Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagliteratura

Actualidad

A

Fútbol

Si alguien te interroga sobre fútbol o actualidad política y no sabes qué responder, pregúntale cuál fue el último clásico que leyó o qué opina sobre algún descubrimiento científico reciente. Si responde, probablemente habrás encontrado a un interlocutor interesante.

Billy

B

Les Paul - sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)
Les Paul – sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)

A GuK

Llevaba en planta desde las seis de la mañana.

Se le conocía por sus riff delirantes y agresivos. Su vida se basaba en el instante y nunca tuvo problemas para quedarse con la más guapa. Pero por encima de todos los acordes, de las guitarras reventadas contra los bafles y de las melenas agitándose al son de sus dedos, lo que más le importaba (lo único, dirían algunos) era su voz. Cascada, por supuesto, y sin llegar a ser chillona, no era todo lo cavernosa que cabría esperar viendo su cara de malas pulgas. Parecía metálica, pero no con la limpieza del metal trabajado, sino áspera como el fragmento de roca que se extrae de la mina.

El vasito de whisky no faltaba nunca en su mesa. Ni la botella sin etiqueta, todo un enigma. Se lo había hincado del tirón y sin respirar. En su cabeza resonaba todavía el estruendo del último concierto. La gente lo aclamaba, y las tías se le insinuaban como perras para llamar su atención y acabar en su camerino esa noche. Se dejaba arrastrar por los maremotos acústicos que sacudían la sala, se perdía en ellos y gritaba las frases sin pensar en nada más. Había rechazado el sexo porque no podía sacarse una melodía de la cabeza. Se fue a casa solo, andando y medio emporrado.

Sentado frente a la ventana, viendo pasar a toda esa gente estúpida y responsable que iba a trabajar, se preguntaba si su vida era auténtica. Siempre hacía lo que le daba la gana, sin pensar en las consecuencias, como el sonido brutal que se pierde galopando a través de las paredes de cualquier garito underground de mala muerte. Estaba nostálgico, que en su jerga quiere decir hasta los huevos de esa perra vida de ir de un lado para otro como un mendigo. En el escenario no se sentía especial. Jamás se había sentido especial. Sólo tocaba y olvidaba sus rencores.

Bruscamente había anochecido. La gente, como en un espejo, volvía a sus casas. Se levantó, cogió su Epiphone Les Paul 100 rojo cereza (le parecía más pesada) y la enchufó en el amplificador. El punteo se quedó en un manso quejido. Abrió la boca y sólo consiguió un ronquido. Treinta años de drogas y alcohol le habían anulado los dedos y le habían destrozado las cuerdas vitales. Sólo su carácter, terco y duro como sus canciones, herido y mutilado, seguía gritando en la soledad de su silencio.

 

Relato incluido en Lapso.

Extraños

E

Pub - Eduardo Martos
Pub – Eduardo Martos

Quedamos en Nervión, como siempre. La efusividad nos precede, pero pronto advertimos que no sabemos dónde podríamos cenar. Cada uno hace sus cábalas, y mientras andamos, se forman grupos de conversación itinerante. Sentimos la fría noche por las bufandas de Harry Potter y los adornos de Navidad. Vamos descartando bares: demasiado pequeño, muy caro, no tienen tapas, cierran en media hora. Finalmente encontramos uno bastante amplio. El problema es que no tiene mesas suficientes. Intentamos aglomerarnos en una zona de la barra, pero ese pasillo es propiedad de los camareros. Hay cuatro mesas separadas, en medio de las cuales un grupo de personas parece haber terminado de cenar: falsa impresión. El camarero no nos permite unirlas porque hay que dejar un pasillo según la normativa; nadie la conoce, probablemente tampoco él. Decidimos esperar, sentados de dos en dos, a que paguen la cuenta para lanzarnos sobre la mesa como la víctima elegida por el depredador. Las conversaciones fluyen, al principio, entre las cuatro mesas. Las palabras van dejando paso a los gestos, a los saludos casuales. Entretanto, la bebida se va calentando y los platos se vacían. Me quedo mirando una de nuestras mesas sin saber quiénes están sentadas. Maribel me mira y sonríe, y ya las reconozco; la cerveza, pienso. Las conversaciones ya se han reducido a un par de anécdotas entre las mesas más cercanas. De vez en cuando se cruzan miradas entre otras mesas, pero ya no significan gran cosa. Pablo es el paso previo de la máquina de tabaco. Echa las monedas, da el cambio, alarga el paquete y ofrece consejos sobre la vida y la metafísica. A una señora le pregunta si sabe lo malo que es fumar, y la señora se ríe asustada. Las palabras que intercambian las mesas cercanas se reducen al pan y a las próximas raciones. Aterrizan las cartas de postres, que nadie llega a usar. Pagamos una cuenta común que por momentos nos resulta fuera de lugar. Nos levantamos para irnos, todos a la vez. Cuando salimos a la calle, dispersos de dos en dos, no cruzamos ningún comentario ni nos despedimos.

Cuando salimos a la calle somos perfectos extraños.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Viajes

V

"Volverán las oscuras golondrinas..." - Eduardo Martos
“Volverán las oscuras golondrinas…” – Eduardo Martos. Este monumento está en el Parque de María Luisa, en Sevilla, guardado por un ámbito místico de sensaciones y de plantas. Bécquer habita en todos los rincones de Sevilla, pero sobre todo en ese círculo vegetal.

A Gustavo Adolfo Bécquer

Es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o soñó que lo leía?), los viajes de Julio Verne.

Ha cruzado la calle. Ha cruzado deprisa, pero no le urge llegar a ninguna parte. «Es extraño —piensa—, yo he salido a pasear, no tengo prisa.» La prisa lo acecha y lo altera. En esta época tan veloz, donde acaso suceden etapas históricas en un puñado de años, donde las naciones cambian de dueño como un coche, el individuo (cuando existe, cuando es individuo y no parte de la masa informe) debe tener cuidado de no caer en el vértigo, en la prisa letal. Ha cruzado la calle como si nada, como si no hubiera sucedido tiempo al caminar. Ha sido uno de esos momentos sordos en los que todo sucede alrededor, sin participación de la calma interior. Se asombra porque de pronto ya está caminando cerca del Parque de María Luisa, a donde no esperaba haber llegado aún. «Pero aquí estoy paseando.» El Parque lo entretiene y le trae recuerdos. Aquí trajo a sus novias y río con ellas; aquí vino arrastrando el pesado corazón roto, junto a la estatua de Bécquer (que no se parece a Bécquer) y esas otras figuras que quizá son hadas, o quizá la desesperación. Ahora mira el rostro impenetrable del que fue su escritor predilecto. Ahora ya no sabe a quién elegir: estos dilemas se los ha ido planteando la edad, estos dilemas se los han impuesto. La piedra de la estatua se le antoja más gastada, más pulida por las miradas y los sueños de los jóvenes. El árbol también parece envejecido, mayor, más sereno. El aire, sin embargo, es el de hace veinte años; ese aire denso y perfumado de misterios, de flores secretas, de polen arcano. Aquí decidió su vida; o se decidió, porque al recrear los momentos advierte que apenas intervino en su desarrollo. Ahora podría ser un hombre casado (¿feliz?), tener hijos (feliz, sin duda; la soledad es un exceso demasiado nocivo). Ahora no pasearía solo y sus recuerdos siempre le traerían sonrisas. Cada vez que viene observa que los jóvenes visten de forma distinta, pero invariablemente son las mismas caras de ilusión y ensoñación. Quiere recuperar esa ilusión, ser joven por dentro y sonreír (quiere creer que aún le quedan ganas).

Prefiere los paseos y los árboles a la Plaza de España y a las… Se entretiene buscando mochuelos y búhos que nunca divisa. También le divierte encontrar edificios nuevos. A veces pasa años sin venir al Parque y, claro, en estos tiempos acelerados… Se plantea si alguna vez destruirán el Parque, porque sería un asesinato de misterios y de sueños y recuerdos. ¡Qué van a saber ellos de estas cosas! No tienen conciencia para entenderlo. El Parque y sus paseos arbolados. El Parque y sus rincones sobrenaturales. El Parque y sus ruidos inexplicables.

Vuelve a la Glorieta de Bécquer. Ha sido demasiado rápido y lo descubre: la estatua está distinta, más vieja; y el árbol sin duda ha crecido. ¡Han pintado los bancos! Los viajes no le gustan, pero esta vez no es mareo lo que siente, y esta vez está viajando, lo sabe. Siente agobio, siente miedo, vértigo, siente cosas que sólo pueden insinuarse, convulsiones del alma, ¿nostalgia? Una nostalgia violenta. Hace mucho que no viene por aquí, es cierto, pero no tanto como para… El tiempo pasa, los relojes sentencian sin piedad como el viento en los viajes. ¿Cuánto hace que vino con su última novia, que se sintió forzado a venir con ella? ¿Dónde ha estado desde entonces? Los ruidos del Parque potra vez, esos enigmas efímeros, esquivos, que tan vagamente expresa el lenguaje. En ellos se siente familiar, íntimo, aunque para él mismo son misterios. El sonido es rápido, viaja a gran velocidad. ¿Qué se siente en el sonido? ¿Cómo pasa el tiempo en su interior? Con resignación anticipa su existencia atroz, que las plantas dejarán de ser las mismas de hoy en día, que la cara de Bécquer se caerá a pedazos y que acaso otro poeta reclamará esta plazuela, que el árbol morirá, que los ruidos permutarán infinitas veces pero seguirán oyéndose siempre. Poco importan ya sus recuerdos, los recuerdos de una vida que apenas llegó a dirigir. Tampoco importa la gente a la que casi no ve, o que ve a ráfagas, como gotas de lluvia coloreadas y horizontales.

Entre las hojas que al caer del otoño ya son primavera, se acerca a la estatua y la toca; es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o leyó que lo soñaba?), los viajes de Julio Verne, su viaje. ¿Su viaje? Su deslizamiento, su evasión. No sabe cuándo ni cómo; en algún instante de horrores y pesadilla, de voluntad ausente, en alguna trivialidad mal llevada, bajo la luz incidente de un molesto farol, entre el humo del tabaco que nunca fumó. Se desliza y suena, aún (siempre) en el misterio. Anochece en el parque, lentamente.

 

Relato incluido en Lapso.

Día de los abandonados

D

Día de los abandonados

Si todo ha ido bien, en estos momentos me encuentro en el acto Feliz Día de los Abandonados, organizado por Ediciones en Huida y amablemente acogido por La Carbonería. Es curioso, porque circunstancias distintas de las previstas al escribir estas líneas, podrían impedirme estar allí, y de alguna manera se habría creado una especie de realidad paralela: Mientras realmente no estoy allí, algunos afirmarían que estoy allí realmente.

El caso es que vamos a leer algunas creaciones más o menos relacionadas con el amor, pero desde esa perspectiva desengañada y solitaria tan propia de los románticos del XIX. Y claro, entre unos y otros, haremos que ese lugar y ese momento sean mágicos durante un rato.

Lecturas en La Carbonería (A renglón seguido)

L

Pues sí, por fin llegó aquella tarde y todo fue muy divertido. El día había empezado bien: Un desastre en forma de catarata en el piso de mis suegros (el vecino de arriba olvidó cerrar el grifo) amenizó la mañana, y de camino a La Carbonería, un incendio justo al lado del local. Pero al final, como decía, fue muy divertido y conocí a gente interesante con la que pude compartir un rato agradable leyendo nuestras locuras.

Algunas de las lecturas están publicadas aquí, como Las horas felices y Música. La cosa pertenece a Lapso, ese libro del que tanto hablo y que en breve volverá a estar a la venta.

El vídeo, cortesía de los chicos de FILHIN, lo improvisamos sobre la marcha, y es más que nada un experimento que no ha quedado mal del todo. Concretamente lo grabó Isa, que tuvo la amabilidad de acompañarme para ayudarme a sobrellevar mi famosa timidez.

Os ofrezco mis servicios

O

100 pesetas - Roberto
100 pesetas – Roberto (http://bit.ly/VaWJfC)

Se tiende a pensar que la literatura no es un sector lucrativo. Sin embargo, no son pocos los ejemplos cotidianos de lo rentable que puede ser. Ahí están la saga de Harry Potter, o las obras de John Grisham, Dan Brown o Stieg Larsson.

Mientras me llega el turno de hacerme rico con la literatura, he pensado que estaría bien compartir mis conocimientos y habilidades con otras personas, y de ahí que haya creado este sencillo apartado que describe con detalle cómo puedo echar una mano. En principio la he abierto con tres servicios: Escritor a medida, Maquetación de revistas y libros, y Corrección de estilo. Con el tiempo es posible que los amplíe.

Así que ya sabes, si necesitas que te eche una mano con alguno de estos aspectos, o conoces a alguien en esa situación, no dudes en avisarme.

La sombra del Tenorio

L

Sesión nocturna - Eduardo Martos
Sesión nocturna – Eduardo Martos

La luz baja, el murmullo acallándose, y de pronto, la tos en estéreo y algunos que se acomodan, un medio silencio aceptable y el telón, modificado pero el mismo en esencia. ¿Me gustará una obra que no he leído? El teatro no se lee, esto creo haberlo aprendido. El teatro es como el cine. ¿Quién prefiere leer un guión a ver la película? No concibo que un relato, una novela, puedan ser interpretados. Habría que verlo, sería curioso, interesante y acaso fructuoso. La poesía se presta en ocasiones a ser una canción. La pintura y la arquitectura, la música y la escultura, y ese otro arte que cada cual encierra en su ámbito, no se me antojan mutables. Pero el teatro… sin duda se presta a serlo, y por suerte así fue creado por los griegos. O tal vez los griegos lo heredaron de una cultura ancestral que se perdió en la memoria de los hombres porque su antigüedad era insoportable, tan remota que una prueba de su existencia sería un insulto para la ciencia moderna.

Ya Don Juan se ha levantado y se marcha del escenario. Auguro que será una buena obra, es decir que me gustará. Aquel de allí no para de toser. Yo también estoy resfriado y contengo la tos. La suya no es muy profunda, tose por vicio. El de atrás se mueve demasiado. Y los actores no alzan la voz. El Tenorio es un león, un tigre. Su proximidad me amenaza. Mi novia está aquí todavía. Siento que algo en este instante y esta sala podría arrebatarme de su lado. El de la tos ahora carraspea con algo metálico en la voz.

Agradezco mi gradual entrada en el mundo que la obra propone, la clara comprensión de las palabras y los gestos que al principio no entendía. También ayudan las luces y las sombras. El patio de butacas está cada vez más oscuro. A veces creo estar físicamente en la calle que los actores evocan, y ellos no son actores sino personas reales, y ese mundo parece no tener salida: parece sombrío y ebrio. La idea de una cultura arcana que inventara el teatro aparece asociada a un recuerdo indefinido que tiene que ver con esa calle; una representación atroz que terminaba convirtiéndose en realidad; un rito cuya esencia, cuyo clímax, eran el instante que separa ficción y realidad.

Don Juan reclama al Cielo un instante de justicia, una oportunidad para su alma. Don Juan grita, Don Juan ruge, amenaza y reniega de Dios. Don Juan me da miedo. Los actos corren deprisa, como la mujer que, sabiéndose anhelada, huye burlona de los brazos del hombre. Don Juan habla con Don Gonzalo, por una vez suplica y promete sincero, pero el Cielo rechaza sus palabras y su alma. Don Luis Mejías, Don Gonzalo, Doña Inés, mueren.

Admiro la sala, más tranquila, más pétrea y oscura que el terrible panteón que ahora visita el Tenorio. Entre el anterior acto y éste hay sólo una mención en los diálogos, pero en mi memoria, de una forma inexplicable, se hallan todas las horas de todos los días de los infatigables años que los separan, como si mi alma hubiera sido la sombra de Don Juan. Y una sombra es lo que siento, una oscuridad que me acecha en la negrura impenetrable de la sala.

La tos metálica, vuelvo al escenario, vuelvo a la sala, vuelvo a la butaca. Esa tos inconfundible parece ahora más cercana, y en el instante en que lo noto, calla. El Tenorio entra en escena, en la cena con sus amigos y el convidado de mármol. Sale a ver quién llama.

De nuevo la incómoda tos… Parece venir del asiento de delante, pero es tal la oscuridad que no puedo distinguir siquiera si está ocupado. Como un resorte miro a la derecha: mi novia sigue aquí, sigue ahí, la presiento incluso en la tiniebla… El Tenorio está lejos, no me la puede arrebatar. Además, acaba de ser muerto a manos del Capitán Centella, y casi de inmediato sentencia de forma impecable: «El Dios de Don Juan Tenorio.» Ya ha muerto y su amenaza es imposible.

La gradual disipación de las sombras me devuelve a mi realidad, donde esos temores son absurdos, donde mi novia está conmigo, me quiere, donde Don Juan Tenorio no existe, o a lo sumo, está muerto. La gente se levanta perezosa entre comentarios vagos y casi nada originales. La brisa nocturna me despeja al salir. La extraña sensación de peligro se ha desvanecido por completo. Rodeo a mi novia por la cintura. Apenas tres pasos y vuelvo a escuchar la tos, esa tos metálica, inquietante, tras de mí. Instintivamente me giro. Hay mucha gente de pie, observando, mirándome. Creo que son los espectadores de la obra. Aturdido, compruebo que sus trajes y vestidos son de otra época, que no hay farolas en la calle, bañada apenas por la mortecina luz de la luna, que el suelo no está asfaltado ni acerado… Pero de pronto regreso a la realidad, a la calle moderna. Permanecen inmóviles. Uno de ellos tose y lo reconozco, se adelanta. La forma de caminar, implacable y segura, su mirada penetrante, su nombre: Don Juan Tenorio, grabado en su frente y en su sangre negra. En un instante desenvaina y me atraviesa el pecho con una limpia estocada. La vida se me derrama por la herida. Los espectadores (ya sin duda lo son), y mi novia con ellos, observan en silencio. Cuando caigo de rodillas, aplauden emocionados, y lo último que veo al caer a los pies del asesino, como su sombra, es a mi novia en brazos del Tenorio, con lágrimas en los ojos, con lágrimas de amor y alegría en los ojos.

 

Relato incluido en Lapso.

Náufrago

N

Pale blue dot
Pale blue dot – http://bit.ly/UEqAgl

No son el padre o la madre quienes mejor conocen a su hijo, sino aquellos que lo acompañan en el decurso de los días.

A Julio

Lentamente, como inducido por una poderosa convicción, miró atrás y vio con extrañeza la silueta azul que tantas fotografías le mostraron antes. Era distinta…

En sus lentos pensamientos había restos de muchos lugares visitados tan sólo con la imaginación, con el sueño. En sus recuerdos se confundían millones de formas, colores… visiones en fin; y apenas unos cuantos olores, sonidos y sensaciones táctiles. Casi había olvidado pronunciar las palabras: su última conversación había tenido lugar diez años atrás, cuando él tenía apenas quince. Era un viajero.

A veces, cuando contemplaba desde su ventana, sentía vértigo. Las cosas que veía (para él eran cosas) se alejaban a gran velocidad y desaparecían en la oscuridad. Era un naúfrago espacial, perdido en el cosmos inmenso. Hacía tiempo que no pronunciaba su nombre, y si aún lo recordaba era porque no había perdido el hábito de escribir y de leer los libros que guardaba en su ordenador. El tiempo transcurría arbitrariamente. Su vida no llevaba un ritmo constante: dormía horas sueltas y comía cuando le apetecía. Por suerte, disponía de una tecnología capaz de proporcionarle oxígeno y alimento ilimitados… y una existencia errante.

No sentía nostalgia por su planeta ni por su especie, sino por los mundos que desaparecían de su contemplación a cada instante. Muchas veces tuvo sueños perfectos, que al despertar lo dejaban inmóvil y silencioso, reflexionando en los conocidos contornos de su cápsula, en los objetos que odiaría si no fuera porque los necesitaba. Apenas era consciente de lo que significaba la vida. Se había convertido en un observador de materia inerte, aunque a él le parecía, a su extraña manera, viva.

A diferencia de otros náufragos, como los que protagonizaban algunas de las novelas que había leído, a él no le había sucedido nada, ninguna aventura; ni siquiera una enfermedad, ya que aparte de estar sellada por dentro, la cápsula estaba libre de microbios, y sus genes habían sido analizados en previsión de posibles defectos futuros. Además, la nave estaba diseñada para evitar casi todas las formas del suicidio, excepto la inanición. Por último, su trayectoria estaba calculada para evitar cualquier colisión. Los imprevistos podía solucionarlos el plan de emergencia de la cápsula, que era irrompible. Tenía asegurada, pues, una larga vida, una larga serie de instantes monótonos que intentaba convertir en distracciones. En su situación no tenía otra posibilidad que ser algo parecido a un filósofo, ya que podía usar poco más que su mente y un pequeño gimnasio que le permitía mantenerse en buena forma física. Cada objeto, dependiendo del momento en que lo mirara, podía convertirse para él en cualquier cosa. Un vaso de agua, por ejemplo, podía ser una forma de calmar la sed y también un nexo entre el Universo visto desde dentro, que era su perspectiva al mirar por la ventana, y desde fuera, que se correspondía con su observación del agua, donde están contenidos los átomos que la componen; átomos que, como él, están suspendidos por fuerzas desconocidas.

En una zona de la cápsula donde no podía entrar había un laboratorio con documentos humanos e información suficiente para crear todas las formas de vida conocidas por el hombre. Este proyecto, una hermosa fantasía de los hombres primitivos, era la última esperanza de los visionarios que lo diseñaron. Él tenía una grabación donde se detallaba el objetivo de su misión. Un emotivo mensaje explicaba que había sido enviado por los últimos seres humanos con la esperanza de hallar una especie que los ayudara: se estaban extinguiendo sin remedio. No entendió nada de esto cuando lo metieron en la cápsula y lo lanzaron en una dirección incierta del vasto Universo. Las palabras de la locución eran las pocas que todavía pronunciaba. No tenía grabaciones musicales ni sonidos porque algún día, en un pasado difuso, las destruyó todas, hastiado por su soledad. No dejaba de culparse por ello, pero era tarde. También había roto el generador de olores. Sin embargo, aún conservaba la grabación de su misión.

Sólo la cápsula, en un medidor oculto, registraba la distancia recorrida. El número exacto no importa en un Universo tan inmenso que, para un humano, es infinito. Las ilusiones y delirios ya no lo atormentaban. Ni siquiera le quedaba el consuelo de estar loco. El náufrago pensó que quizá no era el único, que podía haber otros seres como él surcando el vacío. Esta idea se la inspiró la grabación, que veía con frecuencia. No les guardaba rencor, y no concebía la posibilidad de que hubieran enviado a otra persona. Con dificultad retenía el concepto de persona. De no haber tenido la grabación, ya no pensaría de tal forma. Sin embargo, una persona no era para él un ser vivo, sino un objeto más inerte que cualquier estrella. No en vano las personas no eran más que representaciones virtuales proyectadas por un objeto sin vida. Las estrellas, en cambio, estaban ahí, al alcance de la mano, refulgentes de vida y energía luminosa.

Había pasado toda su juventud gastando las mismas rutinas, y entre todas ellas no se encontraría nada que hubiera hecho un joven en condiciones normales.

Siendo ya un anciano soñó con un gran bosque (jamás había visto un bosque). Percibía con claridad los sonidos extraños, las estrellas, incomprensiblemente inmóviles, la humedad de la brisa fresca, el agua de un río donde su mano se movía sin motivo aparente, los matices del bosque, azules por la oscuridad… Sintió que la corriente del río era, como su vida, un viaje perpetuo. Sintió que esas palabras no eran suyas, sino de alguien que fue griego y se llamó Heráclito. En ese instante se giró, y con serenidad y armonía, contempló a una hermosa mujer hacia la cual sentía un amor muy poderoso, un amor antiguo y conocido. Se acercó y la besó. Ella sonrió, y entre juegos hicieron el amor. Con la certeza que da la edad comprendió que el río no era eterno, que se detendría en algún instante de la Eternidad, el único río que siempre fluye. La mujer le confesó que tendría un hijo suyo. Se recostó en el lecho de su amada, y sintiendo con la mayor intensidad de su vida, lloró lleno de plenitud.

Mucho o poco tiempo después, la cápsula fue recogida por los avanzados habitantes de un planeta muy lejano. El náufrago estaba muerto, pero en sus labios había una sonrisa. Tras examinar la cápsula, los habitantes crearon un nuevo planeta donde vivirían seres humanos con todos los recuerdos de su especie. Llamaron Heráclito al planeta, que en su lengua significaba náufrago.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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