Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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No se culpe a nadie - Eduardo Martos
No se culpe a nadie – Eduardo Martos

Este relato debería ser distinto, acertar en el blanco y herirme en lo más hondo, sí, herirme incluso a mí, a su autor, algo que rara vez consigo y que en otras obras es tan sencillo. No sé si haber escrito una parte en el autobús le viene bien, tantos baches, las caras de los pasajeros, que parecen de otra especie, las curvas, el timbre de parada, los olores fuertes como el perfume de las gordas o el sudor de cebolla o los pies sudados. Y aunque no parece buena idea, en todo eso hay algo que me cerca y me obliga a escribir lo que tengo que escribir por encima de lo que quiero, y esta lucha absurda y en apariencia vana es profundamente liberadora. A veces termino un párrafo que no sentía, y al releerlo, descubro que me gusta como si no fuera mío, como si fuera de un gran escritor (porque me prefiero a los escritores mediocres). Ahora siento la necesidad de escribir yo, y lo escribo sin trascendencia, sin rito ni adorno, y ahí queda, casi solitario en medio de frases correosas, de tempestades verbales, solo entre cosas ajenas, como yo en el autobús. No es difícil recordar el monólogo de Hamlet, que, además, parecía estar rondando mi conciencia, esperando el momento de salir, y ahora lo ha encontrado y lo noto salir, liberarse, como yo, a través de esa lucha consigo mismo. ¡Qué olvidado queda ahora Shakespeare! Quizá algún día este relato logre mi olvido y se haga con mi identidad, me robe mi ser y mi destino y sea recordado como algo completo y autónomo. Dulcemente voy pasando del monólogo a los ensayos sobre el monólogo, y de éstos a los ensayistas, y entre ellos, y no recuerdo si escribió algo sobre Shakespeare, está Borges. Da igual porque sus ensayos me encantan, y su poesía y, claro, sus relatos, que son lo mejor que ha dado, y por alguna conexión que debía suceder, una conexión entre el monólogo ya abandonado y uno de sus relatos, recuerdo El Inmortal, supongo que por las remembranzas clásicas del relato y porque el teatro es griego y Hamlet es teatro. Entre las palabras de ese relato, deseo atraer las que pronuncia uno de los inmortales: «Argos, ese perro tirado en el estiércol.» Y me alegra haber escrito perro, porque ahora sé que llevaba rato buscando ese hecho, esa palabra, la imagen del perro, no necesariamente de ése, no es una concreción, sino de un perro indefinido, un perro perdido entre millones de posibilidades, razas, tamaños, colores, longitud del pelo, dentadura… el arquetipo del perro. En esa incertidumbre, en ese universo volátil y cambiante como el fuego de Heráclito, siento algo que me observa, me vigila, me acecha, algo que debía ser escrito aunque yo no quiero porque su voluntad, su presencia, son horribles, repugnantes, inconcebibles. Apenas sin esfuerzo me rechaza y me aparta del relato como si quisiera adueñarse de él, es sólo un instante porque ahora vuelvo a notarlo lejos, en ese universo, en su orbe, y al decir orbe lo encierro en una esfera intangible de la que no puede salir. De igual modo yo no puedo salir de mí, del yo que me apresa sin cesar, en la vigilia y en el sueño, que me aplasta y me arrebata la voluntad y me obliga… ¡Sí, es él quien me obliga a escribir lo que no quiero! ¡Él es el genio! Y yo, relegado a la condición de escritor autómata, de mero amanuense sin conciencia… ¡Pero qué yo soy yo, qué yo es el otro que me domina, pues sí tengo conciencia porque hay una lucha y yo sé que la lucha existe y que hay otro que combate! De nuevo el yo, esa insistencia, esa pesadumbre, esa condena. De nuevo el monólogo que se eleva y me cubre por completo, y yo me resigno a ser absorbido por su autoridad. ¿Argos tenía identidad? ¿Era él en realidad? El perro… él es un arquetipo, no sé si piensa, nunca se nos dijo si los arquetipos poseen conciencia… Hay un arquetipo de la conciencia, pero el perro es más tangible aunque no se puede imaginar porque eso sería darle propiedades de las que el arquetipo carece. No sé por qué el perro, no sé por qué esa sucesión que parece humo de tabaco, que me ha llevado de forma liviana hasta la idea del perro, viajando, trepando más bien por mis pensamientos asociados como una cuerda sin fin, o como una red infinita, y así hemos llegado hasta el perro. ¿Hemos? ¡Claro! Ha llegado él, mi yo, él me ha arrastrado a esa idea, y después a la de ese algo que ya no me da miedo porque está atrapado en su orbe. De nuevo hemos recorrido el camino y no entiendo por qué. Y todo consta en el relato como piezas en apariencia conexas, y que acaso guardan relación, una relación oscura que sólo él conoce, que sólo mi yo conoce, esa entidad que ya es ajena a mí, que siento como algo aparte que se mueve dentro de mi mente. Ahora puedo ver ese algo, el algo que me aterroriza, que me asfixia con su presencia, esa intuición del Universo Arquetípico, el Universo efímero y volátil que nunca es, o que es millones de universos porque siempre está cambiando, porque ni siquiera le queda el instante. Por un segundo pienso que todo es deleznable, que nada es durable, que el orbe tampoco lo es, que va a salir, que está saliendo, que se aproxima desde dimensiones inconcebibles, y de pronto lo oigo, al principio es casi sordo pero lo he oído, y lo estoy escribiendo todo, seguro ya de que no soy yo quien dicta, y de nuevo esa sucesión absurda, y de nuevo el ruido, ya perceptible con claridad, la presencia del algo, no, de alguien, ahora es alguien y está detrás, ha tomado conciencia y acaso cuerpo y está detrás.

 

Relato incluido en Lapso.

El Autodeterminado Método

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Mi cuñado es un inútil. Le habían roto la moto a su novia y no era capaz de defenderla. Casi le pidió disculpas al imbécil que había destrozado el cristal. El caso es que había que llevar la moto a arreglar, y como siempre le tocó al abuelo. Fuimos con él mi hermana pequeña y yo.

Era una tienda del centro, una de esas pequeñas tiendas que están ahí desde siempre, que huelen a antiguo y cuyo dueño parece saberlo todo de casi todo. Parecía cualquier cosa menos una cristalería, incluso una tienda de antigüedades. El mostrador estaba al fondo, iluminado por una tenue lamparita de luz cálida. A la derecha conforme se entraba por el estrecho pasillo, una escalera que conducía al segundo piso. Casi todo era de madera; nada del metal de los modernos.

El dueño nos atendió con amabilidad. Mi hermana lo miraba con los ojos muy abiertos. El abuelo le explicó lo del cristal de la moto, y el dueño, que sería de su misma edad, sonrió y dijo algo de los jóvenes, uno de esos comentarios que sólo resultan graciosos a los viejos, porque mi abuelo asintió sonriendo.

—La reparación —dijo— será muy sencilla.

El abuelo y yo nos extrañamos porque no había visto la moto. Pareció darse y cuenta y añadió que no importaba el modelo, todas las reparaciones eran la misma. Mientras hablaba, sacó un libro de la estantería que tenía detrás, un libro pequeño y polvoriento titulado Métodos. Se puso unas gafas de leer y lo abrió por una página que parecía conocer bien.

—El autodeterminado método —dijo—. Un antiguo sistema ideado por matemáticos de la Antigüedad capaz de resolver cualquier problema.

Nos miramos sorprendidos. Mi hermana seguía con los ojos fijos en el cristalero, que acababa de sacar una regla y un montón de palillos de madera. Mi asombro aumentó cuando empezó a colocar los palillos como si de un juego se tratase. Llevábamos un rato mirándolo, y ya empezaba a pensar que al hombre le faltaba una tuerca cuando, de pronto, tiró de dos palillos colocados en los extremos, y el resto dibujó el contorno exacto del cristal de la moto. A mi hermana le pareció magia. Yo no sabía qué pensar. Entonces el cristalero nos indicó que debíamos ayudarlo. Mi abuelo se mostró dispuesto y empezó a colocar palillos con él. Mi hermana y yo no participamos en ese extraño ritual. A los pocos minutos, la expresión de mi abuelo había cambiado notablemente. Parecía no estar viendo los palillos ni la tienda ni a nosotros, sino otra cosa.

El cristal de la moto empezó a surgir de la nada, justo entre los palillos. Mi abuelo se había detenido pero seguía fijo en los palillos. El cristalero dijo que tenía que subir a por algo. Entonces mi abuelo dio un suspiro y dijo, mirando al infinito, que había entendido el autodeterminado método. Al instante siguiente salió corriendo hacia la calle. Traté de seguirlo pero, cuando crucé la puerta, ya no estaba, parecía haberse perdido entre la gente que cruzaba hacia las dos enormes alas de la biblioteca del Sur. Subí a toda prisa para avisar al cristalero. En el segundo piso encontré libros, muchos libros de matemáticas y extraños sistemas, pero a ningún cristalero y ninguna salida posible.

A mi hermana le contamos alguna historia de niños que la ayudó a superar la pérdida del abuelo. Al fin y al cabo era muy pequeña. A mí nadie me explicó nada. Nadie me dijo por qué sobre la mesa de la cristalería sólo estaba la visera de la moto. Sólo eso y ningún libro de métodos antiguos.

 

Relato incluido en Lapso.

La montaña

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Ausente - Eduardo Martos
Ausente – Eduardo Martos

¡Espérame, amor, voy hacia ti…!

Por la grieta inapreciable que atraviesa la montaña fluye agua nocturna que, incesante, sigo y escucho desde que me habló de ella. Me mostró un reflejo vagamente conservado de su tez; yo lo contemplé arrebatado de un amor invencible y oscuro como mi mundo. Por donde el agua pasaba, yo no podía deslizarme. Cada noche las gotas, generosas y amables, me traían el difuso reflejo de su rostro, que durante instantes breves llenaba mi alma solitaria. Yo me resignaba a esperar la noche dentro de la montaña imperturbable, oyendo el goteo del agua ociosa, que en su viaje consume las entrañas de la roca; o trataba de memorizar todos los relieves de una pared. Aunque la oscuridad domina mi mundo, el agua nocturna indica la declinación del día. Tras verla a ella, aunque me llegaba incierta y mermada, pasaba horas realzando su belleza. Los días que el agua no podía traerme nada, soñaba sin tregua con sus cualidades apenas vislumbradas. Nunca había visto una pureza semejante, ni aun en las lentas calizas. Tampoco había sido herido tan adentro, ni siquiera cuando caí sobre las afiladas rocas del abismo.

El Tiempo me fue arrebatando la paciencia; necesitaba verla (por primera vez sentí necesidad), comprobar su existencia, hasta ahora efímera y acuática. Consideré que ella no me conocía, que ignoraba mi angustia y no sospechaba que, en la recóndita profundidad pétrea, una conciencia vivía esclavizada por un atisbo de su imagen. Pero ella no era la culpable, sino la montaña, que me retenía en contra de mi voluntad. Desconocía el tiempo que permanecería allí fuera, en la proximidad inalcanzable. Quizá venía de algún lejano valle, o acaso estaba de paso y en algún momento partiría para siempre. Sumido en la desesperación, ensayé varias formas de abandonar la montaña, de ser libre y verla y tocarla. Sin embargo, todos mis intentos fracasaron. Llegué a pensar que la montaña evitaba mi huida. Me propuse intentarlo hasta que el desgaste me aniquilara; así, al menos, no me sentiría culpable por perderla. Pero entonces sucedió algo que me incomunicó del agua y del exterior; algo que me alejaba más de ella, porque cada pensamiento, cada recuerdo de su rostro en el agua, era una tortura que me atería como el rechazo instintivo hacia el dolor. Sucedió que las paredes que me cercaban se derrumbaron, dejándome atrapado en una cámara casi hermética que tan sólo intercambiaba con el exterior pequeñas cantidades de aire. Pero el agua no podía pasar por esos conductos.

Lentamente me asomaba a mi final. Mientras, no podía más que estudiar las paredes, que ya conocía mejor que mi propio ser, y recordar la imprecisa imagen que de ella me quedaba. Hubiera querido olvidarla, deshacerme de su visión tortuosa, pero alguna suerte de magia protegía ese recuerdo indeleznable. El agua entró en mi celda. Creo que yo había presentido su humedad mucho antes, pero no quise creer en una esperanza que, de ser falsa, me hubiera matado. Me contó que muchas corrientes habían trabajado sin descanso para liberarme. Les agradecí su ayuda infinita y prometí recompensar la deuda. Me llevaron a galerías más amplias, donde recordé el tacto de los filones de carbón y el perfume de las cavernas de caliza. Algunas gotas llegaron apresuradas y me mostraron su imagen. El tiempo de mi cautiverio, que sólo se puede medir en unidades de dolor y sufrimiento, parecía haber desaparecido de pronto. Para colmo de mi felicidad, el agua me confió un método para salir de la montaña. Llevaría tiempo, pero con su sabiduría en el arte de perforar la roca sin romperla, vería por fin la luz, sabría cómo es el día del que me hablan las gotas. Porque en esta prisión informe y de tinieblas me fue dado un sentido que sólo he usado para admirar su belleza inalterable.

Recorrí las primeras distancias sin apenas esfuerzo, aunque conforme avanzaba se hacía necesario ensanchar la cavidad para que mi cuerpo pasara. A veces notaba estremecimientos en la montaña: estaba furiosa por mi marcha. Durante las horas en las que el agua tenía que marcharse, mi único enlace con la vida era la esperanza de alcanzar el momento final.

La locura dio al fin su fruto. Tres días sucedieron con la claridad que anunciaba el término de mi mundo y el comienzo de mi libertad. Cuando, por fin, el agua perforó la última lámina; cuando mi cuerpo se deslizó con suavidad hasta caer sobre una plataforma horizontal y sentí el frío de la brisa nocturna en mi piel, y por primera vez respiré aire puro; cuando la salvaje visión de la inmensidad atacó mi vista con valles, cordilleras interminables, nubes, plantas y otros elementos misteriosos, esa dimensión que sólo conocía a través de los relatos del agua; cuando alcé la vista la vi.

Su blanco rostro luminoso me cegó y sentí que su calma perpetua me inundaba sin prisa. Gradualmente recuperé la vista y mis ojos quedaron fijos en su imagen inmóvil y nítida, en el disco perfecto que gravitaba en el cielo. Ella me observaba, me iluminaba con un haz que se me antojó cálido. El agua me había hablado de muchas cosas, pero nunca de ella. Todo lo que dominaba mi vista era fascinante, pero lo ignoré para contemplarla y aprender cada detalle de su faz. Noté un estremecimiento, un temblor en mi cuerpo, caí al suelo. Supe que me moría.

El agua se elevaba ya sobre mi cabeza al encuentro de la pálida belleza inasible. Fui feliz por haber cumplido mi sueño de verla y por haber liberado al agua amiga de la esclavitud terrena. Apenas consciente, oí un estruendo de rocas desplomándose, y luego, el silencio sepulcral, el silencio oscuro. El paisaje había desaparecido, volvía a estar dentro de la montaña, atrapado para siempre porque el agua se había ido. Esa noche comprendí que mi madre, la montaña, fuera de la cual no vivo, me había salvado. Pensé una vez más en ella, a la que no vería más, ni siquiera en el espejo líquido que me había acompañado durante tanto tiempo. Cerré los ojos. Sólo me quedaba dormir.

Esa noche, como todas las que han venido después, soñé que la montaña se abría y ella entraba y yo le enseñaba mi hogar. Venía con el agua, que felizmente nos abría paso por los pasadizos más estrechos. Ella me contaba lo que veía en sus viajes por el cielo, como las otras montañas, mayores incluso que la mía, salpicando los paisajes infinitos. Todo transcurría despacio y no había despedidas. Al despertar me acompañaban la oscuridad y el silencio.

¡Ven, amor, te espero…!

 

Relato incluido en Lapso.

El manual de aprendiz

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Dicen que ella pudo coger el libro de una de las dos salas de la Biblioteca del Sur al azar. Y que en ese libro sólo hubiera lecciones de álgebra.

Pero los hechos son mucho más complejos. Porque durante meses visitó la misma estantería y leyó el mismo libro. Ella, una persona cualquiera, una solitaria oficinista sin aparente interés por las matemáticas.

Un día de sol, de pronto, dejó de ir a la biblioteca. Todo se supo gracias al eficaz registro de préstamos: faltaba un desconocido tomo único, el libro de Métodos, que ya nunca se pudo recuperar porque su puerta no volvió a responder a las llamadas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Bajo una roca profunda

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Tempestad

Me contaste que una enfermedad te estaba matando rápidamente; apenas te quedaban unas horas de vida. La cura, por desgracia, se encontraba en el fondo del océano, oculta bajo una roca. Me desesperé pensando en la vastedad oceánica, en todas las rocas de color azul grisáceo bajo las que podría estar el freno de tu muerte, en el poco tiempo que seguía reduciéndose. Salí a la calle, era de noche. Debía elegir correctamente el punto de entrada. Bajo las tapas de alcantarilla, en los descampados y en los arriates, el mar esperaba silenciosamente. Corrí hasta el descampado de los eucaliptos y me lancé al agua, que empezaba siendo fango lleno de podredumbre. Alejándome un poco de la acera sentí el frío de las corrientes profundas y me sumergí sin dudarlo. Tuve que salir a respirar. Había olvidado que dependía únicamente de mis pulmones. Me sentí perdido en medio de la inmensidad marina, rodeado de casas, farolas y asfalto, pero con el mar y todos sus misterios insondables oscilando bajo mis pies. Entonces te recordé un año atrás, transformando la primavera en las anheladas ondas de tu pelo, diciéndome al oído algo que me hizo sonreír. Una vez más me introduje en el abismo, pero ya no dudé. Tenía que encontrar la piedra exacta en una oscuridad impenetrable, sin linternas, sin focos, rodeado de criaturas extrañas que no me tenían miedo. Varias veces tuve que regresar de las profundidades para coger aire. A la tercera o cuarta emersión se había desatado una tormenta colosal que me arrastró y me desorientó. No me rendí y bajé hasta las pesadas rocas. Ya me empezaba a asfixiar cuando sentí una presencia bajo una roca idéntica a todas las que había levantado. La corriente me impulsó súbitamente y tuve que salir a respirar. El oleaje me lanzaba con fuerza en todas direcciones, mareándome, desorientándome, agotándome. Me empujó hasta el fondo a gran velocidad y me golpeé con una superficie durísima. Medio inconsciente intenté moverla. Cedió con facilidad y mostró la anhelada cura. No sé cómo salí a la superficie, ni cómo me arrastré hasta la cama donde agonizabas, pero recuerdo que te salvé y que volviste a la vida.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Sensación imperfecta

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A esa sensación imperfecta.

Tango atardecido - Eduardo Martos
Tango atardecido – Eduardo Martos

Hace años que me persigue una sensación extrañamente conocida y penetrante, lejana y persistente. En cierta ocasión he creído su presencia una tortura; pero ahora sé que me sumerjo en su esencia al recordarla, y ese baño es más delicioso que cualquier amor o pasión ardiente agasajando mis deseos. Me gusta, sin duda; y tal vez la necesito y anhelo en su ausencia.

Hace años que me persigue, y llevo años intentando captarla con la pluma; pero tan sólo mi espíritu consigue hallarla. Ayer (o quizá un par de días atrás) regresó a mí. Fue un detalle ínfimo, apenas apreciable si se carece del especial interés que esta sensación despierta en los sentidos y, más adentro, en la memoria. Recuerdo un sueño cálido, alimentado por vapores anaranjados y canciones etéreas; junto a mí estaba ella, y mi mente se precipitaba hacia su voz con la fuerza de mil astros, sumiéndome en un vértigo confuso y oscuro. En ese instante me fue dado que no debo demorar mi paciente espera por más tiempo: debo escribirla de inmediato, si me asiste la Musa.

Para esta sensación no existen espacio ni tiempo: es la luz oscura que el cosmos atraviesa. Por ello me traslada a escenarios distintos: un solitario bar olvidado, con reuniones de ocioso polvo esparcidas por la barra; o los pasillos de alguna sala de cine, sombríos pasillos sigilosos. Por ello me traslada a tiempos dispares: en un espejo antiguo, colgado al fondo del antiguo bar, bailan los años más tristes y vacíos; en los asientos de la enorme sala se acomodan personajes de los treinta, y en el ambiente se percibe algo aún más arcano.

Quizá todo comenzó con ella, la que recuerdo sin haberla conocido, ella fugaz, ella misteriosa, ella ilusoria. Su vaga imagen borrosa se presenta en mi memoria con la frente agachada, los ojos mustios y vacilante la mirada. Pero ella tampoco existe en el espacio ni en el tiempo; o tal vez ambos se desvanecen con su presencia.

Atardece en el bar (sin cesar atardece al tiempo que declina la noche, pero esta ocasión resulta excepcional); rueda el sol en el cielo y sus rayos, a través de los inciertos cristales de una ventana, otorgan sentido a la barra y al espejo. Una fiel armonía silencia los rincones cálidos y suaviza las formas.

Ahora estoy seguro, ella es la causa de mi deseada sensación: todo sueño por apresarla lo provoca el recuerdo de ella, a quien no alcanzan las sustancias materiales.

Sin embargo, creo que no estoy transmitiendo el verdadero efecto que atisbo cuando me rodea. La justa armonía entre absoluta calma y agitación caótica, el fulgor extremo fundido con la templada penumbra… eso es mi sensación pero incompleta, carente de una de sus esencias (sospecho que la más fundamental).

En la barra del bar queda el reflejo de una sombra, queda el motivo de un lamento; mientras, las pacientes aspas de un ventilador de techo juegan con las luces apagadas. Las rojas puertas del cine se mueven despacio, se quejan entre susurros; pero nadie ha pasado aún.

Quisiera escribirle si supiera dónde está, escribirle a ella y suplicarle una palabra de perdón para mi agrio arrepentimiento. Pero el tiempo perdió sus deseos, como yo perdí su alegría inmensa.

Alguien se levanta de un asiento: es un hombre en la sala de cine. Se dirige hacia las puertas, que aún hablan de tristeza. Cuando sale de la sala, desaparecen los años treinta. Alguien llora frente a un espejo de metal: es una mujer sentada en la barra del bar.

El hombre camina entre dudas, entre los fuegos de la noche, los gatos grises y las paredes de ladrillo desnudo. Una flor se cruza en su camino, una flor escondida entre las raíces de un árbol anciano; su voz la reclama y su mano la arranca. Se acerca a una verja verde, la empuja y entra. La mujer suspira, se ahoga en las miradas de compasión del camarero y los clientes. El hombre entra en el bar; busca desesperadamente con los ojos y se encuentra en los ojos líquidos de la mujer, que solloza confundida. Los pasos de él la dirigen hasta ella; saca la flor mustia y se la ofrece, y le pide una respuesta a su mirada. Ella se arranca del alma una última lágrima, una lágrima de perdón y de ese olvido que limpia el cariño. En medio de mil abrazos, la flor cae al suelo: la imperfección atardece.

En la sala de cine termina una película de los años treinta; no hay nadie en los asientos; las puertas se mueven porque ha salido un hombre. La película narra la historia de un escritor que intenta plasmar la sensación que le provoca la ausencia del sentimiento, del cariño, del amor. Al fin descubre que tal sensación es imperfecta y que en ello radica su belleza, y entonces la escribe. El hombre salió cuando comprendió ese mensaje. Acaso el escritor terminó de contar la historia de un hombre que rescató su amor en una sala de cine y recordó a su amor y, aun con la imperfección como promesa de eternidad, decidió buscarla en un bar de llantos nocturnos. Acaso el hombre no terminó de oír la historia porque ya no lo necesitaba.

 

Relato incluido en Lapso.

Música

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El saxofonista atardecer - Eduardo Martos
El saxofonista atardecer – Eduardo Martos

Esa trompeta que significa una evasión, un fugarse del resto de notas, del sentimiento hiriente que gravita sobre la canción, esa trompeta breve me suelta, me eleva para poder contemplar las cristalinas notas de la guitarra acústica, que son como pasos, o quizá como escalones leves por donde ni siquiera es necesario subir con los pies, sino recorrerlos sin pretensión de final porque si hay última nota, ésta queda suspendida, vibrando sin fin, mezclándose con la voz del solista, con sus sensuales tonos graves y esos altos tan sugerentes, fundiéndose sin temperatura con sus emocionantes inflexiones que sacuden el alma y traen, por ejemplo, ese mar plateado por la tarde, esa inmensidad acuática y viva donde parece posible la existencia de baterías que mueven las olas con su percusión, y un ambiente rumoroso al llegar a la orilla, que entre el bajo y la batería queda íntimamente cerrado. Me gustaría ser como ellos, tocar sin más, acudiendo tan sólo a la sencillez, deslizar los dedos por el cuerpo del instrumento y acariciarlo sin argumentos, sin semántica, tan sólo música, placer estético, arrojar fuera de mí esa pasión que me recorre. Sería hermoso poder interpretar y abandonarse al acto de cada instante, tocar sin miedo en una sala íntima, cerrar los ojos y dejarse llevar por los otros, por su música que acaba confundiéndose con la mía, intercambiando notas en un diálogo infinito donde cada sensación puede mutar y ser lo que cada uno desea, y tocar y sentir y tocar y escuchar y provocar el silencio. Al principio, cuando uno sabe poco o nada de la música, todo, la notación, los acordes, armonías, arpegios, escalas, parecen pertenecer a un orden superior e inalcanzable, una plataforma lejana donde sólo se apoyan los grandes genios, pero, con el tiempo, ese miedo parece disolverse y, aunque los genios siguen siendo inalcanzables, el músico sabe que lo sublime, ese orden superior, proviene del interior, no es algo ajeno sino un mecanismo íntimo que transforma los sentimientos en música. Así, por ejemplo, cuando murió el abuelo pude oír el dolor latiendo en mi mente, lo oía como un sencillo réquiem (el abuelo odiaba lo barroco), como una sinfonía delicada que se marchaba despacio con el alma de ese viejo sabio; creo que incluso mis lágrimas fueron notas en aquel trance que sólo yo entendía. De alguna forma los recuerdos del abuelo se iban destilando en forma de sinceros acordes que hubiera podido variar un millón de veces sin que se perdiera la sensación que me provocaban. Entonces hubiera deseado tener dinero para una trompeta, para un saxo con el que poder llorar y disgregarme en ese dolor líquido. Fue él quien me dijo que la música no se toca ni se interpreta, se llora y se grita como si fuera la última melodía que uno va a tocar. El abuelo llevaba la música y el ritmo en el cuerpo; tocaba la trompeta en un grupo de blues, en esos clubes donde los viejos sentían los cantos de esclavitud tan próximos, donde estaba permitido soñar que los tonos azules y grises, las notas dispersas y el lento humo del tabaco formaban un universo completo, cerrado. En el barrio teníamos muchos amigos, la mayoría pobres y músicos como nosotros, todos como hermanos. Cuando el hijo menor de los vecinos murió, el grupo del abuelo tocó para él una inolvidable canción de calles gastadas, desesperanza y ojos anónimos, porque sabían que le haría ilusión escuchar el sonido del barrio desde su tierno cielo. Yo sólo pude contemplar y unirme al llanto por el pobre pequeño. Esa noche el abuelo me dijo que algún día me oiría llorar su muerte como él había hecho. Ahora vuelve la trompeta, esa nota que podría ser triste pero es alegre, y ahora el cambio suave que en el fondo es brusco y hermoso, y que fugazmente me recuerda a la forma de tocar del abuelo, y es como si el abuelo estuviera tocando de nuevo, como si deslizara sus dedos sin prisa y convirtiera cada nota en algo distinto. La música va aflojando y la batería da sus últimos golpes, la canción termina, y cuando oigo los aplausos de frente, cuando abro los ojos y veo al público en el viejo club del barrio, los tonos azules, grises, violáceos, el humo de tabaco flotando por toda la sala, mis compañeros también aplaudiendo, la impecable trompeta del abuelo en mis manos, las breves lágrimas que he soltado sin querer, en el jazz que al parecer he tocado, en el jazz mágico que los ha cautivado durante diez minutos, pura improvisación del espíritu, es como estar viendo al abuelo emocionado, en la puerta de atrás, ya para irse, y yo dándole las gracias.

 

Relato incluido en Lapso.

Visita furtiva

V

Pasaje bohemio - Eduardo Martos
Pasaje bohemio – Eduardo Martos

Llamaron a la puerta. Era tarde.

Abrí. Bruscamente me encontré con mi abuelo. Me retiré para que pasara. Ninguno dijo nada. Me miró como si hubiera errado durante años, transmitiéndome el peso de su ánimo torturado. Lo conduje hasta el salón y nos acomodamos, uno en cada sofá. Estuvimos un rato sin hablar ni mirarnos. Él observaba una foto donde salgo con mi padre y mi breve colección de libros de Aguilar. Al fin rompió el silencio:

—¿Me puedes dar el primer volumen de Kipling, por favor?

Su voz sonaba a súplica. Se lo acerqué mecánicamente, como el librero acostumbrado a obviar la magia de compartir un libro. Hojeó sus páginas en busca de algún párrafo que su memoria habría pulido hasta dejarlo irreconocible.

—«Charlie había probado el amor, que mata el recuerdo.» —citó de pronto, sonriendo— En las obras de Kipling suceden hechos sorprendentes con asombrosa sencillez. La vida no suele ser tan grata, salvo esta noche. Sólo quería recordar —dijo al fin—. Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado —repliqué.

Se miraba las manos.

—Soy viejo. Mis horas se agotan y siento que casi nada me queda —confesó. Era la primera vez que lo escuchaba hablar de sí mismo, no de sus circunstancias.

—¿De dónde vienes? —le pregunté— Pareces muy cansado.

—¿No te interesa el porqué? —respondió.

—Las causas son un engaño. Me interesan más los lugares, que son ineludibles.

—Momentos y lugares… —musitó mientras esbozaba una leve sonrisa—. No podrías haber sido más preciso. Ahora mismo estamos aquí, eso es lo que importa.

—Eso ya tampoco importa —le dije con marcada indiferencia. Me molestaba su vano intento de fingir proximidad.

Volvió al libro. Parecía contemplar una estampa sagrada o un paisaje prodigioso.

—Ya nunca volverá —dijo para sí—. El recuerdo no es suficiente.

Se levantó para irse. Lo acompañé a la puerta.

—Tienes razón —me dijo, ya en el umbral—. Sólo el lugar y el momento son relevantes. Todos los lugares y momentos que he desperdiciado sin remedio. Por eso he tomado una decisión.

Pensé que la edad empezaba a pesarle y quizá se le hubiera ocurrido alguna estupidez.

—A estas alturas, ¿no te conviene más esperar? —comenté no sin cierta ironía.

—Ya he esperado demasiado —respondió con solemnidad y pesadumbre—. Hace un rato, lejos de aquí, he deshecho mis errores —se detuvo para descansar.

—Anoche no podía dormir —musitó—. Como siempre, durante años, me torturaban mis recuerdos. En un lugar y un momento determinados —prosiguió— concebí a tu padre, y él, a su vez, te concibió a ti. Por eso estamos hablando ahora. Sin ese momento primero, ninguno de vosotros sería. Nunca os lo he dicho, pero vuestra existencia me hiere porque sois un espejo de mis errores, de mis ausencias, de mis excesos. En vuestras virtudes veo mis vicios; en vuestros éxitos, mis fracasos; en vuestra felicidad, mi desgracia. Como te decía, en los cuentos de Kipling los prodigios suceden con la normalidad de lo cotidiano. He aprovechado esa facilidad: antes de venir he aniquilado mi pasado. Cuando termine mi paseo, habré dejado de ser, y conmigo, todas mis consecuencias.

Dejó el libro sobre la mesa.

—Si no existierais —continuó—, yo sería libre. Antes de venir, en mi casa, he aniquilado vuestra existencia en mi pasado. De un momento a otro ya no podréis constreñirme más.

—¿Por qué has venido?

—Quería estar seguro de que no me arrepiento.

Se levantó para irse y lo acompañé, perplejo aún por su desvarío. Lo vi alejarse por el descansillo, en silencio. Nadie más lo vería esa noche. Quise decirle algo, pero ya no estaba. Mientras la puerta se cerraba, los cuadros del recibidor, el espejo inconsciente, el paragüero, la foto al fondo en la que me acompañaba un desconocido… Todas esas cosas se me antojaron repentina, inexorablemente ajenas. Corrí al teléfono para aliviar esa sensación de lejanía con la voz de mi madre. Supe que el mundo estaba terminando de olvidarme cuando me dijo que no conocía a nadie con mi nombre, que no había tenido hijos, que nunca llegó a casarse.

 

Relato incluido en Lapso.

El Alma Cálida

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Forgotten - Abandoned Factory by *ThoRCX
Forgotten – Abandoned Factory by *ThoRCX (http://bit.ly/VwgtpH)

A Brian W. Aldiss

Siguiendo instrucciones que sólo él podía entender, pues se hallaban escritas en un gran cartel blanco, extrajo una pesada caja de vida del interior del Alma Cálida. Ahora sólo restaba introducir otra caja igual, que debía estar en la sala contigua.

Nunca se hablaba del Alma Cálida. Sólo se sabía de ella por la Leyenda Ancestral, que compilaba el saber pasado y futuro de toda su civilización y que pasaba de padres a hijos en forma de cuentos.

El día que el Inútil fue requerido por el Consejo Primordial, su madre se sintió tan orgullosa que no dejó de preparar comida en todo el día. El Inútil era el único habitante del mundo incapaz de hacer algo aprovechable. Todos los demás llevaban a cabo un oficio con más o menos habilidad. Él, en cambio, sólo sabía leer y escribir. Su aprendizaje era un misterio, porque cuando era interrogado al respecto, sonreía con simplicidad y terminaba por disuadir a sus interlocutores con una mirada fija e inexpresiva que podía durar horas.

Ya en el erudito salón donde lo habían citado, el Consejero Índice le habló en estos términos:

—Te hemos hecho venir para encomendarte una misión. Eres libre de aceptarla o declinarla, pero debes saber que la continuidad de nuestro mundo depende de su éxito.

—El Inútil había adoptado esa odiosa actitud de sordera intelectual que tanto irritaba a sus conciudadanos. Los ancianos esperaban una respuesta.

—La aceptaré —dijo de manera monocorde.

—No te hemos explicado en qué consiste —replicó uno de los ancianos, de ojos pequeños y mandíbula estrecha.

—Nunca he hecho nada útil —aclaró el muchacho—. Mi madre se alegrará.

—Bien —dijo el Consejero Índice—, no cabe más demora. Debes llegar hasta el Alma Cálida y reanimarla. Podemos indicarte el principio del camino, pero nadie ha llegado muy lejos, o al menos no ha vuelto. La Leyenda Ancestral dice que cuando estés ante ella, sabrás cómo actuar.

—¿Qué es el Alma Cálida? —preguntó el Inútil.

—Es el alma del mundo, lo que nos mantiene vivos —le explicó un anciano espigado—. Su calor ha durado innumerables generaciones, pero se está enfriando, lo cual nos condena inexorablemente.

Ahora estaba allí, en una sala oscura dominada por una cúpula, frente a la mítica Alma Cálida. Era enorme, cilíndrica y parecía de cristal, porque en su interior se veía una placa gris que se alzaba más o menos hasta la mitad de su altura. A lo largo de la superficie había numerosas rayas horizontales, unas más prolongadas que otras. Las más largas tenían números a su izquierda, que iban del cero al cincuenta. Siempre se la había imaginado como un ser vivo, pero a pesar de su simplicidad, entendió que sólo era un objeto inerte. Aunque le habría gustado ser recibido por sus amigos en una gran fiesta que celebrara su heroicidad, aunque el descenso de la placa gris no se detenía, aunque sobre sus hombros recaía toda la esperanza, la última esperanza, allí no había ninguna caja de vida que salvara a la enigmática Alma Cálida. Recordó las últimas palabras que había cambiado con los ancianos:

—Yo no tengo ninguna virtud. No sé trabajar ni usar las manos —protestó el Inútil.

—Tienes la única virtud que puede servir en este viaje —le respondió el Consejero Índice—: sabes leer y escribir. Se dice que sólo un lector puede reanimar el Alma Cálida.

La lectura ya no servía. Empezaba a hacer frío, así que el Inútil se arrinconó para escribir la prodigiosa historia de su mundo, los pasteles de su madre, la incisiva mirada del Consejero Índice y la paradójica frialdad del curioso artilugio que llamaban Alma Cálida, testigo ulterior de un sueño que todos debían dormir. Mientras tanto, la placa gris seguía decreciendo. Cuando llegó a la cifra más baja, a los cero grados centígrados, los papeles cayeron con suavidad y el indicador luminoso de un destartalado aparato, cuyas baterías se habían agotado, se apagó definitivamente. En el viejo almacén sólo quedaba una fría penumbra azul que ocultaba el polvo de las máquinas, de todos esos cementerios que alguna vez fueron universos llenos de vida.

 

Relato incluido en Lapso.

La noche perdida

L

Reyes de Oriente
Reyes de Oriente – FILHIN

Antes del mito y los caracteres, tres fuerzas primordiales hollaban los continentes y los mares en busca de un Secreto que jamás había sido revelado. Si las crónicas no son completamente falsas, su conocimiento implicaba la omnisciencia, pero es lícito pensar que la idea original degeneró con los siglos. Una vez al año, con precisión cósmica, abandonaban sus moradas para fatigar cada rincón de cada valle, de cada gruta, de cada bosque. Sólo unas horas les eran dadas para concluir su búsqueda. Así, cuando abrían los ojos al mundo, éste había cambiado tanto que se veían obligados a empezar desde el principio.

Venían de los crueles desiertos y de ignotas regiones que se confundirían con los infiernos. Muchos han sido los nombres que se les han dado: Ator, Sater y Paratoras; Magalath, Galgalath y Serakin; Appellicon, Amerim, y Damascón; Hor, Karsudan, y Basanater; Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph; Kagbha, Badadilma y Badadakharida; Melchor, Gaspar y Baltasar… Serakin, que montaba un elefante, era negro porque al fondo de los océanos no llega la luz del sol; Magalath, el anciano de largas barbas blancas, un caballo; Galgalath, de barba y tez cobriza como las arenas y las rocas, un dromedario. Pero en tiempos primigenios acaso los condujeron criaturas olvidadas. Dominaban la magia, es decir, el poder de alterar los elementos a placer; altas efigies, largas túnicas y el símbolo fundamental los delataban inequívocamente. Conviene recordar que la tradición los dulcifica y los teme con idéntica proporción.

Con la llegada del hombre, el Secreto pudo caer en manos ignorantes o perversas. Mucho deliberaron los Magos de Oriente en altas torres, que siglos después presidirían el reino increíble del Preste Juan. Nada les hubiera costado arrasar la incipiente civilización y erradicar a esos nuevos habitantes molestos. Sin embargo, una señal de los cielos detuvo a tiempo sus belicosas intenciones. La astronomía, en la que eran eruditos, era otro de los caminos que seguían para hallar la respuesta. Una determinada conjunción de los astros, una nova y una leyenda humana (pues no todas eran despreciables) situaban el lugar del Secreto en un punto preciso de la geografía, poco después de su cíclico despertar. El lugar era una aldea llamada Betléem, donde los hombres se reunirían para contemplar un hecho milagroso. La espera fue más ardua que todas las búsquedas, pues el fin estaba cerca. Galerías, salones y sótanos parecían abandonados por el silencio que los atravesaba hora tras hora. Pero esta vez, su poder no sería útil; sentían que no era conveniente alterar hechos tan minuciosos.

Por fin llegó el día señalado. Los desiertos se estremecieron con el ímpetu de las fuerzas, que hábilmente habían adoptado formas comprensibles para la mirada humana. Durante la siempre nocturna travesía, que los llevó por parajes que nadie ha contemplado, temieron que el Secreto ya hubiera sido profanado a su llegada. Intentarían pasar desapercibidos, pero aplastarían cualquier oposición humana, pues su poder no era comparable, y sus valores pertenecían a mundos distintos. De noche, la nova brillaba con fuerza, y bajo ella, en un lugar incierto, descansaba la ansiada sabiduría.

Tras muchas jornadas inagotables, los Magos empezaron a divisar una luz en la tierra. Era Yerushalaim, que sólo existía en la negrura del desierto y que los guió desde entonces. Cuando las antorchas estuvieron cerca, inmensos palacios y edificios se levantaron de las arenas inefables. Comerciantes y ladrones se afanaban en sus oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico, donde comerciantes y ladrones se afanaban en sus respectivos oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico… Un hosco tabernero les dijo que allí reinaba Hordos, al que odiaba por cruel, sanguinario y licencioso, y por haberse vendido a los romanos. “Ese hombre”, pensaron, “tiene medios para encontrar el secreto, así que nos será útil”. A medianoche se presentaron en palacio como reyes de tierras exóticas y lejanas, lo que debía excitar la curiosidad del rey. Como habían planeado, les concedieron una audiencia con ese Hordos al que profesaban temor y asco. Quien, tumbado entre amplios cojines, era agasajado por hermosas jóvenes, no infundía temor ni parecía capaz de crueldad, pues no había en él suficiente inteligencia. Era corpulento y sonreía de manera estúpida mientras bebía vino de una copa ornamental. Los Magos fueron presentados como Magalath, Galgalath y Serakin, venidos de reinos lejanos y desconocidos.

-¿Qué os trae a Yerushalaim, oh reyes? -preguntó, sin dejar de sonreír, Hordos. -Estamos buscando algo que quizá tengas -respondió secamente Serakin. -Dime de qué se trata y decidiré si puedo regalároslo o vendéroslo -volvió a burlarse el rey. -Ni lo sabemos, ni podemos decírtelo, ni lo entenderías. Es el Secreto -dijo Magalath. -¡Cuidado, reyes! -advirtió Hordos, adoptando un gesto colérico. Las jóvenes se retiraron a un gesto de su mano. Hordos continuó:- No me ofendáis en mi palacio porque mi mano nunca ha temblado al sesgar una vida. -Discúlpanos, Hordos -dijo, conteniéndose, Galgalath-. Nuestro viaje ha sido largo y tortuoso y estamos cansados. Sólo queremos saber si conoces la leyenda de la estrella que brilla en los cielos estos días. -¡La leyenda! -exclamó Hordos- ¿Venís por la leyenda? ¿Qué sabéis de ella? -Vagas referencias -dijo Magalath-. Sólo sabemos que algo importante acontecerá en esta región dentro de poco. ¿Qué sabes tú? -Poco más -mintió-. También quiero saber qué va a suceder. Éste es mi reino y debo estar informado de estos asuntos.

Hordos conocía la profecía de Miqueas, que prometía revueltas populares y ponía en peligro su reinado. Pero esto sólo era de su incumbencia.

-Ahora podéis partir -dijo Hordos tras un breve lapso-, pero no olvidéis traer información a vuestro regreso. -Tienes nuestra palabra -respondió, sonriendo, Serakin. Accedieron porque la palabra dada a un hombre no los comprometía.

Los Magos sabían que ese miserable no había encontrado el Secreto, cuya posesión otorga una presencia inconfundible. Partieron nuevamente rumbo a Betléem y se perdieron en las entrañas del desierto. El frío arreciaba y la oscuridad era absoluta. Sólo el cielo, y en él una estrella nueva, parecía tener vida. De pronto, a lo lejos, una nueva luz, mucho menor, se asomó tímidamente a la llanura. Hacia ella dirigieron sus pasos los Magos, esperando recabar más información. A medio camino de lo que intuían como una pequeña ciudad se encontraron con una escena inesperada. Un hombre, una mujer y un niño, se cobijaban del frío en un establo que apenas se tenía en pie. Lo compartían con un par de bueyes renqueantes. En ese punto miraron al cielo y comprobaron, atónitos, que todos los signos se conjuntaban allí, donde sólo había una familia de nómadas. El hombre se adelantó para hablar con ellos. Tenía una tupida barba negra, el gesto cansado y los ojos viejos.

-¿Quiénes sois, señores? -les preguntó- Yo soy Yosefyah y ella es Mariam, mi esposa. El que está en su regazo es nuestro hijo, Yeshua, que acaba de nacer. -Nuestros nombres no deben importarte -respondió Magalath, ya impaciente-. Venimos de muy lejos en busca de algo que tienes y nos pertenece. Dánoslo y no sufrirás. -¡No hay ya nada que yo posea! -se lamentó Yosefyah-, salvo mi amada familia. Si me pedís que os la entregue, habréis de dañarme porque prefiero morir a perderla.

En los ojos de Yosefyah brilló un fulgor que no habían visto antes. Su interés por los humanos era escaso, y su contacto con ellos se limitaba a unos pocos individuos vacíos y mezquinos. El sentimiento de ese hombre, que era nuevo para ellos, les pareció, sin embargo, auténtico.

-Has hablado con valentía -dijo Serakin, y su voz atemorizó a las cosas de la tierra-, y eso te honra. Pero debes saber que no somos piadosos, y nuestro poder supera cualquier fenómeno que tus leyendas te hayan transmitido y tus ojos hayan contemplado. -He hablado con sinceridad -repuso Yosefyah-, pues soy un hombre humilde. Sabed que tuve negocios y propiedades allá de donde me exilié, pero en estos días de júbilo por el nacimiento de mi primogénito, no me queda ni un techo para guardarlo del frío. ¿Cómo podría tener algo que buscan hombres poderosos, cuyo valor será indudablemente muy alto?

Galgalath, que empezaba a desesperar, rugió: -¡Buscamos la Sabiduría, y tú eres sabio! Podrías haberla encontrado antes que nosotros y haber armado este espejismo. -Si fuera tan sabio, ¿no me habría resultado más sencillo esquivaros o aniquilaros? ¿Y no habría construido una casa para mi familia? No soy sabio, y mis fuerzas nada pueden contra vosotros. Pero el amor que me une a mi familia es indestructible. -¿El amor? ¿Qué es eso? -preguntó Magalath. -No puedo explicarlo -se disculpó Yosefyah-. Sólo sentirlo. El amor es lo que se encendió en mí, y no se ha extinguido, cuando vi a Mariam por primera vez. Es lo que nos animó a dejar atrás nuestras riquezas y lo que nos trajo a este remoto establo a través de un penoso viaje. Pero sobre todo, es lo que trae nuestro hijo, que viene a salvar el mundo. -Yosefyah dice que no es sabio, pero sus palabras lo contradicen -intervino Serakin, dirigiéndose a los Magos y pronunciando el nombre del otro por primera vez-. Sin embargo, sus razones son correctas. ¿No habremos juzgado incorrectamente a los humanos, a los que siempre hemos creído ladinos y traicioneros? Acaso estamos confundiendo la naturaleza del Secreto. ¿Y si fuera el poderoso misterio que fluye bajo sus palabras?

Mientras los Magos discutían, un grupo de pastores llegó a donde estaban , y allí se arrodillaron. Un profundo silencio se hizo en la llanura, y el brillo de la nova se hizo más intenso. Galgalath se acercó:

-¿A qué venís y por qué os arrodilláis? -les preguntó. -Somos pastores de estas tierras -dijo uno de ellos- y venimos a adorar a este niño. Todos hemos sentido que ha nacido esta noche y algo nos ha traído hasta aquí.

Una pastorcilla se acercó a Mariam y le dio mantas, leche y comida.

-¿No los conocéis? -insistió Galgalath. -No, señor -respondió otro pastor-, pero nos da pena que estén pasando frío y hambre con esa criatura recién nacida.

No tenían necesidad, pero los Magos pidieron a Yosefyah permiso para acercarse al niño y no les fue negado. Mariam, que era dulce de naturaleza, les sonrió amablemente. El niño estaba en su regazo, dormido como si descansara en el lugar más cómodo del mundo. Su fragilidad y su diminuto tamaño los conmovió. En la mirada que la madre le dirigía intuyeron, nuevamente, la fuerza de las palabras de Yosefyah. Súbitamente los invadió la Eternidad, y entre todo lo que les fue revelado, se supieron actores de un teatro que los superaba. Entonces sucedió lo que registran las leyendas y las imágenes antiguas, y es que los tres Magos, sin poder resistirlo, se postraron y ensayaron una reverencia.

-Este niño -dijo Magalath- no es como los otros humanos, al igual que Yosefyah y tú. Hace un instante, hubiéramos arrasado el establo, y con él, a vosotros. Ahora, una fuerza mayor que la nuestra nos lo impide, una fuerza que sin duda es el Secreto y la Sabiduría que llevamos buscando desde el principio de los tiempos. Intuyo que nada hay, en la compleja trama que empiezo a entrever, que podamos hacer por vosotros. Pero tenéis nuestra palabra de que cada año, cuando llegue nuestro momento, os protegeremos de los hombres perversos.

-¡Gracias, muchas gracias! -exclamó Mariam- Pero sabed que llegará un día en que no podréis ayudar a Yeshua. Ni siquiera yo, que lo he llevado en mis entrañas, puedo hacer nada para evitarlo.

Las palabras de la joven arrastraban todo el dolor y la amargura del mundo, pero ella, que hablaba sin saber del todo, aún era capaz de sonreír mientras miraba a su pequeño.

Los Magos salieron del establo y miraron al cielo, apreciando con ojos nuevos la vastedad cósmica, que por primera vez tenía un significado completo. Con un breve gesto de la mano, Serakin hizo aparecer una casa donde antes sólo había tierra, piedras y matorrales. El asombro fue tal entre los que allí estaban, que sólo quedó el silencio. Los Magos, entonces, entregaron a Yosefyah tres regalos, cuya naturaleza es desconocida y que con el tiempo han tomado múltiples formas e interpretaciones. Infinitamente agradecidos, Yosefyah y Mariam se despidieron de los Magos, que pusieron rumbo a su origen incierto. Antes de retirarse por completo, se detuvieron en Yerushalaim para confundir a Hordos y evitar que diera con Yeshua. La ruindad del rey era la misma, pero también su existencia era necesaria, lo cual le salvó la vida por segunda vez.

La tradición cuenta que desde entonces, en conmemoración de ese día, los niños humanos reciben regalos de los tres Reyes Magos la quinta noche del primer mes de cada año. Muchos descreen de estas historias porque la edad ha aniquilado sus ilusiones. Pero algunos saben que entre todos los demás, como entre las estrellas del firmamento, siempre hay un regalo que nadie ha comprado. Un regalo cuyo significado, más allá de las infinitas formas que puede adoptar, habla de una remota noche en la que el amor inquebrantable vino a salvarnos para siempre.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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