Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa

AutorEduardo Martos

Padre, emprendedor (@soynatiboo), fotógrafo (@tengofilhin) y escritor que ama la vida y desconoce el Universo.

A renglón seguido, y más allá, Luis Cernuda

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A renglón seguido - Luis Cernuda

El otro día recibí un correo que me llamó la atención especialmente. Llevo mucho tiempo en contacto con Ediciones En Huida. Recibo sus correos periódicamente, y normalmente me parecen interesantes y atípicos. Pero la propuesta que hacían el otro día era difícilmente declinable: Participar en un acto dedicado al L Aniversario del fallecimiento de Luis Cernuda, uno de mis poetas preferidos, y conocer a otros escritores y artistas.

Gracias a la amabilidad de Pedro Luis Ibáñez Lérida, he podido entrar a última hora y por los pelos, rejuveneciendo súbitamente unos cuantos años. Es como volver a las presentaciones de aquella Buhaira que tanto nos dio y que se llevó tanto, a todas esas tertulias improvisadas y sin rumbo, a esas tardes de café y ficciones. La diferencia es que no me temblará el pulso y no conoceré a casi nadie.

Si quieres acompañarme, querido lector, este miércoles 30 de enero a partir de las 20:30, estaré en La Carbonería en un ambiente que se aventura familiar, acogedor y muy agradable. Y al día siguiente, aunque no participe activamente, también estaré en la segunda parte del acto, mismo sitio, misma hora.

Te dejo la nota de prensa y la presentación del acto. Nos vemos mañana.

Sucesión

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No se culpe a nadie - Eduardo Martos
No se culpe a nadie – Eduardo Martos

Este relato debería ser distinto, acertar en el blanco y herirme en lo más hondo, sí, herirme incluso a mí, a su autor, algo que rara vez consigo y que en otras obras es tan sencillo. No sé si haber escrito una parte en el autobús le viene bien, tantos baches, las caras de los pasajeros, que parecen de otra especie, las curvas, el timbre de parada, los olores fuertes como el perfume de las gordas o el sudor de cebolla o los pies sudados. Y aunque no parece buena idea, en todo eso hay algo que me cerca y me obliga a escribir lo que tengo que escribir por encima de lo que quiero, y esta lucha absurda y en apariencia vana es profundamente liberadora. A veces termino un párrafo que no sentía, y al releerlo, descubro que me gusta como si no fuera mío, como si fuera de un gran escritor (porque me prefiero a los escritores mediocres). Ahora siento la necesidad de escribir yo, y lo escribo sin trascendencia, sin rito ni adorno, y ahí queda, casi solitario en medio de frases correosas, de tempestades verbales, solo entre cosas ajenas, como yo en el autobús. No es difícil recordar el monólogo de Hamlet, que, además, parecía estar rondando mi conciencia, esperando el momento de salir, y ahora lo ha encontrado y lo noto salir, liberarse, como yo, a través de esa lucha consigo mismo. ¡Qué olvidado queda ahora Shakespeare! Quizá algún día este relato logre mi olvido y se haga con mi identidad, me robe mi ser y mi destino y sea recordado como algo completo y autónomo. Dulcemente voy pasando del monólogo a los ensayos sobre el monólogo, y de éstos a los ensayistas, y entre ellos, y no recuerdo si escribió algo sobre Shakespeare, está Borges. Da igual porque sus ensayos me encantan, y su poesía y, claro, sus relatos, que son lo mejor que ha dado, y por alguna conexión que debía suceder, una conexión entre el monólogo ya abandonado y uno de sus relatos, recuerdo El Inmortal, supongo que por las remembranzas clásicas del relato y porque el teatro es griego y Hamlet es teatro. Entre las palabras de ese relato, deseo atraer las que pronuncia uno de los inmortales: «Argos, ese perro tirado en el estiércol.» Y me alegra haber escrito perro, porque ahora sé que llevaba rato buscando ese hecho, esa palabra, la imagen del perro, no necesariamente de ése, no es una concreción, sino de un perro indefinido, un perro perdido entre millones de posibilidades, razas, tamaños, colores, longitud del pelo, dentadura… el arquetipo del perro. En esa incertidumbre, en ese universo volátil y cambiante como el fuego de Heráclito, siento algo que me observa, me vigila, me acecha, algo que debía ser escrito aunque yo no quiero porque su voluntad, su presencia, son horribles, repugnantes, inconcebibles. Apenas sin esfuerzo me rechaza y me aparta del relato como si quisiera adueñarse de él, es sólo un instante porque ahora vuelvo a notarlo lejos, en ese universo, en su orbe, y al decir orbe lo encierro en una esfera intangible de la que no puede salir. De igual modo yo no puedo salir de mí, del yo que me apresa sin cesar, en la vigilia y en el sueño, que me aplasta y me arrebata la voluntad y me obliga… ¡Sí, es él quien me obliga a escribir lo que no quiero! ¡Él es el genio! Y yo, relegado a la condición de escritor autómata, de mero amanuense sin conciencia… ¡Pero qué yo soy yo, qué yo es el otro que me domina, pues sí tengo conciencia porque hay una lucha y yo sé que la lucha existe y que hay otro que combate! De nuevo el yo, esa insistencia, esa pesadumbre, esa condena. De nuevo el monólogo que se eleva y me cubre por completo, y yo me resigno a ser absorbido por su autoridad. ¿Argos tenía identidad? ¿Era él en realidad? El perro… él es un arquetipo, no sé si piensa, nunca se nos dijo si los arquetipos poseen conciencia… Hay un arquetipo de la conciencia, pero el perro es más tangible aunque no se puede imaginar porque eso sería darle propiedades de las que el arquetipo carece. No sé por qué el perro, no sé por qué esa sucesión que parece humo de tabaco, que me ha llevado de forma liviana hasta la idea del perro, viajando, trepando más bien por mis pensamientos asociados como una cuerda sin fin, o como una red infinita, y así hemos llegado hasta el perro. ¿Hemos? ¡Claro! Ha llegado él, mi yo, él me ha arrastrado a esa idea, y después a la de ese algo que ya no me da miedo porque está atrapado en su orbe. De nuevo hemos recorrido el camino y no entiendo por qué. Y todo consta en el relato como piezas en apariencia conexas, y que acaso guardan relación, una relación oscura que sólo él conoce, que sólo mi yo conoce, esa entidad que ya es ajena a mí, que siento como algo aparte que se mueve dentro de mi mente. Ahora puedo ver ese algo, el algo que me aterroriza, que me asfixia con su presencia, esa intuición del Universo Arquetípico, el Universo efímero y volátil que nunca es, o que es millones de universos porque siempre está cambiando, porque ni siquiera le queda el instante. Por un segundo pienso que todo es deleznable, que nada es durable, que el orbe tampoco lo es, que va a salir, que está saliendo, que se aproxima desde dimensiones inconcebibles, y de pronto lo oigo, al principio es casi sordo pero lo he oído, y lo estoy escribiendo todo, seguro ya de que no soy yo quien dicta, y de nuevo esa sucesión absurda, y de nuevo el ruido, ya perceptible con claridad, la presencia del algo, no, de alguien, ahora es alguien y está detrás, ha tomado conciencia y acaso cuerpo y está detrás.

 

Relato incluido en Lapso.

Un hombre cansado

U

Al otro lado - Eduardo Martos
Al otro lado – Eduardo Martos

Brevemente, casi sin respiro, se levanta de la mesa. Parece cansado, con razones para estarlo. Se detiene en los detalles: el cristal de la mesa, aún por limpiar (ya lo hará mañana, hoy es demasiado tarde, es de noche y está cansado), las cintas de vídeo que hay que ordenar, el suelo está sucio, la ceniza de la chimenea. Está cansado. Intentando mantenerse en pie, piensa que debe caminar y alcanzar la escalera, y luego superar los escalones, uno por uno, fatigosamente (quizá de dos en dos, pero esto tampoco soluciona gran cosa). El acuario lo distrae; los peces duermen, pero al acercarse parecen revivir con una fuerza inusitada. Se mueven alegremente, luciendo sus colores y sus colas. La pareja de carpas (aunque actúan y viven por separado), el platy, los neones cobre (antes también había neones cardenal y chinos), el botia, siempre tan vago, echado en el suelo, aparentemente muerto, el escalar y el disco, grandes y hermosos rivales. Las carpas se comen las plantas. No puedo tener plantas en el acuario, piensa al cabo de un rato.

Ha conseguido atravesar el salón, desechando la idea de pasar por la cocina para coger un vaso de agua. La cocina está junto al salón, a la izquierda de la escalera. Ahora la escalera, tan inmensa y atroz. Recuerda un fragmento de Julio Cortázar (¿Instrucciones para subir una escalera?) y se divierte analizando metódicamente cada movimiento de su cuerpo. Tiene tiempo de sobra para hacerlo y apenas fuerzas para sorprenderse por ello. El tiempo es energía, piensa. Una de esas extrañas conjeturas que, según su experiencia, sólo entiende él mismo. Sube, uno tras otro, los escalones de la escalera interminable. Éste tiene polvo, el de antes está roto y no me había dado cuenta, tengo que abrillantar éstos de aquí. La pared lo asombra: tiene miles de recovecos debido a la pintura, aplicada con un rulo granulado. Distingue incontables matices distintos y hermosos por lo recóndito de su situación. Un rato después pasa el dedo por encima y siente, muy lentamente, un cosquilleo en los nervios de la yema. Cada relieve le parece un monte y le recuerda los tiempos en que solía escalar cimas imposibles con la energía de un volcán. Eso fue la semana pasada: salió con sus amigos para practicar en la Cueva del Gato. Pero le parece lejano, muy anterior.

Vislumbra ahora el término de la escalera, el último escalón tedioso. Por fin lo deja atrás y comienza a volverse hacia su cuarto. Mientras, observa las fotografías colgadas en la pared. Piensa en el agujero que separa los bultos de pintura, tremendo para ellos, en la alcayata dentro del espiche del ocho, en el marco de madera o de plástico (nunca se ha molestado en averiguarlo), en el vidrio frontal, y por último, en la fotografía de sí mismo con siete u ocho años, en un chalé de Chiclana, con tanta energía en los ojos y en la sonrisa. Otra foto, el mismo análisis minucioso y otra foto de sí mismo recién nacido o con pocos meses, sonriendo. Ya nunca sonríe. Sigue volviéndose hacia su cuarto. Junto a la puerta hay un retrato en carboncillo de sor Ángela de la Cruz (hermana Angelita, como se prefiere en Sevilla), un retrato muy realista y psicológico, un retrato que observa y que seguramente piensa en la pared y el agujero y el espiche y la alcayata y el marco (esta vez de madera y pan de oro) y el vidrio y el papel donde reside sin descanso. El retrato era de su bisabuela. Ella también parece pletórica de energía.

La puerta del cuarto está muy lejos, a un metro por lo menos. Le costará unos minutos llegar. Entra en el cuarto y respira el aire (a él le parece que respira cada molécula por separado) y el polvo acumulado. Las paredes, azules, también son granuladas; grato recuerdo de hace tiempo. La persiana (veneciana, piensa) es verde y polariza la luz de la tarde. Mira el póster del lobo aullando con luna roja y anaranjada, enorme, detrás. Mira el de La Guerra de las Galaxias, el de Cruzcampo, el de una foto de René Burri (nunca le ha gustado el apellido) del Che Guevara, que oculta el Boulevard of broken dreams de Helnwein, y el corcho con el póster-mosaico de un supuesto extraterrestre, varios recortes, el dibujo de La Visión por su hermano y el de un hermoso árbol por su novia. Gira la cabeza con esfuerzo y examina el mueble de la izquierda, lleno de fósiles, libros, cómics, cintas y discos. Enfrente tiene el ordenador y el equipo de música, que ya no usará porque están muy lejos. Intentaría tirar de la cadenita del ventilador de techo pero sabe que no puede alargar la mano hasta esa altura. La cama, al verla, le provoca una gran satisfacción. Es grande y cómoda y caliente. Tiene la sensación de que debería haber dormido desde hace mucho tiempo. Gradualmente advierte que ha pasado un año desde que comenzó a subir las escaleras. No puede sorprenderse por el descubrimiento, no tiene fuerzas. Sólo quiere dormir, descansar, olvidar.

Intenta poner un pie delante (da igual qué pie). Consigue caer sobre la cama, atravesándola de forma lateral. Quiere incorporarse, pero ya sólo puede arrastrar el cuerpo tan pesado, reptar. El tacto de la colcha es agradable; lo siente en la cara y en las manos. Los pulmones están apretados por el peso del cuerpo (está boca abajo) y le cuesta respirar. A ratos se gira un poco hacia la derecha para poner la cabeza en la almohada.

Incontables intentos después ha conseguido una posición más o menos adecuada. Casi no tiene fuerzas para pensar y el sueño se erige como un esfuerzo que rebasa su capacidad. Comienza a pensar que pasará años así, quizá un siglo o dos, hasta que derriben la casa y el golpe de un cascote lo libere. La respiración deja de ser mecánica y tiene que prestarle atención. Aunque quiere morir, no se atreve a suicidarse todavía. Cuando casi roza la inconsciencia, siente que la colcha se mueve bajo su cuerpo; después la manta y las sábanas. Ahora las nota por encima: lo están tapando. Trabajosamente levanta los párpados y mira hacia la puerta. Presiente que los muebles, las cosas que hay sobre ellos, los libros, el suelo, las paredes y el techo, las lámparas y los ventiladores y la escalera, los bultitos de pintura, los marcos y los espiches y las fotos, los peces y su ámbito de vidrio, lo están observando. No lo entiende al principio. Levemente comienza a verse a sí mismo, echado en la cama. Se ve desde muchos ángulos al mismo tiempo, como jamás había podido imaginar. Se ve desde el techo, desde las sábanas, desde…

Arriesgándolo todo en un último esfuerzo, llega a comprender que su energía ha estado pasando a la casa, a ese conjunto, a ese todo, a un ser físico y espiritual que ha sido y es la casa. Siente rejuvenecer sus fuerzas y recupera los recuerdos distantes y asombrosos de otros que, como él, se unieron con los cimientos y las paredes y las cosas y aun con el aire de la casa (ese aire que, abriendo incluso todas las ventanas a la vez, siempre permanece). Poco a poco se va acomodando a su nueva existencia, a sus nuevas capacidades y limitaciones, a sus miembros rígidos o tan flexibles como un folio. El cambio (el lento y penoso cambio) lo alegra como quien ve nacer a un hijo y ha nacido a la vez. Recuerda a sus amigos y siente nostalgia. Sabe que otras personas lo habitarán (habitarán la casa) y tendrá que convivir con ellas en secreto, soportando del mejor grado posible sus manías y su desorden, las mutilaciones que puedan provocarle (es normal, no saben que soy una casa, que estoy vivo). Pero la experiencia de los otros, que ya son él y son la casa, le permitirá sobrellevarlo sin desmoronarse. Entiende que no debe revelar su nueva condición a ningún inquilino y espera que sus tuberías resistan el uso y que la lavadora siga funcionando durante mucho tiempo, porque es una de las partes que más cuesta perder. Se divertirá extraviando temporalmente los objetos ante la perplejidad de sus habitantes. Acaso se compadecerá de sus penas y sentirá su muerte o su mudanza. Imagina las mil formas de su muerte a manos de máquinas humanas o del tiempo, ese artificio divino, esa energía que se fuga y se marcha a otra parte. Pero así se sabe eterno, o al menos perpetuo en otros cuerpos a los que tendrá que acostumbrarse.

Observa su cuerpo. Él es ya la casa y está velando su antiguo cuerpo. Antes de transmigrar para siempre, una sonrisa se esboza en su antiguo rostro.

El Autodeterminado Método

E

Métodos - Eduardo Martos
Métodos – Eduardo Martos

Mi cuñado es un inútil. Le habían roto la moto a su novia y no era capaz de defenderla. Casi le pidió disculpas al imbécil que había destrozado el cristal. El caso es que había que llevar la moto a arreglar, y como siempre le tocó al abuelo. Fuimos con él mi hermana pequeña y yo.

Era una tienda del centro, una de esas pequeñas tiendas que están ahí desde siempre, que huelen a antiguo y cuyo dueño parece saberlo todo de casi todo. Parecía cualquier cosa menos una cristalería, incluso una tienda de antigüedades. El mostrador estaba al fondo, iluminado por una tenue lamparita de luz cálida. A la derecha conforme se entraba por el estrecho pasillo, una escalera que conducía al segundo piso. Casi todo era de madera; nada del metal de los modernos.

El dueño nos atendió con amabilidad. Mi hermana lo miraba con los ojos muy abiertos. El abuelo le explicó lo del cristal de la moto, y el dueño, que sería de su misma edad, sonrió y dijo algo de los jóvenes, uno de esos comentarios que sólo resultan graciosos a los viejos, porque mi abuelo asintió sonriendo.

—La reparación —dijo— será muy sencilla.

El abuelo y yo nos extrañamos porque no había visto la moto. Pareció darse y cuenta y añadió que no importaba el modelo, todas las reparaciones eran la misma. Mientras hablaba, sacó un libro de la estantería que tenía detrás, un libro pequeño y polvoriento titulado Métodos. Se puso unas gafas de leer y lo abrió por una página que parecía conocer bien.

—El autodeterminado método —dijo—. Un antiguo sistema ideado por matemáticos de la Antigüedad capaz de resolver cualquier problema.

Nos miramos sorprendidos. Mi hermana seguía con los ojos fijos en el cristalero, que acababa de sacar una regla y un montón de palillos de madera. Mi asombro aumentó cuando empezó a colocar los palillos como si de un juego se tratase. Llevábamos un rato mirándolo, y ya empezaba a pensar que al hombre le faltaba una tuerca cuando, de pronto, tiró de dos palillos colocados en los extremos, y el resto dibujó el contorno exacto del cristal de la moto. A mi hermana le pareció magia. Yo no sabía qué pensar. Entonces el cristalero nos indicó que debíamos ayudarlo. Mi abuelo se mostró dispuesto y empezó a colocar palillos con él. Mi hermana y yo no participamos en ese extraño ritual. A los pocos minutos, la expresión de mi abuelo había cambiado notablemente. Parecía no estar viendo los palillos ni la tienda ni a nosotros, sino otra cosa.

El cristal de la moto empezó a surgir de la nada, justo entre los palillos. Mi abuelo se había detenido pero seguía fijo en los palillos. El cristalero dijo que tenía que subir a por algo. Entonces mi abuelo dio un suspiro y dijo, mirando al infinito, que había entendido el autodeterminado método. Al instante siguiente salió corriendo hacia la calle. Traté de seguirlo pero, cuando crucé la puerta, ya no estaba, parecía haberse perdido entre la gente que cruzaba hacia las dos enormes alas de la biblioteca del Sur. Subí a toda prisa para avisar al cristalero. En el segundo piso encontré libros, muchos libros de matemáticas y extraños sistemas, pero a ningún cristalero y ninguna salida posible.

A mi hermana le contamos alguna historia de niños que la ayudó a superar la pérdida del abuelo. Al fin y al cabo era muy pequeña. A mí nadie me explicó nada. Nadie me dijo por qué sobre la mesa de la cristalería sólo estaba la visera de la moto. Sólo eso y ningún libro de métodos antiguos.

 

Relato incluido en Lapso.

Competitividad

C

Ali vs Frazier

La competitividad es una herramienta eficaz para mejorar. Nos anima a forzar nuestros límites, a llegar más lejos, a encontrarnos a nosotros mismos en la confrontación con los demás. Por debajo de la competitividad están la pereza y la complacencia, y por encima, la vanidad y la envidia.

Pero no en todos los campos se puede competir. Tan sólo en aquellos en los que existe una meta clara, definida, indiscutible. En los deportes se puede competir porque hay que llegar el primero a la meta, encestar más veces, saltar más alto, lanzar más lejos. No hay disyuntiva. No existe interpretación posible.

En el arte (y aquí entran, arbitrariamente, muchas cosas, quizá demasiadas) no se puede competir. No hay mejores o peores. No hay metas definidas. Nadie sabe cuál es el objetivo. Por eso, la rivalidad artística es tan absurda como frecuente.

Algunas curiosidades de 2001: Una odisea espacial

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2001: Una odisea espacial

Quienes me conocen, saben que una de mis películas preferidas es 2001: Una odisea espacial. De hecho, me gusta más la versión doblada al español que la original, sobre todo por la voz de HAL 9000. El día de su estreno, el propio Arthur C. Clarke retrató, posiblemente, una de sus mayores virtudes: “Si alguien entiende la película en el primer visionado, es que hemos fracasado.”

La gente suele creer que el libro de Clarke fue primero, pero en realidad la película se filmó antes, si bien está inspirada en un relato suyo titulado El Centinela.

Pues bien, querido lector, hoy te voy a hacer varios regalos. En primer lugar, el guión original, que encontré aquí. En segundo, la BSO de la película. Por último, el libro electrónico.

Como curiosidad, te recuerdo que existen tres libros más que completan la saga: 2010: Odisea dos2061: Odisea tres y 3001: Odisea final. Que yo sepa, sólo se realizó adaptación cinematográfica de 2010: Odisea dos, con un tono y un lenguaje muy diferentes de la primera, pero no por ello menos interesante.

Y por último, un bonus. El fragmento de la película donde se ve a la tripulación usando sendas tabletas. ¿Te recuerda algo?

Espero que lo disfrutes tanto como yo. Si no has visto esta obra maestra, te animo a que te hagas con ella pronto.

La montaña

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Ausente - Eduardo Martos
Ausente – Eduardo Martos

¡Espérame, amor, voy hacia ti…!

Por la grieta inapreciable que atraviesa la montaña fluye agua nocturna que, incesante, sigo y escucho desde que me habló de ella. Me mostró un reflejo vagamente conservado de su tez; yo lo contemplé arrebatado de un amor invencible y oscuro como mi mundo. Por donde el agua pasaba, yo no podía deslizarme. Cada noche las gotas, generosas y amables, me traían el difuso reflejo de su rostro, que durante instantes breves llenaba mi alma solitaria. Yo me resignaba a esperar la noche dentro de la montaña imperturbable, oyendo el goteo del agua ociosa, que en su viaje consume las entrañas de la roca; o trataba de memorizar todos los relieves de una pared. Aunque la oscuridad domina mi mundo, el agua nocturna indica la declinación del día. Tras verla a ella, aunque me llegaba incierta y mermada, pasaba horas realzando su belleza. Los días que el agua no podía traerme nada, soñaba sin tregua con sus cualidades apenas vislumbradas. Nunca había visto una pureza semejante, ni aun en las lentas calizas. Tampoco había sido herido tan adentro, ni siquiera cuando caí sobre las afiladas rocas del abismo.

El Tiempo me fue arrebatando la paciencia; necesitaba verla (por primera vez sentí necesidad), comprobar su existencia, hasta ahora efímera y acuática. Consideré que ella no me conocía, que ignoraba mi angustia y no sospechaba que, en la recóndita profundidad pétrea, una conciencia vivía esclavizada por un atisbo de su imagen. Pero ella no era la culpable, sino la montaña, que me retenía en contra de mi voluntad. Desconocía el tiempo que permanecería allí fuera, en la proximidad inalcanzable. Quizá venía de algún lejano valle, o acaso estaba de paso y en algún momento partiría para siempre. Sumido en la desesperación, ensayé varias formas de abandonar la montaña, de ser libre y verla y tocarla. Sin embargo, todos mis intentos fracasaron. Llegué a pensar que la montaña evitaba mi huida. Me propuse intentarlo hasta que el desgaste me aniquilara; así, al menos, no me sentiría culpable por perderla. Pero entonces sucedió algo que me incomunicó del agua y del exterior; algo que me alejaba más de ella, porque cada pensamiento, cada recuerdo de su rostro en el agua, era una tortura que me atería como el rechazo instintivo hacia el dolor. Sucedió que las paredes que me cercaban se derrumbaron, dejándome atrapado en una cámara casi hermética que tan sólo intercambiaba con el exterior pequeñas cantidades de aire. Pero el agua no podía pasar por esos conductos.

Lentamente me asomaba a mi final. Mientras, no podía más que estudiar las paredes, que ya conocía mejor que mi propio ser, y recordar la imprecisa imagen que de ella me quedaba. Hubiera querido olvidarla, deshacerme de su visión tortuosa, pero alguna suerte de magia protegía ese recuerdo indeleznable. El agua entró en mi celda. Creo que yo había presentido su humedad mucho antes, pero no quise creer en una esperanza que, de ser falsa, me hubiera matado. Me contó que muchas corrientes habían trabajado sin descanso para liberarme. Les agradecí su ayuda infinita y prometí recompensar la deuda. Me llevaron a galerías más amplias, donde recordé el tacto de los filones de carbón y el perfume de las cavernas de caliza. Algunas gotas llegaron apresuradas y me mostraron su imagen. El tiempo de mi cautiverio, que sólo se puede medir en unidades de dolor y sufrimiento, parecía haber desaparecido de pronto. Para colmo de mi felicidad, el agua me confió un método para salir de la montaña. Llevaría tiempo, pero con su sabiduría en el arte de perforar la roca sin romperla, vería por fin la luz, sabría cómo es el día del que me hablan las gotas. Porque en esta prisión informe y de tinieblas me fue dado un sentido que sólo he usado para admirar su belleza inalterable.

Recorrí las primeras distancias sin apenas esfuerzo, aunque conforme avanzaba se hacía necesario ensanchar la cavidad para que mi cuerpo pasara. A veces notaba estremecimientos en la montaña: estaba furiosa por mi marcha. Durante las horas en las que el agua tenía que marcharse, mi único enlace con la vida era la esperanza de alcanzar el momento final.

La locura dio al fin su fruto. Tres días sucedieron con la claridad que anunciaba el término de mi mundo y el comienzo de mi libertad. Cuando, por fin, el agua perforó la última lámina; cuando mi cuerpo se deslizó con suavidad hasta caer sobre una plataforma horizontal y sentí el frío de la brisa nocturna en mi piel, y por primera vez respiré aire puro; cuando la salvaje visión de la inmensidad atacó mi vista con valles, cordilleras interminables, nubes, plantas y otros elementos misteriosos, esa dimensión que sólo conocía a través de los relatos del agua; cuando alcé la vista la vi.

Su blanco rostro luminoso me cegó y sentí que su calma perpetua me inundaba sin prisa. Gradualmente recuperé la vista y mis ojos quedaron fijos en su imagen inmóvil y nítida, en el disco perfecto que gravitaba en el cielo. Ella me observaba, me iluminaba con un haz que se me antojó cálido. El agua me había hablado de muchas cosas, pero nunca de ella. Todo lo que dominaba mi vista era fascinante, pero lo ignoré para contemplarla y aprender cada detalle de su faz. Noté un estremecimiento, un temblor en mi cuerpo, caí al suelo. Supe que me moría.

El agua se elevaba ya sobre mi cabeza al encuentro de la pálida belleza inasible. Fui feliz por haber cumplido mi sueño de verla y por haber liberado al agua amiga de la esclavitud terrena. Apenas consciente, oí un estruendo de rocas desplomándose, y luego, el silencio sepulcral, el silencio oscuro. El paisaje había desaparecido, volvía a estar dentro de la montaña, atrapado para siempre porque el agua se había ido. Esa noche comprendí que mi madre, la montaña, fuera de la cual no vivo, me había salvado. Pensé una vez más en ella, a la que no vería más, ni siquiera en el espejo líquido que me había acompañado durante tanto tiempo. Cerré los ojos. Sólo me quedaba dormir.

Esa noche, como todas las que han venido después, soñé que la montaña se abría y ella entraba y yo le enseñaba mi hogar. Venía con el agua, que felizmente nos abría paso por los pasadizos más estrechos. Ella me contaba lo que veía en sus viajes por el cielo, como las otras montañas, mayores incluso que la mía, salpicando los paisajes infinitos. Todo transcurría despacio y no había despedidas. Al despertar me acompañaban la oscuridad y el silencio.

¡Ven, amor, te espero…!

 

Relato incluido en Lapso.

Orígenes

O

Tow Mater

No me hace falta saber a dónde voy… Sólo saber de dónde vengo.

Tow Mater

Dedicado a Julio, el mayor fan de Cars que ha conocido el mundo.

Eduardo Martos Escritor y Mentor de Escritura Creativa
Lapso

Sobre mí

Eduardo Martos

Soy Eduardo Martos, y ayudo a los escritores a encontrar su voz. Soy escritor, y con el tiempo me he convertido en mentor de escritura creativa para que otros autores no tengan que recorrer caminos tan arduos como los míos.

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