Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

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Stardust

S

Fotografía: suzukiviolin.com
Fotografía: suzukiviolin.com

Decir que le gusta el sonido del violín podría llegar a ser ofensivo, pero elegir una alternativa más intensa (que le enamora, por ejemplo) sería inexacto, sobre todo porque no alberga la más mínima esperanza de corresponderlo de ninguna manera. Convendremos que se deleita en silencio, que ahora que lo conoce, no podría vivir sin ese instrumento. Pero con el tiempo ha adquirido experiencia suficiente para permitirse tener una estricta selección personal. En su tierra natal no había violines, y a lo largo de sus viajes ha tenido ocasión de oír multitud de instrumentos, todos ellos hermosos y con personalidad propia, pero ninguno tan íntimo, tan cautivador como un violín manejado con maestría.

La primera vez que oyó un concierto de violín, todo se le paró de pronto. Perdió sus pretensiones, su pasado, casi su identidad, y poco a poco se fue despegando de su asiento, despreciando la gravedad y flotando por el camino imaginario que le proponía el arco. La sensación le duró horas, acaso días, ausente de su rutina, de toda la belleza que pasaba inadvertida por la ventana lateral. Era Grappelli. Se le había pegado al alma para siempre.

En sus lentas estancias fuera de casa, cuando no puede escaparse a un concierto bajo ningún concepto, recuerda las notas y mueve los dedos intentando acompañarlas torpemente. Es todo lo que le queda en esos momentos de soledad.

Han pasado muchos años sin haber podido escuchar de nuevo, en directo, el sonido envolvente del violín, esa cadencia caprichosa que conlleva un vaivén, un ir y venir por el puro placer estético y emocional, sin otro significado que la belleza. Aunque no lo ha olvidado, ya casi no lo recuerda y lo anhela sin saberlo. Una avería provoca que su transporte quede varado cerca de aquel primer concierto: una sala de conciertos modesta pero elegante que ahora está medio en ruinas. La contempla brevemente con la esperanza, todavía, de hallar entre sus muros lo que tanto desea. Incontables viajes por incontables destinos le han enseñado que la casualidad es una refinada ilusión, pero entonces oye un quejido que le hace parar en seco: es un violín. Agazapado y medio invisible por la ropa oscura (es de noche) descubre a un mendigo que afina un violín arrasado por el tiempo. El hombre levanta la vista y le clava unos ojos que alguna vez pertenecieron a una persona incisiva, tenaz y valiente. Sin darle tiempo a despegar los labios para pedirle (para suplicarle) que toque su pieza favorita, los acordes iniciales de Stardust empiezan a llenar el callejón solitario con un virtuosismo inesperado. Hay una silla sin respaldo que aprovecha para sentarse como si se tratara de un butacón del extinto teatro. Cierra los ojos y se imagina flotando en su orbe íntimo, libre de sus ataduras, de sus angustias, fundiéndose con la música sin la incómoda materia que componía su ser. Las últimas notas se van aflojando como la nostalgia que destilan, despacio, hasta que al fin queda tan sólo un rumor lejano. Cuando abre los ojos, el violinista ya no está.

Como la avería parece estar arreglada, se levanta y contempla el teatro antes de marcharse. Mientras se eleva por encima del terreno en su transbordador espacial, rumbo al espacio profundo, piensa que haber nacido en dos rincones opuestos del cosmos y encontrarse en medio de una noche irrepetible, no es menos poético que aprender a tocar el violín o saber apreciarlo. Piensa en el polvo estelar que somos, y después, se abandona a la música que ya nadie interpreta.

 

Relato incluido en Lapso.

Hasta nunca, hijos de puta

H

Hasta nunca, hijos de puta

Señoras y señores ministros, banqueros, aristócratas, etcétera:

Somos el pueblo, que es un sinónimo de las personas sin cara y sin nombre que ustedes están acostumbrados a aplastar. Somos su entretenimiento, sus bufones. Nos quitan las oportunidades. Nos quitan el dinero. Nos quitan nuestros hogares. Nos quitan el futuro. Y nosotros, pobres gentes, no podemos hacer nada más que mirar y quejarnos sin armar mucho escándalo.

Por eso nos hemos rendido. Ya no tenemos fuerzas. Cuando reciban esta carta, ya tendrán con ustedes todos nuestros ahorros, los pocos que nos quedaban, pero que en suma son una fortuna. Esperamos que a estas alturas estén retozando entre los billetes en el lujoso hotel que les hemos pagado. Disfruten del momento, es algo único. Disfrútenlo a tope porque el veneno que impregnaba cuidadosamente cada una de esas hojas de infamia ya les habrá calado hasta la médula.

Hasta nunca, hijos de puta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El ciervo

E

El ciervo

A Isa

Conducía en la noche más profunda y cerrada intentando encontrar un pueblo que no aparecía en los mapas, y por supuesto tampoco en ningún GPS. Sólo podía intuir la densidad del bosque con las ráfagas de los faros en las curvas más pronunciadas, y su sola noción me inquietaba. En un par de ocasiones jugué a detener el coche y apagar luces y motor para sentir el miedo viscoso de ese bosque infinito. De pronto, tras una curva, iluminé un claro donde había una figura. Paré de golpe, sobre todo por la curiosidad. Era un ciervo con una cornamenta majestuosa. Estaba comiendo algo que había a sus pies. Recuerdo que alzó la vista y me clavó una mirada encendida de ojos rojos, la sangre derramándose entre los colmillos brutales, el cadáver humano yaciendo en el suelo, la oscuridad en el retrovisor cuando pisé a fondo para dejarlo todo atrás.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

¡Feliz Día del Libro!

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

No soy muy de días conmemorativos ni aniversarios, primero porque soy muy desmemoriado, y segundo porque me aterra el paso del tiempo. Pero el significado de este día requiere que haga una excepción porque es trascendental. El libro. Los libros.

Un libro es un objeto que, en determinadas ocasiones, esconde un alma. Es una puerta que te conecta directamente con pensamientos, sensaciones, lugares y momentos ajenos. Es un regalo. Posiblemente el más hermoso de todos los regalos del mundo.

Mi modesta aportación a un día como hoy es una serie de textos en los que un libro desempeña un papel más o menos definitivo. Me gustaría haber tenido tiempo de publicar otras creaciones en las que los libros son aún más cruciales, pero tendrá que ser en otro momento. Espero que os gusten:

Lecturas - FILHIN
Lecturas – FILHIN

El precio de los recuerdos
El precio de los recuerdos – FILHIN

La promesa

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La promesa | FILHIN
La promesa | FILHIN

A Auxi

¿Recuerdas aquel año que habías prometido llevarle flores al Señor? Siempre has sido muy devota, de no faltarle ni cuando caían chuzos de punta. Ahí estabas tú, puntual a tu cita, para que no se pusiera triste. ¡Y qué poquitas veces le has pedido algo! Aquella vez fue la única, creo, y por eso le prometiste un ramo de claveles rojos bien bonitos. Entonces sucedió aquello que donde otros ven una curiosa casualidad, tú ves algo más hermoso. ¿Y qué quieres que te diga? Si para ti es así, ¿qué más da lo que opinen los demás? Era la Madrugá, y llevábamos un buen rato en las sillas esperando que pasara el Señor. Aquel año faltaron los señores que tenemos delante desde hace tantos años, y en su lugar vino un matrimonio con una niña rubita y con la piel muy clara, ¿te acuerdas? ¡Claro que sí, cómo se te iba a olvidar! Venía el Señor caminando despacito como sólo él sabe hacerlo, y de pronto, se nos paró justo enfrente. ¡Ay, qué alegría te entró de tenerlo tan cerca, después de tanto esperar, de tantos días dándoselo todo! No sé si fue la brisa o que no estaba bien colocado, pero un clavel rojo se desprendió del paso y le cayó a la chiquilla en el regazo. Y con la naturalidad de los niños, se volvió sonriendo y te dijo: «Toma, para ti.»

 

Microrrelato incluido en Lapso.

¡Contente!

¡

Sintió que se moría y contuvo la respiración para evitar irse del todo. Así, quedó entre la vida y la muerte: viendo y oyendo y sintiendo frío y calor, pero sin poder moverse, sin poder hablar. Vivía en la más completa soledad, nadie llamaba nunca a su puerta. Nadie encontraría jamás su cuerpo eternamente moribundo.

Consultoría

C
A todos los consultores que han trabajado en empresas de mierda

Office at night

Tiene que presentar una importantísima oferta comercial y el plazo vence hoy. No, no es importante: es vital. Si no lo hace a tiempo, es más que probable que no conserve su empleo. Unos y otros asuntos de proyectos paralelos, de urgencias de última hora y de encargos de jefes de otros departamentos, le han impedido terminar la propuesta con más holgura. Sabe que hoy le tocará cerrar la oficina, así que intenta no sentir la urgencia de los compañeros que salen pitando para evitar el atasco de última hora. Bendita consultoría, piensa mientras sonríe con resignación. Necesita concentrarse, poner la mente en blanco y escribir los cuatro o cinco párrafos cruciales, la tabla comparativa y el capítulo económico. Algo difícil de conseguir cuando su jefe no para de ponerse a su espalda con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la corbata casi rozando su espalda, sin preguntar pero inquiriendo con vehemencia. Mientras la oficina se va quedando hueca y silenciosa, ensaya algunas fórmulas eficaces, y a qué negarlo, repetidas. Antes de marcharse, su jefe le dedica una mirada que contiene una amenaza y la verbaliza sin reparos. “O la presentas a tiempo, o te vas a la puta calle. Y si no ganamos, ya veremos.” Portazo, y al fin, todo en calma. Un entorno manejable, controlado salvo por algún teléfono despistado que sonará en algún momento de la tarde. Ahora puede empezar a soltar todas esas frases que se habían quedado a medias por el jaleo y los nervios. Coloca las manos sobre el teclado y mira hacia arriba, buscando la inspiración. Pero las frases no están. Se han ido corriendo con todos los demás. Retrocede hasta la primera página para ponerse en contexto y recordar, una técnica que le ha venido funcionando razonablemente bien. Y sí, se pone en contexto, recuerda lo que hay que completar, pero no le consigue dar forma. Mira el reloj para controlar el tiempo que le queda y empieza a sentir la presión. Sabe que tiene tiempo, pero no le sobra. Decide poner a un lado la literatura y atacar los números, que se dejan hacer mejor. Necesita un documento con anotaciones que estaba en su mesa. Un documento que estaba, porque ahora no lo encuentra. Intenta localizarlo en su buzón de correo electrónico. El documento parece haberse esfumado con las frases, sus compañeros y la inspiración. Sin esas anotaciones, no hay propuesta que valga. Llama a su jefe sabiendo que se va a llevar una bronca. Salta el buzón de voz. Le envía un mensaje. Vuelve a las frases y se apoya en propuestas anteriores. Más o menos encuentra los puntos que tiene que expresar, aunque no sean exactos. Empieza a escribir y se equivoca. Donde quisiera haber escrito evolución, sale evlocluión. Es normal, la prisa arruina la más rigurosa mecanografía. Borra. Vuelve a escribirlo. Evlocluión de nuevo. Borra y respira hondo. Teclea más despacio, esta vez mirando las teclas. Evlocluión aparece como una broma pesada. Borra y escribe de nuevo evlocluión. Su grito parte en dos la calma de la oficina con la luz solar ya casi ausente. Opta por un sinónimo. Desallorro en lugar de desarrollo. Se ríe a carcajadas. Borra. Escribe. Desallorro con el cursor detrás, parpadeando como una burla. Coge un papel y lo escribe bien. Prueba a escribir evolución y surge con normalidad. Vuelve a teclear, con mucho cuidado, evlocluión y desallorro. Se levanta y va al baño para refrescarse. Bebe agua directamente del grifo y aprovecha para llamar a su jefe otra vez, que sigue teniendo el buzón de voz y no responde a los mensajes. El reloj no le deja casi ningún margen. Su empleo depende de esta propuesta en la que todo sale mal. Hace calor o lo tiene. Se quita el jersey. Respira con la boca abierta porque parece que no queda suficiente aire en la oficina. Se levanta y apaga la luz para ver si la oscuridad le ayuda. Desde la ventana ve las luces de la ciudad, las ráfagas de los coches en los que le gustaría estar dirigiéndose a esos puntos de evasión, esas luciérnagas tentadoras que otorgan el olvido y la paz. Vuelve a la pantalla, cuya luz no promete nada. Evlocluión, desallorro, progesro, cmabio, ninguna funciona. En cambio, puede escribir a la perfección otras palabras auxiliares que no le van a servir para terminar la propuesta. Piensa en el día siguiente, cuando le den la carta de despido, pero sobre todo, en los gritos de su jefe, y al imaginar esa escena, cierra los ojos y agacha la mirada como un acto reflejo. El dolor de cabeza empieza a asomar y amenaza con arruinar las escasas dos horas que tiene para terminar ese documento infinito y esos cálculos que ya ni siquiera entiende. Cuando reciba la llamada del director de Personal y se encierre en ese despacho sin ventanas ni vida, tras soportar los gritos y las increpaciones de su jefe, se tendrá que enfrentar a las miradas de todos sus compañeros, que ya lo sabrán todo y que se burlarán sin reparos. En esas escenas imaginadas, su jefe aparece más grande, más desafiante, con la frente enorme como si fuera una especie de pirámide invertida, y sus compañeros, como triunfadores llenos de calma y de seguridad en sí mismos. Ensaya nuevas combinaciones pero ninguna funciona. Se le ocurre una idea desesperada: dejar en blanco esas palabras malditas y escribirlas a mano. El problema siguen siendo los números, pero ya se encargará de eso. Sin saber muy bien lo que está haciendo, termina de redactar los contenidos que puede escribir con normalidad. Rehace los cálculos sin tener en cuenta las anotaciones. Deduce que es mejor aducir un despiste que no presentar nada. Se prepara para imprimir. El tóner se ha acabado. Lo envía a la otra impresora y empieza a salir papel. De pronto, más o menos a la mitad, en lugar de caracteres normales, empiezan a aparecer símbolos extraños. Cancela y vuelve a lanzar la impresión desde esa página. De nuevo los símbolos. Copia el contenido a otro documento nuevo y lo vuelve a lanzar. Lo mismo, símbolos ilegibles. Mira el reloj. No le queda tiempo para buscar una imprenta y que, para colmo, le vuelva a pasar lo mismo. A esa hora ni siquiera queda personal en las oficinas de las otras empresas a quien pedirles el favor. Una nueva iluminación: fotografiar las páginas con el móvil e imprimir las imágenes. A estas alturas maldice los estúpidos hábitos de usar documentos impresos. No ya por el medio ambiente. Ni siquiera por el gasto que supone el papel (y su distribución, y su almacenamiento), las impresoras, la tinta… No, es por estas complejidades del demonio. Estas situaciones absurdas en las que todo se conjura para no funcionar y en las que sería más sencillo pulsar un botón y enviar un documento adjunto. Y maldice, sobre todo, que a su jefe no se le haya ocurrido intentar negociar un período de gracia para presentar la oferta. La idea de imprimir las fotografías parece funcionar, y antes de que la tinta pueda acabarse, tiene el documento impreso. Todavía le queda tiempo. A toda prisa mete los papeles en una carpeta y se pone el abrigo, sale corriendo hacia la puerta, y cuando casi ha dado un portazo triunfal, recuerda las palabras en blanco. Son palabras clave, sin las cuales ni siquiera se van a molestar en tener en cuenta la propuesta. A la puta calle. A la puta calle. Se apoya en la mesa de la recepción y busca los huecos vacíos en medio de todas esas palabras que se mueven solas y que casi no puede leer. El dolor de cabeza tampoco ayuda. Encuentra el primer hueco. Escribe evlocluión, que hace un rato pudo escribir sin problemas. En un post-it prueba a escribir otra palabra cualquiera: caballo aparece impecable. Incluso involución. Pero evlocluión es lo máximo que puede sacar. En el mismo post-it intenta las alternativas que ya había probado: desallorro, progesro, cmabio. En un ataque de furia destruye el bolígrafo contra la mesa. Presentarla así o no hacerlo es lo mismo. A la puta calle. El edificio no tiene vigilante, y a esa hora es imposible encontrar a nadie en la zona, alguien que pudiera escribir esas palabras en su lugar. Llamar a algún amigo no sirve, no llegaría a tiempo. El dolor de cabeza es ya demasiado fuerte. Apoya la espalda en la pared y se resbala como a cámara lenta. Al fondo, el cristal de la ventana muestra los reflejos de las luces lejanas, de toda esa gente que se divierte lejos de sus preocupaciones.

A la mañana siguiente, el primero en llegar ve los papeles desparramados en la recepción, el bolígrafo hecho pedazos, su cuerpo como si durmiera con el abrigo a medio poner o a medio quitar.

 

Relato incluido en Lapso.

En penumbra y de medio perfil

E

Recibió una citación del juzgado para declarar por un presunto fraude. No sabía nada del asunto, ni siquiera había estado en esa lejana provincia, pero todo apuntaba que era él quien había cometido esos hechos. Supo entonces que le habían robado la identidad. Del otro no sabía nada. Dónde vivía, con quién se relacionaba, y sobre todo, cuál era su aspecto. En los largos meses de trámites y papeleo, declaraciones y justificaciones que no tendría por qué haber ofrecido, intentaba imaginarlo, recrear su aspecto, aunque lo más que lograba visualizar era su rostro en penumbra y de medio perfil. Le intrigaba por qué lo había elegido a él. Por qué, entre tantas identidades donde escoger, había optado por la suya. Con el tiempo se fue obsesionando, pensando más en el otro que en sí mismo, inventándose una vida de pendencia y riesgo constante. Un día se descubrió ideando cómo robar en una tienda, pero por suerte pudo salir antes de perpetrar el delito. Ya en casa, deseó quitarse todo eso de encima pero intuyó que el cambio era ya demasiado profundo. Por su mente pasó por un instante la idea de rajarse el cuello con la esperanza de que el otro, en algún lugar remoto, también cayera fulminado. Pero ese final se le antojaba demasiado histriónico, así que salió de su casa dejando la puerta abierta y vagó sin rumbo aparente durante varias horas. Paseos, inciertos trayectos en tren y breves horas en pensiones difuminaron o confundieron su noción del tiempo, y en medio de la noche llegó rendido a un barrio sucio y desordenado. Se dirigió sin pensar a la cancela entreabierta de un bloque antiguo y subió las escaleras. Había un largo pasillo, y al fondo, una puerta como todas las demás. Pero no era todas las demás. La empujó y cedió sin quejarse. En el recibidor, que estaba en penumbra, había un espejo en el que pudo atisbar un rostro ajeno, en penumbra y de medio perfil. Una mujer lo esperaba desnuda en una cama donde nunca había yacido. Lo miró sin sorpresa. Mientras, el otro ya habría llegado, se estaría acomodando en su biblioteca, se habría servido una copa de brandy sin hielo y estaría respirando con calma esa soledad que redimía todos aquellos años de persecución incesante.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Botas de agua

B

Su madre siempre le había advertido que evitara el agua de la lluvia a toda costa. Su calzado siempre constó de un par de gruesas botas de goma hasta las rodillas. En alguna ocasión había sufrido severos castigos por llegar hasta el umbral de la puerta sin llevarlas puestas.

Hacía tiempo de eso y ya no vivía con su madre. Por eso y porque ese día había amanecido con un cielo limpio, decidió librarse de las botas de agua y usar un calzado más ligero. Salió a pasear sin pretensión de llegar a ningún lugar concreto, por el sencillo placer de hacerlo. La suela de las zapatillas era muy fina porque quería sentir el relieve del asfalto, las llagas de las losetas, las piedrecillas y los tapones de las botellas de plástico. De un momento a otro, un grupo de nubes oscuras cerró el día desde todos los flancos. Lo pilló por sorpresa, en medio de la nada, sin edificios en los que poder cobijarse de la lluvia inminente. Las primeras gotas no mojaron sus pies, pero no tardó en apretar y notó cómo el agua calaba desde abajo. Conforme se mojaba, empezó a sentirse débil, y también como si su estatura se fuera reduciendo lentamente. De pronto cayó al suelo y contempló, entre horrorizado y liberado, sus piernas de arena terminando de deshacerse en el suelo mojado.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Ejecución

E

Presionando fuertemente sobre su cabeza, le indicó el procedimiento con frialdad:

—Los técnicos incrustan el cañón de la pistola en el cráneo para minimizar el recorrido de la bala. De esa forma, el sufrimiento es casi inexistente.

Antes de pasar a la cámara de ejecución, me permitieron despedirme de mi familia, a la que ya no volvería a ver. Toda mi vida (la futura, la que no iba a vivir ni a sentir) se dibujaba vertiginosamente en mi mente. Me quedarían unos minutos en esa sala blanca, aséptica, con esos extraños contemplando mi horrible final. Sentí que el mundo se me escapaba por los pies y traté de urdir algún plan de fuga, que resultó ser completamente inútil. La puerta estaba abierta y los técnicos me esperaban con la pistola cargada.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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