Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaCuentos

La sombra del Tenorio

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Sesión nocturna - Eduardo Martos
Sesión nocturna – Eduardo Martos

La luz baja, el murmullo acallándose, y de pronto, la tos en estéreo y algunos que se acomodan, un medio silencio aceptable y el telón, modificado pero el mismo en esencia. ¿Me gustará una obra que no he leído? El teatro no se lee, esto creo haberlo aprendido. El teatro es como el cine. ¿Quién prefiere leer un guión a ver la película? No concibo que un relato, una novela, puedan ser interpretados. Habría que verlo, sería curioso, interesante y acaso fructuoso. La poesía se presta en ocasiones a ser una canción. La pintura y la arquitectura, la música y la escultura, y ese otro arte que cada cual encierra en su ámbito, no se me antojan mutables. Pero el teatro… sin duda se presta a serlo, y por suerte así fue creado por los griegos. O tal vez los griegos lo heredaron de una cultura ancestral que se perdió en la memoria de los hombres porque su antigüedad era insoportable, tan remota que una prueba de su existencia sería un insulto para la ciencia moderna.

Ya Don Juan se ha levantado y se marcha del escenario. Auguro que será una buena obra, es decir que me gustará. Aquel de allí no para de toser. Yo también estoy resfriado y contengo la tos. La suya no es muy profunda, tose por vicio. El de atrás se mueve demasiado. Y los actores no alzan la voz. El Tenorio es un león, un tigre. Su proximidad me amenaza. Mi novia está aquí todavía. Siento que algo en este instante y esta sala podría arrebatarme de su lado. El de la tos ahora carraspea con algo metálico en la voz.

Agradezco mi gradual entrada en el mundo que la obra propone, la clara comprensión de las palabras y los gestos que al principio no entendía. También ayudan las luces y las sombras. El patio de butacas está cada vez más oscuro. A veces creo estar físicamente en la calle que los actores evocan, y ellos no son actores sino personas reales, y ese mundo parece no tener salida: parece sombrío y ebrio. La idea de una cultura arcana que inventara el teatro aparece asociada a un recuerdo indefinido que tiene que ver con esa calle; una representación atroz que terminaba convirtiéndose en realidad; un rito cuya esencia, cuyo clímax, eran el instante que separa ficción y realidad.

Don Juan reclama al Cielo un instante de justicia, una oportunidad para su alma. Don Juan grita, Don Juan ruge, amenaza y reniega de Dios. Don Juan me da miedo. Los actos corren deprisa, como la mujer que, sabiéndose anhelada, huye burlona de los brazos del hombre. Don Juan habla con Don Gonzalo, por una vez suplica y promete sincero, pero el Cielo rechaza sus palabras y su alma. Don Luis Mejías, Don Gonzalo, Doña Inés, mueren.

Admiro la sala, más tranquila, más pétrea y oscura que el terrible panteón que ahora visita el Tenorio. Entre el anterior acto y éste hay sólo una mención en los diálogos, pero en mi memoria, de una forma inexplicable, se hallan todas las horas de todos los días de los infatigables años que los separan, como si mi alma hubiera sido la sombra de Don Juan. Y una sombra es lo que siento, una oscuridad que me acecha en la negrura impenetrable de la sala.

La tos metálica, vuelvo al escenario, vuelvo a la sala, vuelvo a la butaca. Esa tos inconfundible parece ahora más cercana, y en el instante en que lo noto, calla. El Tenorio entra en escena, en la cena con sus amigos y el convidado de mármol. Sale a ver quién llama.

De nuevo la incómoda tos… Parece venir del asiento de delante, pero es tal la oscuridad que no puedo distinguir siquiera si está ocupado. Como un resorte miro a la derecha: mi novia sigue aquí, sigue ahí, la presiento incluso en la tiniebla… El Tenorio está lejos, no me la puede arrebatar. Además, acaba de ser muerto a manos del Capitán Centella, y casi de inmediato sentencia de forma impecable: «El Dios de Don Juan Tenorio.» Ya ha muerto y su amenaza es imposible.

La gradual disipación de las sombras me devuelve a mi realidad, donde esos temores son absurdos, donde mi novia está conmigo, me quiere, donde Don Juan Tenorio no existe, o a lo sumo, está muerto. La gente se levanta perezosa entre comentarios vagos y casi nada originales. La brisa nocturna me despeja al salir. La extraña sensación de peligro se ha desvanecido por completo. Rodeo a mi novia por la cintura. Apenas tres pasos y vuelvo a escuchar la tos, esa tos metálica, inquietante, tras de mí. Instintivamente me giro. Hay mucha gente de pie, observando, mirándome. Creo que son los espectadores de la obra. Aturdido, compruebo que sus trajes y vestidos son de otra época, que no hay farolas en la calle, bañada apenas por la mortecina luz de la luna, que el suelo no está asfaltado ni acerado… Pero de pronto regreso a la realidad, a la calle moderna. Permanecen inmóviles. Uno de ellos tose y lo reconozco, se adelanta. La forma de caminar, implacable y segura, su mirada penetrante, su nombre: Don Juan Tenorio, grabado en su frente y en su sangre negra. En un instante desenvaina y me atraviesa el pecho con una limpia estocada. La vida se me derrama por la herida. Los espectadores (ya sin duda lo son), y mi novia con ellos, observan en silencio. Cuando caigo de rodillas, aplauden emocionados, y lo último que veo al caer a los pies del asesino, como su sombra, es a mi novia en brazos del Tenorio, con lágrimas en los ojos, con lágrimas de amor y alegría en los ojos.

 

Relato incluido en Lapso.

Náufrago

N

Pale blue dot
Pale blue dot – http://bit.ly/UEqAgl

No son el padre o la madre quienes mejor conocen a su hijo, sino aquellos que lo acompañan en el decurso de los días.

A Julio

Lentamente, como inducido por una poderosa convicción, miró atrás y vio con extrañeza la silueta azul que tantas fotografías le mostraron antes. Era distinta…

En sus lentos pensamientos había restos de muchos lugares visitados tan sólo con la imaginación, con el sueño. En sus recuerdos se confundían millones de formas, colores… visiones en fin; y apenas unos cuantos olores, sonidos y sensaciones táctiles. Casi había olvidado pronunciar las palabras: su última conversación había tenido lugar diez años atrás, cuando él tenía apenas quince. Era un viajero.

A veces, cuando contemplaba desde su ventana, sentía vértigo. Las cosas que veía (para él eran cosas) se alejaban a gran velocidad y desaparecían en la oscuridad. Era un naúfrago espacial, perdido en el cosmos inmenso. Hacía tiempo que no pronunciaba su nombre, y si aún lo recordaba era porque no había perdido el hábito de escribir y de leer los libros que guardaba en su ordenador. El tiempo transcurría arbitrariamente. Su vida no llevaba un ritmo constante: dormía horas sueltas y comía cuando le apetecía. Por suerte, disponía de una tecnología capaz de proporcionarle oxígeno y alimento ilimitados… y una existencia errante.

No sentía nostalgia por su planeta ni por su especie, sino por los mundos que desaparecían de su contemplación a cada instante. Muchas veces tuvo sueños perfectos, que al despertar lo dejaban inmóvil y silencioso, reflexionando en los conocidos contornos de su cápsula, en los objetos que odiaría si no fuera porque los necesitaba. Apenas era consciente de lo que significaba la vida. Se había convertido en un observador de materia inerte, aunque a él le parecía, a su extraña manera, viva.

A diferencia de otros náufragos, como los que protagonizaban algunas de las novelas que había leído, a él no le había sucedido nada, ninguna aventura; ni siquiera una enfermedad, ya que aparte de estar sellada por dentro, la cápsula estaba libre de microbios, y sus genes habían sido analizados en previsión de posibles defectos futuros. Además, la nave estaba diseñada para evitar casi todas las formas del suicidio, excepto la inanición. Por último, su trayectoria estaba calculada para evitar cualquier colisión. Los imprevistos podía solucionarlos el plan de emergencia de la cápsula, que era irrompible. Tenía asegurada, pues, una larga vida, una larga serie de instantes monótonos que intentaba convertir en distracciones. En su situación no tenía otra posibilidad que ser algo parecido a un filósofo, ya que podía usar poco más que su mente y un pequeño gimnasio que le permitía mantenerse en buena forma física. Cada objeto, dependiendo del momento en que lo mirara, podía convertirse para él en cualquier cosa. Un vaso de agua, por ejemplo, podía ser una forma de calmar la sed y también un nexo entre el Universo visto desde dentro, que era su perspectiva al mirar por la ventana, y desde fuera, que se correspondía con su observación del agua, donde están contenidos los átomos que la componen; átomos que, como él, están suspendidos por fuerzas desconocidas.

En una zona de la cápsula donde no podía entrar había un laboratorio con documentos humanos e información suficiente para crear todas las formas de vida conocidas por el hombre. Este proyecto, una hermosa fantasía de los hombres primitivos, era la última esperanza de los visionarios que lo diseñaron. Él tenía una grabación donde se detallaba el objetivo de su misión. Un emotivo mensaje explicaba que había sido enviado por los últimos seres humanos con la esperanza de hallar una especie que los ayudara: se estaban extinguiendo sin remedio. No entendió nada de esto cuando lo metieron en la cápsula y lo lanzaron en una dirección incierta del vasto Universo. Las palabras de la locución eran las pocas que todavía pronunciaba. No tenía grabaciones musicales ni sonidos porque algún día, en un pasado difuso, las destruyó todas, hastiado por su soledad. No dejaba de culparse por ello, pero era tarde. También había roto el generador de olores. Sin embargo, aún conservaba la grabación de su misión.

Sólo la cápsula, en un medidor oculto, registraba la distancia recorrida. El número exacto no importa en un Universo tan inmenso que, para un humano, es infinito. Las ilusiones y delirios ya no lo atormentaban. Ni siquiera le quedaba el consuelo de estar loco. El náufrago pensó que quizá no era el único, que podía haber otros seres como él surcando el vacío. Esta idea se la inspiró la grabación, que veía con frecuencia. No les guardaba rencor, y no concebía la posibilidad de que hubieran enviado a otra persona. Con dificultad retenía el concepto de persona. De no haber tenido la grabación, ya no pensaría de tal forma. Sin embargo, una persona no era para él un ser vivo, sino un objeto más inerte que cualquier estrella. No en vano las personas no eran más que representaciones virtuales proyectadas por un objeto sin vida. Las estrellas, en cambio, estaban ahí, al alcance de la mano, refulgentes de vida y energía luminosa.

Había pasado toda su juventud gastando las mismas rutinas, y entre todas ellas no se encontraría nada que hubiera hecho un joven en condiciones normales.

Siendo ya un anciano soñó con un gran bosque (jamás había visto un bosque). Percibía con claridad los sonidos extraños, las estrellas, incomprensiblemente inmóviles, la humedad de la brisa fresca, el agua de un río donde su mano se movía sin motivo aparente, los matices del bosque, azules por la oscuridad… Sintió que la corriente del río era, como su vida, un viaje perpetuo. Sintió que esas palabras no eran suyas, sino de alguien que fue griego y se llamó Heráclito. En ese instante se giró, y con serenidad y armonía, contempló a una hermosa mujer hacia la cual sentía un amor muy poderoso, un amor antiguo y conocido. Se acercó y la besó. Ella sonrió, y entre juegos hicieron el amor. Con la certeza que da la edad comprendió que el río no era eterno, que se detendría en algún instante de la Eternidad, el único río que siempre fluye. La mujer le confesó que tendría un hijo suyo. Se recostó en el lecho de su amada, y sintiendo con la mayor intensidad de su vida, lloró lleno de plenitud.

Mucho o poco tiempo después, la cápsula fue recogida por los avanzados habitantes de un planeta muy lejano. El náufrago estaba muerto, pero en sus labios había una sonrisa. Tras examinar la cápsula, los habitantes crearon un nuevo planeta donde vivirían seres humanos con todos los recuerdos de su especie. Llamaron Heráclito al planeta, que en su lengua significaba náufrago.

 

Relato incluido en Lapso.

Sucesión

S

No se culpe a nadie - Eduardo Martos
No se culpe a nadie – Eduardo Martos

Este relato debería ser distinto, acertar en el blanco y herirme en lo más hondo, sí, herirme incluso a mí, a su autor, algo que rara vez consigo y que en otras obras es tan sencillo. No sé si haber escrito una parte en el autobús le viene bien, tantos baches, las caras de los pasajeros, que parecen de otra especie, las curvas, el timbre de parada, los olores fuertes como el perfume de las gordas o el sudor de cebolla o los pies sudados. Y aunque no parece buena idea, en todo eso hay algo que me cerca y me obliga a escribir lo que tengo que escribir por encima de lo que quiero, y esta lucha absurda y en apariencia vana es profundamente liberadora. A veces termino un párrafo que no sentía, y al releerlo, descubro que me gusta como si no fuera mío, como si fuera de un gran escritor (porque me prefiero a los escritores mediocres). Ahora siento la necesidad de escribir yo, y lo escribo sin trascendencia, sin rito ni adorno, y ahí queda, casi solitario en medio de frases correosas, de tempestades verbales, solo entre cosas ajenas, como yo en el autobús. No es difícil recordar el monólogo de Hamlet, que, además, parecía estar rondando mi conciencia, esperando el momento de salir, y ahora lo ha encontrado y lo noto salir, liberarse, como yo, a través de esa lucha consigo mismo. ¡Qué olvidado queda ahora Shakespeare! Quizá algún día este relato logre mi olvido y se haga con mi identidad, me robe mi ser y mi destino y sea recordado como algo completo y autónomo. Dulcemente voy pasando del monólogo a los ensayos sobre el monólogo, y de éstos a los ensayistas, y entre ellos, y no recuerdo si escribió algo sobre Shakespeare, está Borges. Da igual porque sus ensayos me encantan, y su poesía y, claro, sus relatos, que son lo mejor que ha dado, y por alguna conexión que debía suceder, una conexión entre el monólogo ya abandonado y uno de sus relatos, recuerdo El Inmortal, supongo que por las remembranzas clásicas del relato y porque el teatro es griego y Hamlet es teatro. Entre las palabras de ese relato, deseo atraer las que pronuncia uno de los inmortales: «Argos, ese perro tirado en el estiércol.» Y me alegra haber escrito perro, porque ahora sé que llevaba rato buscando ese hecho, esa palabra, la imagen del perro, no necesariamente de ése, no es una concreción, sino de un perro indefinido, un perro perdido entre millones de posibilidades, razas, tamaños, colores, longitud del pelo, dentadura… el arquetipo del perro. En esa incertidumbre, en ese universo volátil y cambiante como el fuego de Heráclito, siento algo que me observa, me vigila, me acecha, algo que debía ser escrito aunque yo no quiero porque su voluntad, su presencia, son horribles, repugnantes, inconcebibles. Apenas sin esfuerzo me rechaza y me aparta del relato como si quisiera adueñarse de él, es sólo un instante porque ahora vuelvo a notarlo lejos, en ese universo, en su orbe, y al decir orbe lo encierro en una esfera intangible de la que no puede salir. De igual modo yo no puedo salir de mí, del yo que me apresa sin cesar, en la vigilia y en el sueño, que me aplasta y me arrebata la voluntad y me obliga… ¡Sí, es él quien me obliga a escribir lo que no quiero! ¡Él es el genio! Y yo, relegado a la condición de escritor autómata, de mero amanuense sin conciencia… ¡Pero qué yo soy yo, qué yo es el otro que me domina, pues sí tengo conciencia porque hay una lucha y yo sé que la lucha existe y que hay otro que combate! De nuevo el yo, esa insistencia, esa pesadumbre, esa condena. De nuevo el monólogo que se eleva y me cubre por completo, y yo me resigno a ser absorbido por su autoridad. ¿Argos tenía identidad? ¿Era él en realidad? El perro… él es un arquetipo, no sé si piensa, nunca se nos dijo si los arquetipos poseen conciencia… Hay un arquetipo de la conciencia, pero el perro es más tangible aunque no se puede imaginar porque eso sería darle propiedades de las que el arquetipo carece. No sé por qué el perro, no sé por qué esa sucesión que parece humo de tabaco, que me ha llevado de forma liviana hasta la idea del perro, viajando, trepando más bien por mis pensamientos asociados como una cuerda sin fin, o como una red infinita, y así hemos llegado hasta el perro. ¿Hemos? ¡Claro! Ha llegado él, mi yo, él me ha arrastrado a esa idea, y después a la de ese algo que ya no me da miedo porque está atrapado en su orbe. De nuevo hemos recorrido el camino y no entiendo por qué. Y todo consta en el relato como piezas en apariencia conexas, y que acaso guardan relación, una relación oscura que sólo él conoce, que sólo mi yo conoce, esa entidad que ya es ajena a mí, que siento como algo aparte que se mueve dentro de mi mente. Ahora puedo ver ese algo, el algo que me aterroriza, que me asfixia con su presencia, esa intuición del Universo Arquetípico, el Universo efímero y volátil que nunca es, o que es millones de universos porque siempre está cambiando, porque ni siquiera le queda el instante. Por un segundo pienso que todo es deleznable, que nada es durable, que el orbe tampoco lo es, que va a salir, que está saliendo, que se aproxima desde dimensiones inconcebibles, y de pronto lo oigo, al principio es casi sordo pero lo he oído, y lo estoy escribiendo todo, seguro ya de que no soy yo quien dicta, y de nuevo esa sucesión absurda, y de nuevo el ruido, ya perceptible con claridad, la presencia del algo, no, de alguien, ahora es alguien y está detrás, ha tomado conciencia y acaso cuerpo y está detrás.

 

Relato incluido en Lapso.

Un hombre cansado

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Al otro lado - Eduardo Martos
Al otro lado – Eduardo Martos

Brevemente, casi sin respiro, se levanta de la mesa. Parece cansado, con razones para estarlo. Se detiene en los detalles: el cristal de la mesa, aún por limpiar (ya lo hará mañana, hoy es demasiado tarde, es de noche y está cansado), las cintas de vídeo que hay que ordenar, el suelo está sucio, la ceniza de la chimenea. Está cansado. Intentando mantenerse en pie, piensa que debe caminar y alcanzar la escalera, y luego superar los escalones, uno por uno, fatigosamente (quizá de dos en dos, pero esto tampoco soluciona gran cosa). El acuario lo distrae; los peces duermen, pero al acercarse parecen revivir con una fuerza inusitada. Se mueven alegremente, luciendo sus colores y sus colas. La pareja de carpas (aunque actúan y viven por separado), el platy, los neones cobre (antes también había neones cardenal y chinos), el botia, siempre tan vago, echado en el suelo, aparentemente muerto, el escalar y el disco, grandes y hermosos rivales. Las carpas se comen las plantas. No puedo tener plantas en el acuario, piensa al cabo de un rato.

Ha conseguido atravesar el salón, desechando la idea de pasar por la cocina para coger un vaso de agua. La cocina está junto al salón, a la izquierda de la escalera. Ahora la escalera, tan inmensa y atroz. Recuerda un fragmento de Julio Cortázar (¿Instrucciones para subir una escalera?) y se divierte analizando metódicamente cada movimiento de su cuerpo. Tiene tiempo de sobra para hacerlo y apenas fuerzas para sorprenderse por ello. El tiempo es energía, piensa. Una de esas extrañas conjeturas que, según su experiencia, sólo entiende él mismo. Sube, uno tras otro, los escalones de la escalera interminable. Éste tiene polvo, el de antes está roto y no me había dado cuenta, tengo que abrillantar éstos de aquí. La pared lo asombra: tiene miles de recovecos debido a la pintura, aplicada con un rulo granulado. Distingue incontables matices distintos y hermosos por lo recóndito de su situación. Un rato después pasa el dedo por encima y siente, muy lentamente, un cosquilleo en los nervios de la yema. Cada relieve le parece un monte y le recuerda los tiempos en que solía escalar cimas imposibles con la energía de un volcán. Eso fue la semana pasada: salió con sus amigos para practicar en la Cueva del Gato. Pero le parece lejano, muy anterior.

Vislumbra ahora el término de la escalera, el último escalón tedioso. Por fin lo deja atrás y comienza a volverse hacia su cuarto. Mientras, observa las fotografías colgadas en la pared. Piensa en el agujero que separa los bultos de pintura, tremendo para ellos, en la alcayata dentro del espiche del ocho, en el marco de madera o de plástico (nunca se ha molestado en averiguarlo), en el vidrio frontal, y por último, en la fotografía de sí mismo con siete u ocho años, en un chalé de Chiclana, con tanta energía en los ojos y en la sonrisa. Otra foto, el mismo análisis minucioso y otra foto de sí mismo recién nacido o con pocos meses, sonriendo. Ya nunca sonríe. Sigue volviéndose hacia su cuarto. Junto a la puerta hay un retrato en carboncillo de sor Ángela de la Cruz (hermana Angelita, como se prefiere en Sevilla), un retrato muy realista y psicológico, un retrato que observa y que seguramente piensa en la pared y el agujero y el espiche y la alcayata y el marco (esta vez de madera y pan de oro) y el vidrio y el papel donde reside sin descanso. El retrato era de su bisabuela. Ella también parece pletórica de energía.

La puerta del cuarto está muy lejos, a un metro por lo menos. Le costará unos minutos llegar. Entra en el cuarto y respira el aire (a él le parece que respira cada molécula por separado) y el polvo acumulado. Las paredes, azules, también son granuladas; grato recuerdo de hace tiempo. La persiana (veneciana, piensa) es verde y polariza la luz de la tarde. Mira el póster del lobo aullando con luna roja y anaranjada, enorme, detrás. Mira el de La Guerra de las Galaxias, el de Cruzcampo, el de una foto de René Burri (nunca le ha gustado el apellido) del Che Guevara, que oculta el Boulevard of broken dreams de Helnwein, y el corcho con el póster-mosaico de un supuesto extraterrestre, varios recortes, el dibujo de La Visión por su hermano y el de un hermoso árbol por su novia. Gira la cabeza con esfuerzo y examina el mueble de la izquierda, lleno de fósiles, libros, cómics, cintas y discos. Enfrente tiene el ordenador y el equipo de música, que ya no usará porque están muy lejos. Intentaría tirar de la cadenita del ventilador de techo pero sabe que no puede alargar la mano hasta esa altura. La cama, al verla, le provoca una gran satisfacción. Es grande y cómoda y caliente. Tiene la sensación de que debería haber dormido desde hace mucho tiempo. Gradualmente advierte que ha pasado un año desde que comenzó a subir las escaleras. No puede sorprenderse por el descubrimiento, no tiene fuerzas. Sólo quiere dormir, descansar, olvidar.

Intenta poner un pie delante (da igual qué pie). Consigue caer sobre la cama, atravesándola de forma lateral. Quiere incorporarse, pero ya sólo puede arrastrar el cuerpo tan pesado, reptar. El tacto de la colcha es agradable; lo siente en la cara y en las manos. Los pulmones están apretados por el peso del cuerpo (está boca abajo) y le cuesta respirar. A ratos se gira un poco hacia la derecha para poner la cabeza en la almohada.

Incontables intentos después ha conseguido una posición más o menos adecuada. Casi no tiene fuerzas para pensar y el sueño se erige como un esfuerzo que rebasa su capacidad. Comienza a pensar que pasará años así, quizá un siglo o dos, hasta que derriben la casa y el golpe de un cascote lo libere. La respiración deja de ser mecánica y tiene que prestarle atención. Aunque quiere morir, no se atreve a suicidarse todavía. Cuando casi roza la inconsciencia, siente que la colcha se mueve bajo su cuerpo; después la manta y las sábanas. Ahora las nota por encima: lo están tapando. Trabajosamente levanta los párpados y mira hacia la puerta. Presiente que los muebles, las cosas que hay sobre ellos, los libros, el suelo, las paredes y el techo, las lámparas y los ventiladores y la escalera, los bultitos de pintura, los marcos y los espiches y las fotos, los peces y su ámbito de vidrio, lo están observando. No lo entiende al principio. Levemente comienza a verse a sí mismo, echado en la cama. Se ve desde muchos ángulos al mismo tiempo, como jamás había podido imaginar. Se ve desde el techo, desde las sábanas, desde…

Arriesgándolo todo en un último esfuerzo, llega a comprender que su energía ha estado pasando a la casa, a ese conjunto, a ese todo, a un ser físico y espiritual que ha sido y es la casa. Siente rejuvenecer sus fuerzas y recupera los recuerdos distantes y asombrosos de otros que, como él, se unieron con los cimientos y las paredes y las cosas y aun con el aire de la casa (ese aire que, abriendo incluso todas las ventanas a la vez, siempre permanece). Poco a poco se va acomodando a su nueva existencia, a sus nuevas capacidades y limitaciones, a sus miembros rígidos o tan flexibles como un folio. El cambio (el lento y penoso cambio) lo alegra como quien ve nacer a un hijo y ha nacido a la vez. Recuerda a sus amigos y siente nostalgia. Sabe que otras personas lo habitarán (habitarán la casa) y tendrá que convivir con ellas en secreto, soportando del mejor grado posible sus manías y su desorden, las mutilaciones que puedan provocarle (es normal, no saben que soy una casa, que estoy vivo). Pero la experiencia de los otros, que ya son él y son la casa, le permitirá sobrellevarlo sin desmoronarse. Entiende que no debe revelar su nueva condición a ningún inquilino y espera que sus tuberías resistan el uso y que la lavadora siga funcionando durante mucho tiempo, porque es una de las partes que más cuesta perder. Se divertirá extraviando temporalmente los objetos ante la perplejidad de sus habitantes. Acaso se compadecerá de sus penas y sentirá su muerte o su mudanza. Imagina las mil formas de su muerte a manos de máquinas humanas o del tiempo, ese artificio divino, esa energía que se fuga y se marcha a otra parte. Pero así se sabe eterno, o al menos perpetuo en otros cuerpos a los que tendrá que acostumbrarse.

Observa su cuerpo. Él es ya la casa y está velando su antiguo cuerpo. Antes de transmigrar para siempre, una sonrisa se esboza en su antiguo rostro.

El Autodeterminado Método

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Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Mi cuñado es un inútil. Le habían roto la moto a su novia y no era capaz de defenderla. Casi le pidió disculpas al imbécil que había destrozado el cristal. El caso es que había que llevar la moto a arreglar, y como siempre le tocó al abuelo. Fuimos con él mi hermana pequeña y yo.

Era una tienda del centro, una de esas pequeñas tiendas que están ahí desde siempre, que huelen a antiguo y cuyo dueño parece saberlo todo de casi todo. Parecía cualquier cosa menos una cristalería, incluso una tienda de antigüedades. El mostrador estaba al fondo, iluminado por una tenue lamparita de luz cálida. A la derecha conforme se entraba por el estrecho pasillo, una escalera que conducía al segundo piso. Casi todo era de madera; nada del metal de los modernos.

El dueño nos atendió con amabilidad. Mi hermana lo miraba con los ojos muy abiertos. El abuelo le explicó lo del cristal de la moto, y el dueño, que sería de su misma edad, sonrió y dijo algo de los jóvenes, uno de esos comentarios que sólo resultan graciosos a los viejos, porque mi abuelo asintió sonriendo.

—La reparación —dijo— será muy sencilla.

El abuelo y yo nos extrañamos porque no había visto la moto. Pareció darse y cuenta y añadió que no importaba el modelo, todas las reparaciones eran la misma. Mientras hablaba, sacó un libro de la estantería que tenía detrás, un libro pequeño y polvoriento titulado Métodos. Se puso unas gafas de leer y lo abrió por una página que parecía conocer bien.

—El autodeterminado método —dijo—. Un antiguo sistema ideado por matemáticos de la Antigüedad capaz de resolver cualquier problema.

Nos miramos sorprendidos. Mi hermana seguía con los ojos fijos en el cristalero, que acababa de sacar una regla y un montón de palillos de madera. Mi asombro aumentó cuando empezó a colocar los palillos como si de un juego se tratase. Llevábamos un rato mirándolo, y ya empezaba a pensar que al hombre le faltaba una tuerca cuando, de pronto, tiró de dos palillos colocados en los extremos, y el resto dibujó el contorno exacto del cristal de la moto. A mi hermana le pareció magia. Yo no sabía qué pensar. Entonces el cristalero nos indicó que debíamos ayudarlo. Mi abuelo se mostró dispuesto y empezó a colocar palillos con él. Mi hermana y yo no participamos en ese extraño ritual. A los pocos minutos, la expresión de mi abuelo había cambiado notablemente. Parecía no estar viendo los palillos ni la tienda ni a nosotros, sino otra cosa.

El cristal de la moto empezó a surgir de la nada, justo entre los palillos. Mi abuelo se había detenido pero seguía fijo en los palillos. El cristalero dijo que tenía que subir a por algo. Entonces mi abuelo dio un suspiro y dijo, mirando al infinito, que había entendido el autodeterminado método. Al instante siguiente salió corriendo hacia la calle. Traté de seguirlo pero, cuando crucé la puerta, ya no estaba, parecía haberse perdido entre la gente que cruzaba hacia las dos enormes alas de la biblioteca del Sur. Subí a toda prisa para avisar al cristalero. En el segundo piso encontré libros, muchos libros de matemáticas y extraños sistemas, pero a ningún cristalero y ninguna salida posible.

A mi hermana le contamos alguna historia de niños que la ayudó a superar la pérdida del abuelo. Al fin y al cabo era muy pequeña. A mí nadie me explicó nada. Nadie me dijo por qué sobre la mesa de la cristalería sólo estaba la visera de la moto. Sólo eso y ningún libro de métodos antiguos.

 

Relato incluido en Lapso.

La montaña

L

Ausente - Eduardo Martos
Ausente – Eduardo Martos

¡Espérame, amor, voy hacia ti…!

Por la grieta inapreciable que atraviesa la montaña fluye agua nocturna que, incesante, sigo y escucho desde que me habló de ella. Me mostró un reflejo vagamente conservado de su tez; yo lo contemplé arrebatado de un amor invencible y oscuro como mi mundo. Por donde el agua pasaba, yo no podía deslizarme. Cada noche las gotas, generosas y amables, me traían el difuso reflejo de su rostro, que durante instantes breves llenaba mi alma solitaria. Yo me resignaba a esperar la noche dentro de la montaña imperturbable, oyendo el goteo del agua ociosa, que en su viaje consume las entrañas de la roca; o trataba de memorizar todos los relieves de una pared. Aunque la oscuridad domina mi mundo, el agua nocturna indica la declinación del día. Tras verla a ella, aunque me llegaba incierta y mermada, pasaba horas realzando su belleza. Los días que el agua no podía traerme nada, soñaba sin tregua con sus cualidades apenas vislumbradas. Nunca había visto una pureza semejante, ni aun en las lentas calizas. Tampoco había sido herido tan adentro, ni siquiera cuando caí sobre las afiladas rocas del abismo.

El Tiempo me fue arrebatando la paciencia; necesitaba verla (por primera vez sentí necesidad), comprobar su existencia, hasta ahora efímera y acuática. Consideré que ella no me conocía, que ignoraba mi angustia y no sospechaba que, en la recóndita profundidad pétrea, una conciencia vivía esclavizada por un atisbo de su imagen. Pero ella no era la culpable, sino la montaña, que me retenía en contra de mi voluntad. Desconocía el tiempo que permanecería allí fuera, en la proximidad inalcanzable. Quizá venía de algún lejano valle, o acaso estaba de paso y en algún momento partiría para siempre. Sumido en la desesperación, ensayé varias formas de abandonar la montaña, de ser libre y verla y tocarla. Sin embargo, todos mis intentos fracasaron. Llegué a pensar que la montaña evitaba mi huida. Me propuse intentarlo hasta que el desgaste me aniquilara; así, al menos, no me sentiría culpable por perderla. Pero entonces sucedió algo que me incomunicó del agua y del exterior; algo que me alejaba más de ella, porque cada pensamiento, cada recuerdo de su rostro en el agua, era una tortura que me atería como el rechazo instintivo hacia el dolor. Sucedió que las paredes que me cercaban se derrumbaron, dejándome atrapado en una cámara casi hermética que tan sólo intercambiaba con el exterior pequeñas cantidades de aire. Pero el agua no podía pasar por esos conductos.

Lentamente me asomaba a mi final. Mientras, no podía más que estudiar las paredes, que ya conocía mejor que mi propio ser, y recordar la imprecisa imagen que de ella me quedaba. Hubiera querido olvidarla, deshacerme de su visión tortuosa, pero alguna suerte de magia protegía ese recuerdo indeleznable. El agua entró en mi celda. Creo que yo había presentido su humedad mucho antes, pero no quise creer en una esperanza que, de ser falsa, me hubiera matado. Me contó que muchas corrientes habían trabajado sin descanso para liberarme. Les agradecí su ayuda infinita y prometí recompensar la deuda. Me llevaron a galerías más amplias, donde recordé el tacto de los filones de carbón y el perfume de las cavernas de caliza. Algunas gotas llegaron apresuradas y me mostraron su imagen. El tiempo de mi cautiverio, que sólo se puede medir en unidades de dolor y sufrimiento, parecía haber desaparecido de pronto. Para colmo de mi felicidad, el agua me confió un método para salir de la montaña. Llevaría tiempo, pero con su sabiduría en el arte de perforar la roca sin romperla, vería por fin la luz, sabría cómo es el día del que me hablan las gotas. Porque en esta prisión informe y de tinieblas me fue dado un sentido que sólo he usado para admirar su belleza inalterable.

Recorrí las primeras distancias sin apenas esfuerzo, aunque conforme avanzaba se hacía necesario ensanchar la cavidad para que mi cuerpo pasara. A veces notaba estremecimientos en la montaña: estaba furiosa por mi marcha. Durante las horas en las que el agua tenía que marcharse, mi único enlace con la vida era la esperanza de alcanzar el momento final.

La locura dio al fin su fruto. Tres días sucedieron con la claridad que anunciaba el término de mi mundo y el comienzo de mi libertad. Cuando, por fin, el agua perforó la última lámina; cuando mi cuerpo se deslizó con suavidad hasta caer sobre una plataforma horizontal y sentí el frío de la brisa nocturna en mi piel, y por primera vez respiré aire puro; cuando la salvaje visión de la inmensidad atacó mi vista con valles, cordilleras interminables, nubes, plantas y otros elementos misteriosos, esa dimensión que sólo conocía a través de los relatos del agua; cuando alcé la vista la vi.

Su blanco rostro luminoso me cegó y sentí que su calma perpetua me inundaba sin prisa. Gradualmente recuperé la vista y mis ojos quedaron fijos en su imagen inmóvil y nítida, en el disco perfecto que gravitaba en el cielo. Ella me observaba, me iluminaba con un haz que se me antojó cálido. El agua me había hablado de muchas cosas, pero nunca de ella. Todo lo que dominaba mi vista era fascinante, pero lo ignoré para contemplarla y aprender cada detalle de su faz. Noté un estremecimiento, un temblor en mi cuerpo, caí al suelo. Supe que me moría.

El agua se elevaba ya sobre mi cabeza al encuentro de la pálida belleza inasible. Fui feliz por haber cumplido mi sueño de verla y por haber liberado al agua amiga de la esclavitud terrena. Apenas consciente, oí un estruendo de rocas desplomándose, y luego, el silencio sepulcral, el silencio oscuro. El paisaje había desaparecido, volvía a estar dentro de la montaña, atrapado para siempre porque el agua se había ido. Esa noche comprendí que mi madre, la montaña, fuera de la cual no vivo, me había salvado. Pensé una vez más en ella, a la que no vería más, ni siquiera en el espejo líquido que me había acompañado durante tanto tiempo. Cerré los ojos. Sólo me quedaba dormir.

Esa noche, como todas las que han venido después, soñé que la montaña se abría y ella entraba y yo le enseñaba mi hogar. Venía con el agua, que felizmente nos abría paso por los pasadizos más estrechos. Ella me contaba lo que veía en sus viajes por el cielo, como las otras montañas, mayores incluso que la mía, salpicando los paisajes infinitos. Todo transcurría despacio y no había despedidas. Al despertar me acompañaban la oscuridad y el silencio.

¡Ven, amor, te espero…!

 

Relato incluido en Lapso.

El manual de aprendiz

E

Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Dicen que ella pudo coger el libro de una de las dos salas de la Biblioteca del Sur al azar. Y que en ese libro sólo hubiera lecciones de álgebra.

Pero los hechos son mucho más complejos. Porque durante meses visitó la misma estantería y leyó el mismo libro. Ella, una persona cualquiera, una solitaria oficinista sin aparente interés por las matemáticas.

Un día de sol, de pronto, dejó de ir a la biblioteca. Todo se supo gracias al eficaz registro de préstamos: faltaba un desconocido tomo único, el libro de Métodos, que ya nunca se pudo recuperar porque su puerta no volvió a responder a las llamadas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Bajo una roca profunda

B

Tempestad

Me contaste que una enfermedad te estaba matando rápidamente; apenas te quedaban unas horas de vida. La cura, por desgracia, se encontraba en el fondo del océano, oculta bajo una roca. Me desesperé pensando en la vastedad oceánica, en todas las rocas de color azul grisáceo bajo las que podría estar el freno de tu muerte, en el poco tiempo que seguía reduciéndose. Salí a la calle, era de noche. Debía elegir correctamente el punto de entrada. Bajo las tapas de alcantarilla, en los descampados y en los arriates, el mar esperaba silenciosamente. Corrí hasta el descampado de los eucaliptos y me lancé al agua, que empezaba siendo fango lleno de podredumbre. Alejándome un poco de la acera sentí el frío de las corrientes profundas y me sumergí sin dudarlo. Tuve que salir a respirar. Había olvidado que dependía únicamente de mis pulmones. Me sentí perdido en medio de la inmensidad marina, rodeado de casas, farolas y asfalto, pero con el mar y todos sus misterios insondables oscilando bajo mis pies. Entonces te recordé un año atrás, transformando la primavera en las anheladas ondas de tu pelo, diciéndome al oído algo que me hizo sonreír. Una vez más me introduje en el abismo, pero ya no dudé. Tenía que encontrar la piedra exacta en una oscuridad impenetrable, sin linternas, sin focos, rodeado de criaturas extrañas que no me tenían miedo. Varias veces tuve que regresar de las profundidades para coger aire. A la tercera o cuarta emersión se había desatado una tormenta colosal que me arrastró y me desorientó. No me rendí y bajé hasta las pesadas rocas. Ya me empezaba a asfixiar cuando sentí una presencia bajo una roca idéntica a todas las que había levantado. La corriente me impulsó súbitamente y tuve que salir a respirar. El oleaje me lanzaba con fuerza en todas direcciones, mareándome, desorientándome, agotándome. Me empujó hasta el fondo a gran velocidad y me golpeé con una superficie durísima. Medio inconsciente intenté moverla. Cedió con facilidad y mostró la anhelada cura. No sé cómo salí a la superficie, ni cómo me arrastré hasta la cama donde agonizabas, pero recuerdo que te salvé y que volviste a la vida.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Sensación imperfecta

S

A esa sensación imperfecta.

Tango atardecido - Eduardo Martos
Tango atardecido – Eduardo Martos

Hace años que me persigue una sensación extrañamente conocida y penetrante, lejana y persistente. En cierta ocasión he creído su presencia una tortura; pero ahora sé que me sumerjo en su esencia al recordarla, y ese baño es más delicioso que cualquier amor o pasión ardiente agasajando mis deseos. Me gusta, sin duda; y tal vez la necesito y anhelo en su ausencia.

Hace años que me persigue, y llevo años intentando captarla con la pluma; pero tan sólo mi espíritu consigue hallarla. Ayer (o quizá un par de días atrás) regresó a mí. Fue un detalle ínfimo, apenas apreciable si se carece del especial interés que esta sensación despierta en los sentidos y, más adentro, en la memoria. Recuerdo un sueño cálido, alimentado por vapores anaranjados y canciones etéreas; junto a mí estaba ella, y mi mente se precipitaba hacia su voz con la fuerza de mil astros, sumiéndome en un vértigo confuso y oscuro. En ese instante me fue dado que no debo demorar mi paciente espera por más tiempo: debo escribirla de inmediato, si me asiste la Musa.

Para esta sensación no existen espacio ni tiempo: es la luz oscura que el cosmos atraviesa. Por ello me traslada a escenarios distintos: un solitario bar olvidado, con reuniones de ocioso polvo esparcidas por la barra; o los pasillos de alguna sala de cine, sombríos pasillos sigilosos. Por ello me traslada a tiempos dispares: en un espejo antiguo, colgado al fondo del antiguo bar, bailan los años más tristes y vacíos; en los asientos de la enorme sala se acomodan personajes de los treinta, y en el ambiente se percibe algo aún más arcano.

Quizá todo comenzó con ella, la que recuerdo sin haberla conocido, ella fugaz, ella misteriosa, ella ilusoria. Su vaga imagen borrosa se presenta en mi memoria con la frente agachada, los ojos mustios y vacilante la mirada. Pero ella tampoco existe en el espacio ni en el tiempo; o tal vez ambos se desvanecen con su presencia.

Atardece en el bar (sin cesar atardece al tiempo que declina la noche, pero esta ocasión resulta excepcional); rueda el sol en el cielo y sus rayos, a través de los inciertos cristales de una ventana, otorgan sentido a la barra y al espejo. Una fiel armonía silencia los rincones cálidos y suaviza las formas.

Ahora estoy seguro, ella es la causa de mi deseada sensación: todo sueño por apresarla lo provoca el recuerdo de ella, a quien no alcanzan las sustancias materiales.

Sin embargo, creo que no estoy transmitiendo el verdadero efecto que atisbo cuando me rodea. La justa armonía entre absoluta calma y agitación caótica, el fulgor extremo fundido con la templada penumbra… eso es mi sensación pero incompleta, carente de una de sus esencias (sospecho que la más fundamental).

En la barra del bar queda el reflejo de una sombra, queda el motivo de un lamento; mientras, las pacientes aspas de un ventilador de techo juegan con las luces apagadas. Las rojas puertas del cine se mueven despacio, se quejan entre susurros; pero nadie ha pasado aún.

Quisiera escribirle si supiera dónde está, escribirle a ella y suplicarle una palabra de perdón para mi agrio arrepentimiento. Pero el tiempo perdió sus deseos, como yo perdí su alegría inmensa.

Alguien se levanta de un asiento: es un hombre en la sala de cine. Se dirige hacia las puertas, que aún hablan de tristeza. Cuando sale de la sala, desaparecen los años treinta. Alguien llora frente a un espejo de metal: es una mujer sentada en la barra del bar.

El hombre camina entre dudas, entre los fuegos de la noche, los gatos grises y las paredes de ladrillo desnudo. Una flor se cruza en su camino, una flor escondida entre las raíces de un árbol anciano; su voz la reclama y su mano la arranca. Se acerca a una verja verde, la empuja y entra. La mujer suspira, se ahoga en las miradas de compasión del camarero y los clientes. El hombre entra en el bar; busca desesperadamente con los ojos y se encuentra en los ojos líquidos de la mujer, que solloza confundida. Los pasos de él la dirigen hasta ella; saca la flor mustia y se la ofrece, y le pide una respuesta a su mirada. Ella se arranca del alma una última lágrima, una lágrima de perdón y de ese olvido que limpia el cariño. En medio de mil abrazos, la flor cae al suelo: la imperfección atardece.

En la sala de cine termina una película de los años treinta; no hay nadie en los asientos; las puertas se mueven porque ha salido un hombre. La película narra la historia de un escritor que intenta plasmar la sensación que le provoca la ausencia del sentimiento, del cariño, del amor. Al fin descubre que tal sensación es imperfecta y que en ello radica su belleza, y entonces la escribe. El hombre salió cuando comprendió ese mensaje. Acaso el escritor terminó de contar la historia de un hombre que rescató su amor en una sala de cine y recordó a su amor y, aun con la imperfección como promesa de eternidad, decidió buscarla en un bar de llantos nocturnos. Acaso el hombre no terminó de oír la historia porque ya no lo necesitaba.

 

Relato incluido en Lapso.

Música

M

El saxofonista atardecer - Eduardo Martos
El saxofonista atardecer – Eduardo Martos

Esa trompeta que significa una evasión, un fugarse del resto de notas, del sentimiento hiriente que gravita sobre la canción, esa trompeta breve me suelta, me eleva para poder contemplar las cristalinas notas de la guitarra acústica, que son como pasos, o quizá como escalones leves por donde ni siquiera es necesario subir con los pies, sino recorrerlos sin pretensión de final porque si hay última nota, ésta queda suspendida, vibrando sin fin, mezclándose con la voz del solista, con sus sensuales tonos graves y esos altos tan sugerentes, fundiéndose sin temperatura con sus emocionantes inflexiones que sacuden el alma y traen, por ejemplo, ese mar plateado por la tarde, esa inmensidad acuática y viva donde parece posible la existencia de baterías que mueven las olas con su percusión, y un ambiente rumoroso al llegar a la orilla, que entre el bajo y la batería queda íntimamente cerrado. Me gustaría ser como ellos, tocar sin más, acudiendo tan sólo a la sencillez, deslizar los dedos por el cuerpo del instrumento y acariciarlo sin argumentos, sin semántica, tan sólo música, placer estético, arrojar fuera de mí esa pasión que me recorre. Sería hermoso poder interpretar y abandonarse al acto de cada instante, tocar sin miedo en una sala íntima, cerrar los ojos y dejarse llevar por los otros, por su música que acaba confundiéndose con la mía, intercambiando notas en un diálogo infinito donde cada sensación puede mutar y ser lo que cada uno desea, y tocar y sentir y tocar y escuchar y provocar el silencio. Al principio, cuando uno sabe poco o nada de la música, todo, la notación, los acordes, armonías, arpegios, escalas, parecen pertenecer a un orden superior e inalcanzable, una plataforma lejana donde sólo se apoyan los grandes genios, pero, con el tiempo, ese miedo parece disolverse y, aunque los genios siguen siendo inalcanzables, el músico sabe que lo sublime, ese orden superior, proviene del interior, no es algo ajeno sino un mecanismo íntimo que transforma los sentimientos en música. Así, por ejemplo, cuando murió el abuelo pude oír el dolor latiendo en mi mente, lo oía como un sencillo réquiem (el abuelo odiaba lo barroco), como una sinfonía delicada que se marchaba despacio con el alma de ese viejo sabio; creo que incluso mis lágrimas fueron notas en aquel trance que sólo yo entendía. De alguna forma los recuerdos del abuelo se iban destilando en forma de sinceros acordes que hubiera podido variar un millón de veces sin que se perdiera la sensación que me provocaban. Entonces hubiera deseado tener dinero para una trompeta, para un saxo con el que poder llorar y disgregarme en ese dolor líquido. Fue él quien me dijo que la música no se toca ni se interpreta, se llora y se grita como si fuera la última melodía que uno va a tocar. El abuelo llevaba la música y el ritmo en el cuerpo; tocaba la trompeta en un grupo de blues, en esos clubes donde los viejos sentían los cantos de esclavitud tan próximos, donde estaba permitido soñar que los tonos azules y grises, las notas dispersas y el lento humo del tabaco formaban un universo completo, cerrado. En el barrio teníamos muchos amigos, la mayoría pobres y músicos como nosotros, todos como hermanos. Cuando el hijo menor de los vecinos murió, el grupo del abuelo tocó para él una inolvidable canción de calles gastadas, desesperanza y ojos anónimos, porque sabían que le haría ilusión escuchar el sonido del barrio desde su tierno cielo. Yo sólo pude contemplar y unirme al llanto por el pobre pequeño. Esa noche el abuelo me dijo que algún día me oiría llorar su muerte como él había hecho. Ahora vuelve la trompeta, esa nota que podría ser triste pero es alegre, y ahora el cambio suave que en el fondo es brusco y hermoso, y que fugazmente me recuerda a la forma de tocar del abuelo, y es como si el abuelo estuviera tocando de nuevo, como si deslizara sus dedos sin prisa y convirtiera cada nota en algo distinto. La música va aflojando y la batería da sus últimos golpes, la canción termina, y cuando oigo los aplausos de frente, cuando abro los ojos y veo al público en el viejo club del barrio, los tonos azules, grises, violáceos, el humo de tabaco flotando por toda la sala, mis compañeros también aplaudiendo, la impecable trompeta del abuelo en mis manos, las breves lágrimas que he soltado sin querer, en el jazz que al parecer he tocado, en el jazz mágico que los ha cautivado durante diez minutos, pura improvisación del espíritu, es como estar viendo al abuelo emocionado, en la puerta de atrás, ya para irse, y yo dándole las gracias.

 

Relato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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