Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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La señora

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La señora - FILHIN
La señora – FILHIN

Había entrado a trabajar en una finca preciosa. La dueña era una señora muy elegante, entrada en años pero agradable y educada. Él era jardinero. Alto, fuerte, apuesto. En su limitada concepción del mundo, creía que si conseguía acostarse con la señora, se aseguraría el trabajo de por vida, y quién sabe si alguna que otra gratificación extraordinaria. Su mujer, que parecía estar seca por dentro y por fuera, sólo quiso saber una cosa. «¿Está limpia?» Él asintió con la cabeza, muy despacio. «Entonces haz lo que debas, nos hace falta el trabajo.» Los primeros días se los tomó como un juego: ella lo estaría poniendo a prueba para divertirse. Pasaron las primeras semanas, los primeros meses, y empezó a temer por su trabajo. Se miraba al espejo interrogándose sobre los posibles defectos que la señora podía ver. Ensayaba frases encantadoras y excusas para entrar en su casa a cualquier hora. Pero nada parecía funcionar. Un día, mientras baldeaba una de las terrazas, creyó ver a la señora desnuda en una de las habitaciones. Se acercó con sigilo y espió entre los visillos. Ahí estaba ella, desnuda por completo, con marcas de la edad sobre un cuerpo apetecible y femenino, lleno de curvas sensuales y enigmáticas. Y frente a ella un hombre, también desnudo. Por su aspecto se diría que tenía más o menos la edad de ella, una cuidada barba blanca y una sonrisa imperturbable de oreja a oreja. En ese momento estalló. Salió corriendo hacia el interior de la casa, atravesó el recibidor, el salón y el pasillo frenéticamente, y se plantó frente a los amantes, sudando y con la cara desencajada. Sus ojos desprendían incomprensión y rabia, y todos sus músculos estaban tensos. Entonces, se tiró a los pies de la señora y le suplicó entre lágrimas que lo aceptara, que lo dejara entrar entre sus piernas. Anticipando una mirada cómplice a su compañero de juegos, ella se agachó y le acarició el pelo con dulzura. Le dijo algo al oído y lo levantó con suavidad. Lo acompañó hasta el recibidor en silencio y lo despidió con un portazo, sin darse la vuelta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Trámites

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Llevas toda la mañana esperando en la cola de Hacienda. Saltan números aleatorios. Todos menos el tuyo. En la espera te duermes y tienes sueños plácidos en lugares remotos y paradisíacos. De golpe un zumbido. Abres los ojos y estás solo. El ordenanza te indica la salida. Tu número parpadea, burlándose, en el monitor aséptico.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Aquello que…

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Bastón Ayer se descubrió preguntándole a su hijo: «A veces olvido cosas, ¿verdad?» Así es desde que mamá se fue. Uno a uno, les ha escrito una carta para dar una fiesta. Hijos, nietos, amigos, pasan el día con él viendo álbumes de fotos, riendo anécdotas felices. Es una despedida tácita: quizá mañana los mire sin volver a verlos.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Nómadas

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Mientras todos duermen - Eduardo Martos
Mientras todos duermen – Eduardo Martos

Los telediarios seguían comentando las mismas noticias de siempre en un tono de grotesca normalidad, pero nosotros caminábamos como nómadas entre casas súbitamente abandonadas, por calles desoladas y envejecidas por la soledad. Nos organizábamos sobre la marcha y regresábamos a veces a nuestros antiguos hogares para traer comida y ropa limpia. Nunca nos quedábamos mucho tiempo en una misma casa, y sólo escogíamos las que todavía tenían agua corriente. Mis padres se resistían a irse. Pensaban que era algo pasajero, que los telediarios tenían razón. Dormíamos hacinados en una o dos habitaciones para protegernos unos a otros, y nos salían hongos en los pies por la humedad de los baños comunes. Sin darnos cuenta, llegó el día en que debíamos dar el salto a un lugar mucho más lejano, dormir al raso durante semanas y comer lo que torpemente encontráramos o cazáramos. Dudé y volví a casa de mis padres, que ya no estaban. Cuando intenté alcanzar al grupo, sólo quedaban calcetines rotos y alguna cantimplora. En ese momento estarían lejos, en alguna parte incierta, y estaba anocheciendo.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El cazador de tiempo

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Lapso - Eduardo Martos
Lapso – Eduardo Martos

Hace un rato has recibido un sobre con algunos manuscritos. Es raro que alguien envíe manuscritos hoy en día. Los escritores suelen enviarte copias digitales que borras casi de inmediato. La lectura se ha convertido en un hábito escaso, y la escritura se resiente en consecuencia. El sobre no tiene remite. Incluye un puñado de relatos breves. También hay una carta que has apartado para después. Del primer relato, sin título, parece que sólo hay un fragmento:

«Las tardes siempre pasan rozando el sucio espejo que cuelga de la pared y se mueve con el viento. Ahí estoy atrapado por algo que apenas me permite moverme. El ambiente se ha vuelto lento y mi figura demasiado hierática.

»De vez en cuando la recuerdo; recuerdo su forma de andar, de moverse y sonreír… ¡Oh! ¿Qué desgracia me conserva con vida y no me concede la muerte?

»El polvo se acumula sobre mis manos cansadas y estas canas que me rozan la frente. Los días pasan y no quiero moverme, como la comida y el agua no quieren venir a mí. Tan sólo deslizo la mano sobre las hojas y escribo frases apagadas.

»Ya ni siquiera encuentro distracción en la escritura, y mucho menos en la efímera vida. La habitación es conocida hasta la desesperación y los nombres que trae a mi recuerdo quedan muy lejos de mi situación actual. Tan sólo quiero viajar hacia ella…»

Si fuera una autobiografía, podría tener cierto interés, pero como un fragmento de una historia bastante típica, deja mucho que desear. Sin embargo, algo te impide arrugar el papel y tirarlo a la papelera. Un impulso muy profundo te instiga a seguir leyendo. En condiciones normales, los títulos de esos relatos provocarían que ni siquiera te molestaras en pasear la vista por la primera línea. Pero mecánicamente (y no sin cierto placer ajeno) empiezas a leer y descubres que tiene calidad y un estilo original, lo cual ya bastaría para que apostaras por su obra. Pero sabes que no es eso lo que te punza desde dentro. Es algo más. Algo indefinible que nunca antes se había movido en tu interior. Sientes que el tiempo se detiene mientras devoras esos textos fuera de toda clasificación, donde las personas se transforman en notas de una melodía, o hay civilizaciones muy avanzadas cuyos ciudadanos, que mueren si dejan de correr tras una presa, se dan caza sin descanso. Y de pronto ya no hay más. Te gustaría que hubiera más hojas, más locuras en forma de cuento, más material para empezar a trabajar en un libro que revolucionaría la literatura contemporánea, no tanto por la construcción de los argumentos o los personajes que apenas bosqueja, sino por esa capacidad de seducción innata que crece a cada palabra, ese matiz que crea un sello inconfundible, un vehículo de sensaciones que provocan (¿cómo llamarlo?) un instinto de antigüedad. Pero sólo te queda la carta que acompaña este escaso material, y en ella, la esperanza de poder contactar con su autor y concertar una cita. Es una carta muy breve. Será un principiante (nunca te ha gustado la palabra novel) o alguien cansado de sus propios méritos ilusorios.

«Vivo en una decente habitación de alquiler, en una zona apartada de la gran ciudad, como usted, aunque en una época muy anterior a su nacimiento. Una cama deshecha y una mesa con papeles acumulados en un cuidado desorden son mis únicos compañeros desde hace tiempo. Reconozco que las atenciones a mi cuerpo ya no son tan frecuentes como antes. En las horas de sol bajo, apuro mis paseos por esta habitación buscando la inspiración que me abandona sin piedad hasta que decide regresar sin previo aviso.

»Le cuento estos detalles en apariencia insignificantes para que visualice mi situación actual. Es importante que lo haga.

»Soy un escritor fracasado. Fracasado por la sociedad y por la vida. A la sociedad se lo perdono. Estaban incapacitados para entenderme y me dieron la espalda, asustados y altaneros. A la vida no. Ella… Su belleza, su inteligencia, estaban por encima de todos. La vida me cambió y ella se marchó asustada. Me abandonó y nunca tuve la oportunidad de volver a verla…

»¡No se atreva a juzgarme! ¡Usted no me conoce! Pero pronto lo hará.

»Ahora que me ha visto, sabe que no puede parar de leer. Mis palabras ya lo tienen y no lo soltarán hasta que yo quiera. Usted es ahora un cazador de tiempo. Ya no siente más deseo que el de cazar tiempo. No importa lo lejos que esté. Va a seguir cazando tiempo hasta que llegue a mí, a esta habitación, a este preciso instante, para que yo me reúna por fin con ella.»

Así es. Te tienen. Intentas desviar la mirada pero no puedes. Tu voluntad es apenas un quejido ahogado que suena a lo lejos. La luz de la tarde se derrama sin prisa en tu habitación y te deja entrever que ya no estás ahí. No eres más que una serie de palabras que, como la melodía de su relato, flotan en la nada. Palabras que viajan hacia el pasado hasta que él, en su espera minuciosa, les dé caza y las use para llegar hasta ella. Palabras que son el último vehículo de tiempo vagamente articulado, pieza por pieza, hace miles de años.

 

Relato incluido en Lapso.

Delicioso bocado

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Pixelated Crumb - http://bit.ly/pcE93o
Pixelated Crumb – http://bit.ly/pcE93o

Un leve espasmo y la pierna extendida cogiendo más de su mitad de la cama indica inequívocamente que se ha dormido. Su larga melena ha capturado el aroma del exquisito pastel que ha preparado esta tarde. A él le cuesta un poco más coger el sueño, tiene demasiadas preocupaciones rondándole la cabeza. Las orejas le tiemblan en un gesto que es mitad nerviosismo, mitad cansancio. Se ha echado con hambre, pero ya era tarde para cenar. De un momento a otro está soñando. Se encuentra en una habitación donde todo es blanco y sólo hay una mesa, también blanca, en el centro. Sobre ella hay un pastel muy apetecible. Se acerca porque su olor lo inunda y lo embriaga. No hay cubiertos, así que decide morderlo a la vieja usanza. Al principio le cuesta dar el primer bocado, está muy duro. Pero cuando lo consigue, un cálido relleno se abre paso y riega el pastel y su agradecida lengua. Es un cálido relleno carmesí que se le antoja crema de frambuesa y que ya se derrama por toda la mesa, por el suelo, entre sus manos inquietas. Es un sabor delicioso que lo incita a seguir comiendo. A medida que va arrancando pedazos del pastel, éste parece hacerse más grande, al igual que su apetito. Sigue mordiendo, masticando, saboreando y tragando sin medida, y el pastel no se acaba. Nunca ha probado nada parecido. Se detiene a gozar de la jugosa textura y del aroma que deja una vez que pasa por el paladar. De pronto siente un ligero cosquilleo en la nariz y se despierta. Está mojado, pringoso. Enciende la luz y ve las sábanas blancas teñidas de carmesí, como sus manos y el suelo, a su novia en el centro de la cama, dormida para siempre.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Segundo viaje a Venecia

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Góndolas, Venecia - http://filhin.es
Góndolas, Venecia – http://filhin.es

Lina ha llamado para recordarle tres o cuatro reuniones. ¿Tres? ¿O cuatro? Bueno, qué más da, ella siempre llama otra vez. El día está nublado pero no tanto como para evitar la calculada luz difusa que entra por el amplio ventanal del salón, inundando la sala de la calma justa que necesitaba el lienzo de la pared opuesta. Es su preferido. Una fotografía a color del embarcadero de góndolas de la Piazza di San Marco, en Venecia, ese lugar fotografiado por casi todos los turistas que pasean por la plaza, repetido hasta la saciedad en postales y guías de viaje. Pero ese lugar, el de la fotografía, es único. El enfoque, el encuadre, la luz capturada con habilidad, el minucioso revelado para no alterar su esencia… No hay otra fotografía igual. Las hay mejores y peores, pero todas distintas a ésta, demasiado iguales entre sí. El lugar que refleja ya no existe, o sólo existe en ese trozo de lámina impresa. La conoce a la perfección. Cada detalle, cada reflejo en el canal, cada sutil cambio de tonalidad. Sabe que no sería posible volver allí y repetir esa fotografía. La luz, las barcas, el nivel del agua… todo habría cambiado. El timbre del teléfono arruina sus divagaciones. Se va de casa, no sin dedicarle una última mirada.

Durante el día realiza sus tareas mecánicamente, sin impregnarse de ellas. No quiere que nada toque su armonía interior. De fondo, cuando se apartan todos los ruidos, queda el rumor incesante del embarcadero, la madera crujiendo y el agua chapoteando despacio entre las góndolas. Ese viaje fue muy especial. La encontró y la perdió allí. Nunca supo su nombre, pero en tres días llegó a conocerla mejor que a cualquier otra persona de su vida. No hubo más palabras que las necesarias. El misterio veneciano hizo el resto. Ella surgió de la nada, de repente, y tomó lo que quiso sin preguntar, sin cortejos que hubieran supuesto una irreparable pérdida de tiempo. Vivieron una vida nueva dentro de sus vidas impostoras y luego se fue en la niebla de la noche. Sin despedirse. Sin remordimientos. La última tarde en Venecia hizo la fotografía del embarcadero, donde apareció por primera vez, acaso para conservar su esencia imperturbable y encontrarse con ella, sin estar, cada vez que la recordara. El brusco frenazo del autobús disipa sus pensamientos. Es su parada.

Ya en casa, tras una larga ducha, pijama y batín, prepara la cena y se acomoda en el salón. Le gusta tener su tiempo y su espacio, un orbe que nadie pueda invadir. Su coraza es sencilla. Se compone de una rutina bien definida, una serie de pequeños caprichos a su alcance y teléfono y timbre desconectados para evitar intromisiones. Su minucioso paraíso dispone, además, de un plan de emergencia. Si alguna costumbre se ve alterada por un imprevisto, tiene alternativas a la altura de su exigencia. Por ejemplo, si una reunión se prolonga de manera no deseada y tiene que sacrificar su cena ritual, recurre a un baño caliente con alguna lectura relajante y un fondo musical neutro. Todo está medido. Todo tiene su sitio y su momento. Por eso el sobresalto, el susto, la respiración entrecortada al mirar el lienzo y descubrir, al fondo, cerca de la isla de San Giorgio Maggiore, una góndola que nunca había estado. Se levanta. Se acerca muy despacio. Se queda un rato mirando la fotografía, estudiando su recuerdo palmo a palmo. En esa zona no había nada. No tenía que haber nada. Sólo agua. Y sin embargo ahí está, desafiando su memoria, quebrando su paraíso efímero. Casi no se distingue del agua, pero está ahí. Inexplicablemente. Molestamente está ahí. Permanece un rato mirando ese fragmento de la imagen, tratando de recordar. Depende tan sólo de su memoria porque no tiene más copias y el original se perdió. Todos esos pensamientos pueden haber movido el reloj algunas horas. El cansancio le pesa en cada músculo. Se va a dormir.

El sueño apenas le proporciona alivio. Un sueño sin sueños, un vacío noctámbulo cargado de duda. Y al despertar, la otra góndola. Puede que no haya nada, que su imaginación le jugara una mala pasada. Sin pensar, se aventura por el pasillo y llega al salón. Despeja el ventanal y observa el lienzo. Sí, en efecto, la góndola sigue ahí. Ahora parece un poco más grande. Y parece que está más cerca. Con dificultad se distingue a dos personas a bordo, pero nada más. Se mira las manos y busca un espejo. Todo normal, como siempre. ¿Qué le está pasando? ¿Qué significa todo esto? No puede consultar con nadie porque esa imagen, ese instante preciso es suyo en exclusiva. Ni siquiera a ella, perdida entre las sombras de una ciudad infinita. Se aleja del lienzo despacio, sin dejar de mirarlo, con la góndola extraña al fondo.

Otro día de ir y venir, de ver rostros ajenos que le dicen cosas con una sólida argumentación que no le importan nada. Y la máscara constante de sonrisa ensayada, la frase feliz, el negocio cerrado. En uno de los tránsitos la ve desde la ventanilla del autobús. Pasa muy deprisa pero era ella, seguro. Intenta bajar, hay demasiada gente, no llega a tiempo y se le pasa la parada. Además, llega tarde a una reunión. A diferencia de otros días en los que le importa muy poco su profesión, hoy se le está notando más de la cuenta. Una disculpa de manual y sale a tomar el aire a una terraza desde la que se divisa la calle. Y allí, entre el tumulto, la ve, igual que cuando apareció por primera vez rodeada de extraños. Por impulso baja corriendo hasta la calle y la busca como un náufrago el bote salvavidas. La calle está abarrotada, es hora punta. Mira a un lado, a otro, avanza, levanta la cabeza, se tropieza, se asfixia, la ve al otro lado de la calzada girando la esquina de una bocacalle. Corre hasta allí, cuando llega no hay nadie, al final de la calle tampoco. De pronto recuerda la reunión. Lina habrá improvisado algo. Vuelve a casa. De camino evita mirar a la gente. No soportaría verla otra vez y no conseguir alcanzarla. El trayecto pasa sobre su cabeza, inadvertido.

Ya en el salón, comprueba sin demasiado asombro que la góndola está más cejada y se ha acercado un buen trecho. Tanto que puede distinguir a su pasajero (el gondoliere está de espalda), una mujer. Una mujer que es ella, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre las rodillas. Se frota los ojos pero sigue ahí. Quizá si regresara a Venecia, si la buscara con tenacidad… ¿Pero y si ya no está en Venecia? ¿Y si está en el lienzo o en la calle? Ella sabe quién es, dónde vive. Es cuestión de tiempo que suene el timbre o llegue al embarcadero y le haga una señal y el tiempo se detenga otra vez. Sólo tiene que esperarla. En sus cavilaciones va de un lado para otro. Súbitamente advierte que la góndola se ha alejado un poco. Se oye gritándole al gondoliere que reme más fuerte. Ha empezado a creer que pueden oírlo, que tiene influencia sobre lo que sucede al otro lado. Hoy tocaba su cena especial, pero no quiere alejarse tanto tiempo del lienzo. Su rutina, su virtuosa paciencia, empiezan a derrumbarse. La escena, sumergida en esa luz tan parecida a la que había cuando tomó la fotografía, hace que las góndolas parezcan cobrar volumen, entrar en el salón y mecerse lentamente con crujidos melancólicos. Esa imagen multiforme evoca la esencia de aquellos días, de aquella pasión volátil. ¿Qué tenía ella? ¿Qué la hacía tan especial, tan arraigada a esa ciudad de laberintos insondables y aparentemente dóciles? ¿Sería su habilidad para entrar sin llamar, para atravesar cualquier barrera y confundir su alma con la que estaba robando en silencio? La góndola se mueve apenas, tal vez más por el tímido oleaje que por los esfuerzos del remo. Ella sigue con la mirada baja, envuelta de misterio, aniquilando sus defensas al tiempo que alimenta su deseo. A ratos se asoma a la ventana y cree verla entre la multitud, pero si sale a buscarla y no es, si llega al embarcadero y le hace la señal y no está para verla… Una vez más piensa en Venecia, regresar allí, buscarla. Ese segundo viaje que ansía tanto como debe de ansiarlo ella. Se le antoja tan lejano como su cena, como su baño relajante, como el sonido del teléfono al fondo, será Lina, ella sabe qué hacer, siempre lo sabe.

 

Relato incluido en Lapso.

El precio de los recuerdos

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Recuerdos

La fotografía es un universo muy complejo y con grandes posibilidades para la ficción literaria. Hacía tiempo que me apetecía escribir una serie de cuentos que profundicen en ese mundo de imágenes que ocultan tanto. Por aquello de la originalidad, los voy a titular fotocuentos.

El primero de ellos se titula El precio de los recuerdos.

Los Idus de marzo

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Julio CésarPudo ser el día quince de marzo del año 44 a.C. Se celebraban los Idus en Roma. Las calles reunían a las gentes alborotando y riendo. Los espectáculos, que aún duraban, entretenían a los ciudadanos inconscientes del profundo cambio que se gestaba junto a ellos.

Por calles distintas caminaban distintos hombres, distintos propósitos. Cándidas togas distinguían a los autores de una de las más famosas páginas de la Historia. La toga también la llevaba quien había sido coronado con laurel y llevaba el cetro. Los senadores, pacientemente, esperaban al aclamado. Tan dignos actores lo recibieron como amigos y lo condujeron al interior del edificio, al que nadie había preguntado si quería formar parte de la obra.

Las fiestas seguían su curso. Los jóvenes, futuros senadores, caminaban despreocupados por una ciudad que contemplaba, impasible, cómo los acontecimientos estaban siendo barridos por un caprichoso péndulo histórico. Muchos no hubieran aceptado lo que estaba a punto de ocurrir. Pero acaso era tan fatal como necesario. Las columnas del Senado admiraban el paso de un hombre de quien se hablaba en cada rincón del mundo. Miraban también a los otros sin adivinar la intención de sus rostros. Todos caminaban hacia la sala que tantas veces los había acogido. Una vez allí, el sonido de los pasos quedó atrapado en el aire; las miradas congelaron la figura del hombre; varios puñales aparecieron tras el ondulante movimiento de las togas. Uno tras otro, fueron pasando junto al gran general, clavando, con el frío acero, el odio y envidia que había movido gran parte de la conspiración; las razones menores pudieron ser los intereses. No se asombró tanto el hombre de su muerte. No le importó tanto ver a Casio involucrado. La máxima decepción (la única, tal vez) fue saber la pérdida de Marco Junio Bruto, a quien él llamaba cariñosamente Bruto. Pronunció unas palabras, inaudibles casi por el tono de agonía, que el otro intentó desoír vanamente.

Alguien observaba tras una columna. Debió ser su persona la aclamaran las multitudes. Sin embargo, la Historia nos engañó. Kai su, teknon? no fueron las palabras pronunciadas por la agonía del hombre que estaba sentado, derrotado ya por las circunstancias y el deshonor. Fue el tiempo quien las provocó en su persona, el tiempo que lo había erosionado lentamente, haciéndolo creer que Bruto era como un hijo. La sangre corría alrededor del cadáver solitario entre las ausencias de la sala. Pero Cayo Julio César no había muerto. Tan sólo contemplaba, entre las sombras, el fin de otro hombre. Él, que había conquistado el mundo, que tenía en su mano la gloria y el poder, había despreciado el laurel y la vida cómoda, que otorgó a un impostor con un físico asombrosamente parecido. Se acercó al actor y le cerró los ojos. A ellos, a sus antiguos amigos, les hubiera confiado la vida en el campo de batalla. Pero esa confianza maltrecha se había ido con el último aliento del otro, el que yacía en un lugar que no le correspondía. Sabiéndose un fantasma, un conjunto de hechos incompatibles con el nuevo orden que ya empezaba a incendiar las calles, abandonó el edificio, se confundió con los ciudadanos y se perdió para siempre.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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