Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaCuentos

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Dedicado a Iker Jiménez, por ayudarme a descubrir a Fawcett.

No son pocas las versiones de la desaparición o muerte de Percy Fawcett. Nada se sabe con certeza de sus restos. Algunos dicen que simplemente desapareció río abajo. Otros afirman que fue asesinado por motivos viscerales. Hay quien apunta a la muerte accidental a manos de alguna bestia salvaje. Los menos, que son tomados por locos o charlatanes, repiten la historia del Hombre Poderoso, siempre joven, que reina bajo tierra sobre una estirpe legendaria desde 1925.

Desgajada

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guitar

 

 

Las primeras notas, como de costumbre, te pasan desapercibidas. Sueles pensar en otras cosas. No son más que calentamiento, y el calentamiento es necesario pero poco valioso. Haces un barrido entre el público y te fijas en tres o cuatro personas concretas. A partir de ese momento, tus miradas irán dirigidas solo a ellos. Y como si te lanzaras en paracaídas o fueras a saltar dentro de un volcán, empiezas a hablar con tu guitarra. Hay quien piensa que los gestos que los guitarristas hacen con la boca, sus movimientos de cabeza, son un truco para darle emoción al tema. Puede que algunos lo hagan así, pero no tú. La manera que tienes de acariciar la guitarra, de mimarla entre tus brazos y sacarle, a un tiempo, las notas más agresivas, es tan peculiar que nadie ha conseguido definirla nunca. Para ti es un juego. En ese punto ya han desaparecido todos los demás y solo quedan esos tres o cuatro admiradores que saben leerte en lo instintivo. Siempre está esa viejecita que te acompaña a todos tus conciertos, y que aunque bien podría ser tu abuela, no te conoce de nada. Luego está el solitario, que cambia de piel de un concierto a otro, dejando su alma intacta. El grupo de amigos que se ha equivocado de concierto pero que acaba viviéndolo con pasión. Y la chica peleada con el mundo, que te recuerda a ti hace unos años. Te gusta tocar para un auditorio minúsculo, íntimo, aunque te obliguen a plantear esos macroconciertos tan horribles. La música es una comunicación efímera llena de belleza, y eso no puede suceder con cualquiera. Siempre das una parte de ti, algo que nunca regresa, que se queda en ese grupo reducido. Ves sus ojos brillar y eso es toda la recompensa que necesitas. Hoy, los de la anciana están fulgurantes. Sin darte cuenta, has empezado a tocar Tender surrender de Steve Vai. Ese tema no estaba programado. Tu manager te mira con el morro subido, como para decirte algo, y luego se resigna. Bastante haces con estar ahí. Hace calor, el sudor te chorrea por la espalda como un arroyo improvisado. Los dedos van solos. No tienes que pensar en los acordes. Las notas salen de ti como si ese tema hubiera estado contigo desde siempre, como si existiera antes de que tú nacieras, antes de que Steve Vai lo compusiera. Te trae recuerdos de momentos felices y extraños. Ese viaje a la sierra a los cinco o seis años, esa calma ruidosa de la naturaleza, el cielo cubierto de tantas estrellas que apenas había hueco para la oscuridad, que sin embargo está ahí siempre, al acecho, detrás de cada pequeña memoria. Dejas de sentir tu propia respiración, y el sudor, que debe de seguir ahí, parece correr por la espalda de otro alguien. En la parte más apasionada del tema, cuando tienes que dejarte la piel y todo sube por una escala infinita, vuelves a mirarlos, y ves en ellos una felicidad inédita. Te miran embelesados, tan ajenos a todo lo demás como tú. A duras penas notas ya los dedos, y pese a todo, la música sigue brotando de la guitarra, de ti, de tu alma. Sientes algo tan profundo que te hace llorar limpiamente. Ahí te vienen todas las escenas que te han hecho ser quién eres, que te justifican y te dan aliento. El brillo en sus ojos es casi cegador. Con los últimos acordes, el tema ya bajando por una pendiente apacible, echas en falta los latidos de tu corazón, el aire pasando por tu garganta, el peso de la guitarra en tus manos. Lo último que escuchas son sus aplausos atenuados, justo antes de fundirte con tu pasado, las estrellas y la naturaleza que te esperaban desde siempre.
Desde sus asientos, con los ojos llenos de lágrimas, el público aplaude enfurecido, sin advertir que la guitarrista se ha desvanecido. La anciana, el solitario y el grupo de amigos, sin saberlo, se llevan de este concierto algo mucho más profundo que tu música.

OVNI

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Los vídeos de los avistamientos siempre eran nítidos al principio. Luego se iban emborronando, como su memoria. Le pasaba lo mismo cada vez que abandonaba la nave: Al principio todo era cristalino, pero a medida que transcurrían las horas, el recuerdo se iba empañando hasta que invariablemente se convertía en sueño o en olvido.

Entropía

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Acababa de declarar en público una mentira que ocultaba sus más oscuros pecados, y se la habían creído. Horas antes, abandonaba un motel perdido en el que había estado recluida, fustigándose, durante once días insoportables. La culpa, la humillación, la vergüenza y el miedo, la cercaban sin cesar. Había llegado al motel algo confusa y conmocionada, pero acertó a registrarse con un nombre falso elegido con precisión. Ese nombre simbolizaba todo el dolor que la había conducido hasta ese lugar, y también una liberación repentina. Venía caminando desde la cuneta de una carreterita secundaria. Acababa de estampar su coche contra un árbol. Mientras aceleraba, solo pensaba en chocar tan fuerte que su marido, Poirot, Nancy Neale, Agatha Christie y todo lo demás quedaran hechos un amasijo irrecuperable.

Kellys

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Dedicado a toda las kellys que hacen de nuestros viajes una experiencia placentera. También a los recepcionistas 🙂

donotdisturb

Me alojaba en un hotel moderno, cerca del centro pero no en el centro, lo cual intento evitar siempre que puedo porque me gusta sumergirme en la ciudad desde el principio. No me podía quejar. Todo estaba limpio y ordenado. Todo era (o parecía) nuevo. Los recepcionistas eran agradables y sonrientes, y la habitación, aunque justa en todos los sentidos, era útil para mis propósitos. Pese a todo lo que percibía allí (no olía a nada en absoluto), desde que puse el pie en la recepción empecé a sentir algo extraño en mi interior. Era una sensación casi física, como de agobio, que me atravesaba de parte a parte justo por encima del estómago. Como estaba cansado y no tenía mucho ánimo de buscar nada para cenar, encargué algo mediante el servicio de habitaciones. No tardaron en llamar a la puerta. El carrito, aséptico y sobrio pero limpio como todo lo demás, lo empujaba una señora de cierta edad a la que bien podían haberle trocado el alma por un trozo de madera. No sabría decir por qué, pero a la expresión de su cara le faltaba algo. Intenté hacer una broma para romper el hielo, y entonces me miró y sonrió como alguien que hubiera olvidado cómo se hacía y le hubieran enseñado por medio de ilustraciones. Detrás de esa sonrisa no había nada. Mientras me preguntaba si todo estaba correcto, me volví para buscar una propina. Cuando me giré para dársela, su rostro se había transformado. Era una expresión de horror congelado, de pánico. Sus manos estaban entrelazadas en posición de rezo, como si me estuviera rogando ayuda. Sus labios se movían despacio y pude leer sin problemas la palabra A-YU-DA. Justo cuando le iba a preguntar qué estaba pasando, llamaron a la puerta con urgencia. Di paso y entró un recepcionista muy agitado. Cogió a la camarera por el brazo y le dijo, mirándola muy fijo, que la estaban buscando desde hacía un rato y que la necesitaban ya. Sin darme tiempo de responder, me pidió disculpas y me dijo, mientras salía con la camarera, que el hotel me invitaría a la cena y a una botella de champagne por las molestias. Estuve tentado de bajar a preguntar qué había pasado, pero sentía que no había mucho que explicar. Sin embargo, la petición de ayuda me había estremecido. No me costó conciliar el sueño tras la cena y un rato de lectura.

A la mañana siguiente, justo cuando me iba a asear y me estaba mirando al espejo, me vino de golpe el sueño que había tenido esa noche. Fue una visión súbita, como una película de una hora que uno pudiera ver en un segundo. Era una especie de mazmorra sucia y fétida donde se agolpaban mujeres de mediana edad. Alguien les gritaba desde lo alto y las humillaba, obligándolas a gritar como animales, quedarse en silencio, reír o llorar. Sentí miedo y asco por aquella situación.

Después de un largo paseo por la ciudad, de mezclarme con la gente y de respirar los rincones ocultos que no se filtran en ninguna guía turística, regresé a mi habitación para descansar. Todo estaba en orden, recogido y limpio. Todo salvo un trozo de papel que se cayó al coger uno de mis libros. En una caligrafía difícil de leer, creí entender “ayuda” otra vez. No sabía si se estaban riendo de mí o si estaba empezando a volverme loco, pero bajé a recepción a preguntar qué significaba aquello. El recepcionista, sin inmutarse, empezó pidiéndome disculpas. Me contó que algunas de las camareras tenían problemas nerviosos porque tenían un convenio con una asociación de personas con no recuerdo qué problemas. Me aseguró que aquello no volvería a suceder. Me quedé más o menos satisfecho con las explicaciones y regresé a mi habitación, pero justo antes de entrar, vi a una camarera de piso que parecía tener sangre en la espalda. Acto seguido, un recepcionista la empujó hacia una habitación y cerró la puerta. Salí corriendo y golpeé la puerta para que abrieran, pero la única respuesta fueron unos sollozos que se acabaron apagando. Cuando me giraba para ir a mi habitación y llamar a la policía, sentí que me caía, después un fuerte dolor en la cabeza, y luego nada.

Fui recobrando la conciencia poco a poco, primero con la noción de un olor acre, luego con unas sombras que se movían en la penumbra. El suelo era rocoso y estaba húmedo. “Es nuevo”, “es nuevo”, “nuevo”, “nuevo”, escuché desde varios puntos casi al mismo tiempo. “Te atraparon”, me dijo una voz de mujer. “No saldrás de aquí”, dijo otra. “Ahora eres una de las kellys, tenemos que cuidarnos”. “Lo primero”, dijo una voz masculina y metálica en la que reconocí a uno de los recepcionistas, “es cambiar tu aspecto. De lo contrario, tendrás que trabajar para siempre en las calderas. Y ahora, ¡sonríe!”

La Navidad es cosa de niños

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Navidad | FILHIN

“Es cosa de niños”, se decía cuando empezaban a surgir los iconos navideños. A sus años, en su soledad, no había sitio para esas ilusiones prefabricadas. Hacía tiempo que aprovechaba su holgada situación económica para pasar las Navidades en alguna ubicación estival. Así se ahorraba el frío y las idioteces del personal. Ya lo tenía casi todo preparado. Billete de avión, hotel, rutas fuera de los circuitos habituales… Pero una carta inesperada lo interrumpió todo.

En el trazo firme pero distraído reconoció, sin leer el remitente, a su hermano mayor. Llevaba años sin saber de él, tantos que ni manejaba una cifra exacta. Sopesó la posibilidad de ignorar la carta y seguir su camino, pero un atisbo de remordimiento, mezclado con la curiosidad, se asomó a su alma. La carta constaba de una sola línea, escrita con un bolígrafo que tendría poca tinta, sin prisa pero con una urgencia subyacente. “Ven cuando puedas. Me gustaría enseñarte algo.” Nada más. Ni un email, ni un teléfono, ni siquiera una explicación que justificara un cambio de planes tras años de silencio. Lo que fuera tenía que ser importante. Su hermano podía ser muchas cosas, pero no era un alarmista.

Despacio, arrastrando su resignación con aplomo, preparó un equipaje muy distinto y empezó a organizar los detalles del viaje. Se dirigía más a una época que a un lugar. Iba directo a su infancia.

Una vez allí, no le costó encontrar la casa de su hermano, y antes de sus padres, donde habían crecido juntos. De camino pasó por lugares de toda la vida y recordó momentos que su memoria habría deformado caprichosamente, pero que volvían a visitarlo con un sabor inconfundible. Carreras en trineo, emboscadas al lechero, rastreo de huellas de alimañas… Estaba ahí, viéndose desde la distancia, sabiendo que los pocos viejos del lugar ya no se acordaban de él y lo miraban como a un forastero. Ese pasar desapercibido siempre ha jugado en su favor. La casa era imponente, más por lo antiguo que por el tamaño. De pequeño sospechaba que la habían edificado exóticas civilizaciones del pasado, y que por carambolas del destino se había ido camuflando entre las construcciones circundantes sin llamar demasiado la atención. En cierto modo era una casa distinta, y a qué negarlo, poco acogedora. Se plantó en el porche y llamó al timbre. Nada pareció moverse dentro. Tras unos minutos volvió a llamar, pero no abrió nadie. Un anciano que estaba apostado en la acera de enfrente le dio una voz. Según le contó, la casa llevaba deshabitada varios meses y nadie sabía nada de su hermano, pero el dueño de la pensión quizá tenía una llave. Era una especie de manitas y solía encargarse de mantener las casas.

Efectivamente había una llave, pero las indagaciones del posadero fueron arduas por su desconfianza natural. “Si me han confiado las llaves de una casa, es por algo”, repetía. Por fin se convenció y fueron juntos a abrir la casa.

Habían pasado décadas como podían haber pasado cien años, porque a pesar del polvo, de la escasa luz y de los objetos ajenos, el espíritu de la casa estaba intacto. No le costaba imaginarse correteando con su hermano escaleras arriba, inventando historias de héroes mitológicos, su madre gritando a lo lejos. Sin darse cuenta, el posadero se había ido. Las llaves estaban sobre la mesita del recibidor. Se preguntaba dónde andaría su hermano, por qué no estaba allí para recibirlo. Sacó la carta y la releyó: “Me gustaría enseñarte algo.” ¿Enseñarle qué? ¿O cuándo?

Al fondo del pasillo se veía el despacho de su padre, y todavía se palpaba su presencia en el ambiente. Nunca estaba en casa, y cuando lo hacía, era para imponer su brusca autoridad. La madre, inestable y enferma, rara vez les sirvió de consuelo o de bálsamo ante la violencia paterna. La casa parecía nutrirse de todo ese desorden, de toda la ansiedad contenida, y lo reflejaba en cada fragmento de su materia. En toda la estructura salvo en un pequeño rincón oculto entre la escalera y el desván. Un hueco que sólo ellos conocían y que les proporcionaba refugio cuando se desataba la tempestad. Estaba decorado con adornos navideños que el dueño de la fábrica del pueblo, al tanto de la situación, les regalaba cada año. Entre los dos urdieron un complejo universo en el que cada adorno, cada forma, tenía un significado que evocaba la bondad, la generosidad, el amor. Todo aquello que anhelaban y que sólo podían darse el uno al otro en muy contadas ocasiones.

Subió la escalera sin prisa, como si temiera que el refugio ya no estaría, o que había sido profanado. Al abrir la trampilla y retirar el falso tablón, sintió que regresaba sinceramente a esos pocos momentos felices. Iba recobrando las ficciones, las leyendas, los personajes. El árbol de Navidad, en cuyas ramas ocultaba la sabiduría de todos los duendes; las bolas de colores, planetas y lunas de una galaxia remota y helada; el muérdago, que guardaba secretos que no se decían en voz alta; los villancicos como antiguos conjuros de magia blanca… Y entre invención e invención, cada una de las sonrisas cómplices, los abrazos de caballeros, la lealtad eterna.

Bajó entre abrumado y nuevo. Vagó un rato por las habitaciones hasta que, sin querer, se topó con una respuesta que hubiera preferido desconocer. Una cama deshecha, un gotero, un respirador artificial. Pocas veces una serie de objetos mudos dicen tanto y con tanta fuerza. Se preguntó si su hermano habría estado solo, si en el refugio habría encontrado lo mismo que él acababa de experimentar. Si, de alguna manera, habían vuelto a coincidir en espacios y tiempos disímiles. Supuso que habría dispuesto que la carta se enviara al final, cuando le resultara más sencillo despojarse del rencor y enseñarle lo que ambos habían sepultado.

Entre las ausencias y el silencio atroz, sólo le quedaba un pensamiento, que era más bien una esperanza:

La Navidad es cosa de niños.

La Navidad que llevamos dentro

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La Navidad que llevamos dentro

Siempre se había mostrado contrario a la Navidad. Le molestaba ver toda esa felicidad exprés, ese buenismo concentrado en unos cuantos días y ese zampar sin criterio que gobernaba todas las reuniones familiares. Llegó a crecerse tanto en sus críticas que lo acabaron apodando el Grinch. Y no sólo eso. Empezaron a apartarlo de algunas conversaciones, a mirarlo en grupo cuando creían que no se daba cuenta, a hacer planes sin contar con él. Aunque esos comportamientos le molestaban, le podía más su cruzada contra la Navidad. Sin embargo, había algo que estaba más allá de lo que podía argumentar y que vertebraba esa repulsión que sentía hacia lo navideño. Algo que lo acompañaba desde que tenía uso de razón. Era una pulsión, un rechazo primordial que se movía en su interior como si tuviera vida propia.

Ese año, en Nochebuena, todos charlaban sobre asuntos irrelevantes y estaban contentos porque habían conseguido reunirse un día como otro cualquiera, aunque revestido de solemnidad y misticismo. En un rincón junto al ventanal, intentaba pasar desapercibido y ser cordial en un entorno que le resultaba sofocante. Algunos empezaron a gastarle bromas sobre su militancia antinavideña, pero su coraza era resistente y se limitó a seguirles la corriente. Sin saber cómo, al cabo de unos minutos ya no había una conversación en la mesa que no girase en torno a su rechazo hacia la Navidad. Querían saber los motivos. Se burlaban de sus respuestas. Empezó a sentirse incómodo en muchos sentidos, pero sobre todo físicamente. Intentó cambiar de tema sin éxito, incluso tras rogar que lo dejaran en paz. Las preguntas eran cada vez más directas y crudas. Y con cada una, venía una invitación a comer y a beber. Sintió mareo y pensó que algo le había sentado mal. Quiso excusarse pero varias manos lo mantuvieron sentado. Más que una indigestión, era como si estuviera dejando de sentir sus entrañas, o como si sus entrañas ya no fueran suyas. También le pareció que el botón del cuello le apretaba demasiado, así que se aflojó la corbata y se desabrochó sin que la sensación de agobio, de tener una abrazadera metálica presionándole el cuello, desapareciera del todo. Le costaba tragar un sorbo de agua. En medio de todo el jaleo, de todas las bruscas preguntas, reposaba un zumbido que parecía una plegaria. Hizo un nuevo intento de levantarse para ir al baño pero no lo dejaron. Le costaba respirar y tenía calor y mareo, pero ya no sabía cómo salir de allí. Se sentía débil y fuera de sí. Con esfuerzo tomó la palabra y les gritó su odio hacia la Navidad, hacia todo lo que consideraba falso y efímero, hacia todos ellos, que en lugar de enfadarse o abochornarse, reían y lo celebraban. Cuanto más gritaba, peor se sentía por dentro, y los otros más lo jaleaban, siempre con ese zumbido de fondo y sin dejar de ofrecerle comida y bebida. En algún momento, presa de un pánico similar al que debe de sentir un cerdo en el matadero, intentó correr hacia la puerta, pero tropezó y cayó entre las risas enloquecidas de los comensales, que se agolpaban en torno a él y seguían hablando para perpetuar ese asqueroso zumbido. Con las últimas estrofas de ese cántico del averno, notó que algo lo abandonaba, una sustancia pegajosa y viscosa que se le iba separando de los huesos y de los músculos y de la sangre. No pudo terminar de ver cómo la Navidad emanaba de su cuerpo, apaciguando el hambre de sus amigos y familiares.

El guardián

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Angkor

En algún lugar de Angkor hay un templo que muchos desconocen. En su interior habita un monstruo. En la única puerta, un guardián que vive y pernocta en el umbral y que nunca sueña. Su misión es contener al monstruo a cualquier precio. La hoja de su espada refleja el inmenso poema de sus víctimas. Para que el monstruo quede liberado, alguien debe sacrificarse en el interior del templo. El guardián sabe que de un rincón, en un momento incierto, surgirá un alma atormentada dispuesta a llevarlo a cabo.

A veces, su espada se estremece, incapaz de saber si ha matado ya a ese infeliz.

 

Microrrelato incluido en Lapso.

Soledad ficticia

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Soledad

El viejo Kúmard se debatía entre dos finales para un mundo ficticio mientras levitaba por el espacioso salón de su morada de cristal de Ócrom. Yo simplemente lo observaba, lo miraba tácitamente. El círculo de la planta albergaba esta vez un acuario espectral y varios artefactos olvidados; la butaca donde me hallaba recostado transmitía una comodidad etérea, desligada de la materia, sensación que alimentaba el rojo carmesí de su forro. Kúmard llevaba un rato dando vueltas en torno a mí, alrededor de la mesa pétrea; sus blancos bigotes sobre su perilla blanca dejaron escapar una frase que quizá no iba dirigida a mí:

—No estoy de acuerdo con la maldita frase «todo comenzó con…» —dijo, divagando en voz alta—. Nada comienza, ni siquiera la misma frase; en realidad, cada suceso está encadenado con todos los demás, formando parte de un caos absoluto…

De pronto calló como si su intervención en el silencio hubiera sido un descuido de su pensamiento interior. Ante ese gesto decidí agravar el mutismo y dejé al viejo con su conflicto. Asomé la vista al exterior, a través de la ventana triangular, y advertí en qué clase de día me encontraba; sin duda era uno de esos que comienzan a descubrirse rodeados de una inexistente neblina matinal y terminan por entenderse, aunque de mala gana, cuando cae la noche. Así estaba mi ánimo entonces, nublado por una presencia persistente y pegajosa como la sustancia de las calurosas tardes de Frise, la anaranjada ciudad de Frise. Todas esas impresiones, esos recuerdos, no hacían más que sacarme a rastras de una variable habitación de curvas paredes azules donde Kúmard no paraba de reflexionar. Algunas aves volaron hacia el lejano atardecer en trayectorias que, por un momento, me parecieron sólidas.

—¿Qué te parece la teoría sobre la Eternidad, ese símil con las ondas de un estanque?—me preguntó Kúmard con aire de curiosidad.

—Ciertamente, viejo, no estoy de acuerdo contigo —respondí—. Los recuerdos son lo único que me permiten existir; más allá de ellos no encuentro nada, así que nada es lo que había antes de mí.

—Curiosa teoría —añadió—; algo egocéntrica pero curiosa. Por cierto, te agradecería que me ayudaras con la creación de mi mundo ficticio; tal vez alguna sugerencia…

Estas últimas palabras se dejaron caer en el aire como gotas de agua sobre agua. Apenas adquirieron sentido en mi mente entonces (aunque más tarde serían claras). El tiempo se apresuraba por pasar aun sabiendo que no podía, y mis recuerdos acudían en bandadas a mi mente. Recordé las expediciones a los montes de arcilla, el moteado rojo del gato de mi hermana, las falsas lágrimas de mi familia cuando nos quedamos huérfanos, la etiqueta de la botella de whisky que mi hermano escondía bajo la cama, el descuido al colocar las flores el día del entierro, los forzados pésames de tantos desconocidos, el amor que me asesinó varias veces, las risas de mis amigos cuando jugábamos a colarnos en los trenes, el humo del tabaco frente a mis ojos mientras creía olvidar en un rincón de cualquier taberna, y todo para perderme finalmente entre tantas imágenes y tantos detalles, para no saber a cuál atender y confundirlos en un caos que, a diferencia del que había propuesto Kúmard, era fino y luminoso, bello, apasionado, profundo. Kúmard me miró; tal vez lo supe después, cuando volvió la cara velozmente y fingió seguir pensando.

—¿Qué te parece una inversión de la situación, del planteamiento? —le pregunté difusamente.

—¿Qué? ¡Oh! ¿Me hablas a mí? —le oí musitar.

—Me refiero al final de tu mundo.

—Perdón, no te estaba prestando atención —se disculpó.

—Podrías finalizar tu mundo invirtiendo las circunstancias de los personajes, jugando con sus personalidades.

—¡Muy buena idea! —respondió entusiasmado.

Enseguida se puso a trabajar en el curioso desenlace. Ese viejo pequeño y tan peculiar no estaba trazando una novela o una crónica, sino un mundo con todos sus misterios (aun para él), sus casualidades y trivialidades, sus posibilidades infinitas, sus particulares personajes, su evolución… Y a todo ello pretendía ponerle fin; pues, aunque estaba convencido de la irrefutable Eternidad, prefería evitar una imitación imperfecta de tan maravilloso concepto. Ese mundo (que, como he dicho, no es una obra literaria) no estaba escrito, sino ideado completamente por el pensamiento abstracto (admirablemente abstracto) de Kúmard. Su mente no era infinita; por ende, el mundo que estaba creando tampoco. Me distrajo el ruido de la noche al declinar, ese ahogado aullar lejano, y después el viento del sol precipitándose tras el horizonte; miré, pero ya era tarde: el día había resuelto acabar rápidamente. Lo único que alcanzaba a ver era una llanura (donde hacía dos horas se erigían enormes bloques de azúcar) bañada por la ilusoria incandescencia de la luna, fría incandescencia de un azul pálido. Hite siempre decía que la niebla de los malos días se disipa haciendo confesiones; después, la yerma sensación lunar deja descansar el alma.

—¿Debo variar la casualidad de todos los personajes o sólo de uno en concreto? —me preguntó repentinamente Kúmard, o tal vez le preguntó al aire.

—De todos, de alguno —vacilé—. Supongo que del más interesante o del más miserable, pero nunca del más virtuoso.

Kúmard no hizo más comentarios durante varias horas. Aún no había pensado si me quedaría en su casa aquella noche; en tal caso tendría que llamar a mis hermanos para que decidieran qué iban a hacer. El destello luminoso de alguna piedra de Izam jugó con mi memoria y me forzó a recordar las aguas purpúreas de las cavernas de Kilegh; allí conocí a Sivada, que también las estaba visitando. Todo se confundía después en mi mente, todo caía en un abismo con millones de manos a los lados que luchaban por apoderarse de los recuerdos. Ya sólo me quedaba dolor por pensar que la persona más importante de mi vida me había traicionado. El viejo se paseaba dando vueltas sobre sí mismo, cavilando hipotéticas soluciones, posibles acontecimientos; sus ojos miraban apenas, estaban totalmente absortos en el desarrollo de su mundo.

—¿Cómo se llama tu mundo? Aún no me lo has revelado —dije sin querer.

—Aún no lo he pensado —murmuró, algo molesto y a la vez cariñoso—. Podría ser cualquier nombre, pero prefiero que no sea complicado. Te lo diré más tarde.

Cerré los ojos; necesitaba evadirme de las minucias de aquel lugar. Me imaginé abrazado a mis hermanos en una sorda oscuridad. A lo lejos estaba mi familia, metida dentro de una gran lágrima que parecía de juguete. Con ellos, pero fuera de aquella lágrima, estaban mis padres; su expresión seria y solemne les confería un aspecto cotidiano. Lentamente se dirigieron hacia la familia y se introdujeron en la enorme lágrima.

—Taleth… ¿Suena bien? —dijo Kúmard, interrumpiendo mis pensamientos—. No, déjalo; creo que debo pensarlo mejor.

Yo seguía con los ojos entornados, por lo que no me resultó difícil seguir fantaseando. La oscuridad era la misma; todo lo demás se había esfumado. Junto a mí estaba Sivada; la recordaba más alegre, y en cambio la veía triste, apenada, mirando hacia abajo, hacia la negrura infinita. Lejos (más aún que mi familia) vi a Sivada, aunque esta vez sonriendo. Estaba en ambos lugares al mismo tiempo: la que tenía al lado esperaba eternamente un llanto que no llegaba (que no llegaría); y la otra me observaba y se divertía. La última comenzó a caminar hacia ése del que nunca supe ni su nombre y desapareció, quedando sólo Sivada, a la que no recordaba pero intuía. Después de esa compleja simbología me rendí ante los recuerdos que anhelaban entrar en mi conciencia. Todos me fueron mostrados a la vez, todos me torturaron al mismo tiempo: el sabor de la diceína mineral, los rizos negros de la chica del ciento setenta y tres, los regalos de cumpleaños que nunca me gustaron, las inútiles vacaciones de verano, el olor a chocús húmedos cayendo de los árboles, el último sorbo de café antes de ir a recoger a Juincè al aeropuerto, las prisas durante los días de competiciones, las chiquilladas de mis hermanos que después pagaba yo, la visión de una iglesia y en ella un horrible sacerdote y bajo él mis padres, la simetría de las formas en la Galería Ufgae, los juegos de otoño, la estatua que me miraba en la calle Adapasor, las lluvias de cometas, de nuevo perdido en esa luminosidad impecable de un caos que se dejaba entender gradualmente, de nuevo aturdido por ese pasado asfixiante. Dejé de meditar porque tenía que llamar a mis hermanos. Hablé con Leran (el más pequeño), quien me aclaró que preferían pasar la noche en casa de Kúmard. Como al viejo no le importaba que se quedasen, le dije a Leran que no había ningún problema.

—Espero que tus hermanos me dejen trabajar —dijo Kúmard en tono afable, casi sonriendo.

—Descuida, viejo; los conozco bien y sé qué debo decirles para mantenerlos callados.

Ambos nos distanciamos mutuamente para dedicarnos a nuestros respectivos asuntos. El de Kúmard era un mundo con millones de preocupaciones, pero la sola remembranza de mi pasado se me antojaba mucho más inquietante que todas ellas. Alcancé a comprender que cada individuo de ese mundo pensaría igual que yo acerca de sus problemas. Todo ello me pareció patético y absurdo: ninguna preocupación era realmente importante, o acaso había preocupaciones indiscutibles, como las verdades absolutas. Me negué el derecho a considerarme desgraciado, pero al instante retomé la interminable (aparentemente interminable) lista de recuerdos, impresiones y sensaciones. Por un momento dejé de pensar y miré al viejo: estaba quieto, extrañamente inmóvil; incluso había dejado de levitar. Supuse que le faltaba muy poco para concluir su obra. Llamaron a la puerta; recordé a mis hermanos. Kúmard ni se inmutó. Fui hasta la puerta y abrí: los tres pequeños me abrazaron y entraron. La pequeña Ynda comentó que le divertía la volátil estancia de Kúmard; Leran me miró y se acomodó en una de las butacas de la sala; Ated, sonriendo, saludó a Kúmard. Todos eran menores que yo, tan indefensos y necesitados de un guía. El viejo levantó la cabeza, me miró y todo empezó a desvanecerse: vi desaparecer la llanura, y después (aunque no por completo), la butaca tapizada de rojo.

—¿Qué sucede? —pregunté alarmado a Kúmard.

—He terminado —sentenció.

—¿Qué tiene eso que ver? —añadí.

—Mi mundo ha finalizado —dijo con voz apagada—. No he conocido sus consecuencias hasta el preciso instante de su conclusión.

—¿Y qué has concluido? —pregunté desesperado.

—He seleccionado un personaje al azar; él imaginaba que vivía en mi mundo. Siguiendo tu consejo, he invertido sus circunstancias: él siempre se había sentido acompañado, rodeado de un cariño incondicional; he disipado esa ilusión, de modo que ya no podrá soñar más que vive en mi mundo, en Fictenia, y regresará a su soledad eterna, fría, oscura.

—¿Acaso tu mundo afecta a esta realidad? —sollocé confundido.

—Aún no lo comprendes —comentó, sonriendo irónicamente—. Mi mundo no es una invención; es real, es lo que estás terminando de ver.

—¿El efecto de ese personaje… influye sobre todos los demás? —traté de preguntar entre lágrimas, intuyendo ya mi terrible destino.

—No, sólo a él —pronunció gravemente el viejo.

Callé; decidí que era mejor callar. Miré por última vez a mis hermanos, a Kúmard; eché un vistazo a los acuarios espectrales y presentí que no volvería a contemplar ese mundo prodigioso. La butaca roja terminó de desvanecerse ante mí, dejándome sumergido en una vasta oscuridad. Al fondo distinguí la luz de una lamparita de noche curiosamente esférica y transparente recordándome algo, quizá una imagen, quizá una sensación. Estaba en mi habitación, sentado en mi antigua butaca roja, de donde no me había movido sino con la imaginación; llevaba años sin contemplarla realmente. Me sorprendió una foto de mis padres, que eran iguales que los de mi fantasía; otra foto (esta vez de Miranda) me disgustó por los recuerdos que me inspiraba. Para mí siempre había constituido un misterio por qué las seguía guardando, pero entonces lo vi con claridad: mis padres, ese constante abandono; Miranda (o Sivada), el dolor agudo y amargo; mis hermanos… Miré el teléfono, que nunca suena, y me pregunté si a Kúmard le importaría que llamase a mis hermanos para que pasaran la noche en su casa.

El hermanito

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Su último intento de engatusar a su marido para que la fecundara fracasó. Se le acababa el tiempo y pronto lo notaría. Demasiado tiempo sin que la tocara, tenía que confesarlo. Así que se armó de valor y le imploró por su antiguo amor, por todo lo que habían sido, por su pequeño hijito. Le pidió perdón incontables veces y derramó lágrimas de verdadero arrepentimiento. Él no dijo ni una palabra. Sólo la miraba fijamente.

—¿Y mami? —preguntó el pequeño.

—Con tu hermanito.

—¿Qué hermanito?

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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