Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaCuentos

Manías

M

Hombreras

A E.S.Q.

Temprano con Curro, como de costumbre. Centro comercial, nada mejor que hacer aunque tengo que sacar al perro y ordenar mi cuarto. La gente en los centros comerciales se comporta en base a extrañas manías que la ciencia moderna aún no ha conseguido descifrar. En el futuro los niños estudiarán estas cosas en el colegio bajo rimbombancias como Estilos estereotipados en los entornos psicoambientales contemporáneos, pero las notas seguirán siendo sobresalientes, insuficientes, notables y casos perdidos; y en verano seguirá habiendo envidiados y raros ejemplares de empollón, que convivirán con los condenados a tres meses de estudio y reclusión. La gente, decía, se comporta siguiendo maniáticos patrones que Curro y yo solemos observar desde nuestra merecida altivez. Por ejemplo, la señora de las hombreras. Se mueve ordenadamente de estantería en estantería. Saldrá sin comprar nada, cosa que por supuesto no le importa y que quizá no ha pensado al entrar, pero ella recorre con devoción una y otra estantería, las examina y coge un objeto al azar. Sus hombreras la siguen. Curro hace un comentario que no termino de escuchar porque las hombreras. Busco algo cerca de la señora para seguir observando sus hombreras. Siento entonces una tímida necesidad de apretar una de sus hombreras con la mano. La necesidad se asoma con cuidado y se presenta: “Me gustaría apretar esa hombrera con la mano”, y además de no entenderla, me provoca una duda: ¿Cuál de las dos? Intento dialogar con ella, pero descubro que además de tímida es terca y no quiere razonar. “Apretarla con la mano.” La señora sigue su recorrido dando saltitos como de gorrión que busca comida y abre las alas para avanzar, pero en vez de alas son hombreras y tengo que apretarla. ¿Cuál? Insisto pero nada. “Apretarla con la mano y punto.” La necesidad empieza a volverse exigente y seca. Curro se asusta porque sigo a la mujer con la expresión de la cara en otra parte. Todo mi mundo se concentra ahora en apretarla. Pasillo, estantería, bote de perfume, estoy a su lado y mi mano recorre ya la distancia prohibida mientras Curro casi ha echado a correr de vergüenza.

Agarro la hombrera y la aprieto con fuerza una, dos, tres veces, despacio, disfrutando el instante.

La señora me mira, gorrión confuso, y yo sigo mi camino sin decirle nada, inventando alguna excusa para explicarle a María por qué vamos tarde.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

El desierto que ruge

E

Desierto del Sahara - Aitor López de Audikana
Desierto del Sahara – Aitor López de Audikana (http://bit.ly/Xwwptb)

A Rocío, por este sueño

Llegué a la Meca tras viajes noctámbulos por rutas de contrabando. Semanas atrás había sentido la llamada de la Media Luna. Fatigué amplios mares en navíos quejumbrosos, me estremeció el pavor hacia el océano infinito y vivo, y una noche sin luna creí escuchar, a lo lejos, el nítido canto de una sirena. Una mañana que anticipaba un sol despiadado, el mapa me reveló la ubicación de mi destino. Inexplicablemente todo era desierto. El agotamiento me arrastraba por la arena cálida y seca. Temí haberme desviado y estar en ninguna parte. Entonces lo escuché. Era un profundo sonido, como el de un eterno gong atenuado, como la voz del Averno, que emanaba de todas partes. Su profundidad, su gravedad atroz, me aterraron porque me supe incapaz de soportar, en aquella soledad, el peso de su significado espantoso. Entendí que permanecer equivaldría al caos y a la locura.

Sin transición estaba en un hotel. Trabajosamente intentaba hablar en inglés con la recepcionista.

—Usted es de España —me indicó. Su tono y su mirada tenían algo de reproche.

—Así es.

Era un hotel de Cádiz. Bruscamente me invadió la sospecha de que había llegado atravesando a nado el Estrecho de Gibraltar. La recepcionista me preguntó por mi domicilio. Imposible recordarlo. En ese punto tan sólo quedaba el sonido del gong, del desierto que ruge.

Blogger versátil

B

 

Blogger versátil

A mi vecina Begoña

Me sentó bruscamente en algo duro. Hacía frío, sobre todo por la humedad del ambiente. Y olía a bodega. Seguramente estoy en una bodega, pensé. Por fin me quitó la venda de un tirón y pude ver dónde estaba. Era un sótano de hormigón sin pintar, con cajas de madera amontonadas por todas partes y una escalera desprovista de barandilla a mi izquierda. Enfrente había una mesa y una silla como la mía, y sobre la mesa, un revólver. Supuse que estaba cargado. No se preocupe, no llegaría a tiempo, sonó a mi espalda. En todo este rato no se había dirigido a mí. Además, se burló, está usted fuertemente atado. Es normal que no se haya dado cuenta porque posiblemente sus brazos no hayan recuperado todavía la sensibilidad. Seguramente se estará preguntando qué hacemos aquí, quién soy yo, qué pretendo… No tenga prisa. Admire este inigualable entorno. Respire el aire que se le ofrece a sus pulmones. No podría estar en un sitio mejor, ¿verdad? Dejó de hablar pero debió de quedarse quieto porque no lo escuchaba ni respirar. Seguí mirando todo lo que había alrededor para encontrar una manera de escapar, a pesar de mi clara desventaja táctica. Al rato lo escuché moverse, pero por más que giraba la cabeza, no conseguía dar con él. Me lo imaginaba recio, de rostro ancho y seco, facciones cortantes, con una gabardina a lo Sam Spade, posiblemente un sombrero de ala corta y pelo cano con un corte impecable. Sus ojos, por supuesto, eran fríos y escrupulosos. No tenía claro si era alto o bajito. Bien, bien, dijo pausadamente. Está usted aquí para recibir un premio. Escribe usted un blog, ¿verdad? No, no se alarme. No se trata de ningún tipo de censura: lo que usted escribe no es importante. No obstante, necesito averiguar primero una serie de datos. Deme seis o siete detalles personales que le identifiquen de manera inequívoca. Bueno, deme mejor exactamente siete detalles. ¿Pero de qué estaba hablando ese tipo? ¿Un premio? ¿Detalles que me identifiquen? Bien, interrumpió, aquí dice que escribió usted un libro, Lapso, que por ser clemente no tuvo mucho éxito. Ya tenemos una, muy bien. Se deduce que le gusta o que al menos lee a Borges, Jorge Luis, supongo. También escribía usted otro blog de nombre no muy original teniendo en cuenta lo que acabamos de descubrir. Estaba claro que estaba sacando todo eso de mi blog. Pretende usted, prosiguió, hacerse rico escribiendo. Si me permite un consejo desinteresado, dedíquese a otra cosa. @emartos es su cuenta de Twitter. Y según parece, también se dedica a la fotografía en una empresa llamada FILHIN. ¿Qué significado tiene ese nombre? En fin, no importa. Y para terminar con esta lista de siete detalles sobre usted, se nos muestra como uno de esos activistas digitales que creen que los contenidos son libres. Lista terminada. Veamos, ahora tengo que anotar quince… ¡Quince! blogs que usted sigue. Aquí va a tener que ayudarme. Me valen los nombres, Google hace maravillas. Sonó el clic de un revólver muy próximo a mi nuca y sentí el cañón lamiéndome la piel. El silencio se asentó en el sótano inmenso y empecé a sentir el corazón a la altura de la garganta, las sienes golpeando frenéticamente y la vista nublada. No era miedo, era algo distinto, más absurdo, más viscoso, más asfixiante. Una sensación que no se iría ni aunque me pegase un tiro a bocajarro. Si no le salen las palabras, dijo pausadamente, escriba las direcciones o los nombres aquí. Me extendió un cuaderno y un lápiz Staedtler Noris HB 2 desde atrás. ¿Estos son los de trazo duro o blando? ¡Qué importa! Tenía que pensar rápido en quince blogs que difícilmente podía recordar. Pero tenía que hacerlo. Empecé a garabatear nombres sin saber si llevaban a alguna parte, empezando por los recuerdos recientes. Crueldades afines. ¿Era así? ¿Qué hará este tipo si me equivoco? Da igual, tengo que intentarlo al menos. El ojo… ¡El ojo del gato, sí! ¡Otro más, sólo llevo dos! Con Letra Helvétika, éste me llama la atención por la k. Xenia García, éste lo había visto hace poco. Samuel Whitman, cargado de minimalismo. ¿Cuántos llevo? ¿Cinco? Me he quedado en blanco… ¿Titubea?, preguntó secamente. Carolina Villafruela, La Vecina, ¿cómo olvidarla? Daína Chaviano. ¿Era así? ¿No me falta alguna letra? Luego estaba ese otro blog del llanto… el llanto de un insecto… ¡Cuál era, maldita sea! ¿El llanto de las libélulas? Sí, sí, tiene que ser así. Bien, hemos terminado la parte más difícil. Ahora creo que puedo recordar los blogs más cercanos. La Posada de los Vientos, de mi amiga Rocío. Rudy Spillman y su Libro Abierto. Luis Vázquez Bonome y su mirada siempre al cielo. Ikitonet y su universo geek. ¿Cómo se llamaba el de Rafa? ¿Hace tiempo que pasó? No, no… ¡No! ¿Hace tiempo de esto? Sí, eso es. Zorg Espiral, espero que todavía exista. Curro también tiene o tenía un blog. Curro es Curro Huesa, pero ¿cómo era su blog? Aprendizajes de Curro… Aprendiz de Curro. Aprendiz de Curro, definitivamente. Bien hecho, dijo quitándome el cuaderno de la mano, ha sido usted muy amable. En teoría, debe usted dejar un comentario en cada uno de esos blogs para pasarles este maravilloso premio, pero no se preocupe, yo lo haré por usted. Como también elegiré, de entre estas quince direcciones, siete al azar, que serán… una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Mientras hablaba, sonaba el traqueteo de un teclado mecánico. Debo confesar que no entiendo muy bien el sentido de esta nueva selección, pero yo sólo cumplo órdenes. Veamos… Ya casi hemos terminado. ¿Está cansado? Da igual, no me responda. Dígame tres cosas que le gustan y otras tres que odie. No se engañe, todos tenemos gustos y repulsiones. Bien, esta vez no lo voy a poner sobre tanta presión. Noté el cañón del revólver hincarse con firmeza justo debajo de las costillas. La respiración volvió a agitarse, los pensamientos no se quedaban quietos, no había forma de conectarlos, de ordenaros, de concretar nada. ¿Sabe que un disparo a esta altura no lo mataría inmediatamente? Le dolería, y mucho, pero tardaría en morir. Se iría desangrando lentamente, sin poder hacer nada, aquí atado y solo. Después de todo lo que me ha confesado, ¿de verdad no quiere darme esa información? Verá, hoy me ha cogido de buenas y le voy a hacer un favor. Voy a deducirlas. Soy bueno deduciendo cosas de la gente, por si no se ha dado cuenta. En primer lugar, le gusta la sensación de miedo. Lo noto por cómo descansa sobre la silla. Está alerta pero no ha intentado escapar. Quiere saber qué viene después, quiere seguir saboreando el miedo, o eso que llamamos miedo a falta de una palabra más certera. También le gusta teñirlo todo de misterio, dejando entrever algo de usted sin que se vea del todo. Lástima que haya gente como yo, que apartamos con facilidad esos velos y miramos a la gente cara a cara. Irónico, ¿verdad? Adora el silencio, pero no sabe respetarlo. Yo tampoco, a qué engañarnos. Las cosas que odia tampoco serán difíciles de extraer. ¿Le molesta parecer plano? Sí, se nota en su actitud entre indiferente y arrojada, sin duda una pose bien ensayada. Odia que lo analicen como estoy haciendo yo ahora. Y por supuesto, detesta ser incapaz de controlar la situación desde un punto de vista puramente intelectual. Magnífico, parece que hemos terminado justo a tiempo. Ha colaborado usted según lo esperado. Dele las gracias a Begoña por el premio. Sabía que usted no colaboraría fácilmente y por eso recurrió a mí. Lo que me extraña es que le haya otorgado un premio de blogger versátil, cuando sus aportes no resisten una lectura de más de tres minutos, y eso siendo generoso. Volvió a sonar el clic del revólver. Lo siguiente que oí fue algo metálico cayendo a mi derecha. Era un trozo de tubería y un mechero metálico, con el que había estado haciendo el ruidito del demonio. Oí pasos y giré la cabeza hacia la izquierda. Sólo tuve tiempo de verle las piernas subiendo la escalera, mientras decía: ¡Ah, por cierto! No sé si un disparo debajo de las costillas lo habría matado lentamente, pero estaría bien averiguarlo. Y sí, efectivamente llevaba gabardina.

La sombra del Tenorio

L

Sesión nocturna - Eduardo Martos
Sesión nocturna – Eduardo Martos

La luz baja, el murmullo acallándose, y de pronto, la tos en estéreo y algunos que se acomodan, un medio silencio aceptable y el telón, modificado pero el mismo en esencia. ¿Me gustará una obra que no he leído? El teatro no se lee, esto creo haberlo aprendido. El teatro es como el cine. ¿Quién prefiere leer un guión a ver la película? No concibo que un relato, una novela, puedan ser interpretados. Habría que verlo, sería curioso, interesante y acaso fructuoso. La poesía se presta en ocasiones a ser una canción. La pintura y la arquitectura, la música y la escultura, y ese otro arte que cada cual encierra en su ámbito, no se me antojan mutables. Pero el teatro… sin duda se presta a serlo, y por suerte así fue creado por los griegos. O tal vez los griegos lo heredaron de una cultura ancestral que se perdió en la memoria de los hombres porque su antigüedad era insoportable, tan remota que una prueba de su existencia sería un insulto para la ciencia moderna.

Ya Don Juan se ha levantado y se marcha del escenario. Auguro que será una buena obra, es decir que me gustará. Aquel de allí no para de toser. Yo también estoy resfriado y contengo la tos. La suya no es muy profunda, tose por vicio. El de atrás se mueve demasiado. Y los actores no alzan la voz. El Tenorio es un león, un tigre. Su proximidad me amenaza. Mi novia está aquí todavía. Siento que algo en este instante y esta sala podría arrebatarme de su lado. El de la tos ahora carraspea con algo metálico en la voz.

Agradezco mi gradual entrada en el mundo que la obra propone, la clara comprensión de las palabras y los gestos que al principio no entendía. También ayudan las luces y las sombras. El patio de butacas está cada vez más oscuro. A veces creo estar físicamente en la calle que los actores evocan, y ellos no son actores sino personas reales, y ese mundo parece no tener salida: parece sombrío y ebrio. La idea de una cultura arcana que inventara el teatro aparece asociada a un recuerdo indefinido que tiene que ver con esa calle; una representación atroz que terminaba convirtiéndose en realidad; un rito cuya esencia, cuyo clímax, eran el instante que separa ficción y realidad.

Don Juan reclama al Cielo un instante de justicia, una oportunidad para su alma. Don Juan grita, Don Juan ruge, amenaza y reniega de Dios. Don Juan me da miedo. Los actos corren deprisa, como la mujer que, sabiéndose anhelada, huye burlona de los brazos del hombre. Don Juan habla con Don Gonzalo, por una vez suplica y promete sincero, pero el Cielo rechaza sus palabras y su alma. Don Luis Mejías, Don Gonzalo, Doña Inés, mueren.

Admiro la sala, más tranquila, más pétrea y oscura que el terrible panteón que ahora visita el Tenorio. Entre el anterior acto y éste hay sólo una mención en los diálogos, pero en mi memoria, de una forma inexplicable, se hallan todas las horas de todos los días de los infatigables años que los separan, como si mi alma hubiera sido la sombra de Don Juan. Y una sombra es lo que siento, una oscuridad que me acecha en la negrura impenetrable de la sala.

La tos metálica, vuelvo al escenario, vuelvo a la sala, vuelvo a la butaca. Esa tos inconfundible parece ahora más cercana, y en el instante en que lo noto, calla. El Tenorio entra en escena, en la cena con sus amigos y el convidado de mármol. Sale a ver quién llama.

De nuevo la incómoda tos… Parece venir del asiento de delante, pero es tal la oscuridad que no puedo distinguir siquiera si está ocupado. Como un resorte miro a la derecha: mi novia sigue aquí, sigue ahí, la presiento incluso en la tiniebla… El Tenorio está lejos, no me la puede arrebatar. Además, acaba de ser muerto a manos del Capitán Centella, y casi de inmediato sentencia de forma impecable: «El Dios de Don Juan Tenorio.» Ya ha muerto y su amenaza es imposible.

La gradual disipación de las sombras me devuelve a mi realidad, donde esos temores son absurdos, donde mi novia está conmigo, me quiere, donde Don Juan Tenorio no existe, o a lo sumo, está muerto. La gente se levanta perezosa entre comentarios vagos y casi nada originales. La brisa nocturna me despeja al salir. La extraña sensación de peligro se ha desvanecido por completo. Rodeo a mi novia por la cintura. Apenas tres pasos y vuelvo a escuchar la tos, esa tos metálica, inquietante, tras de mí. Instintivamente me giro. Hay mucha gente de pie, observando, mirándome. Creo que son los espectadores de la obra. Aturdido, compruebo que sus trajes y vestidos son de otra época, que no hay farolas en la calle, bañada apenas por la mortecina luz de la luna, que el suelo no está asfaltado ni acerado… Pero de pronto regreso a la realidad, a la calle moderna. Permanecen inmóviles. Uno de ellos tose y lo reconozco, se adelanta. La forma de caminar, implacable y segura, su mirada penetrante, su nombre: Don Juan Tenorio, grabado en su frente y en su sangre negra. En un instante desenvaina y me atraviesa el pecho con una limpia estocada. La vida se me derrama por la herida. Los espectadores (ya sin duda lo son), y mi novia con ellos, observan en silencio. Cuando caigo de rodillas, aplauden emocionados, y lo último que veo al caer a los pies del asesino, como su sombra, es a mi novia en brazos del Tenorio, con lágrimas en los ojos, con lágrimas de amor y alegría en los ojos.

 

Relato incluido en Lapso.

Náufrago

N

Pale blue dot
Pale blue dot – http://bit.ly/UEqAgl

No son el padre o la madre quienes mejor conocen a su hijo, sino aquellos que lo acompañan en el decurso de los días.

A Julio

Lentamente, como inducido por una poderosa convicción, miró atrás y vio con extrañeza la silueta azul que tantas fotografías le mostraron antes. Era distinta…

En sus lentos pensamientos había restos de muchos lugares visitados tan sólo con la imaginación, con el sueño. En sus recuerdos se confundían millones de formas, colores… visiones en fin; y apenas unos cuantos olores, sonidos y sensaciones táctiles. Casi había olvidado pronunciar las palabras: su última conversación había tenido lugar diez años atrás, cuando él tenía apenas quince. Era un viajero.

A veces, cuando contemplaba desde su ventana, sentía vértigo. Las cosas que veía (para él eran cosas) se alejaban a gran velocidad y desaparecían en la oscuridad. Era un naúfrago espacial, perdido en el cosmos inmenso. Hacía tiempo que no pronunciaba su nombre, y si aún lo recordaba era porque no había perdido el hábito de escribir y de leer los libros que guardaba en su ordenador. El tiempo transcurría arbitrariamente. Su vida no llevaba un ritmo constante: dormía horas sueltas y comía cuando le apetecía. Por suerte, disponía de una tecnología capaz de proporcionarle oxígeno y alimento ilimitados… y una existencia errante.

No sentía nostalgia por su planeta ni por su especie, sino por los mundos que desaparecían de su contemplación a cada instante. Muchas veces tuvo sueños perfectos, que al despertar lo dejaban inmóvil y silencioso, reflexionando en los conocidos contornos de su cápsula, en los objetos que odiaría si no fuera porque los necesitaba. Apenas era consciente de lo que significaba la vida. Se había convertido en un observador de materia inerte, aunque a él le parecía, a su extraña manera, viva.

A diferencia de otros náufragos, como los que protagonizaban algunas de las novelas que había leído, a él no le había sucedido nada, ninguna aventura; ni siquiera una enfermedad, ya que aparte de estar sellada por dentro, la cápsula estaba libre de microbios, y sus genes habían sido analizados en previsión de posibles defectos futuros. Además, la nave estaba diseñada para evitar casi todas las formas del suicidio, excepto la inanición. Por último, su trayectoria estaba calculada para evitar cualquier colisión. Los imprevistos podía solucionarlos el plan de emergencia de la cápsula, que era irrompible. Tenía asegurada, pues, una larga vida, una larga serie de instantes monótonos que intentaba convertir en distracciones. En su situación no tenía otra posibilidad que ser algo parecido a un filósofo, ya que podía usar poco más que su mente y un pequeño gimnasio que le permitía mantenerse en buena forma física. Cada objeto, dependiendo del momento en que lo mirara, podía convertirse para él en cualquier cosa. Un vaso de agua, por ejemplo, podía ser una forma de calmar la sed y también un nexo entre el Universo visto desde dentro, que era su perspectiva al mirar por la ventana, y desde fuera, que se correspondía con su observación del agua, donde están contenidos los átomos que la componen; átomos que, como él, están suspendidos por fuerzas desconocidas.

En una zona de la cápsula donde no podía entrar había un laboratorio con documentos humanos e información suficiente para crear todas las formas de vida conocidas por el hombre. Este proyecto, una hermosa fantasía de los hombres primitivos, era la última esperanza de los visionarios que lo diseñaron. Él tenía una grabación donde se detallaba el objetivo de su misión. Un emotivo mensaje explicaba que había sido enviado por los últimos seres humanos con la esperanza de hallar una especie que los ayudara: se estaban extinguiendo sin remedio. No entendió nada de esto cuando lo metieron en la cápsula y lo lanzaron en una dirección incierta del vasto Universo. Las palabras de la locución eran las pocas que todavía pronunciaba. No tenía grabaciones musicales ni sonidos porque algún día, en un pasado difuso, las destruyó todas, hastiado por su soledad. No dejaba de culparse por ello, pero era tarde. También había roto el generador de olores. Sin embargo, aún conservaba la grabación de su misión.

Sólo la cápsula, en un medidor oculto, registraba la distancia recorrida. El número exacto no importa en un Universo tan inmenso que, para un humano, es infinito. Las ilusiones y delirios ya no lo atormentaban. Ni siquiera le quedaba el consuelo de estar loco. El náufrago pensó que quizá no era el único, que podía haber otros seres como él surcando el vacío. Esta idea se la inspiró la grabación, que veía con frecuencia. No les guardaba rencor, y no concebía la posibilidad de que hubieran enviado a otra persona. Con dificultad retenía el concepto de persona. De no haber tenido la grabación, ya no pensaría de tal forma. Sin embargo, una persona no era para él un ser vivo, sino un objeto más inerte que cualquier estrella. No en vano las personas no eran más que representaciones virtuales proyectadas por un objeto sin vida. Las estrellas, en cambio, estaban ahí, al alcance de la mano, refulgentes de vida y energía luminosa.

Había pasado toda su juventud gastando las mismas rutinas, y entre todas ellas no se encontraría nada que hubiera hecho un joven en condiciones normales.

Siendo ya un anciano soñó con un gran bosque (jamás había visto un bosque). Percibía con claridad los sonidos extraños, las estrellas, incomprensiblemente inmóviles, la humedad de la brisa fresca, el agua de un río donde su mano se movía sin motivo aparente, los matices del bosque, azules por la oscuridad… Sintió que la corriente del río era, como su vida, un viaje perpetuo. Sintió que esas palabras no eran suyas, sino de alguien que fue griego y se llamó Heráclito. En ese instante se giró, y con serenidad y armonía, contempló a una hermosa mujer hacia la cual sentía un amor muy poderoso, un amor antiguo y conocido. Se acercó y la besó. Ella sonrió, y entre juegos hicieron el amor. Con la certeza que da la edad comprendió que el río no era eterno, que se detendría en algún instante de la Eternidad, el único río que siempre fluye. La mujer le confesó que tendría un hijo suyo. Se recostó en el lecho de su amada, y sintiendo con la mayor intensidad de su vida, lloró lleno de plenitud.

Mucho o poco tiempo después, la cápsula fue recogida por los avanzados habitantes de un planeta muy lejano. El náufrago estaba muerto, pero en sus labios había una sonrisa. Tras examinar la cápsula, los habitantes crearon un nuevo planeta donde vivirían seres humanos con todos los recuerdos de su especie. Llamaron Heráclito al planeta, que en su lengua significaba náufrago.

 

Relato incluido en Lapso.

Sucesión

S

No se culpe a nadie - Eduardo Martos
No se culpe a nadie – Eduardo Martos

Este relato debería ser distinto, acertar en el blanco y herirme en lo más hondo, sí, herirme incluso a mí, a su autor, algo que rara vez consigo y que en otras obras es tan sencillo. No sé si haber escrito una parte en el autobús le viene bien, tantos baches, las caras de los pasajeros, que parecen de otra especie, las curvas, el timbre de parada, los olores fuertes como el perfume de las gordas o el sudor de cebolla o los pies sudados. Y aunque no parece buena idea, en todo eso hay algo que me cerca y me obliga a escribir lo que tengo que escribir por encima de lo que quiero, y esta lucha absurda y en apariencia vana es profundamente liberadora. A veces termino un párrafo que no sentía, y al releerlo, descubro que me gusta como si no fuera mío, como si fuera de un gran escritor (porque me prefiero a los escritores mediocres). Ahora siento la necesidad de escribir yo, y lo escribo sin trascendencia, sin rito ni adorno, y ahí queda, casi solitario en medio de frases correosas, de tempestades verbales, solo entre cosas ajenas, como yo en el autobús. No es difícil recordar el monólogo de Hamlet, que, además, parecía estar rondando mi conciencia, esperando el momento de salir, y ahora lo ha encontrado y lo noto salir, liberarse, como yo, a través de esa lucha consigo mismo. ¡Qué olvidado queda ahora Shakespeare! Quizá algún día este relato logre mi olvido y se haga con mi identidad, me robe mi ser y mi destino y sea recordado como algo completo y autónomo. Dulcemente voy pasando del monólogo a los ensayos sobre el monólogo, y de éstos a los ensayistas, y entre ellos, y no recuerdo si escribió algo sobre Shakespeare, está Borges. Da igual porque sus ensayos me encantan, y su poesía y, claro, sus relatos, que son lo mejor que ha dado, y por alguna conexión que debía suceder, una conexión entre el monólogo ya abandonado y uno de sus relatos, recuerdo El Inmortal, supongo que por las remembranzas clásicas del relato y porque el teatro es griego y Hamlet es teatro. Entre las palabras de ese relato, deseo atraer las que pronuncia uno de los inmortales: «Argos, ese perro tirado en el estiércol.» Y me alegra haber escrito perro, porque ahora sé que llevaba rato buscando ese hecho, esa palabra, la imagen del perro, no necesariamente de ése, no es una concreción, sino de un perro indefinido, un perro perdido entre millones de posibilidades, razas, tamaños, colores, longitud del pelo, dentadura… el arquetipo del perro. En esa incertidumbre, en ese universo volátil y cambiante como el fuego de Heráclito, siento algo que me observa, me vigila, me acecha, algo que debía ser escrito aunque yo no quiero porque su voluntad, su presencia, son horribles, repugnantes, inconcebibles. Apenas sin esfuerzo me rechaza y me aparta del relato como si quisiera adueñarse de él, es sólo un instante porque ahora vuelvo a notarlo lejos, en ese universo, en su orbe, y al decir orbe lo encierro en una esfera intangible de la que no puede salir. De igual modo yo no puedo salir de mí, del yo que me apresa sin cesar, en la vigilia y en el sueño, que me aplasta y me arrebata la voluntad y me obliga… ¡Sí, es él quien me obliga a escribir lo que no quiero! ¡Él es el genio! Y yo, relegado a la condición de escritor autómata, de mero amanuense sin conciencia… ¡Pero qué yo soy yo, qué yo es el otro que me domina, pues sí tengo conciencia porque hay una lucha y yo sé que la lucha existe y que hay otro que combate! De nuevo el yo, esa insistencia, esa pesadumbre, esa condena. De nuevo el monólogo que se eleva y me cubre por completo, y yo me resigno a ser absorbido por su autoridad. ¿Argos tenía identidad? ¿Era él en realidad? El perro… él es un arquetipo, no sé si piensa, nunca se nos dijo si los arquetipos poseen conciencia… Hay un arquetipo de la conciencia, pero el perro es más tangible aunque no se puede imaginar porque eso sería darle propiedades de las que el arquetipo carece. No sé por qué el perro, no sé por qué esa sucesión que parece humo de tabaco, que me ha llevado de forma liviana hasta la idea del perro, viajando, trepando más bien por mis pensamientos asociados como una cuerda sin fin, o como una red infinita, y así hemos llegado hasta el perro. ¿Hemos? ¡Claro! Ha llegado él, mi yo, él me ha arrastrado a esa idea, y después a la de ese algo que ya no me da miedo porque está atrapado en su orbe. De nuevo hemos recorrido el camino y no entiendo por qué. Y todo consta en el relato como piezas en apariencia conexas, y que acaso guardan relación, una relación oscura que sólo él conoce, que sólo mi yo conoce, esa entidad que ya es ajena a mí, que siento como algo aparte que se mueve dentro de mi mente. Ahora puedo ver ese algo, el algo que me aterroriza, que me asfixia con su presencia, esa intuición del Universo Arquetípico, el Universo efímero y volátil que nunca es, o que es millones de universos porque siempre está cambiando, porque ni siquiera le queda el instante. Por un segundo pienso que todo es deleznable, que nada es durable, que el orbe tampoco lo es, que va a salir, que está saliendo, que se aproxima desde dimensiones inconcebibles, y de pronto lo oigo, al principio es casi sordo pero lo he oído, y lo estoy escribiendo todo, seguro ya de que no soy yo quien dicta, y de nuevo esa sucesión absurda, y de nuevo el ruido, ya perceptible con claridad, la presencia del algo, no, de alguien, ahora es alguien y está detrás, ha tomado conciencia y acaso cuerpo y está detrás.

 

Relato incluido en Lapso.

Un hombre cansado

U

Al otro lado - Eduardo Martos
Al otro lado – Eduardo Martos

Brevemente, casi sin respiro, se levanta de la mesa. Parece cansado, con razones para estarlo. Se detiene en los detalles: el cristal de la mesa, aún por limpiar (ya lo hará mañana, hoy es demasiado tarde, es de noche y está cansado), las cintas de vídeo que hay que ordenar, el suelo está sucio, la ceniza de la chimenea. Está cansado. Intentando mantenerse en pie, piensa que debe caminar y alcanzar la escalera, y luego superar los escalones, uno por uno, fatigosamente (quizá de dos en dos, pero esto tampoco soluciona gran cosa). El acuario lo distrae; los peces duermen, pero al acercarse parecen revivir con una fuerza inusitada. Se mueven alegremente, luciendo sus colores y sus colas. La pareja de carpas (aunque actúan y viven por separado), el platy, los neones cobre (antes también había neones cardenal y chinos), el botia, siempre tan vago, echado en el suelo, aparentemente muerto, el escalar y el disco, grandes y hermosos rivales. Las carpas se comen las plantas. No puedo tener plantas en el acuario, piensa al cabo de un rato.

Ha conseguido atravesar el salón, desechando la idea de pasar por la cocina para coger un vaso de agua. La cocina está junto al salón, a la izquierda de la escalera. Ahora la escalera, tan inmensa y atroz. Recuerda un fragmento de Julio Cortázar (¿Instrucciones para subir una escalera?) y se divierte analizando metódicamente cada movimiento de su cuerpo. Tiene tiempo de sobra para hacerlo y apenas fuerzas para sorprenderse por ello. El tiempo es energía, piensa. Una de esas extrañas conjeturas que, según su experiencia, sólo entiende él mismo. Sube, uno tras otro, los escalones de la escalera interminable. Éste tiene polvo, el de antes está roto y no me había dado cuenta, tengo que abrillantar éstos de aquí. La pared lo asombra: tiene miles de recovecos debido a la pintura, aplicada con un rulo granulado. Distingue incontables matices distintos y hermosos por lo recóndito de su situación. Un rato después pasa el dedo por encima y siente, muy lentamente, un cosquilleo en los nervios de la yema. Cada relieve le parece un monte y le recuerda los tiempos en que solía escalar cimas imposibles con la energía de un volcán. Eso fue la semana pasada: salió con sus amigos para practicar en la Cueva del Gato. Pero le parece lejano, muy anterior.

Vislumbra ahora el término de la escalera, el último escalón tedioso. Por fin lo deja atrás y comienza a volverse hacia su cuarto. Mientras, observa las fotografías colgadas en la pared. Piensa en el agujero que separa los bultos de pintura, tremendo para ellos, en la alcayata dentro del espiche del ocho, en el marco de madera o de plástico (nunca se ha molestado en averiguarlo), en el vidrio frontal, y por último, en la fotografía de sí mismo con siete u ocho años, en un chalé de Chiclana, con tanta energía en los ojos y en la sonrisa. Otra foto, el mismo análisis minucioso y otra foto de sí mismo recién nacido o con pocos meses, sonriendo. Ya nunca sonríe. Sigue volviéndose hacia su cuarto. Junto a la puerta hay un retrato en carboncillo de sor Ángela de la Cruz (hermana Angelita, como se prefiere en Sevilla), un retrato muy realista y psicológico, un retrato que observa y que seguramente piensa en la pared y el agujero y el espiche y la alcayata y el marco (esta vez de madera y pan de oro) y el vidrio y el papel donde reside sin descanso. El retrato era de su bisabuela. Ella también parece pletórica de energía.

La puerta del cuarto está muy lejos, a un metro por lo menos. Le costará unos minutos llegar. Entra en el cuarto y respira el aire (a él le parece que respira cada molécula por separado) y el polvo acumulado. Las paredes, azules, también son granuladas; grato recuerdo de hace tiempo. La persiana (veneciana, piensa) es verde y polariza la luz de la tarde. Mira el póster del lobo aullando con luna roja y anaranjada, enorme, detrás. Mira el de La Guerra de las Galaxias, el de Cruzcampo, el de una foto de René Burri (nunca le ha gustado el apellido) del Che Guevara, que oculta el Boulevard of broken dreams de Helnwein, y el corcho con el póster-mosaico de un supuesto extraterrestre, varios recortes, el dibujo de La Visión por su hermano y el de un hermoso árbol por su novia. Gira la cabeza con esfuerzo y examina el mueble de la izquierda, lleno de fósiles, libros, cómics, cintas y discos. Enfrente tiene el ordenador y el equipo de música, que ya no usará porque están muy lejos. Intentaría tirar de la cadenita del ventilador de techo pero sabe que no puede alargar la mano hasta esa altura. La cama, al verla, le provoca una gran satisfacción. Es grande y cómoda y caliente. Tiene la sensación de que debería haber dormido desde hace mucho tiempo. Gradualmente advierte que ha pasado un año desde que comenzó a subir las escaleras. No puede sorprenderse por el descubrimiento, no tiene fuerzas. Sólo quiere dormir, descansar, olvidar.

Intenta poner un pie delante (da igual qué pie). Consigue caer sobre la cama, atravesándola de forma lateral. Quiere incorporarse, pero ya sólo puede arrastrar el cuerpo tan pesado, reptar. El tacto de la colcha es agradable; lo siente en la cara y en las manos. Los pulmones están apretados por el peso del cuerpo (está boca abajo) y le cuesta respirar. A ratos se gira un poco hacia la derecha para poner la cabeza en la almohada.

Incontables intentos después ha conseguido una posición más o menos adecuada. Casi no tiene fuerzas para pensar y el sueño se erige como un esfuerzo que rebasa su capacidad. Comienza a pensar que pasará años así, quizá un siglo o dos, hasta que derriben la casa y el golpe de un cascote lo libere. La respiración deja de ser mecánica y tiene que prestarle atención. Aunque quiere morir, no se atreve a suicidarse todavía. Cuando casi roza la inconsciencia, siente que la colcha se mueve bajo su cuerpo; después la manta y las sábanas. Ahora las nota por encima: lo están tapando. Trabajosamente levanta los párpados y mira hacia la puerta. Presiente que los muebles, las cosas que hay sobre ellos, los libros, el suelo, las paredes y el techo, las lámparas y los ventiladores y la escalera, los bultitos de pintura, los marcos y los espiches y las fotos, los peces y su ámbito de vidrio, lo están observando. No lo entiende al principio. Levemente comienza a verse a sí mismo, echado en la cama. Se ve desde muchos ángulos al mismo tiempo, como jamás había podido imaginar. Se ve desde el techo, desde las sábanas, desde…

Arriesgándolo todo en un último esfuerzo, llega a comprender que su energía ha estado pasando a la casa, a ese conjunto, a ese todo, a un ser físico y espiritual que ha sido y es la casa. Siente rejuvenecer sus fuerzas y recupera los recuerdos distantes y asombrosos de otros que, como él, se unieron con los cimientos y las paredes y las cosas y aun con el aire de la casa (ese aire que, abriendo incluso todas las ventanas a la vez, siempre permanece). Poco a poco se va acomodando a su nueva existencia, a sus nuevas capacidades y limitaciones, a sus miembros rígidos o tan flexibles como un folio. El cambio (el lento y penoso cambio) lo alegra como quien ve nacer a un hijo y ha nacido a la vez. Recuerda a sus amigos y siente nostalgia. Sabe que otras personas lo habitarán (habitarán la casa) y tendrá que convivir con ellas en secreto, soportando del mejor grado posible sus manías y su desorden, las mutilaciones que puedan provocarle (es normal, no saben que soy una casa, que estoy vivo). Pero la experiencia de los otros, que ya son él y son la casa, le permitirá sobrellevarlo sin desmoronarse. Entiende que no debe revelar su nueva condición a ningún inquilino y espera que sus tuberías resistan el uso y que la lavadora siga funcionando durante mucho tiempo, porque es una de las partes que más cuesta perder. Se divertirá extraviando temporalmente los objetos ante la perplejidad de sus habitantes. Acaso se compadecerá de sus penas y sentirá su muerte o su mudanza. Imagina las mil formas de su muerte a manos de máquinas humanas o del tiempo, ese artificio divino, esa energía que se fuga y se marcha a otra parte. Pero así se sabe eterno, o al menos perpetuo en otros cuerpos a los que tendrá que acostumbrarse.

Observa su cuerpo. Él es ya la casa y está velando su antiguo cuerpo. Antes de transmigrar para siempre, una sonrisa se esboza en su antiguo rostro.

El Autodeterminado Método

E

Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Mi cuñado es un inútil. Le habían roto la moto a su novia y no era capaz de defenderla. Casi le pidió disculpas al imbécil que había destrozado el cristal. El caso es que había que llevar la moto a arreglar, y como siempre le tocó al abuelo. Fuimos con él mi hermana pequeña y yo.

Era una tienda del centro, una de esas pequeñas tiendas que están ahí desde siempre, que huelen a antiguo y cuyo dueño parece saberlo todo de casi todo. Parecía cualquier cosa menos una cristalería, incluso una tienda de antigüedades. El mostrador estaba al fondo, iluminado por una tenue lamparita de luz cálida. A la derecha conforme se entraba por el estrecho pasillo, una escalera que conducía al segundo piso. Casi todo era de madera; nada del metal de los modernos.

El dueño nos atendió con amabilidad. Mi hermana lo miraba con los ojos muy abiertos. El abuelo le explicó lo del cristal de la moto, y el dueño, que sería de su misma edad, sonrió y dijo algo de los jóvenes, uno de esos comentarios que sólo resultan graciosos a los viejos, porque mi abuelo asintió sonriendo.

—La reparación —dijo— será muy sencilla.

El abuelo y yo nos extrañamos porque no había visto la moto. Pareció darse y cuenta y añadió que no importaba el modelo, todas las reparaciones eran la misma. Mientras hablaba, sacó un libro de la estantería que tenía detrás, un libro pequeño y polvoriento titulado Métodos. Se puso unas gafas de leer y lo abrió por una página que parecía conocer bien.

—El autodeterminado método —dijo—. Un antiguo sistema ideado por matemáticos de la Antigüedad capaz de resolver cualquier problema.

Nos miramos sorprendidos. Mi hermana seguía con los ojos fijos en el cristalero, que acababa de sacar una regla y un montón de palillos de madera. Mi asombro aumentó cuando empezó a colocar los palillos como si de un juego se tratase. Llevábamos un rato mirándolo, y ya empezaba a pensar que al hombre le faltaba una tuerca cuando, de pronto, tiró de dos palillos colocados en los extremos, y el resto dibujó el contorno exacto del cristal de la moto. A mi hermana le pareció magia. Yo no sabía qué pensar. Entonces el cristalero nos indicó que debíamos ayudarlo. Mi abuelo se mostró dispuesto y empezó a colocar palillos con él. Mi hermana y yo no participamos en ese extraño ritual. A los pocos minutos, la expresión de mi abuelo había cambiado notablemente. Parecía no estar viendo los palillos ni la tienda ni a nosotros, sino otra cosa.

El cristal de la moto empezó a surgir de la nada, justo entre los palillos. Mi abuelo se había detenido pero seguía fijo en los palillos. El cristalero dijo que tenía que subir a por algo. Entonces mi abuelo dio un suspiro y dijo, mirando al infinito, que había entendido el autodeterminado método. Al instante siguiente salió corriendo hacia la calle. Traté de seguirlo pero, cuando crucé la puerta, ya no estaba, parecía haberse perdido entre la gente que cruzaba hacia las dos enormes alas de la biblioteca del Sur. Subí a toda prisa para avisar al cristalero. En el segundo piso encontré libros, muchos libros de matemáticas y extraños sistemas, pero a ningún cristalero y ninguna salida posible.

A mi hermana le contamos alguna historia de niños que la ayudó a superar la pérdida del abuelo. Al fin y al cabo era muy pequeña. A mí nadie me explicó nada. Nadie me dijo por qué sobre la mesa de la cristalería sólo estaba la visera de la moto. Sólo eso y ningún libro de métodos antiguos.

 

Relato incluido en Lapso.

La montaña

L

Ausente - Eduardo Martos
Ausente – Eduardo Martos

¡Espérame, amor, voy hacia ti…!

Por la grieta inapreciable que atraviesa la montaña fluye agua nocturna que, incesante, sigo y escucho desde que me habló de ella. Me mostró un reflejo vagamente conservado de su tez; yo lo contemplé arrebatado de un amor invencible y oscuro como mi mundo. Por donde el agua pasaba, yo no podía deslizarme. Cada noche las gotas, generosas y amables, me traían el difuso reflejo de su rostro, que durante instantes breves llenaba mi alma solitaria. Yo me resignaba a esperar la noche dentro de la montaña imperturbable, oyendo el goteo del agua ociosa, que en su viaje consume las entrañas de la roca; o trataba de memorizar todos los relieves de una pared. Aunque la oscuridad domina mi mundo, el agua nocturna indica la declinación del día. Tras verla a ella, aunque me llegaba incierta y mermada, pasaba horas realzando su belleza. Los días que el agua no podía traerme nada, soñaba sin tregua con sus cualidades apenas vislumbradas. Nunca había visto una pureza semejante, ni aun en las lentas calizas. Tampoco había sido herido tan adentro, ni siquiera cuando caí sobre las afiladas rocas del abismo.

El Tiempo me fue arrebatando la paciencia; necesitaba verla (por primera vez sentí necesidad), comprobar su existencia, hasta ahora efímera y acuática. Consideré que ella no me conocía, que ignoraba mi angustia y no sospechaba que, en la recóndita profundidad pétrea, una conciencia vivía esclavizada por un atisbo de su imagen. Pero ella no era la culpable, sino la montaña, que me retenía en contra de mi voluntad. Desconocía el tiempo que permanecería allí fuera, en la proximidad inalcanzable. Quizá venía de algún lejano valle, o acaso estaba de paso y en algún momento partiría para siempre. Sumido en la desesperación, ensayé varias formas de abandonar la montaña, de ser libre y verla y tocarla. Sin embargo, todos mis intentos fracasaron. Llegué a pensar que la montaña evitaba mi huida. Me propuse intentarlo hasta que el desgaste me aniquilara; así, al menos, no me sentiría culpable por perderla. Pero entonces sucedió algo que me incomunicó del agua y del exterior; algo que me alejaba más de ella, porque cada pensamiento, cada recuerdo de su rostro en el agua, era una tortura que me atería como el rechazo instintivo hacia el dolor. Sucedió que las paredes que me cercaban se derrumbaron, dejándome atrapado en una cámara casi hermética que tan sólo intercambiaba con el exterior pequeñas cantidades de aire. Pero el agua no podía pasar por esos conductos.

Lentamente me asomaba a mi final. Mientras, no podía más que estudiar las paredes, que ya conocía mejor que mi propio ser, y recordar la imprecisa imagen que de ella me quedaba. Hubiera querido olvidarla, deshacerme de su visión tortuosa, pero alguna suerte de magia protegía ese recuerdo indeleznable. El agua entró en mi celda. Creo que yo había presentido su humedad mucho antes, pero no quise creer en una esperanza que, de ser falsa, me hubiera matado. Me contó que muchas corrientes habían trabajado sin descanso para liberarme. Les agradecí su ayuda infinita y prometí recompensar la deuda. Me llevaron a galerías más amplias, donde recordé el tacto de los filones de carbón y el perfume de las cavernas de caliza. Algunas gotas llegaron apresuradas y me mostraron su imagen. El tiempo de mi cautiverio, que sólo se puede medir en unidades de dolor y sufrimiento, parecía haber desaparecido de pronto. Para colmo de mi felicidad, el agua me confió un método para salir de la montaña. Llevaría tiempo, pero con su sabiduría en el arte de perforar la roca sin romperla, vería por fin la luz, sabría cómo es el día del que me hablan las gotas. Porque en esta prisión informe y de tinieblas me fue dado un sentido que sólo he usado para admirar su belleza inalterable.

Recorrí las primeras distancias sin apenas esfuerzo, aunque conforme avanzaba se hacía necesario ensanchar la cavidad para que mi cuerpo pasara. A veces notaba estremecimientos en la montaña: estaba furiosa por mi marcha. Durante las horas en las que el agua tenía que marcharse, mi único enlace con la vida era la esperanza de alcanzar el momento final.

La locura dio al fin su fruto. Tres días sucedieron con la claridad que anunciaba el término de mi mundo y el comienzo de mi libertad. Cuando, por fin, el agua perforó la última lámina; cuando mi cuerpo se deslizó con suavidad hasta caer sobre una plataforma horizontal y sentí el frío de la brisa nocturna en mi piel, y por primera vez respiré aire puro; cuando la salvaje visión de la inmensidad atacó mi vista con valles, cordilleras interminables, nubes, plantas y otros elementos misteriosos, esa dimensión que sólo conocía a través de los relatos del agua; cuando alcé la vista la vi.

Su blanco rostro luminoso me cegó y sentí que su calma perpetua me inundaba sin prisa. Gradualmente recuperé la vista y mis ojos quedaron fijos en su imagen inmóvil y nítida, en el disco perfecto que gravitaba en el cielo. Ella me observaba, me iluminaba con un haz que se me antojó cálido. El agua me había hablado de muchas cosas, pero nunca de ella. Todo lo que dominaba mi vista era fascinante, pero lo ignoré para contemplarla y aprender cada detalle de su faz. Noté un estremecimiento, un temblor en mi cuerpo, caí al suelo. Supe que me moría.

El agua se elevaba ya sobre mi cabeza al encuentro de la pálida belleza inasible. Fui feliz por haber cumplido mi sueño de verla y por haber liberado al agua amiga de la esclavitud terrena. Apenas consciente, oí un estruendo de rocas desplomándose, y luego, el silencio sepulcral, el silencio oscuro. El paisaje había desaparecido, volvía a estar dentro de la montaña, atrapado para siempre porque el agua se había ido. Esa noche comprendí que mi madre, la montaña, fuera de la cual no vivo, me había salvado. Pensé una vez más en ella, a la que no vería más, ni siquiera en el espejo líquido que me había acompañado durante tanto tiempo. Cerré los ojos. Sólo me quedaba dormir.

Esa noche, como todas las que han venido después, soñé que la montaña se abría y ella entraba y yo le enseñaba mi hogar. Venía con el agua, que felizmente nos abría paso por los pasadizos más estrechos. Ella me contaba lo que veía en sus viajes por el cielo, como las otras montañas, mayores incluso que la mía, salpicando los paisajes infinitos. Todo transcurría despacio y no había despedidas. Al despertar me acompañaban la oscuridad y el silencio.

¡Ven, amor, te espero…!

 

Relato incluido en Lapso.

El manual de aprendiz

E

Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Dicen que ella pudo coger el libro de una de las dos salas de la Biblioteca del Sur al azar. Y que en ese libro sólo hubiera lecciones de álgebra.

Pero los hechos son mucho más complejos. Porque durante meses visitó la misma estantería y leyó el mismo libro. Ella, una persona cualquiera, una solitaria oficinista sin aparente interés por las matemáticas.

Un día de sol, de pronto, dejó de ir a la biblioteca. Todo se supo gracias al eficaz registro de préstamos: faltaba un desconocido tomo único, el libro de Métodos, que ya nunca se pudo recuperar porque su puerta no volvió a responder a las llamadas.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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