Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaLapso

Todas las calles

T

Fotografía: Joan Colom
Fotografía: Joan Colom

Al calor de la memoria de un viejo bandoneón, recorrieron todas las calles de entonces, amparados por la tenue luz de las todavía antiguas farolas. Quiso mirarla lentamente a la luz de la luna, con el río a la espalda, deseando que al amanecer se le olvidara aguarles la fiesta. Una vez más, como tantas otras veces, no fue capaz de decirle con los labios lo que sus ojos se morían por confesarle. Los pájaros anunciaron la claridad que se venía, y el hechizo empezó a disiparse. Frente a su raído abrigo de tres cuartos, con el bolsillo desbocado por el peso de la botella de ginebra, el cabello se fue tornando vegetal, las manos de madera y los ojos, llenos de lágrimas de esperanza, dos secos nudos de tiempo. Allí la conoció años o siglos atrás. Allí, a lo lejos, incapaz de acercarse siquiera, siguiendo siempre sus paseos nocturnos al amparo de las antiguas farolas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Santa

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Santa

Siempre sospechaste que la leyenda ocultaba algo de verdad, y que como siempre sucede con ese resquicio de verdad, es más atroz que la ficción. Tus amigos deseaban con todas sus fuerzas que llegara Nochebuena porque Santa les traería sus regalos favoritos. Una bici, dos o tres muñecos de la colección de temporada, los más afortunados una consola. Hacía tiempo que te desagradaba la idea de que Santa, si es que existía, se colara en tu casa cuando todos estabais durmiendo, que os observara en silencio y que dejara regalos a los que se habían portado bien. ¿Qué pasaba con los que se portaban mal? ¿Qué les dejaba?

Aquella Nochebuena te fuiste pronto a la cama. Querías dormirte cuanto antes para evitar las pesadillas. Pero justo cuando ibas a apagar la lamparita de noche, recibiste un mensaje de voz de Jamie. Era el matón del cole. Disfrutaba fastidiando a todo el mundo y quedando por encima, a veces de manera tan literal que os asfixiaba. Por un momento estuviste a punto de pasar y no escucharlo, pero la curiosidad te pudo:

Tienes que ayudarme, tío. Sé que viene a por mí. Eres el único que me cree.

Sonaba asustado de verdad. Sí, en alguna ocasión habías hablado con él de ese tema, de que Santa era algo siniestro, pero también podía ser una broma para reírse de ti. Como no sabías qué hacer, lo llamaste. Descolgó y lo escuchaste a lo lejos, como si no tuviera el móvil cerca. Estaba sollozando y eso no se puede fingir. Su casa estaba cerca, así que te vestiste, saliste por la ventana y fuiste corriendo a ver qué le pasaba.

Lo primero que te llamó la atención es que la chimenea estaba apagada y no había luces encendidas. Parecía una casa del terror. Trepaste hasta su ventana con cuidado y te asomaste. Al principio no viste nada porque todo estaba oscuro, pero de pronto algo se movió. Era una sombra enorme, mucho más grande que cualquier hombre, y con una forma que podría ser humana pero sólo en apariencia. Dio dos o tres zancadas por la habitación, y de un zarpazo sacó a Jamie de debajo de su cama, donde estaba escondido. Gritó tan fuerte, con tanto miedo, que te quedaste paralizado. Lo que fuera que lo tenía atrapado soltó una carcajada estridente y seca que te heló la sangre. Pasaron diez, veinte, cuarenta segundos, tres minutos, diez… pero nadie acudió a salvar a Jamie, y tú no te atrevías, a pesar de que él seguía gritando desesperado. A la mañana siguiente, consternados y llenos de vergüenza, sus padres declararían que no habían oído nada, pese a que sus habitaciones estaban frente a frente. Agazapado en la oscuridad, viste cómo la ventana se abrió de golpe y eso salió de un salto llevando a Jamie a cuestas. Sólo tuviste un instante para verlo, pero se te quedó grabado a fuego. Su barba blanca y raída, su piel azul, no tanto como sus ojos, sus harapos hechos de pieles y teñidos de sangre, sus proporciones inhumanas. Justo cuando estaba cayendo hacia el porche, volvió la vista y te miró fijamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Sin saber cómo, corriste por la cornisa hacia el patio trasero, saltaste y te hiciste daño al caer y te levantaste y corriste sin mirar atrás hasta tu casa con los oídos taponados por la sangre que bombeaba sin parar. No sabías si te había seguido, si entraría en tu casa y te llevaría como a Jamie. Esa noche no dormiste y sin embargo no dejaste de tener pesadillas, pero no podías contárselo a tus padres, no te creerían.

Por la mañana bajaste al salón y viste todos esos regalos perfectamente envueltos. Había varios con tu nombre. Uno de ellos era una carta, esta carta, que te recuerda a cada momento que lo sé absolutamente todo sobre ti, que no hay lugar donde puedas esconderte y que el año que viene, si no te portas bien, iré a buscarte para que te vengas a vivir conmigo, junto con todos mis sirvientes, a donde siempre hace frío.

 

Relato incluido en Lapso.

Susurros

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Ataúd

En duermevelas escuchó a dos personas susurrando. Una de ellas era su mujer. Recogió palabras sueltas, pero dedujo que conspiraba con un amante para matarlo y enterrarlo. Se fue a incorporar pero los músculos no le respondieron. Lo habrían sedado. Todo estaba muy oscuro y las voces sonaban amortiguadas. Quiso pedir auxilio pero fue en vano. Entonces una súbita luz blanca lo cegó, y al instante vio, a través de una especie de ventana, el rostro hinchado por el llanto de su mujer, que le estaba dando el último adiós.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Moscas de la fruta

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Mosca de la fruta
Siempre he recelado de esas moscas de la fruta. De lejos no parecen gran cosa, pero cuando las miras más de cerca, puedes notar cómo te observan con esos ojitos rojos inexpugnables. Y se quedan quietas, sin asustarse, como si supieran que sólo te mueve la curiosidad y no otro instinto que sería letal para ellas. Su forma de volar me ha llevado a pensar que me vigilan. Se posan en una pared, luego en otra, luego pasan cerca de mi cara, pero siempre mirando, siempre atentas. Ahora mismo hay una revoloteando  alrededor. Aunque me provocan cierta repugnancia irracional, no soy capaz de matarlas, como si fueran algo más que insectos, como si albergaran una conciencia superior. Sigue volando y de pronto lo veo. De refilón, muy deprisa, como si alguien hubiera pulsado un botón equivocado sin darse cuenta, en mi televisor aparece mi cabeza deformada y vista desde arriba, justo por donde está volando la mosca en ese momento. Con habilidad sobrehumana esquiva mi manotazo y escapa por un conducto de ventilación, dejándome en la sala con el incómodo zumbido del silencio repentino.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El ocaso

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Sculpted by Nature | Patrick Di Fruscia (http://bit.ly/TPTsFA)
Sculpted by Nature | Patrick Di Fruscia (http://bit.ly/TPTsFA)

En aquella tierra, los atardeceres eran el espectáculo más maravilloso que un viajero puede imaginar. La lenta evolución de su sol se podía sentir muy dentro, como una caricia en el alma. Las tonalidades cambiantes evocaban hermosos recuerdos y podían despertar sensaciones que llevaban dormidas mucho tiempo. Los habitantes de ese mundo prodigioso no estaban hechos para durar. Cuando nacían, una sonrisa enorme adornaba su rostro, asombrados por la belleza que los rodeaba. Todos procedían de una sola madre, que se hallaba en el interior de una gruta sombría. Torpemente, animados por su instinto, ascendían por una pendiente y se detenían al llegar a la cumbre. Su vida se prolongaba hasta el ocaso. Los que nacían de noche se quedaban dormidos para siempre en el camino, y con el tiempo se convertían en flores y en deseos vaporosos. Los que lograban llegar, sonreían con más ganas, se abrazaban a los que tenían más cerca y contemplaban la fuerza que recorría todos los rincones que alcanzaban a ver. Animales, aves eternas, lagos conscientes, vientos que transportaban armonías… Cada segundo de vida era para ellos un regalo, una certeza de que estaban allí, de todo lo que había sido y de lo que sería. Con los últimos rayos de sol, el sueño los iba atrapando y se quedaban dormidos con el resto de aquella inmensidad virgen. La madre, que nunca había visto la luz, se alegraba por ellos.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Stardust

S

Fotografía: suzukiviolin.com
Fotografía: suzukiviolin.com

Decir que le gusta el sonido del violín podría llegar a ser ofensivo, pero elegir una alternativa más intensa (que le enamora, por ejemplo) sería inexacto, sobre todo porque no alberga la más mínima esperanza de corresponderlo de ninguna manera. Convendremos que se deleita en silencio, que ahora que lo conoce, no podría vivir sin ese instrumento. Pero con el tiempo ha adquirido experiencia suficiente para permitirse tener una estricta selección personal. En su tierra natal no había violines, y a lo largo de sus viajes ha tenido ocasión de oír multitud de instrumentos, todos ellos hermosos y con personalidad propia, pero ninguno tan íntimo, tan cautivador como un violín manejado con maestría.

La primera vez que oyó un concierto de violín, todo se le paró de pronto. Perdió sus pretensiones, su pasado, casi su identidad, y poco a poco se fue despegando de su asiento, despreciando la gravedad y flotando por el camino imaginario que le proponía el arco. La sensación le duró horas, acaso días, ausente de su rutina, de toda la belleza que pasaba inadvertida por la ventana lateral. Era Grappelli. Se le había pegado al alma para siempre.

En sus lentas estancias fuera de casa, cuando no puede escaparse a un concierto bajo ningún concepto, recuerda las notas y mueve los dedos intentando acompañarlas torpemente. Es todo lo que le queda en esos momentos de soledad.

Han pasado muchos años sin haber podido escuchar de nuevo, en directo, el sonido envolvente del violín, esa cadencia caprichosa que conlleva un vaivén, un ir y venir por el puro placer estético y emocional, sin otro significado que la belleza. Aunque no lo ha olvidado, ya casi no lo recuerda y lo anhela sin saberlo. Una avería provoca que su transporte quede varado cerca de aquel primer concierto: una sala de conciertos modesta pero elegante que ahora está medio en ruinas. La contempla brevemente con la esperanza, todavía, de hallar entre sus muros lo que tanto desea. Incontables viajes por incontables destinos le han enseñado que la casualidad es una refinada ilusión, pero entonces oye un quejido que le hace parar en seco: es un violín. Agazapado y medio invisible por la ropa oscura (es de noche) descubre a un mendigo que afina un violín arrasado por el tiempo. El hombre levanta la vista y le clava unos ojos que alguna vez pertenecieron a una persona incisiva, tenaz y valiente. Sin darle tiempo a despegar los labios para pedirle (para suplicarle) que toque su pieza favorita, los acordes iniciales de Stardust empiezan a llenar el callejón solitario con un virtuosismo inesperado. Hay una silla sin respaldo que aprovecha para sentarse como si se tratara de un butacón del extinto teatro. Cierra los ojos y se imagina flotando en su orbe íntimo, libre de sus ataduras, de sus angustias, fundiéndose con la música sin la incómoda materia que componía su ser. Las últimas notas se van aflojando como la nostalgia que destilan, despacio, hasta que al fin queda tan sólo un rumor lejano. Cuando abre los ojos, el violinista ya no está.

Como la avería parece estar arreglada, se levanta y contempla el teatro antes de marcharse. Mientras se eleva por encima del terreno en su transbordador espacial, rumbo al espacio profundo, piensa que haber nacido en dos rincones opuestos del cosmos y encontrarse en medio de una noche irrepetible, no es menos poético que aprender a tocar el violín o saber apreciarlo. Piensa en el polvo estelar que somos, y después, se abandona a la música que ya nadie interpreta.

 

Relato incluido en Lapso.

Hasta nunca, hijos de puta

H

Hasta nunca, hijos de puta

Señoras y señores ministros, banqueros, aristócratas, etcétera:

Somos el pueblo, que es un sinónimo de las personas sin cara y sin nombre que ustedes están acostumbrados a aplastar. Somos su entretenimiento, sus bufones. Nos quitan las oportunidades. Nos quitan el dinero. Nos quitan nuestros hogares. Nos quitan el futuro. Y nosotros, pobres gentes, no podemos hacer nada más que mirar y quejarnos sin armar mucho escándalo.

Por eso nos hemos rendido. Ya no tenemos fuerzas. Cuando reciban esta carta, ya tendrán con ustedes todos nuestros ahorros, los pocos que nos quedaban, pero que en suma son una fortuna. Esperamos que a estas alturas estén retozando entre los billetes en el lujoso hotel que les hemos pagado. Disfruten del momento, es algo único. Disfrútenlo a tope porque el veneno que impregnaba cuidadosamente cada una de esas hojas de infamia ya les habrá calado hasta la médula.

Hasta nunca, hijos de puta.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El ciervo

E

El ciervo

A Isa

Conducía en la noche más profunda y cerrada intentando encontrar un pueblo que no aparecía en los mapas, y por supuesto tampoco en ningún GPS. Sólo podía intuir la densidad del bosque con las ráfagas de los faros en las curvas más pronunciadas, y su sola noción me inquietaba. En un par de ocasiones jugué a detener el coche y apagar luces y motor para sentir el miedo viscoso de ese bosque infinito. De pronto, tras una curva, iluminé un claro donde había una figura. Paré de golpe, sobre todo por la curiosidad. Era un ciervo con una cornamenta majestuosa. Estaba comiendo algo que había a sus pies. Recuerdo que alzó la vista y me clavó una mirada encendida de ojos rojos, la sangre derramándose entre los colmillos brutales, el cadáver humano yaciendo en el suelo, la oscuridad en el retrovisor cuando pisé a fondo para dejarlo todo atrás.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

La promesa

L

La promesa | FILHIN
La promesa | FILHIN

A Auxi

¿Recuerdas aquel año que habías prometido llevarle flores al Señor? Siempre has sido muy devota, de no faltarle ni cuando caían chuzos de punta. Ahí estabas tú, puntual a tu cita, para que no se pusiera triste. ¡Y qué poquitas veces le has pedido algo! Aquella vez fue la única, creo, y por eso le prometiste un ramo de claveles rojos bien bonitos. Entonces sucedió aquello que donde otros ven una curiosa casualidad, tú ves algo más hermoso. ¿Y qué quieres que te diga? Si para ti es así, ¿qué más da lo que opinen los demás? Era la Madrugá, y llevábamos un buen rato en las sillas esperando que pasara el Señor. Aquel año faltaron los señores que tenemos delante desde hace tantos años, y en su lugar vino un matrimonio con una niña rubita y con la piel muy clara, ¿te acuerdas? ¡Claro que sí, cómo se te iba a olvidar! Venía el Señor caminando despacito como sólo él sabe hacerlo, y de pronto, se nos paró justo enfrente. ¡Ay, qué alegría te entró de tenerlo tan cerca, después de tanto esperar, de tantos días dándoselo todo! No sé si fue la brisa o que no estaba bien colocado, pero un clavel rojo se desprendió del paso y le cayó a la chiquilla en el regazo. Y con la naturalidad de los niños, se volvió sonriendo y te dijo: «Toma, para ti.»

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Consultoría

C
A todos los consultores que han trabajado en empresas de mierda

Office at night

Tiene que presentar una importantísima oferta comercial y el plazo vence hoy. No, no es importante: es vital. Si no lo hace a tiempo, es más que probable que no conserve su empleo. Unos y otros asuntos de proyectos paralelos, de urgencias de última hora y de encargos de jefes de otros departamentos, le han impedido terminar la propuesta con más holgura. Sabe que hoy le tocará cerrar la oficina, así que intenta no sentir la urgencia de los compañeros que salen pitando para evitar el atasco de última hora. Bendita consultoría, piensa mientras sonríe con resignación. Necesita concentrarse, poner la mente en blanco y escribir los cuatro o cinco párrafos cruciales, la tabla comparativa y el capítulo económico. Algo difícil de conseguir cuando su jefe no para de ponerse a su espalda con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la corbata casi rozando su espalda, sin preguntar pero inquiriendo con vehemencia. Mientras la oficina se va quedando hueca y silenciosa, ensaya algunas fórmulas eficaces, y a qué negarlo, repetidas. Antes de marcharse, su jefe le dedica una mirada que contiene una amenaza y la verbaliza sin reparos. “O la presentas a tiempo, o te vas a la puta calle. Y si no ganamos, ya veremos.” Portazo, y al fin, todo en calma. Un entorno manejable, controlado salvo por algún teléfono despistado que sonará en algún momento de la tarde. Ahora puede empezar a soltar todas esas frases que se habían quedado a medias por el jaleo y los nervios. Coloca las manos sobre el teclado y mira hacia arriba, buscando la inspiración. Pero las frases no están. Se han ido corriendo con todos los demás. Retrocede hasta la primera página para ponerse en contexto y recordar, una técnica que le ha venido funcionando razonablemente bien. Y sí, se pone en contexto, recuerda lo que hay que completar, pero no le consigue dar forma. Mira el reloj para controlar el tiempo que le queda y empieza a sentir la presión. Sabe que tiene tiempo, pero no le sobra. Decide poner a un lado la literatura y atacar los números, que se dejan hacer mejor. Necesita un documento con anotaciones que estaba en su mesa. Un documento que estaba, porque ahora no lo encuentra. Intenta localizarlo en su buzón de correo electrónico. El documento parece haberse esfumado con las frases, sus compañeros y la inspiración. Sin esas anotaciones, no hay propuesta que valga. Llama a su jefe sabiendo que se va a llevar una bronca. Salta el buzón de voz. Le envía un mensaje. Vuelve a las frases y se apoya en propuestas anteriores. Más o menos encuentra los puntos que tiene que expresar, aunque no sean exactos. Empieza a escribir y se equivoca. Donde quisiera haber escrito evolución, sale evlocluión. Es normal, la prisa arruina la más rigurosa mecanografía. Borra. Vuelve a escribirlo. Evlocluión de nuevo. Borra y respira hondo. Teclea más despacio, esta vez mirando las teclas. Evlocluión aparece como una broma pesada. Borra y escribe de nuevo evlocluión. Su grito parte en dos la calma de la oficina con la luz solar ya casi ausente. Opta por un sinónimo. Desallorro en lugar de desarrollo. Se ríe a carcajadas. Borra. Escribe. Desallorro con el cursor detrás, parpadeando como una burla. Coge un papel y lo escribe bien. Prueba a escribir evolución y surge con normalidad. Vuelve a teclear, con mucho cuidado, evlocluión y desallorro. Se levanta y va al baño para refrescarse. Bebe agua directamente del grifo y aprovecha para llamar a su jefe otra vez, que sigue teniendo el buzón de voz y no responde a los mensajes. El reloj no le deja casi ningún margen. Su empleo depende de esta propuesta en la que todo sale mal. Hace calor o lo tiene. Se quita el jersey. Respira con la boca abierta porque parece que no queda suficiente aire en la oficina. Se levanta y apaga la luz para ver si la oscuridad le ayuda. Desde la ventana ve las luces de la ciudad, las ráfagas de los coches en los que le gustaría estar dirigiéndose a esos puntos de evasión, esas luciérnagas tentadoras que otorgan el olvido y la paz. Vuelve a la pantalla, cuya luz no promete nada. Evlocluión, desallorro, progesro, cmabio, ninguna funciona. En cambio, puede escribir a la perfección otras palabras auxiliares que no le van a servir para terminar la propuesta. Piensa en el día siguiente, cuando le den la carta de despido, pero sobre todo, en los gritos de su jefe, y al imaginar esa escena, cierra los ojos y agacha la mirada como un acto reflejo. El dolor de cabeza empieza a asomar y amenaza con arruinar las escasas dos horas que tiene para terminar ese documento infinito y esos cálculos que ya ni siquiera entiende. Cuando reciba la llamada del director de Personal y se encierre en ese despacho sin ventanas ni vida, tras soportar los gritos y las increpaciones de su jefe, se tendrá que enfrentar a las miradas de todos sus compañeros, que ya lo sabrán todo y que se burlarán sin reparos. En esas escenas imaginadas, su jefe aparece más grande, más desafiante, con la frente enorme como si fuera una especie de pirámide invertida, y sus compañeros, como triunfadores llenos de calma y de seguridad en sí mismos. Ensaya nuevas combinaciones pero ninguna funciona. Se le ocurre una idea desesperada: dejar en blanco esas palabras malditas y escribirlas a mano. El problema siguen siendo los números, pero ya se encargará de eso. Sin saber muy bien lo que está haciendo, termina de redactar los contenidos que puede escribir con normalidad. Rehace los cálculos sin tener en cuenta las anotaciones. Deduce que es mejor aducir un despiste que no presentar nada. Se prepara para imprimir. El tóner se ha acabado. Lo envía a la otra impresora y empieza a salir papel. De pronto, más o menos a la mitad, en lugar de caracteres normales, empiezan a aparecer símbolos extraños. Cancela y vuelve a lanzar la impresión desde esa página. De nuevo los símbolos. Copia el contenido a otro documento nuevo y lo vuelve a lanzar. Lo mismo, símbolos ilegibles. Mira el reloj. No le queda tiempo para buscar una imprenta y que, para colmo, le vuelva a pasar lo mismo. A esa hora ni siquiera queda personal en las oficinas de las otras empresas a quien pedirles el favor. Una nueva iluminación: fotografiar las páginas con el móvil e imprimir las imágenes. A estas alturas maldice los estúpidos hábitos de usar documentos impresos. No ya por el medio ambiente. Ni siquiera por el gasto que supone el papel (y su distribución, y su almacenamiento), las impresoras, la tinta… No, es por estas complejidades del demonio. Estas situaciones absurdas en las que todo se conjura para no funcionar y en las que sería más sencillo pulsar un botón y enviar un documento adjunto. Y maldice, sobre todo, que a su jefe no se le haya ocurrido intentar negociar un período de gracia para presentar la oferta. La idea de imprimir las fotografías parece funcionar, y antes de que la tinta pueda acabarse, tiene el documento impreso. Todavía le queda tiempo. A toda prisa mete los papeles en una carpeta y se pone el abrigo, sale corriendo hacia la puerta, y cuando casi ha dado un portazo triunfal, recuerda las palabras en blanco. Son palabras clave, sin las cuales ni siquiera se van a molestar en tener en cuenta la propuesta. A la puta calle. A la puta calle. Se apoya en la mesa de la recepción y busca los huecos vacíos en medio de todas esas palabras que se mueven solas y que casi no puede leer. El dolor de cabeza tampoco ayuda. Encuentra el primer hueco. Escribe evlocluión, que hace un rato pudo escribir sin problemas. En un post-it prueba a escribir otra palabra cualquiera: caballo aparece impecable. Incluso involución. Pero evlocluión es lo máximo que puede sacar. En el mismo post-it intenta las alternativas que ya había probado: desallorro, progesro, cmabio. En un ataque de furia destruye el bolígrafo contra la mesa. Presentarla así o no hacerlo es lo mismo. A la puta calle. El edificio no tiene vigilante, y a esa hora es imposible encontrar a nadie en la zona, alguien que pudiera escribir esas palabras en su lugar. Llamar a algún amigo no sirve, no llegaría a tiempo. El dolor de cabeza es ya demasiado fuerte. Apoya la espalda en la pared y se resbala como a cámara lenta. Al fondo, el cristal de la ventana muestra los reflejos de las luces lejanas, de toda esa gente que se divierte lejos de sus preocupaciones.

A la mañana siguiente, el primero en llegar ve los papeles desparramados en la recepción, el bolígrafo hecho pedazos, su cuerpo como si durmiera con el abrigo a medio poner o a medio quitar.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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