ajenos. Es un regalo. Posiblemente el más hermoso de todos los regalos del mundo.

Mi modesta aportación a un día como hoy es una serie de textos en los que un libro desempeña un papel más o menos definitivo. Me gustaría haber tenido tiempo de publicar otras creaciones en las que los libros son aún más cruciales, pero tendrá que ser en otro momento. Espero que os gusten:

Lecturas - FILHIN
Lecturas – FILHIN

El precio de los recuerdos
El precio de los recuerdos – FILHIN

La promesa

L

La promesa | FILHIN
La promesa | FILHIN

A Auxi

¿Recuerdas aquel año que habías prometido llevarle flores al Señor? Siempre has sido muy devota, de no faltarle ni cuando caían chuzos de punta. Ahí estabas tú, puntual a tu cita, para que no se pusiera triste. ¡Y qué poquitas veces le has pedido algo! Aquella vez fue la única, creo, y por eso le prometiste un ramo de claveles rojos bien bonitos. Entonces sucedió aquello que donde otros ven una curiosa casualidad, tú ves algo más hermoso. ¿Y qué quieres que te diga? Si para ti es así, ¿qué más da lo que opinen los demás? Era la Madrugá, y llevábamos un buen rato en las sillas esperando que pasara el Señor. Aquel año faltaron los señores que tenemos delante desde hace tantos años, y en su lugar vino un matrimonio con una niña rubita y con la piel muy clara, ¿te acuerdas? ¡Claro que sí, cómo se te iba a olvidar! Venía el Señor caminando despacito como sólo él sabe hacerlo, y de pronto, se nos paró justo enfrente. ¡Ay, qué alegría te entró de tenerlo tan cerca, después de tanto esperar, de tantos días dándoselo todo! No sé si fue la brisa o que no estaba bien colocado, pero un clavel rojo se desprendió del paso y le cayó a la chiquilla en el regazo. Y con la naturalidad de los niños, se volvió sonriendo y te dijo: «Toma, para ti.»

 

Microrrelato incluido en Lapso.

¡Contente!

¡

Sintió que se moría y contuvo la respiración para evitar irse del todo. Así, quedó entre la vida y la muerte: viendo y oyendo y sintiendo frío y calor, pero sin poder moverse, sin poder hablar. Vivía en la más completa soledad, nadie llamaba nunca a su puerta. Nadie encontraría jamás su cuerpo eternamente moribundo.

En penumbra y de medio perfil

E

Recibió una citación del juzgado para declarar por un presunto fraude. No sabía nada del asunto, ni siquiera había estado en esa lejana provincia, pero todo apuntaba que era él quien había cometido esos hechos. Supo entonces que le habían robado la identidad. Del otro no sabía nada. Dónde vivía, con quién se relacionaba, y sobre todo, cuál era su aspecto. En los largos meses de trámites y papeleo, declaraciones y justificaciones que no tendría por qué haber ofrecido, intentaba imaginarlo, recrear su aspecto, aunque lo más que lograba visualizar era su rostro en penumbra y de medio perfil. Le intrigaba por qué lo había elegido a él. Por qué, entre tantas identidades donde escoger, había optado por la suya. Con el tiempo se fue obsesionando, pensando más en el otro que en sí mismo, inventándose una vida de pendencia y riesgo constante. Un día se descubrió ideando cómo robar en una tienda, pero por suerte pudo salir antes de perpetrar el delito. Ya en casa, deseó quitarse todo eso de encima pero intuyó que el cambio era ya demasiado profundo. Por su mente pasó por un instante la idea de rajarse el cuello con la esperanza de que el otro, en algún lugar remoto, también cayera fulminado. Pero ese final se le antojaba demasiado histriónico, así que salió de su casa dejando la puerta abierta y vagó sin rumbo aparente durante varias horas. Paseos, inciertos trayectos en tren y breves horas en pensiones difuminaron o confundieron su noción del tiempo, y en medio de la noche llegó rendido a un barrio sucio y desordenado. Se dirigió sin pensar a la cancela entreabierta de un bloque antiguo y subió las escaleras. Había un largo pasillo, y al fondo, una puerta como todas las demás. Pero no era todas las demás. La empujó y cedió sin quejarse. En el recibidor, que estaba en penumbra, había un espejo en el que pudo atisbar un rostro ajeno, en penumbra y de medio perfil. Una mujer lo esperaba desnuda en una cama donde nunca había yacido. Lo miró sin sorpresa. Mientras, el otro ya habría llegado, se estaría acomodando en su biblioteca, se habría servido una copa de brandy sin hielo y estaría respirando con calma esa soledad que redimía todos aquellos años de persecución incesante.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Botas de agua

B

Su madre siempre le había advertido que evitara el agua de la lluvia a toda costa. Su calzado siempre constó de un par de gruesas botas de goma hasta las rodillas. En alguna ocasión había sufrido severos castigos por llegar hasta el umbral de la puerta sin llevarlas puestas.

Hacía tiempo de eso y ya no vivía con su madre. Por eso y porque ese día había amanecido con un cielo limpio, decidió librarse de las botas de agua y usar un calzado más ligero. Salió a pasear sin pretensión de llegar a ningún lugar concreto, por el sencillo placer de hacerlo. La suela de las zapatillas era muy fina porque quería sentir el relieve del asfalto, las llagas de las losetas, las piedrecillas y los tapones de las botellas de plástico. De un momento a otro, un grupo de nubes oscuras cerró el día desde todos los flancos. Lo pilló por sorpresa, en medio de la nada, sin edificios en los que poder cobijarse de la lluvia inminente. Las primeras gotas no mojaron sus pies, pero no tardó en apretar y notó cómo el agua calaba desde abajo. Conforme se mojaba, empezó a sentirse débil, y también como si su estatura se fuera reduciendo lentamente. De pronto cayó al suelo y contempló, entre horrorizado y liberado, sus piernas de arena terminando de deshacerse en el suelo mojado.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Ejecución

E

Presionando fuertemente sobre su cabeza, le indicó el procedimiento con frialdad:

—Los técnicos incrustan el cañón de la pistola en el cráneo para minimizar el recorrido de la bala. De esa forma, el sufrimiento es casi inexistente.

Antes de pasar a la cámara de ejecución, me permitieron despedirme de mi familia, a la que ya no volvería a ver. Toda mi vida (la futura, la que no iba a vivir ni a sentir) se dibujaba vertiginosamente en mi mente. Me quedarían unos minutos en esa sala blanca, aséptica, con esos extraños contemplando mi horrible final. Sentí que el mundo se me escapaba por los pies y traté de urdir algún plan de fuga, que resultó ser completamente inútil. La puerta estaba abierta y los técnicos me esperaban con la pistola cargada.

El aliento en la cara

E

Creyó escuchar la puerta trasera. Llevaba largo rato dormido, sería un sueño. Después, pisadas acolchadas subiendo desde la primera planta. Supo que era inevitable cuando sintió el aliento en la cara del perro al que había colgado en la tarde, el gruñido precursor, los ojos imposibles brillando en la habitación sombría.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Descenso

D

Ascensor

Entró en el ascensor con su bebé en brazos, tratando de no despertarlo. Hacía rato que había caído la noche y quería llegar a casa. Necesitaba llegar a casa. Pulsó el botón con ese cero que bien podría ser una O, y el ascensor comenzó a descender. Le pareció que tardaba más de lo habitual, pero no se había detenido: seguía bajando. Ya tenía que haber llegado a la planta baja, pero el ascensor continuaba su descenso monótono. Lentamente, la cabina se detuvo y sonó el timbre de la puerta. Ante sus ojos se abría el Infierno, vacío de todo y repleto de cosas, ya con la noche bien entrada, su bebé en brazos, su indefenso bebé en brazos.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Abrupto

A

Pajarita

A gritos, tirando de tus manos y tus pies bruscamente, con lágrimas en los ojos, te dicen que está muerto, está muerto, ven con nosotros, está muerto, y te sacan corriendo de un dormitorio que no reconoces, pasas por corredores en penumbra donde hay gente comiendo ratas rebozadas, llegas a una casa vieja donde los otros apartan a un tumulto de plañideras, te conducen por un pasillo angosto y húmedo, te plantan en medio de un cuarto iluminado apenas por una velita y por fin ves al finado, blanco y tieso y ya ido, vestido con un esmoquin y una pajarita que tú nunca usarías, sin esa sonrisa que te caracteriza, sin esa sonrisa tierna y muda que ya se ha ido para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Las manos del otro

L

Las manos del otro | FILHIN
Las manos del otro | FILHIN

Quebranto no despliega la brusquedad del momento. Angustia y agonía no son lo bastante ensordecedoras. En todo ese ahogarse y tener que salir a respirar sin voluntad, en todo ese desorden de personas, olores, luces y objetos que le prometían que iba a estar bien, que todo había sido muy rápido, que debía seguir adelante, a ella sólo le quedaban las manos de él. Esas manos gruesas y templadas que hace apenas un rato la acariciaban por dentro, envolviendo todo su ser en silencio. Quiso tanto volver a sentirlas que se imaginó que las suyas no eran ya sino las del otro. Sintió la aspereza de los callos provocados por las cuerdas de la guitarra, la fuerza sólida de esos dedos hábiles, el frío de la primera vez que tocó el mar, de noche, en una cala remota a la que nunca podría volver. Se abrazó como si fuera él quien la abrazaba, cogiéndose los hombros con firmeza. Entonces quiso sentirlo más de cerca, sentir sus brazos, sentir su pecho. Cerró los ojos y se abandonó a sus brazos largos y robustos. Esos brazos que la llevaron a cuestas cuando se desmayó en medio del temporal. Esos brazos que le arrancaban la nada y la devolvían siempre a la vida. Esos brazos. Nadie más que ella sabía que eran sus brazos que la rodeaban sin prisa. Respiró hondo y no fue su pecho el que llenó sino el de él, amplio y vigoroso, lleno de vida por un largo momento efímero. Respiraba como si fuera algo recién aprendido, un hecho prodigioso que le arrancó algunas lágrimas sin saber bien por qué. Respiraba por él, a través de él, rodeada todavía por sus brazos, sostenida por sus manos. Casi no le costó trabajo figurarse sus piernas como columnas de granito, su espalda donde había dormido las horas más felices. Casi no le resultó extraño que las manos del otro enjugaran la última lágrima que rodaba por una mejilla que ya apenas era suya.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

Contacto

Categorías

Archivos

Este sitio web utiliza cookies + info

ACEPTAR
Aviso de cookies