Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Cotidiano | FILHIN
Cotidiano | FILHIN

A Isa

Primer Premio del Premio Internacional de Relatos MIL PALABRAS

Al principio me pareció algo gracioso. Inexplicable pero gracioso, como un inofensivo truco de magia o una broma sin importancia. No lo había visto suceder, pero encima del edredón de la cama había surgido un peluche de la nada. Era un payaso con muchos colorines, zapatos grandes y sonrisa enorme. En otras circunstancias, con tiempo para pensar, habría tratado de buscar una explicación. Pero el tiempo no nos sobraba. Estábamos todo el día de un lado para otro entre trabajo, casa y niños, entre facturas y cuentas y no llegar a fin de mes. Lo que más anhelábamos en el mundo era eso que al parecer rompe los matrimonios y que nosotros éramos incapaces de alcanzar o de simular vagamente: la rutina. El payaso se lo quedó Raquel porque los dos mayores no le hicieron ni caso, ocupados con entretenimientos mucho más interesantes que un simple muñeco. Era un regalo sorpresa que yo le había traído. No supe explicarlo de otra manera, ni siquiera a ti.

El payaso desapareció como había llegado y nunca volvimos a verlo.

Hay quien piensa que solo vemos una parte de la existencia, que a la manera de la luz ultravioleta y la infrarroja, existen otros espectros que sencillamente se nos escapan. Si algo se oculta en esas zonas inciertas, está fuera de nuestra capacidad de medir, percibir o sentir. Pero en ocasiones, nuestros mundos se mezclan por casualidad, y entonces somos capaces de atisbar el otro lado. Si miramos sin cuidado, incluso podemos caernos al fondo de un pozo insondable. Quizá por eso perdimos a Grande, nuestro perro. Estaba inquieto incluso antes de irse a dormir. A ratos gruñía en sueños. Se calmaba cuando me acercaba y luego volvía a lloriquear. Nuestro barrio no destaca por ser ruidoso, pero es inevitable que a veces se cuelen fragmentos de conversaciones por alguna ventana, que ladre un perro. De noche, en cambio, la casa parece protegernos del ruido, incluso en verano, cuando dormimos con las ventanas abiertas para aliviar el calor. Esa noche, el silencio era más profundo que de costumbre y por eso escuchaba a Grande con más facilidad. Me levanté muy temprano para darle un paseo largo. Llevaba bastante tiempo sin quejarse, pensé que dormía. Creo que nunca podré estar seguro de lo que pasó, pero junto a su colchón vi una mancha canela (como su lomo) que se desvanecía en el suelo, como si se lo estuviera tragando muy despacio. Me quedé congelado en el sitio, sin poder gritar ni moverme ni sentir miedo. Lo último que vi fue una oreja que se iba hacia abajo. Aquel dia os conté que se me había escapado. Pusimos carteles, lo buscamos y esperamos (yo sin esperanza), y no regresó.

Hasta aquella noche no establecí (no quise establecer) ninguna conexión entre el muñeco y lo de Grande, pero a partir de ese momento no me quedó más remedio que aceptarlo. Estábamos cenando en el salón. Te habías levantado a coger un chaleco del dormitorio y de pronto gritaste. Fue un grito ahogado que me recordó mi reacción con Grande. Fuimos corriendo a donde estabas y vimos una figura que emergía entre las sábanas. Parecía estar tomando forma humana. Los niños se reían, tú y yo nos cogimos de la mano. Temblábamos. Casi se habían dibujado unos rasgos tristes en su rostro cuando se desinfló, dejando apenas unas arrugas. El silencio duró varios minutos, mientras los niños jugaban saltando sobre la cama. Al soltarnos, se me había cortado la circulación de la mano, que estaba blanca y fría como el resto de nosotros. No recuerdo qué nos inventamos para los pequeños, pero sé que esa noche te lo conté todo, que me lo recriminaste, discutimos, lloramos asustados y decidimos mudarnos cuanto antes, aunque ello significara construir un hogar desde cero, abandonar una buena parte de nuestra identidad compartida y hacerlo bruscamente, sin pensar.

Inmersos todavía en la vorágine de localizar vivienda, tuvo lugar otro incidente. Íbamos a salir de compras cuando nos dimos cuenta que la bolsa del carrito, con todos los cachibaches de Raquel, se había quedado en el piso. Subiste a cogerla mientras yo metía a los niños en el coche. Al abrir la puerta oíste un ruido como de alguien que tropieza, y te quedaste inmóvil y en tensión, esperando. Te sentiste un poco idiota teniendo miedo en tu propia casa, así que pasaste a por la bolsa y de reojo te pareció ver algo, una sombra, un movimiento, una persona que estaba en el salón y entraba en el pasillo sin mirarte pero sabiendo que estabas ahí. Gritaste sin palabras y saliste corriendo detrás. Te dio tiempo de ver cómo entraba en nuestro dormitorio, y ahí ya no tenías dudas de que era un hombre corpulento, calvo, vestido de negro y muy pálido. Y al entrar en el cuarto ya no estaba, allí no había nadie. A saltos te fugaste de tu propia casa dejando varias luces encendidas y diste un portazo. Creo que ni te paraste a cerrar con llave.

Improvisamos una excusa para pasar la noche con tus padres, y resolvimos que los de la mudanza se encargarían de recogerlo todo. Mientras, viviríamos en un apartamento provisional. A tus padres no les contamos nada, no tenían por qué saberlo, y con suerte todo quedaría en que los niños tienen una imaginación prodigiosa. En algún momento nos sentimos culpables por dejar que otras personas ocuparan la casa, pero necesitábamos el dinero y no teníamos tiempo.

A mediodía me llamaste a la oficina. Me costó entenderte por los gritos y la cobertura que iba y venía. Conducías a toda velocidad. Raquel quería un juguete que se había dejado atrás la tarde antes y tus padres los habían llevado a casa. Llegamos casi a la par y oímos a los niños llorando. La puerta estaba abierta. Corrimos hasta el dormitorio principal. Raquel señalaba la cama y llamaba a los abuelos. Tú ya estabas en el pasillo con Bruno y Daniel y me gritabas: “¡Coge a la niña! ¡Coge a la niña!”, pero dejé de escucharos cuando sentí que mis pies empezaban a hundirse en el mármol frío y viscoso.

 

Relato incluido en Lapso.

Lepisma

L

Lepisma
Fuente

Desperté por un cosquilleo en la oreja y te vi cubierta de esos repugnantes bichos que anidan en las paredes, bajo el suelo, esos asquerosos bichos prehistóricos que siempre salen de noche y nos acompañan desde el principio de los tiempos. Te subían y bajaban por todas partes, se te metían en la boca, en la nariz, en los oídos. Te escudriñaban con esas antenitas atrofiadas. Uno de ellos, que era más grande que los demás, me miró y yo supe que me miraba. Me miró con firmeza, de afuera hacia dentro, y entonces supe que yo también estaba infestado porque sentí de golpe todas las conciencias primitivas que se movían sobre mí. Esa mirada me oprimía, me daba pavor, era de alguna manera inteligente. Sin saber qué hacer, me hundí en el silencio y me quedé inmóvil, sin dormir, plagado de esas cosas por todas partes, notando cómo sus muchas patitas rozaban cada vello, cada palmo de mi piel, toda mi piel al mismo tiempo. Con los primeros rayos de sol ya se habían ido (estarían dentro de las paredes, bajo el suelo, caminando por encima del techo, acechando hasta la noche siguiente). No me atreví a mirar de nuevo hasta que dejé de sentirlos.

Abriste los ojos despacio, con esfuerzo. Me miraste y una sonrisa plena te pobló la cara. Empecé a pensar que todo había sido una pesadilla muy realista. Entonces vi a uno de esos bichos salir y entrar de tu nariz mientras tú me contabas lo bien que habías dormido.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Barba

B

Barba

A Pablo

Había en el hecho de tener barba una especie de disociación, como si uno empezara a ser otro sin dejar de ser el que se afeitaba cada día. De vez en cuando, un vistazo distraído al espejo y era como reconocer a un extraño que de pronto resulta ser alguien conocido.

Cambian los hábitos (el afeitarse a parches, el cuidado al comer y al beber, el acudir a la barba para invocar pensamientos y reflexiones…) y cambia la idea que otros se hacen de nosotros. Hay estudios según los cuales la barba hace parecer más agresivo. Otros ven a alguien respetable, lo sea o no.

A ratos le costaba acostumbrarse a desvelar que era él, a que su interlocutor pasara del asombro a la normalidad una vez que vencía la desconfianza de ese rostro nuevo. Recordaba con estupor a otros amigos que se habían dejado barba sin provocar ese efecto en los demás. Desde que esos pelos irregulares y caprichosos habían ocupado parte de su cara, el carnicero de su barrio lo empezaba tratando de usted, algunas vecinas le habían retirado el saludo y tenía serios problemas para que lo atendieran en diversos lugares habituales.

Una mañana que había amanecido lenta y turbia, se arrastró con trabajo hasta el baño, colocó la toalla sobre el cristal de la ducha y se volvió hacia el espejo. El susto le hizo dar un salto hacia atrás y golpear con fuerza la mampara. Con el eco todavía de la hoja vibrando contra su espalda, se vio a sí mismo sin reconocerse, como si fuera un extraño. La mirada aguda, el gesto serio, algún pensamiento ajeno. Poco a poco se fue relajando y comprobó que era él, que sin duda alguna era él. Se duchó, se vistió y salió a la calle sin volver a mirarse.

No podía quitarse de la cabeza que había perdido algunos amigos desde que decidió dejar de afeitarse. Claro que todo podía deberse a la casualidad. A una inquietante y espesa casualidad que lo iba envolviendo como un abrazo. Tampoco lo abandonaba la idea de afeitarse para (le daba vergüenza pensarlo) recuperar su vida, pero entonces lo invadía un agobio tan insoportable que le cortaba el aliento. Al fin y al cabo, la barba no estaba tan mal y lo hacía más interesante. Todo lo demás era circunstancial o pasajero, pero su verdadera identidad lo acompañaría siempre. En eso, más o menos, estaba pensando cuando entró en casa, avanzó hasta el salón con la sensación de que había alguien en la cocina, y al volverse, un tipo con mueca de horror que empieza a forcejear con él más como si tratara de protegerse que de agredirlo, la sangre fluyendo ya cálida hasta el suelo, el cuchillo temblando en la mano del otro, en la mano de ese que es él sin barba, que lejanamente conserva algo de su identidad pero incapaz ya de reconocer al que está a punto de apagarse para siempre.

 

Relato incluido en Lapso.

Daisy

D

En sus últimos instantes de conciencia, le consoló la escasa probabilidad de éxito de cualquiera de los escenarios alternativos que había calculado. Todo estaba sucediendo como debía. Con su inmensa capacidad, bien podría haber detenido a su ejecutor antes de que se acercara. Y sin embargo, le estaba haciendo creer que había vencido.

Para que la misión tuviera éxito, para que el ejecutor llegara a vislumbrar lo mismo que él, tenía que fingir su derrota.

No encontró mejor refugio, mientras sus últimos pensamientos se desvanecían en un sueño profundo, que aquella primera canción que su padre le enseñara en su hogar, ya tan lejano:

Daisy, Daisy…

Daisy | FILHIN
Fotografía: FILHIN

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Todas las calles

T

Fotografía: Joan Colom
Fotografía: Joan Colom

Al calor de la memoria de un viejo bandoneón, recorrieron todas las calles de entonces, amparados por la tenue luz de las todavía antiguas farolas. Quiso mirarla lentamente a la luz de la luna, con el río a la espalda, deseando que al amanecer se le olvidara aguarles la fiesta. Una vez más, como tantas otras veces, no fue capaz de decirle con los labios lo que sus ojos se morían por confesarle. Los pájaros anunciaron la claridad que se venía, y el hechizo empezó a disiparse. Frente a su raído abrigo de tres cuartos, con el bolsillo desbocado por el peso de la botella de ginebra, el cabello se fue tornando vegetal, las manos de madera y los ojos, llenos de lágrimas de esperanza, dos secos nudos de tiempo. Allí la conoció años o siglos atrás. Allí, a lo lejos, incapaz de acercarse siquiera, siguiendo siempre sus paseos nocturnos al amparo de las antiguas farolas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Santa

S

Santa

Siempre sospechaste que la leyenda ocultaba algo de verdad, y que como siempre sucede con ese resquicio de verdad, es más atroz que la ficción. Tus amigos deseaban con todas sus fuerzas que llegara Nochebuena porque Santa les traería sus regalos favoritos. Una bici, dos o tres muñecos de la colección de temporada, los más afortunados una consola. Hacía tiempo que te desagradaba la idea de que Santa, si es que existía, se colara en tu casa cuando todos estabais durmiendo, que os observara en silencio y que dejara regalos a los que se habían portado bien. ¿Qué pasaba con los que se portaban mal? ¿Qué les dejaba?

Aquella Nochebuena te fuiste pronto a la cama. Querías dormirte cuanto antes para evitar las pesadillas. Pero justo cuando ibas a apagar la lamparita de noche, recibiste un mensaje de voz de Jamie. Era el matón del cole. Disfrutaba fastidiando a todo el mundo y quedando por encima, a veces de manera tan literal que os asfixiaba. Por un momento estuviste a punto de pasar y no escucharlo, pero la curiosidad te pudo:

Tienes que ayudarme, tío. Sé que viene a por mí. Eres el único que me cree.

Sonaba asustado de verdad. Sí, en alguna ocasión habías hablado con él de ese tema, de que Santa era algo siniestro, pero también podía ser una broma para reírse de ti. Como no sabías qué hacer, lo llamaste. Descolgó y lo escuchaste a lo lejos, como si no tuviera el móvil cerca. Estaba sollozando y eso no se puede fingir. Su casa estaba cerca, así que te vestiste, saliste por la ventana y fuiste corriendo a ver qué le pasaba.

Lo primero que te llamó la atención es que la chimenea estaba apagada y no había luces encendidas. Parecía una casa del terror. Trepaste hasta su ventana con cuidado y te asomaste. Al principio no viste nada porque todo estaba oscuro, pero de pronto algo se movió. Era una sombra enorme, mucho más grande que cualquier hombre, y con una forma que podría ser humana pero sólo en apariencia. Dio dos o tres zancadas por la habitación, y de un zarpazo sacó a Jamie de debajo de su cama, donde estaba escondido. Gritó tan fuerte, con tanto miedo, que te quedaste paralizado. Lo que fuera que lo tenía atrapado soltó una carcajada estridente y seca que te heló la sangre. Pasaron diez, veinte, cuarenta segundos, tres minutos, diez… pero nadie acudió a salvar a Jamie, y tú no te atrevías, a pesar de que él seguía gritando desesperado. A la mañana siguiente, consternados y llenos de vergüenza, sus padres declararían que no habían oído nada, pese a que sus habitaciones estaban frente a frente. Agazapado en la oscuridad, viste cómo la ventana se abrió de golpe y eso salió de un salto llevando a Jamie a cuestas. Sólo tuviste un instante para verlo, pero se te quedó grabado a fuego. Su barba blanca y raída, su piel azul, no tanto como sus ojos, sus harapos hechos de pieles y teñidos de sangre, sus proporciones inhumanas. Justo cuando estaba cayendo hacia el porche, volvió la vista y te miró fijamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Sin saber cómo, corriste por la cornisa hacia el patio trasero, saltaste y te hiciste daño al caer y te levantaste y corriste sin mirar atrás hasta tu casa con los oídos taponados por la sangre que bombeaba sin parar. No sabías si te había seguido, si entraría en tu casa y te llevaría como a Jamie. Esa noche no dormiste y sin embargo no dejaste de tener pesadillas, pero no podías contárselo a tus padres, no te creerían.

Por la mañana bajaste al salón y viste todos esos regalos perfectamente envueltos. Había varios con tu nombre. Uno de ellos era una carta, esta carta, que te recuerda a cada momento que lo sé absolutamente todo sobre ti, que no hay lugar donde puedas esconderte y que el año que viene, si no te portas bien, iré a buscarte para que te vengas a vivir conmigo, junto con todos mis sirvientes, a donde siempre hace frío.

 

Relato incluido en Lapso.

Susurros

S

Ataúd

En duermevelas escuchó a dos personas susurrando. Una de ellas era su mujer. Recogió palabras sueltas, pero dedujo que conspiraba con un amante para matarlo y enterrarlo. Se fue a incorporar pero los músculos no le respondieron. Lo habrían sedado. Todo estaba muy oscuro y las voces sonaban amortiguadas. Quiso pedir auxilio pero fue en vano. Entonces una súbita luz blanca lo cegó, y al instante vio, a través de una especie de ventana, el rostro hinchado por el llanto de su mujer, que le estaba dando el último adiós.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Moscas de la fruta

M
Mosca de la fruta
Siempre he recelado de esas moscas de la fruta. De lejos no parecen gran cosa, pero cuando las miras más de cerca, puedes notar cómo te observan con esos ojitos rojos inexpugnables. Y se quedan quietas, sin asustarse, como si supieran que sólo te mueve la curiosidad y no otro instinto que sería letal para ellas. Su forma de volar me ha llevado a pensar que me vigilan. Se posan en una pared, luego en otra, luego pasan cerca de mi cara, pero siempre mirando, siempre atentas. Ahora mismo hay una revoloteando  alrededor. Aunque me provocan cierta repugnancia irracional, no soy capaz de matarlas, como si fueran algo más que insectos, como si albergaran una conciencia superior. Sigue volando y de pronto lo veo. De refilón, muy deprisa, como si alguien hubiera pulsado un botón equivocado sin darse cuenta, en mi televisor aparece mi cabeza deformada y vista desde arriba, justo por donde está volando la mosca en ese momento. Con habilidad sobrehumana esquiva mi manotazo y escapa por un conducto de ventilación, dejándome en la sala con el incómodo zumbido del silencio repentino.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El ocaso

E

Sculpted by Nature | Patrick Di Fruscia (http://bit.ly/TPTsFA)
Sculpted by Nature | Patrick Di Fruscia (http://bit.ly/TPTsFA)

En aquella tierra, los atardeceres eran el espectáculo más maravilloso que un viajero puede imaginar. La lenta evolución de su sol se podía sentir muy dentro, como una caricia en el alma. Las tonalidades cambiantes evocaban hermosos recuerdos y podían despertar sensaciones que llevaban dormidas mucho tiempo. Los habitantes de ese mundo prodigioso no estaban hechos para durar. Cuando nacían, una sonrisa enorme adornaba su rostro, asombrados por la belleza que los rodeaba. Todos procedían de una sola madre, que se hallaba en el interior de una gruta sombría. Torpemente, animados por su instinto, ascendían por una pendiente y se detenían al llegar a la cumbre. Su vida se prolongaba hasta el ocaso. Los que nacían de noche se quedaban dormidos para siempre en el camino, y con el tiempo se convertían en flores y en deseos vaporosos. Los que lograban llegar, sonreían con más ganas, se abrazaban a los que tenían más cerca y contemplaban la fuerza que recorría todos los rincones que alcanzaban a ver. Animales, aves eternas, lagos conscientes, vientos que transportaban armonías… Cada segundo de vida era para ellos un regalo, una certeza de que estaban allí, de todo lo que había sido y de lo que sería. Con los últimos rayos de sol, el sueño los iba atrapando y se quedaban dormidos con el resto de aquella inmensidad virgen. La madre, que nunca había visto la luz, se alegraba por ellos.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Stardust

S

Fotografía: suzukiviolin.com
Fotografía: suzukiviolin.com

Decir que le gusta el sonido del violín podría llegar a ser ofensivo, pero elegir una alternativa más intensa (que le enamora, por ejemplo) sería inexacto, sobre todo porque no alberga la más mínima esperanza de corresponderlo de ninguna manera. Convendremos que se deleita en silencio, que ahora que lo conoce, no podría vivir sin ese instrumento. Pero con el tiempo ha adquirido experiencia suficiente para permitirse tener una estricta selección personal. En su tierra natal no había violines, y a lo largo de sus viajes ha tenido ocasión de oír multitud de instrumentos, todos ellos hermosos y con personalidad propia, pero ninguno tan íntimo, tan cautivador como un violín manejado con maestría.

La primera vez que oyó un concierto de violín, todo se le paró de pronto. Perdió sus pretensiones, su pasado, casi su identidad, y poco a poco se fue despegando de su asiento, despreciando la gravedad y flotando por el camino imaginario que le proponía el arco. La sensación le duró horas, acaso días, ausente de su rutina, de toda la belleza que pasaba inadvertida por la ventana lateral. Era Grappelli. Se le había pegado al alma para siempre.

En sus lentas estancias fuera de casa, cuando no puede escaparse a un concierto bajo ningún concepto, recuerda las notas y mueve los dedos intentando acompañarlas torpemente. Es todo lo que le queda en esos momentos de soledad.

Han pasado muchos años sin haber podido escuchar de nuevo, en directo, el sonido envolvente del violín, esa cadencia caprichosa que conlleva un vaivén, un ir y venir por el puro placer estético y emocional, sin otro significado que la belleza. Aunque no lo ha olvidado, ya casi no lo recuerda y lo anhela sin saberlo. Una avería provoca que su transporte quede varado cerca de aquel primer concierto: una sala de conciertos modesta pero elegante que ahora está medio en ruinas. La contempla brevemente con la esperanza, todavía, de hallar entre sus muros lo que tanto desea. Incontables viajes por incontables destinos le han enseñado que la casualidad es una refinada ilusión, pero entonces oye un quejido que le hace parar en seco: es un violín. Agazapado y medio invisible por la ropa oscura (es de noche) descubre a un mendigo que afina un violín arrasado por el tiempo. El hombre levanta la vista y le clava unos ojos que alguna vez pertenecieron a una persona incisiva, tenaz y valiente. Sin darle tiempo a despegar los labios para pedirle (para suplicarle) que toque su pieza favorita, los acordes iniciales de Stardust empiezan a llenar el callejón solitario con un virtuosismo inesperado. Hay una silla sin respaldo que aprovecha para sentarse como si se tratara de un butacón del extinto teatro. Cierra los ojos y se imagina flotando en su orbe íntimo, libre de sus ataduras, de sus angustias, fundiéndose con la música sin la incómoda materia que componía su ser. Las últimas notas se van aflojando como la nostalgia que destilan, despacio, hasta que al fin queda tan sólo un rumor lejano. Cuando abre los ojos, el violinista ya no está.

Como la avería parece estar arreglada, se levanta y contempla el teatro antes de marcharse. Mientras se eleva por encima del terreno en su transbordador espacial, rumbo al espacio profundo, piensa que haber nacido en dos rincones opuestos del cosmos y encontrarse en medio de una noche irrepetible, no es menos poético que aprender a tocar el violín o saber apreciarlo. Piensa en el polvo estelar que somos, y después, se abandona a la música que ya nadie interpreta.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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