Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

Tagcuento

Segundo viaje a Venecia

S

Góndolas, Venecia - http://filhin.es
Góndolas, Venecia – http://filhin.es

Lina ha llamado para recordarle tres o cuatro reuniones. ¿Tres? ¿O cuatro? Bueno, qué más da, ella siempre llama otra vez. El día está nublado pero no tanto como para evitar la calculada luz difusa que entra por el amplio ventanal del salón, inundando la sala de la calma justa que necesitaba el lienzo de la pared opuesta. Es su preferido. Una fotografía a color del embarcadero de góndolas de la Piazza di San Marco, en Venecia, ese lugar fotografiado por casi todos los turistas que pasean por la plaza, repetido hasta la saciedad en postales y guías de viaje. Pero ese lugar, el de la fotografía, es único. El enfoque, el encuadre, la luz capturada con habilidad, el minucioso revelado para no alterar su esencia… No hay otra fotografía igual. Las hay mejores y peores, pero todas distintas a ésta, demasiado iguales entre sí. El lugar que refleja ya no existe, o sólo existe en ese trozo de lámina impresa. La conoce a la perfección. Cada detalle, cada reflejo en el canal, cada sutil cambio de tonalidad. Sabe que no sería posible volver allí y repetir esa fotografía. La luz, las barcas, el nivel del agua… todo habría cambiado. El timbre del teléfono arruina sus divagaciones. Se va de casa, no sin dedicarle una última mirada.

Durante el día realiza sus tareas mecánicamente, sin impregnarse de ellas. No quiere que nada toque su armonía interior. De fondo, cuando se apartan todos los ruidos, queda el rumor incesante del embarcadero, la madera crujiendo y el agua chapoteando despacio entre las góndolas. Ese viaje fue muy especial. La encontró y la perdió allí. Nunca supo su nombre, pero en tres días llegó a conocerla mejor que a cualquier otra persona de su vida. No hubo más palabras que las necesarias. El misterio veneciano hizo el resto. Ella surgió de la nada, de repente, y tomó lo que quiso sin preguntar, sin cortejos que hubieran supuesto una irreparable pérdida de tiempo. Vivieron una vida nueva dentro de sus vidas impostoras y luego se fue en la niebla de la noche. Sin despedirse. Sin remordimientos. La última tarde en Venecia hizo la fotografía del embarcadero, donde apareció por primera vez, acaso para conservar su esencia imperturbable y encontrarse con ella, sin estar, cada vez que la recordara. El brusco frenazo del autobús disipa sus pensamientos. Es su parada.

Ya en casa, tras una larga ducha, pijama y batín, prepara la cena y se acomoda en el salón. Le gusta tener su tiempo y su espacio, un orbe que nadie pueda invadir. Su coraza es sencilla. Se compone de una rutina bien definida, una serie de pequeños caprichos a su alcance y teléfono y timbre desconectados para evitar intromisiones. Su minucioso paraíso dispone, además, de un plan de emergencia. Si alguna costumbre se ve alterada por un imprevisto, tiene alternativas a la altura de su exigencia. Por ejemplo, si una reunión se prolonga de manera no deseada y tiene que sacrificar su cena ritual, recurre a un baño caliente con alguna lectura relajante y un fondo musical neutro. Todo está medido. Todo tiene su sitio y su momento. Por eso el sobresalto, el susto, la respiración entrecortada al mirar el lienzo y descubrir, al fondo, cerca de la isla de San Giorgio Maggiore, una góndola que nunca había estado. Se levanta. Se acerca muy despacio. Se queda un rato mirando la fotografía, estudiando su recuerdo palmo a palmo. En esa zona no había nada. No tenía que haber nada. Sólo agua. Y sin embargo ahí está, desafiando su memoria, quebrando su paraíso efímero. Casi no se distingue del agua, pero está ahí. Inexplicablemente. Molestamente está ahí. Permanece un rato mirando ese fragmento de la imagen, tratando de recordar. Depende tan sólo de su memoria porque no tiene más copias y el original se perdió. Todos esos pensamientos pueden haber movido el reloj algunas horas. El cansancio le pesa en cada músculo. Se va a dormir.

El sueño apenas le proporciona alivio. Un sueño sin sueños, un vacío noctámbulo cargado de duda. Y al despertar, la otra góndola. Puede que no haya nada, que su imaginación le jugara una mala pasada. Sin pensar, se aventura por el pasillo y llega al salón. Despeja el ventanal y observa el lienzo. Sí, en efecto, la góndola sigue ahí. Ahora parece un poco más grande. Y parece que está más cerca. Con dificultad se distingue a dos personas a bordo, pero nada más. Se mira las manos y busca un espejo. Todo normal, como siempre. ¿Qué le está pasando? ¿Qué significa todo esto? No puede consultar con nadie porque esa imagen, ese instante preciso es suyo en exclusiva. Ni siquiera a ella, perdida entre las sombras de una ciudad infinita. Se aleja del lienzo despacio, sin dejar de mirarlo, con la góndola extraña al fondo.

Otro día de ir y venir, de ver rostros ajenos que le dicen cosas con una sólida argumentación que no le importan nada. Y la máscara constante de sonrisa ensayada, la frase feliz, el negocio cerrado. En uno de los tránsitos la ve desde la ventanilla del autobús. Pasa muy deprisa pero era ella, seguro. Intenta bajar, hay demasiada gente, no llega a tiempo y se le pasa la parada. Además, llega tarde a una reunión. A diferencia de otros días en los que le importa muy poco su profesión, hoy se le está notando más de la cuenta. Una disculpa de manual y sale a tomar el aire a una terraza desde la que se divisa la calle. Y allí, entre el tumulto, la ve, igual que cuando apareció por primera vez rodeada de extraños. Por impulso baja corriendo hasta la calle y la busca como un náufrago el bote salvavidas. La calle está abarrotada, es hora punta. Mira a un lado, a otro, avanza, levanta la cabeza, se tropieza, se asfixia, la ve al otro lado de la calzada girando la esquina de una bocacalle. Corre hasta allí, cuando llega no hay nadie, al final de la calle tampoco. De pronto recuerda la reunión. Lina habrá improvisado algo. Vuelve a casa. De camino evita mirar a la gente. No soportaría verla otra vez y no conseguir alcanzarla. El trayecto pasa sobre su cabeza, inadvertido.

Ya en el salón, comprueba sin demasiado asombro que la góndola está más cejada y se ha acercado un buen trecho. Tanto que puede distinguir a su pasajero (el gondoliere está de espalda), una mujer. Una mujer que es ella, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre las rodillas. Se frota los ojos pero sigue ahí. Quizá si regresara a Venecia, si la buscara con tenacidad… ¿Pero y si ya no está en Venecia? ¿Y si está en el lienzo o en la calle? Ella sabe quién es, dónde vive. Es cuestión de tiempo que suene el timbre o llegue al embarcadero y le haga una señal y el tiempo se detenga otra vez. Sólo tiene que esperarla. En sus cavilaciones va de un lado para otro. Súbitamente advierte que la góndola se ha alejado un poco. Se oye gritándole al gondoliere que reme más fuerte. Ha empezado a creer que pueden oírlo, que tiene influencia sobre lo que sucede al otro lado. Hoy tocaba su cena especial, pero no quiere alejarse tanto tiempo del lienzo. Su rutina, su virtuosa paciencia, empiezan a derrumbarse. La escena, sumergida en esa luz tan parecida a la que había cuando tomó la fotografía, hace que las góndolas parezcan cobrar volumen, entrar en el salón y mecerse lentamente con crujidos melancólicos. Esa imagen multiforme evoca la esencia de aquellos días, de aquella pasión volátil. ¿Qué tenía ella? ¿Qué la hacía tan especial, tan arraigada a esa ciudad de laberintos insondables y aparentemente dóciles? ¿Sería su habilidad para entrar sin llamar, para atravesar cualquier barrera y confundir su alma con la que estaba robando en silencio? La góndola se mueve apenas, tal vez más por el tímido oleaje que por los esfuerzos del remo. Ella sigue con la mirada baja, envuelta de misterio, aniquilando sus defensas al tiempo que alimenta su deseo. A ratos se asoma a la ventana y cree verla entre la multitud, pero si sale a buscarla y no es, si llega al embarcadero y le hace la señal y no está para verla… Una vez más piensa en Venecia, regresar allí, buscarla. Ese segundo viaje que ansía tanto como debe de ansiarlo ella. Se le antoja tan lejano como su cena, como su baño relajante, como el sonido del teléfono al fondo, será Lina, ella sabe qué hacer, siempre lo sabe.

 

Relato incluido en Lapso.

El precio de los recuerdos

E

Recuerdos

La fotografía es un universo muy complejo y con grandes posibilidades para la ficción literaria. Hacía tiempo que me apetecía escribir una serie de cuentos que profundicen en ese mundo de imágenes que ocultan tanto. Por aquello de la originalidad, los voy a titular fotocuentos.

El primero de ellos se titula El precio de los recuerdos.

Los Idus de marzo

L

Julio CésarPudo ser el día quince de marzo del año 44 a.C. Se celebraban los Idus en Roma. Las calles reunían a las gentes alborotando y riendo. Los espectáculos, que aún duraban, entretenían a los ciudadanos inconscientes del profundo cambio que se gestaba junto a ellos.

Por calles distintas caminaban distintos hombres, distintos propósitos. Cándidas togas distinguían a los autores de una de las más famosas páginas de la Historia. La toga también la llevaba quien había sido coronado con laurel y llevaba el cetro. Los senadores, pacientemente, esperaban al aclamado. Tan dignos actores lo recibieron como amigos y lo condujeron al interior del edificio, al que nadie había preguntado si quería formar parte de la obra.

Las fiestas seguían su curso. Los jóvenes, futuros senadores, caminaban despreocupados por una ciudad que contemplaba, impasible, cómo los acontecimientos estaban siendo barridos por un caprichoso péndulo histórico. Muchos no hubieran aceptado lo que estaba a punto de ocurrir. Pero acaso era tan fatal como necesario. Las columnas del Senado admiraban el paso de un hombre de quien se hablaba en cada rincón del mundo. Miraban también a los otros sin adivinar la intención de sus rostros. Todos caminaban hacia la sala que tantas veces los había acogido. Una vez allí, el sonido de los pasos quedó atrapado en el aire; las miradas congelaron la figura del hombre; varios puñales aparecieron tras el ondulante movimiento de las togas. Uno tras otro, fueron pasando junto al gran general, clavando, con el frío acero, el odio y envidia que había movido gran parte de la conspiración; las razones menores pudieron ser los intereses. No se asombró tanto el hombre de su muerte. No le importó tanto ver a Casio involucrado. La máxima decepción (la única, tal vez) fue saber la pérdida de Marco Junio Bruto, a quien él llamaba cariñosamente Bruto. Pronunció unas palabras, inaudibles casi por el tono de agonía, que el otro intentó desoír vanamente.

Alguien observaba tras una columna. Debió ser su persona la aclamaran las multitudes. Sin embargo, la Historia nos engañó. Kai su, teknon? no fueron las palabras pronunciadas por la agonía del hombre que estaba sentado, derrotado ya por las circunstancias y el deshonor. Fue el tiempo quien las provocó en su persona, el tiempo que lo había erosionado lentamente, haciéndolo creer que Bruto era como un hijo. La sangre corría alrededor del cadáver solitario entre las ausencias de la sala. Pero Cayo Julio César no había muerto. Tan sólo contemplaba, entre las sombras, el fin de otro hombre. Él, que había conquistado el mundo, que tenía en su mano la gloria y el poder, había despreciado el laurel y la vida cómoda, que otorgó a un impostor con un físico asombrosamente parecido. Se acercó al actor y le cerró los ojos. A ellos, a sus antiguos amigos, les hubiera confiado la vida en el campo de batalla. Pero esa confianza maltrecha se había ido con el último aliento del otro, el que yacía en un lugar que no le correspondía. Sabiéndose un fantasma, un conjunto de hechos incompatibles con el nuevo orden que ya empezaba a incendiar las calles, abandonó el edificio, se confundió con los ciudadanos y se perdió para siempre.

Billy

B

Les Paul - sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)
Les Paul – sausyn (http://bit.ly/ZtFV7p)

A GuK

Llevaba en planta desde las seis de la mañana.

Se le conocía por sus riff delirantes y agresivos. Su vida se basaba en el instante y nunca tuvo problemas para quedarse con la más guapa. Pero por encima de todos los acordes, de las guitarras reventadas contra los bafles y de las melenas agitándose al son de sus dedos, lo que más le importaba (lo único, dirían algunos) era su voz. Cascada, por supuesto, y sin llegar a ser chillona, no era todo lo cavernosa que cabría esperar viendo su cara de malas pulgas. Parecía metálica, pero no con la limpieza del metal trabajado, sino áspera como el fragmento de roca que se extrae de la mina.

El vasito de whisky no faltaba nunca en su mesa. Ni la botella sin etiqueta, todo un enigma. Se lo había hincado del tirón y sin respirar. En su cabeza resonaba todavía el estruendo del último concierto. La gente lo aclamaba, y las tías se le insinuaban como perras para llamar su atención y acabar en su camerino esa noche. Se dejaba arrastrar por los maremotos acústicos que sacudían la sala, se perdía en ellos y gritaba las frases sin pensar en nada más. Había rechazado el sexo porque no podía sacarse una melodía de la cabeza. Se fue a casa solo, andando y medio emporrado.

Sentado frente a la ventana, viendo pasar a toda esa gente estúpida y responsable que iba a trabajar, se preguntaba si su vida era auténtica. Siempre hacía lo que le daba la gana, sin pensar en las consecuencias, como el sonido brutal que se pierde galopando a través de las paredes de cualquier garito underground de mala muerte. Estaba nostálgico, que en su jerga quiere decir hasta los huevos de esa perra vida de ir de un lado para otro como un mendigo. En el escenario no se sentía especial. Jamás se había sentido especial. Sólo tocaba y olvidaba sus rencores.

Bruscamente había anochecido. La gente, como en un espejo, volvía a sus casas. Se levantó, cogió su Epiphone Les Paul 100 rojo cereza (le parecía más pesada) y la enchufó en el amplificador. El punteo se quedó en un manso quejido. Abrió la boca y sólo consiguió un ronquido. Treinta años de drogas y alcohol le habían anulado los dedos y le habían destrozado las cuerdas vitales. Sólo su carácter, terco y duro como sus canciones, herido y mutilado, seguía gritando en la soledad de su silencio.

 

Relato incluido en Lapso.

Extraños

E

Pub - Eduardo Martos
Pub – Eduardo Martos

Quedamos en Nervión, como siempre. La efusividad nos precede, pero pronto advertimos que no sabemos dónde podríamos cenar. Cada uno hace sus cábalas, y mientras andamos, se forman grupos de conversación itinerante. Sentimos la fría noche por las bufandas de Harry Potter y los adornos de Navidad. Vamos descartando bares: demasiado pequeño, muy caro, no tienen tapas, cierran en media hora. Finalmente encontramos uno bastante amplio. El problema es que no tiene mesas suficientes. Intentamos aglomerarnos en una zona de la barra, pero ese pasillo es propiedad de los camareros. Hay cuatro mesas separadas, en medio de las cuales un grupo de personas parece haber terminado de cenar: falsa impresión. El camarero no nos permite unirlas porque hay que dejar un pasillo según la normativa; nadie la conoce, probablemente tampoco él. Decidimos esperar, sentados de dos en dos, a que paguen la cuenta para lanzarnos sobre la mesa como la víctima elegida por el depredador. Las conversaciones fluyen, al principio, entre las cuatro mesas. Las palabras van dejando paso a los gestos, a los saludos casuales. Entretanto, la bebida se va calentando y los platos se vacían. Me quedo mirando una de nuestras mesas sin saber quiénes están sentadas. Maribel me mira y sonríe, y ya las reconozco; la cerveza, pienso. Las conversaciones ya se han reducido a un par de anécdotas entre las mesas más cercanas. De vez en cuando se cruzan miradas entre otras mesas, pero ya no significan gran cosa. Pablo es el paso previo de la máquina de tabaco. Echa las monedas, da el cambio, alarga el paquete y ofrece consejos sobre la vida y la metafísica. A una señora le pregunta si sabe lo malo que es fumar, y la señora se ríe asustada. Las palabras que intercambian las mesas cercanas se reducen al pan y a las próximas raciones. Aterrizan las cartas de postres, que nadie llega a usar. Pagamos una cuenta común que por momentos nos resulta fuera de lugar. Nos levantamos para irnos, todos a la vez. Cuando salimos a la calle, dispersos de dos en dos, no cruzamos ningún comentario ni nos despedimos.

Cuando salimos a la calle somos perfectos extraños.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Viajes

V

"Volverán las oscuras golondrinas..." - Eduardo Martos
“Volverán las oscuras golondrinas…” – Eduardo Martos. Este monumento está en el Parque de María Luisa, en Sevilla, guardado por un ámbito místico de sensaciones y de plantas. Bécquer habita en todos los rincones de Sevilla, pero sobre todo en ese círculo vegetal.

A Gustavo Adolfo Bécquer

Es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o soñó que lo leía?), los viajes de Julio Verne.

Ha cruzado la calle. Ha cruzado deprisa, pero no le urge llegar a ninguna parte. «Es extraño —piensa—, yo he salido a pasear, no tengo prisa.» La prisa lo acecha y lo altera. En esta época tan veloz, donde acaso suceden etapas históricas en un puñado de años, donde las naciones cambian de dueño como un coche, el individuo (cuando existe, cuando es individuo y no parte de la masa informe) debe tener cuidado de no caer en el vértigo, en la prisa letal. Ha cruzado la calle como si nada, como si no hubiera sucedido tiempo al caminar. Ha sido uno de esos momentos sordos en los que todo sucede alrededor, sin participación de la calma interior. Se asombra porque de pronto ya está caminando cerca del Parque de María Luisa, a donde no esperaba haber llegado aún. «Pero aquí estoy paseando.» El Parque lo entretiene y le trae recuerdos. Aquí trajo a sus novias y río con ellas; aquí vino arrastrando el pesado corazón roto, junto a la estatua de Bécquer (que no se parece a Bécquer) y esas otras figuras que quizá son hadas, o quizá la desesperación. Ahora mira el rostro impenetrable del que fue su escritor predilecto. Ahora ya no sabe a quién elegir: estos dilemas se los ha ido planteando la edad, estos dilemas se los han impuesto. La piedra de la estatua se le antoja más gastada, más pulida por las miradas y los sueños de los jóvenes. El árbol también parece envejecido, mayor, más sereno. El aire, sin embargo, es el de hace veinte años; ese aire denso y perfumado de misterios, de flores secretas, de polen arcano. Aquí decidió su vida; o se decidió, porque al recrear los momentos advierte que apenas intervino en su desarrollo. Ahora podría ser un hombre casado (¿feliz?), tener hijos (feliz, sin duda; la soledad es un exceso demasiado nocivo). Ahora no pasearía solo y sus recuerdos siempre le traerían sonrisas. Cada vez que viene observa que los jóvenes visten de forma distinta, pero invariablemente son las mismas caras de ilusión y ensoñación. Quiere recuperar esa ilusión, ser joven por dentro y sonreír (quiere creer que aún le quedan ganas).

Prefiere los paseos y los árboles a la Plaza de España y a las… Se entretiene buscando mochuelos y búhos que nunca divisa. También le divierte encontrar edificios nuevos. A veces pasa años sin venir al Parque y, claro, en estos tiempos acelerados… Se plantea si alguna vez destruirán el Parque, porque sería un asesinato de misterios y de sueños y recuerdos. ¡Qué van a saber ellos de estas cosas! No tienen conciencia para entenderlo. El Parque y sus paseos arbolados. El Parque y sus rincones sobrenaturales. El Parque y sus ruidos inexplicables.

Vuelve a la Glorieta de Bécquer. Ha sido demasiado rápido y lo descubre: la estatua está distinta, más vieja; y el árbol sin duda ha crecido. ¡Han pintado los bancos! Los viajes no le gustan, pero esta vez no es mareo lo que siente, y esta vez está viajando, lo sabe. Siente agobio, siente miedo, vértigo, siente cosas que sólo pueden insinuarse, convulsiones del alma, ¿nostalgia? Una nostalgia violenta. Hace mucho que no viene por aquí, es cierto, pero no tanto como para… El tiempo pasa, los relojes sentencian sin piedad como el viento en los viajes. ¿Cuánto hace que vino con su última novia, que se sintió forzado a venir con ella? ¿Dónde ha estado desde entonces? Los ruidos del Parque potra vez, esos enigmas efímeros, esquivos, que tan vagamente expresa el lenguaje. En ellos se siente familiar, íntimo, aunque para él mismo son misterios. El sonido es rápido, viaja a gran velocidad. ¿Qué se siente en el sonido? ¿Cómo pasa el tiempo en su interior? Con resignación anticipa su existencia atroz, que las plantas dejarán de ser las mismas de hoy en día, que la cara de Bécquer se caerá a pedazos y que acaso otro poeta reclamará esta plazuela, que el árbol morirá, que los ruidos permutarán infinitas veces pero seguirán oyéndose siempre. Poco importan ya sus recuerdos, los recuerdos de una vida que apenas llegó a dirigir. Tampoco importa la gente a la que casi no ve, o que ve a ráfagas, como gotas de lluvia coloreadas y horizontales.

Entre las hojas que al caer del otoño ya son primavera, se acerca a la estatua y la toca; es casi exacto, como un reloj cósmico. Siente que el instante es preciso aunque carece de algo, tal vez de fragmentos de pasado. Lenta pero fluida se desliza la aguja, lentamente hacia abajo (hacia arriba no le parece un deslizamiento, sino un viaje). Los viajes no le gustan: lo marean. Los viajes por carretera, los viajes de Gulliver, los de aquellas plantas arácnidas que surcaban la distancia entre la Tierra y la Luna (lo leyó en una novela de Brian Aldiss, ¿lo leyó o lo soñó?, ¿lo soñó o leyó que lo soñaba?), los viajes de Julio Verne, su viaje. ¿Su viaje? Su deslizamiento, su evasión. No sabe cuándo ni cómo; en algún instante de horrores y pesadilla, de voluntad ausente, en alguna trivialidad mal llevada, bajo la luz incidente de un molesto farol, entre el humo del tabaco que nunca fumó. Se desliza y suena, aún (siempre) en el misterio. Anochece en el parque, lentamente.

 

Relato incluido en Lapso.

Manías

M

Hombreras

A E.S.Q.

Temprano con Curro, como de costumbre. Centro comercial, nada mejor que hacer aunque tengo que sacar al perro y ordenar mi cuarto. La gente en los centros comerciales se comporta en base a extrañas manías que la ciencia moderna aún no ha conseguido descifrar. En el futuro los niños estudiarán estas cosas en el colegio bajo rimbombancias como Estilos estereotipados en los entornos psicoambientales contemporáneos, pero las notas seguirán siendo sobresalientes, insuficientes, notables y casos perdidos; y en verano seguirá habiendo envidiados y raros ejemplares de empollón, que convivirán con los condenados a tres meses de estudio y reclusión. La gente, decía, se comporta siguiendo maniáticos patrones que Curro y yo solemos observar desde nuestra merecida altivez. Por ejemplo, la señora de las hombreras. Se mueve ordenadamente de estantería en estantería. Saldrá sin comprar nada, cosa que por supuesto no le importa y que quizá no ha pensado al entrar, pero ella recorre con devoción una y otra estantería, las examina y coge un objeto al azar. Sus hombreras la siguen. Curro hace un comentario que no termino de escuchar porque las hombreras. Busco algo cerca de la señora para seguir observando sus hombreras. Siento entonces una tímida necesidad de apretar una de sus hombreras con la mano. La necesidad se asoma con cuidado y se presenta: “Me gustaría apretar esa hombrera con la mano”, y además de no entenderla, me provoca una duda: ¿Cuál de las dos? Intento dialogar con ella, pero descubro que además de tímida es terca y no quiere razonar. “Apretarla con la mano.” La señora sigue su recorrido dando saltitos como de gorrión que busca comida y abre las alas para avanzar, pero en vez de alas son hombreras y tengo que apretarla. ¿Cuál? Insisto pero nada. “Apretarla con la mano y punto.” La necesidad empieza a volverse exigente y seca. Curro se asusta porque sigo a la mujer con la expresión de la cara en otra parte. Todo mi mundo se concentra ahora en apretarla. Pasillo, estantería, bote de perfume, estoy a su lado y mi mano recorre ya la distancia prohibida mientras Curro casi ha echado a correr de vergüenza.

Agarro la hombrera y la aprieto con fuerza una, dos, tres veces, despacio, disfrutando el instante.

La señora me mira, gorrión confuso, y yo sigo mi camino sin decirle nada, inventando alguna excusa para explicarle a María por qué vamos tarde.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El desierto que ruge

E

Desierto del Sahara - Aitor López de Audikana
Desierto del Sahara – Aitor López de Audikana (http://bit.ly/Xwwptb)

A Rocío, por este sueño

Llegué a la Meca tras viajes noctámbulos por rutas de contrabando. Semanas atrás había sentido la llamada de la Media Luna. Fatigué amplios mares en navíos quejumbrosos, me estremeció el pavor hacia el océano infinito y vivo, y una noche sin luna creí escuchar, a lo lejos, el nítido canto de una sirena. Una mañana que anticipaba un sol despiadado, el mapa me reveló la ubicación de mi destino. Inexplicablemente todo era desierto. El agotamiento me arrastraba por la arena cálida y seca. Temí haberme desviado y estar en ninguna parte. Entonces lo escuché. Era un profundo sonido, como el de un eterno gong atenuado, como la voz del Averno, que emanaba de todas partes. Su profundidad, su gravedad atroz, me aterraron porque me supe incapaz de soportar, en aquella soledad, el peso de su significado espantoso. Entendí que permanecer equivaldría al caos y a la locura.

Sin transición estaba en un hotel. Trabajosamente intentaba hablar en inglés con la recepcionista.

—Usted es de España —me indicó. Su tono y su mirada tenían algo de reproche.

—Así es.

Era un hotel de Cádiz. Bruscamente me invadió la sospecha de que había llegado atravesando a nado el Estrecho de Gibraltar. La recepcionista me preguntó por mi domicilio. Imposible recordarlo. En ese punto tan sólo quedaba el sonido del gong, del desierto que ruge.

La sombra del Tenorio

L

Sesión nocturna - Eduardo Martos
Sesión nocturna – Eduardo Martos

La luz baja, el murmullo acallándose, y de pronto, la tos en estéreo y algunos que se acomodan, un medio silencio aceptable y el telón, modificado pero el mismo en esencia. ¿Me gustará una obra que no he leído? El teatro no se lee, esto creo haberlo aprendido. El teatro es como el cine. ¿Quién prefiere leer un guión a ver la película? No concibo que un relato, una novela, puedan ser interpretados. Habría que verlo, sería curioso, interesante y acaso fructuoso. La poesía se presta en ocasiones a ser una canción. La pintura y la arquitectura, la música y la escultura, y ese otro arte que cada cual encierra en su ámbito, no se me antojan mutables. Pero el teatro… sin duda se presta a serlo, y por suerte así fue creado por los griegos. O tal vez los griegos lo heredaron de una cultura ancestral que se perdió en la memoria de los hombres porque su antigüedad era insoportable, tan remota que una prueba de su existencia sería un insulto para la ciencia moderna.

Ya Don Juan se ha levantado y se marcha del escenario. Auguro que será una buena obra, es decir que me gustará. Aquel de allí no para de toser. Yo también estoy resfriado y contengo la tos. La suya no es muy profunda, tose por vicio. El de atrás se mueve demasiado. Y los actores no alzan la voz. El Tenorio es un león, un tigre. Su proximidad me amenaza. Mi novia está aquí todavía. Siento que algo en este instante y esta sala podría arrebatarme de su lado. El de la tos ahora carraspea con algo metálico en la voz.

Agradezco mi gradual entrada en el mundo que la obra propone, la clara comprensión de las palabras y los gestos que al principio no entendía. También ayudan las luces y las sombras. El patio de butacas está cada vez más oscuro. A veces creo estar físicamente en la calle que los actores evocan, y ellos no son actores sino personas reales, y ese mundo parece no tener salida: parece sombrío y ebrio. La idea de una cultura arcana que inventara el teatro aparece asociada a un recuerdo indefinido que tiene que ver con esa calle; una representación atroz que terminaba convirtiéndose en realidad; un rito cuya esencia, cuyo clímax, eran el instante que separa ficción y realidad.

Don Juan reclama al Cielo un instante de justicia, una oportunidad para su alma. Don Juan grita, Don Juan ruge, amenaza y reniega de Dios. Don Juan me da miedo. Los actos corren deprisa, como la mujer que, sabiéndose anhelada, huye burlona de los brazos del hombre. Don Juan habla con Don Gonzalo, por una vez suplica y promete sincero, pero el Cielo rechaza sus palabras y su alma. Don Luis Mejías, Don Gonzalo, Doña Inés, mueren.

Admiro la sala, más tranquila, más pétrea y oscura que el terrible panteón que ahora visita el Tenorio. Entre el anterior acto y éste hay sólo una mención en los diálogos, pero en mi memoria, de una forma inexplicable, se hallan todas las horas de todos los días de los infatigables años que los separan, como si mi alma hubiera sido la sombra de Don Juan. Y una sombra es lo que siento, una oscuridad que me acecha en la negrura impenetrable de la sala.

La tos metálica, vuelvo al escenario, vuelvo a la sala, vuelvo a la butaca. Esa tos inconfundible parece ahora más cercana, y en el instante en que lo noto, calla. El Tenorio entra en escena, en la cena con sus amigos y el convidado de mármol. Sale a ver quién llama.

De nuevo la incómoda tos… Parece venir del asiento de delante, pero es tal la oscuridad que no puedo distinguir siquiera si está ocupado. Como un resorte miro a la derecha: mi novia sigue aquí, sigue ahí, la presiento incluso en la tiniebla… El Tenorio está lejos, no me la puede arrebatar. Además, acaba de ser muerto a manos del Capitán Centella, y casi de inmediato sentencia de forma impecable: «El Dios de Don Juan Tenorio.» Ya ha muerto y su amenaza es imposible.

La gradual disipación de las sombras me devuelve a mi realidad, donde esos temores son absurdos, donde mi novia está conmigo, me quiere, donde Don Juan Tenorio no existe, o a lo sumo, está muerto. La gente se levanta perezosa entre comentarios vagos y casi nada originales. La brisa nocturna me despeja al salir. La extraña sensación de peligro se ha desvanecido por completo. Rodeo a mi novia por la cintura. Apenas tres pasos y vuelvo a escuchar la tos, esa tos metálica, inquietante, tras de mí. Instintivamente me giro. Hay mucha gente de pie, observando, mirándome. Creo que son los espectadores de la obra. Aturdido, compruebo que sus trajes y vestidos son de otra época, que no hay farolas en la calle, bañada apenas por la mortecina luz de la luna, que el suelo no está asfaltado ni acerado… Pero de pronto regreso a la realidad, a la calle moderna. Permanecen inmóviles. Uno de ellos tose y lo reconozco, se adelanta. La forma de caminar, implacable y segura, su mirada penetrante, su nombre: Don Juan Tenorio, grabado en su frente y en su sangre negra. En un instante desenvaina y me atraviesa el pecho con una limpia estocada. La vida se me derrama por la herida. Los espectadores (ya sin duda lo son), y mi novia con ellos, observan en silencio. Cuando caigo de rodillas, aplauden emocionados, y lo último que veo al caer a los pies del asesino, como su sombra, es a mi novia en brazos del Tenorio, con lágrimas en los ojos, con lágrimas de amor y alegría en los ojos.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

Contacto

Categorías

Archivos

Este sitio web utiliza cookies + info

ACEPTAR
Aviso de cookies