Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

CategoríaCuentos

¡Hasta luego, Lucas!

¡

A Chiquito de la Calzada, por haber rejuvenecido nuestra lengua.

Esto es ese fistro pecador que entra en un restaurante de gente muy fina. El jefe de sala se acerca y le pregunta:

—¿Tenía usted reserva?

—¡Norl, norl, norl! —le responde el bambino.

—Entonces se tiene usted que marchar.

—No puedorrr.

—¿Por qué no?

—Porque si me voy ahora, ¿quién va a terminar este chiste?

Chiquito de la Calzada | emartos.es

Independencia

I

Independencia de Cataluña - Puigdemont

Agitadas las calles, disueltas las leyes y esparcido el caos, Puigdemont se sienta en su sillón a meditar su siguiente paso. Se ha servido una copa, que paladeará sin prisas mientras lee los últimos titulares del día. De pronto, una noticia lo asalta, más por enterarse de esta manera que por el peligro que encierra: Barcelona se declara independiente de una futurible nación catalana. Hay revueltas en las calles y el Ayuntamiento ha tenido que ser rodeado por la Guardia Urbana. Su mano izquierda, de pronto, golpea la copa, que se hace añicos contra la pared. No ha sido un acto fruto de la irritación. Es como si su mano hubiera tomado conciencia propia y se lo quisiera demostrar. Intenta coger un bolígrafo con su mano izquierda, pero no es capaz de moverla. Aunque la siente todavía, ya no le responde. Usando su mano derecha, prueba a pellizcarla. Justo antes de alcanzarla, su mano izquierda se agita y se le lanza contra el cuello, apretándolo con firmeza. Se libera como puede y grita para pedir ayuda: la voz no le sale del cuerpo. Entonces, con un hilito de voz, se dice a sí mismo: «Soy tu voz y me independizo de ti desde este momento.» Una lágrima rueda por su mejilla, ya solo del ojo derecho: el izquierdo se acaba de independizar, y gira enloquecido provocándole un fuerte dolor de cabeza. Teme que sus pulmones o su corazón decidan declararse independientes y lo fulminen, aunque ya poco puede hacer. Entonces, como un último acto de rebeldía, siente el adiós de cada una de sus células, que han optado por la libérrima y suicida senda de la independencia absoluta. Se pregunta, en el momento antes del sueño, si los átomos que conforman sus células marcarán su propio destino, si el ciclo es eterno, si antes de disolverse en el individualismo absoluto, Cataluña conseguirá la independencia.

Permutaciones

P

Sentí el metal clavándoseme con fuerza en la boca, y acto seguido, un fuerte tirón hacia arriba. Por insitinto y con todas mis fuerzas, contuve el arrastre por unos momentos, pero en seguida volvieron los jalones. Supe entonces que mi destino estaba sellado, que como mi padre y mis tíos, acabaría asfixiándome entre violentas convulsiones. Y fue ahí donde te vi, donde me vi. A través de ese largo hilo, de la fina pero firme caña, tu ser pasó a mí y el mío pasó a ti. Y así es como tú te asfixiaste y yo te honré sirviéndote en la cena.

Árboles

Á

Árboles

Evitaba los bosques y las alamedas, y en general, cualquier paseo en el que hubiera muchos árboles. No era una simple aversión lo que le provocaban. Para él eran seres vivos con una conciencia muy similar a la nuestra, pero confinados en una existencia inmóvil y sin comunicación. A pesar de la falta de pruebas, esa perturbadora creencia fue reforzándose hasta que despertó en la calma de la noche, la suave brisa meciendo sus cabellos, sus brazos estirados en un rictus inamovible, sus pies hundidos en lo más hondo de la loma, incapaz de hacer o decir o llorar.

Z

Z

Dedicado a Iker Jiménez, por ayudarme a descubrir a Fawcett.

No son pocas las versiones de la desaparición o muerte de Percy Fawcett. Nada se sabe con certeza de sus restos. Algunos dicen que simplemente desapareció río abajo. Otros afirman que fue asesinado por motivos viscerales. Hay quien apunta a la muerte accidental a manos de alguna bestia salvaje. Los menos, que son tomados por locos o charlatanes, repiten la historia del Hombre Poderoso, siempre joven, que reina bajo tierra sobre una estirpe legendaria desde 1925.

Desgajada

D
guitar

 

 

Las primeras notas, como de costumbre, te pasan desapercibidas. Sueles pensar en otras cosas. No son más que calentamiento, y el calentamiento es necesario pero poco valioso. Haces un barrido entre el público y te fijas en tres o cuatro personas concretas. A partir de ese momento, tus miradas irán dirigidas solo a ellos. Y como si te lanzaras en paracaídas o fueras a saltar dentro de un volcán, empiezas a hablar con tu guitarra. Hay quien piensa que los gestos que los guitarristas hacen con la boca, sus movimientos de cabeza, son un truco para darle emoción al tema. Puede que algunos lo hagan así, pero no tú. La manera que tienes de acariciar la guitarra, de mimarla entre tus brazos y sacarle, a un tiempo, las notas más agresivas, es tan peculiar que nadie ha conseguido definirla nunca. Para ti es un juego. En ese punto ya han desaparecido todos los demás y solo quedan esos tres o cuatro admiradores que saben leerte en lo instintivo. Siempre está esa viejecita que te acompaña a todos tus conciertos, y que aunque bien podría ser tu abuela, no te conoce de nada. Luego está el solitario, que cambia de piel de un concierto a otro, dejando su alma intacta. El grupo de amigos que se ha equivocado de concierto pero que acaba viviéndolo con pasión. Y la chica peleada con el mundo, que te recuerda a ti hace unos años. Te gusta tocar para un auditorio minúsculo, íntimo, aunque te obliguen a plantear esos macroconciertos tan horribles. La música es una comunicación efímera llena de belleza, y eso no puede suceder con cualquiera. Siempre das una parte de ti, algo que nunca regresa, que se queda en ese grupo reducido. Ves sus ojos brillar y eso es toda la recompensa que necesitas. Hoy, los de la anciana están fulgurantes. Sin darte cuenta, has empezado a tocar Tender surrender de Steve Vai. Ese tema no estaba programado. Tu manager te mira con el morro subido, como para decirte algo, y luego se resigna. Bastante haces con estar ahí. Hace calor, el sudor te chorrea por la espalda como un arroyo improvisado. Los dedos van solos. No tienes que pensar en los acordes. Las notas salen de ti como si ese tema hubiera estado contigo desde siempre, como si existiera antes de que tú nacieras, antes de que Steve Vai lo compusiera. Te trae recuerdos de momentos felices y extraños. Ese viaje a la sierra a los cinco o seis años, esa calma ruidosa de la naturaleza, el cielo cubierto de tantas estrellas que apenas había hueco para la oscuridad, que sin embargo está ahí siempre, al acecho, detrás de cada pequeña memoria. Dejas de sentir tu propia respiración, y el sudor, que debe de seguir ahí, parece correr por la espalda de otro alguien. En la parte más apasionada del tema, cuando tienes que dejarte la piel y todo sube por una escala infinita, vuelves a mirarlos, y ves en ellos una felicidad inédita. Te miran embelesados, tan ajenos a todo lo demás como tú. A duras penas notas ya los dedos, y pese a todo, la música sigue brotando de la guitarra, de ti, de tu alma. Sientes algo tan profundo que te hace llorar limpiamente. Ahí te vienen todas las escenas que te han hecho ser quién eres, que te justifican y te dan aliento. El brillo en sus ojos es casi cegador. Con los últimos acordes, el tema ya bajando por una pendiente apacible, echas en falta los latidos de tu corazón, el aire pasando por tu garganta, el peso de la guitarra en tus manos. Lo último que escuchas son sus aplausos atenuados, justo antes de fundirte con tu pasado, las estrellas y la naturaleza que te esperaban desde siempre.
Desde sus asientos, con los ojos llenos de lágrimas, el público aplaude enfurecido, sin advertir que la guitarrista se ha desvanecido. La anciana, el solitario y el grupo de amigos, sin saberlo, se llevan de este concierto algo mucho más profundo que tu música.

OVNI

O
Los vídeos de los avistamientos siempre eran nítidos al principio. Luego se iban emborronando, como su memoria. Le pasaba lo mismo cada vez que abandonaba la nave: Al principio todo era cristalino, pero a medida que transcurrían las horas, el recuerdo se iba empañando hasta que invariablemente se convertía en sueño o en olvido.

Entropía

E
Acababa de declarar en público una mentira que ocultaba sus más oscuros pecados, y se la habían creído. Horas antes, abandonaba un motel perdido en el que había estado recluida, fustigándose, durante once días insoportables. La culpa, la humillación, la vergüenza y el miedo, la cercaban sin cesar. Había llegado al motel algo confusa y conmocionada, pero acertó a registrarse con un nombre falso elegido con precisión. Ese nombre simbolizaba todo el dolor que la había conducido hasta ese lugar, y también una liberación repentina. Venía caminando desde la cuneta de una carreterita secundaria. Acababa de estampar su coche contra un árbol. Mientras aceleraba, solo pensaba en chocar tan fuerte que su marido, Poirot, Nancy Neale, Agatha Christie y todo lo demás quedaran hechos un amasijo irrecuperable.

Kellys

K

Dedicado a toda las kellys que hacen de nuestros viajes una experiencia placentera. También a los recepcionistas 🙂

donotdisturb

Me alojaba en un hotel moderno, cerca del centro pero no en el centro, lo cual intento evitar siempre que puedo porque me gusta sumergirme en la ciudad desde el principio. No me podía quejar. Todo estaba limpio y ordenado. Todo era (o parecía) nuevo. Los recepcionistas eran agradables y sonrientes, y la habitación, aunque justa en todos los sentidos, era útil para mis propósitos. Pese a todo lo que percibía allí (no olía a nada en absoluto), desde que puse el pie en la recepción empecé a sentir algo extraño en mi interior. Era una sensación casi física, como de agobio, que me atravesaba de parte a parte justo por encima del estómago. Como estaba cansado y no tenía mucho ánimo de buscar nada para cenar, encargué algo mediante el servicio de habitaciones. No tardaron en llamar a la puerta. El carrito, aséptico y sobrio pero limpio como todo lo demás, lo empujaba una señora de cierta edad a la que bien podían haberle trocado el alma por un trozo de madera. No sabría decir por qué, pero a la expresión de su cara le faltaba algo. Intenté hacer una broma para romper el hielo, y entonces me miró y sonrió como alguien que hubiera olvidado cómo se hacía y le hubieran enseñado por medio de ilustraciones. Detrás de esa sonrisa no había nada. Mientras me preguntaba si todo estaba correcto, me volví para buscar una propina. Cuando me giré para dársela, su rostro se había transformado. Era una expresión de horror congelado, de pánico. Sus manos estaban entrelazadas en posición de rezo, como si me estuviera rogando ayuda. Sus labios se movían despacio y pude leer sin problemas la palabra A-YU-DA. Justo cuando le iba a preguntar qué estaba pasando, llamaron a la puerta con urgencia. Di paso y entró un recepcionista muy agitado. Cogió a la camarera por el brazo y le dijo, mirándola muy fijo, que la estaban buscando desde hacía un rato y que la necesitaban ya. Sin darme tiempo de responder, me pidió disculpas y me dijo, mientras salía con la camarera, que el hotel me invitaría a la cena y a una botella de champagne por las molestias. Estuve tentado de bajar a preguntar qué había pasado, pero sentía que no había mucho que explicar. Sin embargo, la petición de ayuda me había estremecido. No me costó conciliar el sueño tras la cena y un rato de lectura.

A la mañana siguiente, justo cuando me iba a asear y me estaba mirando al espejo, me vino de golpe el sueño que había tenido esa noche. Fue una visión súbita, como una película de una hora que uno pudiera ver en un segundo. Era una especie de mazmorra sucia y fétida donde se agolpaban mujeres de mediana edad. Alguien les gritaba desde lo alto y las humillaba, obligándolas a gritar como animales, quedarse en silencio, reír o llorar. Sentí miedo y asco por aquella situación.

Después de un largo paseo por la ciudad, de mezclarme con la gente y de respirar los rincones ocultos que no se filtran en ninguna guía turística, regresé a mi habitación para descansar. Todo estaba en orden, recogido y limpio. Todo salvo un trozo de papel que se cayó al coger uno de mis libros. En una caligrafía difícil de leer, creí entender “ayuda” otra vez. No sabía si se estaban riendo de mí o si estaba empezando a volverme loco, pero bajé a recepción a preguntar qué significaba aquello. El recepcionista, sin inmutarse, empezó pidiéndome disculpas. Me contó que algunas de las camareras tenían problemas nerviosos porque tenían un convenio con una asociación de personas con no recuerdo qué problemas. Me aseguró que aquello no volvería a suceder. Me quedé más o menos satisfecho con las explicaciones y regresé a mi habitación, pero justo antes de entrar, vi a una camarera de piso que parecía tener sangre en la espalda. Acto seguido, un recepcionista la empujó hacia una habitación y cerró la puerta. Salí corriendo y golpeé la puerta para que abrieran, pero la única respuesta fueron unos sollozos que se acabaron apagando. Cuando me giraba para ir a mi habitación y llamar a la policía, sentí que me caía, después un fuerte dolor en la cabeza, y luego nada.

Fui recobrando la conciencia poco a poco, primero con la noción de un olor acre, luego con unas sombras que se movían en la penumbra. El suelo era rocoso y estaba húmedo. “Es nuevo”, “es nuevo”, “nuevo”, “nuevo”, escuché desde varios puntos casi al mismo tiempo. “Te atraparon”, me dijo una voz de mujer. “No saldrás de aquí”, dijo otra. “Ahora eres una de las kellys, tenemos que cuidarnos”. “Lo primero”, dijo una voz masculina y metálica en la que reconocí a uno de los recepcionistas, “es cambiar tu aspecto. De lo contrario, tendrás que trabajar para siempre en las calderas. Y ahora, ¡sonríe!”

La Navidad es cosa de niños

L

Navidad | FILHIN

“Es cosa de niños”, se decía cuando empezaban a surgir los iconos navideños. A sus años, en su soledad, no había sitio para esas ilusiones prefabricadas. Hacía tiempo que aprovechaba su holgada situación económica para pasar las Navidades en alguna ubicación estival. Así se ahorraba el frío y las idioteces del personal. Ya lo tenía casi todo preparado. Billete de avión, hotel, rutas fuera de los circuitos habituales… Pero una carta inesperada lo interrumpió todo.

En el trazo firme pero distraído reconoció, sin leer el remitente, a su hermano mayor. Llevaba años sin saber de él, tantos que ni manejaba una cifra exacta. Sopesó la posibilidad de ignorar la carta y seguir su camino, pero un atisbo de remordimiento, mezclado con la curiosidad, se asomó a su alma. La carta constaba de una sola línea, escrita con un bolígrafo que tendría poca tinta, sin prisa pero con una urgencia subyacente. “Ven cuando puedas. Me gustaría enseñarte algo.” Nada más. Ni un email, ni un teléfono, ni siquiera una explicación que justificara un cambio de planes tras años de silencio. Lo que fuera tenía que ser importante. Su hermano podía ser muchas cosas, pero no era un alarmista.

Despacio, arrastrando su resignación con aplomo, preparó un equipaje muy distinto y empezó a organizar los detalles del viaje. Se dirigía más a una época que a un lugar. Iba directo a su infancia.

Una vez allí, no le costó encontrar la casa de su hermano, y antes de sus padres, donde habían crecido juntos. De camino pasó por lugares de toda la vida y recordó momentos que su memoria habría deformado caprichosamente, pero que volvían a visitarlo con un sabor inconfundible. Carreras en trineo, emboscadas al lechero, rastreo de huellas de alimañas… Estaba ahí, viéndose desde la distancia, sabiendo que los pocos viejos del lugar ya no se acordaban de él y lo miraban como a un forastero. Ese pasar desapercibido siempre ha jugado en su favor. La casa era imponente, más por lo antiguo que por el tamaño. De pequeño sospechaba que la habían edificado exóticas civilizaciones del pasado, y que por carambolas del destino se había ido camuflando entre las construcciones circundantes sin llamar demasiado la atención. En cierto modo era una casa distinta, y a qué negarlo, poco acogedora. Se plantó en el porche y llamó al timbre. Nada pareció moverse dentro. Tras unos minutos volvió a llamar, pero no abrió nadie. Un anciano que estaba apostado en la acera de enfrente le dio una voz. Según le contó, la casa llevaba deshabitada varios meses y nadie sabía nada de su hermano, pero el dueño de la pensión quizá tenía una llave. Era una especie de manitas y solía encargarse de mantener las casas.

Efectivamente había una llave, pero las indagaciones del posadero fueron arduas por su desconfianza natural. “Si me han confiado las llaves de una casa, es por algo”, repetía. Por fin se convenció y fueron juntos a abrir la casa.

Habían pasado décadas como podían haber pasado cien años, porque a pesar del polvo, de la escasa luz y de los objetos ajenos, el espíritu de la casa estaba intacto. No le costaba imaginarse correteando con su hermano escaleras arriba, inventando historias de héroes mitológicos, su madre gritando a lo lejos. Sin darse cuenta, el posadero se había ido. Las llaves estaban sobre la mesita del recibidor. Se preguntaba dónde andaría su hermano, por qué no estaba allí para recibirlo. Sacó la carta y la releyó: “Me gustaría enseñarte algo.” ¿Enseñarle qué? ¿O cuándo?

Al fondo del pasillo se veía el despacho de su padre, y todavía se palpaba su presencia en el ambiente. Nunca estaba en casa, y cuando lo hacía, era para imponer su brusca autoridad. La madre, inestable y enferma, rara vez les sirvió de consuelo o de bálsamo ante la violencia paterna. La casa parecía nutrirse de todo ese desorden, de toda la ansiedad contenida, y lo reflejaba en cada fragmento de su materia. En toda la estructura salvo en un pequeño rincón oculto entre la escalera y el desván. Un hueco que sólo ellos conocían y que les proporcionaba refugio cuando se desataba la tempestad. Estaba decorado con adornos navideños que el dueño de la fábrica del pueblo, al tanto de la situación, les regalaba cada año. Entre los dos urdieron un complejo universo en el que cada adorno, cada forma, tenía un significado que evocaba la bondad, la generosidad, el amor. Todo aquello que anhelaban y que sólo podían darse el uno al otro en muy contadas ocasiones.

Subió la escalera sin prisa, como si temiera que el refugio ya no estaría, o que había sido profanado. Al abrir la trampilla y retirar el falso tablón, sintió que regresaba sinceramente a esos pocos momentos felices. Iba recobrando las ficciones, las leyendas, los personajes. El árbol de Navidad, en cuyas ramas ocultaba la sabiduría de todos los duendes; las bolas de colores, planetas y lunas de una galaxia remota y helada; el muérdago, que guardaba secretos que no se decían en voz alta; los villancicos como antiguos conjuros de magia blanca… Y entre invención e invención, cada una de las sonrisas cómplices, los abrazos de caballeros, la lealtad eterna.

Bajó entre abrumado y nuevo. Vagó un rato por las habitaciones hasta que, sin querer, se topó con una respuesta que hubiera preferido desconocer. Una cama deshecha, un gotero, un respirador artificial. Pocas veces una serie de objetos mudos dicen tanto y con tanta fuerza. Se preguntó si su hermano habría estado solo, si en el refugio habría encontrado lo mismo que él acababa de experimentar. Si, de alguna manera, habían vuelto a coincidir en espacios y tiempos disímiles. Supuso que habría dispuesto que la carta se enviara al final, cuando le resultara más sencillo despojarse del rencor y enseñarle lo que ambos habían sepultado.

Entre las ausencias y el silencio atroz, sólo le quedaba un pensamiento, que era más bien una esperanza:

La Navidad es cosa de niños.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, ponte en contacto conmigo y háblame de ti, de tus anhelos y de tus inquietudes.

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