Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaLapso

Sensación imperfecta

S

A esa sensación imperfecta.

Tango atardecido - Eduardo Martos
Tango atardecido – Eduardo Martos

Hace años que me persigue una sensación extrañamente conocida y penetrante, lejana y persistente. En cierta ocasión he creído su presencia una tortura; pero ahora sé que me sumerjo en su esencia al recordarla, y ese baño es más delicioso que cualquier amor o pasión ardiente agasajando mis deseos. Me gusta, sin duda; y tal vez la necesito y anhelo en su ausencia.

Hace años que me persigue, y llevo años intentando captarla con la pluma; pero tan sólo mi espíritu consigue hallarla. Ayer (o quizá un par de días atrás) regresó a mí. Fue un detalle ínfimo, apenas apreciable si se carece del especial interés que esta sensación despierta en los sentidos y, más adentro, en la memoria. Recuerdo un sueño cálido, alimentado por vapores anaranjados y canciones etéreas; junto a mí estaba ella, y mi mente se precipitaba hacia su voz con la fuerza de mil astros, sumiéndome en un vértigo confuso y oscuro. En ese instante me fue dado que no debo demorar mi paciente espera por más tiempo: debo escribirla de inmediato, si me asiste la Musa.

Para esta sensación no existen espacio ni tiempo: es la luz oscura que el cosmos atraviesa. Por ello me traslada a escenarios distintos: un solitario bar olvidado, con reuniones de ocioso polvo esparcidas por la barra; o los pasillos de alguna sala de cine, sombríos pasillos sigilosos. Por ello me traslada a tiempos dispares: en un espejo antiguo, colgado al fondo del antiguo bar, bailan los años más tristes y vacíos; en los asientos de la enorme sala se acomodan personajes de los treinta, y en el ambiente se percibe algo aún más arcano.

Quizá todo comenzó con ella, la que recuerdo sin haberla conocido, ella fugaz, ella misteriosa, ella ilusoria. Su vaga imagen borrosa se presenta en mi memoria con la frente agachada, los ojos mustios y vacilante la mirada. Pero ella tampoco existe en el espacio ni en el tiempo; o tal vez ambos se desvanecen con su presencia.

Atardece en el bar (sin cesar atardece al tiempo que declina la noche, pero esta ocasión resulta excepcional); rueda el sol en el cielo y sus rayos, a través de los inciertos cristales de una ventana, otorgan sentido a la barra y al espejo. Una fiel armonía silencia los rincones cálidos y suaviza las formas.

Ahora estoy seguro, ella es la causa de mi deseada sensación: todo sueño por apresarla lo provoca el recuerdo de ella, a quien no alcanzan las sustancias materiales.

Sin embargo, creo que no estoy transmitiendo el verdadero efecto que atisbo cuando me rodea. La justa armonía entre absoluta calma y agitación caótica, el fulgor extremo fundido con la templada penumbra… eso es mi sensación pero incompleta, carente de una de sus esencias (sospecho que la más fundamental).

En la barra del bar queda el reflejo de una sombra, queda el motivo de un lamento; mientras, las pacientes aspas de un ventilador de techo juegan con las luces apagadas. Las rojas puertas del cine se mueven despacio, se quejan entre susurros; pero nadie ha pasado aún.

Quisiera escribirle si supiera dónde está, escribirle a ella y suplicarle una palabra de perdón para mi agrio arrepentimiento. Pero el tiempo perdió sus deseos, como yo perdí su alegría inmensa.

Alguien se levanta de un asiento: es un hombre en la sala de cine. Se dirige hacia las puertas, que aún hablan de tristeza. Cuando sale de la sala, desaparecen los años treinta. Alguien llora frente a un espejo de metal: es una mujer sentada en la barra del bar.

El hombre camina entre dudas, entre los fuegos de la noche, los gatos grises y las paredes de ladrillo desnudo. Una flor se cruza en su camino, una flor escondida entre las raíces de un árbol anciano; su voz la reclama y su mano la arranca. Se acerca a una verja verde, la empuja y entra. La mujer suspira, se ahoga en las miradas de compasión del camarero y los clientes. El hombre entra en el bar; busca desesperadamente con los ojos y se encuentra en los ojos líquidos de la mujer, que solloza confundida. Los pasos de él la dirigen hasta ella; saca la flor mustia y se la ofrece, y le pide una respuesta a su mirada. Ella se arranca del alma una última lágrima, una lágrima de perdón y de ese olvido que limpia el cariño. En medio de mil abrazos, la flor cae al suelo: la imperfección atardece.

En la sala de cine termina una película de los años treinta; no hay nadie en los asientos; las puertas se mueven porque ha salido un hombre. La película narra la historia de un escritor que intenta plasmar la sensación que le provoca la ausencia del sentimiento, del cariño, del amor. Al fin descubre que tal sensación es imperfecta y que en ello radica su belleza, y entonces la escribe. El hombre salió cuando comprendió ese mensaje. Acaso el escritor terminó de contar la historia de un hombre que rescató su amor en una sala de cine y recordó a su amor y, aun con la imperfección como promesa de eternidad, decidió buscarla en un bar de llantos nocturnos. Acaso el hombre no terminó de oír la historia porque ya no lo necesitaba.

 

Relato incluido en Lapso.

Música

M

El saxofonista atardecer - Eduardo Martos
El saxofonista atardecer – Eduardo Martos

Esa trompeta que significa una evasión, un fugarse del resto de notas, del sentimiento hiriente que gravita sobre la canción, esa trompeta breve me suelta, me eleva para poder contemplar las cristalinas notas de la guitarra acústica, que son como pasos, o quizá como escalones leves por donde ni siquiera es necesario subir con los pies, sino recorrerlos sin pretensión de final porque si hay última nota, ésta queda suspendida, vibrando sin fin, mezclándose con la voz del solista, con sus sensuales tonos graves y esos altos tan sugerentes, fundiéndose sin temperatura con sus emocionantes inflexiones que sacuden el alma y traen, por ejemplo, ese mar plateado por la tarde, esa inmensidad acuática y viva donde parece posible la existencia de baterías que mueven las olas con su percusión, y un ambiente rumoroso al llegar a la orilla, que entre el bajo y la batería queda íntimamente cerrado. Me gustaría ser como ellos, tocar sin más, acudiendo tan sólo a la sencillez, deslizar los dedos por el cuerpo del instrumento y acariciarlo sin argumentos, sin semántica, tan sólo música, placer estético, arrojar fuera de mí esa pasión que me recorre. Sería hermoso poder interpretar y abandonarse al acto de cada instante, tocar sin miedo en una sala íntima, cerrar los ojos y dejarse llevar por los otros, por su música que acaba confundiéndose con la mía, intercambiando notas en un diálogo infinito donde cada sensación puede mutar y ser lo que cada uno desea, y tocar y sentir y tocar y escuchar y provocar el silencio. Al principio, cuando uno sabe poco o nada de la música, todo, la notación, los acordes, armonías, arpegios, escalas, parecen pertenecer a un orden superior e inalcanzable, una plataforma lejana donde sólo se apoyan los grandes genios, pero, con el tiempo, ese miedo parece disolverse y, aunque los genios siguen siendo inalcanzables, el músico sabe que lo sublime, ese orden superior, proviene del interior, no es algo ajeno sino un mecanismo íntimo que transforma los sentimientos en música. Así, por ejemplo, cuando murió el abuelo pude oír el dolor latiendo en mi mente, lo oía como un sencillo réquiem (el abuelo odiaba lo barroco), como una sinfonía delicada que se marchaba despacio con el alma de ese viejo sabio; creo que incluso mis lágrimas fueron notas en aquel trance que sólo yo entendía. De alguna forma los recuerdos del abuelo se iban destilando en forma de sinceros acordes que hubiera podido variar un millón de veces sin que se perdiera la sensación que me provocaban. Entonces hubiera deseado tener dinero para una trompeta, para un saxo con el que poder llorar y disgregarme en ese dolor líquido. Fue él quien me dijo que la música no se toca ni se interpreta, se llora y se grita como si fuera la última melodía que uno va a tocar. El abuelo llevaba la música y el ritmo en el cuerpo; tocaba la trompeta en un grupo de blues, en esos clubes donde los viejos sentían los cantos de esclavitud tan próximos, donde estaba permitido soñar que los tonos azules y grises, las notas dispersas y el lento humo del tabaco formaban un universo completo, cerrado. En el barrio teníamos muchos amigos, la mayoría pobres y músicos como nosotros, todos como hermanos. Cuando el hijo menor de los vecinos murió, el grupo del abuelo tocó para él una inolvidable canción de calles gastadas, desesperanza y ojos anónimos, porque sabían que le haría ilusión escuchar el sonido del barrio desde su tierno cielo. Yo sólo pude contemplar y unirme al llanto por el pobre pequeño. Esa noche el abuelo me dijo que algún día me oiría llorar su muerte como él había hecho. Ahora vuelve la trompeta, esa nota que podría ser triste pero es alegre, y ahora el cambio suave que en el fondo es brusco y hermoso, y que fugazmente me recuerda a la forma de tocar del abuelo, y es como si el abuelo estuviera tocando de nuevo, como si deslizara sus dedos sin prisa y convirtiera cada nota en algo distinto. La música va aflojando y la batería da sus últimos golpes, la canción termina, y cuando oigo los aplausos de frente, cuando abro los ojos y veo al público en el viejo club del barrio, los tonos azules, grises, violáceos, el humo de tabaco flotando por toda la sala, mis compañeros también aplaudiendo, la impecable trompeta del abuelo en mis manos, las breves lágrimas que he soltado sin querer, en el jazz que al parecer he tocado, en el jazz mágico que los ha cautivado durante diez minutos, pura improvisación del espíritu, es como estar viendo al abuelo emocionado, en la puerta de atrás, ya para irse, y yo dándole las gracias.

 

Relato incluido en Lapso.

Visita furtiva

V

Pasaje bohemio - Eduardo Martos
Pasaje bohemio – Eduardo Martos

Llamaron a la puerta. Era tarde.

Abrí. Bruscamente me encontré con mi abuelo. Me retiré para que pasara. Ninguno dijo nada. Me miró como si hubiera errado durante años, transmitiéndome el peso de su ánimo torturado. Lo conduje hasta el salón y nos acomodamos, uno en cada sofá. Estuvimos un rato sin hablar ni mirarnos. Él observaba una foto donde salgo con mi padre y mi breve colección de libros de Aguilar. Al fin rompió el silencio:

—¿Me puedes dar el primer volumen de Kipling, por favor?

Su voz sonaba a súplica. Se lo acerqué mecánicamente, como el librero acostumbrado a obviar la magia de compartir un libro. Hojeó sus páginas en busca de algún párrafo que su memoria habría pulido hasta dejarlo irreconocible.

—«Charlie había probado el amor, que mata el recuerdo.» —citó de pronto, sonriendo— En las obras de Kipling suceden hechos sorprendentes con asombrosa sencillez. La vida no suele ser tan grata, salvo esta noche. Sólo quería recordar —dijo al fin—. Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado —repliqué.

Se miraba las manos.

—Soy viejo. Mis horas se agotan y siento que casi nada me queda —confesó. Era la primera vez que lo escuchaba hablar de sí mismo, no de sus circunstancias.

—¿De dónde vienes? —le pregunté— Pareces muy cansado.

—¿No te interesa el porqué? —respondió.

—Las causas son un engaño. Me interesan más los lugares, que son ineludibles.

—Momentos y lugares… —musitó mientras esbozaba una leve sonrisa—. No podrías haber sido más preciso. Ahora mismo estamos aquí, eso es lo que importa.

—Eso ya tampoco importa —le dije con marcada indiferencia. Me molestaba su vano intento de fingir proximidad.

Volvió al libro. Parecía contemplar una estampa sagrada o un paisaje prodigioso.

—Ya nunca volverá —dijo para sí—. El recuerdo no es suficiente.

Se levantó para irse. Lo acompañé a la puerta.

—Tienes razón —me dijo, ya en el umbral—. Sólo el lugar y el momento son relevantes. Todos los lugares y momentos que he desperdiciado sin remedio. Por eso he tomado una decisión.

Pensé que la edad empezaba a pesarle y quizá se le hubiera ocurrido alguna estupidez.

—A estas alturas, ¿no te conviene más esperar? —comenté no sin cierta ironía.

—Ya he esperado demasiado —respondió con solemnidad y pesadumbre—. Hace un rato, lejos de aquí, he deshecho mis errores —se detuvo para descansar.

—Anoche no podía dormir —musitó—. Como siempre, durante años, me torturaban mis recuerdos. En un lugar y un momento determinados —prosiguió— concebí a tu padre, y él, a su vez, te concibió a ti. Por eso estamos hablando ahora. Sin ese momento primero, ninguno de vosotros sería. Nunca os lo he dicho, pero vuestra existencia me hiere porque sois un espejo de mis errores, de mis ausencias, de mis excesos. En vuestras virtudes veo mis vicios; en vuestros éxitos, mis fracasos; en vuestra felicidad, mi desgracia. Como te decía, en los cuentos de Kipling los prodigios suceden con la normalidad de lo cotidiano. He aprovechado esa facilidad: antes de venir he aniquilado mi pasado. Cuando termine mi paseo, habré dejado de ser, y conmigo, todas mis consecuencias.

Dejó el libro sobre la mesa.

—Si no existierais —continuó—, yo sería libre. Antes de venir, en mi casa, he aniquilado vuestra existencia en mi pasado. De un momento a otro ya no podréis constreñirme más.

—¿Por qué has venido?

—Quería estar seguro de que no me arrepiento.

Se levantó para irse y lo acompañé, perplejo aún por su desvarío. Lo vi alejarse por el descansillo, en silencio. Nadie más lo vería esa noche. Quise decirle algo, pero ya no estaba. Mientras la puerta se cerraba, los cuadros del recibidor, el espejo inconsciente, el paragüero, la foto al fondo en la que me acompañaba un desconocido… Todas esas cosas se me antojaron repentina, inexorablemente ajenas. Corrí al teléfono para aliviar esa sensación de lejanía con la voz de mi madre. Supe que el mundo estaba terminando de olvidarme cuando me dijo que no conocía a nadie con mi nombre, que no había tenido hijos, que nunca llegó a casarse.

 

Relato incluido en Lapso.

El Alma Cálida

E

Forgotten - Abandoned Factory by *ThoRCX
Forgotten – Abandoned Factory by *ThoRCX (http://bit.ly/VwgtpH)

A Brian W. Aldiss

Siguiendo instrucciones que sólo él podía entender, pues se hallaban escritas en un gran cartel blanco, extrajo una pesada caja de vida del interior del Alma Cálida. Ahora sólo restaba introducir otra caja igual, que debía estar en la sala contigua.

Nunca se hablaba del Alma Cálida. Sólo se sabía de ella por la Leyenda Ancestral, que compilaba el saber pasado y futuro de toda su civilización y que pasaba de padres a hijos en forma de cuentos.

El día que el Inútil fue requerido por el Consejo Primordial, su madre se sintió tan orgullosa que no dejó de preparar comida en todo el día. El Inútil era el único habitante del mundo incapaz de hacer algo aprovechable. Todos los demás llevaban a cabo un oficio con más o menos habilidad. Él, en cambio, sólo sabía leer y escribir. Su aprendizaje era un misterio, porque cuando era interrogado al respecto, sonreía con simplicidad y terminaba por disuadir a sus interlocutores con una mirada fija e inexpresiva que podía durar horas.

Ya en el erudito salón donde lo habían citado, el Consejero Índice le habló en estos términos:

—Te hemos hecho venir para encomendarte una misión. Eres libre de aceptarla o declinarla, pero debes saber que la continuidad de nuestro mundo depende de su éxito.

—El Inútil había adoptado esa odiosa actitud de sordera intelectual que tanto irritaba a sus conciudadanos. Los ancianos esperaban una respuesta.

—La aceptaré —dijo de manera monocorde.

—No te hemos explicado en qué consiste —replicó uno de los ancianos, de ojos pequeños y mandíbula estrecha.

—Nunca he hecho nada útil —aclaró el muchacho—. Mi madre se alegrará.

—Bien —dijo el Consejero Índice—, no cabe más demora. Debes llegar hasta el Alma Cálida y reanimarla. Podemos indicarte el principio del camino, pero nadie ha llegado muy lejos, o al menos no ha vuelto. La Leyenda Ancestral dice que cuando estés ante ella, sabrás cómo actuar.

—¿Qué es el Alma Cálida? —preguntó el Inútil.

—Es el alma del mundo, lo que nos mantiene vivos —le explicó un anciano espigado—. Su calor ha durado innumerables generaciones, pero se está enfriando, lo cual nos condena inexorablemente.

Ahora estaba allí, en una sala oscura dominada por una cúpula, frente a la mítica Alma Cálida. Era enorme, cilíndrica y parecía de cristal, porque en su interior se veía una placa gris que se alzaba más o menos hasta la mitad de su altura. A lo largo de la superficie había numerosas rayas horizontales, unas más prolongadas que otras. Las más largas tenían números a su izquierda, que iban del cero al cincuenta. Siempre se la había imaginado como un ser vivo, pero a pesar de su simplicidad, entendió que sólo era un objeto inerte. Aunque le habría gustado ser recibido por sus amigos en una gran fiesta que celebrara su heroicidad, aunque el descenso de la placa gris no se detenía, aunque sobre sus hombros recaía toda la esperanza, la última esperanza, allí no había ninguna caja de vida que salvara a la enigmática Alma Cálida. Recordó las últimas palabras que había cambiado con los ancianos:

—Yo no tengo ninguna virtud. No sé trabajar ni usar las manos —protestó el Inútil.

—Tienes la única virtud que puede servir en este viaje —le respondió el Consejero Índice—: sabes leer y escribir. Se dice que sólo un lector puede reanimar el Alma Cálida.

La lectura ya no servía. Empezaba a hacer frío, así que el Inútil se arrinconó para escribir la prodigiosa historia de su mundo, los pasteles de su madre, la incisiva mirada del Consejero Índice y la paradójica frialdad del curioso artilugio que llamaban Alma Cálida, testigo ulterior de un sueño que todos debían dormir. Mientras tanto, la placa gris seguía decreciendo. Cuando llegó a la cifra más baja, a los cero grados centígrados, los papeles cayeron con suavidad y el indicador luminoso de un destartalado aparato, cuyas baterías se habían agotado, se apagó definitivamente. En el viejo almacén sólo quedaba una fría penumbra azul que ocultaba el polvo de las máquinas, de todos esos cementerios que alguna vez fueron universos llenos de vida.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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